
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2007 Dawn Temple
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Marido y mujer, n.º 1728- septiembre 2018
Título original: To Have and To Hold
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia. Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.
Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-9188-619-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Índice
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 8
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Si te ha gustado este libro…
UN delicado resplandor violeta invitó a Lindy Lewis Monroe a abandonar la oscuridad del establo. Cruzó las puertas y se detuvo bruscamente, sobrecogida. Ante ella, el alba teñía el cielo de Tenessee con los colores de la renovación y la esperanza, un recuerdo visible de que la vida continuaba.
«Bonito día para un entierro, ¿eh, abuelo?».
Tenía miles de cosas que hacer antes del entierro de su abuelo, pero aun así, permaneció durante varios minutos en el corral, compartiendo un último amanecer con la única persona que siempre había estado a su lado.
—Adiós, abuelo. Te quiero.
La fría brisa de la primavera le hacía estremecerse y los dientes le castañeteaban, perturbando el sepulcral silencio de la granja.
«No te quedes ahí como un pasmarote, jovencita».
El susurro recordado de su abuelo le obligó a reaccionar. Siguiendo su consejo, le dio la espalda a aquel espectacular amanecer y caminó rápidamente hacia la casa.
En la habitación de la entrada, se quitó las botas, los vaqueros y la vieja camisa de cuadros rojos y blancos de su abuelo. La franela todavía conservaba su olor. Enterró el rostro en la camisa, se secó con ella una lágrima y la dejó caer al suelo. El aire frío acarició sus brazos. La camiseta que llevaba bajo la camisa apenas le ofrecía algún calor.
Dejó la ropa húmeda apilada en el suelo y cruzó a la cocina, dejándose envolver por aquel calor que la recibía cada vez que ponía un pie en la que había sido la casa de su infancia. Durante toda su vida, había soñado con poder compartir aquel calor con su propia familia.
Pero no todos los sueños se hacían realidad. Hacía mucho tiempo que Lindy había tenido oportunidad de cumplir el suyo, pero había terminado perdiéndolo todo: su marido, su hijo y su corazón. Jamás volvería a confiarle sus sueños a nadie.
Pero no tenía que pensar en el pasado, sino concentrarse en el presente. Tomó aire, una ráfaga de aire limpio con la que arrastrar la tristeza. La fragancia de su café favorito inundó sus sentidos.
Debería haberse imaginado que Alice pasaría por allí aquella mañana. Alice Robertson había sido amiga, vecina y ama de casa a tiempo parcial de la familia Lewis durante más años de los que nadie podía imaginar. Saber que estaría a su lado le hacía sentirse mucho mejor, pensó Lindy mientras se acercaba a la cafetera. En el mostrador le esperaba una taza con leche y crema.
Qué mujer más encantadora, pensó. Por primera vez desde que había abandonado el hospital tres noches atrás, curvó los labios en una sonrisa. Y se estaba preguntando por qué Alice no se habría quedado a compartir el café con ella, cuando se volvió y se encontró ante el pasado que había estado intentando olvidar: Travis Monroe.
Contuvo la respiración, cerró los ojos, esperó durante un largo segundo y volvió a abrirlos lentamente. Travis no había movido un solo músculo.
Aquel hombre al que no veía desde hacía casi un año, permanecía apoyado contra el marco de la puerta con una taza humeante en la mano. Tenía el pelo revuelto, sin duda alguna por el propio nerviosismo de sus dedos, y una sombra de barba oscurecía su mandíbula. Llevaba el traje arrugado y él mismo estaba demacrado. Y, fantástico.
Y tenía sus maravillosos ojos verdes y dorados clavados en la delgada tela de algodón que se pegaba a los senos de Lindy.
«Genial», pensó ella, «aparece Travis de pronto y yo estoy aquí, parada en medio de la cocina medio desnuda».
A pesar de su desnudez, Lindy se negaba a cruzarse de brazos, en un virginal intento de ocultar lo que tan íntimamente había conocido Travis.
—¿Qué estás haciendo aquí?
Su brusquedad consiguió hacer salir a Travis de su estupor. El enfado y el deseo que reconoció Lindy en su expresión le hicieron retroceder un paso.
—¿Qué ha sido de la legendaria hospitalidad sureña?
—La hospitalidad está destinada a amigos e invitados. Y tú no eres ninguna de las dos cosas.
—No, sólo soy tu marido.
Travis se apartó de la puerta que separaba la cocina del cuarto de estar.
—¿Cómo has conseguido entrar?
—La puerta estaba abierta.
¿Abierta? Lindy frunció el ceño, momentáneamente sorprendida, hasta que su cerebro conectó todos los datos. Su abuelo era el que se encargaba de cerrar las puertas por las noches. Una nueva punzada de tristeza atravesó su corazón, pero la contuvo con determinación. Más tarde, cuando estuviera sola, dejaría que fluyeran las lágrimas.
Pero en ese momento, puso los brazos en jarras e intentó a hacerse a la idea de que iba vestida con un peto de pana y no con una camiseta de algodón casi transparente.
—Normalmente, sólo cerramos las puertas del gallinero. Aquí no solemos tener problemas con las alimañas.
—Un buen lema para la Cámara de Comercio.
El rubor cubrió entonces las mejillas de Lindy. ¿Por qué cuando estaba con Travis le costaba tan poco olvidarse de su habitual amabilidad? Pero conocía de sobra la respuesta: porque nadie le había hecho tanto daño como él.
—Me aseguraré de transmitir tu sugerencia. Procediendo de una persona con una trayectoria profesional como la tuya, estoy segura de que le prestarán la atención que se merece.
—Veo que sigues teniendo la lengua tan afilada como siempre. Aunque recuerdo otra época en la que tu respuesta solía ser un ronroneo. O un gemido.
Que el cielo la ayudara. Ella también recordaba aquella época. Y con demasiada frecuencia. Pero aquél era su secreto. Travis no tenía por qué saberlo.
—Odio desilusionarte después de que hayas venido hasta aquí, pero hoy voy a tener un día muy apretado. Y los dos sabemos que tú también eres un hombre muy ocupado. Pero puedo llamar más tarde a tu secretaria. A lo mejor Marge puede hacerme un hueco en medio de tus importantes compromisos.
Travis dio un paso hacia ella. Todo el deseo había desaparecido de sus ojos.
—¿Crees que a mí me apetece estar aquí?
—¿Entonces por qué has venido? Yo no te he pedido que lo hicieras.
—No, no me lo has pedido. Ya dejaste suficientemente claro hacia quién iban dirigidas tus lealtades.
—¡Mis lealtades!
—Tú eres el único que habla continuamente de lealtad —¿cuántas veces había salido Travis al rescate de su «verdadera» familia, sin molestarse siquiera en decirle cuándo pensaba volver?
—Fuiste tú la que te marchaste —replicó Travis con voz glacial—. Hasta que no leí esa maldita nota que dejaste, jamás te había considerado una cobarde. Siempre alardeabas de ser «descendiente de los valientes Lewis».
El linaje de los valientes Lewis. Aquél era el lema de su abuelo. Su respuesta a todos los problemas con los que se había encontrado a lo largo de su vida.
—¿Cómo te atreves a echarme en cara las palabras de mi abuelo? Debes haber pasado demasiado tiempo con tu hermano. Ésa es la clase de respuesta cruel que puede esperarse de un hombre como Grant.
El semblante de Travis reflejó el dolor provocado por sus palabras, pero Lindy endureció su corazón.
—Es evidente que has venido hasta aquí para molestarme. Pues lo has conseguido. Ahora ya puedes marcharte.
—¿Marcharme? ¿Ésa es tu única respuesta? ¿Cuando las cosas se ponen difíciles, hacer las maletas y regresar a casa?
—¿Qué otra opción tenía? No me diste ninguna razón para quedarme —estaba elevando la voz, pero no le importaba—. Trabajabas durante veinte horas al día siete días a la semana. En las raras ocasiones en las que volvías a casa, lo hacías para echarte una siesta rápida, ¡y en la habitación de invitados, por el amor de Dios! ¿Tienes idea de hasta qué punto me desmoralizabas?
Se interrumpió para tomar aire. Incluso un año después, la idea de no ser para Travis nada más que una obligación le resultaba dolorosa.
—Nunca pretendí hacerte daño. Pero no era consciente de lo que querías, de lo que necesitabas.
—Podrías haberlo preguntado.
Había necesitado desesperadamente su consuelo. Y lo único que había conseguido había sido su silencio. Su ausencia.
—Supongo que quería esperar hasta que te hubieras recuperado antes de… —se encogió de hombros—. Antes de abordar un tema tan complicado. Nuestra relación ya era demasiado inestable.
—Lo poco que quedaba de nuestra relación, murió esa misma noche.
Se le quebraba la voz, como ocurría cada vez que recordaba el accidente de coche que había destrozado sus vidas. Se llevó las manos al vientre. Si su hijo no hubiera muerto, ¿habría sobrevivido su matrimonio?
—Daría cualquier cosa por cambiar el pasado —susurró Travis.
El calor que transmitía su voz minaba una vez más la resolución de Lindy. Intentando defenderse, respondió con dureza:
—En cualquier caso, ni siquiera tú puedes hacerlo. Y yo tengo que asistir a un entierro.
Se volvió para marcharse, desesperada por escapar antes de que las lágrimas desbordaran sus ojos.
El cálido contacto de la mano de Travis interrumpió su retirada.
—Sentí mucho enterarme de lo de Lionel. Sé lo mucho que significaba para ti.
Lindy era consciente de que el cosquilleo que le causó el contacto con Travis no estaba bien. Por el amor de Dios, faltaban sólo unas horas para que enterrara al único familiar que había tenido nunca.
Bajó la mirada hacia el lugar en el que la piel morena de Travis acariciaba su piel clara. Consciente de que él notaría cómo se le aceleraba el pulso, intentó atribuir su reacción al enfado. De modo que alzó la mirada y arqueó una ceja.
Pero Travis curvó la comisura de los labios. No se dejaba engañar. Fueran cuales fueran los problemas que hubieran tenido, la química no había sido uno de ellos. Cada vez que estaban a menos de medio metro el uno del otro, entraban en combustión.
Lindy suspiró con tristeza y liberó su brazo. Aquella explosiva atracción explicaba mejor que ninguna otra cosa que todo hubiera acabado de manera tan desastrosa.
—Haznos un favor a los dos, Travis. Vuelve a Atlanta, al lugar al que perteneces.
Travis permanecía a la sombra de un roble, en el cementerio, observando a Lindy tras la protección que le ofrecían las gafas de sol. Ella permanecía rígida como un soldado, seria y compuesta. Pero le temblaban las manos.
Había conseguido domeñar sus rizos rubios en un sofisticado moño a la altura de la nuca. Un traje negro se abrazaba a su cuerpo, mostrando sus senos llenos y la curva de sus caderas.
No llevaba gafas de sol, se enfrentaba a la mirada del sol y a las especulaciones de los allí reunidos sin máscara alguna.
El teléfono móvil de Travis vibró por tercera vez en media hora. Travis metió la mano en el bolsillo del traje y lo desconectó. Monroe Enterprises o, más específicamente, su padre y su hermano, tendrían que arreglárselas sin él durante un par de días.
Porque no iba a ir a ninguna parte hasta que no hubiera averiguado por qué le habían pedido que acudiera al entierro de Lionel Lewis.
—No debemos pensar solamente en nuestra pérdida —estaba diciendo el sacerdote—. Debemos recordar la felicidad que Lionel llevó a nuestras vidas.
Aquellas palabras penetraban en la conciencia de Travis, pero su mirada continuaba pendiente de las personas reunidas en el entierro, entre las que permanecía Lindy, junto al ataúd de su abuelo.
Sus ojos volaron hacia un tipo descomunal que la agarraba del codo. Reconoció inmediatamente a aquel canalla. Jamás olvidaría la imagen de su esposa abrazada a su pecho.
Tras haber leído la nota que Lindy le había dejado, había salido inmediatamente hacia Tenessee… Y esa misma noche había descubierto a Lindy bailando en la plaza del pueblo con un granjero. Travis se había marchado de allí sin saber el nombre del tipo en cuestión y, una vez en Atlanta, había pasado la noche ahogándose en whisky.
Había averiguado ya el nombre de aquel tipo. La anciana que llevaba la pensión que pretendía pasar por un hotel en aquel pueblucho de mala muerte le había proporcionado encantada su identidad.
—Gracias a Dios, tiene a Danny Robertson —le había explicado—. Lindy necesita un hombre fuerte en el que apoyarse en estos momentos difíciles. Y Danny es un gran chico.
Su anfitriona no había ahorrado detalles sobre la larga amistad de Lindy con el propietario del almacén de semillas y piensos de la zona.
A su alrededor, los asistentes al entierro comenzaron a susurrar un padrenuestro.
—Y no nos dejes caer en la tentación…
La tentación. Exacto. Travis cambió de postura bajo el calor del sol y observó a Lindy. ¿Sería posible que ella no supiera que lo había llamado un abogado el día anterior para darle los datos del entierro de Lionel y citarlo para una reunión que se celebraría a la mañana siguiente?
Aquella mañana, parecía haberse sorprendido de su presencia. Y no sólo porque la hubiera pillado prácticamente desnuda.
La seductora imagen de su esposa vestida con una camiseta de tirantes invadió su cerebro. No podía recordar la última vez que había visto a Lindy con tan poca ropa encima.
Y había pasado mucho tiempo desde la última vez que la había visto sonreír.
Estaba tan concentrado en Lindy que no advirtió que Robertson se había acercado a ella hasta que aquel hombre del tamaño de un oso posó una de sus garras en su hombro.
Travis esperaba que Lindy moviera el hombro, rechazando aquella muestra de afecto. Pero, en cambio, alzó la mano, la posó sobre los dedos que descansaban en su hombro y le ofreció a Robertson una sonrisa.
A Travis se le retorció el estómago. Dio un paso adelante con los puños apretados. Afortunadamente, el sentido común se hizo cargo de la situación. No podía pegarse con un hombre el día del funeral de Lionel. De modo que retrocedió e intentó concentrarse en el entierro.
Lindy sonrió agradeciendo los pésames hasta que las mejillas le dolieron. Las lágrimas contenidas le ardían tras los párpados. Al parecer, todos los habitantes de Land’s Cross habían decidido acercarse a presentarle sus respetos.
Se sentía culpable. Era mucha gente, y a la mayor parte de ella la conocía desde siempre. Y, sin embargo, una sola persona monopolizaba sus pensamientos: Travis.
¿Qué estaría haciendo allí? Lindy habría dado cualquier cosa por enterarse de por qué había ido a apoyarla.
Durante su breve matrimonio, Travis le había demostrado una y otra vez que ella nunca era una prioridad. Diablos, como esposa y futura madre de su hijo, ni siquiera ocupaba un segundo lugar. Como mucho, podía asignarle un tercero y a mucha distancia del que ocupaban su familia y su preciada Monroe Enterprises.
Fuera cual fuera la razón que había llevado a Travis hasta allí, evidentemente, no eran las ganas de consolarla.
Como la mayor parte de los dolientes habían salido ya hacia la granja, pudo poner fin a su sonrisa forzada. Apretó los dientes y observó a Travis atravesar el cementerio a grandes zancadas. Se había quitado las gafas de sol y tenía los ojos fijos en ella.
Se estremeció al verlo y Danny, que continuaba a su lado, posó la mano en su hombro y le susurró al oído:
—¿Quieres quedarte aquí?
Eran amigos íntimos desde la infancia y Lindy comprendía lo que quería decirle en realidad: «si necesitas llorar, dímelo y te sacaré de aquí tan rápidamente que nadie verá una sola lágrima». Danny siempre había valido su peso en oro.
Lindy asintió en silencio, pero su mirada continuaba fija en Travis, que avanzaba lentamente hacia ella. Los separaban más de cinco metros y, aun así, se sentía completamente atrapada por la pura fuerza física de su presencia.
Era una sensación más fuerte que la química que los unía. Casi como…
Interrumpió sus pensamientos cuando Travis inclinó la cabeza hacia la izquierda, liberándola de la sujeción de su mirada. Al notar que algo se movía a su alrededor, Lindy miró en torno a ella y parpadeó varias veces. Estaba tan concentrada en Travis que, por un instante, se había olvidado de dónde se encontraba.
Se concentró entonces en el hombre que estaba frente a ella. Chester Warfield la observaba con atención, entrecerrando los ojos para protegerse del sol de la tarde. Chester había sido el mejor amigo de su abuelo durante más de sesenta años, y su abogado durante casi cincuenta. A Lindy se le llenaron los ojos de lágrimas y la tensión de sus labios dio paso a una sonrisa.
Chester contestó con un solemne asentimiento de cabeza y le abrió los brazos. Lindy no vaciló, se enterró inmediatamente en aquel abrazo, permitiéndose pensar, durante una décima de segundo, que todo saldría bien.
Entonces Travis se aclaró la garganta.
¿A quién pretendía engañar? Su vida no volvería a ir bien nunca jamás.
Después de darle unas palmaditas en la espalda, Chester la soltó, se volvió hacia Travis y le tendió la mano.
—Usted debe de ser el señor Monroe. Yo soy Chester Warfield. Hablamos ayer, ¿verdad?
Travis inclinó la cabeza ligeramente y aceptó la mano que el hombre le tendía.
—Me alegro de conocerlo personalmente, señor Monroe, a pesar de las tristes circunstancias que nos unen.
Lindy estudió a ambos hombres con atención: la expresión velada de Travis y la extraña sonrisa de Chester.
—¿Os conocéis?
—No exactamente —contestó Chester, y se aclaró la garganta—. Pero, como abogado tuyo, estaba legalmente obligado a ponerme en contacto con él.
Lindy sacudió la cabeza, intentando encontrar sentido a las palabras de Chester. Danny se acercó más a ella y la agarró del brazo. A esas alturas, Lindy se había olvidado de su presencia.
—¿Nos vamos? —le preguntó suavemente.
—No —contestó Lindy, apartándose de él—. Espera un momento, Chester. ¿Qué quiere decir eso de que estás legalmente obligado?
Lindy experimentó un instante de pánico cuando vio que Chester se sonrojaba. El rostro de su abuelo tenía el mismo color segundos antes de que sufriera el ataque al corazón.
Pero tras una inspección exhaustiva, comprendió que Chester no era víctima de ningún infarto, sino, más bien, de un caso agudo de «no te va a gustar lo que te voy a decir».
Las alarmas internas de Lindy comenzaron a activarse.
—Dispara inmediatamente —le ordenó.
Chester miró a Danny.
—Éste es un asunto familiar.
Lindy reconoció al instante su táctica dilatoria. Aun así, y aunque Danny era prácticamente parte de la familia, le pareció bien contar con un poco de intimidad. Cuantos menos testigos, mejor.
—Danny, ¿nos perdonas un momento?
—Claro. Te esperaré en la camioneta y te llevaré a casa cuando termines.
—No será necesario —replicó Travis por primera vez—. En cuanto terminemos con estos asuntos de familiares, llevaré a mi esposa a su casa.
¿Familiares? Genial. A esas alturas se daba cuenta de que formaban parte de una familia.
Estupefacta, giró la cabeza, pero el comentario mordaz que estaba a punto de hacer se le quedó en la punta de la lengua. Travis y Danny permanecían a menos de medio metro de distancia, midiéndose con la mirada.
Lindy dio una patada en el suelo para reclamar su atención.
—Parecéis un par de pavos reales. ¡Ya basta!
Tomó aire y contó hasta diez. Siguió hasta veinte.
—Danny, te llamaré mañana, ¿de acuerdo? —alzó la mejilla para aceptar su beso.
Tras fulminar a Travis con la mirada, Danny se volvió y se dirigió hacia su camioneta.
Demasiado cansada como para prolongar aquella reunión, Lindy le dijo a su abogado:
—Supongo que lo que no quieres decirme, tiene que ver algo con él —señaló a Travis con el pulgar.
Chester asintió.
—Muy bien —Lindy tomó aire—. Oigámoslo.
—Ayer me puse en contacto con el señor Monroe en calidad de ejecutor del testamento de Lewis. Le informé de la muerte del señor Lewis y requerí su presencia en la lectura del testamento de Lionel.
—¿Por qué?
—Tu abuelo ha dejado toda su propiedad al señor y la señora Travis Monroe.
Las campanas de alarma que habían estado sonando en el cerebro de Lindy se interrumpieron para ser sustituidas por el rugido del impacto provocado por la noticia. A pesar del sol de la tarde, un frío glacial le heló los huesos. Cerró los ojos con fuerza. Evitar las lágrimas parecía de pronto una tarea imposible.
De pronto, el suelo que tenía bajo los pies pareció inclinarse, haciéndole perder el equilibrio. Pero la mano fuerte de Travis en su hombro le permitió permanecer firme.
—No —susurró—. No me toques… Por lo menos ahora sé por qué has venido. Has venido a Land’s Cross para la lectura del testamento de mi abuelo.
—Eso me temo.
Lindy debería haberse imaginado que la presencia de Travis no tenía nada que ver con ella, pero le dolía oírselo admitir.
Al parecer, no la quería a ella, sino a la granja. ¿Por qué si no iba a estar interesado en aquel testamento? El proyecto de futuro de Lindy estaba vinculado a aquellas tierras. Y no iba a dejar que Travis le arrebatara aquel sueño de las manos. No, otra vez no.
«¿Cómo sabes lo que quiere, jovencita? ¿Se lo has preguntado?¿Alguna vez le has dicho tú lo que querías?». Las palabras de su abuelo se repetían en su cerebro. Lionel, un hombre chapado a la antigua, se había pasado todo un año intentando que le diera una segunda oportunidad a su matrimonio.
—Bueno, Lindy, dale una tregua al chico —la voz de Chester le hizo volver a la realidad—. Sólo está haciendo lo que Lionel quería.
—¿Y qué pasa con lo que yo quiero?
Travis dio un paso adelante y abrió la boca, pero antes de que pudiera hablar, Lindy alzó la mano.
—No te molestes en preguntar, Travis. No puedes darme lo que quiero.
Quería que su abuelo viviera. Quería que su sueño de abrir una escuela en la granja pudiera hacerse realidad. Quería ser madre y esposa.
—Quiero volver a casa.
Travis observó a Lindy desaparecer tras el roble gigante del cementerio. De casi dos metros de ancho, era un refugio perfecto para el llanto. Y si había alguien que se mereciera poder ocultar sus lágrimas, ésa era Lindy.