
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2003 Patricia A Gagne
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
La tercera hija, n.º 140 - septiembre 2018
Título original: The Third Twin
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com
I.S.B.N.: 978-84-9188-921-2
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Acerca de la autora
Personajes
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Si te ha gustado este libro…
Dani Sinclair, lectora empedernida, no descubrió las novelas románticas hasta que su madre le prestó una en una ocasión en que estaba de visita y desde entonces está enganchada a este género, pero no empezó a escribir en serio hasta que sus dos hijos fueron mayores. Desde entonces Dani no ha dejado de escribir. Su tercera novela fue finalista del premio RITA en 1998. Dani vive en las afueras de Washington, lugar que, en su opinión, es una fuente fantástica de intriga y humor.
Dennison Hart: ¿Asesinaron al patriarca de la familia porque descubrió lo que había sucedido veinticuatro años atrás?
Amy Hart Thomas: ¿Podía no saber una madre que había dado a luz a una hija?
Brian y Lois Ryder: ¿Sabían la verdad desde el principio?
Alexis Ryder: ¿Quién es en realidad?
Wyatt Crossley: Un policía con un asesinato que resolver.
Marcus Thomas: ¿Él fue el chantajeado o el chantajista todos esos años?
Eden Voxx Thomas: Si se descubre la verdad, irá a la cárcel.
Jacob Voxx: ¿Hasta dónde llegará el hijo de Eden para proteger a su madre?
Mario Silva: ¿Qué sabe este ex presidiario del pasado?
Livia Walsh: Era fiel a la familia Hart. Es una lástima que ya no pueda hablar.
Kathy Walsh: La hija de Livia puede tener muchas respuestas, si consiguen encontrarla a tiempo.
Bernie Duquette: ¿El novio de Kathy ha apostado más de la cuenta?
George y Emily Walken: ¿Eran algo más que amigos de la familia y vecinos de Heartskeep?
Hayley y Leigh Hart Thomas: Quieren ser las primeras en encontrar a Alexis.
Bram Myers y Gavin Jarret: Se han comprometido a proteger a las mujeres que aman.
Querida lectora,
Heartskeep estaba vigilante, esperando que llegara este día. La propiedad está dispuesta a divulgar sus secretos a la persona indicada… siempre que viva el tiempo suficiente para encontrar las respuestas.
Alexis Ryder lleva una vida normal hasta el día que vuelve a casa del trabajo y descubre que nada en su vida es lo que parece. Sus padres no son sus padres y su familia de verdad tiene motivos para desear su muerte, y uno de esos motivos es un maletín lleno de dinero e instrucciones de no confiar en nadie. Alexis, que huye de asesinos sin rostro, no tiene más remedio que ir al pueblo de Stony Ridge en busca de respuestas. Pero sólo encuentra más preguntas y a un hombre muy atractivo que la confunde con otra persona. Si consigue ignorar esa atracción mutua suficiente tiempo, quizá descubra lo que necesita saber.
El policía Wyatt Crossley tiene que resolver un asesinato de siete años atrás y pagar una deuda familiar. No esperaba sentir tanta atracción por una de las mellizas Thomas. La antipatía de ellas por la policía en general y la familia Crossley en particular dificulta ya bastante la investigación sobre la muerte de su madre sin necesidad de empezar además una relación personal con una de ellas. Wyatt sabe que Alexis le oculta secretos. Y si no consigue ganarse su confianza, esos secretos pueden hacer que los maten a los dos.
Os espero una vez más en las sombras de Heartskeep, donde sólo el amor puede borrar la oscuridad de la traición y abrir el futuro a las herederas de la familia Hart.
Feliz lectura.
Dani Sinclair
El olor la asaltó en cuanto sacó la llave de la cerradura y abrió la puerta de su apartamento. El olor ácido del whisky se había vuelto algo familiar desde la muerte de su madre, pero Alexis Ryder sintió que se le revolvía el estómago de asco y de rabia.
¿Qué hacía su padre en su apartamento? Sólo había ido allí una vez desde que ella lo alquilara con su antigua compañera de cuarto en la universidad y sólo porque Alexis se había sentido obligada a invitarlo. Después de todo, era su padre. Pero había llegado tan borracho que se había desmayado cinco minutos más tarde y se había pasado la noche roncando en el sofá.
¿Por qué estaba allí ahora? ¿Y por qué precisamente esa noche, que tenía una cita a menos de una hora más tarde?
Alexis luchó por controlar su amargura.
—¿Papá?
Dejó el bolso y el correo en la mesa al lado de la puerta y se inclinó a recoger un sobre que había caído al suelo. Entonces vio la sangre. Un color rojo vivo que brillaba contra el tono dorado pálido de la moqueta.
Buscó instintivamente la cerradura de la puerta, dispuesta a salir corriendo mientras seguía con la vista un rastro de gotas hasta la minúscula cocina.
Entonces se impuso el sentido común. El olor a whisky contaba su propia historia. Allí no había un ladrón. ¿Qué había hecho su padre?
—¿Papá?
Dentro no había ruido, pero no le sorprendió que no contestara. Sin duda estaría inconsciente.
Soltó la puerta y entró lo suficiente en la estancia para ver la cocina a través del mostrador del desayuno. El armario en el que guardaban el poco alcohol que había en la casa estaba abierto. En la encimera había una botella tumbada. La sangre manchaba la etiqueta, el armario blanco barato y la encimera. Whisky derramado se mezclaba con los restos rotos de un vaso, cuyos cristales brillaban en el suelo de linóleo blanco.
Alexis sintió miedo. ¿Qué había hecho su padre? El rastro de sangre se alejaba por el pasillo en dirección a los dormitorios. Dio un paso en aquella dirección. Las gotas de sangre en el suelo se hacían más gruesas. Una mancha mojaba la pared blanca, como si alguien se hubiera apoyado un momento antes de entrar en el cuarto de baño.
Sintió una opresión en el pecho y el ruido de los latidos del corazón en los oídos.
—¿Papá?
El cuarto de baño amarillo apenas resultaba reconocible. Alexis no sabía que la sangre tenía olor, pero lo tenía; y ni siquiera el whisky derramado podía enmascararlo. En el fregadero había un paño de cocina manchado de sangre.
El armario de las medicinas estaba entreabierto. Frascos de cosméticos y de lociones habían caído al suelo. Un tubo de crema antiséptica yacía abierto encima de la cisterna, testigo mudo del intento de curar una herida. ¿Qué había hecho su padre?
Alexis respiraba muy deprisa y le temblaban las extremidades. Miró otra mancha de sangre cerca de la puerta de su dormitorio, puerta que no estaba cerrada del todo.
Sus piernas amenazaron por un momento con sucumbir al peso del miedo, pero tenía que saber. Tal vez no fuera tan malo. Era evidente que su padre se había cortado y había acudido allí a buscar ayuda. Y seguramente se había emborrachado hasta quedarse inconsciente.
Empujó la puerta con el pie.
Por un segundo horrible pensó que iba a perder el control sobre su estómago. Se tambaleó en dirección a la figura que yacía postrada en la cama.
—¿Papá?
Se frotó los ojos para secarse las lágrimas que le bajaban por las mejillas.
—No estés muerto. Por favor, no estés muerto.
Sus palabras susurradas sonaban muy lejanas. Como si procedieran de otra fuente.
Brian Ryder estaba tendido de espaldas a lo ancho de la cama. No se movía. Sus rasgos delgados estaban crispados por el dolor y su piel pálida parecía más cera tallada que tejido vivo. Se había quitado la camisa y una de las toallas amarillas del baño cubría su abdomen. La sangre manchaba la toalla y los dedos huesudos que la apretaban contra la piel.
Otro olor se mezclaba ahora con el hedor de la sangre y el whisky. Alexis no lo había notado antes, pero lo reconoció. Olor a muerte.
Cerró los ojos y unos sollozos rasgaron su pecho. Ella los oyó como si pertenecieran a otra persona.
Debería haber sido mejor hija. Tendría que haberse esforzado más por comprender. El alcoholismo era una enfermedad, empujaba a la gente a hacer cosas que no haría normalmente, destruía fortunas y familias. Su padre no tenía toda la culpa de haber dejado de ser su héroe. Su madre había muerto en una carretera resbaladiza por la lluvia y su padre, que amaba a su mujer más que a nada en el mundo, no había podido soportar la pérdida. Ahora los dos se habían ido y ella estaba sola. Y él había muerto sin saber que su única hija todavía lo quería.
Los sollozos le salían del corazón.
Cuando abrió los ojos, él la miraba fijamente.
Alexis corrió a la cama.
—¡Oh, Dios mío! Te pondrás bien, papá. Pediré una ambulancia. No te muevas. Todo irá bi…
La mano de él le agarró la muñeca, que manchó con su sangre.
—Escucha…
Su voz sonó fuerte por un segundo. Ella se inclinó sobre él y olió el whisky en su aliento. Pero la mirada de sus ojos no era la de un borracho.
—¡Vete de aquí ahora mismo!
—Papá…
—… ahora… vendrá… aquí —luchó por respirar y sacó las palabras con un esfuerzo desesperado—. Llévate… el maletín. No dejes que nadie… lo encuentre… ¡Huye! Prométemelo.
Sus dedos se clavaban con insistencia en el brazo de ella.
—Sí. Huiré —estaba dispuesta a prometer lo que fuera con tal de acabar con aquella pesadilla—. Me llevaré tu maletín y huiré. No dejaré que nadie me lo quite.
Los dedos de él relajaron la presión, aunque siguió sujetándola. Cerró los ojos.
—Tenía que… haberte dicho… la verdad.
Su pecho se elevaba por el esfuerzo. Y emitía un sonido sordo que aterrorizaba a la joven.
—No importa. No intentes hablar más, papá. Déjame llamar a una ambulancia.
Él abrió los ojos. La mirada vidriosa había desaparecido. Volvía a ser el padre que recordaba.
—Te quiero, papá.
Él sonrió. Un chorro de sangre salía por la comisura de su boca.
—Buena… hija —susurró—. La hizo… feliz. Ojalá… hubieras… sido mía.
—¿Qué?
El ruido del pecho se hizo más intenso.
—¡Corre!… Hart… keep.
De su boca salió más saliva, manchada de sangre. Suspiró y la mano que sujetaba la de ella se quedó inmóvil.
—¡Papá!
Ella lo sacudió. Los ojos de él estaban fijos y vacíos. La muerte daba una paz extraña a sus rasgos.
Alexis no supo cuánto tiempo permaneció allí, sosteniendo su mano muerta y llorando, pero cuando se enderezó, le dolía el cuerpo, la cabeza le palpitaba y se mareó un poco. Todos los músculos de su cuerpo parecían tensos y tenía tanto frío que los dientes le castañeteaban de modo incontrolable.
Unos ojos rojos hinchados le devolvieron la mirada en el espejo de la cómoda. Su rostro estaba manchado por las lágrimas. En su muñeca había sangre. La limpió con una esquina de la toalla.
Sonó el telefonillo del apartamento y recordó entonces su cita. No importaba, tendría que esperar. Todo tendría que esperar. Su padre estaba muerto y ella no sabía qué o quién lo había matado.
Salió de la habitación como una sonámbula, apenas capaz de pensar más allá del horror. El telefonillo volvió a sonar, esa vez con impaciencia. En ese momento no quería ver a su cita. Su padre había muerto. ¡Estaba tan inmóvil en la muerte!
Entró en la sala de estar. El timbre del telefonillo era muy irritante y deseó que parara. Sentía mucho frío. Avanzó automáticamente hacia la puerta y se detuvo a mirar la mancha brillante de sangre en el suelo.
—Te necesito, papá.
Su susurro terminó en un sollozo roto. Pero ya no podía llorar más. Se sentía vacía; además, las lágrimas no le devolverían la vida.
El telefonillo terminó de sonar. Alexis se tambaleó, sintiéndose enferma. No podía pensar. Tenía que pedir ayuda, pero no había a quién pedírsela. Su padre había muerto.
Y le había dicho que huyera.
El miedo atravesó la barrera del dolor. Hasta entonces no había pensado en cómo había muerto ni por qué; ahora intentó centrar un poco su mente.
Su padre le había ordenado huir; con sus últimas fuerzas le había pedido que se marchara. Recordó la sangre, la toalla apretada contra el abdomen. Aquello no había sido un accidente de un borracho descuidado, sino algo mucho más horrible.
¡Huye!
Su mirada se posó en un maletín grande, casi una maleta, de cuero negro que no se parecía nada al marrón de piel gastada que solía llevar su padre.
Lo levantó y le sorprendió su peso. El maletín estaba pegajoso de sangre. La adrenalina la ayudó a superar el shock. Su padre había muerto esforzándose por decirle que tomara el maletín y se marchara.
Miró a su alrededor en busca de algo con lo que limpiarse la sangre de la mano. El objeto más cercano era el cojín favorito de Linda, pero no le importó; nunca le había gustado aquel tono naranja.
El ascensor se detuvo en el pasillo, fuera de su apartamento, con un ruido extraño, amenazador. Ninguno de los que vivían en el edificio usaban el ascensor y la mayoría de las visitas lo miraban una vez y optaban por las escaleras.
Oyó pasos en el pasillo y el terror se apoderó de ella. Recordó que había dejado la puerta entreabierta.
Ahora vendrán aquí. ¡Huye!
Había esperado demasiado, ya no había adónde huir. Abrazó el maletín contra su pecho y tomó su bolso. El correo cayó al suelo. Lo ignoró, se metió en el armario de los abrigos del vestíbulo y cerró la puerta.
El corazón casi se le salió del pecho cuando oyó que los pasos paraban delante de su apartamento y sintió, más que oyó, abrirse la puerta.
Contuvo el aliento mientras esperaba que alguien abriera el armario y la matara también a ella. Pasaron los segundos. ¿Qué hacía el visitante? ¿A qué esperaba?
Los pasos avanzaron hasta la sala de estar. El pánico la mantuvo inmóvil mientras se esforzaba por escuchar.
El sonido de cristales pisados situó al intruso en la cocina. Alexis abrió el armario. El intruso había cerrado la puerta. La abrió con dedos paralizados por el miedo y salió al pasillo.
El ascensor estaba abierto delante de ella como una trampa mortal. Pero alguien subía las escaleras y no tardaría en estar a la vista. O peor, el intruso del apartamento podía abrir la puerta a sus espaldas.
Corrió al ascensor, se aplastó contra el panel sucio de metal y rezó para quedar oculta a la vista mientras luchaba por controlar su aliento jadeante. La persona de las escaleras llegaba al pasillo. El terror tensaba sus músculos mientras combatía el impulso de huir.
Se abrió la puerta de su apartamento.
—¿Qué haces aquí? —preguntó una voz de hombre que ella no reconoció.
La respuesta fue un murmullo que no pudo entender.
—Olvídalo —dijo la misma voz de antes—. Ella se ha ido. Y nosotros también debemos irnos.
El perro de la señora Nicholson empezó a ladrar de alegría cuando su dueña y él avanzaron hacia las escaleras un piso más arriba. El ruido cubrió las voces.
—… encontrarla. Entra.
Se cerró la puerta del apartamento y Alexis pulsó el botón que llevaría el decrépito ascensor al piso de arriba. Se cerraron las puertas viejas de metal y el ascensor empezó a subir con terrible lentitud.
Ella siguió apretada contra el lateral hasta que el ascensor se detuvo y se abrió una vez más. El pasillo de ese piso estaba vacío y silencioso. Alexis subió piso por piso y luego corrió a las escaleras de atrás.
Pero correr no era buena idea. Correr llamaría la atención. Y ella no debía llamarla. No sabía qué aspecto tenía aquella gente, pero estaba segura de que ellos si la reconocerían. Su coche estaba en el garaje, calle abajo. Tendría que recorrer una manzana para llegar allí.
Salió andando a la calle y respiró aliviada al ver a la gente que caminaba hacia su casa para huir del calor de las calles de Nueva York, pero la temperatura de casi cuarenta grados no logró calentarla. A cada paso que daba combatía el pánico que la urgía a correr y mirar atrás para ver si la seguían.
Cuando llegó a su coche, casi lloró de alivio. Buscó las llaves en el bolso y lo abrió con manos temblorosas. Dejó el maletín en el asiento del acompañante, se sentó al volante, cerró las puertas y se permitió el lujo de descansar unos minutos hasta que remitieron sus temblores.
Puso el coche en marcha y salió marcha atrás y despacio. Conducía raramente y estaban en hora punta. Respiró hondo y se metió en el tráfico sin saber adónde se dirigía. Sólo necesitaba dejar atrás la ciudad, así que siguió los coches hasta que llegó a una autovía.
No sabía adónde ir ni lo que hacer. Pensó en sus amigos y conocidos. ¿Cómo podía meter a nadie en aquello cuando ni siquiera sabía lo que era «aquello»?
Su padre había muerto, no sabía por qué ni cómo y ya no le quedaba familia. Su madre había sido huérfana y su padre hijo único. Estaba sola.
Se estremeció. Pensó en la policía, pero su padre no le había dicho que acudiera a la policía, sino que huyera. ¿Por qué?
Miró el maletín, pero se sentía reacia a tocarlo de nuevo, por lo que siguió conduciendo hasta que se encendió la luz del indicador de gasolina. Tendría que parar pronto, pero seguramente no la habría seguido nadie. Ni siquiera ella sabía dónde estaba.
Al fin paró en una zona de descanso de la autovía y permaneció un momento sentada intentando pensar lo que iba a hacer. No podía dejar a su padre allí. Tenía que llamar a alguien. ¿Pero a quién? ¿Y qué podía decirles?
Se quitó el cinturón con dedos temblorosos. Ya no podía esperar más. Quizá el contenido del maletín le dijera a qué venía aquella pesadilla.
Miró a su alrededor para asegurarse de que no había nadie muy cerca y abrió el maletín. Un grito se formó en su mente, pero no llegó a sus labios. Debajo de un sobre marrón grueso, el maletín estaba lleno de lo que parecían fajos de billetes de cien dólares. Cerró los ojos con fuerza y deseó que desaparecieran.
¿Qué había hecho su padre? Sólo los traficantes de drogas o los secuestradores manejaban tanto dinero.
Soltó un gemido de angustia, que sonó increíblemente alto en el silencio del coche.
Por algo estaba muerto y por algo querían ese maletín. ¿Pero de dónde había salido? Su padre no era un traficante de drogas ni un criminal; trabajaba en una compañía de seguros.
¿Blanqueo de dinero?
Bajó la tapa y cerró los ojos. ¿Qué iba a hacer? Podía deshacerse del maletín, pero las personas que la buscaban la seguirían de todos modos.
¡El sobre! Quizá su contenido le dijera algo. Abrió de nuevo el maletín, lo sacó y vio con horror que iba dirigido a ella. Lo abrió con cautela. Encima había una hoja de papel, arrancada de una libreta.
Querida Alexis,
Si lees esta nota es que estoy en apuros y no he tenido ocasión de explicarme. Guarda este maletín. Una mujer llamada Kathy puede contarte el resto. No recuerdo su apellido, pero estoy seguro de que ella te buscará.
No dejes que nadie sepa que tienes esto. Siento ponerte en este aprieto, pero quizá no tenga elección. No estoy seguro de la legalidad de este dinero. Hace años confié en la persona equivocada y, como resultado de ello, sufrió mucha gente. Es demasiado tarde para arreglarlo ahora, pero lo voy a intentar. Lo siento, Alexis, sé que he sido un mal padre. Tampoco fui un gran marido. Lois merecía mucho más de lo que yo podía darle.
Sé que decir que lo siento no sirve de mucho, pero no puedo hacer desaparecer el pasado ni cambiar la decisión que tomamos. Soy un hombre débil, Alexis. Una persona mejor y más fuerte hace tiempo que te habría contado esto.
Siento también eso, pero, en realidad, ni yo mismo he sabido la verdad hasta hace poco. Y todavía no la sé entera. ¡Ah, cómo me gustaría haberte dicho esto en persona! Tu madre y yo no podíamos tener hijos. Lois quería desesperadamente uno y nos apuntamos para adoptar. Nos dijeron que podíamos tardar años. Tú sabes cuánto la quería; le habría dado la luna si hubiera sido posible. Sabía que una espera indefinida, sin ninguna certeza, la mataría. Y conocí a alguien que conocía a un médico dispuesto a violar un poco las normas. Lo siento, Alexis, sabía que sería una adopción ilegal, pero en aquel momento no me importaba.
¿Ella era adoptada? No podía ser cierto. Era imposible. ¿Toda su vida había sido una mentira? Quería arrugar el maldito papel y tirarlo, pero él la había mirado con ojos de moribundo y le había dicho que le hubiera gustado que fuera suya.
El papel temblaba tanto que apenas si pudo sostenerlo para seguir leyendo.
El doctor nos dijo que conocía a una chica soltera dispuesta a entregar a su bebé a cambio de dinero suficiente para ir a la universidad y empezar una nueva vida. Si podíamos pagarles a él y a la chica, correría el riesgo de ayudarnos. Me gustaría decir que, de haber sabido la verdad, no habríamos seguido adelante con la adopción, pero Lois deseaba tan desesperadamente un bebé, que no lo sé.
No hicimos preguntas ni conocimos a tu madre biológica. Tú sólo tenías unas horas de vida cuando la enfermera del doctor te puso en los brazos de Lois. Eras una niña hermosa, perfecta y te quisimos en el acto. Tienes que creerme. Siempre te he querido, aunque no haya estado mucho a tu lado desde la muerte de Lois. Me dejé consumir por el dolor en vez de pensar más en ti. Y sólo puedo decir que lo siento.
Hace poco me enteré de que acababan de asesinar al doctor que falsificó tu partida de nacimiento. Investigué un poco y descubrí la terrible verdad. Tu verdadera madre no te entregó en adopción, Alexis. Creo que ni siquiera supo de tu existencia.
¿Cómo era eso posible? Aquello no tenía sentido. Alexis no quería seguir leyendo. Las palabras de su padre estaban destrozando su mundo. ¿Por qué le había ocultado todo aquello? Habían asesinado al doctor y también a su padre. ¿Sería ella la siguiente?
Cuando comprendí lo que había hecho aquel hombre, me sentí enfermo. Creo que si no hubiera estado ya muerto, habría sentido tentaciones de matarlo yo. ¿Cómo es posible que un hombre, especialmente un médico, no tenga alma? Te sacó de su cuerpo y te entregó a nosotros sin remordimientos. Me enferma pensar en ello. Me llevaré este horror a la tumba. Me pregunto si Dios me perdonará por mi parte en esto, pero creo que pronto lo sabré. Te he mentido sobre algo más que tu nacimiento. Sé que pensabas que bebo por el dolor de la muerte de Lois. Y empezó así, sí, pero la verdad es que hace tiempo que me siento mal. Me estoy muriendo. Tengo un cáncer que no se puede operar y no quería que lo supieras. El alcohol ayuda a adormecer el dolor.
He intentado arreglar las cosas todo lo que pudiera, pero la verdad de tu nacimiento… bueno, no puedo devolverte esos años. Ni a ti ni a tu verdadera familia. Pero he reunido todas las pruebas que puedas necesitar para convencerlos de la verdad. Lo que sucede es que, cuanto más cosas descubro, más nervioso me pone la situación.
La enfermera que te trajo a nosotros estaba aquel día en el cementerio y estoy casi segura de que me vio. Ella no querrá que aparezcas, Alexis. Lo que hicieron el doctor y ella no sólo fue horrible, sino también ilegal y ella iría a la cárcel. Por eso tendrás que ir con mucho cuidado y creo que necesitarás ayuda antes de ir a ver a tu familia. La verdad es que no sé cómo te recibirán ellos. Porque tú eres una de las herederas legítimas, ¿entiendes?
No, no entendía nada. Todo aquello le parecía el guión de una película mala. ¿Cómo podía estar ocurriendo?
Este sobre contiene todas las pruebas que necesitas para reclamar lo que por derecho te pertenece. Llévaselas a Ira Rosencroft. Es un abogado de un pueblo del estado de Nueva York. El pueblo se llama Stony Ridge y Rosencroft tiene fama de ser honrado. Es el administrador de Heartskeep y te ayudará; no le queda otro remedio. Pero ten cuidado y no te fíes de nadie. Me gustaría haber hecho esto de otro modo, pero temo que se me acaba el tiempo. Hoy he visto a alguien vigilando la casa. Puede que me esté volviendo paranoico, pero tengo miedo. No por mí, sino por ti. Muéstrale al señor Rosencroft el contenido de este sobre, pero no le enseñes la carta ni le hables del dinero. No hables con nadie del dinero hasta que converses con esa Kathy. Creo que puedes fiarte de ella. Yo no sabría todo esto si ella no me hubiera buscado. Eres la mejor hija que un hombre pudiera desear. Sé que es egoísta por mi parte, pero me alegro de haberte tenido con nosotros.
Por favor, no pienses muy mal de mí. Siempre serás la hija de mi corazón.
Tu padre que te quiere,
Brian Fitzpatrick Ryder.
Alexis permaneció largo rato sentada llorando. Intentaba encontrarle sentido a todo aquello, pero no lo conseguía. Ni a la nota, ni al dinero del maletín ni mucho menos a la muerte de su padre.
Que no era su padre.
El mundo que había conocido acababa de derrumbarse a su alrededor.
Un coche paró al lado del suyo y ella guardó la carta en el maletín y lo cerró. El aparcamiento se había llenado de coches y de gente. Una pareja joven discutía en el coche aparcado al lado del suyo. Aunque no la miraban, sabía que no podía permitirse seguir allí sentada con un maletín lleno de dinero.
El motor hizo un amago por ponerse en marcha, pero se paró de nuevo. Se había acabado la gasolina.
Tomó el pesado maletín y salió del coche. Nunca había oído hablar de Stony Ridge y en la guantera sólo llevaba un mapa de la ciudad de Nueva York. Tendría que intentar comprar otro en el restaurante. Después llenaría la lata de gasolina del maletero para poder acercar el coche hasta el surtidor. Pero mientras hacía todo aquello, había un pensamiento que no la abandonaba.
¿Cómo era posible que una mujer no supiera que tenía una hija?