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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2004 Daphne Clair De Jong

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

En las profundidades del deseo, n.º 53 - julio 2018

Título original: Her Passionate Protector

Publicada originalmente por Silhouette® Books.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-740-9

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Índice

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Prólogo

 

 

 

 

 

UN ESQUELETO humano no era un hallazgo inesperado bajo el mar, cerca de un barco hundido, y tampoco era el primero con el que tropezaba Brodie Stanner. Pero cuando vio los blancos huesos de las costillas entre la arena, y un pez pequeño y brillante saliendo de la cuenca de un ojo, sintió un escalofrío.

Hacía apenas veinte minutos, con su compañero de buceo Rogan Broderick, había saltado al océano Pacífico desde la cubierta del Bribón del Mar. El arrecife brillaba con los colores del arcoiris, y corales y esponjas se apiñaban en una mezcla de fantásticas formas. Rogan se hallaba a su lado, dejando detrás una estela de burbujas. No tardaron en descubrir la silueta del barco, festoneado de algas, a medias cubierto por un manto de arena.

Intentaron remover la arena del casco con la esperanza de que el nombre del buque aún resultara visible, pero no habían hecho grandes progresos cuando Rogan le indicó por señas que debían volver a subir.

La corriente era más fuerte de lo que había pensado Brodie en un principio, hasta el punto de que los había arrastrado unos metros hacia el arrecife. Fue entonces cuando vio el esqueleto, al pie de la barrera coralina. La parte inferior estaba enterrada o desaparecida, pero el costillar permanecía intacto, así como el cráneo de macabra sonrisa. Cuando se detuvo para observarlo, distinguió un brazo entre la nube de minúsculos granos de arena.

Después de un último examen, subió a reunirse con Rogan en el primer nivel de descompresión, en el cable de la boya. Y continuaron el ascenso, deteniéndose en los siguientes niveles para eliminar progresivamente el nitrógeno de la sangre, cuyos efectos podían resultar mortales. Una vez a bordo, Brodie se quitó el respirador de la boca y le preguntó a su compañero:

—¿Has visto el esqueleto?

—El Maiden’s Prayer se hundió con todos sus tripulantes —comentó Rogan mientras dejaba su bombona en cubierta—. Es probable que encontremos más. Aunque también es posible que tu esqueleto no proceda de este naufragio en particular. En este arrecife naufragaron muchos barcos, sobre todo antes de que fuera convenientemente cartografiado. El hecho de no aparecer en las antiguas cartas marinas lo convirtió en una trampa mortal.

Los legendarios clippers del siglo XIX, cargados de mineros que regresaban a América con su cargamento de oro australiano, habían carecido de los sofisticados instrumentos de navegación actuales. El Maiden’s Prayer no era el único buque que había desaparecido sin dejar rastro, con su tesoro enterrado en el fondo del mar.

Con ayuda del sónar, Brodie y Rogan terminaron de calcular la ubicación exacta del pecio, así como de los pocos objetos que habían encontrado. Rogan había descubierto el buque varios meses atrás, y ambos amigos se habían embarcado en aquel viaje con la intención de demostrar que se trataba realmente del Maiden’s Prayer.

Mientras saboreaba un cangrejo en la cubierta del Bribón del Mar, Rogan comentó:

—La primera vez que bajé no tuve tiempo de hacer una inspección detenida, pero recogí unas cuantas monedas y joyas, además de varios aparejos del barco. La verdad es que ahora pensaba encontrar mucho más —desvió la mirada hacia la barra de arena con palmeras que cubría el arrecife.

—Quizá encontraste todo lo que quedaba en la superficie. Las tormentas y los ciclones suelen remover mucho el fondo.

—Es verdad —asintió, decepcionado—. Espero que los furtivos no se lo hayan llevado todo, mientras nosotros estábamos ocupados con los derechos legales de la exploración.

—Desde que llegamos no hemos visto ningún otro barco. Y si algún pescador o algún buceador ha tenido la suerte de encontrar algunas piezas sueltas por los alrededores, no creo que haya accedido al pecio. Se necesita un equipo profesional de buceo, y tú sabes perfectamente lo que cuesta conseguir uno.

—Cierto —convino Rogan mientras chupaba una pata de cangrejo—. Incluso si la localización del pecio hubiera sido filtrada, el saqueo habría sido pequeño. Bueno, mañana será nuestra última inmersión.

—Sí —se sonrió Brodie, consciente de que su amigo tenía que estar de vuelta en el puerto para casarse—. Será mejor que llegues a la iglesia a tiempo.

A la mañana siguiente se sumergieron temprano. Encontraron un par de monedas y algunas botellas de vidrio, que podían servirles para datar el pecio, hasta que Brodie distinguió un objeto curvo, verde, metálico, casi invisible bajo la arena. Lo desenterraron juntos y lo subieron a la superficie. Era una campana de barco, medio cubierta de corales y esponjas fosilizadas.

—¡Eureka! —exclamó Rogan cuando leyó la inscripción que figuraba en el borde—: Maiden’s Prayer. Mi padre tenía razón. Ya tiene su tesoro. Volvamos a casa. Pero no se lo digas a nadie…

Brodie se había quedado ensimismado contemplando su hallazgo. De pronto alzó bruscamente la mirada.

—Antes quiero echarle otro vistazo a ese esqueleto.

—Claro. Como quieras.

Tardaron bastante en encontrar el lugar donde estaba medio enterrado. Para entonces ya casi estaban obligados a subir a la superficie. Brodie volvió a hallarse frente a aquel par de cuencas vacías, de mirada muerta. Miró en el interior del cráneo. Había arena dentro. Pero también distinguió algo más. Quitándose los guantes de goma, introdujo dos dedos en la órbita ocular y sacó un pequeño objeto de brillo apagado.

Una bala.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

LA LUZ del sol se filtraba por el alto ventanal de la capilla marinera de Mokohina. El insistente rumor del mar se mezclaba con las voces de los novios mientras pronunciaban sus votos.

En la segunda fila de bancos, Brodie admiraba la melena rizada de la dama de honor de la novia, coronada por una diadema de flores, y la fina y delicada curva de su cuello. El contraste de su cutis cremoso con el color de su pelo, de un color castaño rojizo, le daba cierto aire de vulnerabilidad. Sentía curiosidad por ver su rostro. No la había visto bien cuando precedió a Camille de camino al altar.

En realidad su atención se había visto atraída por el fulgor de los ojos de Rogan, cuando estaba esperando a su novia al pie del altar. La violenta emoción que había visto en su mirada lo había dejado paralizado, casi consternado. Le había removido sentimientos que creía enterrados, dejándole incluso en la boca un sabor parecido al de… la envidia.

El matrimonio era algo en lo que nunca había pensado seriamente. Y estaba seguro de que Rogan tampoco hasta que conoció a Camille, una deslumbrante belleza de cabello castaño y ojos verdes, con una figura de modelo, capaz de debilitar la voluntad de cualquier hombre.

Cuando la ceremonia terminó y Granger, hermano de Rogan y padrino de boda, le ofreció su brazo a la dama de honor, Brodie pudo por fin ver su rostro. Un cutis traslúcido que le recordaba el esmalte nacarado de una perla. Unas cejas finas y bien delineadas, unos ojos de color castaño dorado, largas pestañas… Y una boca deliciosa, de labios llenos, hecha para ser besada. Por un instante creyó vislumbrar una sombra de tristeza en su mirada, un brillo sospechoso. Tuvo que recordarse que las mujeres solían llorar en las bodas.

Mientras la observaba, una leve sonrisa se dibujó en aquella boca tan seductora. No era una sonrisa tan radiante como la de la novia, pero resultaba igualmente cautivadora. Recorrió entonces su figura con la mirada. Era delgada, de bonitas curvas y senos bien redondeados… Su corto vestido de seda revelaba unas piernas espectaculares, bien torneadas, de tobillos finos que fácilmente habría podido rodear con una mano. Al imaginarse aquella escena, algo más que una simple punzada de curiosidad le removió la sangre. Algo más que un puro deseo carnal. Y absolutamente inconveniente teniendo en cuenta que se encontraba en una iglesia…

 

 

El banquete nupcial se celebró en el salón privado de un lujoso hotel cercano, un hermoso edificio blanco, de madera blanca, herencia del pasado colonial de Nueva Zelanda. Después de la cena y de los brindis, los novios cortaron la tarta y la dama de honor se dedicó a repartirla entre los cerca de cincuenta invitados que abarrotaban la sala.

Brodie seguía atentamente todos los movimientos de la dama de honor. De hecho, no había dejado de mirarla desde que se sentó a la mesa con Camille y Rogan. Aparte de la novia, era la mujer más hermosa de la fiesta, y al mismo tiempo la más fascinante y enigmática. Mantenía una expresión agradable pero levemente distante, que sólo se iluminaba cuando hablaba con la novia, mientras continuaba repartiendo porciones de tarta.

Cuando llegó el turno de Brodie, le lanzó una rápida sonrisa y una mirada penetrante, como si pudiera leerle el pensamiento, antes de bajar la vista al plato que estaba sirviendo.

—No nos conocemos. Me llamo Brodie… Brodie Stanner —se presentó mientras recogía el plato—. Y tú eres Sienna Rivers, la arqueóloga que ha estado examinando las piezas que rescató Rogan.

Parecía sorprendida de que la conociera.

—Sí, fue un favor que me pidió Camille —explicó, recelosa.

—Ya. Trabajas con ella en la universidad, ¿no?

—Camille trabaja en el Departamento de Historia de Rusden, pero a finales de este semestre se incorporará a la empresa de rescate de tesoros de Rogan —lo dijo con un tono de desaprobación. O quizá de decepción. Dándole la espalda, murmuró—: Y ahora, si me disculpas…

Y continuó repartiendo porciones de tarta, esbozando aquella agradable pero a la vez distante sonrisa, carente de todo entusiasmo.

La mayor parte de las mujeres encontraban muy atractivo a Brodie, con su cuerpo fibroso, bronceado. Tenía los ojos de un azul claro, la mandíbula cuadrada, de mentón hendido, y el cabello espeso y rubio, decolorado por el sol. De manera que el evidente desinterés de Sienna, y el hecho de que no le hubiera caído nada bien, le hizo preguntarse si sería culpable de tener un ego demasiado inflado.

Al otro lado de la sala vio a Granger quitarle a Sienna el plato de las manos y entregarle una copa de vino. Aquella atención sí que pareció ser de su gusto. Y por segunda vez en aquel día, Brodie no pudo menos que envidiar a los hermanos Broderick.

Apartando la mirada, se fijó en una joven rubia, de estatura pequeña, muy hermosa. La estimulante sonrisa que le lanzó, y la forma que tenía de abanicar las pestañas, lo convencieron de que estaba interesada en él. Así que, devolviéndole la sonrisa, Brodie no dudó en ir a su encuentro.

 

 

Granger Broderick acababa de quitarle el plato de las manos. Una vez sola, Sienna se volvió para contemplar la sala. La copa que sostenía en la mano era una excusa para tener que dejar de sonreír constantemente, y poder así relajar los músculos faciales. Bebió un sorbo de vino.

El hermano de Rogan estaba ejerciendo su papel de anfitrión con una impecable cortesía y un cierto distanciamiento que resultaba infinitamente reconfortante. Todo lo contrario del descarado interés que le había demostrado el hombre de los ojos azul cielo. Se preguntó si las mechas rubias de su cabello castaño serían teñidas. Aunque no daba en absoluto la impresión de ser un hombre vanidoso, evidentemente era un hombre consciente de su propio atractivo.

Se dedicó a observar a los invitados. Camille y Rogan iban de uno a otro, solícitos. Brodie se había retirado al otro extremo de la sala y estaba charlando con una joven rubia que parecía disfrutar mucho con sus atenciones. Tomó otro sorbo de vino, recordándose que no debía beber mucho después de lo poco que había comido en la cena. Su apetito aún no se había recuperado de la intoxicación por la que tuvieron que hospitalizarla apenas unas semanas atrás, seguida de un ataque de gripe que había retrasado su convalecencia. Incluso había dudado que pudiera asistir a la boda.

De repente el ambiente de aquella enorme sala le resultó agobiante, opresivo. Quizá lo del vino no había sido una buena idea, después de todo. O tal vez llevara demasiado tiempo de pie. No había ninguna silla libre cerca. Maldiciendo aquel permanente estado de debilidad, dejó la copa en una mesa y de inmediato se vio asaltada por una náusea.

Lanzando un rápido vistazo en busca de una ruta de escape, descubrió unas puertas dobles que llevaban al jardín del hotel. Había una mesa con sombrilla, en el césped. Se apresuró a dirigirse hacia allí.

Pero las puertas no se abrían, y sintió una momentánea punzada de pánico. Lo último que quería era desmayarse en la boda de su amiga… De repente alguien la sujetó de la cintura al tiempo que abría la puerta con decisión. Una deliciosa brisa marina le acarició el rostro, haciendo ondear su pelo. Segundos después, cuando trastabillaba sobre el césped, sostenida por un fuerte brazo, una voz le preguntó con tono urgente:

—¿Te encuentras bien?

—Sí —mintió débilmente, agradecida de poder sentarse en una silla. Apoyó los brazos sobre la mesa y dejó caer la cabeza. Cuando volvió a levantarla, vio a Brodie Stanner sentado frente a ella, mirándola preocupado.

—¿Quieres que te traiga algo?

—No, estoy bien —o al menos lo estaría al cabo de un par de minutos—. Gracias.

—Conque bien, ¿eh? —la expresión de preocupación se trocó en otra de incredulidad—. Pues estás terriblemente pálida.

—Hacía calor dentro. Me recuperaré en un momento.

—¿Estás a dieta o algo así?

—¡En absoluto!

—No has comido casi nada.

—No tengo apetito —¿acaso la había estado vigilando durante la cena?

—¿Por qué no?

—Últimamente he estado algo enferma, nada grave. Ya estoy bien, es sólo que no tengo mucho apetito.

—Pensé que te ibas a desmayar.

Sienna se recordó que, afortunadamente, eso no había sucedido… gracias a él. Consciente de su inevitable tendencia a la gratitud, pronunció:

—Has sido muy amable al abrirme la puerta, muchas gracias. Pero ahora que ya estoy bien, ¿por qué no vuelves con tu… amiga?

Por un instante la miró sin comprender.

—Acabo de conocerla ahora mismo. No creo que me eche de menos.

Sienna lo dudaba. Aquella joven rubia se había mostrado muy poco inmune a sus encantos masculinos.

—Estoy perfectamente, de verdad.

Brodie extendió una mano y le acarició levemente una mejilla. Una oleada de calor la anegó por dentro, provocándole un estremecimiento de placer.

—Has recuperado un poco de color, pero aún estás pálida.

—Soy pálida por naturaleza —protestó Sienna.

—Tienes un cutis espléndido.

—Gracias —repuso sin pensar, fingiendo no ver la mirada de curiosidad que le lanzó—. Disculpa, pero tal vez Camille me necesite para algo.

Aquel hombre era demasiado atractivo. Por experiencia propia, Sienna sabía lo fácil que era ceder a los cumplidos y a las atenciones. Especialmente cuando procedían de alguien tan seductor, con aquel cuerpo tan fantástico… Empezó a levantarse de la silla.

Pero inmediatamente Brodie le puso una mano sobre la suya, reteniéndosela contra la mesa, y señaló el salón con la cabeza.

—En este momento, Camille no necesita a nadie que no sea Rogan. Todavía están hablando con sus invitados. Deberías descansar un poco. Supongo que no querrás marearte de nuevo.

Tenía razón. Incluso la brusquedad con que se había levantado la había dejado un tanto aturdida. Intentó retirar la mano, pero él no se la soltó, mirándola a los ojos en todo momento.

—Relájate —le dijo con tono tranquilo—. Y dime si necesitas algo. ¿Un vaso de agua? ¿Un refresco?

—No quiero nada, de verdad.

Por fin le había soltado la mano. Manteniendo la calma, Sienna desvió la mirada hacia la banda de mar azul que se distinguía al otro lado de la carretera, con las siluetas de los barcos anclados en el muelle. Por hacer conversación, comentó:

—Mokohina es un pueblo muy bonito.

—A mí me gusta.

—¿Vives aquí?

—He corrido algo de mundo, pero aquí es donde mejor me encuentro. Soy el propietario de la tienda de buceo.

Debió haber adivinado que era un buceador. No era tan alto como Rogan pero tenía su misma corpulencia, y el aspecto de un hombre que había pasado gran parte de su vida en el mar.

—¿Estás emparentado con los Broderick? —pensó que tal vez fuera primo suyo.

—No, pero Rogan y yo somos amigos desde que estudiábamos en el colegio. Estoy seguro de que cuidará bien de Camille. No tienes por qué preocuparte.

Se volvió para mirarlo. ¿Cómo había podido saber que estaba preocupada por su amiga, ya que se había enamorado de un hombre que, en su opinión, no era el adecuado para ella? Un hombre que, según había admitido la propia Camille, era la antítesis de su ideal.

—¿No hay ninguna noticia nueva sobre los objetos robados del pecio? —le preguntó de repente Brodie.

Sienna supuso que, si tan amigos eran, era lógico que contara con la plena confianza de Rogan. Le habían pedido que mantuviera la máxima discreción acerca de las monedas y las joyas antiguas que le habían sido confiadas. Cuando Camille recurrió a sus servicios, Sienna tuvo que explicarle que tendría que contárselo a alguien del departamento de arqueología si quería utilizar el equipo de la universidad, pero que no se lo diría a nadie más. Por lo visto, Brodie también estaba al tanto de lo ocurrido.

—Al parecer la policía no tiene ninguna pista.

Se sentía culpable por el robo, aunque tanto Camille como Rogan se habían mostrado muy comprensivos. No era culpa suya que el laboratorio hubiera sido asaltado cuando ella se hallaba convaleciente de aquella intoxicación en el hospital. Afortunadamente, antes había tenido la precaución de sacar fotografías de los objetos.

No era lo único que se habían llevado los ladrones. Las alumnas de Sienna habían estado excavando un yacimiento recientemente descubierto. Se trataba de un pueblo amurallado de los maoríes, que había sido defendido de una invasión de colonos por sus guerreros tatuados. Las excavaciones habían sacado a la luz adornos de jade y hueso de un valor inestimable. Un material que también había desaparecido.

—No se ha recuperado nada —le dijo a Brodie.

—Bueno, supongo que lo principal del tesoro está por descubrir —repuso Brodie—. Y Rescate de Tesoros del Pacífico retomará los trabajos tan pronto como esté listo el equipo de buceo. Y a ser posible antes de que alguien se nos adelante.

Aunque los Broderick se habían esforzado por mantener en secreto su descubrimiento y se habían negado a hablar con los medios de difusión, todo el mundo sabía que el Bribón del Mar había encontrado un barco hundido, y el rumor sobre los planes de la nueva compañía se había extendido.

Sienna se mordió una uña, frunciendo el ceño. A pesar de la seguridad que Camille le había dado de que el tesoro sería recuperado con el debido respeto a su valor histórico, no estaba muy segura de que su flamante marido no la estuviera engañando. Al parecer, el padre de los Broderick había estado obsesionado con encontrar el tesoro hundido, y Rogan se había propuesto seguir sus pasos.

—¿Cuál es el problema? —le preguntó Brodie, curioso.

—Tengo mis dudas acerca de la empresa de Rogan. Mucho me temo que está estropeando un yacimiento de valor histórico.

—¿Acaso quieres que ese barco se quede en el fondo del mar, intacto, hasta que se pudra?

—Me gustaría tener la seguridad de que ningún objeto de valor arqueológico se eche a perder por culpa de la ignorancia. O de la avaricia.

Brodie arqueó las cejas.

—¿No te basta con las seguridades que te ha dado Camille? Es investigadora oficial, y una reputada historiadora.

—¡Pero está enamorada! Y eso suele nublar el buen juicio de la gente —cuando Brodie le lanzó una mirada interrogativa, se apresuró a añadir—: Estoy convencida de que sus intenciones son buenas, pero la arqueología no es su especialidad y…

—Y tienes miedo de que Rogan la influya —Brodie parecía levemente divertido—. ¿Es que no te das cuenta de que ese hombre está loco por ella? Haría cualquier cosa por Camille.

—Tal vez eso no dure mucho —sintió una punzada de amargura, que logró disimular.

—Eres demasiado joven para ser tan cínica… ¿Qué edad tienes? ¿Veinticinco años?

—Veintisiete. Pero la edad no tiene nada que ver. Simplemente soy realista.

—¿Has estado enamorada alguna vez?

—Por supuesto —algo se le removió por dentro—. ¿Tú no?

Brodie desvió la mirada. Su expresión se enfrió de repente.

—De esa manera… no.

Sienna se volvió para ver lo que había llamado su atención. Las figuras de Camille y de Rogan se recortaban en el umbral iluminado, abrazadas. Aquella imagen consiguió emocionarla, y se le hizo un nudo en la garganta. Acababan de besarse tiernamente en los labios.

—¿No crees que eso durará? —le preguntó Brodie.

Volviéndose de nuevo hacia él, se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? Lo único que digo es que yo no contaría con ello —por el bien de Camille esperaba sinceramente que no fuera así, pero la experiencia la había vuelto muy cauta.

La mirada de Brodie se tornó de pronto penetrante, como si le estuviera leyendo el alma.

—¿Quieres apostar?

—Yo no juego.

—No me extraña.

Sienna no respondió a aquel despectivo comentario. En lugar de ello, concentró su atención en los barcos anclados en el muelle.

—¿El Bribón del Mar es uno de aquéllos?

Camille y Rogan pensaban pasar una corta luna de miel a bordo de su barco, antes de equiparlo debidamente para las inmersiones de rescate.

—Es el que está más lejos, en el extremo de la bahía. En el antiguo embarcadero.

Sienna asintió con la cabeza. Luego se dispuso a levantarse. Esa vez Brodie no la detuvo.

—Bueno, gracias por la conversación —pronunció con tono distante, mientras él también se levantaba.

Su mirada interrogante parecía dudar de su sinceridad. No la siguió cuando se dirigió al salón. Para entonces, Camille y Rogan ya habían desaparecido.

—Creo que voy a subir a cambiarme pronto —la informó Camille poco después—. ¿Qué te pasa? Estás algo acalorada.

—Estoy bien. Es que he estado sentada un rato al sol —mintió, ya que Brodie se había ocupado de sentarla debajo de una sombrilla.

—Oh, sí. Granger salió en tu busca, pero me aseguró que Brodie te estaba cuidando bien…

—¡Yo no necesito que me cuiden!

Camille sonrió ante su vehemencia.

—Bueno, no puedes negar que tienes un aspecto frágil. Y eso hace aflorar el instinto protector en los hombres…

—Por lo que a mí se refiere, que se guarden ese instinto.

Hacía mucho tiempo que Sienna había aprendido que no había seguridad alguna en los brazos de un hombre. Y que, a la hora de cuidarse, solamente se podía confiar en una persona: ella misma.

—Hace solamente dos semanas que saliste del hospital. Si no hubieras podido hacer de dama de honor, me lo habrías dicho, ¿verdad?

—Para mí ha sido un placer, Camille. No quería perderme tu boda —aunque en realidad su placer se mezclaba con una profunda preocupación por su amiga. Hasta el momento no se había atrevido a expresarle sus temores.

Subieron las escaleras y Camille cambió su vestido de novia por una blusa de algodón y unos cómodos pantalones. Poco después la mayor parte de los invitados se trasladó al puerto para despedir a los recién casados en su viaje de luna de miel, a bordo del Bribón del Mar. Mientras el barco se alejaba lentamente, en medio de una lluvia de serpentinas, Camille lanzó su ramo de flores al muelle. Sienna retrocedió un paso, reacia a tocarlo, pero Granger lo recogió del suelo. Cuando se lo ofreció con una sonrisa, ya no pudo negarse a aceptarlo.

De regreso en el hotel, Granger le comentó:

—He reservado una mesa aquí para las siete y media. La madre de Camille y algunos más se reunirán con nosotros.

Se mostró de acuerdo, consciente de que atender a Mona Hartley era una de sus responsabilidades como dama de honor.

—Voy a subir a cambiarme. Nos veremos en el comedor.

En el cuarto de baño, se cepilló cuidadosamente el cabello. De su maleta sacó una falda sencilla color ocre y un top sin mangas color crema, bordado con cuentas de ámbar. Satisfecha de su aspecto, bajó de nuevo. Al pie de las escaleras vio a Brodie.

Llevaba el cuello de la camisa abierto y la chaqueta colgada al hombro. Había un inequívoco brillo de admiración en sus ojos azules.

—¿Lista para la cena? —le preguntó.

—Voy a cenar con Granger.

—Ya lo sé. Yo también —replicó, acompañándola al comedor—. Me ofrecí a esperarte.

No se había retrasado, pero cuando entraron, ya había dos mujeres sentadas a la mesa, con Granger. La madre de Camille y una mujer de mediana edad llamada Mollie Edwards.

Mona parecía malhumorada, algo habitual en ella. Mollie había sido una buena amiga del difunto padre de Rogan y también lo era de Granger. En un intento por ignorar la presencia de Brodie a su lado, Sienna concentró casi toda su atención en Mona. La mujer acababa de ver casarse a su única hija con un hombre al que secretamente no aprobaba. Al menos ésa era la sospecha de Sienna.

Mollie estaba muy contenta de que Rogan y su hermano estuvieran planeando rescatar el tesoro cuya existencia había descubierto su padre.

—Barney siempre decía que algún día terminaría encontrándolo —se enjugó una lágrima de emoción.

Mona aprovechó para soltar una burlona carcajada.