
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2005 Jo Ann Vest
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Testigo enamorado, n.º 224 - septiembre 2018
Título original: Security Measures
Publicada originalmente por Silhouette® Books.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-9188-915-1
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
—¡Nunca me dejas que me divierta!. Eres tan paranoica que apenas me dejas hacer nada si no estás tú presente. ¡Si mi padre aún viviera, seguro que no sería tan malo conmigo!
A Janice Stevens las palabras de su hija le partieron el alma. Podía justificar muchos de los arranques de Kelly diciéndose que era una adolescente y tenía las hormonas revueltas, pero el arrebato de esa noche le dolía especialmente.
Janice hundió los pies en la tierra mientras la fresca brisa nocturna trataba de levantarle la falda. Ella llevaba meses deseando que llegara aquella semana en las montañas de Carolina del Norte, quería disfrutar de un tiempo a solas con su hija.
Hasta ese momento, habían pasado una buena semana. Y la noche había comenzado bien: habían ido a cenar hamburguesas y batidos, luego habían dado un largo paseo por la playa y tenían pensado terminar viendo una película de la extensa colección que había en la casa que habían alquilado.
Kelly se había aprovechado de su camaradería para pedirle una vez más que la dejara ir a Nueva Orleans. El equipo de natación de su colegio, al que ella pertenecía, había tenido unos resultados magníficos ese año y habían logrado clasificarse para el campeonato regional que se celebraría en Nueva Orleans. El entrenador iba a llevar a ocho de las mejores nadadoras al encuentro, que incluía una visita de cinco días por la ciudad y sus alrededores.
Los padres de las demás chicas habían dado su consentimiento, pero Janice no. Le permitiría a Kelly visitar el infierno antes que dejar que pusiera un pie en Nueva Orleans, sobre todo después de enterarse de que Tyrone Magilinti acababa de salir de la cárcel en libertad condicional.
Janice se arrebujó en su cazadora y observó el reflejo de la luna en el mar. El escenario era hermoso y sosegado, justo lo contrario a sus emociones. En cuanto pensaba en Nueva Orleans, le asaltaban aterradores recuerdos. Pero eso no podía explicárselo a Kelly. Llevaba toda la vida protegiendo a su hija de las posibles consecuencias de aquella horrible noche de tiempo atrás. Y no pensaba entregarla a los demonios después de tanto esfuerzo.
Janice estaba regresando a la casa alquilada cuando le sonó el teléfono móvil. Era el número de Ken Levine. Su humor, que no era demasiado bueno, se volvió aún más sombrío. El policía que se ocupaba de protegerlas nunca le daba buenas noticias.
—Hola, Ken. Dime que has llamado para saber cómo me van las vacaciones.
—Ojalá fuera así. Odio molestarte con esto esta noche, pero supuse que querrías saberlo.
El terror se apoderó de Janice.
—¿Se trata de Tyrone?
—No, de Vincent Magilinti.
Vincent. Un escalofrío recorrió a Janice y le robó el aliento.
—Anoche se escapó de la cárcel —añadió el policía.
Ella se estremeció.
—¿Cómo fue?
—Le tocaba trabajar en la cocina. El repartidor que les lleva la fruta tuvo un ataque al corazón allí mismo y Vincent aprovechó el alboroto para esconderse en el camión. El vigilante no advirtió su ausencia hasta que fue demasiado tarde.
—¿Y ahora qué hago?
—Todavía nada. Por lo que creemos, tanto Vincent como su primo Tyrone se creyeron la historia de que Kelly y tú estáis muertas. Lleváis doce años viviendo una vida tranquila, no hay razón para creer que no podáis seguir así.
—Hemos vivido tranquilas mientras esos dos estaban en prisión. Pero ahora están fuera.
—Tienes razón pero, como te he dicho, no creemos que sepan que estáis vivas. Y aunque lo hicieran, dudo que tuvieran el dinero necesario ni las ganas de buscar venganza a estas alturas de su vida.
—Pero sus matones pueden hacerlo si ellos se lo mandan.
—No lo creo. Cuando Vincent senior murió y Tyrone y Vincent ingresaron en prisión, la Mafia encontró un nuevo jefe y todo el mundo sabe que no quiere tener ninguna relación con los Magilinti.
—Más razón para que Tyrone y Vincent me guarden rencor.
—Guardan rencor a Candy Owens. Y ella está muerta.
Janice no estaba tranquila.
—Te conozco demasiado bien, Ken. Si estuvieras convencido de que no hay peligro, no me habrías telefoneado.
—Es por mera precaución.
Ya, igual que los avisos de tornado eran una precaución. Si el tornado pasaba de largo, no había problema, pero si caía encima de uno, ya podía ponerse a rezar.
—Te mantendré informada —añadió Ken—. Las autoridades seguramente vuelvan a tener a Vincent bajo custodia en unos cuantos días.
—Pueden pasar muchas cosas en unos cuantos días.
—Pero no hay razón para pensar que vaya a ser así —aseguró él con voz suave y tranquila para evitar que entrara en pánico.
Ken era muy bueno en eso. Ella no había conocido a su padre, pero le hubiera gustado que fuera como Ken. El padre ficticio de Kelly lo había construido basándose en él.
Ken había pasado los cincuenta y tenía el pelo medio cano. Medía un metro ochenta y tenía un cuerpo ágil y fibroso. Era muy hombre, pero cuando menos se lo esperaba la sorprendía con alguna dulzura.
Ella confiaba plenamente en su criterio. Si él le decía que regresaran a Illinois, lo harían; si le decía que se quedaran en la playa, se quedarían allí.
—¿Qué tal las vacaciones? —le preguntó él.
—Bien, cuando mi hija no me acusa de ser controladora y paranoica. Y eso era antes de que tuviera que preocuparme por Vincent Magilinti.
—No sabes lo poco que me apetecía darte esta noticia.
Janice se sintió muy vulnerable.
—Todavía me queda una semana de vacaciones —comentó—. Había pensado pasarla en casa. ¿Supone un riesgo?
—No, a menos que vuelva a llamarte para decirte lo contrario. Sigue con tu vida de siempre. Y relájate un poco con Kelly, es una muchacha estupenda y, una vez que supere la adolescencia, volverá a ser tan dulce y juiciosa como siempre.
—Eso espero.
—Y ahora, intenta disfrutar de lo que te queda de vacaciones. Llámame si necesitas cualquier cosa. Sabes que puedes contar conmigo.
—¿Qué me dices de convertirnos en invisibles a Kelly y a mí durante unas cuantas semanas?
—Ya lo hice. Candy y Nicole Owens están muertas y enterradas. Tú eres la viuda Janice Stevens que ha buscado una nueva vida en Chicago con su hija Kelly.
—Haces que parezca tan factible…
—Hacerlo factible es mi trabajo. El tuyo es divertirte en tus vacaciones.
Y eso fue todo. Pero el temor no la abandonó conforme regresaba a la casa de la playa. Temor y la aterradora premonición de que aún no había visto lo último de Vincent Magilinti.
El barrio francés seguía teniendo el mismo aspecto de quince años atrás. Incluso el borracho dormido en un portal de Jackson Square podría ser el mismo de entonces. Un grupo de universitarios pasaron junto a él, riendo y hablando a voces, como si fueran las tres de la tarde en lugar de las tres de la madrugada. Quince años antes, Vincent podría haber sido uno de los juerguistas, pero esa noche era un hombre fugitivo.
Era arriesgado estar en el barrio, pero necesitaba desesperadamente un coche y dinero. Se movió tambaleándose como si estuviera borracho, entró en un oscuro bar y se sentó en una mesa al fondo del local. En menos de un minuto, otro borracho, alto y corpulento, se le acercó.
—¿Me invitas a un trago, amigo? —preguntó entre hipos, sentándose a su lado torpemente.
—Claro.
Una pareja de hombres comenzaron a cantar desafinando y otros clientes del local se les unieron.
—Tienes buen aspecto para ser un fugitivo —le susurró Rico a Vincent mientras le entregaba una llave por debajo de la mesa—. El coche es un último modelo, un Ford negro de tres puertas aparcado en el cruce de Rampart con Saenger. La documentación del vehículo, algo de dinero y tu nuevo documento de identidad están en la guantera.
—¿Conseguiste las herramientas?
—Están envueltas en una manta azul marino en el maletero.
—Gracias.
El camarero pasó junto a ellos pero los ignoró, pensando que ya habían bebido suficiente.
—No pensarás ir a Chicago en busca de Candy y de la niña, ¿verdad?
—Ni por asomo. Por lo que a mí respecta, las dos están muertas.
—¿Y entonces adónde vas a ir?
—Tan lejos de la cárcel como me sea posible.
—¿Vas a hacerle una visita a Tyrone antes de marcharte de la ciudad?
—¿Y por qué iba a hacerlo?
—Es tu primo.
—No me ayudó en el juicio precisamente. Voy a olvidarme de todo esto en cuanto salga por esa puerta. Voy a cortar con todo y a empezar una nueva vida.
—Espero que lo consigas. ¿Quieres tomar algo antes de irte?
—Sí, café. Necesito estar despierto.
Rico pegó un puñetazo en la mesa.
—¿Qué hay que hacer para que le atiendan a uno en este antro?
El camarero se giró parsimoniosamente hacia él.
—¿Qué quiere beber?
—Yo tomaré un whisky con hielo —respondió Rico—. Y a mi amigo dele café. Ya ha bebido suficiente.
—Y usted también si va a conducir.
—Está claro que no voy a conducir. He alquilado una habitación en Bourbon Street.
—Mejor para usted. Enseguida les sirvo las bebidas.
Vincent observó al camarero; debía de tener unos veinte años, un par menos que él cuando el infierno se había abierto a su alrededor y su vida había explotado entre el estruendo de disparos y la sangre caliente y espesa inundándolo todo.
Ya no tenía veintidós, sino treinta y siete años, y le parecían cien. La cárcel provocaba ese efecto, la inocencia y la ilusión de la juventud quedaban machacadas bajo los pies de cientos de individuos que querían ser más fuertes que los demás.
El café era fuerte y con mucha achicoria, típico de Nueva Orleans. Vincent se lo bebió de un trago, se despidió con un gesto de la cabeza y se encaminó al aseo. Cuando salió, Rico se había marchado. Vincent dejó unos billetes en la mesa y salió del local. Quince años habían sido mucho tiempo. Se preguntó si Candy Owens lo reconocería.
Iba a descubrirlo pronto.
Janice miró el reloj del coche al llegar a su casa del barrio residencial de Chicago. Eran las siete y media de la tarde, no muy tarde teniendo en cuenta que habían estado una hora en un atasco en la autopista a causa de un accidente.
Kelly, que llevaba la última hora sumida en una especie de coma autoinducido a través del rap, se quitó los auriculares de los oídos y abrió la puerta del coche antes de que Janice lo detuviera completamente.
—Sube algo del equipaje —le recordó Janice.
—Mamá… —protestó Kelly irritada.—. ¿Por qué tenemos que sacar el equipaje del coche justo ahora?
—Seguro que puedes entrar en casa con un par de maletas.
—Iba a hacerlo, pero primero quería ir a saludar a Gayle. No he visto a nadie en toda una semana.
—Me has visto a mí, y que yo sepa soy alguien.
—Ya sabes a qué me refiero. Además, ella se marcha a Nueva Orleans mañana temprano.
—De acuerdo, pero no te quedes mucho rato. La madre de Gayle nos ha recogido el correo de la semana, tráelo a casa cuando vuelvas.
Janice observó a su hija salir volando hacia la casa de la vecina de al lado, su mejor amiga. Las dos chicas eran inseparables. Janice agradecía que Gayle viviera tan cerca y que su madre fuera tan protectora con Kelly como ella misma.
De hecho, la madre de Gayle era lo más parecido a una amiga de verdad que Janice se había atrevido a tener. Joy Ann y ella no hacían nada en común, pero charlaban junto al buzón al ir a buscar las cartas y a veces se tomaban un café mientras hablaban de lo difícil que era convivir con una hija adolescente.
Janice abrió la puerta trasera de la casa y sacó del coche las bolsas de alimentos. Mientras llegaba a la cocina percibió aroma a café. Pero no podía ser: ellas habían gastado el paquete aquella mañana y ella misma lo había tirado a la basura. Miró la máquina de café: tenía el piloto encendido. Le invadió una ola de temor.
—Hola, Candy.
Maldición. Janice se lanzó a por uno de los cuchillos de cocina pero Vincent la detuvo antes de que pudiera alcanzarlos, la agarró por detrás y la sujetó por las muñecas.
—No hagas ninguna estupidez —le advirtió él.
Ella intentó soltarse, pero él la tenía fuertemente agarrada, con la espalda de ella contra su pecho. Fue soltándola poco a poco. Janice se giró para poder verle el rostro y ahogó un grito al comprobar el efecto que casi catorce años de cárcel habían tenido sobre él.
Antes de ingresar en prisión él era joven, espectacularmente guapo y seductor con su sonrisa traviesa y sus ojos oscuros y llenos de vida. Seguía siendo guapo, pero las facciones se le habían endurecido. Tenía unos brazos más musculosos de lo que ella recordaba y llevaba el pelo muy corto, casi completamente rapado. Una cicatriz le recorría desde debajo de la oreja izquierda hasta debajo de la mandíbula.
Sólo sus ojos seguían siendo los mismos, penetrantes, seductores… Janice se estremeció y desvió la mirada.
—¿Cómo has llegado aquí?
—En coche. Está aparcado por detrás de tu casa.
Pero bien escondido porque, si lo hubiera dejado delante de la puerta, ella habría sospechado.
—¿Cómo has sabido dónde encontrarme? —preguntó ella para ganar tiempo, mientras pensaba en cómo podía proteger a Kelly.
—Cualquiera puede encontrar a otro si realmente quiere hacerlo.
—Celebraron mi entierro.
—Lo sé, fue un movimiento inteligente. No me lo creí, pero los encarcelados tendemos a volvernos bastante cínicos. Y aquí estás, la dulce Candy Owens, vivita y coleando en Illinois.
—Ahora me llamo Janice Stevens. ¿Cómo has entrado sin que saltara la alarma?
—Las alarmas sólo neutralizan a la gente honrada y a los ladrones estúpidos.
—Y tú no eres ninguna de las dos cosas.
—Exacto. Y bien, ¿dónde está mi hija?
Ella nunca llegó a decirle a Vincent que estaba embarazada, pero la investigación y el alboroto previo al juicio habían ocurrido en pleno embarazo. Los periodistas la habían acosado a preguntas de si el bebé que esperaba era un Magilinti. Ella lo había negado con vehemencia.
—Si la hija fuera tuya, no me la hubiera quedado.
Todo él se puso en tensión. Por un segundo, Janice temió que fuera a abalanzarse sobre ella, pero lo que hizo fue exhalar lentamente.
—Llevo aquí dos días. He visto su dormitorio, fotos de ella. Nicole, o como quiera que se llame ahora, es una Magilinti.
—Se llama por su nombre: Kelly Stevens.
—Es muy bonita. Inteligente también, y una buena nadadora. He visto sus diplomas académicos en la pared del cuarto de estar y los trofeos de natación en su cuarto. Lo has hecho muy bien con ella.
El cumplido emocionó a Janice, igual que la voz de él. Se había vuelto más grave con los años, pero ella la reconocería donde fuera. Viejos recuerdos afloraron a su mente y sintió que se ablandaba, pero no podía permitirlo. Independientemente de lo que Vincent y ella hubieran sido en el pasado, en el presente él era el enemigo. Ella había testificado para el fiscal en el juicio, había visto el arma en sus manos la noche de la sangrienta masacre en la que había muerto el padre de él.
El temor volvió a apoderarse de ella.
—Si has venido a matarme, hazlo, pero no hagas daño a Kelly. Ella no te ha hecho nada. Ni siquiera sabe que existes.
—¿Por qué iba a querer matarte? Por lo que a mí respecta, la mujer a la que conocí hace quince años está muerta. Estoy aquí por mi hija, nada más.
—Si quieres hacer algo por ella, márchate. Ella cree que su padre está muerto, cree que era un héroe.
—Y hubo un tiempo en que yo creí que su madre era un ángel. Las personas superamos nuestras ilusiones.
—¿Cómo pretendes explicarle que eres un fugitivo?
—No voy a hacerlo, aún no. Tú eres Janice Stevens, ¿no?, pues yo soy Vincent Jones, un amigo de su padre.
—No puedes quedarte aquí. Éste será uno de los primeros lugares donde los federales te buscarán.
—Es un riesgo que tengo que correr.
—¿Por qué? ¿Por qué arriesgarte? Estás fuera de la cárcel. Sigue huyendo, no te quedes aquí. No pongas a Kelly en peligro.
—Mírame, Janice.
Ella le dio la espalda. Vincent la agarró de la muñeca.
—He dicho que me mires. No he venido a hacer daño a Kelly, sino a protegerla.
—Tú eres el único peligro aquí, Vincent.
—No, el peligro es mi primo, Tyrone. Sabe dónde vivís y planea mataros a las dos.
Lo dijo con tanta firmeza y seriedad que a Janice se le heló la sangre en las venas.
—Salió en libertad condicional hace tres semanas. No ha dado signos de querer hacernos daño.
—Pero lo hará. Lleva años planeando su venganza.
—Si eso es cierto, tengo que avisar a la policía. Un alguacil lleva mi caso. Él sabrá cómo manejar esta situación.
—No puedes llamar a la policía. Mételes en esto y Tyrone pospondrá su venganza hasta que creas que estás a salvo de nuevo. La policía bajará la guardia en algún momento, y él lo sabe.
—De acuerdo, quédate aquí. Pero deja que me lleve a Kelly. Por favor, déjame llevarla a algún lugar seguro.
—Escúchame: si quisiera haceros daño a ti o a Kelly, lo haría ahora —dijo él mostrándole una pistola que llevaba bajo la camisa—. Estoy aquí para proteger a Kelly. Si huyes, él os encontrará. Si os quedáis conmigo, puedo protegerla. Conozco a Tyrone, sé cómo piensa. Es un hombre malvado, pero yo conozco sus puntos débiles.
Ella lo miró a los ojos. No quería creerle, no quería pensar que Tyrone había planeado matarlas a Kelly y a ella. Pero su mirada le hacía dudar, ¿y si decía la verdad? Si así era, ¿tendría ella el valor de apartarlo de sí y confiar en la policía para que las defendieran de Tyrone?
—Déjame proteger a mi hija, Candy. Luego desapareceré de tu vida para siempre. Lo prometo.
—¿Y no le dirás que eres su padre?
—No. Tu identidad está a salvo conmigo.
—Entonces no me llames Candy. Ahora soy Janice.
—Pues te llamaré Janice.
No hubo tiempo para más conversación. Cualquier otra noche, Janice hubiera tenido que telefonear a Joy Ann y pedirle que enviara a Kelly a casa, pero esa noche, como para llevar la contraria, la chica estaba en la puerta que daba al garaje con una cacerola en las manos y una bolsa con correo colgada de la muñeca.
—No me vendría mal algo de ayuda —dijo Kelly.
Vincent fue a ayudarla. Janice se quedó inmóvil mientras Kelly se encontraba con su padre por primera vez en su vida. Kelly lo miró de forma crítica. Janice contuvo el aliento esperando lo peor: que su hija sintiera algún tipo de lazo con aquel hombre y se figurara quién era. Pero la chica le entregó la cacerola a Vincent y continuó hablando.
—La señora Givens ha hecho un estofado de carne y verduras para que no tuvieras que cocinar esta noche, mamá. Aún está caliente.
—¡Qué considerada! —exclamó ella.
Le temblaba demasiado la voz, tenía que recuperar el control de sí misma, se reprendió Janice.
Kelly dejó las cartas sobre la mesa de la cocina y luego miró a Janice y a Vincent.
—¿Y tú quién eres?
—Es un amigo de la familia —respondió Janice sin que le temblara tanto la voz.
—¿Nuestra familia tiene amigos? No lo sabía.
—De hecho, era amigo de tu padre —apuntó él.
—¡Venga ya! ¿Lo dices en serio?
—En serio. Me llamo Vincent Jones, y tú debes de ser Kelly.
—Exacto. Bueno, mi nombre es Elizabeth Kelly, pero todo el mundo me llama Kelly.
—El nombre te va muy bien.
—¿De verdad conocías a mi padre?
—Y muy bien. Crecimos juntos.
—¿Cómo es posible que nunca haya oído hablar de ti antes?
—Buena pregunta.
—¿Mi padre era tan guapo como dice mi madre?
—¿Tu madre dice que tu padre era guapo?
—Sí, un monumento.
—Kelly, ¿por qué no traes el resto del equipaje del coche? —intervino Janice.
—Te ayudaré —se ofreció Vincent.
—¡Fantástico! Y tienes que quedarte a cenar. El estofado de la señora Givens está para chuparse los dedos.
—Suena delicioso.
Janice observó en silencio cómo hija y padre conectaban como viejos amigos. Ella llevaba catorce años rezando para que Kelly no conociera nunca al monstruo cuya sangre llevaba en las venas. Pero el monstruo se había escapado de la cárcel y quería vivir con ellas. Que el cielo las protegiera.
Kelly salió de la cocina para responder una llamada de teléfono y dejó a Vincent y a Candy a solas. Sólo que Candy ya no existía, ella era Janice Stevens, secretaria de un abogado y madre viuda que vivía en Chicago, Illinois. Y no era sólo su nombre lo que había cambiado, advirtió Vincent. También se comportaba de forma distinta, hablaba de forma distinta, incluso tenía un aspecto distinto.
Vincent sintió una opresión en el pecho al recordar la noche en que se habían conocido. Él salía de casa de su padre en St. Charles Avenue cuando se la encontró bailando bajo la luz de la luna.
No había música y ella estaba sola; daba vueltas y llevaba un vestido de algodón blanco que se arremolinaba entre sus piernas y sugería sus caderas. Su pelo rubio y rizado también bailaba al viento, despeinado… Vincent sintió que una parte de su cuerpo se endurecía y se obligó a apartar esos recuerdos de su mente.
—Me gustabas con el pelo rubio y rizado —comentó antes de pensar lo que decía.
—Janice Stevens nunca ha tenido el pelo rubio. Su cabello es castaño y liso.
El tipo de mujer que pasaría desapercibida. Debía de ser lo que ella pretendía, eso explicaría la falda larga que escondía sus fabulosas piernas y la holgada blusa que ocultaba sus turgentes senos.
—¿Janice Stevens tiene pareja? —preguntó él, aunque le daba igual la respuesta, salvo que complicaría lo que él quería hacer.
—No, vive para la memoria de su marido, un bombero que murió en acto de servicio.
—¿El hombre que era un monumento?
Ella apretó los puños.
—Quizás todo esto te haga mucha gracia, pero estoy logrando que funcione, Vincent, para Kelly y para mí.
—Hacer que funcione no es lo mismo que ser feliz.
—Soy suficientemente feliz, y tu hija también. Y si tuvieras la más mínima decencia, no harías nada para echar a perder la imagen que ella tiene de su padre muerto.
—Te sorprendería que yo tuviera algo de decencia en mi interior, ¿verdad?
—No sé lo que tienes por dentro. En realidad nunca te conocí.
—Tienes razón. Nunca me conociste de verdad y parece que yo tampoco a ti.
—¿Cómo averiguasteis Tyrone y tú que las muertes eran falsas?
—Con sobornos, favores, chantaje… la forma de actuar de los Magilinti.
—Y si todo eso no da resultado, queda recurrir a la violencia.
—Eso también.
—¿Y esperas que te crea?
—Sí, a menos que quieras arriesgar la vida de Kelly creyendo que estará más segura si yo no estoy cerca. Pero si lo haces, huiré con Kelly. La mantendré con vida sea como sea, contigo o sin ti.
Janice se estremeció y Vincent apretó los puños para no seguir el impulso de abrazarla y consolarla. Estar a su lado estaba confundiéndole la mente y las emociones. Iba a tener que mantenerse muy alerta todo el rato, no podía bajar la guardia con ella. No permitiría que volviera a robarle el corazón.
La tensión en la cocina podía cortarse cuando Kelly regresó de su llamada telefónica.
—¿Vamos a comer o qué? —preguntó la chica—. Me muero de hambre.
—Yo también —dijo Vincent—. Prepararé una ensalada para acompañar el estofado.
Janice iba a decir que no tenían los ingredientes necesarios para una ensalada, cuando vio que Vincent sacaba un tomate y una lechuga de la nevera. Por lo que se veía, se había instalado completamente en la casa.
Se movía por la cocina con tanta soltura como ella. Y Kelly, que nunca colaboraba en las tareas de la casa si ella no se lo pedía, estaba poniendo la mesa para tres.
Vincent Magilinti se había instalado de nuevo en su vida con tanta facilidad como la primera vez. Sólo que esa vez ella no se estremecería bajo sus caricias. No ardería de deseo con sus besos. No le haría el amor tan apasionadamente que gritara de placer.
No le permitiría que destruyera su vida ni la de Kelly. Ya lo había hecho demasiadas veces.
Kelly se quitó los zapatos y se sentó frente a su ordenador. Le gustaba que el amigo de su padre fuera a quedarse con ellas unos días pero agradecía no tener que dejarle su habitación. Perder su cama le daba igual, pero iba a echar de menos su ordenador.