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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2004 Bethany Campbell

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Sólo la verdad, n.º 250 - noviembre 2018

Título original: One True Secret

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-234-0

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

NO QUIERO hablar con esos hombres —dijo Claire. Estaba sentada bajo un árbol, alimentando displicentemente al loro con almendras.

—Pues no lo hagas —replicó Emerson, que estaba tumbada en una chaise longue al lado de la piscina. Llevaba puesto un biquini morado y una gorra de béisbol de color verde—. Hablaré yo con ellos.

—¿Para que tengan que entrar aquí? Creo que es simplemente… una grosería.

—¡Arrak! —exclamó el loro—. ¡Una grosería!

—Son periodistas. Su trabajo es ser groseros. Dame unas almendras, ¿quieres? Me apetece picar algo.

Claire se levantó y le entregó a Emerson el bol. Entonces, se quedó inmóvil y arrugó la frente.

—¿Y qué harás si… ya sabes, si insisten demasiado?

—Cortarlos en trocitos y dárselos a comer a los caimanes.

—No está mal pensado —dijo Claire, muy seria. Volvió a sentarse al lado del loro y cruzó las piernas—. ¿No te da miedo decir lo que no debes?

—No —contestó Emerson, antes de meterse una almendra en la boca—. En absoluto.

—A mí sí me lo daría —murmuró Claire—. Sé que hablaría más de la cuenta. Los desconocidos me ponen nerviosa. Esta situación me pone nerviosa.

—Yarrk —croó el loro verde—. Nerviosa.

Emerson observó a su Claire por encima de la llamativa montura de sus gafas de sol. Su hermana pequeña era una hermosa muchacha, con dulce rostro y aire tranquilo. El sol de Florida le había cubierto el cabello castaño de mechas doradas. Sus ojos castaños tenían una mirada muy lejana.

Emerson adoraba a su hermana, pero estaba muy preocupada por ella. Claire siempre había sido muy tímida, pero, últimamente, la timidez la estaba derrotando. Claire salía de la finca lo menos posible y lo hacía sólo para ir a lugares muy concretos de los Cayos Bajos. Prefería quedarse en casa y ocuparse de las necesidades de sus abuelos, Nana y el capitán, como las dos hermanas los llamaban cariñosamente. Cuidaba del jardín, caminaba sobre la playa y jugaba con sus mascotas. Parecía contenta con su vida, pero Emerson no quería que se aislara del mundo, como el capitán. Un ermitaño en la familia era mucho más que suficiente. Después de que Emerson se hubiera deshecho de los malditos periodistas, tenía que ocuparse de la vida social de su hermana.

En aquel momento, un enorme gato azul grisáceo con garras y panza blanca salió de un coleo y comenzó a frotarse contra los tobillos de Claire.

—Ah —dijo Claire, encantada—. Es el señor Bunbury. Hola, Bunbury —añadió. El gato se tumbó sobre la espalda para ofrecerle la panza para que se la rascara—. ¿Cuándo vas a volver a Nueva York?

—Dentro de diez días.

—¿Cuántos cuadros te vas a llevar?

—Sólo dos pequeños. Del resto tomaré diapositivas. A ver qué le parecen a Krystol.

—Krystol es un marchante muy bueno —afirmó Claire—, pero Nana está muy preocupada por él.

—¿Por qué? ¿Porque está haciendo preguntas? No importa. Me puedo ocupar de Krystol. Llevo años haciéndolo, ¿no es así?

—Sí, pero hay tantas personas haciendo preguntas. Y ahora estos hombres…

Emerson suspiró y se despojó de la gorra. Comenzó a quitarse las horquillas del cabello y se lo soltó. Al contrario de Claire, Emerson tenía el cabello oscuro, casi negro, y tan largo que casi le llegaba a media espalda. Se quitó también las gafas, dejando al descubierto unos ojos tan oscuros como su cabello. Los entornó para observar a su hermana.

—Mira, le prometí a papá en su lecho de muerte que me ocuparía de la familia y del negocio. Lo he hecho y lo seguiré haciendo. Sé lo que está en juego. Estas pinturas no son sólo pinturas. Lo que tenemos son las obras maestras de un genio. Tenemos que proteger este legado. Y te prometo que lo protegeré. Así que relájate.

—Pero ¿por qué tuviste que decirles que podían venir a Mandevilla? Es la primera vez en años que a alguien se le permite venir aquí.

Emerson se levantó y extendió un brazo para señalar todo lo que las rodeaba. Era alta y de aspecto dramático, tal y como lo había sido su abuelo. Con su gesto, quería abarcar todo Mandevilla, la playa privada, la piscina y el jardín, la casa y las casi tres hectáreas de terreno salvaje y tropical que había tras la vivienda.

—Mandevilla es parte de la leyenda —dijo—. Las mejores pinturas se realizaron aquí. Aquí vinieron de visita personas muy famosas. Dios Santo, hasta la princesa Diana estuvo aquí.

—Eso fue entonces y ahora es ahora —replicó Claire—. Aquí no ha venido nadie desde hace años.

—Por eso es importante que dejemos que la vea alguien. Que vea la casa y las nuevas pinturas para acabar con esos malditos rumores.

—No lo sé… Una revista normal y corriente podría ser, pero Mondragon… Esa revista tiene mucha clase.

—Precisamente los he permitido a ellos que vengan —repuso Emerson. Se dirigió al trampolín y se colocó las manos en las caderas. Mondragon, La revista de las artes, era una publicación elegante, cara y sofisticada. No se escondía de la controversia o del lado oscuro de los negocios. El director no le había enviado una cortés petición a Emerson, sino que prácticamente le había ordenado que permitiera que un redactor y un fotógrafo visitaran Mandevilla.

Haber accedido era una apuesta muy arriesgada, pero Emerson la había aceptado porque tenía intención de ganar. Los de la revista no la utilizarían a ella. Sería la propia Emerson la que los usaría a ellos.

—Es cierto que tienen mucha clase, pero también pueden llegar a ser muy crueles —admitió Claire—. Y ese redactor, Eli Garner… No podían enviar a nadie peor. Ya sabes cuál es su especialidad.

Emerson se acercó hasta el borde del trampolín. Lo sabía muy bien. La especialidad de Eli Garner era la investigación. Había arruinado reputaciones, vidas y fortunas. Y, en algunas ocasiones muy contadas, también las había salvado.

—No le tengo miedo —respondió Emerson.

—Tal vez deberías tenérselo. Te recuerdo que tenemos secretos.

—No le tengo miedo —reiteró Emerson.

—¡Awrk! —gritó el loro—. ¡Secretos!

Emerson no le prestó atención alguna. Realizó un salto perfecto que la sumergió profundamente en las azules aguas.

 

 

Cayo Oeste no era una ciudad tranquila, sino encantadora, vibrante y, al mismo tiempo, excéntrica. La parte menos tranquila de la ciudad era Duval Street, que era famosa por buenas y malas razones.

A lo largo de sus aceras se alineaban tiendas, restaurantes, galerías, heladerías y tiendas de antigüedades, con el contrapunto ocasional de un emporio del porno o de una iglesia. Los turistas se mezclaban con los bronceados y relajados habitantes de la ciudad. Entre músicos callejeros y mendigos, se podía ver ocasionalmente gallos de hermoso plumaje que paseaban por las aceras con aire regio. Los gallos salvajes estaban protegidos en Cayo Oeste y, después de la oscuridad, no dejaban de cantar para competir con los decibelios que salían de los locales nocturnos y que les impedían dormir.

Por lo tanto, Eli Garner se consideraba un hombre afortunado. Había descubierto una rareza en Duval Street: un bar tranquilo. Era un lugar oscuro y cavernoso y la única música procedía de un barbudo que entonaba tristes canciones en un pequeño escenario. Como no cantaba muy alto, Eli y Merriman podían hablar.

Eli y Merriman no habían trabajado antes juntos, pero Eli había visto el trabajo del fotógrafo y lo respetaba. Los dos hombres se habían conocido por primera vez hacía una semana, en las oficinas que Mondragon tenía en Nueva York. Aquel mismo día, se habían conocido en el aeropuerto de Miami y habían tomado juntos un vuelo a Cayo Oeste. Eli venía de Nueva York y Merriman de Toronto. En cuanto llegaron, se dirigieron a su hotel y por fin, allí, en aquel tranquilo bar, tenían oportunidad de hablar.

Merriman era un hombre corpulento, simpático, con ojos azules y un cabello rubio y liso que parecía perpetuamente despeinado. Se había llamar sólo por su apellido porque, según decía él mismo, su nombre era demasiado horrible. Además, sonreía muy a menudo.

Eli estaba pensando que se llevaría bien con él. Su única preocupación era que, tal vez, era demasiado simpático. Aquel reportaje podría ponerse algo complicado. ¿Sería Merriman demasiado bonachón como para sacarle el mejor partido?

—Bueno, ¿qué es lo que sabes de Nathan Roth? —le preguntó Eli, tras dar un sorbo de cerveza.

—Sólo lo básico. Gigante del mundo del arte. Un genio en sus momentos de apogeo. Se mudó aquí hace veinte años y, últimamente, se ha vuelto un ermitaño. No ha concedido una entrevista desde hace seis años. Ni se lo ha fotografiado en el mismo período de tiempo.

—Así es. Para ser un pintor, Roth es un hombre rico.

—Y eso que dicen que todos los artistas son unos muertos de hambre.

—Así es —repuso Eli. Sabía que los lienzos de Roth no se vendían a los precios que habían alcanzado en el pasado, pero aún seguían siendo piezas muy valoradas. Sin embargo, durante los últimos seis años, no habían dejado de circular especulaciones y rumores sobre el hombre y su obra—. Ya sabes que su hijo era su mánager.

—Hasta que murió hace… cinco años.

—Roth era un tipo muy sociable hace unos años —dijo Eli—, pero algo ha ocurrido. No sabemos qué. Roth tenía muchos conocidos, pero sólo un buen amigo, William Marcuse, otro pintor. Después de la muerte de Marcuse, Roth se cerró a todo el mundo a excepción de su familia. Ellos le son muy leales. No hablan ni quieren hacerlo.

—Una esposa y dos nietas, ¿no?

—El hijo de Roth, Damon, se ocupaba de los negocios de su padre y protegía su intimidad. Desde que él murió, son las nietas las que se ocupan de ello. Se les da igual de bien, tal vez incluso mejor que al hijo.

—Lo que estás diciendo es que quieres que yo sea agresivo, aunque con una agresividad discreta.

—Eso es. Toma todas las fotos que puedas. No te sientas intimidado. No las ofendas si puedes evitarlo, pero no dejes que te digan lo que tienes que hacer.

—Supongo que a ti no te tiene que decir nadie que seas agresivo.

Eli no contestó. El que pensara que el mundo del arte era aburrido y pomposo no lo conocía. Eli había descubierto contrabandistas, falsificadores, traficantes del mercado negro, ladrones y asesinos. En su trabajo, se las había tenido que ver con ladrones de tumbas en el Yucatán a saqueadores en Bagdad. Decidió no apartarse del tema de los Roth.

—Según me han dicho, la nieta menor es más manejable, menos experimentada. Tal vez puedas trabajar mejor con ella que con la mayor.

—¿Me estás diciendo que me insinúe a ella? ¿Que flirtee con ella? ¿Yo?

—Lo que sea —replicó Eli, con voz impasible—. Esas mujeres fingirán cooperar. Tenemos que superarlo todo.

—¿Cómo es la que es joven, manejable y menos experimentada? ¿A qué se dedica?

—A las cosas domésticas. Ella es la que siempre permanece en casa. La mayor se ocupa de los negocios.

Merriman sonrió.

—Oh, sí. La que va a Nueva York. He oído que es muy guapa. ¿Cómo se llama? ¿Emilene o algo así?

—Emerson. Sí. Es muy guapa —respondió, con el rostro más inescrutable que de costumbre.

La había visto una vez, en la inauguración de una galería en Soho. Sólo la había visto durante un instante, pero, en ese breve momento, Eli había podido comprobar que era una verdadera belleza. Cabello oscuro y largo, los ojos y las largas piernas de una gacela… Sin embargo, a pesar de su dulce aspecto, se decía también que podía ser una leona en lo que se refería a su familia.

Aquella tarde, casi tan pronto como la vio, ella se había desvanecido. Más tarde le habían dicho que ella se había marchado por él.

Como Emerson Roth, él también tenía una reputación. En lo que se refería a la búsqueda de la verdad, nada lo detenía y tenía cicatrices que lo demostraban. Si esa mujer pensaba que le podía ocultar algo, estaba muy equivocada.

—Estas personas no viven en esta ciudad, ¿verdad? —preguntó Merriman—. Viven en el siguiente cayo o isla o como sea que se llama a estas cosas.

—Tres islas más arriba. En el Cayo Mimosa, a unos veinte kilómetros de distancia. Es un lugar bastante aislado, a pesar de que Mimosa ha crecido mucho en los últimos años. La finca está en un estrecho de tierra que se adentra hacia el mar. No tienen vecinos cercanos. Las personas que lo han visto dicen que es algo así como el paraíso.

—Menudo reportaje —comentó Merriman, con otra sonrisa—. Un lugar paradisiaco, dos mujeres con un abuelo rico… Es mucho mejor que perseguir a delincuentes y a estafadores. Te aseguro que yo soy alérgico al peligro.

—El único peligro aquí es que estas mujeres nos entretengan más de la cuenta —repuso Eli. Estaba algo preocupado por aquel aspecto, aunque no demasiado.

—¿La mayor? ¿Emerson?

—¿Qué es lo que ocurre con ella?

—He oído que es muy inteligente, eso es todo. Y que puede resultar muy dura.

—No es tan lista como ella cree —replicó Eli. Se terminó su cerveza y se secó la boca con la mano—. Y tal vez sea dura, pero no lo suficiente.

 

 

A la mañana siguiente, Emerson estaba sentada en la biblioteca sobre un antiguo sillón, con las piernas colgando de uno de los brazos. La biblioteca estaba en la segunda planta de la casa y tenía unas enormes puertas de cristal que se abrían sobre un balcón que colgaba sobre el océano. Las estanterías estaban repletas de libros de todas clases, que incluso se apilaban sobre el escritorio y el suelo, aunque, aquella mañana, eran las revistas lo que le interesaban.

De repente, alguien llamó a la puerta. Emerson levantó la mirada de la revista que ocupaba su atención y se le iluminó el rostro. Había reconocido el delicado modo de llamar. Era Nana.

—Entra —dijo. La puerta se abrió y su abuela entró en la estancia.

Lela Roth era una mujer muy menuda de setenta y tres años. Su cabello, que una vez había sido negro como el carbón, estaba teñido de gris y lo llevaba recogido en una gruesa trenza que le caía por la espalda. Sus ojos negros, grandes y de espesas pestañas, eran su mejor rasgo. Eran los mismos ojos que Emerson había heredado. Hablaba con acento francés, ya que se había criado en París. Nathan siempre había bromeado diciendo que la había rescatado de un padre muy estricto para convertirla en su esposa cuando ella era sólo una niña. Lela era diez años más joven que su esposo.

—Ya me pareció que te encontraría aquí —dijo Nana, tras acercarse a ella y darle un beso en la mejilla—. ¿Qué estás haciendo?

—Los deberes —respondió Emerson, mostrándole la revista y dándole un beso también.

—¡Bah! —exclamó—. Estás leyendo cosas que ha escrito ese hombre, ese Garner.

—Es importante conocer al enemigo —repuso Emerson. Se levantó y le indicó a su abuela que se sentara.

—Pues no tienes mucho tiempo para hacerlo —comentó Nana, después de sentarse—. El fotógrafo y él llegan dentro de una hora. Tu hermana se está volviendo loca.

—Mi hermana es una alarmista —observó Emerson. Había apartado las revistas del otomán y se había sentado a los pies de su abuela.

—Te confieso que yo misma estoy un poco alarmada. ¿Estás segura de que es acertado todo esto?

—Estoy segura. ¿Cómo está el capitán?

—Como siempre. He estado sentada un rato con él.

—¿Cómo va la pintura?

—Creo que bien —respondió Nana, que había sido una belleza en su juventud y seguía siéndolo en su madurez—, pero estás cambiado de tema, Emerson. Ese hombre, Garner, ¿es así como te preparas para él? ¿Leyendo revistas?

—Por sus obras los conoceréis.

—Es como un requin, como un tiburón. Desde la distancia, admiro su fuerza, pero no quiero ni verlo de cerca. No quiero que clave sus afilados dientes ni en mi familia ni en mí —replicó la abuela.

—Nana, Mondragon nos dio a elegir. Van a escribir ese artículo con nuestra cooperación o sin ella. Podremos controlarlo todo mejor si cooperamos.

—Ese Garner es muy inteligente. He leído sus artículos. Y también es muy duro. Ha trabado con delincuentes y maestros del engaño. ¿Acaso crees que tú eres su igual?

—¿Y por qué no lo iba a ser? —repuso Emerson, con una sonrisa en los labios—. Llevo en las venas la sangre del capitán. Y también la tuya.

La anciana le devolvió la sonrisa. Entonces, extendió la mano y acarició la larga melena de la joven.

—Ah, sí, pero ten cuidado. He visto la fotografía de ese hombre. Es muy guapo. Ésa es otra arma que no dudará en utilizar. Appel du sex.

—¿El sex appeal? —preguntó Emerson, con los ojos iluminados por la picardía—. Todo el mundo puede jugar a eso.

Nana echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Inmediatamente, se puso muy seria y observó atentamente a su nieta.

—No irás así vestida, ¿verdad?

Emerson llevaba puestos unos pantalones cortos minúsculos y una camiseta blanca sin sujetador.

—No. Se me había ocurrido ponerme un vestido blanco. El que tiene tanto escote.

—No, no, no. ¡Demasiado evidente! Tienes que ser más sutil. Es mejor el caftán azul, el de las mangas tan vaporosas. Cúbrete. Es mucho más provocador. ¿Cómo no voy a saberlo yo?

Con eso, Nana se levantó y se dirigió hacia la puerta. Emerson frunció el ceño.

—No puedo. El caftán tiene una mancha en la pechera.

—Mucho mejor —replicó Nana, suavemente—. Así parecerá menos estudiado.

Entonces, abrió la puerta y se marchó. Emerson realizó un gesto de desaprobación con los ojos. «No me pienso poner algo que esté manchado porque parecería que no me importa en absoluto el aspecto que tengo…», pensó.

Inmediatamente, esbozó una sonrisa.

—Maldita sea —dijo, en voz muy baja—. Nana tiene razón. Mucha razón.

 

 

Eli iba conduciendo hacia el norte por la autopista número 1 mientras Merriman estudiaba con perplejidad un mapa de los cayos.

—¿Cuántas islas de éstas hay?

—Unas ochocientas, más o menos.

—Venga ya… —replicó Merriman, lleno de incredulidad—. No hay ochocientas en este mapa. Ni hablar.

—Algunas son demasiado pequeñas como para aparecer en los mapas. Sólo unas treinta están habitadas.

Merriman volvió a mirar el mapa y frunció el ceño. Los cayos se extendían unos ciento ochenta kilómetros desde Cayo Largo, el que estaba más al norte, hasta Cayo Oeste, el más al sur.

—¿Y sólo existe una única autopista que las conecta todas? ¿Nada más?

—Nada más —contestó Eli. En aquel momento, el descapotable rojo que habían alquilado estaba cruzando un largo puente.

—Estos malditos puentes van sobre el mar, tío —comentó Merriman, con cierta intranquilidad.

—Así es —afirmó Eli—. La Autopista del Océano. Cuarenta y dos puentes. Una gran hazaña de la ingeniería.

—¿Y si se produce un accidente, un atasco o algo así? —replicó Merriman, que no estaba demasiado impresionado.

—Estás metido en un lío.

—¿Y si se desmorona un puente o se lo lleva el mar?

—Lo mismo. Estás metido en un lío.

—Durante el desayuno, he oído en las noticias que había alerta sobre un huracán.

—Ahora es una tormenta tropical. Ha perdido fuerza.

—Ésos son tecnicismos. Escuché incluso la palabra «evacuación» y que ese huracán podía afectar a los cayos.

—Y también puede que no sea así. Lleva una semana tratando de decidir adónde se dirige. La gente está cansada de preocuparse por él —comentó Eli. Entonces, miró atentamente a su compañero—. Jamás habría pensado que te preocupabas tanto.

—Soy de Toronto. Allí no hay huracanes. Bueno, hubo uno en una ocasión, pero fue antes de que yo naciera. Mira, si tenemos que evacuar la zona y los aviones no pueden despegar, ¿significa que esta birria de autopista es nuestro único modo de salir de aquí?

—Tranquilo. Estamos en plena temporada de los huracanes. Siempre están en estado de alerta.

Eli había sufrido antes la tensa espera de los huracanes. Sabía que podían cambiar rápidamente de rumbo y que la tormenta que tanto preocupaba a Merriman podía no tocar nunca las costas de Florida. Miró de nuevo a su compañero y vio que éste estaba observando el cielo lleno de sospechas. Estaba muy azul, pero unas nubes grisáceas avanzaban desde el sur. El viento hacía que las palmeras se doblaran hacia el norte.

—No te preocupes del maldito tiempo —dijo—. Ya casi estamos allí. Dentro de cinco minutos, estaremos en Mandevilla.

—Tal vez tengan un sótano a prueba de tormentas y que no les importe compartirlo con nosotros.

—La mayoría de la gente que vive en los cayos ni siquiera tiene sótanos.

Eli tomó un desvío y llegó por fin a un camino de grava. Los árboles crecían a ambos lados en un frenesí de ramas y hojas que impedían ver más allá. Muy pronto, llegaron a una verja de hierro. A cada lado, se extendía un muro de casi dos metros de alto, coronado por trozos de coral gris que se habían incrustado en el cemento. Eli detuvo el vehículo al lado de un pequeño refugio en el que había un interfono. Al lado, había un buzón sin nombre. Desde allí, se podía escuchar el murmullo del mar y el olor de la sal.

—De repente, estamos en medio de ninguna parte —comentó Merriman, con su acostumbrada cautela.

—Sí.

Eli reconoció los árboles que creían a lo largo del muro. Eran zumaques venenosos y, junto con el afilado coral, tenían como misión evitar que los intrusos escalaran el muro.

—Me da la sensación de que no quieren tener visitas —comentó Merriman.

—Detrás de esos muros hay obras de arte por valor de un par de millones de dólares —murmuró Eli—. Puedes estar seguro de que este lugar tiene buenas medidas de seguridad.

Apretó el botón del interfono, que, segundos después, cobró vida.

—¿Sí? —preguntó una voz de mujer, profunda y de ricos matices—. ¿Quién es?

—Eli Garner y Merriman, de la revista Mondragon. Tenemos una cita a las diez para hablar con la señorita Roth. Con la señorita Emerson Roth.

—Muy bien —replicó la voz—. Entren.

Las puertas no se abrieron hasta medio minuto después. La carretera se hizo más estrecha y con más baches y, entonces, al tomar una curva, se encontraron con un pequeño puente metálico que cruzaba una torrentera. Le daban sombra un grupo de altos árboles que parecían centinelas.

Por fin vieron la casa, que estaba prácticamente oculta por una hilera de adelfas. El césped tenía un aspecto descuidado, que necesitaba ser segado y cuyo verdor provenía tanto de la misma hierba como de las malas hierbas.

Eli observó la casa, que había visto docenas de veces en fotografías, aunque éstas, por supuesto, eran muy viejas. Era más pequeña de lo que había imaginado. Aunque no presentaba signos de abandono, tenía el aire de haber visto mejores tiempos. A pesar de todo, la situación era privilegia. Estaba en un otero, desde el que se vislumbraba el océano. El césped se extendía a lo largo de unos doscientos metros, salpicado de flores salvajes. A continuación, éste dejaba paso a una arena de color pardo. Las olas que azotaban la playa aquel día eran más grises que blancas, pero en la distancia se veía una colección de pequeñas islas tan verdes que parecían esmeraldas.

—¿Qué es lo que dicen siempre los agentes inmobiliarios? —comentó Merriman, tras lanzar un silbido—. La situación, la situación, la situación. Si lo que quieres ser es un ermitaño, éste es el lugar perfecto. En verdad es un pequeño paraíso.

«Aunque este paraíso muestra señales de deterioro», pensó Eli, mirando de nuevo hacia la casa. Efectivamente, la pintura estaba descascarillándose y había una enorme grieta zigzagueando por los escalones que conducían hacia la casa. Los arbustos rojizos que flanqueaban el porche crecían sin control.

Eli salió del descapotable seguido de Merriman y los dos se dirigieron hacia la casa. Eli se fijó en las grietas que había en el suelo del porche y en que el antiguo timbre aparecía cubierto por la sal marina de muchos años.

Apretó el botón y escuchó cómo resonaba por la casa. Mientras esperaba que alguien abriera la puerta, miró hacia el jardín, buscando un jardinero o un mozo que se ocupara de él.

Nadie fue a abrirles la puerta. Lleno de irritación, Eli apretó el timbre una segunda vez, con más fuerza para enojar a Emerson Roth, que, sin lugar a dudas, sabía que se encontraban allí. Estaba a punto de llamar por tercera vez cuando la puerta se abrió.

Emerson Roth. Eli se volvió ciego para todo lo demás. Los oídos le zumbaban, la frente se le cubrió de sudor y una profunda excitación empezó a correrle por las venas.

Era muy alta. Aunque Eli era escritor, no se le ocurría ninguna palabra que pudiera definirla. Sí. Bellísima. Emerson Roth lo había embrujado… durante unos segundos. Se obligó a recuperar la cordura.

Todo en su rostro era hermosura: los redondeados pómulos, la recta nariz, la intrigante boca con la promesa de una sonrisa… El cabello le caía sobre los hombros como una cascada oscura y abundante. Sin embargo, fueron los ojos lo que más le llamaron la atención. Unos ojos profundos, exóticos… Le recordaron que su abuela también era una mujer muy exótica.

Iba vestida con una túnica larga, de un material sedoso y arrugado y de color turquesa muy intenso. Tenía unas mangas amplias y largas que le llegaban casi hasta las uñas. La prenda la cubría desde los hombros hasta los pies y sólo sugería la curva de sus senos, aunque ésta era más que turbadora.

—Hola —dijo ella, con voz sorprendentemente humana—. Ustedes deben de ser los de Mondragon. Yo soy Emerson Roth —añadió, extendiendo la mano con un aire de estoica resignación.

Eli la estrechó con la suya y se sintió aliviado de que con ese contacto no experimentara chispas y descargas eléctricas.

—Eli Garner —respondió—. Y éste es el fotógrafo, Merriman.

—Oh —susurró Merriman, tras recibir un codazo de Eli. Hasta entonces había estado contemplando el océano—. Encantado de conocerla.

—No les voy a pedir que entren —comentó Emerson—. Hoy nos sentaremos al lado de la piscina. Síganme.

Pasó a su lado y descendió por las escaleras. Eli notó el tenue aroma del sándalo. El viento hacía aletear la larga cabellera de la joven y le hinchaba las mangas.

Mientras pasaba, se percató de que tenía una mancha oscura sobre el vestido, justo encima del seno izquierdo. Le resultó difícil apartar la vista de ella. ¿Acaso no sabía que tenía una mancha o tenía tan baja opinión de sus visitantes que ni siquiera le importaba?