FRONTERAS
Querida amiga:
La saludo cariñosamente y celebro que podamos encontrarnos aquí, en este espacio de ficción que nos da la escritura. No nos vemos en persona, pero vaya que nos vemos. Yo la invento a usted a través de estas palabras y usted hace lo propio conmigo. Los dos somos imágenes y las proyectamos en estos mensajes que nos enviamos. Si lo piensa bien, compartimos una ilusión de presencia, una utopía de cercanía que consigue lugar en la escritura.
En primer término, quiero decirle cuánto me sorprende –y gratifica– su deseo de abrazar la profesión del ensayista. Sabemos de cartas al joven poeta, al joven pintor, al joven bailarín, al joven novelista, pero nunca de un epistolario entre una persona que quiere hacer ensayos y otra que regularmente los escribe por gusto y por oficio. Que sea además una muchacha quien me escriba, y abra ahora un diálogo sobre esta tarea, es revelador. No recuerdo yo que los autores de aquellos epistolarios venidos a la mente hayan sido distintos a hombres, encopetados profesionales de las letras que aconsejan a un muchacho que apenas entra en las lides del arte verbal. Quizás porque el destinatario de los secretos estéticos ha sido un sujeto masculino, resulta extraño que usted y yo hablemos ahora del ensayo, con una intimidad quizás poco acostumbrada en este tipo de escritos. Sin duda, lejos de esta cofradía de machos melancólicos, podemos hablar más claramente de lo que supone la creación en el mundo de las ideas. Recordando a Virginia Woolf, podríamos instalar aquí nuestro “cuarto propio”.
En esta primera carta, quisiera exponer mis razones para entender como excepcional –y a la vez maravillosa– esa preocupación suya. Podríamos ensayar algunas ideas sobre lo que significa hacer ensayos y las implicaciones que cultivarlos tiene en la relación con la literatura, la cultura y la sociedad. Ensayar, como usted imagina, será de aquí en adelante algo más que un juego de palabras o un santo y seña. Si desea pensarlo de esa manera, nos ensayamos en esta correspondencia e intentamos ensayar acuerdos sobre el ensayo. Una transacción que, como veremos, es connatural a este tipo de escritura.
Para empezar, debo decirle que la actividad del ensayo es a la vez paradójica y distintiva. En primer término, parece un quehacer indócil a cualquier definición, una especie de escapatoria a los intentos de clasificar la experiencia literaria, una afirmación del derecho libertario a opinar y argumentar, motivados ambos por un acontecimiento o una coyuntura. Pero, por otro lado, el ensayo resulta necesario para una sociedad que se precia de estimular el debate y la confrontación, la libertad de expresión y la circulación de las ideas. De modo que ensayar es el resultado de dos fuerzas antagónicas. Un deseo de comunicar lo íntimo, de exponer lo que uno piensa, atendiendo al arrebato, al acto de tomar la pluma, y un compromiso con nuestros semejantes, con lo que debemos responder ante la época, el tiempo y el espacio en que nos tocó vivir.
En este punto, conviene remontarse a un noble francés, a quien atribuimos la invención del género, Michel Eyquem de Montaigne, una amable figura que, pese a haber existido hace más de cuatro siglos, nos aclara muchas cosas sobre la escritura y la vida. No será raro que volvamos a él, como quien acude a un viejo amigo en busca de consejo. Con su obra, según la recordada frase del novelista Aldous Huxley, el ensayo “nace adulto”. Como si ya desde el inicio contuviera sus potencias y desarrollos. Y digo que atribuimos la invención del ensayo a Michel de Montaigne porque, si bien él fue quien dio nombre a la tarea literaria de ensayar –su libro de 1580 se llama, precisamente, Los ensayos–, en autores anteriores como Platón, Séneca, Cicerón o Marco Aurelio, habita un tipo de escritura meditativa que solo después obtuvo carta de presentación con el francés.
Recordando a Borges –quien dijo que Kafka había influido en sus precursores–, podemos decir que Montaigne incidió profundamente en la manera en que entendemos a los autores a los que se asemeja. Su obra nos hace comprensibles a esos escritores que ya hoy nos parecen ensayistas o modelos de escritura a quienes solo podemos figurarnos a través del lente ensayístico. Montaigne hizo algo extraordinario: inventó una forma de escritura que después de él parece haber existido desde siempre. Esto resulta más sorprendente aun si pensamos en que los géneros literarios hunden sus orígenes en las penumbras de la historia, mientras que el ensayo tiene inventor y nacimiento conocidos. Como recuerdan los críticos, junto con el poema en prosa el ensayo es, quizás, el único género literario que la modernidad fue capaz de inventar.
Para volver a nuestro tema de conversación, los ensayos de Montaigne están llenos de alusiones privadas: sus dolencias, sus esperanzas y temores; los episodios más prosaicos y las anécdotas más banales pueblan su escritura, como en una especie de periplo exhibicionista ante el lector, que de esta manera se convierte en una especie de confidente o de voyeur. Nos enteramos de que tiene cálculos, que la muerte de un amigo lo ha llenado de tristeza, que vio unos aborígenes en una exhibición. Sin embargo, el ensayista no se queda allí. Mientras narra centenares de anécdotas –historias de su vida y de personajes de la antigüedad clásica– va tocando las inquietudes fundamentales de la existencia, las cosas que a todos atañen: el poder, la muerte, la amistad, la soledad, la educación. Para usar una metáfora ya recurrida, el ensayo describe una curva, traza un arco entre lo único y lo típico, que, con su tensión, se carga con energía suficiente como para crear algo vigoroso en el mundo de los símbolos.
Esto ocurre quizás porque el ensayo sigue participando de la creencia de Montaigne en su acto inaugural de escritura, que es a la vez su leit motiv: como dice bellamente en uno de sus textos, “en todo hombre se halla, entera, la humana condición”. El César es tan visible en sus asuntos privados como en las hazañas recordadas en los libros, nos dice. Con esta declaración, que expone uno de los asuntos más recurridos en la historia de las letras y el pensamiento, Montaigne está queriendo decir, creo yo, dos cosas: al ensayista no le es indiferente nada que tenga que ver con lo humano; chismes, grandes ideas y conceptos, episodios vulgares y gestas hacen parte del universo que puede visitar el ensayista con el fin de apoyar un planteamiento y decir algo significativo para todos. Por otro lado, el ensayo tiende un puente entre las inquietudes individuales, el evasivo universo de lo privado, y el mundo social, el de las ideas y las confrontaciones. Esto significa que el ensayo encarna la creencia de que el individuo puede decir algo sobre la sociedad: la idea de que todos podemos opinar sobre todo, sin que seamos expertos o tengamos una autoridad delegada por algún poder. Más adelante, espero mostrar hasta qué punto la destrucción de fronteras –en todos los niveles– es imprescindible en el ethos ensayístico.
En la ciencia y en la política es donde más claramente se ve la necesidad de rechazar la especialidad y el poder, pues el ensayista no necesita ser un experto o conocedor de los entresijos burocráticos y jurídicos para pronunciarse contra las injusticias y errores de los poderosos o para prevenir sobre los alcances negativos que los conocimientos, teorías y técnicas pueden tener cuando están mal empleados o se usan para atentar contra la dignidad humana. El mismo Montaigne nos da la clave en uno de sus textos, cuando anuncia que habla, no como jurisconsulto o gramático, sino como hombre, como Michel de Montaigne, ejerciendo la única profesión en la que se siente del todo competente: la de ser humano. A partir de eso, podemos hacer una aproximación parcial entre dos figuras que andan muchas veces de la mano: el ensayista y el intelectual.
Creo que esto puede bastarle a usted, querida amiga, para entender cuán ineludible es el ensayo y cuán espontáneo surge en nuestra vida intelectual. Cómo nos resulta de urgente y estricta su disciplina.
Ahora bien, debemos atender de una vez a una cuestión que, de seguro, reaparecerá en nuestro diálogo. Es, si así lo acordamos, un nuevo asunto de frontera. ¿El ensayo es o no literatura? La cuestión, como usted supondrá, resulta bastante espinosa, porque después de tanto tiempo aún no sabemos qué es la literatura, de la misma manera en que no podemos definir el arte o la belleza. Tenemos experiencias de todo ello, pero resulta tarea harto difícil –además de inútil– abstraer un concepto general para nominar tales experiencias. En relación específica con nuestro género, don Miguel de Unamuno dijo una vez algo que resulta muy acertado: no existe realmente “el ensayo”, sino “ensayos”. Con esto, el filósofo y escritor de Salamanca quería indicar, tal vez, que lo ocurrido en cada acto, en cada impulso de escritura, no puede reducirse a una generalidad. Siendo un espíritu, una actitud, una pulsión, un deseo y una necesidad, sería inútil definir el ensayo.
Lo literario, lo artístico o lo estético, como ya sabemos, varían en la cultura, cambian con el paso del tiempo y, por tal razón, no podemos afirmar que haya algo así como una esencia de la creación. Por ello, resulta aún más difícil comprobar si el ensayo es literatura o no, aunque para muchos sea incomprensible una literatura que no esté directamente emparentada con la novela, el cuento o la poesía. Si bien desde la clasificación de Aristóteles poco hemos cambiado nuestra percepción de las especies literarias, debemos aceptar que la escritura con propósito argumentativo siempre ha quedado por fuera de las inquietudes estéticas, bien por su carencia aparente de ficción, bien por su finalidad práctica. Sin embargo, es obvio que la meditación, la expresión de las ideas y los conceptos, el análisis y el debate usan elementos del lenguaje literario, que muchos argumentos se articulan en clave novelesca o lírica y que la exposición de las ideas no acude solo al discurso argumentativo para comunicarse con el lector.
Incluso, podemos ir más allá y decir que hay maneras de exponer y persuadir que solo pueden catalogarse como ingeniosas, imaginativas, bellas. Una analista del género, Claire de Obaldia, expone acertadamente esta cuestión, cuando indica que el ensayo es solo literatura en potencia, y que por eso resulta tan valiosa su lectura. Quiero compartir con usted esa primera perplejidad. A mí me basta con pensar que el ensayo es solo una posibilidad, una expresión que siempre “se la juega”, que debe conquistar a toda hora su lugar en la literatura y, por ende, en el arte y la metáfora.
Estos cruces y mixturas, que dan su poder a la escritura en nuestros días, serán tema de una carta futura, y por el momento solo quiero mostrarle con algunos ejemplos cómo han sido de fecundas las relaciones entre el ensayo y lo que tradicionalmente hemos conocido como literatura. Un ejemplo lo tenemos en alguien que escribió un siglo después de Michel de Montaigne y otro en un autor contemporáneo que brilló en el ensayo, y que a través de él se divirtió jugando a destruir la ilusión de que hay géneros establecidos o puros.
Pero dejo para más tarde, cuando las tareas me den tregua, la visita a esas figuras entrañables, con las que –creo– se van a poblar nuestros asuntos.
Querida amiga:
Como habrá usted escuchado, atribuimos a Miguel de Cervantes Saavedra la invención de ese curioso artefacto que conocemos como novela. Allí, el autor no solo contó las aventuras de su caballero, sino que también nos dio acabadas reflexiones sobre la gloria, el poder, la amistad, el amor. Desde ese entonces, a la gran novela no le fue ajeno el interés por explicar los enigmas del ser humano, de la historia y de la sociedad, en un giro que solo podemos entender como ensayístico y profundamente moderno. La novela, como habrá usted notado en sus lecturas de Sterne, Balzac, Dostoievski, Proust o Joyce, no solo narra hechos; también nos da acabados pensamientos, teorías, conceptos e ideas. Recordemos que Marx dijo alguna vez que había aprendido más de las luchas de clases sociales en Francia a través de la pluma de Balzac que leyendo los muchos tratados de economía política que consultó. De hecho, una de las grandes novelas de nuestro tiempo, El hombre sin atributos de Robert Musil, celebra el ensayismo como una de las fuerzas de la vida.
La narración, al privilegiar sobre todo las acciones y el tiempo, no se ocupa necesariamente de revelar lo que se piensa y conjetura, salvo cuando el curso de los hechos se detiene y el narrador o los personajes empiezan a contarnos lo que se les ocurre o han elaborado en sus momentos de meditación. En este punto, lo ensayístico entra a matizar lo que solo estaba en el terreno de la peripecia y nuevas densidades argumentales se posesionan de la escritura. Obvia decir que, en este caso, el ensayo entra en el cuento o la novela y tanto personajes como narradores empiezan a actuar como ensayistas. De hecho, así nos hayan dicho lo contrario, la voz del ensayista es también la voz de un personaje, de un ser creado por las palabras. La idea del teórico Mikhail Bakhtin, según la cual la novela es un entramado polifónico, encuentra en el ensayismo una explicación para la abundancia de voces que entran en la narrativa.
Otro autor que nos da una clave para entender la potencialidad literaria y la energía estética del ensayo es Jorge Luis Borges. Como sabemos, en su escritura se destruyen muchos límites, dos de los cuales atañen al ensayo. Por un lado, en sus obras desconcertantes lo argumentativo, lo narrativo y lo lírico parecen cohabitar sin que entendamos muy bien qué estamos leyendo, si cuentos, poemas, reseñas, poemas en prosa, resúmenes o prólogos, en un juego que ya es conocido por los aficionados y los muchos estudiosos del escritor argentino. Con su obra asistimos a la desaparición de los límites entre discurso ficcional y discurso no ficcional. Y allí, en ese segundo movimiento, el ensayo y las formas expositivas y argumentativas tienen un papel definitivo. Nada como el ensayo para convencernos de que lo que nos dicen es posible. Es como si el ensayismo fuera una garantía para la verosimilitud y la aceptación moral. Incluso, me atrevería a decir que la presencia del ensayo es imprescindible cuando la narración literaria quiere hacernos pensar que lo que nos cuenta hace parte de la realidad.
Muchas de las tretas de Borges –inventar autores, hacer prólogos imaginarios a obras que nunca existieron, escribir reseñas o resúmenes de libros que solo están en su mente– tienen en el ensayo su coartada principal. Son algo así como la prueba de que sus personajes –o por lo menos los pensamientos suyos– piensan de manera efectiva en la realidad. De manera que el ensayo reivindica su derecho a la ficción, su residencia en el lugar de lo imaginario, con este tránsito maravilloso agenciado por la imaginación y el ingenio.
En últimas, lo que pasa con Cervantes y la novela o con Borges y la idea de ficción resulta clave para lo que venimos señalando. El ensayo no solo pone en crisis nuestra manera de definir la literatura, sino que resulta representativo del modo en que nos relacionamos con ella. No es descabellado imaginar que en el ensayo es donde se puede pensar el arte y descubrir más claramente la posibilidad de integrar la experiencia estética en nuestra vida. La posibilidad de vivir artísticamente se ha dado muchas veces en el ensayo. ¿Se puede vivir ensayísticamente? Dejo aquí esta pregunta para que ocupe su ocio.
Un argumento inicial es que el ensayo nos conecta con la facultad que tiene la literatura de remitirnos al mundo de las ideas. En cierta medida, tenía razón Georg Lukács, un crítico húngaro que antes de hacer explicaciones ideológicas y sociales sobre la literatura, nos dio uno de los textos más bellos –y enigmáticos– que se han escrito acerca del género, “Sobre la esencia y forma del ensayo”. Allí, un joven Lukács observa que los géneros de la literatura dejan insatisfecha una expectativa de representación que tenemos los seres humanos: la manera en que vivimos sentimentalmente nuestros pensamientos, nuestras ideas y nuestras elaboraciones mentales. Esto hace que el ensayo tenga simpatía por lo que ya se pensó y ya se dijo.
Ahora bien, de esta representatividad podemos sacar en claro que el ensayo tiene como rasgos principales su uso del discurso argumentativo, su interés en temas de cultura, historia y sociedad, su perspectiva intelectual, y su encantadora inclinación por coleccionar y desplegar citas.
Estas propiedades, a las que ahora podemos dar el nombre de “internas”, son importantes, pero no necesariamente las más útiles, para entender la pertenencia del ensayista a la literatura. Son más ventajosas las que tienen que ver con el contexto, con lo que el sociólogo francés Pierre Bourdieu llamó alguna vez el “campo”. El ensayista entra y sale de la literatura, vuelve literaria su experiencia después de un largo proceso de síntesis o la expone como si estuviera fuera de la inquietud estética, mientras discute y habla de lo amado y lo odiado. Filtra los hechos y percepciones antes de elaborarlos en símbolos y redes conceptuales. Vemos en sus movimientos los comportamientos del canon, el criterio estético y los juicios de valor. Penetra los símbolos y muestra cómo llegaron a constituirse como tales. Por ello, puede ser tan demoledor cuando critica formas de vida o ideologías. Las ve como algo construido, contingente, no como una verdad revelada o algo parecido.
Ahora bien, aunque esta estadía en un afuera o en un adentro es temporal, debemos anotar que el ensayista, por momentos, entra y sale de la institución y del mundo literario para ser más efectivo. De ahí que sea conflictiva su relación con los que definen lo que vale. El ensayo, si usted quiere, es el instrumento más apropiado para interrogar nuestros hábitos y nuestros gustos, nuestra manera de someter a juicio crítico la moda y los órdenes que otros nos imponen. Quiero, en este punto, recordar una bella expresión del crítico argentino Alberto Giordano, para quien el ensayo es “la única forma de dialogar con la literatura”.
No podemos entonces decir que el ensayar sea una profesión, como la del novelista, el pintor o el bailarín. Se trata de un impulso, de un espíritu, como lo enseña a cada instante la gran tradición de Montaigne. De hecho, no sé si usted ha reparado en algo aparentemente insignificante, pero que, bien mirado, resulta de importancia capital. El nombre “ensayo” designa un género, pero también una acción, algo que no ocurre con los demás tipos de escritura literaria.
Puedo ver su gesto de escepticismo, sospechando que yo no tengo en cuenta el hecho de que palabras como “teatro” y “novela” pueden convertirse en acciones, mediante la adición de un sufijo. Sin embargo, yo hablo de una confluencia que no existe en la literatura entre acto y resultado. Un ensayo es un texto, pero también una tentativa, una acción. Piense usted en lo potente y a la vez ambigua que resulta una expresión como “voy a hacer un ensayo”, la cual, por desgracia, los profesores y las escuelas han desfigurado. En este caso, acudir a las etimologías resulta ilustrativo. Fíjese que el ensayo fue también el acto de sopesar los metales en tiempos de Montaigne. Y también, en alguna época, la acción de probar una comida destinada al rey, para determinar si estaba envenenada. Ensayar es, entonces, el intento de los intentos.
Las metáforas que se derivan de ello son iluminadoras. Cuando escribimos ensayos estamos todavía poniendo en la balanza, y también probando el veneno, decidiendo de acuerdo con el juicio. Tales ideas de verificación, de prueba, de riesgo, resultan francamente sugestivas.
Del ensayo podemos decir, si usted está de acuerdo, que vive en las periferias de la academia. Creo que ya entiende usted por qué el ensayo ha sido en su propia vida una tortura escolar o una asignación rutinaria. Tal vez por esa mala influencia, el ensayo se ha vuelto tan opaco. Nada resulta más inútil y contraproducente que intentar reglas o normas para el ensayo. Y es que, al entenderse con ideas, el ensayo vendría a tener intereses parecidos a los que se ven en la academia. Sin embargo, su propósito es distinto.
Ahora bien, ¿cómo algo de lo que hemos dicho que es radicalmente individual, irrepetible, entretejido con la vida, puede dar lugar a un epistolario como el nuestro? ¿Acaso los autores de cartas a poetas, novelistas, pintores y bailarines no aprovecharon las misivas para contar los secretos de su oficio, para dar luces sobre una técnica y un hacer? ¿No sería más legítimo que yo le explicara a usted cómo hacer un buen ensayo?
En estas cartas discutimos algunos asuntos propios de la escritura del ensayo, sin pensar que ellos encarnan una especie de decálogo. El mismo ensayo ha desconfiado siempre de las recetas. Si hablamos del tiempo, del espacio, del punto de vista, de la digresión y del uso de las citas, como espero que ocurra más adelante, si es que usted mantiene este hilo de palabras que la unen conmigo, no quiere decir que se desprendan leyes o reglas para construir ensayos. Aunque usted, con su perspicacia, de seguro advertirá en estas palabras los asuntos técnicos que también nos interesan y que, a la larga, terminaremos revisando.
La verdad, esperar del ensayo una estructura o un formato es tarea imposible. Y ni digamos en qué lugar quedan –o quedamos– quienes se ocupan de explicar cómo se hace un ensayo, qué tener en cuenta para escribirlo o qué hace bueno a uno de estos textos. Salvo por el hecho de ser un escrito donde se dan argumentos y razones, no hay nada más que sea aplicable de un ensayo en otro. Yendo más lejos, podemos decir que la solución singular a un tema o a un argumento en un ensayo es irrepetible. –¿Será esta la razón por la que estas cartas a una joven ensayista resultan una excentricidad?– Aunque hay familias de pensamiento, del ensayo no se puede decir lo que, a veces, suele afirmarse de los otros géneros literarios. No hay tendencias, escuelas o estilos en el ensayo, como sí cabe decir de la novela, el cuento o la poesía.
¿Cómo quedamos entonces usted y yo en este terreno movedizo? ¿Vale la pena ponerse a hacer ensayos y, más aún, dar recomendaciones para escribirlos? Por ahora, no tendría yo mismo una respuesta. Acaso, estas cartas son un largo rodeo, un asedio a esa isla que, como en el poema de Cavafys, revela su importancia, no por la llegada, sino por el trayecto que finalmente, luego de divagaciones y aplazamientos, nos permite alcanzarla. Este viaje, que necesariamente pasa por la cultura y la historia literaria, nos permitirá dar un primer recorrido del que podemos aprender algunas cosas.
Pero dejo ese tema para mi próxima carta. Por ahora, me despido de usted y quedo a la espera de su respuesta.
CULTURA
Querida amiga:
Su carta me sorprende justo cuando empiezo a preguntarme lo que usted señala con agudeza en su respuesta. Mire hasta qué punto hemos logrado una coincidencia en las inquietudes que despierta el tema de nuestro diálogo. ¿Será tan distante consonancia la que nos hace aptos para ensayar este tránsito de palabras por los días?
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