
ALPARGATAS CONTRA LIBROS
El escritor y las masas en la literatura del
primer peronismo (1945-1955)
ALPARGATAS CONTRA LIBROS
El escritor y las masas en la literatura del
primer peronismo (1945-1955)

IBEROAMERICANA - VERVUERT 2017
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ISBN 978-84-16922-26-0 (Iberoamericana)
ISBN 978-3-95487-571-9 (Vervuert)
ISBN 978-3-95487-617-4 (e-book)
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Este libro está impreso íntegramente en papel ecológico sin cloro
Impreso en España
A Marina, Santiago, Carlos, Nicolás, Luis y Tomás.
A María de los Ángeles Marechal.
INTRODUCCIÓN
I.EL CONTEXTO INTELECTUAL DE LA MASA
1.Proyectos educativos
2.Contexto histórico
Los antecedentes: la “Década infame”
La dictadura militar
El triunfo de Perón
El segundo mandato
3.La retórica peronista: las funciones de la masa
4.Política cultural y propaganda
5.Peronismo y campo literario
II.LA MASA, MIEDO O ILUSIÓN
1.Ganar la calle: el 17 de octubre
2.La manifestación desde dentro: Jauretche
3.Una “emoción nueva” desde el nacionalismo católico: los Gálvez
4.La manifestación como teatro: Borges
5.La fiesta de Dionisos: Borges y Bioy Casares
6.La masa invisible: Beatriz Guido
7.Una mirada desde la izquierda tradicional: María Rosa Oliver
III. LA INVASIÓN COMO RELATO
1.Casas tomadas: Cortázar y más allá
2.Cortázar: la música de las élites frente a Dionisos
3.La intimidad amenazada: Bioy Casares
4.Inundaciones, enfermedades, carnaval y osos res: el apocalipsis de Ezequiel Martínez Estrada
5.La invasión controlada: Leopoldo Marechal
EL ESCRITOR O LA MASA
BIBLIOGRAFÍA
ÍNDICE ONOMÁSTICO
Solo tiene catorce años y no sabe que en el futuro se llamará Stendhal. El joven Henri Beyle se entusiasma con las noticias sobre la ejecución de Luis XVI. Ya le tocaba, piensa. Todo su resentimiento hacia la nobleza procede de un amargo rechazo a su educación clerical y a la autoridad despiadada que ha ejercido su padre sobre él desde su mismo nacimiento. El tedio que le produce un mundo domeñado por normas irrespirables, la frustración permanente ante las puertas cerradas a la imaginación, todo eso le empuja a la rebeldía contra el orden impuesto por las élites. De ahí que, cuando comiencen las algaradas revolucionarias, Beyle sintonice su afán de libertad personal en la misma dirección que el pueblo y sus líderes revolucionarios.
Grenoble, la ciudad natal del escritor, se une pronto a la lucha. El inexperto aspirante a jacobino se cuela en las reuniones de los exaltados, pero bien pronto sufre su primera decepción. La gente que allá va no es de su gusto, ni lo será nunca. En sus recuerdos de entonces escribe:
Había allí unas mujeres de ínfima clase, muy mal vestidas. Se pedía la palabra desordenadamente… Me parecían horriblemente vulgares las gentes a las que hubiera querido amar… En una palabra, mi posición de entonces era igual a la de hoy: amo al pueblo y detesto a los opresores; pero sería para mí un suplicio vivir con el pueblo. Mi piel es demasiado fina, piel de mujer. De ahí quizá mi repugnancia inconmensurable por todo lo sucio, lo húmedo, lo negruzco (Stendhal, en Berges 34).
¿No es una premonición lo que le pasa a Stendhal? ¿No suena a ese despego inconfesado en tantos intelectuales que desde entonces, desde 1789, han predicado otras revoluciones? Pero hay más en este pasaje. Es la prevención contra la masa. El miedo a ser tocado, o a formar parte de ella. La desgana ante las manifestaciones colectivas. Algo que a veces cuesta asumir a ciertos intelectuales, o al hombre de letras en general, sea de la ideología que sea, porque se está habituado a trabajar en la intimidad, a leer, a escribir, o a reflexionar en medio de un círculo de amigos y colegas.Se trata, por cierto, de un viejo reproche utilizado por los sectores más conservadores para lanzarlo contra la izquierda intelectual. Ya durante la larga polémica sobre el caso Dreyfus, el católico Ferdinand Brunetière1 acusaba a la casta de intelectuales franceses de juzgar sobre cualquier asunto, cuando en el fondo todos sentían un indisimulable deseo de distinción frente a la masa que pretendían defender (Winock, 56)2. De acuerdo con esta argumentación, el intelectual caería en un individualismo estéril y contradictorio, incapaz de comprender y resolver los problemas de un sujeto colectivo —la masa— y los imperativos sociales que de ella emanaban. Sin embargo, este tipo de crítica antiintelectualista, frecuente en los medios conservadores o directamente reaccionarios, cae en una aporía difícilmente superable, ya que aquellos que argumentan contra los intelectuales incapaces de entender la marcha social suelen ser, a su vez, intelectuales ellos mismos y, por tanto, sospechosos de la misma incomprensión que denuncian ante sus colegas.
Por otra parte, cómo ignorar los requerimientos que la modernidad impone al letrado en relación con su sociedad. La calle es el lugar donde cuajan espacialmente los grandes proyectos de transformación social que los reformistas han pensado en libros y luego discutido en selectos clubes de debate. Desde el pensamiento moderno, solo las manifestaciones multitudinarias legitiman planteamientos, consagran la voz soberana del pueblo que se define como tal en cuanto ocupa plazas y avenidas. Los reclamos de la colectividad adquieren un poder en la medida en que ella se expresa en términos cuantitativos. Por eso, al mismo tiempo que puede sospecharse de sus prevenciones aristocráticas, el hombre de letras es capaz de sentir una imperiosa fascinación por incorporarse a la multitud. Ella expresa por sí misma una fuerza simbólica superior a las argumentaciones del individuo.
Llegados a este punto, nos instalamos en un dilema heredado desde finales del siglo xviii y que ha perdurado mientras los intelectuales han ejercido el poder de su palabra en el espacio público. ¿Hasta qué punto se asumen las conquistas de la colectividad? ¿Cómo conciliar el deseo de influir de manera positiva en la sociedad hasta identificarse con ella, sin ser absorbido por las carencias del mismo pueblo que se dice defender? La problemática a la que se aboca el intelectual se refiere a las fronteras de su campo de acción. Por una parte, experimenta la presión de un compromiso con la sociedad en la que denuncia numerosos errores, pero al mismo tiempo su espíritu crítico le paraliza, porque no deja de encontrar limitaciones en el mismo proceso transformador. “La modernidad funda una relación ambivalente entre el yo intelectual y su sociedad. De un lado el sujeto se pierde en la muchedumbre; de otro, reivindica su conciencia individual”, ha escrito Marc Augé (96).
Pero antes de seguir, quizá deberíamos preguntarnos qué se entiende y cuándo empieza a hablarse del concepto de “intelectual”3. Se suele aceptar en Europa, y sobre todo en Francia, que a partir del caso Dreyfus (y aun antes) los intelectuales se arrogaron un magisterio moral que hasta entonces detentaba la Iglesia católica. Lo que Paul Bénichou (1981) llamó “el sacerdocio laico del intelectual” se basa en el papel central del letrado en la consolidación de los valores de la modernidad. De lo que se trata ahora es de convertirse en portavoces de un nuevo universo de referencias éticas y políticas, respaldadas en la dignidad del Hombre con mayúsculas. Como es sabido, desde la Revolución francesa se asiste a un rápido proceso de separación entre el poder temporal y el espiritual. Frente al poder material (político, económico y social), muchos creyeron necesario contraponer otro poder alternativo al del cristianismo en retroceso. Además de la secularización de la vida cotidiana, contribuyeron al estatus de los intelectuales el desarrollo de la prensa y el régimen de libertades de ciertos países. De ahí que el intelectual se sienta legitimado para influir en la vida pública a través del compromiso con determinadas ideas políticas que, de entrada, no se derivarían de su ocupación profesional. Por este motivo Jean-Paul Sartre arriesgaba esta definición de intelectual:
Originalmente el conjunto de los intelectuales aparece como una diversidad de hombres que han adquirido alguna notoriedad mediante trabajos que proceden de la inteligencia (ciencias exactas, ciencias aplicadas, medicina, literatura, etc.) y que abusan de esa notoriedad para salir de sus dominios y criticar a la sociedad y los poderes establecidos en nombre de una concepción global y dogmática (vaga o precisa, moralista o marxista) del hombre (Sartre, en Winock 2010, 853).
Hay sin duda muchos debates sugeridos y matices que proponer a estas palabras, pero es innegable que toda reflexión sobre el intelectual comprueba el impulso del yo pensante hacia su sociedad y la capacidad de este último de “abusar”, de salir de su esfera especialista para opinar o criticar sobre otros ámbitos distintos de su competencia.
Por razones semejantes no debemos olvidar el carácter histórico y circunstancial que tiene la actuación del intelectual. Según los contextos nacionales su autorrepresentación puede variar de forma considerable. En este libro, dedicado a las relaciones entre el intelectual y la masa en Argentina a través de su literatura, se han tenido en cuenta la especificidad histórica y las cualidades singulares del estatus del escritor en una sociedad marcada por un crecimiento demográfico acelerado, un caudal inmigratorio sin precedentes, y la consolidación de un Estado que, a fines del siglo xix, restringió la participación pública de una parte de su sociedad.
La inserción del vocablo “intelectual” en Hispanoamérica fue bastante temprana, casi contemporánea del caso Dreyfus, en buena parte debido a la admiración probada que las élites habían sentido por Francia (Altamirano 2013, 25). Es justo decir que el campo estaba abonado, ya que a lo largo de todo el siglo xix el ejercicio de las letras se había anudado con estrechos lazos a la proyección en la vida pública por parte del escritor4. Periodistas y políticos llenan el ámbito literario hispanoamericano en su primer siglo de Independencia: Sarmiento, Mansilla, Ignacio M. Altamirano, Montalvo, González Prada, Isaacs, etc. Por la misma razón, los debates franceses acerca del estatus del intelectual cobran nueva vida en el otro lado del Atlántico. Desde los próceres de las letras independientes, de Sarmiento a Rodó, se asienta una oposición básica entre la masa, entendida peyorativamente como “chusma”, “turba” o “plebe”, y el sujeto intelectual que, desde la política, la literatura o el periodismo, trata de influir sobre un colectivo con el que mantiene una relación ambivalente. Por un lado, el letrado le adjudica la condición de pueblo libre y soberano de acuerdo con los principios ilustrados que dan sentido a las repúblicas nacientes; de otro, teme su potencial peligrosidad como masa generadora de desórdenes que atentan contra la estabilidad del mismo sistema (Montaldo 2002, 59-68).
El término “masa”, que tantas veces se asocia a “chusma” o “plebe” en el siglo xix, tiene un significado denigratorio en cantidad y en calidad. No siempre, por cierto, la masa ocupa el espacio urbano. Sarmiento llama “hordas” a las montoneras que perturban por las llanuras. En Facundo (1845) se observa un desprecio hacia un colectivo rural que, se supone, será ordenado en la medida en que la sociedad se urbanice. Echeverría, en “El matadero” (1870), va más allá, ya que el sujeto colectivo habita en la ciudad. De esta forma se expresan los miedos de una élite criolla y urbana ante la posibilidad de una reunión de la “chusma” con un único objetivo: la agresión hacia ese otro, el diferente que se identifica con el opositor unitario. En Echeverría la masa es abominable por el mismo hecho de ser un grupo indiferenciado de gente de baja condición que actúa como solo sabe hacerlo en esos casos. Es decir, ocupando un territorio —el arrabal, el matadero de la ciudad— y desde allí instalando un reino de barbarie: se distingue porque devora de forma salvaje un toro y luego, metafóricamente, a un enemigo del tirano, Juan Manuel de Rosas. Esta “ocupación” del espacio letrado, como veremos más adelante, se reduplica en algunas ficciones argentinas de la mitad del siglo xx.
La literatura modernista hispanoamericana, con Martí o Darío a la cabeza, vuelve al tema con variaciones sustanciales. Martí trata de incorporar a la masa a un proyecto letrado en Nuestra América (1891). Por cierto, esta visión de la masa como testigo mudo que debe dejarse conducir hasta el proyecto que le señala el intelectual no es solo privativa de un líder político como el cubano. Por otro lado, también es notable que este no dejara de asustarse ante el escenario de una sociedad de multitudes, como fue la Nueva York que conoció en la etapa final de su vida. Sus Versos libres son elocuentes:
¡Me espanta la ciudad! Todo está lleno
De copas por vaciar, o huecas copas!
¡Tengo miedo, ay de mí, de que este vino
Tósigo sea, y en mis venas luego
Cual duende vengador los dientes clave!
Tengo sed —mas de un vino que en la tierra
No se sabe beber! ¡No he padecido
Bastante aún, para romper el muro
Que me aparta ¡oh dolor de mi viñedo!
Tomad vosotros, catadores ruines
De vinillos humanos, esos vasos
Donde el jugo de lirio a grandes sorbos
Sin compasión y sin temor se bebe!
Tomad! Yo soy honrado y tengo miedo! (Martí 1995, 115-116).
La superioridad del intelectual modernista triunfa definitivamente en Ariel (1900) de Rodó. En este ensayo, como se recordará, Próspero, desde su mirador, educa a sus alumnos en las enseñanzas humanistas que formarán sus espíritus y, a la larga, informarán idealmente a la nación. Y cuando termine el libro, uno de los alumnos intuye el profundo sentido aristocrático de las enseñanzas de su maestro:
Cuando el áspero contacto con la muchedumbre les devolvió a la realidad que les rodeaba, era la noche ya. […] Solo estorbaba para el éxtasis la presencia de la multitud. Un soplo tibio hacía estremecerse el ambiente con lánguido y delicioso abandono, como la copa trémula en la mano de una bacante… Y fue entonces, tras el prolongado silencio, cuando el más joven del grupo, a quien llamaban Enjolrás, por su ensimismamiento reflexivo, dijo señalando sucesivamente la perezosa ondulación del rebaño humano y la radiante hermosura de la noche:
— Mientras la muchedumbre pasa, yo observo que, aunque ella no mira el cielo, el cielo la mira. Sobre su masa indiferente, como tierra de surco, algo desciende de lo alto. La vibración de las estrellas se parece al movimiento de unas manos de sembrador (Rodó 1985, 56).
La actitud de Rodó es la de quien, manifestando la separación entre sujeto intelectual y masa, siente la urgencia de dirigir, siquiera mediante un subterfugio espiritualista, a la colectividad. Esta no miraba al cielo, es decir, a los ideales, pero era merecedora de la atención educadora de los aristócratas. Este juicio, a medias fascinado, a medias temeroso, persiste en otros países, en los que los analistas ven con alarmante preocupación la irresistible marea inmigratoria que está dando lugar a un acelerado proceso de crisis en las grandes ciudades de principios del siglo xx5. En Europa la irresistible aparición de las multitudes como agente político desafía los análisis de los intelectuales. Por hablar de algunos textos clásicos de la época, libros como La psicología de las masas de Freud, Psicología de las multitudes de Gustave Le Bon o La rebelión de las masas de Ortega y Gasset parecen confirmar, fuera de los presupuestos de sus diagnósticos, una atracción por el fenómeno a la vez que no ocultan profundas alarmas acerca de sus consecuencias. La obra genial y visionaria de Canetti, Masa y poder, tiene una raíz autobiográfica, según confiesa su autor, quien participó de joven en una manifestación, experiencia que hizo tambalear su conocimiento del mundo:
Han transcurrido cincuenta y tres años y aún siento en mis huesos la emoción de aquel día. […] Me convertí en parte integrante de la masa, diluyéndome completamente en ella sin oponer la menor resistencia a cuanto emprendía. […] capté la verdadera imagen de aquello que, bajo la forma de la masa, ha dominado nuestro siglo […] Nunca he dejado de frecuentarla y observarla, y aun hoy día siento lo mucho que me cuesta separarme de ella, ya que solo he conseguido una parte mínima de mi proyecto inicial: conocer y comprender a la masa (Canetti 2003: 636, 645).
La vivencia de la colectividad desde dentro impulsa a la pérdida de la conciencia de su individualidad. El sujeto, antes confiado en el valor de su libertad y de su criterio personales, se sumerge en una vivencia de la otredad que lo integra en la colectividad. Ese abrazo de los otros es positivo y negativo al mismo tiempo. En la fenomenología de Canetti la fascinación por la masa convive con el miedo que produce su fuerza irracional, desde los progroms a las noches de los cuchillos largos. Si los movimientos políticos que congregan multitudes son un signo del siglo xx, parece cumplirse aquí el diagnóstico ambivalente sobre la Modernidad formulado por Marshall Berman: “Ser modernos es encontrarnos en un entorno que nos promete aventuras, poder, alegría, crecimiento, transformación de nosotros y del mundo y que, al mismo tiempo, amenaza con destruir todo lo que tenemos, todo lo que sabemos, todo lo que somos” (Berman 1988, 4). La multitud es un sujeto social colectivo que actúa en tensión con el orden promovido por el Estadonación moderno. Al mismo tiempo que desde el poder se ha llegado a alentar su conformación —tal el caso de los populismos—, no se desconoce la capacidad que tienen las masas de convertirse en una fuerza desestabilizadora, destructiva. Desde la teoría de la posthegemonía se ha señalado cómo esas masas funcionan en los regímenes populistas como una conjunción de hábitos y afectos, más allá de la pura y abstracta ideología, lo que permite gestionar el caos potencial que se derivaría de un descontrolado actuar de la multitud. Su condición es ambivalente6.
El libro que el lector tiene en sus manos fue concebido alrededor de dos imágenes literarias de alcance político y un país en trance de modernización. El país es la Argentina, y las dos imágenes son la masa que cobra protagonismo en el espacio público, y el intelectual que se arroga el papel de figura privilegiada, individuo situado en un espacio apto para la reflexión y el análisis. La tensión entre uno y otra constituye el germen de un estudio que necesariamente ha debido entrometerse en la historia y las ciencias sociales, antes de pasar al análisis literario propiamente dicho7. En efecto, tal y como veremos, la escisión entre el campo literario y el discurso político dominante es el cauce por el que discurrirá nuestro argumento.
En la década del cuarenta del siglo pasado la literatura argentina contaba con una pléyade de escritores sin rival en el mundo hispánico. Era la época en que Jorge Luis Borges daba a luz Ficciones (1944) y El Aleph (1949), dos libros fundamentales de la literatura occidental del siglo xx. Poco antes Adolfo Bioy Casares había publicado La invención de Morel (1940) y un joven Julio Cortázar había comenzado a despuntar con sus primeros cuentos fantásticos. También por aquel entonces Leopoldo Marechal culminaba Adán Buenosayres (1948), la primera gran novela en español que recoge el guante arrojado por Joyce con su Ulysses. Buenos Aires se había convertido en un foco cultural de primer orden, alentado por el impulso académico en las ramas humanísticas o la llegada de intelectuales españoles que huían de la dictadura franquista y por otros escritores como Witold Gombrowicz, que hacían lo mismo con respecto a los desmanes de la Segunda Guerra Mundial. Incluso algunos grandes nombres hispanoamericanos (Onetti, Fuentes o Piñera) pasaron una temporada en la capital del Plata. Para redondear el panorama, ciertas revistas y editoriales contaban con un excelente nivel tanto en sus catálogos como en el cuidado formal con que se preparaban sus publicaciones. Este contexto cosmopolita y brillante se gestó en medio de una sociedad desmoralizada por la cínica rapacidad de sus dirigentes y una subterránea tensión social. El escenario se transformó con la llegada de un carismático coronel, Juan Domingo Perón. El presidente que rigió el país desde 1946 a 1955 no solo introdujo decisivas reformas sociales y económicas, sino que demostró un modo original de explicar sus proyectos, un nuevo discurso político que incluía a los desposeídos y marginados en la construcción del país. Era el comienzo de una era histórica que atrajo a las masas al centro de la vida política. Claro reflejo de la fascinación que Perón ejerció sobre el proletariado argentino fueron las periódicas y multitudinarias manifestaciones de adhesión alentadas durante su gobierno. La experiencia de la colectividad masificada, resignificada en la categoría superior de Pueblo, marcaba el inicio de una lógica populista de profundo calado. El peronismo, más que una doctrina que su padre fundador explicaba magisterialmente en escritos y discursos, se convirtió en una constelación de símbolos colectivistas de poderoso efecto emocional. En el imaginario de sus seguidores las masas convocadas por el líder representaban la soberanía popular de la nación argentina. En consecuencia, un determinado programa político se terminaba por identificar peligrosamente con el proyecto nacional.
Sin embargo, muchos escritores argentinos no sintieron el mismo entusiasmo. Afectados por los resortes totalitarios del peronismo, asustados por la dimensión masiva y demagógica del fenómeno, casi todos los intelectuales, desde la derecha liberal hasta la izquierda, se declararon en contra del régimen. Esta última constatación la han compartido hasta los peronistas más acérrimos: los escritores que simpatizaron con la nueva forma de hacer política fueron una minoría. El caso de Argentina es sustancialmente original en su raíz. Hablamos del primer gran movimiento populista en América Latina que llega al poder con un efecto transformador de la sociedad y que, sin embargo, no contó con el apoyo de la clase intelectual. Tratar de mostrar el dramático distanciamiento de la literatura argentina de la época y el gobierno peronista a través de la ficción del período es el propósito de este ensayo. A partir de aquí se mostrarán las reacciones de escritores de muy distintos campos ideológicos, no en un único plano discursivo, sino a través de las formulaciones simbólicas con que comparece el peronismo en el territorio de la ficción.
Para ello, la primera parte se centra en las distintas expresiones del término “masa”, concepto capital en el debate intelectual y político argentino del medio siglo. Juan Domingo Perón manejó el término de forma dual, de acuerdo con los requerimientos de cada contexto. La carga peyorativa de la palabra “masa” tenía su origen en los discursos heredados de las élites letradas; no obstante, el discurso político peronista acabó por eliminar esos rasgos negativos al establecer la comunicación con nuevos receptores. Al cabo, la asimilación de masa peronista con pueblo argentino redundó en una identificación entre una determinada opción política y nación.
Por otra parte, el contraste de esta “comunidad organizada”, por emplear la terminología de Perón, con la mayoría de las imágenes de la multitud producidas en el campo intelectual dominante será más que notable. ¡Alpargatas sí, libros no! Este sería el grito que, según los enemigos del gobierno, corearían sus seguidores. Era como decir que el peronismo no quería saber nada de la educación y cultura y que solo le interesaban las alpargatas, esto es, repartir las migajas de la demagogia entre las clases populares. Durante las décadas anteriores se habían promovido diversas iniciativas desde muy diferentes opciones ideológicas, tendentes a construir el proyecto de progreso nacional sobre la base pedagógica ilustrada sarmentina. Movidos por el odio a lo que representaba este renovado y gigantesco proyecto populista, ajeno al protocolo educativo decimonónico, los escritores en su mayoría se situaron en el bando opositor. El campo literario argentino se rompió en pedazos8.
En realidad, la irrupción de las masas urbanas en el debate público se había producido varias décadas antes, con la abrumadora llegada en el último cuarto del siglo xix de los contingentes inmigratorios procedentes de Europa. Ya por entonces las élites intelectuales veían con preocupación la pujanza de un nuevo proletariado destinado a formar parte central de la sociedad de las siguientes décadas. El triunfo del peronismo cincuenta años después vino a cambiar definitivamente el panorama y obligó a que los programas culturales se repensaran desde parámetros que hoy reconocemos como populistas. Para las clases altas y medias argentinas, educadas en una formación humanista a lo Rodó, que separaba con nitidez la alta cultura de los “subproductos” populares, fue una violenta sorpresa encontrarse que, desde el poder, se favorecieran ciertos códigos de conducta y representaciones artísticas hasta entonces minusvalorados, cuando no prohibidos. Esta es una de las razones por las que la gran mayoría de los intelectuales dio la espalda a Perón. Aquellos que siguieron la línea gubernamental y se adhirieron al nuevo régimen sufrieron la proscripción de sus colegas. Entretanto, el gobierno, con unas directrices más bien eclécticas, al tiempo que procuraba el acercamiento de las masas a la alta cultura, fomentaba un rescate del folclore del interior o del sainete criollo, manifestaciones populares que poco tenían que ver con la literatura de las élites, la música clásica, las vanguardias artísticas, etc.
Necesariamente todo este ambiente de choque generó distintos productos culturales, uno de los cuales, la narrativa, dio cuenta de muy diferentes respuestas ante la irrupción de lo popular en el discurso público (Bracamonte 1996, 124-125). De acuerdo con este contexto, en la segunda parte me propongo estudiar las representaciones literarias de la masa, muy en particular la famosa manifestación del 17 de octubre de 1945, mito fundacional del peronismo. Como veremos, hay puntos de contacto en las percepciones de muchos relatos opositores, a pesar de las diferencias que pudieran existir entre conservadores y comunistas, por ejemplo. Todos eran unánimes en su desafección por la masa peronista.
La tercera y última parte continúa el análisis textual con el tema de la invasión de las masas en algunos escritores representativos de la literatura argentina durante la década de lo que se conoce como “primer peronismo” o “peronismo clásico” (1945-1955)9. Veremos, por ejemplo, cómo el sujeto intelectual configura estrategias que preserven su identidad individual frente al acoso o la posible amenaza de un programa populista en exceso uniformador de las conciencias10. El escritor formado en una cultura liberal se siente marginado dentro de una agenda política colectivista y revolucionaria11. Esto pudo suceder incluso cuando el escritor llegó a apoyar el peronismo. Las excepciones serán aquellos relatos más afines al discurso oficial, aunque no siempre, como también comprobaremos. Nuestro enfoque parte de los estudios de Avellaneda (10-11) en los que se ponía de relieve cómo la nueva situación política traída por el peronismo se expresó, entre escritores procedentes de las clases media y alta, como una invasión, real o figurada, de su espacio habitado12. Ahora bien, creo que el tema de la masa, en relación con el motivo de la ocupación espacial, rebasa la coyuntura históricopolítica cuando se contempla desde la mirada de un sujeto fuertemente individualista y se refiere a un problema antropológico más amplio13. Desde nuestra perspectiva, el espacio es susceptible de ser “ocupado” por la masa en detrimento del individuo, lo que provoca de inmediato una respuesta defensiva por parte de este. En muchos casos los intelectuales, en sus escritos, urdirán planes de fuga, arcadias íntimas, lugares alternativos donde refugiarse y preservar su identidad; y en otros ejemplos más puntuales se difuminará la idea de masa al imaginar la ocupación peronista como resultado del esfuerzo de unos pocos sujetos conscientes.
Mi análisis se ocupa sobre todo de nueve escritores de las banderas ideológicas más representativas de la Argentina del primer peronismo: Arturo Jauretche, Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares, Manuel Gálvez, María Rosa Oliver, Beatriz Guido, Ezequiel Martínez Estrada, Julio Cortázar y Leopoldo Marechal. Todos ellos vivieron de cerca el fervor y los himnos, los miedos y la violencia. El peronismo siguió inspirando el imaginario argentino décadas más tarde, y aún hoy es un tema cotidiano que une y enfrenta a los argentinos. Muchos han sido los escritores que desde 1945 han tomado al peronismo para abrazarse a él o zaherirlo sin misericordia. La vigencia del peronismo, que ha sobrevivido a su fundador mediante imprevisibles transformaciones, ha influido y sigue influyendo en el imaginario artístico y literario de la Argentina. Muchos son los escritores que no pueden prescindir hoy de su sombra tutelar en el plano puramente creativo. En mi caso, he preferido realizar un corte selectivo y me he quedado con un grupo significativo que vivió el advenimiento histórico del primer gran fenómeno populista de América. Solo tangencialmente haré referencia a la gran evolución vivida de los años sesenta en adelante, cuando parte de la izquierda intelectual se vaya decantando hacia el compromiso revolucionario latinoamericanista y se integre al peronismo.
El lector advertirá que me ha interesado el análisis narrativo por encima de las consideraciones especulativas, incluso en aquellos autores que destacaron más como ensayistas. Me ha atraído, por encima de las referencias abstractas, el relato personal que cada uno hizo de la experiencia masificadora del peronismo. Toneladas de libros y artículos se han generado alrededor del ideario peronista, sus relaciones con los grupos nacionalistas, el sindicalismo contemporáneo o la Iglesia católica, su deriva izquierdista en los años sesenta o la influencia de Eva Duarte en el imaginario argentino. Aunque en esta descomunal atención abunden los exámenes sobre sus debates ideológicos, he preferido una aproximación que evalúe los testimonios en su pura dimensión narrativa, con toda la carga subjetiva y ficcional que ello supone. Para Hayden White se debiera distinguir el evento (lo que ocurrió) del hecho histórico tal y como sería el relato transmitido por historiadores, novelistas, sociólogos, ensayistas, etc. La narración es, en este sentido, un elemento fundante de la Historia, ya que esta se presenta ante todo como relato, y, por tanto, como una construcción discursiva. A través de la fabricación de la historia llegamos, de forma inevitable, a versiones de los eventos filtradas por procedimientos retóricos: silencios, hipérboles, selecciones, inversiones temporales, recortes de lo realmente sucedido. De ahí, por cierto, la dificultad de encontrar una versión consensuada de los eventos históricos. Siguiendo, pues, esta idea, hemos partido de un terreno donde el disenso fue carta de naturaleza desde su misma aparición. A través de una estrategia característica de todo populismo, la razón peronista no aspiraba a la conciliación social, sino a instaurar una lógica hegemónica en nombre de un “pueblo”. Y ese pueblo se reveló, de forma evidente para sus partidarios y siniestra para sus detractores, en las tumultuosas manifestaciones con que el poder se legitimaba periódicamente. El peronismo fue, además de una reivindicación nacionalista de soberanía económica y un reclamo de justicia social, un fenómeno mucho más concreto. Fue una masa humana que se podía simbólicamente situar en un espacio urbano, algo físico, casi palpable, que se veía, se escuchaba y, según algunas sensibilidades tan exquisitas como clasistas, hasta se olía. El relato de esta experiencia primordial es lo que me ha interesado rescatar desde la perspectiva imaginativa y apasionada de la literatura14.
1Ferdinand Brunetière (1846-1906) fue un escritor católico, filólogo y director de la Revue des Deux Mondes, además de autor de una importante historia de la literatura francesa.
2El romanticismo y el realismo decimonónicos ya presentan numerosas tensiones y contradicciones, entre las que, por ejemplo, la autorrepresentación de los artistas es un caso notable. De una parte, muchos de ellos se alinean en las filas socialistas; de otra, atacan el utilitarismo burgués y exaltan el arte puro, propio de espíritus incontaminados por la grosera multitud. Se detecta un profundo disgusto frente a la plebeyez de los gustos populares. Balzac, Gautier, Flaubert, Baudelaire, Goncourt, etc., reaccionan contra la democratización de las letras y su integración en la sociedad capitalista de masas (ver Calvo Serraller, 73-79). Más adelante, el Modernismo hispánico escoge la posición marginal del intelectual y la diatriba contra la muchedumbre bárbara. Este discurso se lo apropiarán también los anarquistas de comienzos del siglo xx, como veremos para el caso argentino.
3La bibliografía es sobreabundante; pueden consultarse sobre la cuestión los es-tudios de Altamirano (2013), Dosse, Winock, Walzer, Said, Shils, entre otros.
4La bibliografía sobre el intelectual hispanoamericano se ocupa en su mayoría de marcos nacionales o locales. Es indispensable la obra colectiva en dos volúmenes dirigida por Altamirano (2008 y 2010). Pueden verse, entre otros, también Plotkin y González Leandri (2000) y los libros clásicos de Rama y Romero.
5Aunque, por supuesto, a lo largo del siglo pasado, muchos intelectuales de izquierda revolucionaria o próximos a los movimientos populistas se adherirán a posiciones que invierten el esquema modernista de Rodó: ahora son los intelectuales quienes deban aprender de la masa, incluso fundirse con ella. Montaldo (en Navascués 2002, 66-67) destaca el ejemplo de Fernández Retamar en su Calibán o incluso el del Che Guevara. Antes que la literatura revolucionaria cubana, también pueden aducirse muchos ejemplos, algunos tan conocidos como el Neruda del Canto general o el Vallejo de España, aparta de mí este cáliz.
6Las masas para Beasley-Murray pueden convertirse en “bad multitude, a truly monster and corrupt figure of devastation and destruction” (257), sobre todo si no se activa una política de contacto entre los cuerpos. Por eso, su condición es ambivalente: son tanto un agente de destrucción violenta como una fuerza constitutiva de lo que ha de venir.
7La bibliografía específicamente narratológica acerca del tema de las masas es, por lo que he podido comprobar, exigua. Pueden verse los estudios de Margolin, Richardson o Galván (2016).
8Para el desarrollo de este punto y de las actuaciones de los escritores analizados, ha sido de suma importancia el concepto de “campo literario” propuesto por Bourdieau en su clásico Las reglas del arte. Como es sabido, para el sociólogo francés el campo literario se representa como un conjunto de instancias de carácter social, político, económico y cultural en pugna con otras fuerzas similares para convertir a una obra en aceptable literariamente. Este conjunto lo forman editores, autores, críticos, lectores… También ha sido fuente de inspiración la teoría de los polisistemas (Even-Zohar 1979 y 1990).
9Utilizo estas expresiones, comunes en la bibliografía sobre el peronismo, para referirme al período comprendido desde la manifestación del 17 de octubre de 1945 y el golpe de septiembre de 1955, la llamada “Revolución Libertadora”, que acabó con el gobierno de Perón. Se habla de “primer peronismo” o “peronismo clásico” para oponerlo a las distintas etapas por las que pasó el movimiento, en una permanente reinvención de sí mismo que se ha convertido en su sello de identidad hasta hoy.
10Hubo muy diversas respuestas, incluso entre aquellos que se mostraron más críticos. Para un panorama sobre el género específico de la narrativa y el peronismo como tema literario, los estudios de Avellaneda o de Borello siguen resultando imprescindibles, además de trabajos más recientes como los recopilados por González (2015), o los de Pérez, Punte, Bracamonte o Edwards, entre otros.
11Cierto intelectual liberal y humanista sufre de forma aguda ese relegamiento, o incluso persecución, en otros procesos contemporáneos más virulentos que el peronismo, como los que caracterizan a los totalitarismos europeos, ya sean soviéticos o fascistas. Véanse las desoladas memorias del húngaro Sándor Márai: “Un día tuve que darme cuenta de que en aquella revolución me correspondía un papel, a mí, al burgués despreciado: el de enemigo. La filosofía humanista, en cuya cultura y forma de vida había crecido, con cuyo legado moral e intelectual me identificaba y de la que nunca podría renegar, era el enemigo número uno a ojos de los portavoces de los sistemas totalitarios. Los ideales humanistas de la burguesía eran la diana contra la que los jóvenes de la nueva ideología debían disparar las metralletas que el partido les ponían en la mano” (Márai 123).
12Este motivo, por cierto, puede rastrearse también en otros medios en los que una interpretación simbólica conduce a lecturas de carácter político, como el cine o el cómic de ciencia ficción en Argentina partir de 1955 (ver González Álvarez).
13La tensión narrativa entre multitud y sujeto individual no es privativa del discurso político en la modernidad, sino que puede detectarse en relatos de todo tipo. Valgan ahora como ejemplo los relatos de viajes analizado por Jean-Didier Urbain, a través de la contraposición entre el viajero (libre, consciente, individualizado, “espiritual”) y el turista (masificado, ignorante, mercantilizado, etc.). Desde Theroux, Gerbault, Darío y tantos otros, hay una amplia literatura de desprecio al turista en su dimensión multitudinaria (Urbain 1993, 45-77).
14Tengo una deuda de gratitud hacia una serie de colegas y amigos que, con sus consejos, charlas, lecturas del manuscrito o visiones históricas me acercaron a lo que significó el primer peronismo y su tormentosa relación con los escritores: entre otros, Luis Galván, Mariana Moraes, Norman Cheadle, María Rosa Lojo, Ramiro Podetti, Mariela Blanco, Inke Gunia, Carolina Cerrano, Héctor Ghiretti, Carina González. También quisiera agradecer a la Prof. Ana Marta González, así como al ICS de la Universidad de Navarra, por su apoyo económico. Por último, un recuerdo especial guardo para María de los Ángeles Marechal, quien me abrió las puertas de su casa en Buenos Aires y de la Fundación que dirige desde hace tantos años.
…sentado sobre el paredón, volvió a mirar al monstruo, millones de hombres, de chicos, de obreros, de empleados, de rentistas… ¿Cómo hablar de todos? ¿Cómo representar aquella realidad innumerable en cien páginas, en mil, en un millón de páginas? […] Seis millones de argentinos, españoles, italianos, vascos, alemanes, húngaros, rusos, polacos, yugoslavos, checos, sirios, libaneses, lituanos, griegos, ucranianos.
Oh, Babilonia.
La ciudad más gallega más grande del mundo. La ciudad italiana más grande del mundo. Etcétera. […] Lo nacional. Dios mío. ¿Qué es lo nacional? (Ernesto Sábato: Sobre héroes y tumbas).
El pueblo está hecho de masas (Karmelo Iribarren: Diario de K)
Durante la primera mitad del siglo xx Argentina se convierte en un país netamente urbano. Para 1940 Buenos Aires es, junto con México, San Pablo y Río, una de las cuatro únicas ciudades de Iberoamérica que supera el millón de habitantes. En estas urbes se está formando un proletariado que, según mandan los acontecimientos de la época, se siente relegado de la toma de decisiones políticas. Esa masa, pese al olvido político que padece, va a ir formándose en arrabales cada vez más imponentes por su tamaño, inmensos perímetros suburbanos habitados por gentes que surten de mano de obra a la incipiente economía industrial. ¿De dónde procedía todo aquel contingente humano? A partir de los años treinta se asiste a un notable movimiento de inmigración interior que desplaza a muchos habitantes de las provincias al extrarradio capitalino. José Luis Romero destaca cómo las ciudades masificadas en aquella época configuran sociedades escindidas: los nuevos emigrantes del interior buscan integrarse en un nuevo entorno que no conocen suficientemente y conviven con otros ciudadanos “normalizados” que miran con desconfianza, hasta con miedo, su llegada (Romero 336).
Este proceso demográfico venía precedido de una profunda transformación política operada en el siglo anterior. El paso del orden colonial a la Independencia implicó, además de cambios ideológicos e institucionales, el proyecto de un demos regulador de la vida pública para los nuevos países. Sin embargo, el proceso hacia la modernidad no se iba a realizar sin grandes obstáculos. El problema era la identificación de quién era el pueblo soberano o, mejor dicho, sobre qué sector social debía recaer la fuente de la autoridad política.
En el siglo xix, tras un período de turbulencias que concluye hacia 1870, las élites terminaron por adjudicarse esa función dirigente en exclusiva, pese a que los principios importados de Europa reclamaban una participación más amplia de la población. Es entonces cuando se consolida una oposición básica entre la masa, entendida peyorativamente como “chusma”, “turba” o “plebe”, y el sujeto intelectual que, desde la política, la literatura o el periodismo, trata de influir sobre un colectivo con el que mantiene una relación ambivalente. Por un lado, el intelectual le confiere la condición de pueblo libre y soberano de acuerdo con los valores ilustrados que dan sentido a las repúblicas nacientes; por otro, teme su potencial peligrosidad como masa generadora de desórdenes que atentan contra la estabilidad del mismo sistema (Montaldo 2002, 59-68).
Los conceptos de populus y plebs en el discurso político decimonónico se presentan, pues, como antagónicos y sin armonía posible, ya que al final del siglo el Estado hispanoamericano se consolida como una república oligárquica que mantiene una concepción restringida de “pueblo”. Hay Estado, pero no conciencia vertebradora de nación ni de pueblo en sentido amplio (Guaraglia 33-51). En estas condiciones, los poderes despliegan mecanismos de control de las masas apoyándose en argumentos que defiendan la supervivencia de la comunidad nacional y, al mismo tiempo, garanticen las libertades individuales. Es notable observar que el pensamiento ilustrado europeo, inspirador de la formación de las naciones latinoamericanas, se establece sobre el fomento, desde el Estado, de un individualismo que exhorte a pensar por uno mismo y a buscar el propio interés. Ahora bien, paradójicamente, solo desde este individualismo se animará a alentar la prosecución de los intereses colectivos. Desde el patrón liberal, la promoción de las libertades individuales y la valoración de las propias capacidades del yo debería redundar en un beneficio de la comunidad. Como destaca Dülmen, “el triunfo de la libertad de pensamiento y de fe, del derecho de propiedad y la libertad profesional señalaron importantes hitos en el camino de una sociedad individual que, en todo caso, tampoco renunciaría a la idea de lo general, de lo que está por encima de todos los individuos” (Dülmen 146). En la América Latina del tránsito del s. xix al xx las oligarquías locales impulsaron las iniciativas privadas sin abandonar una retórica patriótica que sublimaba las ideas de progreso social y civilización. Sin embargo, estos discursos no llegaron a calar en los estratos populares, marginados de la práctica política y el desarrollo económico.
En Argentina, como en casi toda Hispanoamérica, el período que comprende aproximadamente entre 1880 y 1930 se caracteriza por cambios estructurales tan profundos que casi en cualquier observador de la época podemos encontrar dosis enfrentadas de optimismo e inquietud, ilusión y angustia. Se opera así un movimiento positivo y negativo al mismo tiempo, pero siempre tan vertiginoso que hace perder el pie a quienes lo viven o padecen por la rapidez de sus transformaciones. Es la impresión dual que algunos estudiosos como Berman han identificado con la percepción de la modernidad entre quienes la viven de forma consciente. En Argentina el colosal aumento de la población debido al fenómeno de la inmigración europea es el principal causante de este sentimiento ambivalente y turbador.
La irrupción de las masas urbanas en el debate público empieza a producirse con el asentamiento de contingentes procedentes de Europa. Tras la derrota de Juan Manuel de Rosas en la batalla de Caseros (1852) se habían ido asentando las bases de “una república posible”, por utilizar términos propios de Juan B. Alberdi, uno de los intelectuales más influyentes del período. En aquel entonces se implantan nuevos medios para el progreso de un país que se sentía destinado, desde su clase dirigente, a ocupar una plaza de supremacía en su contexto regional: libertades económicas y políticas, impulso de la inmigración, inversión en ferrocarriles, etc. Un proyecto liberal acaba por instaurarse en el período conocido tradicionalmente como de la “Organización Nacional” (1852-1880), sobre todo durante las presidencias sucesivas de Mitre, Sarmiento y Avellaneda. La Argentina destaca por sus avances en materia educativa, con éxitos en el destierro progresivo del analfabetismo1, así como por el levantamiento de las restricciones sobre la libertad de prensa. Se abren librerías e imprentas en Buenos Aires, aparecen sociedades lectoras y los periódicos forman parte de la vida cotidiana de las ciudades. El sistema escolar y la prensa se convirtieron así en instrumentos de unificación social y de consolidación de una identidad política. En este sentido, se conforman unos determinados modelos socioculturales basados en las premisas del ideario liberal argentino: la inmigración europea y la homogeneización racial se convierten en las metas a las que se debe aspirar para construir una república de ciudadanos libres y progresistas. La producción literaria del período, muy en particular la novela, refleja los patrones sobre los que se articula un proyecto político y cultural cimentado en los valores liberales y pragmáticos de la civilización anglosajona mezclada con el sustrato criollo (Ortiz 35-71).
Sin embargo, a partir de la década del 80, las élites, que habían impulsado el proyecto inmigratorio, empiezan a ver con inquietud la pujanza de ese nuevo proletariado destinado a formar parte central de la sociedad a lo largo de las siguientes décadas. Eugenio Cambaceres, novelista de la generación del Ochenta, describe en Música sentimental (1884) la llegada de un grupo de inmigrantes vascos al puerto de Buenos Aires:
Lotes de pueblo vasco, hacienda cerril atracada por montones, al muelle de pasajeros de Buenos Aires, diez o quince años antes, con un atado de trapos de coco azul sobre los hombros y zapatos de herraduras.
Lecheros, horneros y ovejeros, transformados con la vuelta de los tiempos y la ayuda paciente y resignada de una labor bestial, en caballeros capitalistas que se vuelven a su tierra pagándose pasajes de primera para ellos y sus crías, pero siempre tan groseros y tan bárbaros como Dios los trajo al mundo (Cambaceres 1).
En la sangre