
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2001 Tina Wainscott
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Otra vez en sus redes, n.º 1076 - septiembre 2018
Título original: Dan All Over Again
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Harlequin Deseo y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.
Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.:978-84-9188-664-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Índice
Capítulo Uno
Capítulo Dos
Capítulo Tres
Capítulo Cuatro
Capítulo Cinco
Capítulo Seis
Capítulo Siete
Capítulo Ocho
Capítulo Nueve
Capítulo Diez
Capítulo Once
Capítulo Doce
Capítulo Trece
Capítulo Catorce
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
–No puedo creer que ese inepto de Roger esté intentando robarme un cliente. Y he tenido que enterarme el viernes a las cinco –estaba diciéndole Cassie Chamberlain a su amiga Pam Kraft, frente al panel estadístico de la agencia publicitaria Nicholson.
–Ya conoces a Roger. Es un pájaro de cuidado.
–Acaban de colocarlo en el número uno, por encima de mí. Pero sigo teniendo la oportunidad de ganar la bonificación de cinco mil dólares y ese dinero… –Cassie bajó la voz para que no la oyera nadie– me ayudará a abrir mi propia agencia de publicidad. Además, esa bonificación hará que me respeten un poco más en esta empresa –añadió. Y quizá la haría sentirse completa, o al menos parcialmente satisfecha–. Tengo la impresión de que me han dado el papel de la rubia tonta.
Su amiga Pam, que muchos en la agencia creían su hermana porque las dos eran rubias y esbeltas, se pasó la mano por el elegante vestido azul con estampado de orquídeas.
–¿No será porque convertiste el pasillo de la agencia en el río Amazonas cuando intentabas cambiar el contenedor de agua mineral?
–Sí, claro, pero nadie se acuerda que intenté hacerlo sola para no tener que pedir la ayuda de ningún hombre.
–¿Y no será porque se te cayó el carrito del correo por las escaleras y casi entierras al señor Shavely en sobres y paquetes?
–¡Eso fue hace tres años! ¿Siguen hablando del asunto?
–Solo cuando alguien menciona los desastres naturales.
Cassie arrugó la nariz. No había metido la pata en tres años, desde que hizo un seminario para aprender a ser organizada y sensata, pero su fama la precedía. Necesitaba un plan para, uno, decirle al bobo de Roger lo que pensaba de él y, dos, hacer que…
El sonido de unos zapatos chirriantes hizo que volviera la cabeza.
–¡Roger! Ya verás cuando te atrape –exclamó, corriendo por el pasillo.
–¡Ve por él, en nombre de las trabajadoras de esta empresa! ¡Ponle la zancadilla, písale el cuello! –la animó su amiga Pam.
Cassie dobló la esquina cuando Roger estaba entrando en el cuarto de baño.
–¡Roger, sé que estás ahí! ¡El ruido de tus plataformas te delata! ¡Sal antes de que entre a buscarte!
La puerta se abrió y el susodicho Roger asomó la cabeza. Intentaba parecer sorprendido, pero ella no pensaba dejarse engañar.
–¿Quieres entrar?
Incluso con plataformas, Roger no medía más de un metro sesenta.
–No, necesito que me digas por qué me has robado al cliente de Pesca de Anzuelo.
Él levantó las manos, en un gesto de súplica.
–Yo no te he robado nada. No puedo evitar que el tema de la pesca se me dé bien y que tú no estuvieras en la oficina cuando llamaron. Además, el propio señor Nicholson opinó que debía encargarme de ese cliente, o al menos hacer el primer contacto.
Parecía tan lógico… incluso con aquella vocecita ridícula.
–No pienso regalarte a mi cliente sin pelear. Lo necesito para ganar la bonificación.
–Yo también la necesito, Cassie. Tengo cosas que hacer con ese dinero.
–¿Qué cosas?
–Eso es asunto mío –contestó Roger, ofendido–. Bueno, si quieres saberlo, voy a operarme de sinusitis. Y ya que me opero, me van a arreglar la nariz. Es la única forma de que una chica tan guapa como tú salga conmigo.
–La nariz no tiene nada que ver con tu atractivo físico, Roger.
–Entonces, ¿saldrás conmigo?
–Nunca. Y no es solo por tu nariz.
Roger empezó a dar saltitos sobre sus zapatos de plataforma.
–Tengo una de esas máquinas que te hacen crecer. Ya he crecido medio centímetro.
–Y has perdido otro medio de sentido común. Tampoco estoy hablando de tu altura –replicó ella. Seguramente, sería el nuevo peinado afro lo que lo hacía parecer un milímetro más alto–. Estoy hablando de… –Cassie miró la camisa de cuadros, la corbata de dibujitos y los pantalones de color verde chillón–. No estoy aquí para decirte cómo ponerte guapo, Roger. Estoy aquí para que me devuelvas a mi cliente.
Roger levantó una ceja.
–Podríamos discutirlo durante una cena. He descubierto que el aparato eléctrico que compré para evitar que se me caiga el pelo es estupendo para calentar salchichas.
–¿No me digas?
–Te digo. ¿Cenamos juntos?
Cassie arrugó la nariz.
–No, gracias. Devuélveme a mi cliente y nadie saldrá herido.
Roger se encogió un poco.
–¡No me pegues que me salen cardenales! –exclamó, antes de salir corriendo por el pasillo, con sus plataformas chirriantes.
Cassie no pensaba correr tras él. Unos meses antes se habría quitado los tacones y lo habría golpeado en la cabeza con ellos. Pero eso no era ni digno, ni sensato, ni responsable y la nueva Cassie era esas tres cosas. Aunque su cuerpo se lo estuviera pidiendo a gritos. En lugar de hacerlo, miró la puerta del despacho de su jefe y se levantó las mangas de la chaqueta por encima del codo antes de llamar.
–Hola, Cassie –la saludó el señor Nicholson. Pero la sonrisa pronto desapareció de sus labios–. Ah, veo que estás enfadada y ya sabes que a mí no me gustan las confrontaciones.
–¿Cómo sabe que estoy enfadada?
–Porque estás chupando furiosamente un caramelo como el día que tuviste que dejarle tu despacho al nuevo jefe de departamento. Pero fuiste muy generosa. Abandonaste el despacho sin pelearte con nadie y te lo agradezco mucho, Cassie. Eres una mujer de equipo, así que supongo que entiendes lo de Pesca de Anzuelo.
Cassie hizo una mueca.
–¿Va a dejar que Roger me robe a ese cliente?
El señor Nicholson levantó sus gruesas manos y se las pasó por lo que le quedaba de pelo.
–¿Robar? Yo no creo que te haya robado nada. Roger contestó al teléfono cuando llamaron, eso es todo. Aparentemente, sabe mucho sobre pesca.
–¡Ese cliente preguntó por mí especialmente!
–Estaba buscando a alguien para realizar una campaña publicitaria. Anzuelos. Para pescar –dijo el señor Nicholson, como si tuviera que explicarle lo que eran–. ¿Y qué sabes tú de pesca?
La pesca era algo que interesaba más a su ex marido, Dan, que a ella. ¿Por qué había recordado eso?, se preguntó entonces.
–Podría aprender. Eso es lo que hago siempre, investigar todos los aspectos del producto que hay que anunciar. No creo que los anzuelos sean muy difíciles de entender.
El señor Nicholson sonrió, condescendiente.
–Yo no digo que una mujer no pueda saber nada de pesca. No tiene nada que ver con tu género y sí con tener el producto en el corazón –dijo entonces, poniéndose la mano en el pecho–. Como la tarta de queso Galore. La adoro, por eso los anuncios son tan buenos. Pero a ti no te imagino pescando, te imagino más bien con flores, con ropa… Roger me ha dicho que es un buen pescador, así que es el mejor candidato. Cuando tengamos una campaña que se ajuste a tus características, será para ti –le prometió, sin percatarse de que Cassie chupaba furiosamente el caramelo–. Si te olvidas un poco del orgullo, te darás cuenta de que estamos aquí para servir al cliente de la mejor forma posible. Somos un equipo, así que espero que te comportes como un caballero y permitas que Roger consiga este cliente para la agencia.
Cassie había tenido que «permitir» muchas cosas en la agencia de publicidad Nicholson.
–Es difícil no «permitir» cuando alguien ya ha tomado la decisión. ¿No le parece?
–¿Va a dejar que ese idiota se quede con el cliente? –repitió Pam, incrédula.
–Sí. Porque, claro, ¿qué sé yo de pesca?
–¿Qué sabes tú de pesca?
–Pues que se tira la caña, el pez muerde el anzuelo, tú te pones histérica, le das un empujón a tu marido con el trasero y él cae del barco delante de todos sus amigos… –contestó Cassie. Pam la miró, atónita–. Déjalo, no he dicho nada. He sido una tonta durante demasiado tiempo. Pero no pienso abandonar. No voy a abandonar. Me niego a abandonar.
–Me parece muy bien. Tantas listas de objetivos te han convertido en una persona muy decidida.
–Sí. Y estoy decidida a, primero, no ser como mi madre, segundo, no ser un caballero y tercero, no permitir que me pisoteen –dijo Cassie. Y para probarlo, sacó una llave del cajón de Melody, la recepcionista.
–Te pones muy mona cuando estás enfadada –sonrió Pam–. Aunque estés pulverizando el caramelo. ¿Qué vas a hacer? ¿Insistir para que el señor Nicholson te deje presentar una campaña alternativa?
–¡Ja! ¿Y dejar que me dé un golpecito en la espalda, mientras me dice que eso no es de caballeros? Simplemente voy a entrar durante la presentación para mostrarles lo que he preparado.
–¿Y si el señor Nicholson te despide?
–No lo hará.
–Esto me está empezando a sonar un poco… impulsivo.
–No es impulsivo, Pam. Va a ser un ataque bien planeado en nombre de todo lo que es bueno y justo en el mundo. Y pienso ser honesta, además. Ya sabes que no puedo soportar a la gente deshonesta –replicó Cassie, metiendo la llave en la cerradura del despacho de Roger.
–¿Y entrar en el despacho de Roger a escondidas no entra en la categoría de cosas deshonestas?
–Claro que no. Tengo una llave. No estoy haciendo nada malo.
–Cassie, ¿y si alguien nos ve? ¿Y si nos arrestan? Saldremos en el periódico y…
–No digas bobadas –murmuró Cassie, abriendo la puerta. La oficina olía a la barata colonia de Roger–. Cuando decidí dedicarme a la publicidad, me hice la promesa de perseverar, de no abandonar nunca.
–Estás pensando en tu ex marido, ¿verdad?
–Claro que no. Estoy pensando en… el almohadón de punto de cruz que empecé el año pasado. Está en la cesta y me recuerda todos los días que nunca termino nada… Pam, deja de mirarme con esa cara. Vale, de acuerdo, estoy pensando en mi ex marido. No sabes el miedo que me dio pensar que me había convertido en mi madre. Ella se ha casado y divorciado tantas veces que no entiendo cómo no está mareada. Bueno, la verdad es que lo está, la pobre.
–Tú no eres como tu madre.
–No, pero lo era entonces. Estaba casada con un extraño guapísimo y, de repente, me di cuenta de la realidad: facturas, rutinas y… cuando empezó a hablar de hijos me dio un ataque de pánico. Probablemente, lo mismo que le pasó a mi madre con cada uno de sus ocho maridos. No estaba preparada. Salí corriendo y le hice daño a Dan… –explicó Cassie. Tenía un nudo en la garganta, pero debía ser por la rabia que sentía contra Roger–. Entonces juré que nunca jamás volvería a empezar algo que no estuviera dispuesta a terminar. Tengo que ahorrar 12.400 dólares antes de poder escaparme de aquí y abrir mi propia agencia. Así se hace una persona sensata: con objetivos concretos y nada de sensiblerías con los hombres.
–Ya. Sensata, quizá. Pero en cuanto a lo de las sensiblerías… La verdad es que no creo que vayas a encontrar nunca a un hombre que encaje con todas tus listas de objetivos.
–Se supone que deberías apoyarme.
–Soy tu amiga, Cassie. Y te digo que vas a terminar siendo una vieja solitaria con tantas listas y tantos objetivos. Acabarás haciendo punto de cruz, viendo la tele y cuidando a diecinueve gatos. Serás una de esas personas que vive rodeada de basura y te encontrarán cuando lleves una semana muerta…
–Al menos, no seré una vieja divorciada ocho veces, sin carrera y sin objetivos.
Como su madre, que la había llevado de ciudad en ciudad, de casa de un novio a otro, hasta que se cansaba o los novios se cansaban de ella. Sin raíces, sin hogar y sabiendo que no podía depender de su madre para nada. Ni siquiera tuvo un padre para darle algo de estabilidad porque dos años después del divorcio, murió en un accidente.
Cassie decidió dejar de pensar en ello y abrió uno de los cajones de Roger. Dentro, había un tubo de gomina.
–¿Sería muy mala si lleno este tubo de pegamento?
Pam soltó una carcajada.
–Sí. Muy mala.
Cassie volvió a echarlo en el cajón con el resto de las porquerías: piedra pómez, pastillas para el mareo, tiritas, crema para los granos, esprays nasales… Después de echar un vistazo sobre los papeles que había en la mesa, encontró un folleto del Campeonato de pesca de anzuelo en Naples, que empezaba al día siguiente.
–A las siete de la mañana. Qué horror. ¿Levantarse antes de que salga el sol para tirar una caña al agua? Nunca pude entenderlo –murmuró, intentando apartar de su cabeza la imagen de Dan desnudo, caminando de puntillas por el dormitorio antes de irse a pescar.
–Cada uno tiene sus gustos –dijo Pam.
–¿No hace mucho calor aquí? –preguntó Cassie, abanicándose e intentando concentrar su atención en el folleto y no en el recuerdo del trasero desnudo de su ex marido–. Vaya, el patrocinador del campeonato es precisamente la empresa Pesca de Anzuelo. ¿Qué te parece?
–¡Perfecto! Podrías ir a hablar con alguno de los pescadores. O quizá con el propio director de la empresa.
–¿Hablar? Voy a aprender todo lo que pueda sobre pesca, anzuelos y cañas acompañando a uno de los concursantes.
–¿Y si se pasa contigo?
–No me hará nada. Además, lo único que tengo que hacer es mostrarle estas piernas de garza y se le quitarán las ganas de seducirme –sonrió Cassie, levantándose un poco los pantalones.
–Yo creo que eres demasiado dura con esas piernas tuyas.
Pero ella sabía que Pam también estaba pensando en un pájaro blanco de patas flaquísimas.
–No te preocupes. No voy a acercarme a cualquiera. Le pediré al director del campeonato que me enganche con alguien respetable. Enganchar, ¿entiendes el doble sentido? –rio Cassie–. Si estás preocupada, ven conmigo.
–No puedo. Le prometí a Andy que lo ayudaría a limpiar el jardín este fin de semana. Pero te acompañaré al muelle.
–No hace falta.
–Claro que hace falta. Quiero ver a ese alguien «respetable» con el que vas a meterte en un barco.
Cassie sonrió, mientras cerraba la puerta del despacho de Roger. Además de Marion, su vecina, Pam era su mejor amiga. Y no le importaba que las dos fueran un poco maternales con ella. Cuando iban por el pasillo, se detuvo frente al cuadro estadístico.
–Roger, cerdo, aún no lo sabes, pero acabo de declararte la guerra.
Dan MacDermott miró sus cañas, comprobando que estaban bien colocadas dentro de las fundas. Después, comprobó la nevera: había suficiente cerveza como para todo el fin de semana. Pero faltaba algo. Dan miró dentro de la cabina, donde su perro, Thor, estaba tranquilamente comiéndose una oreja de plástico. Un regalo de su excéntrica abuela.
Thor, la cerveza, las cañas, la crema para el sol, las gafas… lo tenía todo.
Quizá necesitaba un barco más grande. Las mujeres siempre decían que el tamaño no importa, pero cuanto más grande es, más les gusta. El barco, por supuesto.
–Hola, Dan –lo saludó Jessie–. Este año, el campeonato va a resultar soso sin ti.
El sol apenas había salido por el horizonte, pero el muelle estaba lleno de hombres preocupados por el tamaño. De los peces, por supuesto.
–Sí, es una pena.
Pero no lo era. Y debería serlo. Al menos, debería estar contento porque iba a pasar un fin de semana pescando. Y no lo estaba. Debería estar contento con su vida de soltero de oro. Pero tampoco lo estaba.
Jessie sonrió.
–Si no compites tú, al menos los demás tenemos una oportunidad de ganar.
–Sí, claro. Buena suerte, Jessie.
Dan tenía la sensación de que el comité lo habría obligado a retirarse si no lo hubiera hecho él voluntariamente. Había ganado aquel campeonato cinco años seguidos.
Un campeón. Eso era. El campeón de Naples. El campeón de pesca de anzuelo. Un dios de la pesca.
–¿Qué tal, Dan? –escuchó una voz familiar.
–Hola, Hal.
No mucha gente recordaba que aquel hombre era su padre. Ni siquiera lo recordaban ellos. Hal solo tenía dieciséis años cuando su novia se marchó a Las Vegas… dejándole al niño. Y siempre habían sido más amigos que padre e hijo. Tanto, que Hal prefería que lo llamase por su nombre.
«No me siento como un padre», le había dicho cuando tenía seis años. Y Dan estaba de acuerdo.
–¿Qué te pasa? Pareces nervioso. Aunque este año ni siquiera vas a competir.
–Pero pescaré más que tú, aunque no cuente.
Era mejor cambiar de conversación que admitir que estaba inquieto.
Hal soltó una carcajada.
–Eso ya lo veremos, amiguito.