LA BATALLA DEL GRIAL
BERNARD CORNWELL

Título original: Vagabond
Diseño de la cubierta: Edhasa
Primera edición: junio de 2003
Primera edición en e-book: febrero de 2018
© Bernard Cornwell, 2002
© de la traducción: Libertad Aguilera, 2003
© de la presente edición: Edhasa, 2017
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ISBN: 978-84-350-4702-9


Sir William Douglas no había reparado en lo profundo y empinado que era el terraplén cubierto de helechos en el flanco de la cresta hasta que llegó a la base y allí, bajo el azote de las flechas, se encontró con que no podía ir hacia delante ni hacia atrás. Las dos primeras filas de escoceses estaban muertas o heridas, y sus cadáveres amontonados en una pila que él no podía superar con la pesada malla. Robbie desafiaba a gritos al enemigo e intentaba subir por el montón, pero sir William arrastró muy poco ceremoniosamente a su sobrino y lo tumbó en los helechos.
–¡Éste no es un lugar para morir, Robbie!
–¡Cabrones!
–¡Serán unos cabrones, pero nosotros somos imbéciles! –sir William se agachó junto a su sobrino y cubrió a ambos con su enorme escudo. Retroceder era impensable, porque eso supondría huir del enemigo, pero aun así, no podían avanzar, así que se limitó a maravillarse de la fuerza de las flechas mientras se clavaban en el escudo. Una carga de hombres de las tribus, más ágiles que los hombres de armas porque se negaban a llevar armadura de metal, pasó con furia junto a ellos, aullando insultos mientras trepaban con las piernas desnudas la pila de escoceses moribundos, pero entonces las flechas inglesas volvieron a la carga e hicieron retroceder a los de los clanes. Las flechas sonaban como vejigas que explotaran cuando daban en el blanco, y los hombres de los clanes, entre gemidos y ululatos, se retorcían asaeteados. Cada proyectil provocaba un chorro de sangre, de manera que sir William y Robbie Douglas, ilesos bajo el pesado escudo, se habían puesto perdidos de coágulos.
La agitación entre los hombres de armas que tenían cerca supuso una nueva oleada de flechas, y sir William les chilló enfadado a los soldados que se quedaran quietos, con la confianza de convencer a los arqueros ingleses de que ya no quedaba ni un escocés vivo, pero los hombres de armas le devolvieron el grito de que habían alcanzado al conde de Moray.
–Ya era hora –le gruñó sir William a Robbie. Odiaba al conde más de lo que odiaba a los ingleses, y sonrió cuando un hombre gritó que no sólo habían alcanzado a su señoría, sino que también lo habían matado; entonces otra salva de flechas acalló a los criados del conde y sir William oyó los proyectiles repicar en el metal, ensartarse en la carne y clavarse en los tableros de sauce de los escudos, y cuando la ráfaga de flechas terminó sólo quedaron lamentos y ayes, el silbido de la respiración y el crujir del cuero cuando los hombres morían o intentaban liberarse de la pila de muertos.
–¿Qué ha pasado? –preguntó Robbie.
–Que no hemos explorado bien el terreno –repuso sir William–. Superábamos en número a esos cabrones y nos hemos confiado. –En el silencio sin flechas, que no presagiaba nada bueno, oyó una risa y pisadas de botas. Oyó un grito y sir William, que era perro viejo en la guerra, supo que las tropas inglesas estaban bajando a la hondonada para rematar a los heridos–. Vamos a tener que largarnos de aquí corriendo –le dijo a Robbie–. No tenemos elección. Cúbrete el culo con el escudo y corre como el demonio.
–¿Huir corriendo? –preguntó Robbie consternado.
Sir William lanzó un suspiro.
–Robbie, cabeza de chorlito, puedes correr hacia ellos y también puedes espicharla, y yo le contaré a tu madre que has muerto como un valiente y como un merluzo, o puedes salir pitando de aquí conmigo, volver a la colina y ganar esta batalla.
Robbie no discutió, se limitó a volver la cabeza hacia el lado de la hondonada escocés, donde los helechos estaban salpicados de flechas con plumas blancas.
–Dime cuándo hay que empezar a correr –le dijo.
Una docena de arqueros y otros tantos hombres de armas ingleses se entretenían pasando a cuchillo unos cuantos gaznates escoceses. Se detenían antes de rematar a un caballero para calibrar si tenía algún valor como posible fuente de rescate, pero pocos hombres poseían ese valor y los salvajes de los clanes no poseían absolutamente ninguno. Los últimos, odiados por encima de todos los escoceses por ser tan distintos, eran tratados como alimañas. Sir William levantó la cabeza con cuidado y decidió que ése era el momento de retirarse. Era mucho mejor salir de aquella trampa sangrienta que ser capturado, así que, ignorando los gritos indignados de los ingleses, él y su sobrino subieron como pudieron por la loma. Para sorpresa de sir William no llegaron flechas. Esperaba que la hierba y los helechos se llenaran de flechas mientras salían de la hondonada, pero los dejaron a los dos tranquilos. Se volvió a mitad de camino y vio que los arqueros ingleses habían desaparecido, dejando sólo hombres de armas en ese flanco del campo. Los comandaba lord Outhwaite, que observaba a sir William desde el otro extremo de la hondonada. Outhwaite, que había sido una vez prisionero de sir William y era cojo, usaba una lanza como si fuera una vara y, al ver al escocés, levantó el arma para saludarlo.
–¡A ver si te cambias la armadura, Willie! –le gritó sir William. Lord Outhwaite, como el caballero de Liddesda–le, había sido bautizado con el nombre de William–. Aún no hemos acabado con vosotros.
–Eso parece, sir William, mucho me temo que eso parece –le respondió a gritos lord Outhwaite–. Estáis bien, espero.
–¡Claro que no estoy bien, pedazo de burro! La mitad de mis hombres están ahí abajo.
–Ah, mi querido amigo –repuso Outhwaite con una mueca y agitó la lanza cordialmente mientras sir William empujaba a Robbie colina arriba y lo seguía hasta un lugar seguro.
Sir William, cuando estuvo de nuevo en el terreno elevado, hizo balance. Vio que los escoceses habían sido derrotados en el flanco derecho, pero había sido culpa suya por cargar precipitadamente hacia la hondonada, donde los arqueros los habían masacrado con total impunidad. Esos arqueros se habían desvanecido misteriosamente, pero sir William suponía que habrían atravesado el campo hasta el flanco izquierdo escocés, que había avanzado bastante más que el testudo central. Lo sabía porque el pendón azul y amarillo con el león de lord Robert Stewart estaba mucho más adelante que la bandera roja y amarilla del rey. Así que la batalla iba bien por la izquierda, aunque sir William veía claramente que no llegaría a ninguna parte por el centro porque el muro de piedra obstruía el avance escocés.
–Aquí no conseguiremos nada –le dijo a Robbie–, así que mejor vamos adonde podamos ser útiles. –Se volvió y levantó la espada ensangrentada–. ¡Douglas! –chilló–. ¡Dou–glas! –Su portaestandarte había desaparecido y sir William suponía que el hombre, y con él la bandera del corazón rojo, habría caído en la hondonada–. ¡Douglas! –volvió a gritar y, cuando se reunió con él un grupo suficientemente numeroso de hombres, los condujo hacia el testudo central–. Pelearemos aquí –les dijo, y se abrió paso hasta el rey, que iba a caballo y estaba en la segunda o tercera fila, peleando detrás de su estandarte, que estaba infestado de flechas. Peleaba con el visor levantado y sir William vio que el rostro del rey estaba medio cubierto de sangre–. ¡Bajaos ese visor! –rugió.
El rey intentaba clavar la lanza por encima del muro de piedra, pero la presión de los hombres volvía sus esfuerzos inútiles. Tenía la sobreveste azul y amarilla rasgada y se veía la brillante armadura debajo.
Una flecha le golpeó la espaldera derecha, que se le había vuelto a montar sobre el peto, y se la colocó otra vez en el sitio en el mismo momento en que una segunda flecha le partía en dos la oreja a su caballo. Vio a sir William y le sonrió como si aquello no fuera sino un ejercicio sanísimo.
–¡Bajaos el visor! –voceó sir William, y entonces vio que el rey no estaba sonriendo, sino que tenía toda la mejilla abierta y que la sangre seguía saliendo de la herida y derramándose por la parte inferior del casco para empapar la sobreveste rasgada–. ¡Que os venden esa mejilla! –le gritó por encima del clamor de la batalla.
El rey permitió que su asustado semental se alejara del muro.
–¿Qué ha sucedido en el flanco derecho? –su voz era irreconocible por la herida.
–Nos han masacrado –dijo sir William sin más, sacudiendo su larga espada sin darse cuenta de que despedía gotas de sangre–. No, nos han aniquilado –gruñó–. Había un desnivel y eso nos ha metido en una trampa.
–¡El flanco izquierdo está venciendo! ¡Romperemos la fila enemiga por ahí! –La boca del rey seguía llenándose de sangre, que él iba escupiendo, pero a pesar de la copiosa hemorragia, no parecía muy preocupado por la herida. Se la habían infligido al principio de la batalla, una flecha que había volado por encima de las cabezas del ejército para abrirle un boquete en la mejilla antes de clavarse en el forro de su casco–. Nosotros aguantaremos aquí –le dijo a sir William.
–John Randolph ha muerto –le informó sir William–. El conde de Moray –añadió cuando vio que el rey no había entendido las primeras palabras.
–¿Muerto? –El rey David parpadeó, después escupió más sangre–. ¿Que ha muerto? –Otra flecha más se clavó en su estandarte, pero el rey hacía caso omiso al peligro. Se volvió para mirar las banderas enemigas–. Obligaremos al arzobispo a que diga una oración sobre su tumba y después que ese cabrón bendiga nuestra cena. –Vio un hueco en la fila escocesa y para llenarlo espoleó a su caballo, para, justo después, embestir a un inglés con la lanza. El golpe del rey le rompió un hombro al defensor, los fragmentos de cota de malla se le incrustaron en la herida.
–¡Hijos de puta! –escupió el rey–. ¡Vamos a ganar! –gritó a sus hombres, y entonces los seguidores de Douglas cargaron y se colocaron entre él y el muro. Los recién llegados arremetieron contra el muro en una oleada poderosa, pero el muro era más fuerte aún y la oleada se rompió contra las piedras. Las espadas y hachas entrechocaban por encima del borde, y los hombres de ambos lados tenían que apartar a los muertos para abrirse camino y seguir con la escabechina–. ¡Contendremos a estos cabrones aquí –le aseguró a sir William–, y entraremos por su flanco derecho!
Pero sir William, que tenía el oído especialmente afinado para la batalla, había escuchado un sonido nuevo. En los últimos minutos llevaba oyendo gritos, entrechocar de armas, alaridos y tambores, pero faltaba algo: la música del arpa del diablo, la vibración grave de los arcos al desflechar. Ahora volvía a oírlo y supo que, a pesar de que habían matado a veintenas de enemigos, pocos de ellos eran arqueros. Los arcos de Inglaterra volvían a su atroz cometido.
–¿Queréis consejo, sire?
–Por supuesto. –El rey lo miraba con los ojos brillantes. Su semental, herido por varias flechas, se retiraba con un trote nervioso de la encarnizada batalla que tenía lugar a sólo unos pasos de allí.
–Bajaos el visor –le dijo sir William–, y después retiraos.
–¿Que nos retiremos? –El rey se preguntaba si habría oído mal.
–¡Retiraos! –y su voz sonaba dura y segura, aunque no estaba muy seguro de por qué había dado ese consejo. Era otra de sus malditas premoniciones, como la que había sentido entre la niebla al alba; aun así, sabía que era un buen consejo. Retirarse ahora, retirarse de vuelta a Escocia donde había enormes castillos que podían resistir la tormenta de flechas. Con todo, sabía que no podía dar explicación a su consejo. No encontraba motivo alguno para él. El miedo se había apoderado de su corazón y lo había llenado de malos presentimientos. Si el consejo hubiera provenido de cualquier otro, habría sido acusado de cobardía, pero nadie podría acusar nunca a sir William Douglas, caballero de Liddesdale, de cobardía.
El rey consideró el consejo una mala broma y lanzó una carcajada.
–¡Estamos ganando! –le dijo a sir William mientras la sangre le seguía saliendo por el casco y se le escurría por la silla–. ¿Hay algún peligro por el flanco derecho? –preguntó.
–Ninguno –repuso sir William. La hondonada sería tan efectiva para detener el avance inglés como lo había sido para frustrar el escocés.
–En ese caso ganaremos esta batalla por la izquierda –declaró el rey, y agarró las riendas para darse la vuelta–. ¡Que nos retiremos! ¡Pues sí que...! –rió el rey, y entonces cogió un trapo que le tendía uno de sus capellanes y se lo metió entre la mejilla y el casco–. ¡Estamos ganando!
–le volvió a decir a sir William, y se dirigió hacia el este. Cabalgaba para conducir a Escocia hacia la victoria y para demostrar que era un digno hijo del gran Bruce–. ¡San Andrés! –gritó con la boca encharcada de sangre–. ¡San Andrés!
–¿Crees que nos deberíamos retirar, tío? –preguntó Robbie Douglas. Estaba tan confuso como el rey–. ¡Pero si estamos ganando!
–¿Sí? –Sir William escuchaba la música de los arcos–. Mejor empieza a rezar, Robbie –le dijo–. Mejor empieza a rezar y pídele a Dios que el demonio se lleve a los malditos arqueros.
Y ojalá que Dios o el demonio estuvieran escuchando.
* * *
Sir Geoffrey Carr estaba situado en el flanco izquierdo inglés, donde los escoceses habían sido definitivamente rechazados por el terreno, y sus escasos hombres de armas deambulaban por la sangrienta hondonada a la caza de prisioneros. El Espantapájaros había visto a los escoceses atrapados en el terreno bajo y había sonreído con un regocijo salvaje cuando las flechas masacraron a los atacantes. Uno de los hombres de las tribus, poseído por la ira, con las telas a cuadros escoceses con las que se envolvía tan llenas de flechas como si fuera un puercoespín, había intentado subir por la loma para seguir peleando. Maldecía y blasfemaba mientras las flechas seguían alcanzándole, una le salía del cráneo, otra estaba enganchada entre sus barbas y, aun así, había subido, sangrando y echando pestes, tan lleno de odio que ni siquiera sabía que tendría que estar muerto, y aún se las apañó para avanzar a cinco pasos de los arqueros antes de que sir Geoffrey le sacara limpiamente el ojo izquierdo de un zurriagazo, cual si de una avellana saliendo de la cáscara se tratara. Entonces un arquero dio un paso al frente y, como quien no quiere la cosa, le partió el cráneo emplumado con un hacha. El Espantapájaros enrolló el látigo y limpió la sangre de la punta del hierro con un dedo.
–Pero cómo me gustan las batallas –dijo sin dirigirse a nadie en particular. Una vez ahogado el ataque, vio que uno de los señores escoceses, todo esplendoroso en azul y plata, yacía muerto entre el montón de cadáveres, y eso era una pena. Eso era una auténtica pena. Con esa muerte se había ido una gran fortuna y sir Geoffrey, al recordar sus deudas, ordenó a sus hombres que bajaran al hoyo a degollar a quien quedara, a saquear a los cadáveres y a buscar cualquier prisionero que valiera un rescate medio decente. Se le habían llevado a los arqueros al otro lado del campo de batalla, pero le habían dejado a los hombres de armas para buscar algo de valor–. ¡Venga, Beggar, date prisa! –le gritó sir Geoffrey–. ¡Date prisa! ¡Prisioneros y botín! ¡Busca a los caballeros y a los señores! ¡Aunque en Escocia, caballeros no hay ni uno! –Esta última observación, hecha sólo para sí, le hizo tanta gracia que soltó una carcajada. El chiste parecía mejorar cuanto más pensaba en él y casi se parte en dos de la risa–. ¡Caballeros en Escocia! –repitió, y entonces vio a un joven monje que lo miraba con cara de preocupación.
El monje era uno de los hombres del prior que distribuían comida y cerveza entre las tropas, pero se había alarmado al oír las risotadas salvajes de sir Geoffrey. El Espantapájaros se calló de golpe, miró con los ojos como platos al joven y entonces, en silencio, dejó caer de su mano las vueltas del látigo. Después, movió la mano derecha con la velocidad del rayo y disparó el látigo para enrollarlo en el cuello del monje. Sir Geoffrey tiró de él.
–Ven aquí, chico –le ordenó.
El tirón hizo trastabillar al monje, y se le escaparon el pan y las manzanas que llevaba. Al instante siguiente estaba junto al caballo de sir Geoffrey, y el Espantapájaros se inclinó desde la silla y se le acercó tanto que el muchacho podía oler su fétido aliento.
–Escúchame bien, cagarruta piadosa –silbó sir Geof–frey–, si no me dices la verdad, te voy a cortar eso que no necesitas y que sólo usas para mear y se lo voy a echar a mis cerdos, ¿me entiendes, chico?
El monje, aterrorizado, se limitó a asentir.
Sir Geoffrey enrolló otra vuelta alrededor de su cuello y le pegó un buen apretón para que le quedara claro quién mandaba allí.
–Un arquero, un tipo con un arco negro, ha traído una carta para tu prior.
–Sí, señor, sí la ha traído, señor.
–¿Y la ha leído el prior?
–Sí, señor, sí la ha leído, señor.
–¿Y te ha dicho lo que ponía?
El monje sacudió la cabeza instintivamente y, al ver la ira en los ojos del Espantapájaros, el pánico hizo salir la palabra que había oído cuando el prior leyó la carta.
–Thesaurus, señor, eso es lo que ponía, thesaurus.
–¿Thesaurus? –repitió sir Geoffrey y vaciló ante esa palabra extraña–. ¿Y qué cojones es, pedazo de mierda de comadreja castrada, en el nombre de mil vírgenes, un thesaurus?
–Un tesoro, señor, un tesoro. Es latín, señor. Thesaurus, señor, es la palabra latina para... –la voz del monje perdió fuerza– ...un tesoro –concluyó como pudo.
–Un tesoro. –Sir Geoffrey repitió la palabra sin entonación.
El monje, medio asfixiado, se mostraba repentinamente ansioso por repetir los cotilleos que circulaban entre los hermanos desde que Thomas de Hookton se había encontrado con el prior.
–Lo ha enviado el rey, señor, su majestad misma, y mi señor el obispo también, señor, desde Francia, y buscan un tesoro, señor, pero nadie sabe qué es.
–¿El rey?
–...O dónde está, señor, sí, señor..., el rey mismo, señor. Lo ha enviado, señor.
Sir Geoffrey miró a los ojos al monje y, al no ver engaño en ellos, soltó el látigo.
–Se te han caído unas manzanas, chico.
–Sí, señor, se me han caído, señor, tenéis razón.
–Dale una a mi caballo. –Observó al monje recoger una manzana y de repente se le deformó la cara por la ira–. ¡Pero límpiala de barro primero, pedazo de sapo! ¡Límpiala!
Se estremeció. Después volvió la vista al norte, pero no estaba viendo a los supervivientes escoceses ni cómo escapaba su tan odiado enemigo, sir William Douglas, que lo había arruinado. No veía nada de eso porque el Espantapájaros pensaba en el tesoro. En oro. En montones de oro. En su deseo del corazón. En dinero, joyas, monedas, trofeos y mujeres, en todo aquello que un corazón pueda desear.
* * *
El testudo izquierdo escocés, encabritado y feroz, había hecho retroceder tanto al flanco derecho inglés, que había dejado un hueco enorme junto al centro inglés, detrás del muro de piedra, y la división que se retiraba a su derecha. Esa retirada suponía que la derecha de la división central estaba ahora expuesta al ataque escocés, y de hecho, la retaguardia de la batalla del arzobispo empezó a enfrentarse con los escoceses, pero, justo en ese momento, cuando más los necesitaban, aparecieron los arqueros al rescate, que llenaban la cresta entera.
Llegaron e hicieron una nueva línea que protegía el flanco del arzobispo, una línea frente al costado del triunfante asalto escocés que se convirtió en una avalancha de flechas sobre el escudo de lord Robert Stewart. No podían fallar. Eran arqueros que empezaban su entrenamiento disparando a cien pasos y terminaban ensartando las dianas de paja a doscientos, ahora se habían colocado a veinte, y las flechas volaban con una fuerza tal que algunas atravesaban malla, cuerpo y otra vez malla. Los hombres con armadura estaban siendo asaeteados y el lado derecho del avance escocés empezó a arrugarse entre sangre y dolor; cada hombre que caía dejaba al descubierto a otra víctima para los arqueros, que disparaban tan rápido como podían flechar los arcos. Los escoceses estaban muriendo a montones. Morían y gritaban. Algunos hombres intentaron cargar contra los arqueros de manera instintiva, pero los detuvieron inmediatamente; ninguna tropa podía soportar ese asalto de acero emplumado y, de repente, los escoceses estaban retirándose, tropezando con los muertos que había dejado la carga, tambaleándose por entre los pastos en los que había empezado todo, y fueron perseguidos a cada paso por las flechas sibilantes, hasta que una voz inglesa ordenó a los arqueros que descansaran.
–¡Pero quedaos aquí! –ordenó el hombre, y lo que quería era que los arqueros que habían llegado del ala izquierda se mantuvieran en la derecha.
Thomas estaba entre esos arqueros. Contó las flechas y vio que sólo le quedaban siete, así que empezó a buscar por la hierba proyectiles disparados que no hubieran quedado muy maltrechos; entonces un hombre le dio un codazo y le indicó un carro que avanzaba por el campo con haces de flechas que aún habían sobrado.
–En Francia siempre nos quedábamos sin flechas.
–Aquí no. –El hombre tenía labio leporino y era difícil entenderlo–. Las guardan en Durham, en el castillo. Las envían aquí tres condados distintos. –Recogió un par de haces nuevos.
Las flechas se fabricaban por toda Inglaterra y Gales. Unos cortaban y afilaban los astiles, otros recogían las plumas, las mujeres hilaban la cuerda y hervían la piel, las pezuñas y el verdín con el que se hacía la cola, los herreros forjaban las puntas, y después las distintas piezas se llevaban a las ciudades donde se montaban las flechas y se empaquetaban para ser enviadas a Londres, York, Chester o Durham, donde eran almacenadas para una posible emergencia. Tho–mas partió el cordel de dos haces y colocó las flechas en una bolsa que le había cogido a un arquero muerto. Había encontrado al hombre entre las tropas del arzobispo y había dejado su vieja bolsa junto al cadáver. Ahora tenía una nueva llena de flechas frescas. Flexionó los dedos de la mano derecha. Le dolían, prueba de que no había disparado suficientes flechas desde Picardía. También sentía molestias en la espalda, como le pasaba siempre que disparaba el arco más de veinte veces. Cada vez que lo tensaba hacía el esfuerzo se equivalente a levantar a un hombre con una sola mano, y ese esfuerzo se convertía en dolor en su columna vertebral, pero sus flechas habían devuelto al ala izquierda escocesa a la cresta donde, como sus enemigos ingleses, se tomaba ahora un respiro. El terreno entre los dos ejércitos estaba manchado de flechas perdidas y hombres muertos y heridos; estos últimos se movían lentamente, intentando volver a rastras hasta donde se encontraban sus camaradas. Dos perros se pararon a olisquear un cadáver, pero salieron pitando con la cola entre las piernas cuando un monje les lanzó una piedra.
Thomas descordó el arco para que se enderezara. Algunos arqueros preferían llevarlo siempre tenso hasta que la madera se curvara con la forma del arco, de esos arcos se decía que seguían la cuerda. La curva demostraba que usaban bien el arco y que, por lo tanto, su propietario era un soldado experimentado, pero Thomas pensaba que un arco que seguía la cuerda perdía potencia, así que descordaba el suyo tan a menudo como podía. Eso también contribuía a conservar la cuerda. Era difícil conformar una cuerda del tamaño preciso y el uso excesivo acababa debilitándola, pero un buen cordel de cáñamo empapado en cola podía durar un año entero si se mantenía seco y no se lo sometía a tensión constante. Como a muchos arqueros, a Thomas también le gustaba reforzar las cuerdas con cera y pelo de mujer, porque eso las protegía de partirse en medio de una refriega. Eso, y las oraciones a san Sebastián. Thomas dejó la cuerda colgando desde la parte de arriba del arco, después se agachó en la hierba y cogió las flechas de la bolsa una por una para examinarlas con las manos y detectar si alguna estaba torcida.
–¡Esos cabrones van a volver! –Un hombre con una medialuna plateada en la sobreveste paseaba por la línea–. ¡Volverán a por más! ¡Pero lo habéis hecho muy bien! –La media luna plateada estaba oscurecida por la sangre. Un arquero escupió y otro le dio un golpecito impulsivo a su arco. Thomas pensaba que si se tumbaba probablemente se dormiría, pero lo asaltaba el miedo ridículo de que los otros arqueros se retirasen y lo dejaran allí, durmiendo, para que lo encontraran y lo mataran los escoceses. Aunque los escoceses estaban descansando, como los ingleses. Algunos estaban doblados como si tuvieran flato, otros permanecían sentados en la hierba y algunos más se apiñaban junto a un barril de agua o cerveza. Los enormes tambores estaban en silencio, pero Thomas oía el rechinar de la piedra contra el acero que hacían los soldados al afilar las armas romas por el primer asalto. Ahora ninguna facción se insultaba, los hombres se limitaban a observarse con cautela. Los sacerdotes se arrodillaban entre los moribundos, rezando porque sus almas fueran al cielo, mientras que las mujeres chillaban por sus maridos, amantes o hijos muertos. El ala derecha inglesa, muy reducida por la ferocidad del ataque escocés, había vuelto a su posición original y, detrás de ellos, se amontonaban los muertos y heridos. Las bajas escocesas que habían sido abandonadas en la retirada precipitada estaban siendo registradas y se desató una pelea entre dos hombres por un puñado de monedas manchadas. Dos monjes llevaban agua a los heridos. Un niño pequeño jugaba con los anillos rotos de una cota de malla, mientras su madre intentaba sacar un visor de una pica que le parecía se convertiría en una estupenda hacha. Un escocés que creían muerto lanzó un gruñido de repente y se dio la vuelta y, rápidamente, un hombre de armas se le puso encima y le clavó la espada. El enemigo se puso rígido, se relajó y ya no volvió a moverse.
–Todavía no ha llegado el día de la resurrección, cabrón –dijo el hombre de armas mientras liberaba la espada–. Maldito hijo de la grandísima puta –gruñó al tiempo que limpiaba el arma en la sobreveste rasgada del muerto–. ¡Mira que resucitar así! ¡Por poco me da un ataque! –No hablaba con nadie en concreto, sólo se inclinó sobre el cadáver y empezó a rebuscar entre sus ropas.
Las torres de la catedral y las murallas del castillo estaban llenas de espectadores. Una garza voló entre las almenas, siguiendo el serpenteante río que centelleaba precioso bajo el sol otoñal. Thomas oyó reyes de codornices bajo la ladera. Unas cuantas mariposas, seguramente las últimas del año, sobrevolaban la hierba pringosa de sangre. Los escoceses se estaban poniendo en pie, estirándose, colocándose los cascos, metiendo los antebrazos en los escudos y blandiendo las espadas, lanzas y picas recién afiladas. Algunos contemplaban la ciudad e imaginaban los tesoros que almacenarían la cripta y las bodegas del castillo. Soñaban con cofres llenos de oro, cubas rebosantes de monedas, pilas de plata, tabernas llenas de cerveza y calles llenas de mujeres.
–En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo –gritó un sacerdote–. San Andrés está con vosotros. ¡Luchad por vuestro rey! ¡Los enemigos no son sino demonios impíos de Satanás! ¡Dios está con nosotros!
–¡Arriba, muchachos, arriba! –gritaba un arquero en el frente inglés. Los hombres se pusieron en pie, tensaron los arcos y cogieron la primera flecha de la bolsa. Algunos se santiguaron, ajenos al hecho de que los escoceses hacían lo mismo.
Lord Robert Stewart montó un nuevo semental gris y se adelantó hacia el frente del flanco izquierdo escocés.
–Les deben de quedar pocas flechas –prometió a sus hombres–, pocas flechas. ¡Podemos romper la línea! –Sus hombres casi lo habían conseguido la última vez. Casi, y seguro que otra carga aullante borraría al pequeño ejército que les plantaba cara y abriría el camino hacia las riquezas del sur.
–¡Por san Andrés! –gritó lord Robert y los tambores empezaron a sonar–. ¡Por nuestro rey! ¡Por Escocia!
Y el clamor comenzó de nuevo.
* * *
Bernard de Taillebourg se dirigió a la catedral cuando hubo terminado sus asuntos en el pequeño hospital del monasterio. Su sirviente estaba preparando los caballos mientras el dominico recorría la enorme nave entre los inmensos pilares pintados a franjas rojas, amarillas, verdes y azules. Se acercó a la tumba de san Cutberto para ofrecerle una oración. No estaba muy seguro de que san Cutberto fuera un santo muy importante, desde luego no era una de las benditas almas que inspiraba el oído de Dios en el cielo, pero era muy venerado en la región y su tumba, profusamente decorada con joyas, oro y plata, era testimonio de dicha devoción.
Al menos un centenar de mujeres estaban reunidas alrededor de la tumba, la gran mayoría llorando, y De Tai–llebourg apartó a algunas de su camino para acercarse lo suficiente hasta tocar el palio bordado que cubría la tumba. Una mujer le lanzó un gruñido, pero cuando reparó en que era un sacerdote y vio su rostro amoratado y lleno de heridas, le suplicó perdón. Bernard de Taillebourg la ignoró y se encorvó frente a la tumba. El palio estaba adornado con borlas y las mujeres habían atado pequeños trocitos de tela con una oración inscrita en cada una de ellas. La mayoría de las oraciones estaban dedicadas a la salud, para recuperar una extremidad, la vista o salvar la vida de un niño, pero hoy le rogaban a Cutberto que les devolviera a sus hombres sanos y salvos de la colina.
Bernard de Taillebourg añadió su propia oración. «Ve a san Denis –le suplicó a Cutberto–, y pídele que hable con Dios. Cutberto, aunque no fuera capaz de captar la atención de Dios», seguro que podría encontrar a san Denis que, siendo francés como era, estaría más cerca del Señor que el otro santo. «Suplícale a san Denis que rece para que la velocidad de Dios me asista en mi misión y que Dios bendiga la búsqueda y que la gracia divina la quiera con éxito. Y que le pida a Dios que perdone nuestros pecados, pues por graves que sean, los cometemos sólo al servicio del Señor.» Gimió al pensar en los pecados de aquel día, besó el palio y sacó una moneda de la bolsa que llevaba bajo su hábito. Dejó caer la moneda en la gran jarra de metal en la que los peregrinos dejaban lo que podían al santuario y después se apresuró por la nave de la catedral. Un edificio muy ordinario, pensó, con aquellos pilares de colores, tan gordos y burdos, y unos relieves tan torpes como los de un niño; nada que ver con las graciosas abadías e iglesias que se levantaban últimamente en Francia. Mojó los dedos en el agua bendita, se santiguó y salió a la luz del día, donde le esperaba su sirviente con las monturas.
–Podrías haberte marchado sin mí –le dijo al sirviente.
–Sería más fácil –repuso el criado– mataros en la carretera y proseguir sin vos.
–Pero no lo harás –contestó De Taillebourg–, porque la gracia de Dios ha llegado a tu alma.
–Alabado sea el Señor –repuso el sirviente.
El hombre no era sirviente de nacimiento, sino un caballero que provenía de la nobleza. Ahora, para regocijo de De Taillebourg, estaba siendo castigado por sus pecados y los de su familia. Entre sus enemigos se encontraba el cardenal Bessieres, que pensaba que deberían haberle dado tormento en la catasta, aplastarlo con pesos enormes y mortificar su carne con los hierros candentes hasta que su espalda se arqueara por el dolor y él gritara palabras de arrepentimiento al cielo; pero De Taillebourg había convencido al cardenal de que tan sólo era necesario mostrarle los instrumentos de tortura de la Inquisición.
–Después entregádmelo a mí –le había dicho De Taillebourg–, y que me conduzca al Grial.
–Matadlo después –ordenó el cardenal al inquisidor.
–Todo será diferente cuando poseamos el Grial –había contestado De Taillebourg evasivamente. Aún no sabía si tendría que matar al joven de piel tostada por el sol y ojos oscuros que una vez se había llamado a sí mismo el Arlequín. Había adoptado ese nombre persuadido por su orgullo, pues los arlequines eran almas perdidas, pero De Taillebourg estaba convencido de haber salvado esa alma de arlequín. El nombre real del Arlequín era Guy Vexille, conde de Astarac, y a Guy Vexille se refería precisamente cuando le había hablado al hermano Collimore del hombre llegado del sur para luchar por Francia en Picardía. Vexille había sido prendido tras la batalla, cuando el rey francés había salido en busca de chivos expiatorios, y un hombre que había osado desplegar el pendón de una familia declarada hereje y rebelde era un chivo expiatorio ideal.
Vexille había sido entregado a la Inquisición con la confianza de que lo torturarían hasta expulsar la herejía de él, pero a De Taillebourg le había gustado el Arlequín. Había reconocido en él un alma gemela, un hombre duro, un hombre que sabía que su vida no significaba nada porque la única que contaba era la siguiente, así que De Taillebourg le había ahorrado la agonía. Se había limitado a mostrarle la cámara en la que hombres y mujeres gritaban pidiendo el perdón de Dios, y después lo había interrogado con amabilidad. Vexille le reveló entonces que en una ocasión había navegado hasta Inglaterra para buscar el Grial y, aunque había matado a su tío, el padre de Thomas, no lo había encontrado. Ahora, junto a De Taillebourg, había escuchado cómo Eleanor narraba la historia de Thomas.
–¿La has creído? –le preguntaba ahora el dominico.
–La he creído –repuso Vexille.
–Pero, ¿quizás ha sido engañada? –se preguntó el inquisidor. Eleanor les había contado que a Thomas le había sido encomendada la tarea de buscar el Grial, pero que su fe era débil y su búsqueda poco entusiasta–. Aun así, tendremos que matarlo –añadió De Taillebourg.
–Por supuesto.
De Taillebourg frunció el entrecejo.
–¿No te importa?
–¿Matar? –Guy Vexille parecía sorprendido de que el inquisidor le hiciera esa pregunta–. Matar es mi oficio, padre –repuso el Arlequín. El cardenal Bessieres había decretado que todos los que buscaran el Grial debían ser asesinados, excepto aquellos que lo buscaran para el cardenal, y Guy Vexille se había convertido con gran placer en el asesino de
Dios. Desde luego, no parecía tener reparos en rebanarle el pescuezo a su primo Thomas.
–¿Quieres que le esperemos aquí? –le preguntó el inquisidor–. La chica ha dicho que iría a la catedral después de la batalla. –De Taillebourg miró al otro lado de la colina. Los escoceses ganarían, estaba seguro de ello, y eso convertía en poco probable que Thomas de Hookton llegara a la ciudad. Probablemente huiría hacia el sur presa del pánico–. Nuestra obligación está en Hookton.
–Yo ya busqué la sagrada copa en Hookton una vez –le dijo Guy Vexille.
–Pues la volverás a buscar –espetó De Taillebourg.
–Sí, padre. –Guy Vexille agachó la cabeza con humildad. Era un pecador; se le exigía que mostrara contrición y no discutió. Se limitaba a obedecer a De Taillebourg y su recompensa, le habían prometido, sería su rehabilitación. Le devolverían su orgullo, se le permitiría volver a conducir hombres a la guerra y la Iglesia le perdonaría.
–Partiremos ahora –concluyó De Taillebourg. Quería irse antes de que William Douglas llegara en su busca y, aún con más urgencia, antes de que descubrieran los tres cadáveres en la celda del hospital. El dominico había cerrado la puerta tras los cuerpos y, sin duda, los monjes creerían que Collimore descansaba y no querrían molestarlo; aun así, De Taillebourg seguía deseando haber salido de la ciudad antes de que descubrieran la matanza, así que se subió a la silla de uno de los caballos robados a Jamie Douglas aquella mañana. Le parecía que había pasado mucho tiempo desde entonces. Metió los zapatos en los estribos y le dio una patada a un mendigo. El hombre se había agarrado a una de las piernas del inquisidor, sollozando que tenía hambre, pero ahora salía despedido a causa del brutal golpe del cura.
El fragor de la batalla se hizo mayor. El dominico volvió a mirar la cresta, pero la lucha no le incumbía. Si los ingleses y los escoceses querían destrozarse, que lo hicieran. Asuntos mucho más importantes rondaban su mente, asuntos de Dios, el Grial, el cielo y el infierno. También tenía pecados en la conciencia, pero ya se los confesaría al Santo Padre, e incluso el cielo sabría comprender esos pecados una vez hubiera encontrado la santa copa.
Las puertas de la ciudad, aunque fuertemente guardadas, estaban abiertas para que entraran los heridos y pudiera salir comida y bebida hacia la cresta. Los guardias eran los hombres más viejos, y su función era impedir que ningún asaltante escocés entrara en la ciudad, pero no habían recibido ninguna orden de detener a quien saliera, así que ni siquiera repararon en el demacrado cura con la cara hecha un cristo que montaba un caballo de guerra ni en su elegante criado. De modo que De Taillebourg y el Arlequín salieron cabalgando de Durham, tomaron la carretera de York, espolearon a sus monturas y, mientras el fragor de la batalla reverberaba en el risco en el que se erguía la ciudad, cabalgaron hacia el sur.
* * *
Era media tarde cuando los escoceses lanzaron el segundo ataque, pero este asalto, a diferencia del primero, no llegó precipitadamente detrás de los arqueros en fuga. Esta vez, los arqueros estaban alineados para recibir la carga y las flechas cubrieron el cielo como una bandada de estorninos. Los escoceses del flanco izquierdo que casi habían roto la línea inglesa antes, se encontraron en esta ocasión con más del doble de arqueros, y la carga, que había empezado con tanta confianza, se ralentizó hasta que pareció reptar y acabó totalmente detenida cuando los hombres se agacharon bajo los escudos. La derecha escocesa no avanzó en ningún momento, mientras que el testudo central del rey fue detenido a cincuenta pasos del muro de piedra tras el que una multitud de arqueros enviaba una lluvia incesante de flechas. Los escoceses no pensaban retirarse, pero tampoco podían avanzar y, durante un rato, las flechas no pararon de clavarse en los escudos y en los cuerpos expuestos sin la debida protección; finalmente, los hombres de lord Robert Stewart se retiraron hasta salir del alcance de los arcos, y el testudo del rey los siguió, así que el campo de batalla teñido de rojo volvió a una aparente calma. Los tambores ya no sonaban y tampoco se intercambiaban insultos a través de los infectos pastos. Los señores escoceses, los que aún quedaban vivos, se reunieron bajo el sotuer del rey, y el arzobispo de York, al ver a sus enemigos reunidos, convocó su propio consejo de señores. Los ingleses se mostraban pesimistas. El enemigo, argumentaban, nunca se volvería a exponer a lo que el arzobispo había descrito como un tercer bautismo de flechas.
–Esos cabrones se escabullirán hacia el norte –predijo el arzobispo–. Que el Señor maldiga sus almas perras.
–Pues los perseguiremos –intervino lord Percy.
–Van más deprisa que nosotros –repuso el arzobispo. Se había quitado el casco y el forro de piel y llevaba hecha la tonsura.
–Pues atocinaremos bien a la infantería –terció otro señor voraz.
–Que la parta un rayo, a la maldita infantería, –espetó el arzobispo, que empezaba a ponerse impaciente ante tanta insensatez. Él quería capturar a los señores escoceses, a los hombres de los caballos más veloces y caros, porque eran sus rescates los que le harían rico, y especialmente deseaba capturar a nobles como el conde de Menteith, que le había jurado vasallaje a Eduardo de Inglaterra y cuya presencia en el ejército enemigo demostraba su traición. Por dichos hombres no se pediría rescate, serían ejecutados como ejemplo para otros nobles que rompieran su juramento, pero si el arzobispo vencía en ese día, podría conducir su pequeño ejército a Escocia y hacerse con las posesiones de los traidores. Les arrebataría todo: la madera de sus jardines, las sábanas de sus lechos, sus lechos mismos, la pizarra de sus tejados, sus cacharros, sus sartenes, su ganado, hasta los juncos de los lechos de sus riachuelos.
–Pero no volverán a atacar –sentenció el arzobispo.
–En ese caso tendremos que ser listos –sugirió lord Outhwaite con alegría.
Los otros señores miraron con recelo a Outhwaite. La inteligencia no era algo que apreciaran excesivamente porque consideraban que con ella no se mataban jabalíes, ni ciervos, con la inteligencia no se disfrutaba de las mujeres ni se hacían prisioneros. El clero podía ser listo si quería, y sin duda Oxford estaba lleno de merluzos listos, incluso las mujeres podían ser listas, siempre y cuando no alardearan de ello, pero, ¿en un campo de batalla? ¿Inteligencia?
–¿Listos? –preguntó lord Neville mordaz.
–Temen a nuestros arqueros –les dijo lord Outhwaite–, pero si creen que se les están acabando las flechas, ese miedo desaparecerá y, en vez de huir, volverán a atacar.
–Claro, claro... –empezó a decir el arzobispo, y luego se calló porque era tan listo como lord Outhwaite, lo suficientemente listo, de hecho, para ocultarlo–. ¿Pero, cómo les convenceremos de ello? –le preguntó.
Lord Outhwaite complació al arzobispo explicándole lo que sospechaba que ya había imaginado.
–Creo, vuestra gracia, que si ven a nuestros arqueros escarbando el terreno en busca de flechas, el enemigo sacará la conclusión correcta.
–O, en este caso –expuso el arzobispo para que lo entendieran los demás nobles–, la incorrecta.
–Qué buena, ésa –dijo entonces uno de los nobles con confianza.
–Aún podríamos hacerlo mejor, vuestra gracia –sugirió lord Outhwaite con timidez–, ¿y si hacemos traer a los caballos? A lo mejor creen incluso que estamos preparándonos para huir.
El arzobispo no dudó un instante.
–Que traigan los caballos –ordenó.
–Pero... –Uno de los señores parecía todavía no entender el ardid.
–¡Los arqueros que vayan a recuperar flechas, que los pajes y los escuderos traigan los caballos para los hombres de armas! –espetó el arzobispo al entender a la perfección lo que tenía en mente lord Outhwaite y ansioso por ponerlo en práctica antes de que el enemigo decidiera retirarse.
Lord Outhwaite se encargó de dar las órdenes a los arqueros en persona y, en pocos instantes, docenas de arqueros recorrían el terreno entre los dos ejércitos reuniendo las flechas desperdiciadas. Algunos de los arqueros se quejaron, y dijeron que eso era una majadería porque se verían expuestos a las tropas escocesas, que volvían a burlarse de ellos. Un arquero, que estaba en una posición más avanzada que el resto, fue alcanzado en el pecho por un dardo de ballesta y cayó de rodillas con la sorpresa en el rostro, mientras se asfixiaba y escupía sangre en su mano. Entonces empezó a llorar y eso sólo empeoró la asfixia. Un segundo hombre, que se había acercado a ayudar al primero, recibió otro dardo de la misma ballesta en el muslo. Los escoceses aullaban mofándose de los heridos y después se agacharon cuando una docena de arqueros ingleses dispararon al ballestero solitario.
–¡No malgastéis las flechas! ¡No malgastéis las flechas! –berreaba a los arqueros lord Outhwaite, montado en su caballo. Galopó más cerca–. ¡No malgastéis las flechas! ¡Por el amor de Dios! ¡No las malgastéis! –gritaba lo suficientemente alto para que el enemigo lo oyera; y fue en ese momento cuando un grupo de escoceses, hartos de resguardarse de los arqueros, corrieron hacia delante con la intención evidente de cortarle la retirada a lord Outhwaite, lo que provocó que los ingleses salieran disparados hacia su propia fila. Lord Outhwaite hincó las espuelas y se evadió con facilidad de la carga espontánea, que se contentó con cuartear a los dos arqueros heridos. El resto de los escoceses, al ver correr a los ingleses, estalló en carcajadas y burlas. Lord Outhwaite se volvió y observó a los arqueros muertos–. Tendríamos que habernos traído a esos dos muchachos –se reprendió.
Nadie respondió. Algunos arqueros miraban con resentimiento a los hombres de armas, suponiendo erróneamente que habían hecho traer a los caballos para que les resultara más fácil huir, pero entonces lord Outhwaite empezó a dar órdenes a los distintos grupos de arqueros para que se colocaran detrás de los hombres de armas.
–¡Formad detrás de la línea! No todos. Intentamos hacerles creer que vamos mal de flechas, y sin flechas no estaríais en primera línea, ¿verdad? ¡Mantened los caballos donde están! –Esta última orden iba dirigida a los escuderos, pajes y sirvientes que habían traído los sementales. Los hombres de armas aún no iban a montar, sencillamente mantenían a los caballos al final de la línea, justo detrás del lugar donde formaban la mitad de los arqueros. Los enemigos, al ver los caballos, tenían que acabar por deducir que los ingleses empezaban a contemplar la huida.
Y así tendieron la sencilla trampa.
Cayó el silencio sobre el campo de batalla, excepto por los heridos que gemían, los cuervos que graznaban y los llantos de algunas mujeres. Los monjes empezaron a cantar otra vez, pero seguían situados en la zona izquierda del pequeño ejército inglés y para Thomas, ahora en la derecha, las voces llegaban débiles. Sonó una campana en la ciudad.
–Me da miedo que estemos siendo demasiado listos –le comentó lord Outhwaite a Thomas. Su señoría no era de esos hombres que pueden pasar mucho rato callados y no había nadie más en la división derecha que considerara adecuado para conversar, así que escogió a Thomas. Suspiró–. Ser listos no siempre funciona.
–A nosotros nos funcionó en Bretaña, mi señor.
–¿También estuviste en Bretaña, además de Picardía? –le preguntó lord Outhwaite, que seguía montado y observaba a los hombres de armas frente a los escoceses.
–Allí servía a un hombre muy listo, mi señor.
–¿Y quién era ése? –Lord Outhwaite fingía interés y puede que hasta estuviera arrepentido de haber empezado la conversación.
–Will Skeat, mi señor, sólo que ahora es sir William. El rey lo armó caballero en la batalla.
–¿Will Skeat? –Ahora lord Outhwaite sí estaba interesado–. ¿Has servido con Will? Dios todopoderoso, ¿en serio? El bueno de William. Hacía años que no oía ese nombre. ¿Cómo está?
–No muy bien, mi señor –repuso Thomas, y le contó cómo Will Skeat, un plebeyo que se había convertido en el cabecilla de una banda de arqueros y hombres de armas temidos en todo el territorio de habla francesa, había sido herido de gravedad en la batalla de Picardía–. Lo llevaron a Caen, mi señor.
Lord Outhwaite frunció el ceño.
–¿Y eso no está en manos francesas?
–Un francés se lo llevó, mi señor –le explicó Thomas–. Un amigo, porque en esa ciudad hay un médico que hace milagros. –Al final de la batalla, cuando los hombres pensaban que ya habían pasado los peores horrores, a Skeat le abrieron el cráneo, y la última vez que Thomas lo había visto estaba imbécil, ciego e incapaz.
–Pues no sé por qué los franceses hacen mejores médicos –repuso Outhwaite medio molesto–, pero parece que así es. Eso decía siempre mi padre y él tenía muchos problemas con sus flemas...
–Ese médico es judío, mi señor.