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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2007 Christine Flynn

© 2018 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

La hija del senador, n.º 1745- diciembre 2018

Título original: The Reluctant Heiress

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial. Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, Julia y logotipo Harlequin son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited. Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.: 978-84-9188-973-1

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Prólogo

 

 

 

 

 

 

JILLIAN Hadley siempre esperaba a septiembre para hacer su lista de propósitos para el nuevo año. Mientras que la mayoría de la gente planeaba los nuevos comienzos a partir del primero de enero, ella esperaba al inicio del nuevo curso escolar para hacer una lista de objetivos, cosas que quería solucionar y hábitos con los que deseaba romper.

No era que se rebelara contra las convenciones, aunque estaba acostumbrada a hacer las cosas a su modo. El deseo de independencia que había sido promovido en su educación le impulsaba a hacer las cosas cuando le pareciera más lógico. Un nuevo curso escolar era un nuevo comienzo por sí mismo.

Se había convertido en un hábito para ella encender la televisión para tener algo de compañía en cuanto entraba en el cómodo y pequeño dúplex que llamaba hogar. Llevó la maleta de su reciente viaje al dormitorio, típicamente femenino, encendió la luz y la dejó sobre su cama con colcha blanca.

Sólo una vez en los ochos años que llevaba siendo maestra en el Instituto Thomas Jefferson no había hecho su lista de propósitos de mejora personal. Había sido el año anterior. Un año terriblemente malo para ella. Había durado casi dieciocho meses, aunque había detalles que prefería no recordar de esos tiempos. Abrió la cremallera de la maleta y comenzó a sacar su contenido.

En sólo tres meses, su madre se había puesto muy enferma, su ex novio le había dicho que no tenía intenciones de casarse con ella y su madre había muerto. Había sido como si las malas noticias no hubieran hecho más que empeorar, provocándole un estado casi crónico de estupor. No se había dado cuenta de lo mucho que había bloqueado sus sentimientos hasta que, por suerte, todo el dolor había salido a la superficie el verano anterior.

Sacó un collar de orquídeas rosa pálido de la maleta y se declaró a sí misma que los malos tiempos habían terminado de forma oficial. Nunca olvidaría la pérdida de su madre. Beth Hadley había sido su amiga, su heroína y la mujer más fuerte que había conocido. Sin embargo, no le costaría sobrevivir sin Eric Chandler.

Le sorprendió darse cuenta de que había superado la ruptura con el hombre con quien una vez creyó que iba a hacerse vieja. Esto, unido a que su reloj biológico no se detenía aunque el resto del mundo pareciera estar en pausa, le llevó a tomar su primera resolución.

Ese año, si el entrenador Gunderson le pedía salir de nuevo, diría que sí. Era un tipo agradable. Un poco calvo, pero agradable. Y ella sabía lo difícil que era encontrar un hombre digno de confianza en esos días. Uno que no estuviera casado, comprometido o que no fuera homosexual. También evitaría comer bollos en la sala de profesores, aprendería a tocar la guitarra que se había comprado hacía años y consideraría seriamente la posibilidad de alisar su larga cabellera rizada. Si se sentía con el suficiente espíritu de aventura, podía ser que incluso se cortara el pelo y se lo tiñera de algún color diferente de su moreno natural.

Sintió un optimismo renovado y le dio la bienvenida a los cambios que quisieran llegar a su vida. Sus vacaciones, tan necesarias, habían terminado. De su estancia en Maui se había llevado el collar de orquídeas, un sari estampado que probablemente nunca se pondría, fotos para enseñar a sus alumnos y un excelente bronceado.

No le importó que sus vacaciones fueran sólo un recuerdo. No sintió la depresión de la vuelta al trabajo y a su vida corriente y predecible. Y, aunque estaba cansada por haber pasado once horas volando, haber hecho tres transbordos e interminables esperas en aeropuertos, se encontró llena de ganas de comenzar el curso escolar, de conocer a sus nuevos alumnos y de poner en marcha sus decisiones. Pasó junto a las plantas que había dejado en remojo en el fregadero de la cocina, cuando la voz masculina del presentador de las noticias de la noche captó su atención.

Con el corazón latiendo a gran velocidad, miró la pantalla:

«…aventura en mi matrimonio. Esa aventura dio como fruto una hija de la que no había sabido nada hasta que ella contactó conmigo tras la muerte de su madre el año pasado. Las fotografías en poder de Bradley Ashworth prueban ese encuentro. Como saben, Bradley estaba casado con mi hija menor, Tess. Cuando Tess le dijo que quería divorciarse porque no soportaba el maltrato físico y mental, él repuso que yo tenía una aventura y utilizó las fotos para chantajear a mi hija».

En la pantalla, un caballero de pelo cano y aire distinguido hablaba en tono solemne tras los micrófonos. Sus ojos grises miraban con intensidad a la audiencia de millones de telespectadores.

Jillian trató de concentrarse en las palabras del hombre, aunque el pulso le latía en los oídos. Él estaba haciendo esas confesiones para proteger sus relaciones familiares y su reputación. Su hija Tess había dejado que todos creyeran la versión de Ashworth: que se había divorciado de él porque estaba harta de su matrimonio y quería estar con otros hombres.

Jillian recordó el escándalo que se había armado cuando la hermosa Tess Kendrick había agarrado a su hijo y había salido del país el año pasado. En esa ocasión, ella había pensado que esa Tess era el vivo reflejo de una mujer malcriada y consentida. Por la forma en que los medios de comunicación habían cubierto la noticia, lo mismo había pensado todo el mundo.

Todo el país conocía al hombre que hablaba en la pantalla. El poderoso y antiguo senador era uno de los más ricos. De joven había enamorado a una princesa y ella había renunciado a su reino para casarse con él. Desde entonces, el matrimonio y sus cuatro hijos habían sido tratados por la prensa como realeza estadounidense.

Jillian había crecido escuchando los cuentos de hadas que la prensa contaba sobre los Kendrick, como todo el mundo. En el instituto, sus amigas y ella solían coleccionar los artículos publicados sobre la familia, sobre todo sobre las hijas. Ashley era sólo un par de años menor que Jillian. Tess, quizá dos más. Habían llevado vestidos de diseño y trajes de noche. Habían ido a los mejores colegios privados y tenían guardaespaldas y criados. Habían pasado los veranos en el palacio de su abuela en Luzandia. Sus hermanos mayores eran muy atractivos. Y las chicas eran tan impresionantes como su madre, una rubia platino que resultaba estar sentada en ese momento al lado de William Kendrick ante las cámaras.

Los latidos de Jillian se aceleraron aún más. Su madre había sido la única persona de su entorno que había ignorado todo sobre los Kendrick y su celebridad. Nunca le había oído comentar nada sobre ningún miembro de la familia. Las veces que ella le había mostrado una foto de las hijas en algún baile o montando a caballo, su madre sólo había hecho algún comentario neutro y había cambiado de tema. Jillian había creído entonces que las vidas de los ricos y famosos no interesaban a su madre, práctica y trabajadora.

Pero dos días antes de la muerte de su madre, ésta le había contado a Jillian quién era su padre.

Ella era la hija ilegítima de la que hablaba el hombre en la televisión. Y él había prometido no revelarlo.

La cámara mostró la imagen de un periodista que con gesto grave repetía lo que William había dicho sobre los malos tratos sufridos por su hija Tess y sobre el chantaje al que la había sometido su ex marido.

Jillian ni siquiera se fijó en que no habían revelado su nombre. Sólo le importó que William Kendrick había roto su promesa. Lo había visto sólo una vez. El dolor, el resentimiento y una mezcla de emociones inidentificables le habían llevado a buscarlo unos meses después de la muerte de su madre. Entonces, le había dejado claro a su padre que no quería que hiciera pública su relación. William se había mostrado de acuerdo y ella había comprendido que también a él le interesaba evitar el escándalo. Le había prometido que no le hablaría de su existencia a nadie más que a su esposa.

Jillian se tocó los labios y se dio cuenta de que estaba temblando. No estaba segura de si se sentía enferma, aturdida o furiosa cuando el presentador de las noticias comenzó a especular sobre la identidad y el paradero de la hija ilegítima de William Kendrick. Lo único que sabía seguro era que su madre nunca había dejado de amar a William. Lo había confesado en su lecho de muerte. Ella respetaba con toda el alma a su madre, la mujer que la había sacado adelante sola, pero no podía imaginar sentir afecto por su padre. Su madre había sido herida por el mismo hombre que, en ese momento, había tenido las agallas de traicionarla a ella también, revelando su secreto.

El cambio en el que había estado pensando unos minutos antes ya no le pareció halagüeño en absoluto. Mientras veía en la pantalla una imagen de archivo de Tess y Bradley y otra de William en su juventud, sintió que estaba comenzando a sumergirse en una pesadilla.

Capítulo 1

 

 

 

 

 

 

BEN Garrett trabajaba bien bajo presión. Le subía la adrenalina cuando se trataba de enfrentarse a retos imposibles. Para él, los obstáculos no eran más que algo que podía vadear, saltar o apartar. Pero la parte del juego que más le gustaba era la de influir en la opinión pública. Era un juego en el que siempre ganaba. Por eso le pagaban tan generosamente sus clientes.

Impecable con su traje de sastre de tres piezas, fue desde la puerta principal, donde no le habían contestado, hasta la puerta de atrás del modesto dúplex en el barrio obrero de Hayden, Pensilvania. El Volswagen verde que parecía de juguete era de Jillian Hadley y estaba aparcado frente a su garaje. Seguro que ella no andaba muy lejos.

Ben estaba especializado en relaciones con los medios para los clientes de alto nivel del grupo Garrett; políticos de Washington D.C. y ricos y famosos que querían ver su imagen enaltecida o cambiada por completo. Hacía quince años que había terminado su máster en Yale y había conseguido una buena reputación como experto en intervenciones de crisis. Por eso su padre, el socio más antiguo de la prestigiosa firma de relaciones públicas, y William Kendrick, el mejor amigo y más antiguo cliente de su padre, habían insistido en que él se ocupara personalmente de tratar con la señorita Hadley.

La buena noticia era que iba a poder encontrarla antes de que la prensa se abalanzara sobre ella como buitres. La mala noticia era que apenas tenía información sobre la recién descubierta hija de William Kendrick. Lo único que sabía de ella era que daba clases en el instituto, que su única reunión con William no había ido bien y que nadie había sido capaz de dar con ella para advertirle de la rueda de prensa que se había celebrado el día anterior.

No había un solo periódico, televisión o emisora de radio que no se hubiera volcado con la noticia de Tess, la hija de William chantajeada por su ex marido, con la aventura que William había tenido y su hija ilegítima. Las habladurías habían incluso sobrepasado las fronteras del país y se habían propagado a la velocidad de la luz. En el London Daily Star, se había anunciado la Crisis en Camelot, donde vivían los Kendrick, con grandes titulares y en la primera página. Los titulares en París, Roma e Internet mostraban a una Tess que había pagado por los pecados de su padre y especulaban sobre la posibilidad de que la hija ilegítima hubiera sido sobornada con dinero a cambio de su silencio.

Como nadie tenía ni idea de lo que Jillian iba a decir, Ben debía ocuparse de hacer que las cartas jugaran a favor de la familia Kendrick. Además, William había insistido en que se la protegiera de los medios de comunicación, para salvaguardar también a su familia de cualquier comentario potencialmente dañino que pudiera hacer.

Ben abrió una pequeña puerta en el patio trasero y entró, bordeando un macizo de flores que había junto a la casa. Se había otorgado a sí mismo veinticuatro horas para cumplir su objetivo con la señorita Hadley. Mientras comprobaba la hora y la fecha en su Rolex, esperó que el tema de la aventura se superara con tanta facilidad como había transcurrido la rueda de prensa que él mismo había organizado el día anterior.

Rodeó la esquina del patio, muy similar a los patios de las casas adyacentes. El dúplex estaba rodeado por árboles frutales y bancos de flores. Sin embargo, su atención se centró en una esbelta mujer morena que caminaba descalza junto a una mesa de picnic.

Ben reconoció su delicado perfil de las fotos que le habían mostrado el día anterior. Y su pelo. Una larga cascada de sedoso cabello oscuro le caía hasta debajo de los hombros.

En unos segundos, recorrió las curvas de ella con la mirada. Llevaba una camiseta blanca y una falda verde hasta la rodilla, un atuendo que no tenía nada que ver con los conjuntos de diseño que solían llevar todas las mujeres de su círculo social, incluidas las sofisticadas Kendrick. Si llevaba maquillaje, no se notaba. Cuando ella lo vio, se acercó y él pudo ver que estaba muy bronceada y parecía mucho más joven de los treinta y tres años que sabía que tenía.

Ben frunció el ceño. No había esperado que Jillian tuviera un aspecto tan… natural. Tampoco se había preparado para que la generosa sonrisa que ella estaba esbozando se marchitara al verlo mejor.

Por la forma en que Jillian había sonreído, estaba claro que lo había confundido con otra persona. Al menos, no había esperado encontrarse con un perfecto desconocido.

Sin querer intimidarla acercándose lo suficiente como para darle la mano, Ben se quedó parado junto a la mesa y señaló hacia la casa.

—Llamé al timbre, pero nadie respondió —dijo él para explicar su presencia en el patio—. Soy Ben Garrett, señorita Hadley. El jefe de relaciones públicas del señor Kendrick.

A Jillian le dio un vuelco el corazón cuando aquel atractivo hombre de ojos azules le dedicó una sonrisa. Los ricos tonos de su voz mostraban reserva y amabilidad al mismo tiempo. Lo mismo mostraban los fuertes y sensuales rasgos de su rostro. Sin embargo, estaba demasiado molesta por encontrarlo allí como para pararse a pensar en esas cosas.

—William dijo que enviaría a alguien cuando me llamó esta mañana —señaló ella. Lo cierto era que William Kendrick le había llamado dos veces antes de eso. Y su secretaria también. Habían dejado mensajes en el contestador la noche anterior—. Siento que no te haya avisado a tiempo.

—¿A tiempo? —preguntó él, arqueando las cejas.

—Para decirte que no era necesario que vinieras.

Jillian dirigió la vista hacia las piedras y ramitas que había recogido para poner en el terrario de su clase y las metió en una bolsa de plástico. Aún faltaban unos días para que empezaran las clases. En el trabajo, habían empezado ya las reuniones de profesores. Sin embargo, en ellas sólo se hablaba de la hija misteriosa de William Kendrick y la aventura que había empañado el matrimonio modelo del millonario y Katherine Kendrick. Casi todos apoyaban a la mujer engañada, la bella Katherine. Después de todo, su marido le había sido infiel. Y había tenido una hija con otra mujer.

Aquella otra mujer había sido su madre.

Jillian había intentado mantenerse al margen de aquellas conversaciones y hacer oídos sordos a las cosas que no había deseado oír. Cuando Carrie Teague, su compañera de curso en los dos años anteriores, había notado su falta de participación y le había preguntado a bocajarro qué opinaba sobre el escándalo, ella había respondido que estaba cansada del viaje de avión y que sólo podía pensar en dormir y en las clases. Su comentario, por suerte, había provocado que se interesaran por sus vacaciones y cambiaran de tema. De forma temporal al menos.

Por los mensajes que había escuchado en su contestador la noche anterior, Jillian sabía que William había hecho un esfuerzo sincero para localizarla antes de la rueda de prensa. Y comprendía que William había hecho lo único que podía hacer para limpiar el nombre de su hija Tess. También había sentido un gran alivio al saber que no había revelado a la prensa ni su nombre ni su paradero. Sin embargo, ninguna de esas cosas le había hecho cambiar de opinión sobre él. Sus razones para sentir un gran resentimiento hacia su padre seguían firmemente en pie.

En un mundo ideal, nunca habría oído el nombre de Kendrick, se dijo Jillian. Y Ben Garrett no estaría en su patio.

Ben se quedó parado en el césped, observándola como un científico examinaría a un extraño espécimen al que necesitara identificar y catalogar.

—Lo cierto es que creo que mi presencia es necesaria. O lo será.

La forma en que la observaba puso a Jillian de los nervios. Para que no se notara cómo le temblaban las manos, dejó la bolsa sobre la mesa y se cruzó de brazos.

—¿Has dicho que eres relaciones públicas?

—Lo soy.

—Entonces, honestamente, no tenemos nada de que hablar. Yo no tengo nada que ver con el público. No en el sentido en que tú trabajas con él. William me dijo que nadie conocía mi identidad —indicó ella—. Soy feliz con mi anonimato. Los Kendrick tienen sus vidas. Yo tengo la mía. Y me gustaría que siguiera así.

Jillian mantuvo la mirada firme. Como sus palabras, su expresión mostraba convicción más que desafío. Sin embargo, su lenguaje corporal le dijo a Ben lo disgustada que estaba con William y con lo que había hecho.

Jillian desvió la mirada y, con ansiedad, se apretó los brazos, dejando marcas blancas en ellos.

Ben se sintió aliviado al saber que prefería permanecer en el anonimato. No lo conseguiría pero, al menos, significaba que no estaba deseando vender su historia al mejor postor. Por otra parte, encontró otro motivo de preocupación. Si Jillian repetía a la prensa lo que le acababa de decir, los periodistas la acosarían como perros de presa para saber el porqué.

Frotándose la nariz, Ben intentó pensar cómo ayudarla a enfrentarse a la nueva y difícil vida que se le presentaba.

—Las cosas no son tan sencillas, señorita Hadley. William no ha dicho a la prensa quién eres, pero no podrás evitarlos. Como mucho, en un par de días los reporteros invadirán tu casa.

—Si nadie les ha dicho quién soy, ¿cómo van a encontrarme? —preguntó ella.

—Uno de los abogados de William ha descubierto que un periódico ha pagado una fortuna a alguien para conseguir copias de las fotos. Las que William se negó a describir o mostrar en la rueda de prensa —explicó Ben—. En una de ellas estáis los dos dándoos lo que parece un abrazo…

—No hubo tal abrazo… Puede que él intentara rodearme con sus brazos pero… —contradijo ella, confusa.

—Otra te muestra a ti como si estuvieras discutiendo. Los dos estáis junto a un Volswagen verde con matrícula de Pensilvania. William dice que es tu coche—. Puede que el periódico en cuestión ya sepa quién eres. Y cualquier periodista que se precie utilizará sus contactos para averiguar a quién pertenece la matrícula del coche. Como hizo el abogado de William.

—¿Es así como me has encontrado?

Ben negó con la cabeza y dio un paso hacia ella.

—Ya sabíamos que vivías en Hayden. Se lo habías dicho a William —le recordó él—. Localizarte fue sólo cuestión de buscar tu nombre y pueblo en Internet.

—¿Estoy en Internet? —preguntó ella, desconcertada.

—Casi todo el mundo está —repuso Ben—. El abogado te buscó por el número de tu matrícula sólo para comprobar que cualquier otra persona que lo hiciera podría encontrarte. Lo que encontrarán será tu nombre y tu dirección. Y, una vez que te reconozcan como la mujer de las fotos, tu anonimato pasará a la historia.

La primera impresión que Ben se había forjado de la mujer a la que se suponía que debía guiar y proteger era que pertenecía al tipo de personas que volaban bajo el radar. Teniendo en cuenta dónde vivía, parecía ser una mujer de ingresos modestos con una vida poco complicada. No quería que el mundo la conociera. No quería fama ni notoriedad. Por lo visto, lo único que deseaba era mantener lo que tenía en ese momento.

No era culpa suya que la vida de Jillian estuviera a punto de ponerse cabeza abajo, se dijo Ben. Sin embargo, algo en la forma en que ella trataba de ocultar su aprensión le hizo sentir una inesperada compasión.

—¿Vendieron las fotos? —inquirió ella, sin poder comprender la magnitud del asunto, nerviosa—. ¿Quién más tenía acceso a ellas?

Al levantar los brazos, Jillian hizo que la camiseta que llevaba se apretara contra sus exuberantes pechos. Ben se quedó sin respiración. Estaba siendo más consciente de lo que le hubiera gustado de la delicada caída de los hombros de ella, de sus largas y esbeltas piernas. Solía preferir mujeres sofisticadas. Allí descalza en la hierba, con las extremidades al aire libre y sus largos rizos descontrolados, Jillian le pareció más como una diosa de la fertilidad. No le costó imaginarla paseando por una playa o por un bosque, con doce pequeñuelos a su alrededor.

Sin embargo, Ben sintió un nudo en la garganta al encontrarse de nuevo con la mirada de ansiedad en los ojos de ella. La compasión que sintió por ella le era desconcertante y poco habitual para un hombre que se había convertido en un cínico.

—El ex marido de Tess Kendrick, Bradley Ashworth —respondió Ben—. Suponemos que las vendió como venganza por la forma en que William lo expuso en la rueda de prensa.

Ben esperó que ella mostrara algo de pánico. Esperó que cooperara un poco.

—Puede que sepan quién soy. Pero no tengo por qué hablar con ellos.

—Eso no impedirá que invadan tu vida. Por eso estoy yo aquí —señaló, intentando que Jillian se percatara de la gravedad de la situación—. Mi trabajo es ayudarte a enfrentarte a la prensa que se abalanzará sobre ti en cuanto descubran tu identidad —afirmó, ocultando que hacer que ella dijera lo apropiado era también parte de su trabajo—. Vendrán, seguro. Si no es hoy, mañana. Aunque quieras, no podrás evadirte de esto.

Estaba claro que aquella mujer no sabía lo vulnerable que era, se dijo Ben. Para no sonar impaciente, trató de suavizar su tono.

—William quiere que sepas que no va a abandonarte a los lobos. Y eso es lo que pensarás que ha pasado cuando tu teléfono empiece a sonar y no paren de pedirte entrevistas. Te aseguro que no querrás enfrentarte a esto sola.

Durante un momento, Jillian no dijo nada. Para ella, ya era demasiado desconcertante estar cara a cara con uno de los socios de su famoso padre. Pero Ben Garrett era desconcertante en sí mismo. Era un hombre seguro de sí mismo, muy persuasivo en sus argumentos y convencido de tener razón. Aun así, más molesta que su persistencia le resultaba el impacto físico que le producía su presencia.

Aquel hombre poseía la misma aura de autoridad e influencia que había percibido en William, pero de una manera más elemental. Estaba a casi cuatro metros de ella, pero podía sentir la energía que irradiaba de él, como un campo magnético. Y ella no era inmune a aquel poder.

Jillian no dudó ni un momento que era un hombre acostumbrado a conseguir lo que quería. Era el tipo de hombre que los demás de su sexo envidiaban y por el que las mujeres se volvían locas, justo lo que a su madre le había pasado con William. Pero volverse loca por un perfecto desconocido no estaba en su lista de propósitos para el nuevo año escolar. Ni que un extraño le dijera lo que tenía que hacer. Sobre todo uno del que sospechaba que lo único que quería era limpiar la reputación de William.

Sintiendo un deseo imperioso de que aquella situación llegara a su fin y, sobre todo, de que aquel hombre se marchara, Jillian empleó el tono de «fin de la discusión» que solía utilizar cuando un alumno era demasiado obtuso.

—Señor Garrett, por favor, dígale a su cliente que aprecio su interés, pero puedo manejármelas sola. Si puedo lidiar con treinta chicos de secundaria, no me costará tratar con un puñado de periodistas.

—Serán más que un puñado.

—Me las arreglaré sin importar cuántos sean —insistió ella y suavizó el tono—. Siento que hayas tenido que venir hasta aquí para nada. Estoy segura de que eres un hombre muy capaz, pero no quiero tener nada que ver con William. Ni quiero su ayuda. No es nada personal contra ti.

Jillian notó algo parecido a la compasión en los intensos ojos azules de él. No supo con certeza si era sincera o calculada.

Nunca debió haber ido a ver a William, se dijo, tomando la bolsa con las piedras y las ramitas. La rabia y la sensación de pérdida le habían empujado a ello.

Ben se preparó para responder. Estaba claro que aquella mujer no tenía ni idea de lo que estaba a punto de caerle encima. Él había visto a grandes políticos y directores corporativos hundirse bajo la presión de la prensa. Y no tenía ni idea de lo que ella era capaz de decir o hacer cuando los medios la encontraran. Sin embargo, presionarla no le pareció una buena idea. Jillian Hadley podía ser tan inocente como un bebé respecto a lo que le esperaba pero tenía sentido de independencia, o quizá sólo era tozudez, que la alejaría más si se sentía presionada. Necesitaba su cooperación y no lo conseguiría por la fuerza.

Así que Ben preparó la retirada. Pero no estaba dispuesto a aceptar la derrota de ninguna manera. Simplemente, dejaría que el tiempo funcionara a su favor. Metió la mano en el bolsillo de la chaqueta y sacó una pluma y una tarjeta de visita. Anotó su teléfono móvil en la parte de detrás de la tarjeta y se la tendió. La brisa le llevó el aroma de Jillian, algo un poco exótico y mucho más sensual de lo que esperaba en una maestra de escuela.

—Llámame cuando cambies de idea.

—Eso no sucederá —insistió Jillian, pero tomó la tarjeta de todos modos, para librarse de él pronto—. Gracias de todas formas.

—De nada —murmuró él y se giró para irse por el mismo sitio por donde había llegado.

Cuando Ben desapareció de su vista, Jillian se dio cuenta de que había estado conteniendo la respiración. Guardó la tarjeta en el bolsillo de su falda y tomó aliento.

Teniendo en cuenta la gran cantidad de calamidades que él le había predicho, a Jillian le resultó raro que se hubiera rendido tan fácilmente. Con una sensación de opresión en el pecho, se apresuró a entrar en su casa. Si la prensa la encontraba, los días siguientes podían ser un poco desagradables. Pero ella ya había sobrevivido a tiempos desagradables antes.

Durante meses después de que su madre hubiera caído enferma y la hubiera perdido a ella y a Eric, se había sentido como en una caída libre. Su mundo no había vuelto a ser el mismo. Cuando al fin había conseguido volver a sentir la tierra bajo los pies y el nubarrón negro sobre su cabeza se había disipado, no estaba dispuesta a dejar que su vida se complicara de nuevo. Y menos por culpa de William Kendrick. Podía manejar la situación, se aseguró a sí misma. Y podía hacerlo sola. No necesitaba a Ben Garrett.

O eso creyó antes de encontrarse llamándolo con desesperación sólo veinticuatro horas después.