
El libro joven del firmamento
Índice
Introducción
Parte I. Nuestro entorno
1. Vivimos en un astro
2. La Tierra está llena de vida
3. La Luna, nuestra vecina
4. El Sol
5. Los planetas
6. Las estrellas
Parte II. El panorama del cielo estrellado
1. Las estrellas circumpolares
2. El cielo de primavera
3. El cielo del verano
4. El cielo del otoño
5. El cielo del invierno
Parte III. Ponemos el telescopio
1. Empezamos por el Sol
2. La observación de la Luna es cosa muy distinta
3. La observación de los planetas
4. Contemplar las estrellas
5. Tipos de estrellas
6. Hasta dónde
7. ¿Estamos solos?
I. Alfabeto griego
II. Las constelaciones
Créditos

Cuando en alguna ocasión, tal vez no frecuente en nuestra vida, nos asomamos al misterio de una noche oscura, sin luz alguna en nuestro entorno, y descubrimos la bóveda del cielo tachonada de estrellas innumerables, recibimos una sensación sobrecogedora. Nos sentimos envueltos en aquellas miríadas de puntos luminosos que llenan el panorama de los cielos y parecen transmitirnos un mensaje lejanísimo que no podemos descifrar.
La verdad es que vivimos en un mundo, el del siglo XXI, y por lo general, en el seno de una ciudad cuyas noches aparecen iluminadas de multitud de focos artificiales, tal vez los de nuestra propia casa. Si salimos a la calle, las farolas nos cercan por todas partes, y apenas podemos ver las estrellas, quizá tan solo cinco o seis. Los luceros más brillantes pueden ser, tal vez, planetas. Todo queda deslumbrado por la espectacular iluminación artificial. Nada digamos si nos deslumbran anuncios de colores. Incluso en pequeños núcleos de población, la iluminación artificial nos permite guiarnos en la tierra, pero nos dificulta ver el cielo.
En otros tiempos, el cielo nocturno estaba débilmente iluminado y la gente podía distinguir con sus ojos las constelaciones y se las sabía de memoria. Consta que todavía en el siglo XVIII se podían descubrir cometas desde las calles de París. ¡Cómo han cambiado las cosas desde entonces! Hoy el “hombre de la calle” está condenado a ser un ignorante en astronomía práctica.
Solo si salimos a campo descubierto, lo más lejos posible de todo foco artificial, quedaremos asombrados ante la realidad innumerable y maravillosamente sugestiva del cielo estrellado. Cuando eso ocurre, estamos más cerca que nunca del asombro que debió sentir el hombre primitivo: de su asombro y de las innumerables preguntas que comenzó a formularse. ¿Qué son las estrellas?, ¿por qué son tantas?, ¿por qué parecen temblar en los cielos? ¿Cuál es el significado que esconden?
Las preguntas fueron interminables y la respuesta tardó miles de años en llegar. Toda explicación planteaba más interrogantes que soluciones. Algunos pueblos supusieron que la estrellas no eran más que infinitos agujeros en la bóveda celeste, que, como un inmenso colador, dejaba pasar la luz del más allá. Pero ¿qué luz era esa, si precisamente durante la noche se ha ocultado el sol bajo el horizonte?
El hombre siguió observando. Unas estrellas son más brillantes que otras. Como que las más brillantes superan en quinientas, hasta en mil veces a las más débiles… ¿Es que unas están más lejos que otras, o es que son realmente más brillantes que otras? Algunas parpadean casi en la frontera del ser y el no ser. ¿No son acaso esas estrellitas diminutas que apenas logramos columbrar, aquellas que producen una emoción más profunda en nuestra alma?
Luego vinieron los sabios que afirmaron que todas las estrellas están a la misma distancia, pegadas en el fondo de la esfera celeste. Más allá de esa esfera cóncava —la campana del cielo—, no hay nada. ¿Es la distancia infinita? En cualquier caso los puntos de esa esfera están a la misma distancia que cualquiera de los demás; y si la distancia a las estrellas es siempre la misma, ocurre que hay unas estrellas más brillantes que otras. Y no aparecen distribuidas caprichosamente por el fondo del cielo: hay zonas más ricas y zonas más pobres. Qué fácil es percibirlo. Y si nos vamos fijando en las zonas donde la abundancia de estrellas se hace más densa, advertiremos tal vez un hecho todavía más misterioso. ¡La Vía Láctea!
La Vía Láctea es una franja muy tenue, como una cinta de nubes celestes que rodean toda la campana del orbe, y sugieren el temblor de algo casi infinito que no podemos descifrar. ¿Son millones de estrellas, o se trata de otra cosa? Su misterio es tan llamativo como su grandeza. Los griegos, con ansia poética sin duda nada acertada, aseguraban que era una gota de leche salida de los pechos de Hera, la diosa de la maternidad, que se había desparramado como un reguero por la esfera del cielo (de “galax”, leche, procede el sustantivo “galaxia”).
La comparación es poética, casi divina, pero la Vía Láctea es más, infinitamente más tenue y misteriosa que un reguero de leche. Tratemos de distinguirla, sobre todo en las noches de verano y otoño, cuando se nos hace más conspicua. La sugerencia inexplicable de la Vía Láctea no se borrará ya nunca de nuestra mente.
Sigamos contemplando el cielo. Unas estrellas son perfectamente blancas, otras presentan una tonalidad rojiza, las hay amarillas y algunas, si nos fijamos bien, parecen ligeramente azuladas. Algunas diferencias deben existir en su naturaleza, aunque de momento no podamos precisarlo. Entre ellas pueden destacar, aunque no es seguro, algunos luceros brillantes, de resplandor sereno, que ni centellean. Tenemos razón si suponemos que son planetas. Y todos sabemos que los planetas están mucho más cerca que las estrellas, y se encuentran, como la Tierra misma, en nuestro sistema solar.
Tal vez de pronto nos sacude la curiosidad. Queremos saber más de las estrellas, de la Vía Láctea o de las extrañas nebulosidades que descubrimos en ella. Nos intrigan también los planetas. De pronto, descubrimos que queremos saber más, y que es fácil conseguirlo.
Cuántos seres humanos, al contemplar el misterio maravilloso de una noche estrellada, se han aficionado a la astronomía.


«Claro que sí», puede decir cualquier persona culta o semiculta. «Vivimos en la Tierra, la Tierra es un planeta, y un planeta es un astro». Pero ¿a que no se nos ha ocurrido nunca enunciarlo de esa forma? Asumir que vivimos en un astro puede invitarnos con más motivo a conocer los demás astros. Cómo es la Tierra, lo sabemos en grado suficiente. Desde Aristóteles quedó claro que es una gran esfera. Poco después, Eratóstenes calculó que tenía un perímetro de unos 40.000 kilómetros. Muy grande para nuestra talla humana, pero no increíblemente grande. No es tan difícil —aunque cuesta lo suyo, y exige varios días, si viajamos en avión— dar la vuelta al mundo. Juan Sebastián Elcano, eso sí, con muchos desvíos y en barco de vela, empleó tres años.
Todos conocemos también la distribución de las tierras y mares; quizá nos resulta un poco extraño que los mares ocupen casi las 4/5 partes de la superficie terrestre: aunque en el fondo resulta que más vale así. Sabemos que Nueva Zelanda está allí (y los españoles apuntamos con el dedo hacia abajo).
También sabemos, solo faltaba, que la Tierra está ligeramente inclinada respecto del sol, y esta inclinación nos depara las estaciones. En un mediodía de verano, el sol está mucho más alto que en un mediodía de invierno, y el día dura más que la noche.
También sabemos que la Tierra gira sobre su eje en 24 horas y alrededor del sol en 365 días; y de ahí derivan lapsos de tiempo tan importantes como el día y el año.
Sabemos muchísimas cosas, y sería una estupidez ponernos ahora a enumerarlas. Pero lo que ahora resulta del todo necesario destacar es que la Tierra es un planeta extraordinario, distinto de todos los demás que conocemos, en el sistema solar o en lo investigado hasta ahora en otros sistemas. Está admirablemente preparado para alojar vida y vida inteligente. Que hemos tenido suerte, es un hecho evidente.
O tal vez más que suerte.
El hecho de que la Tierra esté inclinada respecto del sol genera las estaciones. Alternan las épocas de calor y de frío, de lluvias y de buen tiempo, y el clima se hace variable. Sin esta particularidad, el viento soplaría siempre de la misma dirección, tal vez no habría cosechas, ni migración de animales o de aves, la vida se haría más monótona y más difícil.
El espacio ocupado por los mares es mucho mayor que el ocupado por las tierras. Parece un inconveniente. Pero solo de esa manera se evapora tanta agua de los océanos, que el aire que respiramos está lleno de vapor. El vapor se condensa formando nubes, y con frecuencia las nubes se condensan de tal forma que las gotitas de agua que contienen pesan. Y al pesar caen sobre la tierra. Regiones que de otra manera serían secas e improductivas se ven favorecidas por la lluvia y se tornan fértiles. Sobre la tierra húmeda crecen los árboles y toda clase de plantas, entre ellas las que nos sirven de alimento.
El agua de lluvia es agua destilada (la sal de los mares permanece en los mares, no se evapora), pero el agua destilada tampoco sirve para beber (no nos quitaría la sed). Sin embargo una vez en tierra, disuelve en pequeña cantidad algunas sales que la hacen potable. Esta agua no solo riega las tierras fértiles, sino que corre por los ríos, que riegan a su vez otros terrenos, quizá allí donde la lluvia es escasa, y enriquecen la tierra de nutrientes. Al fin los ríos desembocan en el mar. Harían el agua del mar cada vez menos salada, si no fuera que la cantidad de agua dulce que la lluvia y los ríos aportan a los mares es igual a aquella que se evapora. Pero, al mismo tiempo, si no hubiera más que evaporación, el mar se haría progresivamente más salado, hasta impedir toda forma de vida. ¿Y por qué el agua del mar tiene que ser salada? Porque, de lo contrario, se helaría todos los inviernos.
Así se opera ese maravilloso “ciclo del agua”, que nos permite vivir a los humanos, a los animales, a los vegetales y hasta a los peces.


Todo está perfectamente calculado para que en este planeta pueda existir una vida desarrollada. Como es sabido, la atmósfera está compuesta por 21 partes de oxígeno, 78 de nitrógeno, y una pequeña parte de otros gases que hasta cierto punto pueden sernos útiles.
¡Que poca proporción de oxígeno!, podríamos pensar.
Pero si el oxígeno abundara hasta un 35, la respiración quemaría nuestros pulmones; si no llegara a 15, nos ahogaríamos. ¡Qué bien prevista…! ¡Es justo la que necesitamos!
Más allá de la atmósfera está la estratosfera, donde no podríamos respirar, pero que con su capa de ozono nos protege de los rayos ultravioleta, y nuestro organismo no padece su agresión. En pequeñas dosis, en cambio, es beneficiosa. Y más allá están las capas de Heaviside y de Appleton, que nos defienden de los rayos cósmicos y de otras radiaciones que serían fatales. ¡Qué bien calculado está todo! Y las capas estratosféricas hacen rebotar las ondas hertzianas de nuestras emisoras, de suerte que gracias a esos continuos rebotes podemos recibir mensajes lejanos. Otra ventaja inmensa.
¿Y la tierra?
La tierra permite el desarrollo de nutrientes vegetales que son alimento de humanos y animales; nos proporciona agua límpida y fresca, nos matiza el clima; pero nos da mucho más. Las placas tectónicas forman enormes columnas de convección que transportan desde las capas más profundas de la Tierra metales y materiales pesados y luego, en su deriva continental, los transportan de un lugar a otro. ¿Cómo, sin la maquinaria tectónica, podríamos disponer de hierro, plomo, cobre, hasta carbono, sin el cual no puede existir la vida? Los demás planetas de nuestro sistema, o los que conocemos en otros sistemas, no muestran placas tectónicas móviles.
¡Qué suerte hemos tenido! La Tierra es un milagro, una inmensa casualidad; pero no puede ser una casualidad, sino un hecho pleno de sentido maravilloso, por el cual nos encontramos precisamente aquí.


Durante un día de cielo despejado podemos contemplar el Sol, siempre rutilante, que sale por el este y se pone por el oeste.
Pero lo de “contemplar” es una expresión inadecuada. No nos dediquemos a mirar el sol largo rato, porque su luz nos dañaría la vista, nos quedaríamos ciegos. Menuda paradoja, ¿verdad? El astro que nos permite ver todas las cosas, ver a otras personas, las calles, los árboles, los letreros, los jardines, la naturaleza entera, no nos permite verle a él. Para que todo luzca hermoso y en sus infinitos detalles a nuestra vista, el Sol ha de ser tan deslumbrantemente luminoso. Trataremos de observarlo a su tiempo, con un cristal filtrado, o con un telescopio preparado para ello.
Por el contrario, la Luna es un astro cuya luz no nos hiere, que puede contemplarse en medio de la noche. Esa luz lánguida y sugerente ha inspirado a muchos poetas, sobre todo en la era romántica. Cuántos poemas se han dedicado a la Luna, y casi ninguno al Sol. ¿Es porque la Luna puede contemplarse y el Sol no? ¿Es porque la Luna nos parece nuestra, cercana y amable, y el Sol posee una fuerza aplastante, a la cual jamás podríamos acercarnos? «¡Oh, la Luna!», han exclamado muchos. La Luna y el claro de luna. ¿Qué es lo que tiene de especial? ¿Qué es lo que nos sugiere?
Todos sabemos que la Luna no tiene luz propia, es iluminada por el Sol. Y como gira en torno a la Tierra en 29 días, unas veces el Sol la ilumina de costado (cuarto creciente o cuarto menguante); otras veces de frente (luna llena); y en otras ocasiones está más o menos en dirección al Sol. Y entonces no la vemos.
Solo en determinados momentos, como su trayectoria aparente no coincide exactamente con la del Sol, se cruza por delante del astro del día, y nos lo oculta: se produce un eclipse del Sol. Si el eclipse es total —la Luna oculta todo el Sol— los seres humanos sienten una emoción inmensa: se hace de noche en pleno día. Los chinos lloraban, creyéndose en el fin del mundo, los malayos ofrecían sacrificios para que el Sol volviese a brillar. Hasta los astrónomos se emocionan. No hace mucho he visto un vídeo que muestra a un grupo de astrónomos y astrónomas abrazándose en el momento en que vuelve al brillar el astro del día. Cuando por única vez en mi vida presencié un eclipse total de Sol en Kistelek, Hungría, sentimos todos la misma conmoción. Durante los minutos de la plana oscuridad (a mediodía) alguien comentó en voz baja: esto es algo que no puede ser. Como si todo en el mundo hubiese muerto. Y al reaparecer la luz (con el famoso “anillo de diamante”), como si se hubiera producido un hecho prodigioso, nos abrazamos y gritamos como si nos hubiéramos vuelto locos…
En España no deberíamos perdernos los únicos eclipses totales del siglo, que serán el 12 de agosto de 2026 (de Galicia a la desembocadura del Ebro) y el 2 de agosto de 2027 (en el sur de Andalucía).
Bien, sigamos con la Luna. Un día o dos después de pasar junto al Sol, tiene su intríngulis divisar por primera vez la “Luna nueva”; cuando se va alejando del Sol se percibe difícilmente como una finísima línea curva en forma de hoz. Hay quien asegura haber visto la Luna a las quince horas del novilunio —conjunción de la Luna con el Sol—. Otros aseguran que lo consiguieron a las diecisiete, a las veinte. A un astrónomo le interesan poco estas marcas, aunque no dejen de tener su mérito, si es que eso puede ser verdad.
Lo importante es ir siguiendo el aspecto de la Luna, si es posible día a día, porque cada vez parece tener un cariz distinto. Observada a simple vista, la Luna llena nos ofrece toda su “cara”. Y efectivamente, así decimos los españoles, “la cara de la Luna”: parece tener dos ojos muy abiertos, como mirando al vacío, y un boca enorme, torcida y monstruosa. Los ingleses creen ver un conejo, y los alemanes dos niños jugando con un cubo.
Cada cual es libre para tener su imaginación, pero la Luna solo se parece a la Luna. Observemos que en ella no hay colores: solo grises, gris claro y gris oscuro. Quizá es más tristona que otra cosa, pero no hay persona en el mundo que no haya contemplado alguna vez la luna. Este efecto, un tanto estático, se transforma completamente en cuanto empleamos el telescopio. En su momento lo veremos.
La Luna fue el primer astro cuya distancia fue medida. Y es lógico: es un satélite, puesto que gira alrededor de la Tierra, sin dejar de girar aparentemente con la campana del cielo, por efecto de nuestra rotación. Si la estrellas tardan en volver al mismo sitio veinticuatro horas (bien, exactamente 24 y 56 minutos; en 24 horas justas lo hace el Sol), la Luna tarda 24 horas y 50 minutos. Se retrasa porque se ha movido hacia el este.
Bien, pues imaginando con cierta lógica que nuestro satélite está relativamente cerca, ya en el siglo XVIII un equipo de geodestas se situó en Berlín y otro en Ciudad del Cabo, dos puntos que están en el mismo meridiano pero en muy distinto paralelo. Apuntando cuidadosamente al punto central de la Luna pudieron medir el triángulo Berlín —El Cabo— la Luna, y resolverlo. Así fue como se supo que la Luna está, por término medio, a 384.000 kilómetros de nosotros.
Una distancia muy grande, pero no incalculable. Yo mismo, en mi automóvil —en los distintos automóviles que he tenido a lo largo de mi vida— he recorrido una distancia mayor. No digamos ya un camionero o un conductor de tren. Se puede ir en naves espaciales. Hasta doce seres humanos han estado en la Luna: y no más, porque el viaje es carísimo y porque parece que en la árida Luna no hay nada que valga la pena.
¡O sí…! Algún día lo sabremos.
Inclinación de la Tierra respecto de la dirección al Sol
Su atracción provoca las mareas, y su luz fue muy importante en los tiempos prehistóricos —y a veces posteriores—, porque permite la caza nocturna de animales como los grandes bóvidos o ciertas aves, que apenas ven a la luz de la Luna, mientras los humanos podemos hacerlo mucho mejor.
Y algo más, de que no nos damos cuenta, pero que resulta fundamental: la atracción de la Luna es un magnífico estabilizador de la Tierra. Los planetas sin satélites pueden “volcarse” en distintas direcciones, como le ocurre, por ejemplo, a Venus. El eje de la Tierra está inclinado con respecto al Sol unos 23° 25', pero nunca va a variar demasiado esa inclinación —que propicia las estaciones del año—, y así de estabilizada estará miles de siglos.
