Copyright © 2017 The Dynamic Catholic Institute & Kakadu, LLC
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Tapa blanda ISBN: 978-1-63582-037-9
Libro digital ISBN: 978-1-63582-038-6
Diseño de portada por Jenny Miller
Diseño interior por Ashley Wirfel
The Dynamic Catholic Institute
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Primera impresión, enero de 2018
Impreso en los Estados Unidos de América
CONTENIDO
PRELUDIO, POR MATTHEW KELLY
INTRODUCCIÓN: NUNCA PIERDAS LA ESPERANZA, POR EL PAPA FRANCISCO
PARTE UNO: OPTANDO POR LA ESPERANZA
UNA FUERZA PODEROSA Padre Mike Schmitz
EL TRIUNFO DE LA ESPERANZA Sor Miriam James Heidland
ESPERA LO IMPOSIBLE Padre Jacques Philippe
LA ESPERANZA DE UN PADRE Tom Pagano
EL CAMINO DE LA ESPERANZA Padre J. MichaelSparough, SJ
PARTE DOS: ESPERANZA EN LA IGLESIA
ESTA PEQUEÑA LUZ Jessica Lusher Gravagna
VIVE DE MANERA DISTINTA Cardenal Donald Wuerl
SI TODO DEPENDE DE MÍ Pat McKeown
RESPONDIENDO A LA LLAMADA Padre Jonathan Meyer
PARTE TRES: ESPERANZA EN ACCIÓN
UN DIOS DE MILAGROS Linda Maliani.
EN BUSCA DE ALMAS Derek Gazal.
NADIA Rebecca Recznik.
UN ANIVERSARIO PARA RECORDAR Marguerite Brambani
UNA GRACIA ORDINARIA Talia Westerby
PARTE CUATRO: LLAMADOS A SER ESPERANZA
ESCUELA DE ESPERANZA Monseñor José H. Gomez
INSTRUMENTOS DE GIALLO Monseñor Geno Sylva, STD
EL ABC DE LA ESPERANZA Allen R. Hunt
MANOS DE ESPERANZA Abuelo Hess
PRELUDIO
MATTHEW KELLY
“El hombre puede vivir cuarenta días sin comida, como tres días sin agua, como ocho minutos sin aire, pero solo un segundo sin esperanza”.
—Anónimo
A Paul le había llegado su hora. Él podía verlo en los ojos del médico. Tras una vida de noventa y dos años, Paul estaba listo para regresar a Dios. Lo último que pedía era pasar un momento en privado con cada una de aquellas personas especiales que se habían congregado a su cabecera.
Tres hijos, cinco nietos, un colega y dos amigos de toda la vida compartieron las últimas horas de la vida de Paul. Palabras de amor, aprecio y perdón. Lágrimas de dolor. Lágrimas de risa. Cada uno salió del cuarto más liviano de lo que se había sentido en años. Cada encuentro fue fuente de paz, una paz que solo proviene de pasar el tiempo con una vida bien vivida.
Afuera, en la sala de espera, nervioso y un tanto temeroso, Connor esperaba su turno. Él era el nieto de Paul. Cuando tenía diez años, su papá los dejó a él, a su madre y a sus dos hermanos menores. La mamá de Connor, la hija de Paul, quería que, durante la crianza, sus tres hijos tuvieran un fuerte rol masculino, así que se mudaron a la casa de su padre. Paul, quien había enviudado recientemente, agradeció la compañía.
En los primeros años, Paul le había enseñado a Connor todo lo que sabía: cómo pescar, cómo vivir como un hombre íntegro y cómo orar. En los últimos años los papeles habían cambiado. Cuando el cuerpo de Paul empezó a decaer, Connor llevaba a su abuelo a misa los domingos, le ayudaba a alistarse por las mañanas y por la noche antes de acostarse; se quedaba con él hasta tarde, cuando el dolor no lo dejaba dormir, escuchando viejos discos de Frank Sinatra. El amor que los unía sobrepasaba lo que las palabras podían expresar.
Pero Connor no estaba preparado para despedirse. Paul era su roca, su modelo. Connor se preguntaba cómo podía seguir viviendo sin él. Fue el último en visitar a su abuelo. Entró y se sentó al lado de Paul, quien tenía los ojos cerrados. Cuando abrió los ojos le sonrió a su nieto. Inmediatamente Connor comenzó a sollozar. “¡No quiero perderte!” exclamó mientras recostaba su cabeza sobre el pecho de su abuelo.
Paul respiró profundamente saboreando el momento. Recordaba el día en que Connor había nacido, y como él apenas cabía en la palma de su mano. Paul le daba gracias a Dios por enviarle un amigo así en la última etapa de su vida. Paul levantó la barbilla de su nieto de tal forma que los dos pudieran verse a los ojos. “Hijo, siempre estaremos juntos; tú lo sabes. Solo reza por mí de este lado del cielo, y ten certeza de que yo estaré rezando por ti del otro lado. Un día nos volveremos a encontrar”. Secó las lágrimas de su nieto; compartieron una sonrisa y se abrazaron una última vez.
Eso es esperanza, una bella esperanza.
Por un tiempo Brian se venía sintiendo inquieto, con la sensación de que algo le faltaba. No podía entender por qué. Tenía un buen trabajo que le permitía mantener bien a su esposa y a sus dos niños. Tenía un buen matrimonio. Ciertamente la pasión se había desvanecido, pero esto sucede con la edad. Por lo general, sus niños se portaban bastante bien. Él los amaba y ellos lo sabían. La mayoría de los domingos la familia iba junta a misa. Gozaban de una buena vida. Él era un hombre bueno. ¿Cuál era el problema? ¿Por qué no podía simplemente ser feliz?
Cada día, de camino a su trabajo, Brian pasaba por su parroquia, la Iglesia de San Patricio. Recientemente algo en su interior lo impulsaba a entrar. Venía ignorando ese impulso por varias semanas, diciéndose a sí mismo que pasaría. Pero no había sucedido así. Esa sensación de que algo lo empujaba seguía acompañándolo.
Finalmente, Brian entró a la iglesia, no precisamente porque pensaba que eso le iba a ayudar, sino para probar un punto. Pensó que si simplemente entraba y se quedaba allí por diez minutos, nada iba a pasar y podría continuar con su vida. Sin embargo, la quietud lo absorbió por completo. Inmediatamente se sintió atraído por el silencio. Toda su vida estaba impregnada de ruido, por lo que el silencio le venía bien… y le traía paz.
Brian comenzó a soñar despierto con el cielo. Se preguntaba cómo sería estar ahí, de pie frente a Dios. Se preguntaba cómo se sentiría Dios respecto a la tibieza con que estaba llevando su vida. Se preguntaba si Dios lo consideraba un buen esposo y un padre abnegado. Y mientras lo pensaba se apropió de él un sentimiento de gran insatisfacción.
De un momento a otro sintió que la vida era increíblemente corta. Los problemas laborales, su lista de cosas por hacer en la casa y la posibilidad de que los Colts de Indianápolis ganaran este domingo pasaron a un segundo lugar en su mente. Brian comenzó a preguntarse cuándo había sido la última vez que había mirado a su esposa directamente a los ojos y realmente había escuchado lo que tenía que decir. Recordó el auto que tenía en el garaje de la casa y en la promesa que le había hecho a su hijo de que iban a arreglarlo juntos. Pensó en su hija y en el hecho de que en meses lo único que hacían era pelear. Trató de recordar cuándo había sido la última vez que le había elevado una oración a Dios… que había orado de verdad.
Al día siguiente, Brian regresó a su parroquia. Y al día siguiente. Y al siguiente. Formó un nuevo hábito de sentarse simplemente en silencio. Y de hablar con Dios. Reflexionó sobre su vida. Reflexionó sobre el cielo. Luego empezó a hacer un plan con Dios. Un plan para cambiar su vida.
Eso es esperanza, una bella esperanza.
No hace mucho estaba dando una conferencia aquí en Cincinnati, cuando una mujer me detuvo. “Disculpe que lo moleste”, dijo, “pero solo quiero darle las gracias”.
Me detuve, y nos saludamos con un apretón de manos. Empezó a contarme la historia de su esposo. Que él había asistido a uno de mis eventos sobre cómo vivir con pasión y propósito y que Dios había tocado su corazón de una forma impactante. Me dijo cómo el genio del catolicismo había transformado su vida y cómo se había convertido en el esposo y en el padre que ella había soñado que fuera capaz de ser.
Me relató el día del accidente de su marido. Lo que había sido recibir una llamada de un extraño que le comunicaba que su esposo había fallecido. Se refirió a esa desgarradora experiencia de decirles a sus niños que su padre ya no regresaría a casa nunca más. Habló sobre el dolor que sintió esa primera noche al irse a dormir sola.
Luego me habló del día antes del funeral y de una idea que se le había ocurrido a ella. En su último año de vida, su marido había tratado de compartir el amor de Dios con tantas personas como había podido. Se rio al recordar la vergüenza que les daba a sus hijos que su padre repartiera sin timidez alguna discos compactos y libros católicos a quien fuera, a diestra y siniestra.
Me contó que el día anterior al funeral, ella había llamado, desesperada, a nuestro equipo de Dynamic Catholic. Le había rogado a uno de los miembros de nuestro equipo poner una orden expedita de dos de los discos compactos favoritos de su esposo. Para honrarlo, quería dar un CD como regalo a todos los que asistieran a su funeral.
Antes de irse me volvió a dar las gracias. Me dio las gracias por inspirar a su esposo y ayudarle a Dios a transformar la vida de su familia para bien. Y me pidió extender el agradecimiento a mi equipo por haber respondido con creces cuando ella más lo necesitaba.
Mientras la veía partir, me sentí profundamente conmovido. Quizás no vuelva a verla nunca más, pero si la veo, yo seré quien le agradezca. Y le daré las gracias por dos razones.
Primero, su historia me hace recordar que nunca es demasiado tarde para comenzar de nuevo. Su esposo lo descubrió. Nunca es demasiado tarde para volver a empezar. Nunca es demasiado tarde para decidir llegar a ser la mejor versión de ti mismo. Ella me recordó que Dios quiere que seamos personas de posibilidades, y las personas de posibilidades nunca se dan por vencidas.
La segunda razón es que ella me hizo recordar por qué empezamos Dynamic Catholic en primer lugar. Lo hicimos porque creemos que nuestro futuro puede ser más grande que nuestro pasado.
Si alguna vez nos visitas, encontrarás, al pasar por la puerta principal de nuestra oficina, la declaración de nuestra misión, escrita en letras grandes. Dice lo siguiente: La misión de Dynamic Catholic es infundirle nueva energía a la iglesia católica en Estados Unidos desarrollando recursos de clase mundial que inspiren a las personas a volver a descubrir el genio del catolicismo.
Nuestra misión es más que una explicación de lo que pretendemos alcanzar. Es una declaración de lo que es posible. Es una misión de esperanza.
Para este libro, hemos contado con la ayuda de personas increíbles para capturar el poder de la esperanza. A cada autor se le pidió escribir sobre alguno de los siguientes temas: ¿Qué te da esperanza? ¿Qué alimenta tu esperanza? ¿De dónde proviene la esperanza que depositas en la iglesia católica? ¿Cuáles son tus esperanzas para la iglesia católica y para la humanidad? ¿Cómo llevas esperanza a los demás?
Algunos de los autores de este libro son escritores y conferencistas profesionales, pero muchos no lo son. Muchos de ellos nunca habían publicado nada anteriormente. Son católicos comunes, que hacen todo lo que pueden por vivir el Evangelio. La razón es simple: la esperanza que proviene de Dios puede experimentarse y propagarse a cualquier edad, en cualquier etapa de la vida, en cualquier momento y en cualquier lugar. Todo lo que se necesita es un corazón abierto y un espíritu dispuesto.
Cuando tuve la idea de este libro por primera vez, les pedí a los miembros del equipo de Dynamic Catholic que me dijeran cuál persona en su vida les había dado más esperanza. En casi todos los casos, había sido la persona que en sus vidas había sufrido más. ¿Nos debería sorprender que la luz brille con mayor intensidad en la noche más oscura?
Estos son tiempos difíciles para las personas de fe. La iglesia ha enfrentado muchas dificultades durante los últimos veinte años. En mis viajes por el país, me parece que tenemos menos esperanza de la que teníamos hace veinte años. No nos sentimos tan esperanzados al pensar en el futuro de nuestras familias y de nuestros seres queridos. De la misma forma, tenemos menos esperanzas acerca del futuro de la Iglesia.
Si vamos a llegar a ser las personas y la Iglesia con que Dios sueña, esto debe cambiar. Necesitamos esperanza. Al fin y al cabo, la esperanza es algo bueno, tal vez lo mejor. La esperanza es algo que no puedes comprar, pero que se te dará gratuitamente si la pides. Sin ella nadie puede vivir.
Lo que hoy leemos nos acompaña y nos habla mañana. Realmente llegamos a ser lo que leemos. Espero que este libro te acompañe y te hable con tanta intensidad que Dios llene por completo tu mente, tu cuerpo y tu alma de esperanza. Espero que te sientas orgulloso de ser católico. Somos gente de esperanza. Y nuestro futuro es aún más esplendoroso que nuestro pasado.
¿Cómo les brindarás esperanza a otras personas hoy?
Matthew Kelly es uno de los autores de mayor éxito de ventas según el New York Times, con más de veinte publicaciones entre las cuales figuran El Ritmo de la vida y Vuelve a descubrir a Jesús.
INTRODUCCIÓN: NUNCA PIERDAS LA ESPERANZA
PAPA FRANCISCO
La esperanza nunca defrauda. ¡El optimismo defrauda, la esperanza no! La necesitamos mucho en estos tiempos que se aparecen oscuros. ¡Necesitamos esperanza! Nos sentimos perdidos e incluso un poco desanimados porque nos sentimos impotentes y nos parece que esta oscuridad nunca se acaba.
Pero no hay que dejar que la esperanza nos abandone porque Dios, con su amor, camina con nosotros. “Yo espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo”, todos nosotros podemos afirmarlo. Cada uno de nosotros puede decir: “Espero, tengo esperanza, porque Dios camina conmigo”. Camina y me lleva de la mano. Dios no nos deja solos y el Señor Jesús ha vencido al mal y nos ha abierto el camino de la vida…
Escuchemos las palabras de la Sagrada Escritura, empezando con el profeta Isaías. el gran mensajero de la esperanza.
En la segunda parte de su libro, Isaías se dirige al pueblo con su mensaje de consolación: “Consolad, consolad a mi pueblo, dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y gritadle que ya ha cumplido su milicia, que su iniquidad ha sido perdonada…”.
Una voz clama: “En el desierto abrid camino al Señor, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; que el terreno escabroso se allane y la breña se torne en valle. Se revelará la gloria del Señor y todas las criaturas juntas la verán; pues ha hablado la boca del Señor” (Isaías 40:1-2,3-5).
El exilio fue un momento dramático en la historia de Israel, el pueblo lo había perdido todo: la patria, la libertad, la dignidad e incluso la confianza en Dios. Se sentían abandonados y sin esperanza. Pero aquí está la llamada del profeta que vuelve a abrir el corazón a la fe. El desierto es un lugar donde es difícil vivir, pero justo allí se podrá caminar ahora, no solo para volver a la patria, sino para volver a Dios, para volver a esperar y a sonreír. Cuando estamos en medio de la oscuridad, atravesando dificultades, no viene la sonrisa, y es precisamente la esperanza la que nos enseña a sonreír para encontrar el camino que lleva a Dios. Una de las primeras cosas que les pasa a las personas que se separan de Dios es que son personas sin sonrisa. Quizás pueden reírse a carcajadas, una detrás de otra, un chiste, una risilla. pero les falta la sonrisa. La sonrisa la da solamente la esperanza: es la sonrisa de la esperanza de encontrar a Dios.
La vida es a menudo un desierto; es difícil caminar por la vida, pero si confiamos en Dios, puede volverse hermosa y ancha como una autopista. Simplemente recuerda nunca perder la esperanza; simplemente sigue creyendo, siempre, a pesar de todo… Cada uno sabe en qué desierto camina, cualquiera que sea el desierto de nuestras vidas, se convertirá en un jardín florecido. ¡La esperanza no decepciona!