DE SENECTUTE
POLITICA

ACANTILADO
BARCELONA 2018
CONTENIDO
I — II — III — IV — V — VI — VII — VIII — IX — X — XI
XII — XIII — XIV — XV — XVI — XVII — XVIII
XIX — XX — XXI — XXII — XXIII — XXIV
Nota sobre la obra
©
A mi madre,
que no alcanzó a vivir la senectud.
A mi padre,
que la vive plenamente.
[Φ ΕΡΩ ΤΑΔΕ ΜΟΙΣΑΝ Ι]ΟΚ[Ο]ΛΠΩΝ ΚΑΛΑ ΔΩΡΑ ΠΑΙΔΕΣ [ΛΑΒΟΙΣΑ ΠΑΛΙΝ ΤΑΝ] ΦΙΛΑΟΙΔΟΝ ΛΙΓΥΡΑΝ ΧΕΛΥΝΝΑΝ. [ΕΜΟΙ Δ’ΑΠΑΛΟΝ ΠΡΙΝ] ΠΟΤ’ [Ε]ΟΝΤΑ ΧΡΟΑ ΓΗΡΑΣ ΗΔΗ [ΕΠΕΛΛΑΒΕ ΛΕΥΚΑΙ Δ’ΕΓ]ΕΟΝΤΟ ΤΡΙΧΕΣ ΕΚ ΜΕΛΑΙΝΑΝ. ΒΑΡΥΣ ΔΕ Μ’Ο[Θ]ΥΜΟΣ ΠΕΠΟΗΤΑΙ ΓΟΝΑ Δ’ΟΥ ΦΕΡΟΙΣΙ ΤΑ ΔΗ ΠΟΤΑ ΛΑΙΨΗΡ’ ΕΟΝ ΟΡΧΗΣΘ’ ΙΣΑ ΝΕΒΡΙΟΙΣΙ.
ΤΑ ΜΕΝ ΣΤΕΝΑΧΙΣΔΩ ΘΑΜΕΩΣ. ΑΛΛΑ ΤΙ ΚΕΝ ΠΟΕΙΗΝ; ΑΓΥΡΑΟΝ ΑΝΘΡΩΠΟΝ ΕΟΝΤ’ ΟΥ ΔΥΝΑΤΟΝ ΓΕΝΕΣΤΗΑΙ. ΚΑΙ ΓΑΡ Π[Ο]ΤΑ ΤΙΘΩΝΟΝ ΕΦΑΝΤΟ ΒΡΟΔΟΠΑΧΥΝ ΑΥΩΝ ΕΡΩΙ Φ [ ]ΑΘΕΙΣΑΝ ΒΑΜΕΝ’ ΕΙΣ ΕΣΧΑΤΑ ΓΑΣ ΦΕΡΟΙΣΑΙ[Ν ΕΟΝΤΑ [Κ]ΑΛΟΝ ΚΑΙ ΝΕΟΝ ΑΛΛΑ ΑΥΤΟΝ ΥΜΩΣ ΕΜΑΡΨΕ[ ΧΡΟΝΩΙ ΠΟΛΙΟΝ ΓΗΡΑΣ ΕΧ[Ο]ΝΤ’ ΑΘΑΝΑΤΑΝ ΑΚΟΙΤΙΝ.
ΙΜΕΝΑΝ ΝΟΜΙΣΔΕΙ
ΑΙΣ ΟΠΑΣΔΟΙ
ΕΓΩ ΔΕ ΦΙΛΗΜΜ’ ΑΒΡΟΣΥΝΑΝ ΤΟΥΤΟ ΚΑΙ ΜΟΙ
ΤΟ ΛΑ[ΜΠΡΟΝ ΕΡΟΣ ΤΩΕΛΙΩ ΚΑΙ ΤΟ ΚΑ]ΛΟΝ ΛE[Λ]ΟΓΧΕ.
De Ático («Alter») a Cicerón.
Salud.
¿Conoces estos versos, Marco? Extraño se me haría que tu amor por lo griego y el desvelo por las Musas de tu devoto amigo Tito Pomponio Ático los hubieran dejado pasar inadvertidos. A mí—a los de nuestro tiempo—me han llegado hace poco, rotos y lacunarios, en unos deplorables fragmentos de papiro reutilizados para amortajar, sin muchos miramientos, una momia de Egipto. Son versos de Safo: sobrios tetrámetros de tres pies jónicos y uno trocaico. Aun entorpecido por la corrupción de la tinta y de las frágiles fibras sobre las que han sobrevivido al tiempo y al olvido, he querido leerlos así:1
De las Musas traigo, de violeta ceñidas, estos hermosos dones, jóvenes,
aplicada de nuevo a la esbelta y melodiosa lira de tortuga;
pues mi piel, antes tersa, ya ha ajado la vejez,
y blanca se ha tornado mi negra cabellera,
y pesado se ha vuelto mi ánimo, y ya no me sostienen las rodillas
que en otro tiempo, ágiles, danzaban como gamos.
Tales cosas a menudo lamento. Pero ¡qué puedo hacer
si no les es dado a los mortales el sustraerse a la vejez!
De Titono contaban que la Aurora, la de brazos rosados,
presa de amor, se lo llevó con ella al fin del mundo,
siendo joven y hermoso, y, con todo, lo alcanzó con el tiempo
la canosa vejez, aun teniendo en su lecho a una inmortal.
…cree
podría dar
pero yo amo la delicadeza este y a mí
al sol el amor me ha brindado claridad y belleza.
Es imposible que no lo hayas hecho, Marco: tengo casi la certeza de que los has leído. Incluso pienso que estás en situación de elucidar para nosotros si esos últimos cuatro versos mutilados, que cita Ateneo el sofista,2 pertenecen acaso a otro poema—con lo que éste se quedaría entonces en un lamento resignado ante las pérdidas propias de la vejez—, o si, por el contrario, son corolario de este mismo, como quiero pensar, lo que conferiría a la canción de Safo un giro inesperado y misterioso hacia una consolatio senectutis.
Pues no te oculto, Marco, que es precisamente esa otra consolación ante la vejez, que tú escribiste aquel invierno en tu amado refugio de Túsculo y que con tanto afecto dedicaste a Tito, lo que me mueve a mí—no Tito Pomponio, pero sí Ático, otro Ático—a dirigirte ahora esta larga misiva desde Atenas. Me la inspira ese diálogo a la manera griega que compusiste sintiéndote apartado del ejercicio de la política por tantas insidiosas ambiciones que habían acabado ya con la Res publica, recogido en la intimidad del pensamiento tras la terrible pérdida de tu joven hija Tulia—tu puerto, tu descanso, tu fuente de conversación y de dulzuras—, y entregado febrilmente a poner por escrito todo cuanto pensabas de la vida, con una urgencia tal como si un dios te hubiera susurrado al oído el gélido oráculo de la proximidad de tu abyecto final. En aquel tiempo denso, te aplicaste a escribir, además, acerca de la amistad, de los deberes, del bien y del mal, de la adivinación y del hado, de la muerte y de la naturaleza de los dioses; pero lo que me mueve ahora, como te digo, a compartir contigo mi discurso es, sin embargo, tu hermoso diálogo entre Catón, Escipión y Lelio, esa obra llena de voluntad y de firmeza que escribiste entonces, Marco, no porque la vejez sea buena, sino, tú bien lo sabes, para que la vejez sea buena.
Tampoco se me oculta, pensando en tu preocupación por la vejez, tu deseo de vivirla rodeado de buenos libros. Ésa fue tu pasión, los libros, y, si los demás la censuraron, Tito asumió el deber de satisfacerla. No sabes cuántas veces paso por los lugares que frecuentasteis juntos en Atenas y os imagino a los dos en el Ágora, o en lo que queda del Jardín de Epicuro, o en el espacio que ocupó el Gimnasio de Ptolomeo al pie de la Acrópolis, escuchando a Antíoco Ascalonita en la buena compañía de tu hermano Quinto y de tu primo Lucio. Y, otras veces, lo imagino a él solo, a Tito, buscando por el barrio del Cerámico las estatuas de Hermes que le encargabas en tus cartas y, sobre todo, los volúmenes para esa biblioteca que iba con diligencia reuniendo y que le conminabas, una y otra vez, a no vender a nadie, pues reservabas para ella todas tus economías pensando en adquirirla para solaz de tu vejez.
Si vieras, Marco, cómo está hoy el Cerámico… Cuántos pobres, caídos en desgracia—ancianos, muchos de ellos—, buscan en las basuras y duermen este invierno, envueltos en harapos, al escaso abrigo de sus callejones y sus soportales… Del Pórtico donde se reunían los estoicos, a quienes escuchaste con tanta consideración, no quedan más que los cimientos, y en sus inmediaciones se agolpan buhoneros que ofrecen cosas viejas y otros que venden libros. Qué pensarás si te digo que en ese maremágnum he encontrado yo los poemas de Safo, las elegías de Solón, los diálogos platónicos que tanto te inspiraron, e incluso… incluso una obra tuya vertida al griego: Κάτων ο Πρεσβύτερος Περί Γήρατος. Cato Maior De senectute.
La senectud de la que tú escribiste, claro está, ha existido desde que existe el hombre; pero es que en este tiempo, Marco, hay tanta gente entrada en años que a veces me parece que esa tercera edad de la que hablas refiriéndote a Néstor3 es una creación de nuestra época, un reto privativo de este tiempo. La gente vive más que en épocas pasadas, o, por mejor decir, ahora son muchos más aquellos que llegan a una edad provecta. Otra cosa es si vivimos bien, si conocemos de verdad el ars vivendi, el ars senescendi—¿acaso envejecer bien puede ser algo diferente a vivir bien los años postreros de nuestra vida?—, o incluso el ars moriendi; si vivimos una vejez aislada, dependiente, precaria, enferma, resignada, apática, fútil o egoísta, o todo lo contrario; si tenemos, de cierto, vida en nuestros años o tan sólo más años de vida.
Tú has dejado claro en tu obra, al hablarnos de que las dificultades de la vejez no provienen tanto de la edad como del carácter y de la actitud vital de las personas, que envejecer es, en un alto grado, un empeño ético; y yo deseo ahora que reflexionemos sobre si el hecho de que nuestra sociedad esté o no organizada y facultada para posibilitar dicho empeño no hace del envejecer, también, un propósito político. Pues se me figura, Marco, que no basta para una buena vida ser buen autor de la biografía propia, sino también ser coautor, y bueno, de la biografía colectiva.
El hecho insólito de que, en algunas partes de la Europa de este tiempo, más de la mitad de los ciudadanos con derecho a voto superen los cincuenta años no es la única razón para afirmar que nuestra sociedad está políticamente envejecida; yo me atrevo a afirmar que lo está más aún por otra preocupante razón: pues, como sucedió también con vuestra Res publica—de la que fuiste denodado defensor—, nuestra deficiente democracia parece haber perdido hoy el ímpetu transformador que le conferían sus valores esenciales en su lejana juventud, cuando empezó a forjarse aquí en Atenas.
Por otro lado, para dilucidar si es el envejecer un doble empeño, ético y político a la vez, me ha parecido idóneo recurrir al diálogo—contigo, con tu obra—, pues Sócrates, Platón y tú mismo lo habéis consolidado como el género más propio para tratar con libertad cuestiones de esta índole. Si te he elegido a ti para este diálogo—tal vez, casi monólogo—es porque has demostrado con tu vida que la filosofía y la política son prerrogativas del hombre libre y del hombre de acción, por haber defendido la justicia contra cualquier expresión del egoísmo, y, como ya te he dicho, por haber sido autor de esa amena obra sobre la vejez. Y, al igual que en ella, para reflexionar sobre la senectud, tú no elegiste a Titono—un personaje mítico y lejano—, sino al viejo Catón—uno real y casi de tu tiempo—, yo, ahora, para reflexionar desde este tiempo sobre una suerte de senectud política, te elijo a ti, porque, además de senex, fuiste también depositario y servidor de todas las virtudes políticas y humanas que sostuvieron en tu tiempo la Res publica: auctoritas, nobilitas, dignitas, veritas, libertas, aequitas, iustitia, firmitas, laetitia, fides, pietas, humanitas.
No me parece empeño inútil, Marco, éste para el que ahora recurro a tu ayuda; pues, en una sociedad donde el poder político tiende a actuar en beneficio propio si no es espoleado por las demandas firmes de los ciudadanos, la imagen que éstos tengan de la vejez en sí, y el grado de conciencia que alcancen para hacerla valiosa y respetada, se me antojan ambos de una importancia capital para una vida digna.
Tú, que has sido augur y que sabes de cálculos, conocerás sin duda todo lo que se dice desde antiguo sobre el número siete: que es el número sagrado de Apolo,4 y, a decir del propio Pitágoras, también el de la diosa ateniense;5 que los cielos, la tierra y todo lo que está sobre ella están llenos de sietes; y que las fases de la luna se rigen por el número siete, y así también los movimientos de los cuerpos celestes, y la música, y—lo que ahora nos toca—las edades del hombre y de su cuerpo.6 Hipócrates, Solón y otros sabios7 nos cuentan que la vida humana se encuentra dividida, a modo de escalones, en tramos de siete años, y que el punto más crítico del tránsito entre ellos es el cierre del noveno tramo, que por eso conocen como gran climaterio. Recuerdo que un estudioso romano, que vivió aquí en el Ática y dedicó las noches a indagar en los libros de los griegos y a compilar aquello que se le hacía digno de ser salvado del olvido, conserva la noticia de que Octavio Augusto—cuyo silencio cómplice ante Antonio tanto tuvo que ver con tu muerte—le escribió, cierto día, una misiva a su dilecto nieto Cayo diciéndole: «Alégrate, dondequiera que estés, y celebra que acabo de cumplir mi año sesenta y cuatro, dejando atrás el peligroso climaterio con el que empieza la vejez».8
Nueve veces siete—sesenta y tres años—estabas tú a punto de cumplir cuando escribiste De senectute. Tito, a quien consideraste entonces el más digno destinatario de ese empeño, acababa de cumplir sesenta y cinco. ¿Te sentías ya viejo, Marco, cuando atendiste a tu necesidad de poner por escrito todas esas razones para ayudar a aligerar el peso que ambos os disponíais a llevar? ¿Cuándo consideras que empieza la vejez? ¿Estás de acuerdo con el terminus post quem de ese noveno climaterio?
He de decirte, Marco, que, en nuestro mundo actual, quienes establecen para la vejez un umbral numérico atendiendo a la fisiología y a la salud9 siguen fijándolo, curiosamente, casi en el mismo punto en que lo puso la antigua tradición hipocrática—los sesenta y tres años—, y que en torno a ese punto ponen también el límite quienes toman como criterio para la entrada en la vejez la edad en la que suele abandonarse formalmente el mundo del trabajo. Otros, dividiendo en tres partes iguales la esperanza de vida, sitúan el comienzo de esa tercera edad poco después de los cincuenta. Pero yo me pregunto: ¿adónde entramos, realmente, al cumplir esos años?