
Revelaciones de una Espía
Jaquelin Gutiérrez
© Jaquelin Gutiérrez
© Revelaciones de una espía
Portada: Luis Alberto Bayona- Pintor
www.albertobayona.com
Edición
Jairo Paez Quintero
Harley Gutiérrez
ISBN papel: 978-84-685-2301-9
ISBN epub: 978-84-685-2303-3
Impreso en España
Editado por Bubok Publishing S.L.
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AGRADECIMIENTOS
Al Eterno Dios de Israel, porque perdonó mi iniquidad, me liberó del espíritu de rebeldíay me brindó otra oportunidad para servir como instrumento de verdad, de amor y de paz.
A mi esposo, amigo solidario, cómplice de mis andanzas y pacificador de mis tragedias.
A Claudio, guía, amigo y profesor, quien me enseñó a ver la faceta más interesante del Eterno.
A mi hermano, Harley, por su asesoría y apoyo incondicional.
A Nacho, líder y amigo imprescindible, y a su amada, Ary, por su ternura, su amor, y por la presencia del pan en la mesa en los días de shabbat.
Al Flaco mi amigo de siempre, su amor por la vida, su ayuda irrestricta y su gran sabiduría no le permitieron reconocer su invaluable labor en la edición de mis escritos.
A la Nena Turbay por su infinito amor, por su capacidad de perdonar genuinamente, elegida por Dios antes de nacer para ganar las más aguerridas y duras batallas.
A Alirio y a Patty, por su condición irrestricta de servicio.
A mis hijas, el motivo de mis luchas.
A mi mamá, mujer hermosa, incansable y buena. A mis hermanos, y a todo el resto de mi familia.
A mis amigos, de ahora, de ayer y a los que murieron, que aún nutren nuestras vidas con el sonido de sus voces, de su felicidad y de sus llantos, registrados en la memoria y en los acordes de la guitarra que aún llora su ausencia.
PROLOGO
Revelaciones de una... espía, es una novela basada en una historia real que resume las vivencias de una mujer colombiana, que a su temprana edad colaboró activamente con un grupo guerrillero a inicios de los años 80, como espía que sirvió de enlace entre la sociedad civil y el grupo insurgente.
La Felina que es el nombre que adoptó para describir a un personaje que usó su talento musical y su natural liderazgo para penetrar el escabroso mundo de la subversión en el sur de su país, invadiendo caminos que pertenecían estrictamente al género masculino. Recorría las exuberantes selvas, las mesetas, los llanos, las veredas y las montañas colombianas. Camuflada como estudiante universitaria y cantante de música folclórica, para llevar mensajes cifrados cuyo significado muchas veces desconocía, para transportar material de guerra que hubiera podido quitarle la vida en un instante; para movilizar guerrilleros heridos que necesitaban ayuda urgente, y para entretener con sus canciones en las noches de tertulia en la selva a sus «camaradas» después de largas horas de trabajo, de deambular en trochas y caminos que hacen de este bello país uno de los sitios más exóticos y encantadores del planeta.
La inocencia de sus burbujeantes años de juventud, la risa de los niños en las casas humildes, no le permitían ver que no estaba en lo correcto y que su pequeña humanidad corría peligro, que estaba exponiendo su vida en cada misión que, como ella lo relata en su vivo y apasionante escrito, siempre culminaba con asombrosa precisión.
Este fue el motivo por el cual rápidamente ascendió e integró un grupo selecto de auxiliares del que hacía parte un médico, un músico, un piloto, un arquitecto, un trabajador de una empresa multinacional y ella, la Felina, una mujer de frágil figura. La líder de ojos claros se convirtió en una pieza interesante para la cúpula de un frente de la guerrilla, que veía en ella la esperanza del reclutamiento de líderes estudiantiles, como la Felina, que expandieran su ideología, por toda la región.
Fueron cinco años de intenso trabajo y estudio, inmersa en una ideología y actividades que según sus propias palabras “…implantan en las mentes de los humanos el odio, el resentimiento, las ganas de venganza y la crueldad”. Pero de lo que -nos cuenta-…
“Gracias a la misericordia del Eterno Dios de Israel, a los valores infundidos en su casa y a su instinto de conservación, pudo deshacerse a tiempo sin ningún traumatismo…”. Acogiéndose a buena hora a la amnistía que decretó el gobierno del presidente Belisario Betancur Cuartas.
Posteriormente, cuando quiso retomar una vida normal, la Felina culminó sus estudios universitarios e hizo una maestría que la habilitó para trabajar en una empresa de salud gubernativa.
Lamentablemente para ella, su relación con la guerrilla la persiguió, pero esta vez desde un escenario opuesto, cuando en su trabajo como auditora en una empresa del estado, encontró que ese grupo al margen de la ley, para el que dedicó una parte muy interesante de su vida, se había infiltrado en esa institución de salud y que, a través de sus testaferros, robaba medicamentos de tercera generación y de alto costo que usaban para venderlos en el mercado negro y obtener millonarias ganancias y de otro lado, para salvar la vida a sus miembros heridos en combate.
El recio carácter de la Felina la llevó a una lucha sin cuartel en contra de quienes habían sido sus camaradas. Disciplinadamente compiló las evidencias y, absolutamente resuelta, como ha sido su siempre su personalidad, los delató ante la justicia. Esa decisión osada y admirada por muchos e intransigente para otros, puso su vida en peligro porque, usando los métodos que ellos mismos le habían enseñado, logró desvertebrar una macabra organización criminal.
La persecución no se hizo esperar, y a pesar de todas las cosas que este grupo insurgente hizo para detener la acción de su antigua compañera de andanzas, la Felina escurridiza como siempre, pudo hoy contar esta insólita pero muy real historia, gracias según ella misma … “Esa protección sobrenatural que siempre la ha acompañado y que ella percibe con infinita claridad.”
Nos relata la Felina que todos los integrantes del grupo élite de inteligencia al servicio del grupo guerrillero fueron asesinados. Solamente ella sobrevivió a esa guerra sin cuartel a la que fue expuesta y, finalmente, huyendo de sus verdugos, se refugió en un país encantador que le abrió las puertas. Apoyada por su amado esposo y sus hijas, pudo reiniciar, como una mariposa en su normal metamorfosis, cuyas modificaciones le permiten volar alto y sin límites, una nueva etapa de su vida.
En ese nuevo espacio de su existencia, la Felina vuelve a encontrar los vestigios de la guerra, cuando adoptó a una niña iraní, hija de un soldado que participó en el enfrentamiento bélico entre Irán e Irak con el que se conoció en el país que los recibió a ambos. Él también estaba huyendo de los recuerdos, de la tragedia, de los muertos y de sí mismo, como quiera que su traumática experiencia en el campo de batalla dejó secuelas mentales que padece hasta nuestros días.
Muy a pesar de las enormes distancias, la crueldad de la guerra le enseña a la escritora y por su intermedio a los lectores que el flagelo devastador de las confrontaciones armadas por ideologías no le ha dejado nada bueno al planeta y, por el contrario, sin importar las fronteras nos hace daño a todos no importa el lugar en el que nos encontremos.
Jaquelin es descendiente de una familia colombiana signada por la violencia, habida cuenta que varios de ellos, cofundadores de la ciudad que la vio nacer, fueron masacrados en las selvas del sur del país en el marco de los conflictos que generó el negocio de la explotación del caucho en el siglo XIX.
Encuentro significativa la contribución que desde su visión y experiencia de vida, nos presenta la Felina en su propósito de contribuir a la paz mediante esta novela, comunicando a sus lectores, especialmente a los jóvenes que se ven impulsados a contribuir con un mundo mejor, para que en ese intento, que es legítimo, nunca consideren que las armas y la violencia puedan ser la estrategia para alcanzarlo y por el contrario, la tragedia que significan los desencuentros que originan las guerras, han dejado tanto dolor y traumatismo en muchos puntos geográficos del planeta.
Con la autora de esta apasionante y didáctica novela, compartimos el paralelismo de una vida, donde ella, su familia, la mía y yo, todos hemos sido infamemente atropellados por la subversión. No obstante, tanto Jaquelin como yo, conseguimos cambiarle la cara de amargura a nuestras respectivas tragedias, combatiendo el mal a base de bien. Después de la extrema violencia que a ambas nos ha tocado padecer, no es el camino más rápido de tomar, pero si el más loable y edificante.
La absurda violencia de mi país se llevó a los seres más amados de mi vida; mi madre y mis dos únicos y jóvenes hermanos, fueron cruelmente masacrados por las FARC, e.p. En mi condición de única superviviente de mi familia, terminé siendo protagonista activa del actual Acuerdo de Paz en Colombia, cuando el mundo y mi país conoció que había sido capaz de perdonar lo imperdonable. Mi perdón se hizo público, no como un pasaporte de impunidad a quienes en ese momento asumieron como dueños de la vida, sino para empezar a edificar la paz. Considero que el mayor y titánico aporte que podemos hacer las víctimas al Proceso de Paz es nuestro perdón. Perdón que debe ir estrechamente ligado a todos los actos de reparación posible por parte de los perpetradores. Entonces lograremos romper con la cuenta de odio que ha dejado la violencia y construir una paz duradera y con arraigo.
La necesidad siempre nos ha obligado a encontrar soluciones. A pesar de mi insondable y profundo dolor, pero fiel a la educación y al ejemplo de cada uno de los miembros de mi familia que me dejó; desde un principio me esforcé y con la ayuda de Dios me decidí por el perdón. Fue perdonando de corazón como viví y conocí el inimaginable e inigualable poder sanador, reconfortador y liberador del perdón.
Con Jaquelin la autora de esta fascinante novela, además de mi amistad y mi admiración hacia ella, nos une también, desde nuestras diferentes perspectivas, la identificación de objetivos; ya que compartimos un deseo y una contribución para que nuestra fantástica tierra colombiana se enrute un día por los senderos de la concordia y la convivencia pacífica.
Convertidas en agentes activas de paz a través nuestras acciones y testimonios de vida, invitamos a las futuras generaciones para que sin recurrir a la violencia contribuyan a un contrato universal para detener la guerra y sus trágicas consecuencias. Es así, como construiremos un torrente de paz invencible, que elimina las confrontaciones violentas, y si no lo hacemos, las futuras generaciones, asistirán a un país inviable en el que no habrá esperanza para continuar.
Constanza Turbay Cote
Capítulo 1. Recuerdos de la Felina
El teléfono sonaba insistentemente en una noche llena de sorpresas y estruendos que levantaban polvareda en el interior de cada uno de los pobladores del lugar, «La noche va a ser larga», pensó intrigada la Felina, quien días antes había llegado exhausta a su hogar después de un largo viaje por el Medio Oriente, que cambió su condición de vida, su concepto de esas hermosas y lejanas tierras y su expectativa respecto a su relación íntima con el creador del universo. En un respiro profundo que alivió su pequeña humanidad, decidió ignorar al intruso que interrumpió su descanso.
Fatigada, la Felina merodeaba en lo profundo de sus sueños, en la lista innumerable de viajes a un lugar especial donde estaba rodeada de entes buenos, paisajes coloridos y sonidos clásicos, todo junto entrelazado en una armonía perfecta. En ese preciado lugar, seres inimaginablemente hermosos daban la bienvenida a los habitantes del planeta con una pieza musical grandiosa e invitaban al asistente a este fascinante espectáculo, a disfrutar, amar y valorar toda clase de pájaros cantando melodías indescifrables. Entre dormida y despierta, la Felina podía escuchar el sonido apacible de las golondrinas, que volaban impacientes dando trinos de felicidad. En el invierno viajaban a un sitio más templado, buscando un lugar más cálido, porque hasta los animales conocen el calendario profético y se postran a Él.
La madrugada era fría y la soledad imponía un silencio que invitaba a la reflexión. «Ya es tiempo de despertar de este lindo y anhelado viaje», resolvió la Felina, preparada para otro día, para dar la batalla en contra de las adversidades que golpean nuestro espacio interior como buitres y vampiros hambrientos que aspiran dejarnos sin aliento y esculpir, saciados de odio, su verdad. La Felina se levantó de su cama, sacó de su escondite un café gourmet hecho en las montañas de Colombia, y lo preparó siguiendo las instrucciones de la abuela Concha, para deleitarse con el sabor inigualable de esa bebida única con el que imprescindiblemente inician su labor los labradores de la tierra. Sorbo a sorbo tomó su café, fijó la mirada en ese bello paisaje que le brindaba una paz inefable, observó por la ventana que el lago seguía ahí, intacto, y que en sus reposadas aguas reflejaban una belleza indescriptible, árboles de follajes verdes, que hacían un maravilloso y colorido juego con las hojas secas que empezaban a caer al ritmo de los vientos y que, en su despacioso movimiento, declaraban un lamento que se tomaba el lugar.
Mientras estuviera en su casa, esta mujer de mirada apacible disfrutaba ataviarse con una manta guajira, un vestido largo y de tela fresca que usan las bellas mujeres del norte de su país, que les permite moverse holgadamente en medio del sofocante calor. A través de esta hermosa prenda, la Felina intentaba honrar a su raza y a las musas de esa región exótica perteneciente a la cultura Wayú. Percibía en su existencia el afable encuentro con la libertad; quería volar como las mariposas, que dejan en sus alas la sensación maravillosa de sentirse vivas, y quería percibir desde la lejanía, el olor del mar en el Cabo de la Vela y avistar los pájaros que, con cantos altivos, inundan de paz a sus moradores. Su cabello era rizado y desordenado. Lo único que resaltaba en la cara de esa mujer de baja estatura, era la grandeza y el lenguaje de sus ojos color miel que, endulzados con una sonrisa, declaraban su capacidad inquebrantable y decidida para empezar la batalla diaria.
La mañana era gris y el viento intentaba allanar los lugares más tranquilos y seguros de la casa. La Felina respiró profundamente, era un lunes en que debía ir a trabajar para generar el ingreso que garantizaría la sobrevivencia de su prole. «¿Quién habrá sido el intruso que llamó anoche? ¿Y tan tarde?» recordó aturdida. No le dio más importancia al tema e inició su rutina diaria: solía traer a su memoria cada cosa que había hecho el día anterior para describir y resarcir las veces en que había pecado de nuevo, en que había agredido de nuevo, en que había amado y en que había abrazado de nuevo. Al final, reconoció sus errores y, con la intención de ser mejor persona, prometió cambiar su manera de sentir, expresar y amar.
El teléfono sonó de nuevo, una y otra vez. Cuando la Felina finalmente contestó, supo que era su hermano menor quien la había llamado la noche anterior.
—Hola, Esdras. Qué alegría escucharte. Creo que anoche me llamaste, pero estaba dormida… ¿Qué pasó con la llamada? —preguntó la Felina.
—No sé, realmente, intenté varias veces —contestó su hermano—. ¿Cómo están todos?
La Felina aprovechó el tiempo para preguntar por cada uno de los miembros de su familia: sus sobrinos, que amaba con locura; su mamá, cuyo estado de salud no era óptimo, como quiera que había sido diagnosticada con un problema serio en su retina; y su perro, Káiser, que estaba casi ciego por su estado de vejez. Así, siguió indagando por sus allegados, uno por uno. Su hermano, Esdras, que siempre había sentido un gran aprecio y amor por su hermana la puso al tanto de las nuevas noticias:
—Mi mamá está mejorando. Todos estamos bien, gracias a Dios —hizo una pausa, y luego continuó con un tono sombrío—. Te llamaba para comentarte que ha habido movimientos raros alrededor de la casa. Ha venido gente extraña a preguntar por ti; es mejor que no te aparezcas por un largo período de tiempo. Los guerrilleros están intentando hacer un proceso de paz con el gobierno, pero, como ya sabes, es un contubernio que lo único que deja es corrupción...
—¿Verdad? —interrumpió la Felina—Gracias por advertírmelo, esta guerra es una epidemia que no va a terminar jamás. —Hizo una pausa, perdiéndose de nuevo en sus reflexiones por un momento—. En fin, salúdame a toda la familia—se despidió la Felina de su hermano.
Con la nostalgia por sentir su regreso aún más lejano, se devolvió al sofá sin musitar palabra. No obstante, tras un rato en silencio, decidió levantarse y recargar sus baterías para vivir otro día determinado por la confianza en un personaje patético que se manifiesta de diferentes maneras: un enemigo que se hace llamar amigo; una sombra negra que pretende ser blanca; un ser que odia y que hipócritamente ama; y una risa amable que en realidad es hiel. El morboso maridaje que tiene el humano con esa malvada entidad, a la postre, mostrará las consecuencias de esa temporal e ilícita relación que deja ruinas y desolación.
El tiempo corría dando pasos gigantes, como las aves cuando desaparecen en la inmensidad del firmamento. Sus sombras llaman al olvido, como ese periódico que, siendo vigente en la mañana, se vuelve basura al atardecer. Había llegado la noche, que resplandeciente exponía con su belleza la existencia de un Creador que mueve con una perfección inexplicable la dinámica cósmica. De manera inentendible amalgama la oscuridad con la luz, los días se comunican entre sí, garantizándonos todos los recursos que necesitamos para sobrevivir; el sol ronda por todo lado haciendo gala de su inmensidad, sin que nadie logre escapar de su calor, la luna cómplice como celestina, inspira a los enamorados que en cada parque procuran confesar su amor. Ya en la madrugada, la Felina regresó a su meditación, agradecida porque, pese a las penas del mundo, ella lograba sobrevivir en paz y con provisión; con la presencia de amigos especiales que, siempre con su cálida sonrisa, esperaban pacientes subir a sus moradas celestiales.
En su estado de ensimismamiento, la Felina se preguntaba una y otra vez: «¿Cómo es posible moverse en esos linderos de la subconsciencia, espacios incomprensibles al ojo humano?». Igualmente, manifestaba su deseo de quedarse por siempre allí, disfrutando el estado perfecto de la creación, el encanto infinito que producen esos paisajes nunca vistos, esos ríos colmados de color azul intenso… Pensaba también en la enorme cantidad de seres vivos habitando esos lugares; en ellos se podía sentir infinita paz en la que vivían. Se deleitaban corriendo por las hermosas e inmensas llanuras de pastos verdes donde la Felina irradiaba felicidad en compañía de su más fiel amigo: su perro Coco. A pesar de este sentimiento, nada de lo que presenciaba respondía a sus desmedidas inquietudes acerca de las experiencias que solía tener en sueños.
Pasaban los días, la incertidumbre enajenaba el corazón de la Felina, porque en su amado terruño los transeúntes que tiempos atrás reflejaban paz, y que al sonido de la música y el jolgorio expresaban su amor por la vida, ahora irradiaban tristeza y sus acongojados ojos expresaban angustia y ansias de volar a otros linderos. La guerra, mal perpetuo de la humanidad, azotaba a este país y producía el temor que descansa sobre la indecible e inesperada situación del mañana. «¿Acaso tenemos los humanos algún tipo de esperanza en la inclemencia y el dolor que se desplazan a ritmo de improvisación, violencia y corrupción en las calles del mundo?» se preguntaba la Felina una vez más. En su país de origen, las aves danzan al vaivén de las olas del mar. Los hombres y mujeres valientes son orgullo de una raza pujante. Las creaciones musicales permiten a sus moradores un gemido profundo que atraviesa su interior, que invade sus recuerdos y abren un espacio en lo más recóndito de su existencia.
Ya en el ambiente sosegado y frío del país que la acogió pero que no era el suyo, la Felina inundó su mente con recuerdos y pensamientos que la condujeron a un viaje con la realidad, esa que era difícil de reconocer. La Felina no pudo evitar que sus ojos derramaran una lágrima, que percibió en la comisura de sus labios haciendo honor a la angustia, dándole la bienvenida a la tristeza. Tendría que seguir su camino a pesar del inmisericorde dolor que, con cada minuto que pasaba, le quitaba la calma y le generaba una profunda sensación de vértigo, hasta que, incluso, llegaba a sentir la presencia de la muerte. Ella hubiera deseado estar inmersa en una pesadilla pasajera, pero, aunque el tiempo para la Felina transcurría en aparente tranquilidad, los vientos de guerra y la insensatez de los hombres se replicaban cada minuto en los noticieros que se lucraban de su dolor, al reproducir los padecimientos de miles de seres masacrados por sus creencias, color o incluso, por su tragedia.
Un macabro escalofrío invadió su cuerpo, al notar la inminente guerra en diferentes partes del planeta, como el Medio Oriente, leitmotiv de las noticias alrededor del mundo. Para la Felina era inconcebible entender cómo el hombre, amparado en sus más temerarias argucias y su miserableza, justificaba la destrucción de un lugar del hemisferio, en donde el hambre se incrustaba en las envejecidas paredes de las humildes casas de los más necesitados. Todo el sufrimiento era provocado por la intención maquiavélica de tener una fuerte incidencia sobre el petróleo, fuente natural imprescindible para el desarrollo, que algunos países tienen el gran privilegio de poseer. Este mineral precioso que produce escozor y las más libidinosas pasiones en un pequeño manojo de personas, incluidos los políticos de turno, sirve como pretexto para preservar la paz, irónicamente haciendo la guerra y con ello aumentando el mercado bélico y su preponderancia sobre la tierra, empobreciendo cada día aún más los pueblos, todo como resultado de su más atroz, enfermiza y desmedida ambición
«¡Ay! ¡Mundo infiel y despiadado! Es tan necio que se empecina en creer en dioses imaginarios para no reconocer su propia verdad. ¡Ay! ¿Cuánto dolor padecerá?». Se preguntaba la Felina con angustia. «Por sus locuras sin fin, por sus mentiras que claman luz y verdad, el mundo experimentará el dolor de un fuego interno; la soberbia, la necedad, la lujuria y la locura traerán sufrimientos incomparables; el Holocausto, que acribilló a tantos seres inocentes, será como un juego de niños comparado con los dolores que se avecinan». La Felina se negaba a aceptar que se estuvieran repitiendo los sufrimientos del pasado de la misma manera, o aun peor. «¿Acaso el Holocausto Nazi no había sido un buen escenario de aprendizaje para evitar repetir la catástrofe allí vivida?».
La Felina recordó también sus años de adolescencia, en los que nunca hubiera imaginado que algún día llegaría a vivir en carne propia momentos tan complicados de entender, ya que para ese entonces todos esos eventos eran parte del constante análisis que le generaba la apasionada lectura de temas políticos y literarios. La guerra; la violación a los derechos humanos; los ataques de hombres descarriados a escuelas, en los que se perdía la vida a inocentes; los dictadores de países vecinos empobreciendo hasta la muerte a sus nacionales; y otros sucesos producidos por una sociedad enfermiza, eran ahora parte de su realidad. Los rizos de su cabellera se entrelazaban al ritmo de sus dedos que se movían desesperadamente, tal vez para apaciguar la ansiedad y las náuseas, producto de la intolerancia que la rampante situación dejaba a su paso. A la Felina la consumía la impotencia y la culpa porque, por un lado, no se permitía, por su manera de pensar, quedarse estática en la crítica sin hacer nada y, por otro lado, porque muchas veces, tal vez por evitar el dolor, ella había hecho caso omiso a vejámenes, como violaciones, tragedias y asesinatos, sin sentir en su interior un ápice de piedad o misericordia por aquellos que sufren día a día la sensación de vulnerabilidad ante sus necesidades físicas no resueltas.
Una lágrima corría de nuevo por su pálido rostro. Sus pensamientos, más que causar un asomo de dolor, reflejaban en su expresión una mirada de desconcierto. Ella reconoció ante el Todopoderoso que las cosas pasan como resultado de la maldad humana, que la tierra está llegando a su último estado de degradación, que ahora lo bueno para el hombre del común es malo y lo malo es bueno, en una franca inversión de valores que obviamente trae como resultado el desorden generalizado de nuestros patrones de comportamiento. Aunque difícil de entender, esta pequeña mujer reconoció que, pese a las tragedias padecidas en cada lugar del mundo, en su vida las cosas habían salido bien. Tuvo un espacio especial para traer a colación los tiempos en que trabajó como espía en un grupo selecto de inteligencia al servicio de la guerrilla en su amada tierrita.
A pesar de que su concepto de vida había cambiado dramáticamente tras su experiencia, nunca se arrepentiría de lo que había hecho en sus años mozos, cuando su energía y gallardía fueron el motivo de su reclutamiento. Esta mujer en medio de las actividades sociales típicas de su edad utilizaba sus grandes dotes de cantante y líder estudiantil para posar como una joven normal. En realidad, usaba su fuerte personalidad para cumplir misiones ilícitas encomendadas por los jefes del frente guerrillero que la reclutó. La Felina, quien era poseedora de una sagacidad innata, hacía su trabajo clandestino cuidadosamente y sin dejar huella. Adicionalmente, sobrevivió a esta dura y peligrosa experiencia de vida porque el Eterno protegía sus pasos en cada momento de peligro, así que ningún experto la hubiera podido descubrir; prueba de ello es que, de todos los miembros del grupo de inteligencia con los que interactuó, ella fue la única sobreviviente. Atrás quedaron los años de trabajo intenso, de militancia política, y de agresión. Asimismo, de amor, de poesía y de dolor, de tertulia y de canción.
Todo comenzó años atrás cuando, a sus diecisiete años, e influenciada por su lectura permanente, fue consciente de que su país adolecía de oportunidades de igualdad para sus semejantes, que la guerra de guerrillas arreciaba y que la corrupción del estado era incapaz de suplir necesidades básicas y proteger a los menos favorecidos. Entonces, de manera romántica y sin medir las consecuencias de sus actos, la Felina decidió perseguir enloquecidamente la revolución. Pero ella iba en busca de esa paz que no era una mujer bella de piel color canela, que tongonea sus caderas al ritmo de la samba o el merengue y que, a velocidad de vértigo, deja ver el duro músculo de su vientre. Su cabello largo y ondulado, con un movimiento sensual, logra apaciguar la tragedia y descontento de su entorno. «¡Quisiera que eso fuera así!», pensaba la adolescente Felina «para deleitar mis sentidos y crear una historia de amor sensual, tal vez prohibida».
Lamentablemente, la paz ha sido el término más tergiversado usado por corruptos, quienes engañan a la gente prometiéndoles ese estado natural de tranquilidad producido por la convivencia pacífica entre los seres vivientes, y que se logra a través de la tolerancia en nuestras vidas, del respeto sobre la opinión del otro, y a no ser censurado ni perseguido por su raza, o por su condición política, o ideológica. Y es que la concepción mercantilista que tiene el mundo de la paz es un híbrido dada su doble naturaleza que ha calado en las mentes humanas, una como un valor implícito de nuestra existencia, y la otra y más pueril, como un trofeo que se puede exhibir como ramera en fiestas, a expensas de la orfandad y dolor de una sociedad que a gritos clama justicia, una sociedad que, con el más frenético de sus gemidos, implora igualdad, y que, con el más dramático de sus alaridos, muere víctima de la insalubridad o de la guerra.
La Felina perseguía sus sueños en el alboroto calenturiento de su juventud, cuando las hormonas son coautoras de fuertes emociones. Quería descifrar el valor de la paz como ese estado de bienestar que se convierte en algo preciado; un diálogo en la distancia que nos permite volver a recorrer la casa, las veredas, el parque e inmensos y bellos lugares, la morada desde la ausencia, desde ese borroso espacio en que se constituyen los sueños, la nostalgia, el paraíso perdido. La Felina, en medio de su irreverencia, peleó la batalla, pensando que podría evitar de algún modo, perpetuar la situación de vulnerabilidad y pobreza de su gente, y la condena a vivir en el interminable éxodo, en la soledad, en el desarraigo, la violencia y el llanto, pero no encontró respuesta.
«La paz no se negocia con nadie», concluía la Felina, al reflexionar acerca de sus vivencias. «Es como si se entregara la dignidad como resultado del trueque». La paz es el ideal de una sociedad justa, un derecho que deben garantizarnos los gobernantes, no un instrumento de enajenación que permite escalar o alcanzar intereses personales por demás mezquinos. Como espía, la Felina, ilusamente pensaba aportar con su granito de arena, en un intento por preservar y cultivar un fenómeno tan profundo y tan sentido en el transcurso de un ser humano como es la paz. Denigrarla o venderla al mejor postor es como secuestrar la sociedad y argumentar su liberación a costa de una condición. Es el gobierno perpetuo de los idiotas, el bazar de los ciegos en donde el tuerto es el rey.
La paz que la Felina llegó a sentir, mucho tiempo después, era esa que veía en todos los amaneceres que le brindaba un país extraño que la recibió con los brazos abiertos, tras perder su seguridad por haber militado bajo la anacrónica filosofía del comunismo. Entonces, de común acuerdo con los cuatro miembros de su familia, decidieron empezar de cero en otro lugar, como si su nacimiento se hubiera postergado. Atrás quedaron años de insensatez, lucha y anarquía en los que ella daba la pelea sin medir las consecuencias de sus actos. Inicialmente, cuando reconoció la pasmosa soledad en la que se encontraba, la Felina lloró desde el fondo de su corazón. Extrañaba especialmente el afecto y calor de su terruño, la compañía de su amada abuela, de sus hermanos y el amor de madre. Pero, después de adaptarse a esa tierra extraña, la Felina encontró la satisfacción de vivir en paz en uno de los países más hermosos del planeta, con un desarrollo que le permite al humano evolucionar de manera normal, indistintamente de su raza, sexo o condición social y religiosa, un lugar donde el respeto por las diferencias, por el otro y por las leyes es imperativo; el individuo es valorado como un ser único y el estado provee las necesidades de sus habitantes.
Hoy puede disfrutar de la compañía de su esposo, un hombre solidario, cómplice en el amor e incondicional con su fiel esposa; de unas hijas que nacieron en un mundo calmado, creciendo bajo la seguridad que le brindan sus padres; y con un trabajo que les permite vivir una vida digna, incluso en un espacio que no consideraban como suyo. Sí, era cierto que la cultura, la lengua y las vivencias les eran extrañas, pero se mantenían agradecidos por tener a la Felina aún viva, después de padecer múltiples situaciones que pusieron en peligro su vida. Como nuevos integrantes de una sociedad ajena a su pueblo natal, su familia haría lo mejor para no defraudar la confianza y soporte de un país garante que fue imprescindible para dirimir todos los conflictos políticos que ellos padecieron en su lugar de origen.
Pasaron algunos años, y como resultado de la interacción con otras razas y nacionalidades, y dentro de la normalidad de su vida, sin esperarlo, esta mujer, con un sentido de solidaridad a toda prueba, recibió uno de los regalos más preciados que hubiese podido tener y que amaría hasta el cansancio. Se trataba de Ruth, su hija adoptada, quien, para ella, había sido enviada con la intención de expiar los entuertos de su existencia; para saciarla con la satisfacción de vivir con un ser especial que provenía de la Gran Babilonia; y para hacerle tragar sus palabras cuando pensaba, por influencia de mentiras mal contadas, que estos lugares remotos eran peligrosos y estaban llenos de terroristas y enemigos del mundo entero. La Felina tuvo que reconocer sus imprudencias, lamerse sus odios y adentrarse en un conocimiento que no le había interesado nunca: el Medio Oriente. Posteriormente, incluso sabría que su ascendencia provenía de esas apasionadas y fascinantes tierras, pues sus orígenes eran sefardíes, los de la gran España judía que dejaba, a cada paso, la influencia de su música que traspasó las fronteras del mundo gitano.
Su hija, una iraní hermosa, proveniente de la tierra grande del Éufrates. La embelesaba su larga figura, su cabello rizado y abundante, y la conmovía su ternura, que no tenía límites. Su acento, cuando hablaba español, la asaltaba con un afecto cómplice; los errores que cometía en su precario lenguaje eran una delicia a los oídos de la Felina, quien la hacía hablar y discutía con ella, solo para escuchar el sonido de su voz, que atravesaba su corazón e invadía su existencia de una sensación de infinito amor.
La Felina recordó la llamada de su hermano, hacía unos días. Ruth reconoció la tristeza de su madre y, en un intento por apaciguar su dolor, reclinó su cabeza sobre el pequeño hombro de la Felina y le manifestó cuánto la amaba. En su memoria, la joven reconocía que en su niñez su corazón había enloquecido escuchando los sonidos inquietantes y estridentes de una ciudad floreciente, inteligente y apasionada por la vida.
—Mami, quisiera que por un instante voláramos a Irán para volver a contemplar los lugares donde jugaba cuando era niña, y que me permitieron refugiarme en tiempos de angustia y soledad —intercedió Ruth, sin saber qué hacía unos minutos su madre había estado pensando en el país de origen de su hija—. Sería para mí una experiencia única poder divisar esos lugares ahora que tengo 20 años. ¿Qué dices mami?, te invito a que usemos nuestra imaginación y disfrutemos juntas ese viaje fantástico. ¿Irías conmigo? —añadió su hija, con una mirada apasionada, intentando convencer a su madre, que, acostada en el sofá, descansaba después de una larga jornada diaria, al lado de su querida hija Ruth.
—Es algo que he querido hacer desde hace mucho tiempo —contestó su madre—, será una bella oportunidad, quiero adentrarme en tu cultura, en tus ancestros y arraigos. Así te podría entender y amar mucho más.