Edición en formato digital: septiembre de 2018
Título original: The Vorrh
Diseño gráfico: Gloria Gauger
En cubierta: imagen de Fine Art/Alamy Stock Photo
© Brian Catling, 2007, 2012, 2015
© De la traducción, Pablo González-Nuevo
© Ediciones Siruela, S. A., 2018
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Ediciones Siruela, S. A.
c/ Almagro 25, ppal. dcha.
www.siruela.com
ISBN: 978-84-17454-98-2
Conversión a formato digital: María Belloso
PARTE UNO
PARTE DOS
PARTE TRES
EPÍLOGO
Para David Russell e Iain Sinclair,
que me entregaron la brújula, el mapa y el machete
e insistieron en que emprendiera la expedición
No logro pensar en aquellos días sin recordar, una y otra vez, lo difícil que me resultaba al principio controlar la respiración. Aunque técnicamente inspiraba de forma correcta, cada vez que intentaba mantener el brazo y el hombro relajados al tensar el arco, los músculos de mis piernas adquirían una violenta rigidez, como si mi vida dependiera entonces de una firme sujeción al suelo y de una posición sólida, y como si, al igual que Anteo, yo recibiera mi fuerza de la tierra.
EUGEN HERRIGEL, El zen y el arte del tiro con arco
La vitalidad de lo demoniaco —guiada siempre por el genio en el sentido más literal de la palabra— se extingue, por supuesto, con la renuncia a un lebensraum (establecimiento de colonias) sin límites.
LEO FROBENIUS, Paideuma.
Esbozo de una doctrina sobre la civilización y el alma
Junto al mismo árbol estaban sentados otros dos haces de ángulos agudos con las piernas levantadas. Uno, la cabeza apoyada en las rodillas, sin fijar la vista en nada, miraba al vacío de un modo al tiempo aterrador e intolerable; su hermano fantasma reposaba la frente, como si estuviera vencido por una gran fatiga. Alrededor de ellos estaban desparramados los demás, en todas las posiciones posibles de un colapso, como en una imagen de una masacre o del azote de la peste. Mientras yo permanecía paralizado por el terror, una de aquellas criaturas se elevó sobre sus manos y rodillas y se dirigió al río a beber. Bebió, tomando el agua con la mano, luego permaneció sentado bajo la luz del sol con la piernas cruzadas, y después de un rato dejó caer la cabeza sobre el esternón.
JOSEPH CONRAD, El corazón de las tinieblas
El daño recibido al nacer no se cura,
de igual modo que el agua de un pozo envenenado
no puede limpiarse: todo mal regresa al final,
o permanece oculto en nuestra sangre.
De ahí nuestra certidumbre en el dolor:
las mañanas perdidas ya no vuelven1.
El hotel, adormecido y grandioso, estaba sumido en la oscuridad. Las barrocas habitaciones y los pasillos de altos techos parecían haberse fortificado a regañadientes contra la viciosa luz que intentaba con desesperación atravesar los pesados cortinajes que cubrían las ventanas con el único fin de invadir el suntuoso establecimiento. La suite que ocupaba el francés era la mejor del hotel y sin embargo su decoración era monótona y poco ostentosa.
Él estaba de pie, desnudo y consumido, en el cuarto de baño de mármol y cristal. Las cicatrices superficiales de su cuello y de una de sus muñecas, de un rojo intenso, parecían palpitar. Los gruesos puntos de sutura de la otra muñeca eran aún recientes. La dosis de barbitúricos no había hecho efecto y una bandada de querubines dorados se burlaba de él mientras una pequeña hueste de serafines de apariencia femenina revoloteaban indiferentes a su alrededor. Con la verga en la mano, evitó contemplar su propio reflejo en el gigantesco espejo que tenía delante. Era un hombre menudo y había envejecido de forma prematura. Los servicios que le prestaba su mano ya no surtían el menor efecto y el venoso pedazo de carne parecía aún más cansado que él. No lograba convocar ninguna imagen capaz de infundirle vida, de espolearlo a la acción, aunque había presenciado mucha a lo largo de su vida e imaginado aún más. Sabía que Charlotte, su maîtresse de convenance, y su sirviente estaban en la habitación de al lado. Sabía que el chófer podría haberle traído ya a esa hora alguna sucia flor de vertedero, o quizá de los muelles. Sabía que sus compañeros de viaje estaban tan hastiados como él, aunque no le cabía duda de que él mismo había sido el inventor de su propia existencia, la de ellos y quizá incluso de todo su mundo. A veces pensaba que la realidad era una quimera de su propia creación, el producto de un sueño que ahora lo eludía continuamente.
En algunas ocasiones las drogas le permitían alcanzar un lugar en el que su mente no lo hostigaba, aunque no era frecuente. La combinación de las dosis adecuadas se resistía a permanecer estable. Las cantidades que mezclaba para sus cócteles de narcóticos aumentaban, pero no conseguían otra cosa que dejarlo exhausto sin permitirle llegar hasta el nebuloso limbo que anhelaba alcanzar. Obligaba a Charlotte a anotarlo todo con precisión. Las cantidades, las mezclas, los tiempos. Sin duda la mezcla ideal tenía que estar ahí, oculta en algún rincón del purgatorio que ahora habitaba. Cuando recordaba su historia, le gustaba la idea de ser una especie de doctor Jekyll experimentando con pociones secretas. En ocasiones dudaba de la habilidad de Charlotte para llevar a cabo un registro preciso. Posiblemente cometía errores, pequeños descuidos, y mentía acerca de las dosis, que no funcionaban del modo deseado. Había discutido con ella varias veces a lo largo de los últimos días y la mujer afirmaba ceñirse con precisión a sus indicaciones e intentaba calmarlo con una exasperante paciencia. Pero él estaba seguro de que ella lo engañaba con sus ardides de astuta sirvienta. Algunas noches y la mayoría de las mañanas ella lo encontraba tendido en el suelo de su habitación, arrastrándose de rodillas, quizá huyendo o tratando de alejarse de lo que quiera que fuese que estrangulaba su corazón. Desde hacía un tiempo dormía en el suelo. El terror a caerse de la cama lo había obligado a arrastrar el colchón hasta el entarimado de madera. Por fin encontró su medicina y de nuevo se vio obligado a enfrentarse a su burlona imagen en el espejo.
La noche anterior habían lanzado fuegos artificiales y un desfile había recorrido las calles de la ciudad. La música y la algarabía se habían arrastrado fachada arriba hasta colarse por las ventanas de su habitación. A la mañana siguiente todo estaba empapado. Podía sentir cómo se estremecía la tierra y cómo los últimos estertores de la fiesta eran barridos por la lluvia. Un tinte de azufre y nitrato empapaba el aire.
Levantó la vista hacia el espejo y su rostro se crispó en un rictus que pretendía pasar por una sonrisa. Max Kinder estaba ahora de pie frente a él, donde debería estar el gigantesco espejo de marco dorado, desnudo y, una vez más, con su mismo aspecto físico. Cuando el francés alzó un brazo cansado, Max replicó su movimiento con precisión. Esta había sido la gran invención del comediante: el reflejo vivo. Una actuación que sería imitada a lo largo de todo el siglo y hasta el fin de los tiempos. A menudo él mismo había copiado las creaciones de Kinder, el desesperado petimetre incapaz de comprender cómo funciona el mundo. Sus histriónicos gestos de sorpresa y confusión habían dado a luz a uno de los primeros personajes cómicos que llenaron de hilaridad las titilantes pantallas de los cinematógrafos. Se tiró del bigote y Max hizo lo mismo. Después, mirando a Max a los ojos, señaló la herida abierta en su brazo, un tajo profundo y ahora exangüe. Había muerto nueve años antes en el cénit de su fama, en otro espléndido hotel. Su mujer se había cortado primero, mientras la mano de él la ayudaba a sostener la cuchilla. Pero esta danza frente al espejo era de una naturaleza muy diferente. El francés asintió y apartó la mirada de su reflejo mientras Max se fundía de nuevo con él mismo y con el espejo. Era consciente de que había exprimido hasta la última gota su imaginación, su fortuna y su libido. Sabía que había echado a perder un don precioso, pero ¿cómo había ocurrido? Sabía que tiempo atrás había sido un hombre llamado Raymond Roussel. Sabía que el anhelo y la culpa eran cada vez más fuertes y que ya no le quedaba dinero ni recuerdos a los que aferrarse. La realidad se desvanecía y sus ficciones ya no significaban nada. Se dio cuenta de que había llegado la hora de morir, y eso hizo.
1 Primera estrofa del poema Oración de Gertrudis, de Rudyard Kipling. (Todas las notas son del traductor).