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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2009 Margot Early

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Lo que hacemos por amor, n.º 146 - octubre 2018

Título original: The Things We Do for Love

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-097-1

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Logan, Virginia Occidental

 

Mary Anne Drew estaba en su mesa del Logan Standard and the Miner cuando Cameron alcanzó una silla, se sentó a horcajadas y le dio la noticia.

—Se ha comprometido.

Ella no preguntó a quién se refería. Se limitó a decir, como quien reza para que algo no sea cierto:

—Oh, no…

—Me temo que sí. Angie y sus amigos estuvieron anoche en el Face, tomando unos martinis. Rhonda los atendió y me lo contó… Pero todavía no tiene el anillo.

Mary Anne oyó la explicación de Cameron, que además de ser su prima hermana también era su mejor amiga, y se repitió que no podía ser cierto.

Llevaba cuatro años enamorada de Jonathan Hale, desde que él se mudó de Cincinnati a Logan para dirigir la emisora pública local, la WLGN. Jonathan había sido corresponsal de guerra de la agencia Reuters y ella admiraba profundamente su trabajo, pero al principio no sintió nada especial por aquel hombre alto, directo, de cabello oscuro y gafas de montura de metal.

Sin embargo, ella tuvo que ir un día a grabar un programa y él se quedó escuchándola y observándola con suma atención. Cuando terminó, le dijo:

—Has hecho un trabajo magnífico, Mary Anne. Intentaré que se reproduzca en tantas emisoras como sea posible.

Mary Anne miró sus ojos azules y tuvo la sensación de que una flecha le atravesaba el corazón. Ni siquiera supo de dónde había salido aquella metáfora de Eros; simplemente, se sintió alcanzada por las flechas del hijo de Afrodita.

Fue una experiencia tan intensa que decidió que Jonathan Hale sería suyo.

Y todavía lo deseaba.

—¿Te encuentras bien? —preguntó Cameron.

—Claro —respondió.

Era mentira. Se sentía tan mal que no estuvo segura de poder sobrevivir cinco minutos más a la confirmación de que Jonathan Hale pensaba casarse con Angie Workman, esa cosita chabacana y ridícula que poseía el establecimiento de Logan que más se parecía a una boutique, Blooming Rose. Pero no estaba dispuesta a admitirlo delante de Cameron, así que cambió de conversación para demostrar que no le importaba nada.

—¿Y tú qué haces aquí? ¿Hoy no trabajas?

Cameron era directora del Centro de Ayuda a las Mujeres del condado de Logan, cuya sede estaba en la oficina contigua a la del periódico.

—He salido a tomar un café. La madre de una de las mujeres a las que prestamos apoyo se ha presentado hace un rato y le ha dicho que se avergüenza de ella por querer divorciarse de un hombre maravilloso… que la semana pasada le destrozó la cara a golpes y le rompió tres huesos. Es una de esas fanáticas que cree que los abogados que defienden a mujeres maltratadas son perros impíos —explicó—. Necesitaba salir y despejarme un poco.

—No me extraña.

—Volviendo al tema anterior —continuó Cameron—, creo que tengo una idea. Dudo que funcione, pero no se pierde nada por intentarlo. Y sería divertido.

Mary Anne observó detenidamente a su prima. Al igual que ella, era rubia o casi rubia; tenían el mismo tono de castaño claro que se volvía aún más claro cuando le daba la luz.

Pero en el resto no se parecían nada.

Para envidia de Mary Anne, que medía un metro setenta frente al metro sesenta de su prima, los genes le habían regalado a Cameron el tipo de cuerpo que estaba de moda por entonces: caderas pequeñas, casi masculinas, y un par de pechos que atraían la mirada de cualquier hombre. Era una atleta natural y prefería ir andando, corriendo o en bicicleta antes que subirse a un coche; su idea de pasar un fin de semana divertido consistía en dar cursillos de defensa personal a las mujeres del Centro de Ayuda, y por si eso fuera poco, tenía un cinturón negro en taekwondo y era una espeleóloga consumada.

En cambio, Mary Anne llevaba una vida sedentaria y sabía que su trasero pagaba las consecuencias de pasar demasiadas horas sentada, algo inevitable por su trabajo. Vivía de la alta costura; antes de mudarse a Logan ya había trabajado en un par de revistas de Nueva York y podía asegurar que todo lo que salía en la película El diablo viste de Prada era cierto. Ahora era redactora y reportera del Logan Standard and the Miner y siempre llevaba ropa de diseñadores; algo que su prima, condenada a las prendas baratas, no podía ni soñar.

—¿Y qué idea es ésa? —preguntó.

—Una poción amorosa.

A Mary Anne le pareció que era una idea típica de ella. A pesar de estar todo el día entre mujeres que habían sufrido violaciones y malos tratos, Cameron era una mujer increíblemente romántica.

—Y suponiendo que las pociones amorosas funcionen —dijo con escepticismo—, ¿de dónde la vas a sacar?

—De la madre de Paul —respondió Cameron—. Ya sabes, la hippie que…

Con excepción de su perro, Paul Cureux era lo más parecido a un novio que había en la vida de Cameron. Pero eso no tenía nada de sorprendente. Su prima era muy particular con los hombres; buscaba a uno que no quisiera reproducirse, sino adoptar, porque afirmaba que el mundo estaba lleno de niños sin padres; rechazaba a cualquiera que no hubiera ido al psicólogo, porque opinaba que todos los hombres necesitaban terapia, e incluso se había empeñado en no salir con nadie que no tuviera el pelo oscuro y los ojos marrones porque una conocida suya, que se dedicaba a echar las cartas, le había asegurado que el amor de su vida respondería a esa descripción.

Paul no encajaba en lo que Cameron estaba buscando, salvo por el hecho de que tenía el pelo oscuro y los ojos marrones. Pero habían llegado a una especie de acuerdo para simular que eran pareja; de ese modo, ella se quitaba de encima a los hombres que la pretendían y no habían ido al psicólogo y él a las mujeres que sólo buscaban casarse y tener hijos.

A Mary Anne le parecía tan absurdo que en cierta ocasión le había preguntado si estaba enamorada de él. Sin embargo, Cameron lo negó rotundamente y afirmó que ella sólo tenía ojos para Dios, apelativo con el que no se refería al Altísimo sino a Graham Corbett, un periodista de la emisora local.

—¿La madre de Paul hace pociones mágicas?

—Sí. ¿Es que ya no te acuerdas? Una vez la entrevistaron en la radio.

—No.

Mary Anne no quiso decir que no lo recordara, sino que no estaba dispuesta a hacer algo tan estúpido como usar una poción amorosa.

—Como prefieras —dijo Cameron, encogiéndose de hombros—. No soy yo quien se ha empeñado en dejar de estar soltera, sino tú. Y lo amas desde hace años aunque eso te hace infeliz.

A Mary Anne no le gustó el comentario de su prima. Sabía que Cameron no encontraba interesante a Jonathan, pero le disgustaba su insistencia en el tema.

—Olvídalo, Cameron. Y ahora, si me disculpas, tengo que volver al trabajo.

Cameron se levantó y sacudió sus dos coletas largas.

—Yo también —dijo—. Si pasas por la emisora, saluda a Dios de mi parte.

—Ya sabes que procuro no hablar con él.

Cuando su prima se marchó, Mary Anne releyó la columna semanal que había escrito para la emisora. Además, debía completar y editar la sección de Sociedad del periódico antes de las diez de la noche. En la práctica, su trabajo de redactora consistía en hacer un poco de todo; cubría las noticias cuando era necesario y, además, dirigía la sección mencionada y la de Arte.

 

Barbara Rollins, presidenta de la Sociedad Católica de San Lucas, ofreció una tarta esponjosa y ligera que…

 

Mary Anne no logró concentrarse en el artículo. Estaba preocupada por el compromiso matrimonial de Jonathan Hale, un hombre que nunca había demostrado el menor interés por ella, aunque la trataba con educación y respeto.

Si no hacía algo, lo perdería. Y aunque la idea de la poción mágica le parecía ridícula, se le ocurrió que podía buscar una excusa para pasar por la emisora de radio y averiguar si efectivamente se iba a casar o si era un simple rumor. A fin de cuentas, Mary Anne recordaba perfectamente la entrevista con Clare Cureux, la madre de Paul. Jonathan no la había entrevistado por sus pociones mágicas, que ni siquiera se mencionaron aquel día, sino por un programa de salud rural en el que participaba.

Se levantó de la silla, se puso su chaqueta gris y se colgó el bolso en el hombro. Afortunadamente para ella, el director del periódico estaba hablando por teléfono cuando pasó por delante de su despacho y no le pidió explicaciones sobre su súbita marcha.

El otoño ya estaba en el ambiente cuando salió a la calle; olía a hojas secas, se había levantado un poco de viento y no hacía el calor sofocante del verano, que siempre le aplastaba el pelo. Caminó hasta la esquina, esperó a que pasara una camioneta y cruzó la calle Main. Luego, dejó atrás la fuente y apretó el paso hacia el Embassy, el viejo edificio de ladrillo donde estaba la sede de la WLGN.

Cuando llegó a la entrada de la emisora, un hombre se le adelantó y le abrió la puerta de cristal. Mary Anne lo miró y se llevó una sorpresa al reconocer el metro ochenta de altura y el cabello largo y rubio de Graham Corbett, al que siempre confundían con el actor John Corbett aunque no tenían nada que ver.

Graham era doctor; pero en psicología, no en medicina general. Y era tan presuntuoso que le gustaba que lo llamaran doctor Corbett. Si alguna vez llegaba a saber que Cameron lo tenía por un dios, sería capaz de construirse un templo a sí mismo.

—Ah, vaya, eres tú. Siempre he pensado que tu trasero está hecho para la radio…

—Y yo que tú sólo eres un trasero —espetó Mary Anne con acidez.

—¿Qué tal le va a la gran periodista de Nueva York en nuestro periodiquito local? —se burló él.

—Bien. Esperando a que alguien escriba tu biografía para publicarla en la sección de ecos de sociedad —contraatacó ella.

Mary Anne se maldijo por no haber recordado que Graham tenía un programa por la tarde y que siempre llegaba media hora antes, puntual como un reloj. Se alejó de él tan rápidamente como pudo, para no darle ocasión de responder, y vio que Jonathan Hale estaba en el estudio de grabación, entrevistando a un minero que había enfermado de silicosis. Como director de la emisora, Jonathan no tenía necesidad de hacer labores de periodista, pero le gustaba tanto su trabajo que Mary Anne no podía imaginarlo lejos de un micrófono.

Sus miradas se encontraron brevemente a través del cristal que los separaba. Mary Anne asintió a modo de saludo y se dirigió al ordenador donde estaban los archivos de la emisora. Pero no buscaba nada, sólo era una excusa para quedarse allí.

—¿A qué debemos el placer de tu visita?

Era Graham, que la había seguido.

—¿No tienes a otra persona a quien puedas arruinarle el día? —respondió.

—No. Además, tengo noticias frescas para la redactora de Sociedad del Logan Standard and the Miner. La revista East of the Rockies me ha incluido en su lista de los solteros más deseados del país, y People en la de los cincuenta hombres más atractivos.

—¿En serio? Pues necesitarían una fotografía a doble página para que les cupiera tu cabeza. Por favor, lárgate de aquí.

Mary Anne se giró hacia la pantalla del ordenador y empezó a buscar información. Sabía que no iba a encontrar nada, pero le daba lo mismo.

—Por si te interesa, se han comprometido.

Ella se llevó tal susto que dio un manotazo a un vaso con café que habían dejado junto al ordenador. Graham lo cazó al vuelo, evitó que se derramara y le dedicó una de sus sonrisas supuestamente irresistibles antes de marcharse.

Mary Anne ni siquiera lo miró. Se limitó a pensar que si Graham la hubiera conocido un poco, no habría intentado impresionarla con la mención de la revista People. Siempre había odiado la fama. Nadie, ni los periodistas, podía mantener su dignidad cuando se hacía famoso. Y Graham Corbett, cuya voz empezaba a ser conocida en todo el país, no era una excepción.

Se giró hacia el estudio de grabación y miró a Jonathan, que seguía entrevistando al minero. Aunque le dieran el premio Pulitzer, él no era una celebridad ni lo sería nunca porque su mundo no giraba alrededor de su ego, sino de la gente, de los demás.

Estaba segura de que la poción amorosa no serviría de nada, pero tenía que hacer algo. Y con un poco de suerte, hasta sería divertido.

Sus ojos volvieron a encontrarse con los de Jonathan cuando salió de la emisora. Después, abrió el bolso, sacó el teléfono móvil y llamó a Cameron.

 

 

Cameron estaba trabajando en el Centro de Ayuda. Había llamado al fontanero para que arreglara unas cañerías rotas, había redactado un anuncio para pedir voluntarios y había aconsejado a varias mujeres con problemas.

El trabajo se le daba bien, y se metía hasta tal punto en la piel de las afectadas que casi sufría tanto como ellas. El marido que había desmontado su coche para que su esposa no pudiera usarlo. El policía que había sacado la pistola y amenazado con suicidarse delante de su novia y de su niña de tres años. Y todas las amenazas telefónicas contra ella, contra el resto de los empleados, contra ex novias, ex esposas y hasta voluntarios del centro.

Mientras pensaba en ello, se dijo que Graham Corbett era el hombre que estaba buscando. Su programa era magnífico y daba consejos muy útiles a la gente. Graham no podía ser un hombre controlador y posesivo; era demasiado inteligente para eso. Y aunque Cameron sospechaba que estaba encaprichado de Mary Anne, sabía que su prima odiaba a los famosos por culpa de su padre, un actor y músico muy atractivo cuyas intimidades habían aparecido una y otra vez en la prensa rosa a lo largo de los años.

Además, ella sólo tenía ojos para Jonathan. Por eso le había dicho lo de la poción amorosa. Si conseguía su objetivo, se quitaría a Mary Anne de en medio y tendría una oportunidad de salir con Graham.

En ese momento sonó el teléfono. Era Mary Anne.

Cameron sonrió. Sospechaba que su prima iba a probar suerte con la poción.

 

 

—¿Se puede saber para qué guardas todo eso? —preguntó el tocólogo David Cureux a su ex mujer, Clare.

David la había seguido al sótano y había descubierto que estaba lleno de cosas aparentemente inútiles, desde todas las ediciones de Midwifery Today, una conocida revista, hasta bolsas con cuerdas, gomas y bandejas de las que se usaban en los supermercados para exponer la carne.

—Lo necesitaremos cuando todo se derrumbe —respondió ella.

David, que había mantenido una larga y turbulenta relación con ella, sabía que se refería al hundimiento de la civilización. Clare era tan extraña que sus propios hijos la tenían por una especie de profeta, aunque para entonces ya habían aprendido a no hacer caso de sus predicciones catastrofistas.

—Sí, por supuesto —ironizó él—. Pero si el mundo sigue en pie, puedes pegar esas cajas con cinta aislante y construirte una casa. O un coliseo.

—Ayúdame a llevarlas arriba.

Las cajas a las que David se refería contenían todas las guías telefónicas desde 1968 hasta el año 2005; y no sólo de aquella zona, sino de toda Virginia Occidental. Pero Clare tenía que sacarlas del sótano para hacer sitio a las ediciones de Birth Journal, que ya no le cabían en la casa. Y pesaban demasiado para una mujer de sesenta y ocho años.

—Date prisa —insistió Clare—. Estoy esperando a una persona que quiere una poción amorosa.

A David no le extrañó nada en absoluto. Su ex mujer era famosa por sus pociones y porque tenía el don de la adivinación. En cierta ocasión, estaban pescando en el río cuando ella tuvo la visión de que su hija Bridget había sufrido un accidente y lo obligó a volver a casa. Cuando llegaron, descubrieron que se había roto un brazo. Y sus aciertos eran tan habituales que el escepticismo de David se transformó en una simple duda sobre el origen de ese don. ¿Serían casualidades? ¿O tendrían una explicación perfectamente científica?

En cambio, las pociones eran una cuestión diferente. No contenían otra cosa que aceite de serpiente ni más magia que un típico efecto placebo: sólo funcionaban porque la gente estaba dispuesta a creer en sus efectos.

David alcanzó una de las cajas y se la cargó al hombro. No quería seguir en la casa cuando el cliente de Clare, que indudablemente sería una mujer, apareciera. Estaba a punto de jugarse el cargo en otras elecciones municipales y no le convenía que los electores lo asociaran con una chalada que se dedicaba a vender pociones supuestamente mágicas.

—Deberías pensar un poco en mí —dijo a su ex mujer.

—Ya lo hago —comentó ella—. El ejercicio te vendrá bien.

 

 

—Pasemos a la siguiente llamada. Hola, Julie… estamos en directo.

Mary Anne encendió la radio cuando arrancó el coche y se dirigió a la casa de Clare Cureux, que estaba en Myrtle Hollow, en compañía de Cameron. Pero al oír la voz de Graham, quiso apagarla.

—No toques el dial —protestó Cameron.

Segundos después oyeron la voz de una mujer joven y algo tímida:

—Hola, Graham… se trata de mi prometido.

—¿Te vas a casar? Excelente. Es un hombre muy afortunado.

—Qué hipócrita es —comentó Mary Anne—. ¿Cómo se atreve a felicitarla por su boda? Dudo que haya salido más de dos veces con la misma persona.

—Eso es porque está esperando al amor de su vida —observó Cameron.

—Muchas gracias, Graham —continuó la jovencita—. Verás… nos comprometimos hace seis meses y pensamos casarnos en Navidad. Yo lo adoro, pero hay una cosa de él que me molesta mucho… sé que no tiene mala intención, pero no deja de bromear sobre mi sobrepeso. Hace unos días le estaba enseñando un vestido de novia en una revista y preguntó si lo vendían en talla extra grande.

—No debería decirte esas cosas —comentó Graham.

—Qué horror —dijo Cameron.

Mary Anne miró a su prima y pensó que Graham era la persona menos adecuada del mundo para intentar animar a nadie. Siempre que la veía a ella, le decía que su trasero estaba hecho para la radio.

—Y eso no es todo. Aunque soy profesora de Lengua, escribo relatos y he enviado algunos a varias revistas con la esperanza de que los publiquen. ¿Y sabes lo que me dice? Que los que valen, valen; y los que no, dan clases de Lengua.

—¿Le has dicho que esos comentarios te molestan?

—Sí. Y responde que soy demasiado sensible.

—Bueno, Julie… quiero que hagas una cosa. Quiero que cierres los ojos y pienses en lo que sientes cuando te habla de ese modo. ¿Ya los has cerrado?

Graham se lo dijo con ese tono de hermano mayor que sus oyentes adoraban. Pero Mary Anne lo conocía lo suficiente como para saber que sólo era teatro.

—Sí, ya los he cerrado.

—Ahora, imagínate el resto de tu vida con un hombre que te dice esas cosas.

La pobre chica soltó un grito ahogado que Cameron emuló enseguida.

—No puedo creer que te tragues esa basura —protestó Mary Anne.

—Cállate. Déjame oír.

—Probemos con otro experimento. Imagina que estás con alguien que te quiere tanto que jamás te diría cosas terribles; con un hombre tan seguro que no tiene que degradar a los demás para sentirse más fuerte. Imagina sus palabras… Te dice que tu vestido le gusta, que estás preciosa, que te ama, que está deseando casarse contigo…

Cameron suspiró, enternecida.

—Esto es puro teatro, Cameron —insistió Mary Anne—. Graham no es así, créeme. Lo conozco perfectamente…

—¡Calla!

—Sí, sí, ya me lo imagino… —dijo la jovencita.

—Julie, tú no me pareces una mujer demasiado sensible. El problema es él, que carece de sensibilidad. Y tendrá que crecer un poco si quiere llevarte al altar.

—Amén —se burló Mary Anne—. Porque de lo contrario, terminarás con un tipejo que dice que tienes un trasero perfecto para la radio.

—¿Quién te ha dicho eso? —preguntó su prima.

En ese momento, justo cuando pasaban por el histórico puente de Henlawson, sonó el teléfono móvil de Mary Anne. Y como sabía que en Myrtle Hollow tenían problemas de cobertura, decidió responder de inmediato.

—¿Dígame?

—Hola, Mary Anne. Soy Jonathan.

—¿Jonathan? —preguntó, sorprendida.

—Como seguramente sabes, Angie y yo nos vamos a casar. El sábado por la noche vamos a dar una pequeña fiesta en la emisora y nos gustaría que asistieras. Angie tiene muchas ganas de conocerte.

Mary Anne logró contenerse a duras penas.

—Gracias por invitarme, Jonathan. Allí estaré.

—Excelente. Hasta el sábado entonces…

Mary Anne cortó la comunicación, cerró los ojos e intentó imaginar que Jonathan la quería y que le confesaba su amor.

Cameron arqueó una ceja al notar su disgusto y ella no tuvo más remedio que contarle lo sucedido.

—¿Una fiesta? Es perfecto… —observó con tono malicioso—. Porque si no recuerdo mal, la gente bebe en las fiestas.

Mary Anne supo lo que su prima quería decir y aceleró. La poción amorosa era su única esperanza, lo único que podía funcionar.

 

 

Myrtle Hollow

 

La casa era una cabaña. Cuando Mary Anne aparcó el todoterreno, un hombre de barba blanca estaba cargando varias cajas en la parte trasera de una camioneta. El hombre las miró y ellas vieron el brillo de sus ojos azul turquesa.

—Es el padre de Paul —explicó Cameron—. Antes era tocólogo. Vive en tu barrio.

—Ah, sí, David Cureux… es concejal del ayuntamiento. Se sospecha que está implicado en un caso de malversación de fondos públicos.

—Me consta que esa acusación es falsa —afirmó su prima—. Clare y él están divorciados, pero siguen siendo buenos amigos y David la ayuda en todo lo que puede. Su hijo, Paul, ha heredado los problemas de Clare y necesita terapia.

—Sí, conozco la historia. Sé que su madre se dedica a preparar pociones mágicas en su tiempo libre.

Segundos después, una mujer salió al porche de la cabaña. Tenía el cabello negro, aunque trufado de canas, y piel morena y llena de arrugas. Sus ojos oscuros se clavaron un momento en Mary Anne antes de dirigirse al hombre de la barba como para supervisar su trabajo. Llevaba pantalones vaqueros y una camisa de franela. E iba descalza.

—Sólo usa calzado cuando tiene que ir a alguna parte —comentó Cameron—. Paul lo encuentra mortificante… pero Clare me cae muy bien.

—¿Nos estaba esperando?

—Es posible. Pero te aseguro que yo no la he llamado.

Cameron y Mary Anne bajaron del todoterreno. Justo entonces, la mujer de cabello canoso exclamó:

—¡David! ¿Por qué no llevas las cajas a la biblioteca? Puede que les vengan bien.

—Dudo mucho que en la biblioteca necesiten guías telefónicas viejas. Deberías haberlas aprovechado para encender la chimenea.

Clare pareció considerar seriamente la propuesta de su ex marido. Pero David se dio cuenta, entró en la camioneta y desapareció a toda prisa; no quería arriesgarse a que lo obligara a descargar las cajas.

Sólo entonces, Clare se volvió hacia las recién llegadas.

—Cuando todo se derrumbe, la gente se va a arrepentir de haber tirado tantas cosas —declaró.

—Hola, Clare. Te presento a Mary Anne Drew. Hemos venido a pedirte…

—Una poción amorosa, ya lo sé —la interrumpió—. Vayamos a la casa.

Cameron miró a su prima como para rogarle que simulara estar impresionada con los poderes de la mujer, pero Mary Anne sólo deseó estar otra vez en su despacho, aceptando su derrota con dignidad.

Cuando entraron en la cabaña, que estaba llena de estantes con frascos llenos de raíces, plantas y objetos inidentificables, Clare preguntó:

—¿Os apetece una taza de té?

—No, gracias —respondió Mary Anne, incómoda.

—Yo sí —dijo Cameron—. ¿Tienes té de ortiga?

—Claro.

Mary Anne la miró y se preguntó por qué no dedicaba sus deseos amorosos al hijo de Clare. Paul era atractivo, inteligente y desde luego tenía empleo: de día trabajaba en el zoológico y de noche daba conciertos. Además, su prima parecía sentirse perfectamente a gusto en el ambiente recargado y extraño de la cabaña de Clare. Ella, sin embargo, no podía estar más fuera de lugar. Echaba de menos la gran ciudad, extrañaba la pedicura, depilarse todo lo depilable, salir de compras y ver todos los capítulos, una y otra vez, de Sexo en Nueva York.

Se sentaron a una mesa de madera, con sillas que no iban a juego.

—Cameron, todo esto es innecesario —susurró a su prima.

Cameron la miró con cara de pocos amigos.

—Sé que va a funcionar, Mary Anne…

—La poción funciona siempre —aseguró Clare—. Pero generalmente, no como la gente imagina.

Mary Anne empezó a sentir cierta curiosidad.

—¿Qué quieres decir? —preguntó.

La mujer le dedicó una mirada penetrante.

—Doy a mis clientes las instrucciones adecuadas y ellos siguen las instrucciones. Pero luego pasan cosas inesperadas —respondió—. Tú, por ejemplo, pretendes dársela a un hombre que tiene novia.

—No sólo tiene novia, sino que está comprometido —declaró con sinceridad—. ¿Cómo lo has sabido?

Clare hizo caso omiso de la pregunta y siguió con la explicación.

—Si él toma mi poción y se enamora de ti, habrá problemas con la otra mujer. Tienes que buscar en el fondo de tu corazón y preguntarte si es lo que verdaderamente deseas, porque la persona que la beba se enamorará de un modo tan apasionado que después no podrás hacer nada para impedirlo.

—Eso no será un problema —dijo Mary Anne—. Al menos, para mí.

Clare la miró con desaprobación.

—Es mejor que las cosas evolucionen de un modo natural. Pareces muy segura de lo que quieres, pero debes comprender que la experiencia puede ser distinta de lo que imaginas ahora.

Mary Anne se encogió de hombros. Si Jonathan Hale se enamoraba de ella, lo demás le daba exactamente igual.

—Me arriesgaré.

Clare volvió a dedicarle una expresión de condena; era la mirada de quien adivina un desastre y no puede hacer nada para impedirlo porque la otra persona se niega a escuchar. Aun así, alcanzó una libreta y empezó a escribir con resolución. A pesar de su edad, estaba llena de energía.

—¿Prepararás la poción? —preguntó Mary Anne.

—Por supuesto.

En ese momento sonó el silbido de la tetera.

—Té de ortiga —dijo Cameron—. Hace crecer el pelo.

Mary Anne imaginó a su prima con unas trenzas interminables como las de Rapunzel, la niña del cuento de los hermanos Grimm. Y no le costó demasiado porque sus coletas ya eran bastante largas.

Clare se puso a trabajar en la poción y Mary Anne la observó con detenimiento. Sentía mucha curiosidad, pero el único ingrediente que pudo distinguir fue un trozo de chocolate.

—Es chocolate negro —explicó la mujer—. Pruébalo…

Mary Anne se alegró de aceptar el ofrecimiento. Era un chocolate extraordinariamente bueno.

—No dolerá, ¿verdad? —preguntó—. Me refiero a la poción.

Cameron se llevó las manos a la cabeza. Clare la miró y dijo:

—Arranca una hoja de papel de la libreta y apunta. Pero una hoja en blanco, por favor.

Mary Anne obedeció.

—Antes de usar la poción, debes llevar a cabo tres actos de amor. No es necesario que sea con tres personas diferentes; puede ser con la misma, pero tiene que ser una persona que no te caiga bien, una persona a quien detestes.

Mary Anne pensó inmediatamente en Graham Corbett.

—En primer lugar, tienes que darle algo que sea muy valioso para ti; en segundo, tienes que tratarlo con afecto verdadero; y por último, debes hacer algo bueno por él… pero en secreto, sin que lo sepa.

—¿Y dices que puede ser la misma persona?

—¿Tienes a alguien en mente? —preguntó Clare con naturalidad—. Es lo más habitual.

—Sí, creo que sí.

—Pues hazlo con esa persona. Sólo tienes que echar la pócima en algo que vaya a beber. No notará ningún sabor extraño.

—¿No necesitas un mechón de mi cabello o algo así?

Clare la miró con intensidad y le dio un frasquito.

—No, claro que no —respondió—. Aquí tienes la esencia. Haz lo que te he dicho.

Mary Anne se guardó la hoja con las instrucciones y preguntó:

—¿Qué te debo?

—Veinticinco dólares.

Mary Anne sacó el dinero y se lo dio. Había sido más barato de lo que imaginaba.

—Ah, y no olvides lo más importante —añadió Clare.

—¿Lo más importante?

—Sí. Asegúrate de que se lo beba la persona correcta.

Cameron y Mary Anne estallaron en carcajadas.

—Descuida. Eso no será un problema.