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Editado por Harlequin Ibérica.
Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
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28001 Madrid
© 2018 Lucy Monroe
© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.
Un amor sin palabras, n.º 2666 - diciembre 2018
Título original: Kostas’s Convenient Bride
Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.
Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.
Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.
® Harlequin, Bianca y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.
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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.
I.S.B.N.: 978-84-1307-014-8
Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.
Créditos
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Si te ha gustado este libro…
KAYLA Jones salió de la sala de informática y corrió hacia el despacho de Andreas. Llegaba tarde para una reunión prioritaria con el presidente de KJ Software. Aunque fuera su socio. Técnicamente.
Últimamente, Andreas se portaba de una forma muy rara, malhumorado, más exigente de lo habitual.
Bradley, su competente ayudante, la detuvo con un gesto y, con un complicado lenguaje de signos, por fin le indicó que su cárdigan de color coral estaba del revés.
A toda prisa, con una sonrisa de agradecimiento, Kayla le dio la vuelta y entró en el despacho del jefazo.
–Siento llegar tarde, estaba supervisando las pruebas del programa Delfín –se disculpó. Le gustaba ponerles nombres de especies marinas a los proyectos y Andreas le permitía ese capricho.
Kayla se detuvo abruptamente al ver que no estaba solo. A su lado, frente a la mesa de juntas, había una mujer rubia de pelo liso sujeto en un estirado moño y elegante traje blanco que la miró de arriba abajo.
–¿Esta es tu socia? –le preguntó a Andreas, con tono de incredulidad.
–Sí –respondió él, frunciendo el ceño–. Te dije que esta reunión era prioritaria, Kayla.
–Técnicamente, mi smartphone me lo dijo. No lo hiciste tú personalmente.
¿Quién era aquella mujer y qué clase de reunión estaban manteniendo?
–Bueno, pero ya estás aquí y me imagino que podemos empezar –intervino la rubia.
Su tono era autoritario, pero su expresión cuando miró a Andreas era de deferencia.
–¿Empezar qué? –preguntó Kayla mientras se dejaba caer sobre una de las sillas, a la izquierda de Andreas, frente a la desconocida.
–Estamos aquí para discutir cómo afectará la búsqueda de una esposa para Andreas a KJ Software.
Todos los sentidos de Kayla se pusieron alerta. Escuchaba el sonido de las respiraciones en el silencioso despacho, respiraba el perfume floral de la rubia, que parecía estar fuera de lugar allí, veía las huellas de sus dedos en la mesa de cristal. Querría limpiar esas huellas y borrar la prueba de su presencia, aunque la tenía delante.
Aquello no podía ser y Andreas no la ayudaba nada. Seguía ahí sentado, inmóvil, mirándola con un brillo de desaprobación en los ojos verdes.
–¿Búsqueda de esposa? –repitió, incrédula.
Andreas por fin se dignó a asentir con la cabeza.
–Ha llegado el momento.
–¿Ah, sí?
Kayla no había notado que estuviese más abierto a una relación sentimental. Y debería haberlo notado porque llevaba seis años buscando ese cambio. De hecho, últimamente trabajaban más horas de lo habitual para lanzar Delfín a tiempo y sin el menor problema.
–He superado el patrimonio neto de mi padre, así que una esposa y una familia son lo siguiente en mi lista –dijo Andreas tranquilamente.
Como si esa decisión no fuese algo monumental, la que ella había esperado desde que rompieron para convertirse en socios.
Miró entonces a la mujer. ¿Quién era? ¿Y por qué conocía los planes de Andreas cuando ella, una amiga, no sabía nada?
Entonces se le ocurrió una idea aterradora. ¿Sería una casamentera? Sería propio de Andreas contratar a alguien para que le buscase una esposa. Aunque no la necesitase para nada.
Mientras ella había sido prácticamente casta durante los últimos años, Andreas había ido saltando de cama en cama y cada una de sus novias había sido un riesgo para sus esperanzas de futuro.
–Para eso estoy aquí –dijo la rubia, claramente encantada de tener un cliente como Andreas.
–¿Es usted una… intermediaria? –le preguntó Kayla.
–Soy la propietaria del grupo Patterson.
Parecía el nombre de un bufete de abogados, no una empresa dedicada a buscar la felicidad conyugal.
–Está especializada en millonarios –intervino Andreas, como si eso fuera importante.
–Tú eres multimillonario.
Al menos, sobre el papel. KJ Software había sido un éxito, como Andreas había augurado. La empresa, de la que él poseía un noventa y cinco por ciento, estaba valorada en más de mil millones de dólares. No estaba mal después de seis años de sangre, sudor, lágrimas y noches en vela.
La rubia asintió con expresión satisfecha, mostrando cuánto apreciaba esa distinción. Kayla sabía que ser multimillonario y no un simple millonario también era importante para Andreas. Mucho. Después de todo, por eso había tomado la decisión de sentar la cabeza. Por fin, valía más que su padre, pero aún tenía algo que demostrar.
–No seas tan literal –dijo él–. La cuestión es que la señorita Patterson…
–Genevieve, por favor –la sonrisa de la rubia era pura fachada, nada de sustancia.
–Genevieve está especializada en emparejar a hombres ricos con la esposa ideal.
Kayla estaba horrorizada y no se molestó en disimular.
–No creo que funcione así.
–Mi historial habla por sí mismo –dijo Genevieve, con tono de superioridad.
–Si no fuera así, no le habría pagado un anticipo de veinticinco mil dólares –terció Andreas.
Kayla dejó escapar un gemido.
–Por ese dinero podrías comprar una supermodelo.
O podría casarse con la mujer que lo había amado durante los últimos ocho años y que llevaba seis esperando en vano. Y gratis.
–Su jefe no está buscando una esposa trofeo. Quiere encontrar a alguien con quien compartir su vida –dijo la casamentera. Claro que esa retórica sería más convincente si hubiera protestado con la misma vehemencia cuando Andreas se refirió a encontrar una esposa como el siguiente asunto en su lista de cosas que hacer.
Además, si de verdad estuviera buscando a su alma gemela no buscaría más allá de la mujer a la que había llamado su amiga durante casi una década, ¿no?
No habían roto porque no se llevasen bien. Habían terminado su relación sexual porque Andreas tenía opiniones muy estrictas sobre las relaciones personales y profesionales. Nunca habían tenido una relación romántica, sino una relación de amigos con derecho a roce.
Kayla había pensado que eso estaba cambiando, que su relación estaba transformándose en algo más importante.
Se había equivocado.
Andreas había querido transformar su relación, pero no para convertirla en algo más profundo. Quería una diseñadora de software como piedra angular para su nueva empresa de seguridad digital y había dejado bien claro que valoraba su capacidad profesional por encima de su disposición a compartir cama.
Creía haber superado ese rechazo, pero seguía teniendo el poder de dejar su corazón reducido a cenizas.
Tenía que irse de allí.
Haciendo un esfuerzo por disimular la emoción tras la fachada de indiferencia que había perfeccionado durante toda su infancia, mientras iba de una casa de acogida a otra, le preguntó:
–¿Y qué hago yo aquí? ¿Para qué me necesitas?
–Eres mi socia –dijo Andreas, como si eso lo explicase todo.
–Un cinco por ciento no me convierte en una socia con voz y voto.
Era una vieja discusión sobre la que Andreas nunca había cedido, pero la expresión de la rubia decía que estaba de acuerdo.
Andreas frunció el ceño. No le gustaba que lo corrigiesen, pero Kayla nunca había dejado que eso la detuviera. Al menos cuando se trataba del negocio.
–Tú eres mi socia y este cambio afectará al negocio. Y, por lo tanto, a ti –dijo Andreas, en un tono que no admitía réplica.
–¿Por qué?
Evidentemente, ella no estaba incluida en el paquete de posibles candidatas y eso le dolía, pero confiaba en que él no se diera cuenta. Entonces, ¿por qué estaba tan convencido de que tendría algún impacto en su vida?
Andreas la miraba con el ceño fruncido, como diciendo que se le había pasado algo por alto. Como a él se le había pasado por alto que estaba enamorada de él desde el primer día, aunque no iba a decírselo.
–El matrimonio provoca muchos cambios en la vida de una persona y, como Andreas es el corazón y la sangre de esta compañía, es evidente que su matrimonio tendrá un impacto importante en la empresa y en empleados como usted.
Andreas torció el gesto. Tal vez porque se refería a ella como «empleada» en lugar de socia. En cualquier caso, no corrigió a Genevieve.
–Entonces, ¿vamos a salir a bolsa? –preguntó Kayla.
Andreas había pensado en ello durante el último año. Hacer eso lo convertiría en un multimillonario de verdad, no solo en patrimonio neto. Y a ella tampoco le iría nada mal. Podría fundar toda una cadena de albergues para niños abandonados en lugar de conformarse con el refugio local que había fundado años atrás.
–No –Andreas frunció el ceño–. Yo no respondo ante nadie.
Eso tampoco la sorprendía. Andreas no querría dar explicaciones a un grupo de accionistas o a un consejo de administración. Su padre, el armador griego Barnabas Georgas, había dictado las órdenes hasta que cumplió los dieciocho años y de ningún modo toleraría que nadie opinase de nuevo sobre lo que podía o no podía hacer.
–Tal vez podrías vender la empresa, como hablamos en nuestra primera reunión. Eso te liberaría para poder buscar a tu pareja –sugirió Genevieve–. Tener liquidez no dañaría tus posibilidades con las mujeres. Estoy segura de que podríamos conseguirte una aristócrata europea.
Una aristócrata europea. Pero ¿no decía que no quería una esposa trofeo?
Kayla no podía respirar.
–¿Quieres que Andreas venda la empresa?
«¿Para comprar una princesa?».
–Es una solución.
–¿Una solución para qué?
Kayla no entendía el problema. Andreas tenía suficiente dinero para hacer lo que quisiera sin arrebatarle todo lo que llevaba seis años construyendo.
–No puede seguir trabajando dieciséis horas al día –dijo Genevieve–. Es parte del acuerdo que ha firmado conmigo.
–¿Has firmado un acuerdo que limita tus horas de trabajo? –le preguntó Kayla, atónita.
–Sí.
–Eso no significa que tengas que vender la empresa.
Andreas no cedería sobre ese aspecto en particular, ¿no? Podía no amarla y tal vez nunca le había importado más que como diseñadora de software, pero le importaba la empresa. No era solo ella quien encontraba seguridad económica y un propósito en KJ Software. La idea de que pudiese venderla era absurda, pero el brillo calculador de los ojos verdes hizo que Kayla se clavase las uñas en las sudorosas palmas de las manos.
Durante el último año había mencionado alguna vez la idea de vender KJ Software, pero Kayla no se lo había tomado en serio. Andreas era la savia de la compañía, sí, pero ella era el corazón de KJ Software y no podría seguir siéndolo si su propio corazón dejaba de latir. ¿No se daba cuenta de eso?
–¿Te encuentras bien? –le preguntó Andreas, mirándola con preocupación. Kayla no sabía qué responder. Su mundo había explotado–. Hemos hecho lo que nos propusimos hacer –agregó él con tono satisfecho, como si sus palabras no estuvieran lacerando su corazón–. Sebastian Hawk me ha ofrecido una fusión con su empresa de seguridad.
–¿Una fusión o una adquisición? –le preguntó ella.
Andreas hizo una mueca al percatarse de que la noticia no era tan bienvenida como había esperado.
–Una adquisición sería lo más probable.
–¿Por qué? –le preguntó Kayla. Sebastian Hawk, propietario de una de las empresas de seguridad más importantes del mundo, era uno de sus mejores clientes desde el principio–. Él ya tiene nuestra licencia de software para su propia compañía y, de modo accesorio, para sus clientes.
–Quiere ser el propietario –dijo Andreas.
–Es un controlador compulsivo, como tú.
Él se encogió de hombros.
–Tiene tres hijos y un legado que dejarles.
–¿Y tus hijos? –le preguntó Kayla.
Presumiblemente, Andreas estaba dispuesto a casarse y tener hijos. ¿No quería dejarles un legado?
–Estoy pensando en dedicarme a inversiones de capital riesgo.
–Has estado viendo ese programa otra vez, ¿no? –le preguntó Kayla, refiriéndose a su programa favorito de televisión sobre inversores de capital riesgo que invertían en empresas emergentes. Solían verlo cuando estaban juntos y Andreas se enorgullecía de adivinar qué inversores iban a conseguir múltiples ofertas y cuáles se hundirían sin conseguir ninguna.
–Por fascinante que sea todo eso, tenemos que dar por terminada la reunión –anunció Genevieve mientras miraba su reloj de diseño–. Tengo una reunión con otro cliente.
¿De verdad? ¿Cuántos millonarios necesitaban los servicios de una casamentera?
–¿Cuántos clientes tienes? –le preguntó Kayla.
–Eso es información privilegiada –respondió ella con tono altivo.
–El anticipo que te ha pagado Andreas le da derecho a saberlo.
Genevieve se volvió hacia él.
–Tenía la impresión de que habías hecho una transferencia de tu cuenta personal.
–Por supuesto que sí –respondió él.
La celestina se volvió hacia Kayla.
–Entonces, esto no es asunto tuyo –le dijo, con tono condescendiente.
Ese tonito podría haberla irritado, pero Kayla tenía preocupaciones más importantes.
–Tienes razón, no es asunto mío –asintió, levantándose–. De hecho, sigo sin entender qué demonios hago aquí. Si vas a vender la empresa, mi minúsculo cinco por ciento no va a detenerte. Y, si quieres pagarle a esta mujer una fortuna para que te busque citas cuando yo sé que no tienes el menor problema para encontrar compañía femenina, tampoco es asunto mío –agregó, decidida–. No me hace ninguna gracia que me apartes del trabajo cuando podrías habérmelo dicho con un mensaje de texto: Voy a contratar a una casamentera.
–¿Esperabas que te dijera que iba a vender la empresa a través de un mensaje de texto? –le espetó Andreas, sorprendido.
–No esperaba que vendieses la empresa en absoluto y menos que me lo dijeras en una reunión con una tercera persona –respondió ella, mirándolo a los ojos–. Pero ahora me doy cuenta de que he estado equivocada sobre muchas cosas.
Aquella reunión era sobre su decisión de casarse. Lo de vender la compañía había salido solo como parte de la conversación, pero, al parecer, había estado en su agenda desde el principio.
Kayla se dio media vuelta y salió del despacho, con el corazón encogido. Se había sentido así un par de veces en su vida.
El día que entendió que su madre no iba a volver. Se había negado a hablar durante dos años después de que la abandonase.
El día que su madre de acogida murió, obligándola a ir de casa en casa desde entonces.
El día que entendió que a Andreas le interesaban más sus habilidades como diseñadora de software que tener un sitio en su cama, o incluso una amistad.
El ayudante personal de Andreas se levantó cuando Kayla salió del despacho.
–¿Estás bien?
Ella negó con la cabeza.
–¿Qué ocurre?
–Andreas va a casarse.
Kayla no mencionó la posibilidad de que vendiese la empresa. Después de todo, no era por eso por lo que había convocado la reunión.
–¿Con ella? –Bradley abrió los ojos como platos.
–No, con ella no. Es una intermediaria.
El joven puso una mano en su brazo.
–Lo siento.
No dijo nada más, pero no hacía falta. Aparte de Andreas, Bradley la conocía mejor que nadie. Tal vez mejor que Andreas porque desde el primer año se había dado cuenta de que estaba enamorada del distraído griego.