
¡Ay, Juani, hija,
qué trajín de viajes!
F. J. Mite
© F. J. Mite
© ¡Ay, Juani, hija, qué trajín de viajes!
Diseño de cubierta: Bitto Malvazio
ISBN papel: 978-84-685-2117-6
ISBN epub: 978-84-685-2119-0
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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CAPÍTULO 1
LOS CONDUCTORES DE AUTOBÚS SON EXTRATERRESTRES
—Hasta el parrús, this way, please… the brown bus… hasta el coñing…
—Juani, de verdad, te lo digo como lo siento, ¡qué vergüenza! Pero ¿y si hay alguno, que siempre lo hay, que habla español y te entiende? Imagínate, ¡qué bochorno!
—¡Qué me van a entender!, mira, con esta cara de ocho que pongo, mi sonrisa pegada y lo que digo entre dientes por lo bajini. Además, los pobres ya ni oyen, les han puesto en la primera fila y… Hasta el coñing to the right… Yes, Mary, over there, por allí… Y entre el taconeo y los gritos de la loca pelirroja de la cola de bata… ¿Se dice así?
—Bata de cola. Me parto.
—Pues eso, que salen medio aturdidos y mareados con la sangría que les dan. Además son las doce, you know, o sea, tardísimo para ellos y, pobrecitos, a estas horas ya no se enteran de nada… Sí, Cathy, hasta el chichi… The brown bus… Ay, la Cathy, mírala, se ha comprado unas castañolas y todo, qué flamenca de Connecticut.
—Castañuelas, Juani, castañuelas… ¡No puedo contigo, eres muy heavy!
—¿Que soy muy qué? ¡Ayy, es que estoy muerta y si no pongo un poco de chispa a estas horas no soy yo!
Juani es americana, lleva en España más de quince años, pero pasa de todo cuando está cansada, incluso trabajando. En realidad se llama Tina, pero ella dice que ese nombre no tiene personalidad, mientras que Juani sí. Le hubiera gustado ser andaluza, tener el pelo negro y la tez morena, pero nació en Wichita y es blanca y rubia. «¡Hija, qué mala pata, nobody is perfect!» se queja ella siempre.
Mirándola de reojo con una sonrisa voy mandando a mi grupo, que sale en tandas, hacia nuestro autobús que, como siempre, está aparcado el último.
El conductor tiene un cabreo… ¡Cómo son! La verdad es que parecen otra especie de seres humanos, otra raza, son como extraterrestres que conducen autobuses. Da igual que estés en Sevilla, Barcelona, Nápoles o Carcasona, ¡son todos iguales! Se quejan continuamente: si es muy tarde porque es tarde y ya llevan todo el día al volante y si es temprano porque estuvieron conduciendo muchas horas el día antes; si los estudiantes comen en el bus porque comen, y sino porque no le compran botellas de agua; les llaman cocacolos porque dicen que no beben más que eso.., en fin… lo que yo digo, extraterrestres. Bueno, no todos, hay algunos, pocos, que son flexibles, simpáticos, normales… ¡Qué gusto cuando tienes un conductor NORMAL, aunque abunda el tipo conductor extraterrestre, que no hay Dios que le entienda, no en el idioma, sino en su forma de pensar. Pues uno de estos es el que tengo ahora, de morros todo el día. Ay, ¡qué coñazo! yo que soy todo lo contrario. Los extraterrestres me molestan, me agotan, me saturan, me desubican, me atosigan, me atolondran, me atacan, me extrapolan… O sea, ¡no a los conductores extraterrestres!
Dice que lleva trabajando todo el día… ¡Helloooo! Pues es para lo que estamos aquí, ¿no? A mí me gusta mi trabajo. Al que no le guste que se quede en casa o trabaje en algo que no le ponga cara de cebolla ácida.
Si sabré yo lo que es no parar en un día como hoy, que me he levantado a las seis y ni he desayunado por ayudar al conductor extraterrestre a organizar el equipaje de todo el grupo, que son cuarenta y cinco, en el autobús… ¡Y con unos baúles las de Alabama!
De Madrid a Andalucía les he contado de todo por el micro: desde Don Quijote y Dulcinea hasta Pedro Almodóvar cuando atravesábamos La Mancha. Que si el queso, que si los molinos de Consuegra, que si el pisto, que si la miel, que si el azafrán, buenísimo todo… Y desde los romanos y visigodos hasta la invasión musulmana y el al-Ándalus cuando pasábamos por Despeñaperros.
Después llega a Córdoba a las dos de la tarde, hazte un paseo a cuarenta grados, mételos en la Mezquita, para que en treinta minutos salgan, se coman un salmorejo y ¡arrea para Sevilla!
Allí, como el minihotel está en una minicalle en el centro y es Semana Santa, esta se encuentra cerrada al tráfico y tenemos que hacer un walking tour hasta llegar, esta vez con maletas y entre cirios y nazarenos. ¡Ah! Y con los americanos espantados al principio porque pensaban que los de los capirotes eran miembros del Ku Klux Klan. Y claro, entre el triquitraque del peso de la maleta por los adoquines de las calles, que si hago foto al nazareno morado con las de Nebraska, el olor penetrante a cera e incienso, los casi cuarenta grados de la tarde sevillana en abril, el ir y venir de la gente como en frenesí, la gitana que te da el romero… ¡Hija, por Dios!, ¡qué maravilla, Sevilla! ¡Sí, pero sin cuarenta y cinto americanos arrastrando maletas detrás de ti, con veinticinco grados y tomándote un fino y unas tapas en la calle Betis de Triana, al lado del Guadalquivir!
Sé mejor que nadie que ya es media noche, que todavía estamos saliendo del flamenco y que cuando lleguemos al hotel a dormir no van a ser menos de las dos de la madrugada porque les voy a llevar a ver las procesiones… Pero están aquí para ver todo eso y más. Y es que solo alguien que lo entienda puede trabajar en esto.
Por esto, y porque después de muchos años guiando a grupos sé lo que significa viajar a otro país cuando tienes quince años, con un viaje pagado por tus padres, en la mayoría de los casos con no poco esfuerzo, y porque me pongo en su lugar, sé que esta es una experiencia que jamás van a olvidar y me dejo la piel en un tour. Al final del día solo he dormido cuatro horas y no me importa, bueno, sí me importa pero me aguanto. Así que no quiero que el extraterrestre del conductor reciba en el bus al grupo con cara de lechuga ácida. ¡Ya sé la hora que es!
Pero soy tonto o monja y en el fondo me da pena. Es cierto que si su compañía les pagara como es debido las horas extra, otro gallo extraterrestre nos cantaría. Claro, que si a mí me tuvieran que pagar las horas extras… no lo quiero ni pensar. Hasta escalofríos de gusto me dan, oye. Pero como sé que el turismo no funciona así, ni lo pienso, la verdad.
Pepe (¡la cantidad de Pepes conductores que hay!), al llegar al hotel, sonríe y me dice:
—Que no pasa ná, hombre, es que me jode la empresa, no es ná contra ti.
(Parece que me ha leído la mente o algo. Ah, claro, si es extraterrestre…).
—Ya lo sé, Pepe, pero es que tienes una cara de pasa revenida que no se puede aguantar. No es por mí, que conozco vuestros problemas con vuestra empresa, es por el grupo, pobres, que no tienen culpa de nada, ni saben ni tienen por qué saber. Ellos vienen a nuestro país de vacaciones y solo por eso tenemos que estar muy agradecidos, y nuestros problemas debemos dejarlos en casa o, en su defecto, en la habitación del hotel.
—Tienes razón, hombre, tienes razón.
A ver si va a resultar que no tengo un extraterrestre por conductor… Le comento, por si le sirve de consuelo, que yo todavía no me voy a acostar, que me llevo el grupo a la procesión del Silencio. Vamos, que todavía trabajo dos horas más.
—Eres mú grande…
Grande no soy, lo que sí soy es profesional, que no tengo abuela, me lo digo yo, y cuando me llevo al grupo a la procesión voy bizco de cansancio. Menos mal que no se puede hablar mucho, porque ya ni vocalizo de lo exhausto que llego, pero allí estoy, entre nazarenos, adolescentes de Nebraska, cirios, tambores, trompetas, pelos de punta, incienso, saetas, costaleros…
Cuando llego al hotel casi no sé ni cómo me llamo de las horas que llevo en pie.
—Good night, everyone.
—Good night, and thank you for a wonderful day!
Ahí… ahí es cuando ya en mi cuarto me digo: «¡Qué duro ser tour director!». Pero cuando alguien agradece tu trabajo se me olvida que me desperté a las seis, que he recorrido cientos de kilómetros atravesado La Mancha y media Andalucía, dado millones de informaciones, cuidado de cuarenta y cinco personas sin parar, arrastrado maletas por las calles adoquinadas del barrio de Santa Cruz, aguantado un show de hora y media de flamenco, una buena conversación con mi conductor ex-extraterrestre y una procesión única. «¿Todo esto en un día? Qué agotamiento solo de pensarlo» me digo mientras intento cepillarme los dientes, pero el cepillo me pesa una tonelada y que me esté limpiando más la zona del bigote que los mismos dientes me da una buena pista de que es en la cama donde debo estar en este preciso momento… y es a ella donde voy, aunque solo tengo que volverme y dejarme caer. Mi cuarto es liliputiense de pequeño, pero en este momento ¡me importa un pimiento!
«Lo pisa y se escoña, te lo digo, lo veo venir…». Estoy obsesionado. La bailaora que interpreta Carmen, en uno de sus aspavientos bruscos, ha perdido un pendiente ¡enorme!, parece un hula-hop, y claro, muy flamenca ella, lo ha dejado ahí, en medio del escenario. El que hace de torero tiene un solo ahora, el público está hechizado porque taconea sin parar, a un ritmo frenético.
Pero yo ya ni le veo, se me nubla todo, solo miro al pendiente.
No puedo con el silencio del público, porque yo lo que quiero es ¡gritar! y decirle que se va a caer si lo pisa. Está a un centímetro, el tacón parece atraído por el pendiente… «Lo pisa, lo pisa fijo». La música de Bizet me aturde, estoy que no estoy, que le grito, ya la lengua se mueve sola, voy a gritar, haré el ridículo, ¡me da igual!
¡¡EL PENDIENTEEEEEE!!
Bip, bip, bip…
¡Ay, qué susto, qué momento… las siete! Creo que hasta he gritado de verdad… ¡Uh, no me da tiempo a desayunar!, pero he dormido genial, da igual, me como un plátano que llevo en la maleta y ¡andando! Lo que hace dormir profundo, parece que ni hace tanto calor, huele a azahar que es una delicia… ¡Qué bonita es Sevilla!
Me ducho rápido y voy a ver a mis churumbeles americanos. Hoy no va a haber tráfico para hacer la panorámica a la ciudad, mejor, así les doy más tiempo para fotos en la plaza de España, que les encanta, y para subir a la Giralda, que flipan con las vistas.
Estos son los mejores momentos, cuando se quedan atónitos con una torre como la de la catedral de Sevilla, o con el acueducto de Segovia, o con la Sagrada Familia de Barcelona… It’s amazing!
Yo ahora también lo pienso, es increíble. ¿Cómo demonios pudieron los romanos construir ese acueducto hace dos mil años? ¿Y esas catedrales? Es cosa de extraterrestres… (cada vez me doy más cuenta de que vivimos rodeados de diferentes tipos de extraterrestres, pero no prestamos atención).
Yo he sido siempre un negado con las matemáticas, con la física, con las cosas manuales. ¡Vamos!, bastante tengo con recordar lo que debo hacer cada día cuando estoy de tour, porque cometer un error es como si incurriera en cuarenta y cinco. ¡Tengo cuarenta y cinco personas en este grupo!, que se dice pronto; y la mayoría de quince y dieciséis años. Son como loros, pero claro, yo también he sido así cuando iba de viaje: un loro, comentando todo, riéndome de todo, chillando por los pasillos del hotel. Por mucho que la profesora nos lo prohibiera, cuanto más nos regañaban, más nos reíamos, hablábamos hasta las tantas en la habitación y nos arrastrábamos al día siguiente por cualquiera de los sitios que visitábamos… En fin, igualitos a los teenagers americanos que ahora llevo. Es lo mismo de dónde se sea, a los quince somos todos iguales; luego ya vamos cambiando, unos para mejor, otros, bueno, otros ni para mejor ni para peor, se quedan en esa edad, no evolucionan, algunos evolucionan demasiado, entonces… casi mejor volver a los quince, pues no tienes nada por lo que preocuparte… bueno, sí, que si Maripú me ha mirado y ya estoy enamorado, que si Rafapí me ha pasado una nota de lo más romántica (solo decía «nos vemos en el burger a las seis») y ya ni estudio, ni meo ni cago porque esa nota es lo más de lo más, y la guardo en mi diario pegada en la primera hoja y la leo y releo doscientas veces y cada vez me parece más y más profunda. O sea, mejor a los quince, que ni sabemos lo que es una hipoteca, ¡ni ganas!, ni nos importa la crisis, (¡qué coñazo de crisis, por cierto!), los políticos nos la traen floja, lo mismo nos dan que sean de derechas, que de izquierdas, que de los verdes. Pues eso, que les den a todos. Yo con mi nota de Rafapí o la mirada de Maripú, feliz.
¡Joder! Que me evado… Que no se me olvide pedir en el hotel de Torremolinos (después de la visita a Sevilla nos vamos a la Costa del Sol) los papeles que tenemos que rellenar para la frontera de Marruecos. Mañana a Tetuán. Siempre es una aventura ir allí.
Ya en la playa. ¿Cómo puede un hotel de tres estrellas tener una escobilla de váter tan cutre? Del chino de al lado, sin cubilete, en el suelo y, para colmo, con el precio de veinte céntimos todavía pegado.
Estas cosas me hacen morir de vergüenza, no por mí, que he visto de todo cuando viajaba de mochila y me metía en cada pensión cutre-catre…, si no por el grupo, por el turista que viene a quedarse en un hotel así. Qué bochorno, qué sin estilo, ¡qué típico del pobre Torremolinos! Una pena de ciudad, con las playas que tiene, la localización privilegiada entre las montañas y el mar… Pero desde los años setenta solo se han construido edificios feos. ¡Ay que ver cómo estropean la belleza natural del lugar! ¡Es para matar a los políticos que se han aprovechado de esta aberración y a los constructores que se han vendido para edificar feos pegotes de cemento y pladur! Aunque también es verdad que en los últimos años algunos de estos lugares han sido restaurados o repintados. Pero a mi hotel parece que todavía no le ha llegado esa reforma, al menos en cuanto al tema escobillas se refiere.
Voy a escribir un correo a Juan Luis esta noche diciéndole dónde estoy, tiene un humor inigualable y le saca punta a todo.
Juani y yo estamos haciendo un tour paralelo, me muero de risa solo de pensar en lo que comentará de las escobillas. Es de las personas que más años lleva trabajando de directora de tour y ya está de vuelta de todo en este mundo loco del turismo. Es superrelajada, pero profesional, muy buena gente y tiene mucha gracia, la jodía.
—¡Mira que les he dicho mil veces que traigan el pasaporte y el papel con los datos, que si no los marroquinos no les dejan pasar la frontera y se tienen que quedar en Ceuta, pues nada, las cinco gorditas de Conneticut se lo han dejado en el cuarto! ¿Cómo vamos de tiempo?
—Estamos bien, Juani, no te preocupes.
—Es que ya sabes que el barco no me gusta nada y la excursión a Tetuán siempre me estresa un poco, y mira que para que yo me estrese… ¡Me voy a tomar un vino!
—¿Pero cómo te vas a tomar un vino a las siete de la mañana? Si además está todo cerrado.
—Tengo en mi habitación un rioja very good. Voy y vuelvo rápido mientras bajan las de Conneticut.
—¡Qué fuerte eres! ¡Date prisa!
Como es una excursión opcional, no van todos los viajeros. Hemos juntado parte de mi grupo con el de Juani y compartimos el autobús hasta Algeciras y luego el ferry hasta Ceuta, donde nos espera el guía marroquí con otro vehículo para llevarnos a Tetuán.
—¡Qué bien que llegar hoy en Marruecos, es fiesta típica marroquí! —nos dice Mohammed, que se hace llamar Charlton Heston. Yo por más que le miro no le veo el parecido, no sé, el caso es que al grupo le hace gracia y yo, con eso, feliz.
Juani está un poquillo revuelta por el barco y no le presta mucha atención.
Yo pienso, fenomenal, si es fiesta no habrá tantísima gente por la Medina y estará más tranquila la zona del mercado, que normalmente es un follón de movimiento para todos los lados: el burro, el carromato, el gato de la esquina, las mujeres bereberes sentadas en esas calles tan estrechas vendiendo sus verduras…
Cuando, de repente, miro y… ¿Pero por qué hay tanta sangre en la calle?
—Hoy todas las familias marroquíes, para celebrar la fiesta, matan un cordero —explica el Charlton Heston.
¿Un cordero? Lo que veo me deja estupefacto. Cabezas y patas de cordero por todos lados y ríos de sangre corren por el medio de las calles.
Juani va desmayada por las esquinas, se tapa los ojos con la carpeta y se agarra a mi brazo para guiarse porque dice que si ve una cabeza cortada más echa el vino de esta mañana y el que se bebió hace quince años.
Yo lo llevo como puedo, sonrío para el grupo como diciendo ¡qué suerte hemos tenido viniendo en un día de fiesta, this is unique! Tampoco les pregunto mucho, porque entre las escobillas del hotel y las patas y las cabezas de cordero por doquier se me corta la conversación, la verdad.
Más y más calles y más y más cabezas cortadas. De repente, doblamos una esquina y vemos a un hombre enorme con un cuchillo gigante en la mano y un delantal blanco cubierto de manchurrones rojos.
Juani casi se muere del susto.
—Cada barrio tiene un señor que va por las casas ayudando a matar los corderos para la cena de las familias —explica Charlton ante el estupor general del grupo.
—Y como es fiesta y no podemos ver todo el mercado, voy a llevaros a donde casi ningún turista ir, al lugar donde tiñen el cuero y las pieles.
Guiño al grupo entre aliviado y curioso por ver ese sitio donde casi nadie va. Juani ni habla.
Llegamos y antes de entrar una señora nos da a cada uno una ramita de yerbabuena. Qué mona ella, pienso, me recuerda a las gitanas del sur de España, solo que esta señora no pide nada a cambio y las gitanas del sur con el romero, aunque en teoría no quieren nada, al final puedes terminar pagando un dineral. El olor fresco de la yerbabuena me despierta y me traslada al patio de la casa de mis padres que siempre huele a menta.
Charlton nos lleva hasta el borde de una de las piscinas. De repente me doy cuenta del propósito de la yerbabuena, porque un olor penetrante y fuerte se apodera de mí y me da una especie de bofetada y, por lo que, veo a todo el grupo.
¡Qué horror! Es como si hubieran tirado una bomba atómica fétida en medio de aquel lugar. Todos nos aferramos al ramillete que la buena señora nos había dado como si nos fuera la vida en ello y respiramos lo menos posible, mientras intentamos seguir la explicación que Charlton nos da y sus pasos por el diminuto pasillo entre las balsas de colores vivos.
—Y entonces, cuando la piel ya está bien limpia, la pasan de estas piscinas a…
—¡Achhhhhh!
El griterío me pilla por sorpresa y me da un susto de muerte. Me doy la vuelta y veo a una de las chicas del grupo de Juani escoñada en una de las piscinas; se ha resbalado y caído de culo. De repente está toda amarilla y la peste que echa la pobre no se puede aguantar.
El chillerío, las risas, los gritos de todos y el Charlton Heston voceando en árabe me hace dudar por un momento si realmente estoy allí o estoy viendo un filme de Fellini.
Se llevan a Cathy corriendo para unos baños públicos para lavarla y perfumarla. Charlton nos promete que va a quedar genial, que no nos preocupemos. Juani se va con ella y con dos ayudantes del guía.
—Creo que voy a vomitar —me susurra al pasar a mi lado.
Terminamos la visita media hora más tarde y ya es la hora de comer, que es lo que menos me apetece después de lo acontecido. Pero un poco de cuscús sí debo tomar, que si no me va a dar algo.
Me siento con el grupo y comentamos las aventurillas del día. Me quedo perplejo cuando me dicen que están encantados, pero disimulo y me río con ellos. Adoran Tetuán y el día tan especial y único que estamos teniendo. ¡Único y especial. ¡No podría estar más de acuerdo!
Cuando estamos tomando un té de menta y el postre aparecen Juani y una Cathy totalmente transformada. Ropa nueva, un look nuevo, olor nuevo… Por lo menos está sonriendo, eso es buena señal.
—Está feliz, le han dado hasta masajes perfumados, dice que no lo va a olvidar nunca —me comenta Juani y me dice en voz baja—, no me extraña.
¡Uff! Ahora que estoy más relajado, me ha entrado un sopor que hasta me echaría una siesta entre las almohadas mullidas del restaurante, mientras les enseñan las alfombras en el bazar de al lado: que si compran o no, que si regatean, que si pagan en euros o dólares… Me daría para más de una hora, pero no, no lo hago, que la pobre Juani debe estar que no se tiene y se tendría que quedar con todo el grupo, así que nada, a las alfombras.
Según vamos de vuelta al autobús, después de visitar la cooperativa de alfombras berebere, seguidos de un batallón de vendedores de tambores, pulseras, camellos de cuero y mil cosas más, me doy cuenta de que se ha levantado bastante viento y hay una polvareda por las calles que casi ni se ven las patas y cabezas de cordero. Espero que el Estrecho no esté muy revuelto, pues si no el ferry… Pero no voy a comentar nada, que Juani se ataca.
—¿Estás bien? Estás un poco pálida, ¿quieres que te traiga agua?
Juani no está blanca, está transparente y paralizada. La verdad es que el barco se está moviendo como nunca. ¡Qué olas!
Yo tampoco soy muy aficionado a los barcos, pero sé que si no me levanto del asiento no me voy a marear por mucho que se mueva. Ay, Juani, pobre, qué vomitona, no para. ¿Y cómo estará el grupo? Me voy a echarles un vistazo.
¡Oi, oi, oi!, pero si el techo me parece que se junta con el suelo, qué vuelco el estómago y la cabeza, no sé ni por dónde me hallo. Pero tengo que ir hacia proa y y luego a popa. ¡Ay qué joderse, se podían haber sentado todos juntos!
¡Ay, que echo la pota, lo veo venir! Me voy agarrando a las columnas de acero como puedo. ¡Esto está fatal! Menos mal que las mesas, sillas y sillones están fijas al suelo, que sino ya nos habrían sepultado.
—Hi, guys, how are you doing? —Ya veo cómo están, fatal de los fatales, tumbados en el suelo y no hay ni uno que no haya vomitado, profesoras incluidas. ¡Qué cuadro! ¡Y esto no para de moverse!
—¡Venga, ánimo, que solo nos queda media hora! —les digo por decir algo. Les hago una señal como de que voy a ver cómo están los de la parte de atrás y salgo pitando, o volando, mejor dicho, porque estoy a punto de echar la primera papilla y no es profesional que me vean hacerlo.
¡Uohhhh! ¡Ay, qué a gusto me he quedado, a ver, nadie me ha visto, claro, aquí, entre los asientos, escondido, ¿quién me va a ver? Cada uno tiene bastante con lo suyo, como para preocuparse de los demás. Ya me siento un poco mejor. Uff, ponerme de pie no me viene nada bien, pero tengo que ir a ver a los de atrás. Respiro. Hala, a volar otra vez.
—Hi, guys, how are you? —Pobres, ni hablar pueden. Siento que la segunda papilla viene en camino y les hago una seña, como puedo, de que voy a ver al resto de grupo en la parte delantera y desaparezco. Soy tour director, ¡no me pueden ver vomitar!
¡Uohhh! Ay, qué alivio, no sé si me queda algo más de cuscús en el estómago, lo que sé es que ya no me muevo más de mi sitio hasta que lleguemos… si llegamos.
Pobre Juani, si parece hasta que ha disminuido y todo del soponcio. ¡Qué día, entre los corderos, los tiñepieles y el puto ferry!
—¡Agua para todos!
—¿Agua? No quiero saber nada de agua, ni de barcos, ni de Estrechos de Gibraltar…
—Pero tienes que beber agua, Juani, hija, que has echado hasta el primer vino que tomaste cuando llegaste a España…
Y dos minutos más tarde, bien hidratados, estamos todos riéndonos del día que dejamos atrás. Felices de volver al hotel, encantados de ver las escobillas de veinte céntimos. Al menos las camas no se movían.
Ay, qué maravilla, mañana día libre en la Costa del Sol; Torremolinos, a pesar del urbanismo, me parece, en estos momentos, un paraíso.
Hola, buenas tardes:
Perdonen que me entrometa en su bungaló gaditano así, como Paca por su casa, pero jamías, el tedio de la Costa del Sol me quema el tiroides y me lo pone al bies.
Estoy en (como se os ocurra decírselo a alguien) ¡¡Torremolinos!! Por Dios, baja la voz, ¡¡qué bochorno!! (Que me perdonen los torremolinenses, no tengo nada contra ellos, al contrario, me quejo de la injusticia hecha con su ciudad).
Jamías, aquí estoy, qué sinsabor, a quién se le ocurrió inventar esto, qué desinterés, qué sin razón, qué sube y baja, qué tócame Roque.
¡¡Que me saquen de aquí!!
Vosotras no sois ni amigas ni ná, porque, a ver, sino, de qué me ibais dejar venir aquí, así, tan forzada, tan sin querer. Esto no tiene ni pies ni chanclas, ni ná de ná.
Ay, mira, ya me siento mejor, es como que lo he exteriorizado, es como cuando estás pero no estás y te dices a ti mismo: ¿pero qu’est-ce que c’est ça? Te lo digo como lo siento.
¿Por qué no dejáis vuestro retiro en la playa de Bolonia y me hacéis una visita en este Carrefour en el que me encuentro?
Este es un mensaje tipo SOS, por la emergencia, la ayuda que preciso, la sinsabor en la que me hallo y el cabreo de este puto ordenador de cibersitio que no me deja poner ni un puto acento.
Y, además, tengo un exextraterrestre de conductor. ¡Total!
Gracias por escuchar mi fina voz en esta tarde ventosa de abril.
Os venero, os adoro, os compro un boniato en el mercado, lo que queráis, pero ¡¡sacadme de Torremolinos!!
Muy escueta, alcahueta y trapichera,
Sally Ocean
Sally, adorada, acabo de leer tu correo y no sé si comerme unas fabes o ponerme un escote palabra de honor.
Estoy paralizada. ¿Tú en Torremolinos? Por la Virgen y por santa Tita Cerveza, que no salga de nuestro círculo, que hay mucha lagartona mesetaria deseando hundirte.
Apenada y revirada,
Olga
Escribir mis absurdeces a Juan Luis y recibir las suyas no tiene precio.
CAPÍTULO 2
¡NO ME JOODAS!
—Pásame la toca.
—Me parto, te lo juro, pareces la madre superiora.
—Y tú sor Senáguer. ¿De dónde sacas las proteínas en el convento para tener esos bíceps? ¡Vigoréxica!
—Calla, que el ejecutivo ese del traje azul nos ha mirado como si estuviéramos locos.
Como para no mirar. ¡Todo un espectáculo! Mi amigo Jorge y yo vestidos de monjas en unos baños del aeropuerto de Barajas un lunes a las diez de la mañana.
He dejado a mi grupo la mañana libre para que visitaran el Palacio Real y el Museo del Prado y me he cogido el metro al aeropuerto para recibir a nuestra amiga Anna, la estadounidense, que vuelve a Madrid después de casi dos meses con su familia en California. Anna y Jorge habían sido compañeros míos de piso y son de ese tipo de personas que todos deberíamos tener cerca, al menos, en algún momento de nuestras vidas: de risas y llantos, de disfraces y locuras… Y aquí estamos ahora, en hábitos de monja esperando a la «hermana», que venía de las «misiones» de California, como reza la pancarta que hemos preparado para recibirla.
—¡No llegamos y no llegamos a misa de doce!
Las tocas al viento, la gente del aeropuerto estupefacta, no saben si es una performance o si se está rodando una de esas cámaras ocultas, el caso es que arrancamos sonrisas allá donde nuestro carro de equipaje nos lleva a lo largo y ancho de la Terminal 4.
—No llegamos, hermana, no llegamos…
Miro de reojo a los pasajeros que esperan para facturar y no dan crédito. Es genial. Así tendrán algo que contar de su paso por la Terminal más premiada de Barajas. La mayoría de la gente va dormida por la vida en todas partes, con la rutina, el trabajo, la facturación de un vuelo… Hay que despertarlas, sacarlas de esa especie de letargo. Desde luego hoy lo estamos consiguiendo.
—Sor, hermana, te toca empujar el carro, no te preocupes, va supersuave.
—Hermana, no llegamos a la eucaristía…
Y vuelta a correr por toda la terminal internacional media hora más.
—Mira, ha aterrizado ya, a ver, Sala 11, coloca el carro ahí al lado que voy abriendo yo la pancarta
HERM-ANNA CALIFORNI-ANNA
Más risas, fotos. La gente esperando a sus parientes o amigos se divierten con nuestro convento temporal y cachondeo improvisado.
Anna se va a morir de vergüenza cuando salga y nos vea con estos faldones y todo el sarao que hemos montado, y luego se partirá de risa, ¡menuda es ella!
—¡Hermana Annaaaaa!—gritamos las monjas más divertidas de Madrid.
—Bueno, bueno, no me lo puedo creer… ¡Estáis locos!
Ni consigue hablar del ataque de risa. Todo el mundo expectante de la llegada de nuestra hermana de California. Se da la vuelta y tira un beso a todos los presentes y antes de marcharnos suelta un:
—Paz y amor para todos.
Como si estuviera escrito en el guión cojo la maleta de Anna, al fin y al cabo soy una «monja» de lo más acostumbrada a cargar y descargar maletas. La pongo en el carro y ya estamos a punto de salir cuando nos sorprende un aplauso y el griterío de todos los que allí estaban.
Realmente no sé si es por lo de paz y amor, que bien sabe Dios que lo necesitamos hoy en día porque el mundo anda medio loco, o por todo el show que les hemos regalado sin pedirlo, así, espontáneamente. Da igual, les hemos arrancado una sonrisa y eso es lo que importa.
—¿Cogemos el autobús, no?
—Sí, que con el día que hace no me apetece meterme en el metro…
—Vale, vamos hasta Colón en bus y allí tenemos solo tres paradas en metro a Noviciado.
Ya fuera, ni me acuerdo de que todavía estamos vestidos de monjas. La gente que pasa a nuestro lado nos mira y nos sonríe, pero estoy más interesado en saber cómo está Anna y acerca de su viaje a Estados Unidos.
Vivió conmigo en Madrid más de siete años y llevaba dos sin volver a California. Nos cuenta todo, riendo unas veces, llorando otras con un poco de pena al pensar que su familia está tan lejos. Pero ha decidido hace tiempo que su vida está, de momento, en España. Aquí también ya tiene su familia.
—Gerardo quería venir a esperarte al aeropuerto con nosotros, pero cuando le dijimos que veníamos disfrazados se cortó… ¡Que no! Ya sabes que él poco se corta, es que tenía que terminar y entregar un proyecto esta tarde
—Ya me lo dijo, hablé con él ayer por teléfono antes de coger el vuelo. Pero no me comentó nada de que iban a recibirme dos sores tan graciosas. ¡Gracias! Mirad, los de ese coche os están saludando.
—Jorge, enséñales la pierna como yo, a ver cuándo han visto unas monjas tan divinas y divertidas, con estas curvas… y un lunes por la mañana.
Como estamos parados en un semáforo los de los coches de al lado están revolucionados con las «hermanas» desviadas del recto camino.
Anna se muere de risa y nos anima a montar más jolgorio todavía.
—Os digo que esta noche salimos en el telediario. ¡Qué éxito!
—¿Qué dice el del Mercedes?
—No sé, mira lo que está poniendo contra la ventana son como tarjetas de visita…
—¡A ver si es productor y nos quiere contratar! —digo yo—. No, si me tenía que haber traído un composite con fotos y currículum, que nunca se sabe… A partir de ahora que me voy al cine… me llevo el composite, que quedo con los amigos a tomar un ponche con hielo… me llevo el composite, que bajo a comprar unos pimientos… me llevo el composite…
—¡Está escribiendo algo! Dónde… el convento… ¡Que dónde está el convento! Me parto…
—A ver cómo le decimos a este por señas que somos monjas nómadas, que no tenemos rumbo ni dirección.
—¡Que somos monjas de mundo! —dice Jorge con aspavientos, señalando los hábitos y haciendo como un círculo gigante.
El semáforo se abre y nos lanzan besos a los tres. Así entre risas y más risas llegamos a Colón.
—Hermanas, ahora nos vamos bajo tierra. ¡Al metro! Que van a flipar, también.
Más miradas, vueltas atrás y desternilles varios. En la línea cuatro, hasta San Bernardo, va un grupo de japonesas jóvenes vestidas supermodernas, bueno, con ese estilo ecléctico que se plantan veinte cosas que no pegan una con la otra: un trapo en el pelo con una falda tipo cortina, medias verdes y zapatos de tacones imposibles… Pues nosotros les parecemos lo más y se hacen miles de fotos y nos cotorrean en japonés como si entendiéramos todo.
—Hermanas —digo mientras me despido de las niponas bendiciéndolas. Mil fotos más—. Yo hoy soy una monja tour director y nos bajamos aquí, que vamos a caminar un poco…
—¿Pero no hacemos el transbordo para la dos y bajamos en Noviciado? —pregunta Anna.
—De eso nada, nos vamos a hacer un pequeño walking tour calle San Bernardo abajo para alegrar un poco la vida a los del barrio, que están algo sosos últimamente. Por tu maleta no te preocupes, yo me encargo, ya sabes que me llaman sor Senáguer y no hay maleta que se me resista. Por cierto, tu querido albornoz rojo y tu gorro azul mañanero te han echado mucho de menos —le digo riéndome. Eran como símbolos de su indumentaria casera: el albornoz porque lo mismo servía como traje de noche elegantísimo como de bata barata maruji y el gorro graciosísimo con el que Anna siempre dormía en las gélidas noches madrileñas de invierno.
Y allá que vamos, hábitos, tocas, crucifijos, risas y maleta.
—Chicos, a misa de doce está claro que ya no llegamos, pero aligerad el paso que sino yo no llego ni a las tres a la Puerta del Sol, que es donde he quedado con mi grupo…
—Hija, hermana, que tenemos todavía casi una hora y media.
—¡Qué pereza, quitarme el hábito al que ya me había habituado ja, ja y ponerme el uniforme de tour…!
—¿Pero ahora tenéis que llevar uniforme?—pregunta Anna.
—No, es una forma de hablar, ya sabes, los pantaloncitos formales, zapatos… ¿Sabéis lo que os digo? ¡Que me voy de monja!
—Pues di que sí
—Un día lo voy a hacer, os lo prometo. Voy a esperarles al aeropuerto de esta guisa. Imaginaos el shock… O, de repente, como hoy que ya me conocen, y me presento con los faldones, así, normal, como el que no quiere la cosa y les pregunto qué tal el museo y el palacio… No se les olvidaría jamás.
—Yo pienso que lo deberías hacer. La propina se iba a duplicar.
—¡Pues no se hable más! No, no hoy, pero aquí y ahora vosotros sois testigos de que me comprometo a dar la bienvenida a un grupo, al menos una vez, disfrazado de monja.
—Bueno, bueno, ya me estoy imaginado la cara de póquer del grupo: sor Senáguer, la monja tour director multilingüe, ¡viaje con ella!, tendrá de todo menos una experiencia religiosa…
Risas.
—Hola, ¿qué tal? —digo yo tan normal a una señora con la que nos cruzamos.
—¿Quién es esa con cara de vinagre? —pregunta Jorge.
—La vecina del primero. Se ha quedado flipada. Ya me la imagino rompiéndose la cabeza preguntándose qué coños hago vestido de monja, con otra monja y una rubia monísima, que medio conoce de vista, y una maleta, un lunes, a medio día, por la calle Pez.
—¿Es la de abajo?¿La que intenta saber la vida de todo el edificio? Pues esta vez el jeroglífico lo tiene un poco complicado…
Y mientras nos reímos de las caras que ponen las señoras que salen del supermercado y nos miran curiosas, vamos llegando a casa.
—Os voy a hacer una pasta conventual, como la que cocinamos en el monasterio antes de ir a maitines, mientras tú, Anna, te duchas y tú, sister, te preparas para ir con tu grupo. ¿Dónde vais esta tarde?
—A Segovia, genial, porque siempre es un éxito de excursión y nunca está tan imposible de gente como Toledo. Y viene a verme Belén mientras el grupo visita el Alcázar.
—¡Dale muchos besos de nuestra parte!
Una hora y media más tarde ya estoy yo debajo del reloj de la Puerta del Sol, en el kilómetro cero, preguntando a mi grupo qué tal el Prado, el Palacio Real y si habían comido en alguno de los restaurantes que les había recomendado. Entonces me doy cuenta de que Brian, uno de los más jóvenes, tiene unos ronchones exagerados en el cuello.
—What happened, Brian?
El pobre me cuenta que pidió paella para comer y que no se había dado cuenta de que tenía marisco y él es alérgico. Menos mal que solo comió un poco y que al notar enseguida un picor anormal en el cuello se lo comentó a su profesora, que inmediatamente sacó las medicinas y le atiborró a pastillas. Así que todo quedó en un pequeño susto y una anécdota para contar cuando volviera a Carolina del Sur.
Mrs Warn, la profesora, o Antonia, como yo la llamo, ya había viajado tres veces antes conmigo. Es de origen uruguayo, pero vive en Estados Unidos. Está casada con americano y su inglés es fluido aunque con un acento tan fuerte que parece hecho a propósito. Es burrona como ella sola, pero de un corazón inmenso. La primera vez que dijo:
—¡Julio, no me JOODAS! —Delante de sus alumnos y quedándose tan pancha, como si hubiera dicho «Me gustan las castañas», flipé un poco, la verdad. Luego me di cuenta de que ese «¡No me joodas!» era muy normal en su vocabulario, junto a otros tacos varios. Además, sus estudiantes ya están acostumbrados y ni se inmutan. Una vez que le pillas el punto y no te acojonas, como es tan grandona, burrona y suelta palabrotas a diestro y siniestro hasta te hace gracia. Sin embargo, a las profesoras y estudiantes de los otros grupos que viajan en el mismo tour les cuesta al principio adaptarse al estilo peculiar de Mrs Warn.
La visita de Segovia es extraordinaria, como siempre. La guía local, Fuencis, de las mejores que he conocido en todos mis años trabajando con turismo.
Hay una diferencia abismal entre saber mucho de algo y transmitirlo de forma que los que vayan a escuchar hagan eso, escucharte, porque la información es interesante y se la haces llegar de una forma atractiva y amena. Hay guías o profesores que aun sabiendo mucho pueden llegar a ser un verdadero tostón y desconectas en menos de diez minutos, más rápido incluso si eres un adolescente.
Fuencis es de las primeras, cautiva al grupo enseguida y se los mete en el bote de inmediato. Y como nos conocemos de hace años y hay confianza me dice que pase todo el tiempo que quiera con Belén, que si me necesita me da un toque y que si no, nos veríamos al lado del río, en la Fuencisla, para hacer la foto del grupo con el Alcázar detrás en la colina. El autobús nos recogerá allí para volver a Madrid.
Belén es una amiga fantástica, nos conocimos en este trabajo, que fue el suyo durante muchos años pero que abandonó porque, como decía ella con mucha gracia: «¡Es que no me compensa!».
No se refería a la parte económica, si no a la personal, al día a día. Pasar muchas jornadas fuera de casa llevando gente que no conoces, grupos, de un lado a otro, de una ciudad o país a otro, diciéndoles cuándo comer, cuándo dormir, cuándo mear… «No me compensa».
Aguantar a personas a veces muy pesadas y poco educadas, con poco tacto o con poco respeto hacia los directores de tour, o guías, o incluso hacia los compañeros con los que viajaban… «No me compensa».
Además siendo una tour director mujer, como decía Belén, las mujeres que solía tener en los grupos con frecuencia se comportaban de una forma que no lo harían si el director de tour fuese un hombre. Que si tienes demasiado escote, que si te cambias muy a menudo de vestido, que si ese pinta labios rojo es muy fuerte, que si te quedaría mejor el pelo más largo, que qué llevas en esa bolsa de plástico que seguro que es ropa y que has estado de compras en el tiempo libre… «¡Y a ellas qué les importa! ¡Qué brujas! ¡Qué pesadas!… ¡No me compensa!».
Belén habla cinco idiomas, es simpatiquísima, elegante, extrovertida y de las personas más inteligentes que conozco. Una vez que lee algo, o si ha estado en una ciudad por primera vez, jamás se le olvida y lo recuerda y te lo cuenta con todo detalle. Qué memoria, qué retención… Lo opuesto a mí, que tengo memoria de pajarillo y según aprendo las cosas se me van olvidando, quizá mi mente es así para hacer hueco, no sé, pero lo que sí sé es que la cabeza no me da para tanto como a Belén.
Ella tendría que haber sido una de las jefas de la compañía. Sabía más que cualquiera de los directivos o responsables que estaban por encima de nosotros. Yo siempre le animé a que montara su propio negocio, y al final lo hizo.
Es de Madrid, pero adora la provincia de Segovia, y durante años juró que tarde o temprano compraría una casa en alguno de sus pueblos. Lo hizo. Dejó el mundo del turismo y montó una agencia para organizar eventos internacionales en España e Italia. Éxito total. Y no sé de dónde saca tiempo pero también da conferencias sobre recursos humanos a empresarios y siempre esta disponible para sus amigos. Una mujer del tercer milenio, como yo siempre le decía en broma.
Las tres horas que estamos juntos vuelan y quedamos para vernos un fin de semana en su genial casa de Segovia en cuanto termine este tour.
Me acompaña al lugar donde he quedado con Fuencis y mi grupo y le presento a Antonia. Al despedirme me da un beso y me dice por lo bajini: «Madre mía la Antonia, muy heavy, pero muy cachonda».
—¡Esta ciudad es cojonuda! —me espeta Antonia al subir al bus y dos minutos más tarde está roncando como si la fuera la vida en ello. ¡Qué ronquidos! El conductor me mira de reojo, sonriendo, como diciendo: «Menuda pieza». Si yo le contara…