CARTAGO
FRANCO FORTE
Traducción de Juan Carlos Gentile

Título original: Carthago. II Annibale contro Scipione l’Africani
Diseño de la cubierta: Edhasa
Diseño de la sobrecubierta: Enrique Iborra
Primera edición impresa: octubre de 2011
Primera edición en e-book: septiembre de 2016
© Arnoldo Mondadori Editore S.p.A, Milano, 2009
© de la traducción: Juan Carlos Gentile, 2011
© de la presente edición: Edhasa, 2016
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ISBN: 978-84-350-4562-9
Producido en España
Principales personajes
HANNÓN BARCA sobrino de Aníbal.
ANÍBAL BARCA comandante cartaginés.
AMIDAL comandante del Escuadrón Sagrado.
AMÍLCAR BARCA padre de Aníbal.
ASDRÚBAL BARCA hermano de Aníbal.
CAYO ATILIO SERRANO comandante de las legiones romanas.
CNEO CORNELIO ESCIPIÓN tío de Escipión el Africano.
EMILIA esposa de Escipión el Africano.
HIMILCE esposa de Aníbal.
LUCIO Cornelio Escipión hermano de Escipión el Africano.
LUCIO EMILIO PAULO cónsul y padre de Emilia.
MAGÓN BARCA hermano de Aníbal.
POMPONIA madre de Escipión el Africano.
PUBLIO CORNELIO ESCIPIÓN pater, cónsul romano y padre de Escipión el Africano.
ESCIPIÓN EL AFRICANO cónsul y caudillo romano, hijo de Publio Cornelio Escipión.
ERSILIO esclavo de Escipión el Africano.
AGRADECIMIENTOS
No es fácil recordar a todos aquellos por los que siento gratitud, por el empeño y la ayuda que me han dado en la realización de esta novela. Desde luego, debo mencionar a Antonio Riccardi y Antonio Franchini, de Mondadori, que han confiado en mí y me han concedido la máxima libertad de maniobra; y además, también en Mondadori, a Giulia Ichino, por su profesionalidad y extraordinaria simpatía, a Laura Cerutti, Nicoletta Reboa y Marzia Mortarino, valiosas colaboradoras de vastísima cultura. Imposible, para mí, olvidar el apoyo firme y constante de un amigo y maestro, Sergio Altieri, y el empeño de mi agente, Piergiorgio Nicolazzini. Un afectuoso agradecimiento, además, a Enrico, Claudio, Elisabetta, Dario, Silvio y a todos aquellos que han estado cerca de mí y me han echado una mano a la hora de recopilar el material historiográfico necesario para escribir este libro. Finalmente, por supuesto, un agradecimiento a todos vosotros, los lectores, sin los cuales esta novela no podría existir.
A Antonella
mi musa inspiradora personal:
sensual, inteligente y siempre dispuesta
a soportarme cuando me encierro
en mi caverna de Oso Solitario.
¿Qué haría sin ti?
CARTAGO
Antecedentes
236 a. C.
Carteia (Iberia inferior)
I
–Ven, muchacho. Coge la espada y adelántate.
El hombre que dijo esto era gigantesco. A pesar del viento gélido que azotaba el promontorio asomado al Mediterráneo, a pocos kilómetros de la costa africana, el guerrero cartaginés tenía el torso desnudo. Sólo llevaba unas sandalias de cuero y una corta faldilla de piel, ajustada al talle por un cinturón del que colgaban una funda con el cuchillo y algunas pequeñas escarcelas hechas con tripas de jabalí. Alrededor de los bíceps esculpidos llevaba cintas de cuero tan apretadas que parecían hundirse en la carne, y ambas muñecas estaban ceñidas por tiras de piel con tachuelas de cobre.
–No me lo hagas repetir, muchacho –refunfuñó el gigante rechinando los dientes–. ¡Ven aquí!
Se estaba dirigiendo a un niño que miraba a su alrededor con aire atento y pensativo, concentrado en captar todos los detalles de lo que estaba sucediendo, como si quisiera imprimirlos en su mente.
–Voy –se decidió a responder al fin, imperturbable a pesar de la mirada amenazante de su padre. Recogió del suelo una espada, una corta daga con hoja de doble filo que había quitado a un caudillo turdetano y que el padre le había explicado cómo empuñar de la manera correcta, y se acercó.
Cualquiera hubiese deducido que eran padre e hijo: el gigante de torso desnudo, Amílcar Barca, tenía cincuenta y cuatro años, y Aníbal sólo once, pero la corpulencia del chiquillo ya anunciaba que alcanzaría la de su padre. Tenía espaldas anchas, cuádriceps poderosos y brazos habituados a levantar pesos prohibitivos durante las intensas sesiones de entrenamiento que el comandante en jefe del ejército cartaginés en Iberia había impuesto. Todos tenían que someterse a ellas, desde el amanecer e incluso antes de una batalla, y Aníbal, como hijo predilecto de Amílcar, debía dar ejemplo a los demás jóvenes cartagineses que acompañaban a los veteranos del ejército.
–¿Ves a este hombre? –le preguntó su padre señalando a un soldado romano que yacía en el suelo, con el costado desgarrado por un golpe de espada y un brazo casi colgando a la altura del codo, pero que los miraba con odio, mientras sangraba por la nariz y la boca. Con el brazo sano sujetaba por la garganta a una niña, y habría podido matarla con una ligera presión–. Está herido e inerme, postrado a nuestros pies. Y, sin embargo, se niega a morir y lo hace en perjuicio de la vida de una de sus esclavas. –Amílcar escupió en el suelo, disgustado–. Así son los romanos. Ésta es la raza que nos ha deshonrado y pretende reducirnos a la esclavitud.
Aníbal observó atentamente al legionario, que yacía ante él en un charco de sangre. Aunque estaba gravemente herido, aún era peligroso, aún estaba dispuesto a dar batalla.
La niña que tenía sujeta por el cuello era delgada, con el pelo desgreñado y unas ropas sucias que apenas la cubrían. Llevaba un collar de cuero con la anilla para la cadena de los esclavos y, a pesar de la situación en que se encontraba, no parecía asustada. Lo miraba con atención; sus ojos oscuros brillaban en los reflejos de los fuegos que estaban devorando la aldea.
Aníbal imaginó que había sido la esclava de alguna matrona del lugar, una de aquellas que los soldados de su ejército habían violado repetidamente y luego muerto, para despojarlas del oro y las joyas que ostentaban con arrogancia. Probablemente hubiese logrado huir cuando penetraron en la ciudad y le prendieron fuego, y después de conseguir esconderse entre los escombros, la había agarrado por el cuello el único legionario superviviente, un veterano de mil batallas, que había decidido pasar los últimos años de su vida en una propiedad conquistada por la fuerza y con el engaño por Roma, y que nunca habría imaginado que Cartago pudiera despertarse con tanta rabia en el cuerpo.
Ahora el soldado buscaba un ancla de salvación en un desesperado acto de vileza, y esto no sorprendió en absoluto a Aníbal. Sabía de qué eran capaces los romanos, y lo que vio contribuyó a aumentar su odio hacia aquellos que habían vencido y humillado a Cartago.
Durante centenares de años su gente había dominado sin discusión el Mediterráneo, gobernando con sabiduría y clarividencia a la multitud de pueblos con que habían estrechado relaciones comerciales y diplomáticas. Luego llegaron aquellos bárbaros tan arrogantes y se aprovecharon de las debilidades de Cartago, que llevaba tiempo habituada a no tener enemigos con los que enfrentarse. La sometieron y humillaron, y le quitaron su bien más preciado: el dominio de los mares. Pero, por suerte, después de años de mortificaciones, Cartago volvió a levantarse, y lo hizo gracias a la familia Barca, que había emprendido una gloriosa obra de conquista en Iberia, lejos de la influencia romana, y adiestrando un ejército que se hacía cada día más poderoso.
Ahora los cartagineses ya no les tenían miedo a los romanos, es más, los despreciaban por aquello que eran: parásitos débiles y viles que no obtendrían el dominio del mundo.
Un dominio que correspondía a Cartago.
–Si fuera un celtíbero, un carpetano o cualquiera de los hombres que pueblan este lugar, entonces no tendrías nada que temer –dijo Amílcar Barca en voz baja, extrañamente sombría–. Bastaría un solo golpe de espada para separarle la cabeza del cuello y acabar con él. –Se interrumpió, se acuclilló sobre sus enormes piernas y miró a su hijo directamente a los ojos–. Pero este hombre es un legionario de Roma. Un guerrero que no merece nuestro respeto. –Entornó los ojos en dos fisuras–. Es una serpiente, y como tal debes tratarlo. Con desprecio, pero con gran atención, porque puede ser muy peligroso.
–Lo sé, padre –asintió Aníbal.
Amílcar le mostró los dientes, entrecerrando una vez más los ojos de esa manera que sus enemigos habían comenzado a temer, y sus hombres a respetar y su hijo a considerar como la señal de que estaba a punto de decirle algo muy importante.
–Tú no los conoces –chilló volviendo a erguirse sobre sus enormes piernas–. Hasta que hayas aprendido a matarlos, no podrás decir que conoces a los romanos.
–Sí, padre –se limitó a responder Aníbal.
–Nunca les des la espalda –continuó Amílcar, mientras delante de ellos el soldado romano resoplaba, fulminando con la mirada ora el uno ora el otro. La vida se le escapaba inexorablemente, por las heridas junto con la sangre, pero aún mantenía los dedos apretados en torno al cuello de la niña, todos los músculos tensos y listos para saltar–. Nunca creas que un legionario está muerto hasta que le hayas arrancado el corazón. Y nunca subestimes a un soldado de Roma, si quieres aprender a combatirlos y derrotarlos. Nadie, en el mundo conocido, posee la fuerza y la tenacidad de esta gente.
–Nadie aparte de los hombres de Cartago –rebatió Aníbal, sin apartar los ojos del legionario.
–Eso ya lo veremos –murmuró Amílcar con un gruñido. Luego se volvió y empezó a alejarse–. El legionario es tuyo –concluyó–. Mátalo. Y mira cómo muere, porque tendrás mucho que aprender.
Amílcar Barca, comandante en jefe del ejército cartaginés, dejó a Aníbal solo entre las ruinas de una ciudad que antaño había alojado un contingente de soldados romanos, un manípulo aislado en la frontera ibérica en apoyo de las poblaciones locales que trataban de detener el avance del ejército cartaginés. Un puñado de hombres sin el armamento adecuado que de pronto, cuando Cartago había dado buena cuenta de los turdetanos, se habían encontrado solos, y que no obstante, habían resistido hasta la extenuación, dando muestra de un valor, una habilidad táctica y un adiestramiento militar impecables.
Para cambiar la suerte de Cartago después de la derrota infligida por Roma, Amílcar había tenido que conformarse con una campaña de guerra en Iberia, pero dentro de él se agitaba como un demonio enfurecido el deseo de enfrentarse con la Urbe, para devolver a Cartago el predominio de los mares y la dignidad perdida después de la derrota de las Égades.
Sin embargo no era un ingenuo. Sabía que el ejército cartaginés no estaba listo, y su misión no consistía sólo en conquistar Iberia, sino también en preparar a los hombres para una guerra más dura y difícil: adiestrar a veteranos capaces de moverse en los campos de batalla con la misma determinación de los legionarios romanos.
Aníbal admiraba a su padre, y estimaba que estaba haciendo lo correcto, pero experimentaba sentimientos encontrados: por una parte, el odio hacia Roma lo empujaba a criticar en su fuero interno a Amílcar, cada vez que lo veía vacilar en entablar batalla con contingentes romanos; por otra, sabía que no tenía suficiente experiencia para poder permitirse comprender a fondo las estrategias de su padre.
Pero ahora tenía un problema mucho más complejo que afrontar. Y estaba solo.
Apretó con más fuerza la empuñadura de la espada y dio un paso hacia delante, acercándose con cautela al legionario.
–Vete... –chilló éste en latín, una lengua que Aníbal estaba estudiando desde hacía algunos años y que comenzaba a conocer bastante bien–. ¡No te acerques o la mato!
Aunque el legionario estaba agotado, consiguió apretar aún más fuerte el cuello de la niña, que comenzó a boquear. Aníbal lo escrutó atentamente, y comprendió que su padre tenía razón. Si no hubiera sido un romano, él se habría arrojado hacia delante, habría apartado a la niña con un empujón y liquidado al soldado sin pensárselo. Pero la dureza y la determinación de la mirada de aquel hombre lo hacían vacilar.
Avanzó un paso más, sabiendo que se ponía al alcance de la espada del legionario, quien bien podría soltar a la niña y aferrar el arma que tenía en el regazo. Aníbal consideró esta posibilidad, y comprendió que con el romano debía emplear la astucia.
Exhibió una sonrisa burlona y avanzó dando la impresión de desinteresarse por la suerte de la niña. Sabía que su trampa funcionaría, porque en el fondo era sólo un chiquillo armado con una espada más pesada de lo que cualquiera de sus coetáneos habría sido capaz de manejar, y el legionario aún tenía bastante fuerza en el cuerpo para poderlo vencer. O al menos eso pensaba.
El soldado romano esperó a que él estuviera a tiro, apretó los dientes y, refunfuñando, empujó a un lado a la niña, aferró la espada y asestó un mandoble que habría cortado la pierna de Aníbal, si éste no se hubiera echado a un lado.
–Peligrosos e indómitos como serpientes –murmuró el muchacho, tratando de grabar en la mente esa lección.
Cualquier otro soldado en la situación del legionario habría implorado perdón y apelado a su juventud para pedir piedad, para tratar de convencerlo de que lo dejara morir lentamente, sin que se encarnizara con él. O habría matado a la niña para intentar distraerlo con un acto desesperado.
Pero el romano no cedió. Esperó el mejor momento y luego, abandonando su aire humilde, trató de herirlo, a costa de consumir sus últimas energías. Hasta que Aníbal no lo matara, no se rendiría ni se dejaría intimidar ni por él ni por ningún otro.
Mientras giraba sobre sí mismo para ponerse fuera de su alcance y levantaba el brazo para llevar el filo de la espada a la altura del cuello del legionario, Aníbal sintió que se llenaba de admiración por aquel soldado, por la fuerza de ánimo que lo sostenía, el valor que no lo abandonaba y el odio que le veía arder en la mirada.
Y mientras la hoja se hundía apenas debajo del mentón del romano, desatando otro chorro de sangre, comprendió que su padre siempre había tenido razón. Aún no era tiempo de enfrentarse a Roma, no hasta que el ejército de Cartago se demostrara tan fuerte y valeroso como el hombre que ponía los ojos en blanco delante de él y moría, tratando hasta el final de golpearlo a ciegas, con la escasa fuerza que le quedaba para blandir la espada.
Cuando el legionario se derrumbó, con la cabeza casi separada del cuello, Aníbal se quedó observándolo durante un momento, luego, en vez de limpiar la hoja sobre el cuerpo del enemigo derrotado, como era costumbre de los guerreros cartagineses, dejó caer la espada e intentó reflexionar sobre lo que había aprendido aquel día.
–Puedes salir, ahora –dijo después de un rato, extendiendo las manos para dejar ver que estaba desarmado–. No te haré daño.
Detrás de un montón de escombros se agitó una sombra, furtiva.
Aníbal se volvió, tratando de moverse lentamente para no espantarla. Pero la sombra había salido al descubierto. Y lo miraba sin ningún indicio de miedo en los ojos oscuros como la noche.
II
–¿Quién eres? –le preguntó Aníbal en cartaginés.
La niña se quedó mirándolo mientras se sujetaba el vestido rasgado sobre el pecho, erguida y orgullosa como un guerrero dispuesto a la batalla, con el cuello enrojecido por el collar y la presión del legionario.
Aníbal la observó con curiosidad. Debajo de los morados y los lamparones de suciedad que le manchaban la piel y le pegaban el pelo en una madeja compacta, tenía la tez aceitunada.
–¿Eres cartaginesa? –le preguntó, acercándose con cautela.
Ella dijo que no con la cabeza, enrigideciendo los músculos como si estuviera lista para huir o para saltarle encima, y Aníbal se detuvo.
–Ven –la invitó, alargando una mano hacia ella–. No te haré nada. Soy tu amigo.
Durante un momento ambos estuvieron inmóviles, estudiándose, luego la niña se acercó, agachando la cabeza, con pequeños pasos, sin mirarlo a los ojos. Aníbal se inclinó para observarle la cara, bajo el enredo de pelo sucio que la escondía.
–No me has dicho cómo te llamas –insistió–. Yo soy Aníbal, hijo de Amílcar Barca. ¿Y tú?
La niña lo miró a través de los mechones de cabellos, luego se giró para echar un vistazo furtivo al legionario romano.
–Está muerto –la tranquilizó Aníbal–. Ya no puede hacerte daño.
La niña se movió otra vez, se puso a su lado, luego fue detrás de él, como si quisiera esconderse de los ojos desencajados pero vacíos del soldado romano. Por más indómita que fuera y por más decidida que estuviera a luchar con uñas y dientes, también ella temía a los demonios romanos.
–¿Eras su esclava? –le preguntó Aníbal–. ¿A qué tribu perteneces? ¿Eres cartaginesa o ibérica?
La niña no respondió, limitándose a mirarlo con las manos agarradas al vestido rasgado.
–De acuerdo –dijo Aníbal–. Ven conmigo. Te daré algo de comer y ropa limpia.
Empezó a alejarse, pero ella lo aferró por un brazo y lo miró con decisión.
–¿Qué quieres? –le preguntó Aníbal ya nervioso–. Ese bastardo está muerto, no puede volver del reino de Mot.
La niña lo miró largamente, luego algo pareció resquebrajarse en su expresión, como si estuviera a punto de romper a llorar. En cambio, de repente empezó a hablar en un cartaginés bastante correcto.
–Es un romano. Los romanos me cogieron como esclava, y volverán a hacerlo.
Aníbal la miró, tratando de comprender el significado de sus palabras. Luego se encogió de hombros y le sonrió.
–Aquí nadie vendrá a cogerte como esclava –sostuvo–. Estamos en el reino de Cartago. Y yo te protegeré.
–No –lo contradijo ella–. No puedes hacer nada.
Aníbal permaneció durante un momento en silencio, sorprendido al ver que el miedo le asomaba a los ojos.
–¿A qué tribu perteneces? –le preguntó–. Eres ibérica, ¿verdad?
La niña levantó la mirada y lo miró a los ojos.
–Me llamo Himilce –respondió al fin, con un hilo de voz–. Hija de Ilapal, de la tribu de los béticos.
–¿Cuántos años tienes? –le preguntó Aníbal.
–Nueve.
–¿Sabrás encontrar sola a tu padre?
La niña asintió.
–¿Estás segura de que no quieres venir conmigo? –insistió Aníbal–. Te daré algo de comer y ropa. Y le preguntaré a mi padre si puede hacer que te acompañen hasta donde están los tuyos.
–No –respondió ella–. Me las arreglaré sola.
Aníbal suspiró.
–De acuerdo, entonces. Vete.
Himilce se demoró sólo un instante a observarlo, luego escapó, pasando lejos del cadáver del legionario romano.
Aníbal la miró desaparecer más allá de los escombros de la aldea, luego se dirigió hacia la tienda que su padre había erigido como cuartel general del ejército.
Pensó que ya no volvería a ver a Himilce, hija de Ilapal, de la tribu de los béticos.
Pero se equivocaba.
CAPÍTULO I
222 a. C. (catorce años después)
Roma
I
–Es la hora del ientaculum, amo.
El esclavo era joven y de complexión delgada, con la piel y los ojos color avellana. Publio no conocía su verdadero nombre, sólo el que le había sido atribuido cuando Pomponia, su madre, se lo había confiado. Versilio era un siracusano que había quedado condenado a la esclavitud después de que su familia despilfarrara todos sus bienes en una empresa comercial fallida. Lo habían vendido para saldar las deudas con algunas poderosas familias patricias romanas, y había pasado las penas del infierno en el mercado de esclavos, antes de que Pomponia se fijara en él. Publio aún recordaba aquel día cuando, merodeando por primera vez junto a su madre entre la muchedumbre del mercado de esclavos, se había sentido aturdido por los gritos de los mangones, los hábiles mercaderes que embaucaban a la multitud ensalzando las maravillas de su mercancía.
–Nunca debes creer a estos truhanes –le había explicado Pomponia mientras observaban a un enorme esclavo de cabellera rubia, con el pecho poderoso y un número increíble de cicatrices que marcaban su cuerpo–. Tratan de embelesarte con chácharas, destacando sólo las virtudes de su mercancía y escondiendo sus defectos. Mira.
Pomponia se acercó al esclavo rubio, quizá de origen germánico, y lo observó con aparente interés. De inmediato el mercader se precipitó hacia ella, tirando de la cadena enganchada en el cuello del gigante.
–¡Mirad qué músculos tan poderosos!, ¡qué fuerza! –gritó dirigiéndose a Publio y a su madre–. ¿Habéis visto alguna vez algo similar? Un joven en su máximo esplendor, robusto como un caballo y dispuesto a satisfacer cualquier deseo de sus nuevos amos.
El hombre, que tenía los dientes podridos y una fea cicatriz que le desfiguraba los rasgos, sonrió guiñando un ojo hacia Pomponia, después de levantar la corta faldilla que el germánico llevaba como única indumentaria, cogió en una mano los testículos del esclavo y se los mostró.
–¡Un verdadero semental, puedo asegurarlo! ¡Capaz de satisfacer cualquier deseo durante toda la noche!
Pomponia, en absoluto incómoda, sonrió a su vez, miró los testículos, y luego señaló los ojos del esclavo.
–¿Por qué está lagrimeando? –preguntó.
El mango se encogió de hombros, comenzando a mover las manos como si tuviera una nube de moscas alrededor de la cabeza.
–¡No es nada, no es nada! –proclamó, dando un manotazo en el enorme muslo del esclavo–. ¡Mira qué músculos! ¡Este semental está tan sano y fuerte como un buey!
–En mi opinión, está enfermo –replicó Pomponia–. Tiene una infección en los ojos. Podría ser contagioso.
Publio Cornelio admiró el valor de su madre. Aunque iba muy bien vestida y se distinguía en la multitud por su elegancia y porte, seguía siendo una mujer, y debía estar atenta cuando se dirigía a un hombre en público.
El mercader la miró boquiabierto, sin saber qué contestar; antes de que pudiera decidir si atacar a Pomponia con un arrebato de furia, acusándola de ser demasiado entrometida, o fingir que no pasaba nada y continuar magnificando las virtudes de su esclavo, un hombre gordo y con la túnica ornada de bordados preciosos se adelantó.
–¡Es verdad! –proclamó indignado, señalando al germánico–. ¡Conozco esa infección, es peligrosa! ¿Cómo te atreves a traer aquí a un enfermo?
El mango, al reconocer en el hombre gordo a un patricio de clara influencia, cambió rápidamente de actitud, prodigándose en excusas exageradas.
–¿Has visto? –dijo Pomponia cogiendo a Publio de la mano y arrastrándolo lejos–. Nunca te fíes de las apariencias.
–Pero ese esclavo... –había preguntado Publio, sorprendido–. ¿De verdad estaba enfermo? ¿Y de qué?
Pomponia sonrió.
–¡Qué va! –fue su respuesta–. No tenía nada, sólo los ojos un poco enrojecidos. Era un magnífico esclavo.
Después de aquel episodio siguieron vagando todavía un rato por el mercado, y cuando pasaron por delante de una joven esclava de piel cándida a la que su mango había desnudado el pecho para mostrarlo a los clientes, Publio opuso un poco de resistencia a su madre, tratando de entretenerla lo suficiente para dar una buena ojeada a la muchacha.
–Muy bonita –sonrió Pomponia–, pero aún eres demasiado joven para eso. Necesitamos algo muy distinto.
Cuando llegaron al tablado donde se hallaban algunos jóvenes varones de aire compungido, vestidos de manera digna y sin cadenas en el cuello, la madre se detuvo y señaló hacia ellos satisT3N.
–Míralos –le dijo–. Éstos son los nuevos esclavos de los que me han hablado. Son siracusanos, de buena familia. Sanos y fiables. Podemos elegir uno.
Publio observó con curiosidad a los cinco muchachos del tablado. Eran todos bastante jóvenes, más o menos de su edad, no entrados en carnes pero tampoco flacos y chupados como la mayor parte de los esclavos exhibidos por los mangones aquel día. Era evidente que no se trataba de prisioneros de guerra, sino de hijos vendidos por sus padres para poner remedio a las desgracias de sus familias, y esto los hacía personas fiables.
–¿De verdad es necesario? –había preguntado Publio con disgusto.
–Tu padre lo quiere –respondió Pomponia–. Ya tienes catorce años, necesitas un esclavo que se ocupe de ti.
–Me bastan Raclides y Taucio –intentó rebatir Publio, pero la madre le dirigió una de esas miradas penetrantes suyas, que valían más que mil palabras, y él se vio obligado a apartar la vista.
–No se hable más –concluyó Pomponia, acercándose al más grácil de los esclavos, quien los miraba con aire humilde–. Los esclavos de tu padre no son tuyos. A los catorce años, todos los Escipiones han tenido su esclavo personal, y tú no debes ser menos.
Publio no tuvo más remedio que rendirse, pero no quiso seguir a su madre en las negociaciones por la compra. Cuando Pomponia le preguntó si el joven de aspecto humilde podía estar bien, él asintió sin mirarlo, aunque en su fuero interno, desde el primer vistazo, ya se había dado cuenta de que Versilio, como a continuación sería llamado el joven esclavo, era el más adecuado: quizá su mirada humilde pero inteligente, su cuerpo delgado y delicado y sus manos cuidadas le habían revelado de inmediato que se trataba de un joven habituado a estudiar y a las comodidades de una domus como la suya, no desde luego de un campesino o del hijo de un tendero. Un joven con el que incluso podría sentirse en sintonía.
Ahora, después de cuatro meses, Publio lo consideraba más un amigo que un esclavo, aunque los modales humildes de Versilio no le permitían olvidar jamás su verdadera condición.
–Está bien –dijo, apoyando los pies en el suelo y frotándose los ojos con fuerza para tratar de despertarse.
–Pero no me llames amo. ¿Cuántas veces te lo tengo que decir?
Versilio inclinó la cabeza con aire sumiso.
Publio le dio una palmada en el hombro.
–¡Me muero de hambre!
–Entonces eres afortunado –se reanimó Versilio–. El banquete de ayer era tan abundante que sobró bastante comida. Y ya está todo listo.
Con la boca haciéndosele agua, Publio se incorporó de golpe. Adoraba que su padre organizase esos ricos banquetes famosos en toda la Urbe: cuando había invitados de alcurnia, a él y a su hermano Lucio no les estaba permitido participar, pero al día siguiente, para el ientaculum, todas las sobras estaban a su disposición para comer a voluntad, aunque los platos no fueran servidos en bandejas de plata.
Y aquella mañana él estaba hambriento como un joven lobo.
II
Después de comer, una energía inagotable se apoderaba siempre de Publio y le entraban ganas de salir al aire libre y trepar a los árboles del jardín. Pero ahora tenía catorce años, y sabía que su principal deber era el estudio, y ya no el juego. Por deseo de su padre había empezado a participar en las charlas familiares, durante las cuales se hablaba de arte, política y de las nuevas modas, así como de los juegos escénicos que, también aquel año, entretendrían a los ciudadanos romanos.
Publio ya había leído los textos de algunas de las representaciones más en boga, como el Anfitrión de Tito Maccio Plauto, y se había quedado desconcertado por el modo en que se denigraba a Júpiter, presentándolo como un vulgar jovencito que no conseguía resistir la tentación de la carne y que, con tal de conquistar a Alcmena, se ponía en ridículo hasta el punto de invocarse a sí mismo y hacer sacrificios en su propio nombre. Publio estaba convencido de que las mejores obras eran las de Quinto Ennio, que contaban la historia de Roma, por no hablar de los grandes autores griegos, y no le importaba si ahora el público prefería las vulgares comedias de Plauto. Los poemas de Quinto Ennio estaban impregnados de la sabia cultura helénica que tanto lo fascinaba, y en más de una ocasión, mientras se encontraba con su padre, el tío Cneo y algunos de los más fieles amigos de la gens Cornelia, había realizado una encendida defensa de la cultura griega y las enseñanzas de Eurípides, con el único resultado de divertir a sus huéspedes y recibir las miradas compasivas de su padre.
Sólo con Versilio conseguía hilvanar una conversación seria sobre la escuela griega, y no pocas veces se sorprendía al quedarse escuchándolo encantado, mientras le explicaba lo animado que era el clima cultural de Siracusa, tratando argumentos como el teatro, las matemáticas y la filosofía.
Los relatos más interesantes de Versilio concernían a una figura que para Publio ya se había convertido en legendaria, aunque se imaginaba que su esclavo se divertía exagerando un poco: un tal Arquímedes, uno de los mayores matemáticos e inventores de su tiempo, que había ideado una cantidad increíble de máquinas de guerra y de instrumentos para el cálculo matemático y de la hora.
Pero aquel día, después del ientaculum, Publio se sintió presa de una agitación nueva y decidió aplazar el momento del estudio. Corrió donde Versilio, que estaba comiendo junto a los demás esclavos, y le hizo señas de que lo siguiera: le urgía hablar con él, lejos de oídos indiscretos.
El joven siracusano se metió en la boca un trozo de pan bañado en vino y abandonó la mesa de los esclavos para seguir a su amo hacia el peristilium, el jardín interior de la gran casa de los Escipiones, que una cuadrilla de siete esclavos dirigidos personalmente por Pomponia se ocupaba de mantener siempre cuidado y al máximo de su esplendor.
–¿Qué pasa? –preguntó Versilio con la boca aún llena. Publio no respondió, limitándose a mirar a su alrededor con aire circunspecto, como si temiera que alguien lo vigilase. Agarró a Versilio por un brazo y lo arrastró hasta el gran olivo que decían que surgía en aquel lugar incluso antes de que Roma hubiera terminado de someter a los sabinos.
III
–¡Debes de estar loco! –exclamó Versilio con los ojos desorbitados.
–Mi mente está completamente sana –replicó Publio, divertido–. ¿Recuerdas a la muchacha que vimos ayer? ¿Aquella con el vestido color púrpura? Sé quién es. Y sé dónde puedo encontrarla.
La mueca que apareció en el rostro de Versilio revelaba que su pensamiento era muy distinto, pero Publio decidió ignorarlo. No había sido fácil rastrear a la chiquilla de ojos azules que lo había cautivado el día anterior, cuando se había cruzado con ella por la calle. Por suerte, se había fijado en la mujer alta y elegante, que debía de ser su madre y que iba rodeada por una nube de esclavas, y había deducido que seguramente se trataba de la hija de alguna importante personalidad de la ciudad, quizá de un senador. Cuando pidió información a su madre, Pomponia había entendido enseguida de quién se trataba, y con un gesto de desaprobación había explicado que era Lucrecia, la mujer de Quinto Marcio Rufo, el pretor que disfrutaba de los favores de Cayo Flaminio y de los ricos plebeyos que pensaban que podían gobernar Roma en nombre del pueblo, marginando a la nobleza patricia.
Publio había evitado hacer comentarios, conformándose con saber quién era la chiquilla. Se llamaba Marcia, tenía su edad y vivía a sólo dos insulae de distancia. No tendría dificultades para encontrarla, y esta vez estaba decidido a conocerla.
Ante aquel pensamiento, la excitación se adueñó de él, pero Versilio lo tiró de la manga, implorándole que lo escuchara.
–No podemos ir –gimoteó–. ¿Qué diría tu padre? ¡Sabes que estás prometido con la hija de Lucio Emilio Paulo!
Publio se encogió de hombros.
–Emilia sólo tiene doce años. Es aún una niña –rebatió, como si sus catorce años le permitieran hacer ciertas distinciones.
Versilio alzó los ojos al cielo.
–¿Y tu hermano Lucio? –preguntó.
Publio volvió a encogerse de hombros.
–Deja que se divierta con los calcula. Vamos nosotros dos solos.
–De acuerdo –se rindió al final Versilio–. Pero hagámoslo a mi manera.
–¿Es decir...?
–Es decir que salta a la vista que perteneces a una familia rica, y si queremos adentrarnos en las insulae, debes tratar de pasar inadvertido.
–¿Tengo que disfrazarme?
Publio estaba cada vez más divertido.
–Exacto –asintió Versilio–. Y creo que necesitaremos la ayuda de una de las ornatrices de tu madre.
–¿Qué? ¿Por qué?
Versilio señaló la cabeza de Publio.
–Tu cabellera –respondió–. Todos esos rizos, los perfumes, los ungüentos... En las insulae se darían cuenta de quién eres incluso antes de verte. Notarían el olor.
Publio se echó a reír.
–Tienes razón –dijo, arrastrando al esclavo hacia las propias habitaciones–. Desde luego, no sabría qué hacer sin ti.
IV
La muchacha se llamaba Sumia, tenía orígenes celtas, y provenía de una de las muchas expediciones que Cneo Escipión, el tío de Publio, había realizado en la Cisalpina. La habían encontrado entre los escombros de una cabaña, y de sus padres nunca se había sabido nada. Cuando la trajeron a Roma tenía más o menos cinco años, y desde entonces siempre había vivido en la domus de los Escipiones, ocupándose primero de la limpieza de la casa, luego del peristilium, hasta que a la edad de once años había recibido el encargo de acompañar a las ornatrices de Pomponia, para aprender el que era considerado el cometido más honorable confiado a las esclavas de sexo femenino.
Muy pronto se demostró que Sumia era muy buena, capaz de aprender deprisa los secretos del oficio, así que se convirtió en una de las esclavas preferidas de Pomponia.
Versilio se dirigió a ella para pedirle que la cabellera de Publio pareciese más descuidada, como la de la mayor parte de los romanos que atestaban las calles.
–¿Así que debería ayudaros a... estropear el pelo del joven Publio? –preguntó Sumia, divertida–. ¡De costumbre, mi habilidad consiste en hacer lo contrario!
–Entonces debería ser aún más fácil –argumentó Versilio, mientras Publio estaba sentado en una banqueta, reflejándose en la gran lámina de bronce lustrado que descansaba sobre un caballete de madera.
–No lo creo –rebatió Sumia acercándose a Publio y rozándole el pelo con los dedos–. ¿Puedo? –preguntó luego al joven amo.
–Desde luego –consintió Publio, observando a la muchacha en el espejo. Se sentía más excitado que nunca, aunque sabía que, si era cogido in fraganti por su madre o, aún peor, por su padre, tendría serios problemas.
Por otra parte, Pomponia estaba ajetreada en las tareas domésticas, y Publio Cornelio pater se hallaba en el Foro, sin duda inmerso en alguna disputa política, mientras su hermano Lucio estaba estudiando con Erasio Lúculo, el profesor de griego y matemáticas.
Así pues, podía disponer de un poco de tiempo para sí mismo y, si era prudente, nadie se percataría de nada. Versilio y Sumia, por supuesto, permanecerían callados, también porque corrían el riesgo de recibir castigos mucho más severos que los que le habrían caído a él.
–Ante todo debemos estirar todos estos bucles. Nadie los lleva en la ciudad. Aparte de los ricos, naturalmente.
Publio frunció el entrecejo, consciente por primera vez de esa marcada diferencia entre él y los demás muchachos del pueblo. Por otra parte, las peluqueras de su madre llevaban acicalándolo así desde que era niño, y para él era del todo natural notar los largos bucles sobre la cabeza. Y puesto que tenía escasas ocasiones de mirarse al espejo, no conseguía pensar en sí mismo como en un refinado chiquillo que destacaba entre la multitud de sus coetáneos.
Sumia, que ya había hecho llevar a la habitación de Publio los utensilios de su oficio, fue a comprobar que los calamistra, los dos hierros que había metido en el brasero vigilado por Versilio, estuvieran bastante calientes, luego envolvió un paño en torno a las empuñaduras y los extrajo del fuego. Esperó un instante a que llegaran a la temperatura adecuada y luego, ayudándose con un cepillo de cerdas de jabalí, comenzó a estirar el pelo de Publio, quien seguía fascinado sus movimientos en el espejo.
–¿Cómo haré para volver a estar como antes? –preguntó el joven Escipión, dándose cuenta de que su pelo, una vez alisado, era mucho más largo de lo que imaginaba y le caía sobre los hombros.
–Repetiremos el procedimiento –respondió Sumia–. Hará falta un poco más de tiempo para devolverte tus bucles, así que tenlo en cuenta.
Publio se encogió de hombros mientras se miraba en el espejo.
–También podría tenerlos así –dijo–. No veo por qué debo continuar dejándome acicalar como un muchachito.
–¿Quizá porque lo eres? –preguntó Versilio.
Publio resopló, luego hizo señas a Sumia de que continuara. A su debido tiempo se plantearía qué hacer con su cabellera. Ahora sólo quería arreglarse para bajar a la calle y aventurarse por las insulae de la ciudad. Nunca había realizado una salida a aquel mundo caótico y misterioso, sucio y dominado por personas de todo tipo, siempre había preferido frecuentar los ambientes patricios de la Urbe, y cada vez que se desplazaba por Roma, lo hacía junto con el cortejo de esclavos que rodeaban a su madre o a su padre.
De las insulae sabía poco. Había sido Versilio quien le había contado la innovación introducida recientemente por los arquitectos romanos, que habían decidido desarrollar los edificios en vertical, en vez de hacerlo en horizontal, para satisfacer así la enorme demanda de viviendas que llegaba de la población en continuo aumento de la Urbe.
En un primer momento, Publio no logró imaginarse cómo podían ser aquellas casas, construidas las unas sobre las otras, y Versilio para explicarse tuvo que trazar un dibujo en el rectángulo de fina arena de río que Publio usaba cuando estudiaba.
–Pero así los de arriba deben pasar por la casa de quienes están debajo para entrar y salir –comentó Publio, empalidecido, haciendo sonreír a Versilio.
–Hay escaleras exteriores –fue la respuesta del esclavo–. Así no se molesta a nadie.
–¿Cómo son de altas estas insulae? –preguntó Publio observando fascinado el dibujo.
–Dicen que las están construyendo de tres niveles. Pero aún no las he visto. La mayor parte de las que están habitadas son de dos.
Publio asintió con la cabeza.
–Los constructores de Roma tienen mucha inventiva –afirmó, admirado–. De este modo habrá muchas más viviendas en la ciudad, sin tener que salir de los muros para encontrar terrenos edificables.
–Sí –comentó Versilio con una mueca.
–¿Qué pasa? –le preguntó Publio.
–Tú nunca has estado –respondió el esclavo–. Nunca has visto una insula.
Publio frunció la frente, como para pedirle a Versilio que se explicara.
El esclavo respiró hondo, y luego dijo:
–Intenta imaginarte qué sucede cuando estalla un incendio. Como sabes, la mayor parte de las casas de Roma está hecha de madera, no de piedra y ladrillos como la domus Scipionis.
Publio se quedó observando mucho rato el dibujo de la insula trazado sobre la arena, y trató de figurarse mentalmente lo que podría suceder si se produjera un incendio en el nivel más bajo.
–Los de arriba no tendrían salvación –murmuró al fin–. Morirían quemados como ratas.
–Exacto –asintió Versilio–. Es lo que sucede prácticamente cada día. Pero a los constructores no les interesa. Tardan poco en reconstruir aquellas trampas y en alquilarlas a otras personas. En Roma, la demanda de viviendas no se agota nunca.
Al advertir un punto de ira en la voz de su esclavo, Publio se mordió un labio. Sabía que Versilio era un joven instruido y altruista, que vivía con valor su sufrida condición de esclavitud, consciente de que era el único modo de permitir que su familia continuara viviendo en libertad, pero era evidente que se interesaba por los problemas de la gente y se preocupaba por los dramas que nacían de las especulaciones de quienes se enriquecían con la desgracia ajena.
Y por supuesto sabía lo peligroso que era adentrarse en aquellos barrios, donde la ira, el hambre y la pobreza se arrastraban como criaturas de la sombra, listas para morder a cualquiera que mostrase el menor signo de debilidad.
Por eso Versilio no veía con buenos ojos su decisión de aventurarse en las insulae, en aquel mundo que estaba creciendo cada vez más rápidamente en el corazón de la Urbe, y que para alguien como él podría revelarse muy peligroso.
Pero ahora había llegado el momento de quitarse también aquel peso de encima, y demostrar a todos, además de a sí mismo, de qué pasta estaba hecho. Los estudios de los clásicos estaban bien, él adoraba a los sabios griegos y ya no podía prescindir de ellos, pero los gritos de guerra se elevaban por doquier en Italia, y antes o después debería saltar al campo de batalla para afrontar a los bárbaros que presionaban en los confines de la República.
¿Y cómo podía convertirse en un caudillo famoso y admirado en toda Roma, si antes no aprendía a afrontar las insidias que se ocultaban en la misma Urbe? La cosa en sí le parecía una locura, pero el motivo que lo empujaba a la incursión era más que suficiente para infundirle el valor que necesitaba: los ojos azules de Marcia merecían todos los riesgos que un chiquillo podía permitirse correr, si bien con la ayuda del más fiel de sus esclavos.
–Bien –dijo Sumia, sacudiéndolo de sus pensamientos–. Los bucles ya están. Ahora hay que quitar todo rastro de perfume y ensuciar un poco la cabeza.
–Espero que no me llenes también de piojos –se preocupó Publio.
Sumia rió, mientras Versilio los miraba con desaprobación.
–Los piojos los tienen todos, pero no se ven, al menos la mayoría de las veces –respondió la peluquera–. Así que podemos limitarnos a poner un poco de suciedad en la cabeza y dejar que todos imaginen que tú también estás infestado por ellos.
–Vale –aprobó Publio, aliviado. Si había algo que no soportaba eran los piojos, dado que cada vez que los cogía su madre lo hacía rapar al cero y le esparcía en la cabeza un polvo hediondo que lo dejaba sin aliento durante días.
Cuando al cabo de unos minutos Sumia hubo terminado de esparcirle grasa y polvo por la cabeza, Versilio se adelantó, lo miró con una mueca e hizo una señal a la muchacha para que saliera.
–Nos has sido muy útil –le dijo–. Ahora déjanos solos, debo vestir a Publio como corresponde.
Sumia asintió. Antes de despedirse, señaló el brasero con los calamistra, y dijo:
–Los dejo aquí. Harán falta después, para volver a poner todo en orden.
–Eso lo veremos –objetó Publio, mirándose en el espejo. Se sentía extraño, y se veía distinto, mucho más parecido a la mayoría de jovencitos que correteaban por Roma. No sabía decir si estaba más guapo así o con los bucles: ahora tenía un aspecto más salvaje, más... adulto, y esto no le disgustaba en absoluto.
–Venga, desnúdate. Debes cambiarte.
Publio se incorporó y se pavoneó delante de Versilio.
–Entonces, ¿qué dices? ¿No te parezco mayor?
Versilio lo contempló poco convencido, luego negó con la cabeza.
–A mí me gustabas más antes. Al menos, no apestabas como un cabrón.
Publio se echó a reír y abrazó al esclavo.
–Tienes razón –dijo–. Pero no quiere decir que cada vez deba untarme el pelo con esta porquería. Podría abandonar los bucles y mantener los ungüentos perfumados, ¿qué dices? Los términos medios siempre son los mejores.
Versilio no objetó nada. Manteniendo el rostro sombrío, mostró las ropas que había tendido sobre el camastro de su amo.
–Te he procurado las ropas adecuadas –le dijo–. Póntelas y luego salimos. Comienza a hacerse tarde.
–Tienes razón –asintió Publio–. Desde luego no quiero que me descubra mi madre.
Dicho esto se desvistió deprisa, quedándose sólo con el subligar, el taparrabos de lino anudado a los lados que Versilio se ocupaba de lavar personalmente.
–Quítate también eso –dijo el esclavo–. No pensarás que los chiquillos de la plebe llevan esas cosas.
Publio se miró desconcertado entre las piernas, luego desató los nudos del subligar y lo dejó deslizarse hasta el suelo, permaneciendo desnudo delante de Versilio.
–Vale –dijo el esclavo, recogiendo una túnica de lana y lanzándosela–. Ponte ésta.
Publio cogió al vuelo la túnica, la contempló divertido y luego se la puso, haciéndola pasar por la cabeza. Le llegaba hasta por encima de las rodillas, era basta y no se le había aplicado ningún tinte. Aquí y allá destacaban grandes manchas amarillentas, como lamparones mal lavados.
–Al menos podías procurarme una limpia –le espetó llevándosela a la nariz para sentir si olía.
–Es precisamente lo que he hecho –respondió Versilio–. Los lamparones no son de suciedad, sino porque se han usado lanas de diversa calidad para hilar el tejido. –Y exhibiendo una mueca añadió–: Es evidente que nunca antes lo habías pensado.
Publio se ruborizó ante la mirada acusadora de Versilio, y comprendió que la holgura dorada en que siempre había vivido había distorsionado en parte su visión del mundo. Lo que hacía aún más necesario e instructivo su acto de rebelión, el único modo que tenía de abandonar el nido doméstico y entender un poco más a la gente de Roma, su gente.
Cuando Versilio le lanzó un cinturón de cuerda y un par de sandalias de cuero polvorientas, entendió que su vestuario para la salida a la ciudad estaba casi completo.
–¿Es todo? –preguntó–. ¿No debo llevar nada más?
–Ya es bastante que te dé las sandalias –dio como única respuesta Versilio–. Fíjate en ello cuando estemos fuera: la mayor parte de la gente camina descalza.
Publio se mostró desconcertado. Era evidente que fuera de la domus Scipionis la vida transcurría con ritmos y costumbres bien distintos a los que él estaba acostumbrado.
–Estoy listo –dijo finalmente, cuando terminó de ponerse las sandalias y apretarse el cinturón. Se sentía extraño, con los genitales libres bajo la corta túnica, pero sabía que se habituaría enseguida. Si la mayor parte de los muchachos de su edad iba por ahí vestida de aquella manera, no veía por qué no podía hacerlo también él.
Versilio lo miró desconsolado, suspiró largamente y negó con la cabeza.
–¿De verdad estás convencido? –le preguntó de nuevo.
–Más que nunca –respondió Publio, mientras todo su cuerpo se estremecía por la excitación.
V
–Quédate cerca de mí, te lo ruego –le repitió Versilio por centésima vez desde que habían entrado en un dédalo de callejas que conducían hacia los barrios más pobres de la ciudad–. Éste es el vicus Tuscus. Poca broma.
–¿Los etruscos pueden crearnos problemas? –preguntó Publio, sorprendido.
–Son ciudadanos romanos –respondió Versilio–. Pero aún se sienten... distintos. Y son reacios a someterse completamente a las leyes y las costumbres de Roma.
Publio tranquilizó a su amigo sin dejar de mirar a su alrededor. Estaba fascinado, como si se encontrara de visita en una ciudad extranjera, en vez de en la Roma que había sido su cuna.
Por otra parte, aquellas pocas veces que había tenido permiso para adentrarse en la ciudad sólo había podido hacerlo en compañía de sus padres y del pequeño cortejo de esclavos, clientes y parientes que siempre los rodeaba. Y también en estos casos siempre había recorrido las mismas calles, sin aventurarse jamás en los callejones y callejas que se hundían hacia los barrios más poblados, donde personas de toda calaña y extracción social se agolpaban en torno a los puestos de los mercaderes, las fuentes públicas y los thermopolia que servían vino, bebidas aromáticas y toda clase de comida.
Lo que se dice solo, Publio nunca había ido a ninguna parte, y aquélla era la primera vez que contravenía las órdenes de su padre. Versilio había intentado que se diera cuenta de ello varias veces, pero él ya había decidido hacer lo que le diera la gana.