José Manuel Pedrós

 

 

 

 

 

EL ÚLTIMO CONDE

 

 

 

 

 

 

EL ÚLTIMO CONDE

 

© José Manuel Pedrós

© Kalosini S.L - Olé Libros

 

1ª edición: marzo de 2018

 

 

 

Edita: Loto Azul

Grupo editorial Olelibros.com

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www.olelibros.com

 

ISBN: 978-84-17307-37-0

 

 

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A la luz de la luna todas las preguntas tienen respuesta, pero a la luz del sol todo se ve con una claridad mayor.

 

J M PEDRÓS

 

 

 

 

Yo era una joven sencilla y alegre, sin demasiadas necesidades, sin demasiadas complicaciones, sin demasiadas estridencias. Había tenido una infancia feliz, en la que no había sufrido carencias importantes, al contrario, mis padres habían sido generosos con mi hermana y conmigo. En el carácter de las dos habían querido imprimir siempre el valor de la austeridad para que supiésemos apreciar la importancia de las cosas, pero, al mismo tiempo, habían sabido también premiar nuestros esfuerzos, y sobre todo darnos el cariño necesario, inculcándonos todos aquellos valores que en la vida nosotras debíamos potenciar.

Tenía muchos amigos y muchas amigas, con los que me divertía en mis ratos de ocio y con los que viajaba a menudo, pero nunca había tenido ninguna relación seria, de esas que antes se llamaban formales; y sólo aspiraba a terminar la carrera y a desarrollarme como persona dentro de aquella profesión que había elegido y que me entusiasmaba.

Seguramente tendría muchos defectos, más, incluso, que la mayoría, pero nadie podría tildarme nunca de soberbia. En la medida de lo posible intentaba ser humilde y sencilla, y no jactarme nunca de nada que pudiera enmascarar mi semblante de petulancia o vanidad, aunque la apariencia, en realidad, era lo que menos me preocupaba, y siempre daba más valor a las cualidades internas que podían tener las personas que a todo lo que a simple vista pudieran parecer. Tampoco creo que nadie pudiera considerarme hipócrita, mentirosa o desleal, pensar que no había tenido en cuenta a mis amigos —aunque algunos de ellos muchas veces no debieran tener tal consideración—, o suponer que en algún momento determinado podía dejarlos en la estacada, porque siempre que alguien me pedía un favor, ahí estaba yo, cultivando la amistad por encima de todo, y sin pedir nada a cambio, como suele decirse, aunque luego yo no recibiera la misma respuesta. Sin embargo, siendo sincera, debo admitir también que esto último no sucedía habitualmente, y la mayoría de mis amigos siempre respondía a mis expectativas.

Llegados a este punto, quizá alguien piense que estoy alardeando de una serie de valores que no tendría que cacarear, ya que, entre otras cosas, todo esto no tiene ninguna importancia en este relato y pueden, además, hacerme parecer una persona petulante; pero si lo comento es porque todos esos valores, o cualidades, que adornaban mi semblante, empezaron lentamente —y no sé por qué— a desvanecerse.

Y se empezaron a desvanecer en el mismo momento en el que me encontré con él, porque sus características y sus virtudes eran, indiscutiblemente, muy superiores a las mías.

Era el ser más encantador que jamás hubiera conocido alguien; ese ser que nadie pudiera imaginar. Una de esas personas que no son, o no parecen, reales, y que sólo tienen vida en los sueños o en los cuentos; pero durante todo este tiempo que ha pasado desde que lo conocí, algo extraño envuelve mi vida, algo se agita en mi interior, algo que no acabo muy bien de concretar o de ubicar; porque él, ese ser tan maravilloso y tan especial, tan delicado y tan tierno, tan atento y tan seductor, tan generoso y tan desinteresado, en realidad, no parecía humano. Es más, posiblemente no lo fuera.

 

Empezaré por el principio, por el día en el que lo conocí, y empezaré describiendo todo aquello que a mí me llamó más la atención; aquello que de él me causó un impacto especial; aquello que me cautivó. Una descripción minuciosa —como yo en aquel momento observé— puede resultar interesante para que los demás se forjen una idea de esa persona de la que estamos hablando, aunque siempre que hablamos de alguien tendamos a magnificarlo o a vituperarlo, según cómo nos caiga, según cómo nos haya tratado o según cómo se comporte con nosotros. Y es que en la apariencia ajena siempre influye nuestra personal percepción de las virtudes o de los defectos de quien no se conoce; y según el matiz que le demos, se puede imaginar a alguien desconocido de una o de otra manera: Un ángel o un demonio.

Intentaré ser imparcial al hablar de él, aunque tienda a dominarme el apasionamiento y la subjetividad. Porque ese ser, para mí tan fascinante, en determinados momentos, y visto bajo el cristal de todo aquello pomposo, elegante y sublime que le rodeaba, y que parecía hacerlo deslumbrar, podría parecer frívolo, vanidoso o pedante, aunque luego, al conocerlo mejor, pudieras descubrir que era todo lo contrario. Desde luego, hay que decir, sin temor a equivocarse demasiado, que era un ser único, porque, aunque en el fondo todos pensemos lo mismo de cada uno de nosotros, después descubrimos atributos o defectos que nos hacen similares a muchos otros de los que nos rodean, y eso con él no ocurría.

Él. Para los amigos, para los conocidos y para todos en general, Vlad; porque ése, simplemente, era su nombre, al menos, el nombre por el que él quería que le conocieran.

 

I

Tenía el pelo largo, y negro, tan negro que no parecía natural. Una línea recta lo dividía en dos mitades iguales, cuya simetría, podría decirse que en desuso, era más bien propia de un cuerpo geométrico y de una época pasada que se había extendido por el romanticismo del siglo XIX, se había disipado en los albores del XX y había reaparecido con los últimos hippies de la década de los sesenta, perdiéndose después. Quizá la extraña nostalgia de una época que él, desde luego, y dada su edad, no había podido vivir, le hiciera adoptar aquella original estética; aunque en la actualidad no se puede llamar a nada original, como tampoco es correcto decir que algo es «normal». Lo insólito, lo infrecuente y lo extravagante se encuentran tan entremezclados con lo sencillo y lo convencional, que decir, por ejemplo, que yo sea una chica corriente, sería decir que mi apariencia, o mi estética, es la habitual de una joven de los años ochenta, o como mucho de los noventa, y no el de una intrusa descolocada de principios de la segunda década del siglo XXI en el que estamos.

Su piel era extremadamente blanca, como si estuviese enfermo, o como si hubiese estado mucho tiempo sin haber tomado el sol. Era alto —mediría alrededor de uno noventa, lo cual, desde mi altura de uno setenta, era mucho—. Estaba más delgado de lo normal, o eso me pareció a mí al amparo de algunos tragos generosos del cubalitro que compartía con mis amigas; y tenía un aire refinado y distinguido, casi aristocrático. Sus ojos eran tan claros como el cielo en un día luminoso, y ese contraste de piel, ojos y pelo formaba una amalgama difícil de explicar, algo que parecía antinatural, aunque no lo fuera. Eso me dijo.

Su belleza era como la de un dios griego: ninguna imperfección en su rostro, ninguna mácula. Incluso parecía brillar en la noche, como si un halo misterioso envolviera toda su figura. Si pudiera utilizar el adjetivo «perfecto», lo utilizaría, sin duda, pero esa palabra no está en mi diccionario particular. Sólo tenía dos pequeños defectos: tenía los dientes amarillentos, aunque eso no tenía ninguna importancia: una buena clínica dental podría hacerle un blanqueamiento impecable; y su aliento era ligeramente hediondo, posiblemente tuviera algún desajuste intestinal o alguna enfermedad estomacal o bucal. Eso pensé.

La noche era cálida. Estábamos a últimos de junio y para celebrar el fin de curso, algunos compañeros de Arquitectura habían organizado en el campus, con la debida autorización, un macrobotellón. Sería nuestra despedida, porque muchos de nosotros no nos íbamos a volver a ver hasta el próximo curso.

Llegué con unas amigas, y estuvimos charlando, bebiendo y bailando todas durante un buen rato. La noche era larga, y aún teníamos por delante muchas horas de oscuridad para divertirnos. ¿Cuánto tiempo pasó hasta que lo vi? Eso es algo que no me atrevo a calibrar, pero en cuanto me fijé en su rostro y en su figura me fui hacia él. Parecía tan perdido… No sé, pero por momentos me pareció notar una fuerza extraña, una atracción irresistible que me empujaba de una forma instintiva hacia él, como si se hubiese originado de pronto un campo magnético, en el que él era el centro gravitatorio y yo la única partícula metálica existente que invariablemente era atraída hacia su estructura.

Lo vi hablando con un compañero de mi curso con el que yo había entablado una cierta amistad el año anterior, pero el bullicio y el ruido que había eran tan grandes que se hacía imposible saber de qué podían estar hablando.

Cuando mi compañero se marchó, aproveché la ocasión y me acerqué hasta él.

Llevaba un pantalón de vaquero negro, y una camiseta de algodón sin inscripciones ni dibujos, también negra, pero esto no me causó ninguna impresión. A fin de cuentas, muchos de mis compañeros vestían también de negro, como él, aunque había leído en un correo electrónico que me habían enviado, que los que visten de negro lo hacen porque quieren pasar desapercibidos, y necesitan la ayuda y la comprensión de los que les rodean, y esos datos había que tenerlos en cuenta. Lo que sí me impactó fue su elegancia, dentro de su sencillez, pues tanto el pantalón como la camiseta estaban impecables, como recién estrenados.

El pelo lo tenía perfectamente peinado, estaba pulcramente afeitado, lo que contrastaba con el pelo desaliñado y la barba de varios días que algunos de mis amigos lucían, y desprendía un olor penetrante, seco y sugestivo, como si fuera una mezcla de maderas tropicales y violetas. Me aclaró que se trataba de una fragancia nueva que utilizaba desde hacía poco tiempo: Boss Bottled Night, de Hugo Boss, su marca de colonia preferida.

En el dedo meñique de la mano izquierda brillaba un pequeño anillo de oro blanco con dos diminutos diamantes negros. Nunca había visto un diseño parecido, ni diamantes así. Me dijo que era un antiguo recuerdo de familia. Ningún abalorio más le adornaba, y tampoco llevaba piercings ni tatuajes, al menos a simple vista, lo que habría sido normal en un joven de su edad.

Aparentaba unos veintisiete o veintiocho años, pero sus ademanes, su estilo, su forma de hablar y sus conocimientos no se correspondían con su edad. Entendía de arquitectura mucho más que yo, que iba a empezar quinto y había terminado el curso anterior con unas notas excelentes, aunque me dijo que no había estudiado la carrera; pero no era sólo eso. Cualquier tema del que habláramos lo conocía, como si fuera un experimentado erudito, y, además de culto, se le veía inteligente, delicado, seductor, educado, avispado y galante. Pero había una cosa, por encima de todo, muy importante en él. Algo que ya lo definía desde el primer momento. Al rato de estar hablando, y después de comprobar sus conocimientos y comentarlo con él, me contestó con una frase que podría ser lapidaria: «No deberíamos sentirnos orgullosos por lo que sabemos, sino mostrarnos humildes y al mismo tiempo seguir teniendo curiosidad por todo lo que desconocemos, que, indudablemente, siempre es mucho mayor que lo que sabemos». Aquello era algo muy significativo, y decía mucho de su personalidad, pero aún añadió algo más.

—Séneca, que además de político, orador y escritor, era conocido por sus obras de carácter moralista, es para mí el más importante de todos los filósofos romanos. Una de sus frases, que a mí siempre me impresionó, es esa que dice: «Estudia, no para saber algo más sino para saber algo mejor». Esa frase resume, mucho mejor que todo lo que yo pueda decir, todo lo que yo pueda pensar.

Y aquella frase suya, complementada con la de Séneca, resumía también, o podía resumir, todo su pensamiento: El pensamiento de Vlad.

«Tienes unos ojos muy bonitos», me dijo nada más conocernos. «Gracias por el cumplido», contesté. «No es ningún cumplido —aclaró—. Es cierto». Afortunadamente era de noche, porque enseguida me di cuenta de que me había empezado a sonrojar. Nadie me había hecho nunca un comentario como aquél, porque mis ojos eran de un color miel claro indefinido, que, sobre todo en la noche, pasaban totalmente desapercibidos. No obstante, insistió en los halagos: «También tienes un pelo brillante y sedoso», dijo sonriendo, mientras pasaba su mano por mi pelo con un gesto entre delicado, cariñoso y tierno, casi como cuando se le pasa la mano a un gato por el lomo para acariciarlo, y nada más pensar eso me vino a la memoria la escena de la película El Padrino, en la que Marlon Brando (Don Vito Corleone) le pasaba la mano a su gato por el lomo, como símbolo, dicen los entendidos, de poder.

Mi pelo tampoco era nada del otro mundo. Ni moreno ni rubio, ni liso ni rizado. Era de un color castaño claro, que casi se confundía con el color de mis ojos; y llevaba una melena corta, ligeramente ondulada, que a mí nunca me había causado ningún orgullo especial, por lo que ni el pelo ni los ojos, a mi modo de ver, resaltaban (o contrastaban), como sí que le ocurría a él. A pesar de ello, agradecí aquel detalle cortés que tuvo conmigo, porque ningún amigo, ni ningún compañero, me había dicho antes unas palabras con tanto cariño y tanta dulzura. Y es que yo no era, desde luego, una morenaza impresionante de ojos como tizones, que va pisando con una firmeza aplastante; ni tampoco una rubia explosiva de esas que causan admiración a primera vista. Yo era muy normal, muy sencilla, aunque, seguramente, la sencillez era mi principal virtud, o una de las más importantes. Quizá él lo entendiera así. Y quizá, también, fuera eso lo que admiraba.

Estuvimos bebiendo y bailando toda la noche, mientras la megafonía atronaba en el campus, la gente se divertía como nunca, todos reíamos a carcajadas y nos desinhibíamos de los problemas cotidianos envueltos en alegría y alcohol. El etílico tiene eso. Te hace que lo afrontes todo con energía y entusiasmo, como si no existieran los obstáculos, como si no hubiese dificultades. Habíamos ido todos a pasárnoslo bien. Éramos jóvenes y, como tales, todo lo arrasábamos sin medida ni cautela.

Había una cosa que me pareció muy curiosa: En toda la noche sólo lo vi beber agua, y fumar. Estábamos bailando y, disimuladamente, me fijé en sus dientes ligeramente amarillentos. Él pareció adivinar mi pensamiento, y dijo:

—El café y el tabaco manchan mucho los dientes. Son mis dos únicos vicios. Ya me he hecho algún blanqueamiento, pero, al final, el color amarillo vuelve a aparecer. Eso es lo que me produce también la halitosis que padezco —agradecí su sinceridad—. Mañana, precisamente, tengo cita con el estomatólogo —yo habría dicho «con el dentista». Quizá él era más cursi con el lenguaje, o más preciso. Era otro detalle.

Le pregunté qué estaba estudiando, o qué había hecho, y me dijo que oficialmente no había estudiado ninguna carrera, pero que era un empedernido estudioso de cualquier materia —«un contumaz autodidacta», pensé—. A veces, la genialidad se encuentra en el lado de los autodidactas, porque compensan la falta de preparación oficial con entusiasmo, estudio y audacia. Miguel Ángel, que había estudiado escultura, decoró la bóveda de la Capilla Sixtina y terminó la construcción de la Basílica de San Pedro en el Vaticano. Leonardo da Vinci, considerado por muchos el mayor genio de la historia, se había formado como pintor en Florencia, pero fue también científico, ingeniero, inventor, anatomista, arquitecto, botánico, músico, poeta, filósofo y escritor. Son sólo dos ejemplos. A Vlad le sucedía algo similar al artista florentino. Aquella noche, quizá debido al deslumbramiento que me produjo su personalidad arrolladora, a mí me lo pareció, y enseguida establecí cierto paralelismo entre ambos; porque podría decirse que Vlad era una persona sumamente vitalista. Todo le interesaba, desde la política hasta la historia, desde la filosofía hasta la literatura, desde las matemáticas hasta la medicina, desde la música hasta la cocina y desde las ciencias hasta la arquitectura. Esta última palabra, que empleó dos o tres veces aquella noche, la pronunciaba siempre con más énfasis que las demás, quizá de esa manera se quería unir a mis preferencias y a la profesión que yo había elegido para desarrollar en un futuro inmediato. Eso, al menos, es lo que yo en aquel momento interpreté. Podía decirse que en él se resumía el mayor anhelo al que los renacentistas aspiraban: El artista completo; y es que el arte, como me dijo Vlad en una ocasión, es el alma que hace brotar en nosotros la alegría cuando el espíritu decae.

Y después de estar toda la noche bailando, bebiendo-do, hablando y coqueteando, como si fuésemos dos adolescentes irreflexivos, al filo de la madrugada me pidió el número de teléfono y me preguntó si no tenía nada que hacer al día siguiente.

—¿Quieres que te lleve a tu casa? —sugirió. Pero le dije que había venido con unas amigas y que me iría también con ellas.

—No quiero darles ningún desplante —añadí. Aunque en realidad sólo quería ser prudente, como siempre, y no precipitar ningún acontecimiento.

Después me dio un beso apasionado y se marchó. Yo me quedé atónita, tocándome los labios medio aturdida, sin saber si era por el beso, por el deseo reprimido o por el alcohol que había ingerido. Estaba casi rota de emoción, y no acertaba a pensar en nada. En aquel momento, debía de encontrarme con la mente en blanco, como si fuera una princesa y el príncipe más guapo y apuesto del mundo me hubiese dado un beso de compromiso.

Mi compañero, que se había dado cuenta de todo, como si nos hubiese estado espiando, se acercó hasta mí y me dijo: «Ese chico tan extraño que acabas de conocer, en realidad es sólo un pedante. Ten cuidado con él». No sé con exactitud por qué me diría aquello, aunque podía sospecharlo, pero no le di demasiada importancia a aquellas palabras. La envidia y los celos nunca han sido buenos consejeros, y se han interpuesto en muchas relaciones como un veneno letal. La irresistible atracción que había empezado a sentir hacia él estaba más que justificada.

Mis amigas también nos habían estado observando, casi escrutando minuciosamente. No sé si también con ojos de rivalidad.

—¿Cómo no te has ido con él? —me dijo una de ellas.

—¡Qué tonta que eres! Era tu oportunidad —me dijo otra—. No se puede ir por el mundo de pardilla, como tú, sin aprovechar los momentos y pensando que todo el mundo actúa con transparencia y con buena voluntad.

En realidad, así era, pero yo no sabía por qué había actuado así, por qué lo había dejado marchar sin más, por qué no me había aferrado a él para pasar la noche, o lo que quedaba de ella, juntos; pero no importaba, había quedado con él al día siguiente, y tampoco era cuestión de precipitarse y de quemarlo todo en el primer encuentro. Todo no se podía hacer de una forma precipitada —pensaba—, había que darle tiempo al tiempo, y había que confiar en la gente y en sus palabras, como a todos nos gusta que los demás confíen en nosotros.

Muchas de mis amigas creían que yo, en el fondo, era una ingenua, que me entregaba demasiado a los demás y que me fiaba de todo el mundo; y pensaban que así no se podía ir por la vida, porque luego una se encontraba con que todas las personas no respondían a las expectativas depositadas en ellas; y tenían razón, pero tampoco se puede ir pensando en la maldad de la gente, desconfiando de todos y de todo. Al menos hay que intentar guardar un equilibrio, y desconfiar sólo de aquellos que ya te han demostrado que no van por la vida con buenas artes.

Pero siempre hay quien te engaña.

 

II

Habíamos quedado en una cafetería a las nueve y media, cuando el sol empezaba a declinar para dar paso a la noche. A las nueve ya estaba yo allí, más que puntual, tomando una coca-cola con dos amigas que se empeñaron en acompañarme hasta que él llegara. Estaba impaciente, porque no sabía si todo habría sido un sueño, que el alcohol había potenciado, y mi príncipe se desvanecería como en los cuentos, o si, por el contrario, no tardaría mucho en aparecer de una forma majestuosa.

A las nueve y media aún no había llegado. El sol estaba desapareciendo entre unas nubes rojizas que le daban a la tarde la forma de los estigmas de una tragedia griega, en la que la sangre celeste se difuminaba en la lejanía, entre las montañas y el cielo. Mis amigas se reían de mí. «Tu príncipe se evaporó ayer. Tu carroza se ha convertido en calabaza y tus pajes en simples ratones. Ya no volverás a verlo, porque ni siquiera se quedó con tu zapato de cristal», me decían, mientras se mofaban a carcajada limpia. En ese momento, un relámpago iluminó el horizonte. Parecía que quería maldecir las palabras de aquellas que desconfiaban más de lo natural, y un potente trueno hizo temblar los cristales de la cafetería. Aunque no sé si fue en ese orden o fue al revés. Todas nos quedamos sobrecogidas, impactadas por aquel despliegue de luces y sonidos con los que la Naturaleza nos amenazaba. «Se está estropeando mi noche», pensé; pero aquella advertencia de la Naturaleza terminó en unos segundos. Estaba claro que no iba dirigida a mí.

Yo no entiendo de coches, pero de pronto un impresionante deportivo negro se detuvo ante la puerta de la cafetería y tocó el claxon. Nosotras nos giramos, y el conductor me hizo una señal con la mano. Era él. La puerta derecha del coche se abrió sola, hacia arriba (me dijo que ese tipo de puertas se llamaban de tijera), y subí. Mis amigas debieron de quedarse con una cara que no me atrevo a imaginar, al ver el coche, deslumbrante, aunque para mi gusto un poco…, ¿cómo diría…?, ¿macarra…? Sí, quizá ésa sea la palabra que mejor podía definirlo; pero también me hubiera gustado ver la cara que se les habría quedado al observar que sobre el asiento derecho había una rosa roja y una pequeña caja envuelta en papel de regalo.

—¿Qué es esto? —pregunté.

—Ábrelo y lo comprobarás.

Claro —pensé—, qué tonta, y dije:

—¿Por qué te has molestado? No tenías que haberme comprado nada.

—No es ninguna molestia. Además, la rosa no la he comprado. Sólo la he tenido que cortar del jardín. Un pequeño maltrato a la Naturaleza —añadió, en un arranque de cursilería— no importa, comparado con la belleza y la sonrisa que puedo ganar en compensación. Lo otro —agregó— es un pequeño detalle sin ninguna importancia.

Ya había arrancado el coche, y en un instante tan fugaz como el relámpago que acababa de iluminar el cielo se había perdido entre la civilización, entre los neones fluorescentes de los anuncios publicitarios, las lámparas intensas de los escaparates y las farolas de las calles, que aún no habían empezado a iluminar calles y avenidas. Abrí la caja precipitadamente, con la impaciencia de una quinceañera. Era un gracioso anillo de oro blanco con dos pequeñas piedras negras, muy similar al de él. Me lo probé en el dedo anular, y me encajaba a la perfección.

—¡Oh!, es precioso —exclamé—. Me encanta. ¿Cómo has podido saber la medida de mi dedo?

—No ha sido demasiado complicado calcularla. Anoche tuve tu dedo entre mis manos. Es la misma medida que mi dedo meñique.

—¿Cómo lo sabes?

—No te diste cuenta, pero en un momento de descuido me quité el anillo y lo encajé en tu dedo. Era tu medida. Después te lo quité sin que te dieras cuenta.

—¿Cómo pudiste argüir semejante patraña? —pre-gunté, como enfadada, aunque mi rostro era risueño y nada de enfado había en mi gesto.

—Gajes del oficio. Como suele decirse. La experiencia, que es la madre de la ciencia —añadió, como un tópico más, que me desconcertó, pues podía ser cursi en unos momentos, pedante en otros, refranero, ingenuo, o incluso friki, según el momento, las circunstancias, la situación o lo que conviniera en ese instante; aunque, a decir verdad, no sabía qué quería decir con aquellas palabras, pero me dejó impresionada, y le agradecí el detalle. Me acerqué a él y le di un beso, mientras él sonreía con cierta picardía, y mantenía las manos firmes al volante.

—Es muy bonito. ¿Cómo sabías que me gustaría?

—Ayer vi que llevabas unos pendientes de plata con unas bolitas de cristal negro, varias pulseras, también de plata, y algunos anillos de oro y de plata. Es evidente que la plata te gusta, y el oro blanco es lo más parecido que hay a la plata.

—¡Pero el oro no es la plata! Es más caro. Te habrás gastado mucho dinero. No tenías que haberme comprado nada.

—No tiene importancia el detalle, y tú te mereces mucho más. Sólo el momento de felicidad que ha supuesto para mí el verte sonreír, abrir la caja y contemplar el anillo, vale mucho más que lo que me haya podido gastar. El dinero —dijo, haciendo un gesto con los labios que denotaba cierta apatía hacia el vil metal—, a fin de cuentas, no sirve para otra cosa. Es un mero instrumento de cambio.

—Gracias —dije sonriendo, mientras observaba lo bien que me quedaba el anillo en el dedo y lo precioso que era.

Efectivamente, el momento de felicidad que estaba atravesando no se podía comprar con nada. Tenía razón: El valor que tiene el dinero en sí es, simplemente, el que cada uno quiere darle.

Pero sólo lo desprecia el que lo tiene en abundancia. O el que no lo necesita.

 

III

Las luces de las farolas empezaban a iluminarse lentamente, dando a las avenidas y a las calles más concurridas un esplendor festivo, mientras muchos viandantes hacían sus últimas compras y las cafeterías y restaurantes de la ciudad empezaban a llenarse de gente dispuesta a empezar la noche con alegría, apetito y buen humor. Los fines de semana eran especiales, hacía tiempo que empezaban el viernes por la tarde, y eso se notaba, sobre todo en la gente joven, que no estaba dispuesta a perder ni un solo minuto.

El coche se había detenido en algunos semáforos, y las miradas de admiración casi lo taladraban, pero él, ajeno al espectáculo que provocaba su vehículo, sólo parecía tener ojos de orgullo y palabras de cariño para mí.

No sé cómo ocurrió, pero de pronto me di cuenta que estábamos fuera de la ciudad, circulando por una carretera sinuosa que nunca había visto y camino de algún lugar que, posiblemente, sólo él conociera.

La tapicería de los asientos era también de piel negra, aunque una fina línea de color rojo, a modo de costura, en los laterales y el respaldo de los asientos, rompía la monocromía negra. El salpicadero del coche estaba cubierto por una serie de luces, botones y relojes, todos sobre un fondo azul, cuyo significado no era capaz de descifrar, y que se asemejan más al panel de mandos de un avión que al salpicadero de un simple coche.

Giró hacia la derecha y me miró. Los dientes brillaron en la noche a la luz tenue y azulada de los instrumentos de control del vehículo. Me dijo que había estado por la mañana en la clínica de su odontólogo y le habían hecho un blanqueamiento con lámpara de luz fría (LED); y un agradable olor a menta y eucalipto desprendió en ese momento su aliento.

Seguía vestido de negro, pero ahora no iba con un pantalón de vaquero y una camiseta, como la noche anterior, ahora llevaba un pantalón de terciopelo muy fino, o de un tejido similar, y una camisa de seda. Pa-recia más un dandi del siglo diecinueve, seguidor de la estética de Byron o de Oscar Wilde, que un joven del veintiuno.

La noche se había vuelto oscura, casi tétrica. La carretera por la que circulábamos sólo estaba iluminada por los potentes faros de xenón del coche, que giraban hacia un lado y hacia otro, en el sentido de las curvas que tomábamos, dejando un barrido de luz, azulada en el centro e irisada en los bordes. Aquello era realmente un espectáculo de luminotecnia en la negritud opaca de la noche, que no se daba ni en los lupanares más exóticos o más lujosos.

A lo lejos, colgada del cielo, parecía insinuarse una luna nueva, apenas imperceptible, que no podía competir, desde luego —la lejanía y su fase se lo impedían—, con la luz potente del deportivo negro, que como un cometa cruzaba raudo la carretera sin que las curvas hicieran mella en su trayectoria, que no se desplazaba ni un ápice del trazado del asfalto.

Todo era negro: la noche, el coche, la tapicería, la vestimenta de mi nuevo amigo, y su pelo, largo, liso y brillante como el pelo de un abrigo de visón. Volvió a mirarme, y me sonrió. En sus dientes, ahora inmaculadamente blancos, y en sus labios, parecía querer adivinar algo maligno o diabólico, pero sería, sin du-da, una falsa interpretación mía, pues la atracción irresistible que sentía hacia él no podía traducirse en algo negativo.

De pronto me observé a mí misma. No me había dado cuenta hasta entonces del detalle, y eso que había elegido la vestimenta con sumo cuidado, pero yo también vestía toda de negro, como si fuésemos dos adolescentes que acaban de adoptar la estética gótica. Aunque no era así, por supuesto. Mis labios y mis uñas, de un rojo encendido, no dejaban lugar a dudas.

Poco antes de las diez de la noche terminó nuestro paseo en el flamante deportivo al entrar en un camino cerrado por unas enormes puertas metálicas, que se abrieron de una forma automática al divisar el vehículo. Una célula fotoeléctrica (seguramente con temporizador) lo controlaba todo. Tenía memorizadas varias matrículas y abría las puertas automáticamente cuando detectaba la presencia de un vehículo con una de aquellas matrículas, que previamente habían sido sincronizadas en su memoria y que habría registrado al salir el coche de la finca.

El camino que tomamos era uno de los que cruzaban la hacienda. Era ancho y asfaltado, y tenía una frondosa alameda con árboles tupidos a ambos lados de las orillas. Sus hojas redondeadas y dentadas, brillantes por encima y blanqueadas por debajo, formaban un denso túnel de medio kilómetro de longitud y más de cuatro metros de altura —eso calculé a la luz nítida de los faros de xenón—. La finca tendría unas sesenta o setenta hectáreas, por lo que, aunque no podíamos hablar de un latifundio propiamente dicho (los latifundios, en Europa, se estima que tienen por encima de las cien hectáreas), sobrepasaba con creces los límites de una finca rústica o un minifundio. De cualquier forma, no se trataba de una explotación agrícola, ya que él no la destinaba a ese fin. Para él era, fundamentalmente, una finca de recreo donde tenía ubicada una de sus viviendas habituales. Estaba vallada y electrificada (a un voltaje de baja fuerza electromotriz) para evitar que algún perro abandonado, o algún animal salvaje (aunque ya quedaban pocos), pudiera entrar a través de la valla. Eso me dijo, y yo no lo dudé en ningún momento.

La finca estaba rodeada de pinos, cipreses, robles, encinas, olivos centenarios y árboles frutales, colocados todos de una forma muy estratégica y vistosa. Incluso había tres pequeñas zonas, perfectamente diferenciadas, que podían considerarse boscosas: Una estaba poblada de pinos, otra de eucaliptos y la última de encinas. En tiempos pasados, seguramente, allí abundaba la caza, sobre todo de perdices, codornices, conejos y liebres. Aún se veía de vez en cuando alguna codorniz o alguna perdiz perdidas, aunque cada vez eran más escasas. Pero a él no le importaba aquello demasiado, porque no le gustaba cazar. Ésa era una más de las aficiones que no había heredado de sus antepasados. En eso coincidíamos plenamente.

Casi en el centro de la finca, había un porche semicerrado, con las paredes laterales, igual que el muro del fondo, de ladrillo cara vista amarillo rojizo, y con el techo de vigas de madera vieja y teja moruna, con un poco de inclinación hacia el fondo. Todo el frontal estaba al descubierto, y sólo dos grandes pilares centrales (tendrían casi tres metros de altura), más los muros laterales, sujetaban la estructura del techo y del tejado. Allí podían caber sin problemas ocho o diez coches (eso calculé), aunque no había tantos. Había un coche clásico (no sé si se dice «clásico» o «histórico». El desconocimiento que tengo de la materia es tan grande, que cuando digo algo correcto del mundo del automóvil hasta yo misma me sorprendo, aunque él se apresuró a decirme que se trataba de un Torpedo Mercedes-Benz de 1913). Estaba impecable, y me dijo que le tenía un cariño especial. Más adelante me enteré del porqué. También había un lujoso Rolls Royce (sólo había visto uno más en mi vida, pero enseguida se me quedó grabada la efigie alada que domina el frontal), un elegante todoterreno y un Ford Focus nuevo, que le había comprado el año anterior al mayordomo y a su mujer. Junto al porche, se encontraba la espléndida mansión de dos plantas donde residía él, que tenía un vistoso jardín cubierto de césped. El césped estaba impecable, parecía que la máquina de cortarlo había sido pasada apenas media hora antes (el olor a hierba fresca, que tanto me gustaba, era tan evidente, que pensar que estaba recién cortado se convertía en una cuestión innegable). En él había una rocalla, en cuyo centro, un viejo olivo de tronco retorcido, parecía desafiar al tiempo, mientras las estrías de su madera le daban ese sabor añejo que las cicatrices y las arrugas ofrecen. El resto de la rocalla estaba cubierto de piedras volcánicas decorativas pequeñas (aunque había también tres enormes), tomillo y romero, cañas de bambú y un pequeño puente curvo de madera, con piedras de río en la parte baja, imitando a un arroyo seco. Cerca de la rocalla, un pequeño riachuelo, que supuse sería artificial, serpenteaba junto a una pérgola de madera y teja y una fuente de pizarra con dos cascadas, una por cada lado. No muy lejos de allí, había también una pajarera barroca, similar a la que existe (o existía. No sé si todavía está) en el parque del Retiro de Madrid, con canarios, jilgueros, periquitos, chingolos, ninfas papilleras, cotorras y pinzones, que siempre estaban revoloteando alegres. Un pequeño estanque con peces de colores, a escasos metros de la pajarera, le daba al conjunto un toque de color y de vida, que armonizaba con los árboles y las plantas, ya que, distribuidos por el césped, y de una manera ordenada, había varios macizos de flores: gardenias blancas, rosas amarillas y rojas, lirios de agua, hortensias, jazmines blancos y rosas, que desprendían, al acercarte a ellos, un penetrante perfume, dalias y tulipanes, más algún otro macizo cuyas flores no pude identificar. Todos aquellos centros de flores entremezclaban sus olores de una forma casi caótica, pero hacían que el aroma final pareciera el de una nueva fragancia, descubierta, tras múltiples combinaciones, por algún experimentado perfumista.

Un poco más allá, apenas a treinta metros de la mansión, había una casa adyacente, mucho más sencilla que la principal (supuse que sería la casa del mayordomo y su mujer), a cuyo alrededor, varias jacarandas, de hojas ligeras y aspecto plumoso, empezaban a mostrar sus grandes racimos de flores color púrpura, y se mezclaban con frondosos hibiscus enormes, de flores amarillas (una variedad de hibiscus diferente al habitual de flores rojas), que le daban al entorno un encanto especial y hacían que se alejara de ese carácter sobrio y discreto que la casa tenía si la comparábamos con la mansión principal. Aquella mezcla de colores complementarios (el amarillo intenso de los hibiscus y el morado de las jacarandas) se me antojó de pronto la vestimenta de los nazarenos que cuando era pequeña había observado, y aún recordaba, en una procesión de Semana Santa en Elche, a la que había ido con mis padres. Todos los cofrades de la Hermandad de Jesús Nazareno vestían así (túnica morada y capa, guantes y capirote amarillos). No sé por qué asocié las flores de los hibiscus y las jacarandas con la túnica, los guantes y la capa de los cofrades. Incluso en estos momentos, en los que lo estoy rememorando todo, aunque me esfuerzo por intentar encontrar alguna explicación, no consigo encontrar ninguna.

A unos doscientos metros, más o menos, de la casa del mayordomo, en una zona despoblada de arboleda y llana, hacia el centro de la finca y sobre una superficie que podría rondar los quinientos metros cuadrados, un conjunto de placas solares orientadas hacia el sur producían la energía suficiente para que las dos viviendas pudieran autoabastecerse, sin necesidad de utilizar otro tipo de energía, al mismo tiempo que almacenaban la que sobraba en unos acumuladores, para cuando hubiese algún problema de luz solar. Vlad estaba muy concienciado con el problema medioambiental y con el de las energías renovables, se notaba, y era consecuente con ello, por lo que no era de extrañar el empleo en su finca de placas solares.

El mayordomo se ocupaba de la jardinería, de las pequeñas reparaciones de fontanería, albañilería, carpintería y electricidad, de avisar a cualquier profesional cuando alguna anomalía no podía ser subsanada por él, de tener la piscina siempre en perfecto estado, de llevar los vehículos al concesionario cuando tenían que pasar alguna revisión, sobre todo el Mercedes clásico, que requería un cuidado especial, y de tenerlos todos siempre impecables; y su mujer se ocupaba de la limpieza en general, de lavar y planchar la ropa, de tener surtida la despensa y de la cocina.

Al llegar, aparcó el coche con toda tranquilidad en una de las plazas libres que había bajo el porche, y después de comprobar que se habían desconectado todos los artilugios (aunque todo se hacía automáticamente), bajamos del vehículo. Al pasar por detrás, me fijé en la marca y en el modelo: El coche que tanto me había deslumbrado y que, al mismo tiempo, me había parecido un poco «macarra» era un Lamborghini Murciélago. ¡Qué diferentes mis ideas de la realidad! ¡Qué atrevido es juzgar desde la ignorancia!

En aquel momento yo pensé que el modelo aludiría al mamífero volador, pero me dijo que no. Me aclaró que el anagrama de la marca es un toro (ya lo había observado yo al ver a un toro dorado dentro de una especie de triángulo de lados redondeados y con el vértice hacia abajo), que hace referencia al horóscopo de su fundador, y que la marca utilizaba para sus modelos nombres de toros famosos. «Murciélago» había sido el nombre de un toro indultado en 1879 a la ganadería de los Miura, por su bravura y entrega ante el torero Rafael Molina, apodado «Lagartijo».

El mayordomo y su mujer acudieron prestos a saludarlo. Él me los presentó enseguida. Parecían dos personas sencillas y buenas, aunque mis amigas dicen que siempre opino lo mismo de la gente cuando la conozco. Un tiempo después pude verificar que no estaba equivocada, además, los dos estaban encantados con el «señor» (así le llamaban). Era —me dijeron— simpático, muy cariñoso, noble, amable y, sobre todo, generoso. En ningún momento se mostraba distante y todo lo pedía por favor, con una sonrisa y con buenos modales (se notaba su educación británica, aseguraron). Nunca —declararon también— habían trabajado en otra casa con menos complicaciones como tenían en aquella.

Todo lo que me habían contado me agradó. A fin de cuentas siempre es importante que te hablen bien de las personas que tienes más cerca, de tu familia, de tus amigos, de la gente con la que convives, con la que te relacionas, o a la que más estimas.

Y a partir de ese momento iba a empezar a conocer cosas asombrosas, inauditas, y no sólo de él, de Vlad, sino también de su entorno, de sus costumbres, de sus inquietudes, pero sobre todo de su familia y de su historia, o, mejor dicho, y para seguir un orden, de la historia de su familia.

Mi vida iba a cambiar por completo, quizá a una velocidad demasiado vertiginosa; porque todo iba a suceder a partir de entonces con la prisa que yo siempre había detestado, con la urgencia, con la precipitación, con el vértigo que provocan las células de la juventud, que no se dejan amilanar por las circunstancias y desean quemarlo todo, como si todo fuese presente y el futuro nunca fuera a existir.

 

IV

Estaba sorprendida por aquel despliegue de lujo, pero no sabía lo que aún me esperaba por ver.

Al entrar en la casa, que por fuera parecía simplemente una casa rústica, de esas que utilizan en la actualidad muchas empresas del gremio de la restauración para ofrecer banquetes de bodas, me quedé impresionada. El magnífico jardín que había afuera (la iluminación extraordinaria que tenía me permitió verlo todo con cierto detalle) me había dejado asombrada, pero eso no era nada comparado con lo que dentro se encerraba.

Tras cruzar una entrada amplia en la que colgaban varios cuadros de personajes ilustres —me dijo que eran retratos de antepasados suyos—, llegamos a un salón. El salón, que estaba abierto al comedor y se comunicaba con él por dos pequeños escalones, tendría, seguramente, más de sesenta metros cuadrados y estaba decorado de una forma exquisita, en la que los elementos clásicos se mezclaban con elementos modernos, formando una armonía desigual, pero imaginativa e inigualable.

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Éramos sólo dos personas. Yo no comía demasiado, y él, por el tipo que tenía, tampoco debía de ser muy glotón. Pedir algo más a una cena, sería ya pecar de gula excesiva, pero me esperaban todavía cosas que nunca habría podido imaginar.