
Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Núñez de Balboa, 56
28001 Madrid
© 2018 Ana María Draghia
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Donde duerme tu nombre, n.º 208 - octubre 2018
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.
Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
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I.S.B.N.: 978-84-1307-245-6
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Dedicatoria
Cita
Prólogo
Ahora
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Entonces
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Después
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Epílogo
Si te ha gustado este libro…
Para Virginia, con quien compartí el viaje a Toulouse y muchos años de vida.
Ojalá documente siempre contigo, agente visual.
Para mis lectoras beta, que se han colado en la novela:
África, Macarena, Ode.
Gracias.
No sé qué hacer, dónde buscar
mis palabras más verdaderas, cómo decirte
que llevo en la mirada reflejado tu pecho,
y los brazos me caen, como en derribo,
al verte aquí, a mi lado, morena, lejos siempre.
Voy hacia ti como hacia el mar, despliego
las velas, ay, las alas de mi infancia,
veloz mi corazón cruza la arena,
se me dobla el dolor, te miro
toda de agua navegable, toda
pequeña,
como una estrella húmeda y parada.
CARLOS SAHAGÚN
Acarició sus piernas desnudas con tranquilidad. Podría haber repetido aquel gesto toda la madrugada. Perderse, desprenderse en su piel con besos húmedos, ascender por la cara interna de sus muslos con un reguero de saliva y aliento, cálido y lleno de un latido inquieto. Notar la tibieza de la carne, aún envuelta por la tela vaporosa del vestido, que se había abierto alrededor de su cuerpo como un manto que él fue apartando para poder rozarle con la boca el ombligo y el vientre.
La chica se arqueó cuando él, que había soterrado sus manos entre su espalda y la hierba, fue descendiendo con sus dedos hasta la curvatura de sus caderas. La atrajo hacia sí y, después de detenerse un instante en sus pechos, a medio desvestir, llegó hasta su cara, que no distinguía bien en la oscuridad de aquel jardín en el que se habían perdido.
La besó tiernamente al comienzo, como si se conocieran desde siempre y solo se estuvieran reconociendo en la carnosidad de los labios, en el baile de lenguas que lo volvieron todo frenético. Parecía que se necesitaran, muy a pesar de haberse olvidado durante un segundo de quiénes eran, de lo que les asustaba y de lo corta que podía llegar a ser una noche. O lo eterna, si se arrinconaba en la memoria y después se recordaba en un espasmo, como ese que los unió pocos minutos después, cuando ya estaban despeinados y se buscaban con los ojos y con cada extremidad. Con piernas y brazos que los envolvieron hasta colisionar.
Y colisionaron, como dos nombres que se escriben muy juntos y se separan demasiado temprano.
Las sábanas se habían impregnado de su olor y de las risas de las noches ruidosas, que habían quedado agazapadas en el espacio que hay entre el colchón y la piel desnuda. Se dio la vuelta en la cama y esta cedió bajo el peso de su cuerpo relajado y contraído al mismo tiempo, percibiendo, como si de un miembro fantasma se tratase, las caricias de otras manos, en otro lugar que no era ese.
El murmullo de las olas se introdujo en la habitación y la brisa se confundió con el vello de su cuerpo, erizándolo de los pies a la cabeza.
Abrió los ojos.
Había permanecido en un duermevela durante una hora aproximadamente. Se incorporó en la cama y vio cómo ondeaban las cortinas casi transparentes de su dormitorio. Los ventanales estaban abiertos de par en par.
Se frotó el pecho y luego se pasó una mano por la frente. Apartó las sábanas y la colcha que lo cubrían y se dedicó, durante tres cuartos de hora, a hacer las cosas rutinarias a las que nunca prestaba atención.
Preparar café, ducharse, vestirse con unos vaqueros y una camiseta porque después tendría que ponerse el uniforme, ver las noticias, comprobar si quedaba algo en la nevera, echar un rápido vistazo a una vieja fotografía que tenía guardada en el segundo cajón de la mesita de noche que había en el lado izquierdo de la cama… El primer cajón no lo abría. Guardaba a alguien.
Todo seguía un orden tan habitual que no podía deshacerse de la tranquilidad que, en parte, le producían esos detalles tan absurdos. Era como respirar o pestañear: nadie se detiene en pensar si está llevando a cabo ninguna de esas acciones.
Desde que había vuelto, cada minuto lo condenaba al pensamiento. Iba y volvía de ese viaje al día presente, a las cosas que sabía y odiaba, a los secretos que no le pertenecían, a las detestables casualidades que vienen para quedarse. Le dolía cada segundo en Toulouse, cada calle, cada establecimiento, esquina, canción, mirada. Pero, sobre todo, le ahogaba su nombre, ahora que sabía lo que implicaba: tenía una historia que le obligaba a seguir abriendo puertas.
Condujo hasta el hospital con la música puesta a todo volumen, apretando el volante y también el acelerador. Intentaba alcanzar el silencio, sin embargo, todo a su alrededor rugía, desde el motor hasta su pecho desbocado, que se había quedado en aquel aeropuerto, mirando hacia atrás, esperando que ella apareciese, que, de repente, como en las películas, viniese a pedirle que se quedara, porque ninguno de los dos tenía la culpa de ser quien era. Eran la coincidencia y el destino, pero de los que te asestan una estocada que te coloca de rodillas ante el dolor.
Suplicaban una tregua que nadie quería firmar.
No había sucedido nada de eso. Se había subido en el avión y los últimos meses habían quedado atrás, y con ellos los fines de semana en la ciudad francesa, las veces en las que la había visto entrar en el apartamento y se había dado cuenta de que ella estaba ahí y él seguía en Valencia, junto al mar.
Parecían recuerdos de un poema mal escrito que, no obstante, te perturba, te roba la razón y tensa la cuerda que te hace levitar sobre una boca que no va a volver a besarte.
Aparcó, como de costumbre, en la última plaza que había a la derecha de la entrada de urgencias. Entró a grandes zancadas en el edificio, dejando que las puertas se abriesen de forma mecánica o con la presión que sus manos ejercían sobre ellas. Saludó a un par de médicos a los que había asistido como enfermero en el quirófano y fue hasta el vestuario.
Miró a su alrededor, como solía hacer, por si la veía entre las demás compañeras, por si Laura había logrado ya encararlo y dejar de huir cada vez que él aparecía. Habían desgastado muchos años en aquella relación que se había mantenido a flote gracias al deseo inequívoco de querer hacer las cosas bien. Puede que esforzándose demasiado.
Abrió su taquilla y sacó las zapatillas, se colocó el pijama blanco con su acreditación y tomó asiento durante un par de segundos en el banco de madera en el que, en otras ocasiones, apenas había hueco. Contempló la pantalla apagada de su teléfono y la encendió para asegurarse de que no había ningún mensaje, una señal que le llenase el vacío e hiciese desaparecer la angustia.
Nada.
Le quitó el volumen, lo lanzó al interior de la taquilla y cogió el busca. Salió de la sala con el ceño fruncido, algo que llevaba mucho tiempo sin hacer, puede que se debiera a que había sido feliz de una manera que nunca había podido imaginar. Ahora que le faltaba, se asfixiaba porque aunque no sabía cómo conservar lo arrebatado, tampoco quería quedarse sin ello. Esa inquietud, siempre contando la misma historia. ¿Y qué? ¿Y qué si estaba condenado a no saber querer a otra persona?
Alguien le dio una colleja.
Se dio la vuelta sorprendido y se encontró a Macarena, del ala de pediatría. A veces bajaba a tomar café con él a oncología. No era una planta en la que uno se pudiese sentir muy cómodo, sin embargo, agradecía poder compartir unos minutos de sonrisas y comentarios fugaces.
—Parece que no hayas dormido nada, ¿no librabas anoche? —le preguntó.
Eric se frotó los ojos como si de aquella manera pudiese quitarse el cansancio de encima a manotazos.
—Sí, no, quiero decir… —Hizo una pausa y negó con la cabeza.
—¡Oh, vaya!, ¿así de bien ha ido la noche? —dijo ella con ironía.
Él dejó entrever una sonrisa que, por extraño que parezca, le salía de forma mecánica y, no obstante, hacía que se quedasen prendadas de esa torcedura sensual de la comisura de su boca.
Maca no era inmune a ella, pero había conseguido, con el tiempo, esquivar el descaro de los coqueteos de Eric. Más aún cuando todos en el hospital sabían que Laura y él habían estado juntos.
—¿Qué tal tu noche? —le preguntó él mientras se dirigían al ascensor.
—Una extirpación de apéndice, varias extracciones de sangre, unos puntos y una escayola en un brazo.
—Entretenida.
—Aburrida —corrigió ella, con una mueca de disgusto en la cara.
—¿Qué haces el fin de semana? —indagó él, apoyado contra una de las paredes del elevador, después de haber seleccionado la cuarta planta.
—Irme con mi novio a Madrid.
—¿Novio?
Eric levantó una ceja inquisidora y cruzó los brazos sobre el pecho.
—¿Qué?
—Nada, no sabía que Fran, el del laboratorio, fuese tu novio —pronunció la palabra a disgusto—, creía que solo era…
Hizo un chasquido con la lengua.
—¿Era qué? —insistió Maca, un tanto molesta por el tono de voz de su amigo.
—Alguien con quien te acostabas de vez en cuando.
Dio un paso hacia él, era más bajita, por eso se puso de puntillas y logró clavar sus ojos en los de él, colocó un dedo en su mentón y manifestó algo que a Eric no se le olvidaría en una buena temporada.
—A veces, cariño, también puedes acabar queriendo a las personas con las que te acuestas. ¡Hay que ver lo frío que eres!
Se mordió la lengua después de ese último comentario. Puede que se debiera a la expresión que adoptó Eric, dolido, un tanto quebrado por esa sinceridad arrebatadora, que admiraba y aborrecía por el daño que podía provocarle si no tenía la armadura puesta.
Llegaron al cuarto piso. Eric estaba descolocado ante el comentario de Maca. Le hubiese gustado poder decirle que él también conocía esa sensación, pero hacerlo supondría admitir algo que, por el momento al menos, prefería callar.
—Te veo luego —anunció tras abandonar el ascensor.
Ella asintió y dejó que se perdiese entre la multitud que atestaba los pasillos, en un día cualquiera, de un verano que se aferraba a la sangre bullendo y a los sentimientos más vivos que jamás hubiese experimentado.
Se asomó al interior de una habitación que visitaba mucho, pese a que hubiese preferido no conocer a la persona que, desde hacía un año, vivía en ella. Saludó al señor de setenta años que seguía aferrándose al aliento y a la vida. Él le devolvió la sonrisa y le enseñó la portada del libro que estaba leyendo: Niebla, de Miguel de Unamuno. Era un ejemplar cuidado, con las tapas encueradas, un volumen que su hija le había comprado de una librería de Madrid, Mi Tierra.
Eric le guiñó un ojo y fue a recoger los historiales médicos para poder hacer la ronda con el cirujano. Les echó un vistazo por encima y se dio cuenta de que tendría que dar muchas malas noticias aquel día. Podrían servirle para darse cuenta de que su vida, después de todo, no era tan horrible. O eso intentaba decirse, porque a fin de cuentas parecía que su dolor podría paliarse con el tiempo, mientras que en aquellos otros casos solo quedaba esperar lo inevitable. Y aunque se empeñaba en repetir esto, ¿a quién pretendía engañar? En aquel momento no podía ver, por mucho que se esforzase, el lado bueno de las cosas. En días como esos, más le valía callar.
No dejaba de pensar en su comportamiento, sin embargo, por primera vez, no era su propio dolor lo que le preocupaba, sino cómo afectaba al resto de personas a las que quería. Su madre no hacía más que repetirle: «Ya tienes una edad», como si eso significase que era responsable del mal que acechaba su microuniverso.
Responsable, puede que ahí residiese la gravedad del asunto.
Eric había sido responsable desde que era pequeño: en el colegio, en las tareas asignadas en casa, en las relaciones familiares y de amistad, en la universidad, en el trabajo. Se había comprado un coche, se acababa de comprar una casa. Había adoptado un gato llamado Rodolfo.
Responsable era una palabra que se le quedaba pequeña. Había sido un maldito, jodido y estúpido responsable. Pero había una grieta. Jamás había logrado serlo en las relaciones de pareja. Se permitía ser el antihéroe, el que entra y sale de la vida de las mujeres que enamora, que quiere a ratos y a oscuras; a la luz de los besos y a la sombra de los te quiero inaudibles.
Solo Laura había conseguido algo de él: que lo intentara, que le diera la oportunidad de ser ella, al menos durante unos años de altibajos y sufrimiento quebrado. Sin embargo, con ella también se había rendido. Fuera responsabilidad, adiós convivencia, hasta nunca piso compartido con sus dos mejores amigos. Enterrado en el recuerdo, ahí, muy lejos, descansaba el amor, cuestionado constantemente, que sintió por su compañera de trabajo, con la que seguía cruzándose, a la que aún apreciaba y a la que no podía juzgar por el odio con el que lo miraba.
Si alguna vez se había atrevido a preguntarle a su madre si alguien era capaz de ser responsable en todo, esta refutaba su comentario con un «tienes treinta y tres años», como si llevara treinta y tres años teniéndolos. Evitaba expresar su inconformismo porque consideraba que, para la edad que tenía, había conseguido más de lo que la sociedad le había ofrecido a la «generación perdida» a la que pertenecía. ¿Qué más podía pedir? No quería casarse, ni mucho menos tener hijos. No estaba hecho para crear una familia. Para eso, oh, horror, había que ser responsable y, ante todo, acabaría huyendo de sí mismo, de su identidad como hombre, ser individual y autónomo.
Pero Danielle y Ricardo se habían casado a principios de marzo, y esa noche, siendo el padrino, ebrio de alcohol y de emociones, sintió un inmenso vacío que fue creciendo a diario. Inquietudes, preguntas, cocinas que de pronto parecían demasiado grandes, una mesita de noche extra que nunca compartiría, nadie que le dijese hola al llegar, nadie a quien sonreírle al irse. De pronto, sin más, los treinta y tres le parecían razón suficiente para plantearse, si no qué había hecho mal en el amor, sí quién era él en realidad y dónde residía su felicidad.
Alguna voz, de esas propias de quien consume éxtasis, consideró que viajar a Francia para ver en directo a uno de sus grupos favoritos era una idea excelente para despejarse y recordar tiempos mejores, en los que se reía más, en los que no le daba pudor pasear desnudo por la casa, solo o acompañado, en los que la única compañía de Rodolfo era suficiente para hacerle sentir a gusto.
A esas alturas, ya no sabía si odiaba a Lena por haberlo invitado a pasar aquel fin de semana en su piso de Toulouse. Puede que la mejor opción hubiese sido coger una habitación de hotel, donde no tuviera que relacionarse con nadie, donde no hubiese permitido que lo conociesen de otra manera que no fuese a través de su cuerpo. Era más fácil, no había viajes juntos ni desayunos de sonrisas cómplices, solo dos extraños que se dan lo máximo que les permite su miedo y después escapan hacia otros brazos donde pueden temer y vivir de otra forma.
—Eric, te buscan.
La voz de Carmelo, alegre y jovial porque le quedaban tres semanas para la jubilación, lo sacó de su ensimismamiento.
—¿Quién? —indagó con el ceño fruncido.
—Aquel hombre. —Señaló hacia el final del pasillo.
Ahí estaba, vestido con su traje impoluto, alto y fuerte como un roble. Miraba su reloj, seguramente el último modelo que había salido al mercado. Siempre había tenido una obsesión por los relojes. El tiempo. ¿Dónde había leído algo sobre los relojes? Cortázar, aquel relato. Ni siquiera sabía si el libro era suyo o había sido de Laura, pero le había gustado.
Dejó el historial que había estado leyendo sobre la mesa y fue hacia la esbelta figura de pelo canoso y barba abundante.
Le sonrió con afabilidad al verlo y abrió los brazos como hacía siempre.
—Hola, papá —saludó, aceptando el afectuoso abrazo de su padre.
Sí, eran de esos, de los que no temen mostrar sus sentimientos, al menos entre sí. No había sufrido la falta de una figura paterna que le trasmitiera unos valores dignos. Eso inquietaba todavía más a su madre, porque no podía explicarse por qué, siendo su marido tan cariñoso y comprometido, su hijo, el único, se había convertido en un huraño personaje que alejaba a todo el mundo.
—Eric, hijo, ¡qué cansado te veo!
La sinceridad sí que la había heredado.
—Papá, ¡y yo a ti qué canoso!
Se estrecharon en ese abrazo sincero, que duró lo suficiente como para que otros se hubiesen sentido incómodos, y emitieron una carcajada al separarse. Eric y su padre, Domingo, nombre castizo donde los haya, formaban un dúo envidiado por toda la familia Blasco Fernández. Tenían la voz cantante en todas las celebraciones y eran, sin importar el lugar, los anfitriones de las fiestas y los encuentros.
Últimamente, sin embargo, se habían visto menos. Eric había pasado el poco tiempo libre fuera y sus padres aprovechaban el suyo para hacer cosas que la juventud y la falta de recursos en tiempos peores no les había permitido. Su hijo se alegraba por ellos, los quería y pensaba que se merecían ser protagonistas de sus vidas de una vez por todas, a fin de cuentas, él ya había superado la treintena.
—¿Y eso que todavía no te has pedido la nacionalidad francesa? —le picó su padre.
—No sé de qué me hablas.
—Claro, tú nunca sabes de qué te hablo —contestó con ironía, haciendo que su hijo mirase hacia otro lado—. Pero dime, no me puedo ausentar mucho, ¿en qué puedo ayudarte?
Eric cogió aire, lo necesitaba para llevar a término la decisión que había tomado. Sabía que estaba infringiendo algo que, moralmente, era reprochable, y no era consciente de hasta qué punto también lo era ante la ley. A lo mejor su padre podría verter luz sobre el asunto y darle algunas respuestas. Lo que no tenía muy claro era cómo iba a emplearlas una vez que las tuviese.
¿Y si, por mucho que él hiciese, jamás pudiera volver a aquel día?
—Necesito que me ayudes a encontrar a alguien.
Domingo enarcó las cejas con sorpresa evidente. Hacía cinco años que lo habían nombrado inspector en el departamento de sucesos y comenzaba a ver, por fin, la luz al final del túnel: había sido su máxima meta y la había alcanzado, ahora quería empezar a descansar.
—¿Es un hijo?
—¿Qué hijo? —preguntó Eric con el ceño fruncido.
—No sé, uno tuyo.
—Papá, ¿tengo yo cara de tener hijos? —indagó, exasperado ya ante los interrogantes, aparentemente absurdos, de su padre.
—Tampoco yo la tenía a tu edad y mira qué guapo has salido.
—¡La madre que me parió! —exclamó.
—Muy guapa también, y muy bien parido —añadió Domingo.
—¿Me quieres escuchar? —cortó Eric, que no podía sobrellevar la situación cuando su padre se ponía así.
—Te escucho —apuntó, algo más serio y ligeramente preocupado por la forma en la que brillaban los ojos de su hijo.
Cerró el grifo y se quedó con el vaso de agua en la mano, viendo a través de la ventana cómo las olas iban y venían desde la oscuridad hasta la orilla. Eric tenía esa extraña capacidad que algunos poseen, la de pensar en más de una cosa a la vez. Cada recuerdo iba interconectado con otro.
Las olas, la noche, las calles, alguien que habla en francés, la voz de John Mayer cantando Gravity, la oscuridad de un local, una noria, una mirada cómplice, un roce, un beso.
Ella.
Después regresaba a ese momento. Por algún motivo, Rodolfo siempre andaba cerca, como si estuviese siguiendo el rastro que dejaba la culpabilidad o el malestar que sentía su dueño.
Eran las cuatro de la mañana. Había acabado su turno hacía una hora escasa y ahora se disponía a cocinar. Nunca tenía sueño, solo hambre. Echó el agua en la cazuela y encendió el gas. En otro tiempo, alguien hubiese visto las luces encendidas, habría salido de la cama y lo habría encontrado ahí, apoyado en la encimera, preguntándose si lo que hacía era lo correcto.
Sabía que sus problemas no eran tales en comparación con los de otros. Francisco, el hombre que leía y tenía cáncer de colon, sin ir más lejos. Eso sí que era dolor, y más ahora que iban a enviarlo a casa porque no podían hacer nada más por él.
Cuando Eric decidió ser enfermero no pensó que perdería a tanta gente con los años. Puede que, en realidad, no considerase que aquellas pérdidas serían suyas. Pero lo eran. Insalvables y dañinas. Sentía un temor extraño: ver algún día a alguien querido al otro lado de las paredes blancas del hospital, cubiertas por sábanas que olían a quirófano y a pena.
Echó un puñado de arroz al agua y unas verduras que había troceado y guardado en un táper la noche anterior. Tardarían en hervir, pero sentía que tenía tiempo, que no había nadie, ya no, que se lo ocupase.
Fue al salón, se dejó caer en el sofá y contempló la fotografía que descansaba sobre la mesa del café. Siempre le provocaba la sonrisa propia de quien mira a la gente que quiere. Dany, Ricardo, él. Hacía ya años, cuando aún compartían piso.
Cogió el teléfono. Era tarde, debían de estar durmiendo, pero tecleó un rápido mensaje para ella. La echaba mucho de menos, aunque se veían una vez al mes. Los tres, como antes, como siempre. Quizá se había sentido lejos de ellos durante un tiempo, cuando se fueron y Eric se dio cuenta de que ya no eran un pack. Una manada que se necesita para sobrevivir. Después se dio cuenta de que la distancia solo era eso: kilómetros que se podían recorrer y que no tenían por qué separarlos y convertirlos en unos extraños. ¡Cuánto había aprendido de distancias en los últimos meses! Le parecía la menor de las pruebas. Insignificante al lado de otras cosas.
Estoy cocinando arroz con verduras.
Un mensaje estúpido, de los que solía escribir cuando no era capaz de contar la verdad. Si había algo que a Eric se le daba especialmente mal era precisamente eso, hablar de sus sentimientos a corazón abierto y reconocer que no estaba todo lo bien que cabría esperar.
Dejó el teléfono sobre uno de los cojines y, cuando iba a levantarse para ir nuevamente a la cocina, vibró. Era una llamada.
—¿Qué haces llamándome a estas horas? —preguntó nada más colocar el móvil junto a su oreja.
—¿Qué haces tú escribiéndome? —contestó ella con el mismo tono.
—Acabo de llegar del hospital, es normal que esté despierto —explicó.
—¿Y crees que me importa que estés cocinando arroz con verduras?
—Desde que te has casado eres más simpática, si cabe.
Danielle se rio al otro lado, a carcajadas.
—¿Estás bien? —indagó sin esperar por más tiempo.
—Como siempre.
—¿Igual de bien o igual de mal? —insistió ella.
—Cada vez que hablo contigo me siento como si estuvieses haciéndome un tercer grado.
—Si me dijeras desde el comienzo lo que te pasa, no tendría que hacerlo. ¿Vamos a estar así hasta que amanezca? Tengo tiempo.
Eric aguardó un segundo.
—Es que no sé qué estoy haciendo, Dany.
Ella suspiró. En su casa de Madrid, envuelta en una manta fina y sentada en el sillón orejero, recordó que antes era más sencillo. Entonces solo hacía falta una mirada para que se entendiesen, ahora las palabras había que arrancarlas una a una, y Eric no estaba acostumbrado.
—Abril me lo ha contado —dijo finalmente.
Prefirió ser sincera, allanarle el terreno para que pudiese deslizarse por él, no escalar la parte pedregosa que le impedía ver con claridad.
—¿Lo ha hecho?
Se inquietó. El estómago se le cerró de golpe y nada le pareció ya tan apetecible, ni siquiera el arroz.
—Sí, y Eric… —buscó las palabras adecuadas—, es hora de que vayas aprendiendo a ser feliz.
Él se frotó los ojos, fue cuando se dio cuenta de lo cansado que estaba. Anduvo hasta la cocina y cerró el fuego porque ya no le importaba la comida sin hacer.
—No sabía que eso pudiese aprenderse.
—Se puede, si uno quiere, cariño.
—¿Y si no quiero?
—En ese caso, sigue cocinando arroz para uno todas las madrugadas, es evidente que así te va muy bien.
—Eres una borde.
—Y tú un inmaduro.
—¿Ves cómo eres una borde?
—¿Y tú? ¿Ves que cambias de tema como un crío asustado? ¿Qué te pasa? ¿Por qué eres incapaz de…?
—Dany…
—¿Qué?
—No está bien lo que he hecho, no es un tema del que pueda hablar como si nada, y menos contigo, ¿qué vas a pensar de mí después de saberlo todo?
Su amiga soltó un improperio al otro lado de la línea que hizo sonreír a Eric.
—Voy a seguir pensando que te quiero, que eres imbécil, pero que te quiero.
—Yo también te quiero.
—No nos pongamos sentimentales.
—¡Pero si has empezado tú! —le reprochó él.
—¡Porque te ibas a echar a llorar!
Eric tuvo que reír ante ese último comentario.
En momentos como esos se olvidaba de que no estaba ahí. Tenía la sensación de que se habían sentado juntos en el antiguo sofá del apartamento en el que habían vivido, casi sin secretos y sin miedos. Parecían no haberse marchado nunca. Él tumbado sobre su regazo y ella acariciándole la frente, pensando, tal vez, que era un idiota por sufrir gratuitamente. Pensando también, como ahora, que lo quería porque era su mejor amigo.
—¿Cuándo has hablado con Abril?
—Hace unos días. Estuvo en Madrid.
Eso sí que desubicó a Eric, que no esperaba que la chica hubiese estado en España. ¿Por qué habría ido?
—¿Por qué vino? —preguntó.
—¿Por qué no me lo cuentas todo antes?
Dany escuchó el suspiro profundo que emitió Eric.
—¿Por qué?
—Porque lo necesitas —le respondió—. ¿Sigo teniendo una habitación en tu casa?
—Y una hamaca también, en la playa. ¿Vas a dejar a tu marido por mí? —inquirió con una media sonrisa en los labios.
—Esa era mi intención desde el principio.
—Entonces, ¿cuándo vienes?
—Cuando me invites —murmuró ella.
—Pero si siempre te invitas tú sola, no sabía que ahora quisieras que te enviase un carro tirado por caballos y una tarjeta impresa con letras doradas.
—¿A qué ya no voy?
—Pues no vengas.
—Mañana por la tarde estoy ahí.
—Tengo turno en el hospital.
—Cogeré la llave que guardas en la cajita del timbre.
—Pues bien.
—Pues claro que bien.
—¡Eso he dicho!
—¡Buenas noches!
—¡Buenos días, querrás decir!
Pero ella ya le había colgado.
Sintió el vacío de los últimos días un poco más camuflado, sin embargo, surgían nuevos interrogantes. Aunque quisiera dejar Toulouse atrás, parecía que las personas que se habían quedado ahí venían a buscarlo.
Él, por otro lado, tampoco se había desprendido de ellas del todo. No podría hasta que no resolviese las dudas, la inquietud de las noches y los días que había pasado escondido, temiendo que, en cualquier momento, alguien encendería la luz que lo inculparía por ese delito, tan humano y tan egoísta.
Apagó la luz de la cocina y se quedó en la penumbra, sentado frente a la mesa con los codos apoyados en la mesa y el teléfono móvil en la mano. Encendía y apagaba la pantalla una y otra vez. Era su mecanismo de defensa contra todo aquello para lo que no tenía respuestas.
Ya eran más de las cinco. Habían pasado muchas horas, días, semanas, y su nombre no parpadeaba. No había señal alguna, ni siquiera pensaba que la llegase a haber en el futuro, al menos no en el más inmediato.
Se levantó y cogió una sudadera gris que siempre dejaba en el armario de la entrada, salió por la puerta de la cocina y bajó las escaleras del porche trasero. Poco después sintió cómo el suelo, la arena de la playa, cedía bajo sus pisadas.
Dio algunos pasos en dirección a la luz de la casa que había varios metros más allá de la suya. Estaba ahí, como todas las madrugadas. Levantó la cabeza de la pantalla de su portátil y le sonrió ampliamente.
—Buenos días, vecino —saludó con voz dulce y cercana.
Eric sacó una mano del bolsillo del pantalón y le devolvió el saludo.
—Buenos días, África.
—¿Has salvado muchas vidas? —preguntó, aunque Eric no se detuvo en ningún momento.
—Ninguna esta noche —contestó—. ¿Has matado a mucha gente en tu nueva novela?
—A nadie esta mañana —respondió ella con una sonrisa franca en la boca.
Eric volvió a levantar la mano cuando dejó a su espalda el porche de la escritora. Frunció el ceño, involuntariamente, y sonrió. Últimamente tenía la sensación de que estaba rodeado de mujeres, y, aunque a cualquiera le hubiese gustado, a él comenzaba a hacérsele extraño. No quería reemplazar a Danielle, porque nadie podría, pero tampoco era capaz de seguir renunciando a hacer amigos. Llegaría el día en el que ella no podría venir desde Madrid para escuchar sus penas.
Se paró en seco.
—Oye, vecina —gritó—, voy a por café aquí al lado, ¿quieres algo?
África se asomó por la barandilla de madera y asintió con la cabeza enérgicamente.
—Uno con leche y sin azúcar.
Levantó el pulgar y siguió andando.
Quizá, después de todo, no era malo estar rodeado de mujeres, puede que ellas supiesen qué podría hacer para solucionar todo aquel embolado.
Puede que…
Volvió a darse la vuelta.
Habló todavía más alto que la vez anterior.
—¡Vecina!
Ella volvió a asomarse, riéndose en silencio.
—¿Qué?
—¿Qué haces mañana por la noche?
—Tengo novio, Eric.
Él no pudo evitar reírse a carcajadas.
—¿Qué respuesta es esa? ¿Por qué me dices eso?
—Porque tú tienes fama de ligón en el vecindario —aclaró ella.
—Y también tengo, mañana por la noche, una cena con amigas en mi casa.
Algo que acababa de improvisar, aunque ella no lo supiese.
—¡Ah! —exclamó África—. En ese caso, llevaré vino.
—No bebo, en realidad.
—¿Quién ha dicho que el vino sea para ti?
Eric no sabía cómo lo hacían, pero al final todas le ganaban en las batallas verbales. Por aquel día, mujeres tres, él cero. Por no hablar de aquellas que no se habían pronunciado por el momento. Desde luego, si lo dejado atrás no había sido fácil, lo que estaba por venir tampoco lo sería.