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1. UNA EXPLICACIÓN

 

Los niños de la primera mitad del siglo pasado nos educamos leyendo los cuentos que editaba, y en parte escribía, Saturnino Calleja, cientos de ellos, que siempre terminaban igual: «Fueron felices y comieron perdices». Supongo que ese final obedecía a que la mayoría de los relatos se desarrollaban en tiempos pasados, de penurias gastronómicas, en los que el comer perdices era el colmo de la exquisitez y, por ende, de la felicidad.

La felicidad de aquellos cuentos se basaba en motivos nobles, generalmente relacionados con el amor limpio entre hombre y mujer, y aunque yo haya elegido ese título, la felicidad a la que me refiero en este libro, es de otra naturaleza todavía superior, ya que está compuesta de múltiples detalles relacionados con Dios. Y, por lo tanto, es mucho más completa. Es más, en aquellos cuentos de Calleja en ocasiones la coletilla se ampliaba «... y comieron perdices, y a mí me dieron con ellas en las narices» lo que no dejaba de ser algo cruel y poco caritativo. En cambio, cuando Dios está por medio, nadie se queda a las puertas de la felicidad, porque es una puerta abierta para todos los que quieren asomarse a ella.

La felicidad de los que no creen en Dios tiene poco que ver con la que discurre por este libro; no sé bien en qué consiste y se me hace muy difícil de entender. Aunque ellos no creen en Dios, Dios sí cree en ellos y puede que influya en su comportamiento.

Los personajes que desfilan por este libro de algún modo han hecho méritos para ser felices, y pueden ayudarnos a serlo nosotros, dentro de las limitaciones que tiene la felicidad humana.

Algunas cosas de las que cuento en este libro, quizá ya las he contado en otro lugar, bien en una conferencia, en algún artículo, o puede que en otro libro, no estoy muy seguro, porque no soy un erudito que tengo clasificados mis modestos conocimientos, sino un novelista que lleva más de treinta años en el oficio y ha escrito en ese tiempo tantos miles de folios, que es imposible recordar lo que ha dicho en muchos de ellos. Tampoco puedo precisar las fuentes de mis conocimientos, con notas a pie de página, pero de lo que sí estoy seguro es que si saco a relucir de nuevo determinadas situaciones, o personajes, es porque les tengo tanto cariño que me apetece volver a airearlos. Además, dudo de que el lector, por muy avisado que sea, recuerde lo que conté hace años.

2. A VUELTAS CON LA FELICIDAD

 

¿Somos los cristianos más felices que los que no lo son? Caso afirmativo, ¿por qué somos más felices? ¿Tiene esa felicidad unas características especiales? O ¿a qué clase de felicidad aspiramos?

Hay unos cristianos, los místicos, que tienen mociones que les eleva el alma a la Felicidad plena, que es Dios, y su felicidad es tan inconmensurable, que todos los padecimientos de esta vida les parecen cosa de nada. Esa impresión se saca leyendo a santa Teresa, a san Juan de la Cruz, y al mismo san Pablo, que la única vez que se asomó a los Cielos, fue tal su dicha que le compensó de lo mucho que había padecido a manos de unos y de otros.

Los cristianos corrientes, los buenos cristianos corrientes, que no alcanzan esas cotas de felicidad, deben conformarse con ser felices con los medios que el Señor pone al alcance de todos los mortales. La alegría sobrenatural es muy importante, y a ella debemos aspirar, pero sin soslayar aquellos detalles de alegría humana que sean lícitos, y que nos hagan más grata la vida.

A este respecto hay algunos modelos interesantes. El cardenal de Cracovia, Estanislao Dziwisz, que fuera secretario de Juan Pablo II durante cuarenta años, publicó un libro titulado Una vida con Karol, en el que cuenta que al Papa polaco, amante de la naturaleza, le costó muchísimo adaptarse a la reclusión obligada en el Vaticano. Mientras la salud se lo permitió hizo escapadas para esquiar en las montañas más próximas a Roma. Para lo cual tenía que zafarse de la Guardia Suiza encargada de su seguridad. Salía del Vaticano en el coche de algún amigo cómplice y escondía su rostro fingiendo que leía un periódico. Al llegar a las pistas se vestía de esquiador, se tapaba el rostro con un pasamontañas y así lograba esquiar en el más absoluto incógnito. Y esto no lo hizo una vez, sino ¡más de cien veces!, según cuenta don Estanislao. Y cada vez que regresaba de una de esas escapadas, exclamaba radiante: «¡Lo hemos conseguido!».

Es una buena lección que la alegría del cristiano es, en ese aspecto, como la de los demás mortales, ya que no es incompatible con disfrutar de los placeres sencillos de la vida. Es más, puede ser muy conveniente para mantener el equilibrio interior.

A otro Papa, que lleva camino de ser declarado santo, Juan XXIII, también le costó mucho encerrarse en el Vaticano. Cuenta en su Diario que el médico le había recomendado pasear y que le hubiera gustado hacerlo por Villa Borghese, como cualquier ciudadano romano, pero su secretario, Loris Capovilla, le advirtió que sería necesario poner sobre aviso a la Vigilancia Vaticana, a la policía italiana, al mismo alcalde de Roma... En suma, desistió, y Loris Capovilla para compensarle, le propuso ver media hora de televisión, pero no con programas religiosos o culturales, sino con los cómicos más famosos del país, Pepino de Filipo, Totó, Vittorio de Sicca, Aldo Fabrizi, con los que se lo pasaba muy bien y se reía. Luego Juan XXIII cuidaba de que les llegara su felicitación, entre otras razones para que supieran que tenían al Papa como espectador y, por tanto, cuidaran de no extralimitarse en sus bromas y chistes. Y daba gracias a Dios por haberle concedido el don de disfrutar de las cosas pequeñas.

Cuenta, también, que en el Seminario tenía un compañero tan estricto en todo, que no probaba la cerveza, y no levantaba los ojos del suelo ni tan siquiera para recrearse en las bellezas de la naturaleza. Años después se lo encontró perdido, alcoholizado y mal casado. El exceso de rigor puede llevar a la perdición. Juan XXIII dejó escrito en su Diario: «De muchas cosas me arrepiento de mi vida pasada, de tantas pequeñas miserias, ruindades, orgullos y vanidades, faltas de caridad, omisiones por doquier, pero no de haber sabido disfrutar de las menudencias que el Señor ha puesto en mi camino. Y de no haber desaprovechado cuantas ocasiones he tenido de reír, siempre que no fuera a costa del prójimo».

 

RAFAEL NAVARRETE, JESUITA, LICENCIADO en Filosofía y Teología hace una oportuna consideración sobre la felicidad cristiana: los cristianos estamos educados para rechazar todo cuanto pueda parecer egoísmo pero, ¡ojo!, «cuando un hombre o una mujer se sienten satisfechos, empiezan a mirar a los demás con amor; solo una fuente que está llena deja pasar gozosamente el agua. Ningún hombre feliz puede hacer daño a otro».

Es una reflexión que nos invita a un razonable egoísmo. Cuando dejamos de hacer algo que nos mortifica, y disfrutamos de ello, es una forma de dar gracias a Dios que nos permite ese placer, siempre que no le ofenda. Nunca podemos sentirnos culpables de pasarlo bien. Muy por el contrario, ser felices para hacer felices a los demás, es una medida de hondas raíces cristianas.

 

UN CRISTIANO, RAZONABLEMENTE FELIZ, contempla el mundo con una visión optimista porque lo considera bueno, como salido de las manos de Dios.

 

Según Romano Guardini, Dios ama tiernamente el mundo. No solo al hombre, su criatura preferida, sino también a todas las cosas creadas. «El amor que Dios tiene por las cosas es algo esencial a la fe cristiana. A todas esas cosas sin alma humana y mudas para nosotros, el sol, las estrellas, los árboles, Dios las ama con tierno amor». Es decir, tienen una dignidad inferior al hombre, pero la tienen, y por eso es inmoral destruirlas por capricho.

El mundo, por tanto, es una buena noticia, pero si nos asomamos a los medios de comunicación, podemos sacar la impresión de todo lo contrario, de que es un desastre, y concluir que lo que predomina en ese mundo son las guerras, los desacuerdos entre naciones y particulares, y una maldad generalizada, de la que no quedan excluidos ni los que debían dar ejemplo, vg: los sacerdotes. Esto es así ya que, por desgracia, las malas noticias venden más que las buenas. En el mundo hay más buena gente que mala, pero parece ser que interesan más las noticias que se refieren a los malos, y que incluso los buenos se inclinan por informarse sobre los malos.

Hay un periodista, Antonio Coll, que ha salido al paso de esa visión pesimista mediante la publicación de un libro titulado Dios y los periódicos, en el que sostiene que si se lee con atención la prensa se aprecia que está llena de buenas noticias y que, obviamente, detrás de cada una de ellas se encuentra Dios. Y cita un montón de buenas noticias, que quizá pasan desapercibidas por no estar presentadas con grandes titulares.

En la misma línea se encuentra Eduardo Biosca, humorista y humanista —así se califica—, que se declara optimista global. En unas declaraciones manifestó que había recopilado doscientas buenas noticias aparecidas en la prensa durante el año 2009, y que el único problema era que esas buenas noticias aparecían en un rinconcito del periódico, mientras que las malas ocupaban portada. Su conclusión era que los pesimistas eran gente mal informada, que no sabían leer las buenas noticias que aparecen entre líneas. Y se refería a temas tan negativos como el hambre en el mundo, o el trabajo forzado de los niños, en los que se había mejorado y no dudaba de que se seguiría mejorando.

Los ateos se suelen mover en la antítesis de esa postura. Por regla general arremeten contra un Dios, en cuya existencia no creen, lo cual no deja de ser una incongruencia. Y es denominador común de buena parte de ellos hablar mal del hombre, lo cual tiene su lógica, ya que, como dice Benedicto XVI en su Jesús de Nazaret, «la difamación del hombre es, en definitiva, una difamación de Dios, una justificación para rehusarlo».

La soledad del hombre, cuando excluye a Dios de su vida, puede llegar a ser muy grande. Santiago Martín, sacerdote, en su libro «El camino de la felicidad», se refiere a esa soledad y a la conversación que mantuvo con un ateo, que le confesaba: «Ustedes, los creyentes, piensan que nosotros echamos en falta a Dios cuando lo estamos pasando mal y no podemos pedir ayuda a ningún ser superior. Yo, cuando echo en falta la fe, es cuando me gustaría dar gracias por algo y no tengo a quien hacerlo, pues solo creo en la casualidad». Cualquier buen cristiano tiene la experiencia de que cuando las cosas le salen bien, instintivamente su corazón se eleva a Dios. Un buen cristiano está en permanente disposición de acción de gracias, porque el ser agradecidos es el camino de la felicidad.

Un cristiano debe estar en la antítesis de ese pesimismo, y mostrar un buen concepto del mundo y de la gente: tener la mirada y el corazón abiertos a tantas cosas buenas como nos rodean, y caridad para lo que no es tan bueno. Lo cual, además de ser más cristiano, nos hace la vida mucho más agradable.

 

SEGÚN VAMOS ENVEJECIENDO Y, POR TANTO, ACERCÁNDONOS AL MOMENTO CRUCIAL de nuestra vida, deberíamos esmerarnos en ser más alegres, pero en ese camino podemos encontrar algunos obstáculos.

Juan Pablo I, efímero Papa pero autor de un libro delicioso, Ilustrísimos Señores, cuenta en él que cuando era un joven seminarista, el profesor de Derecho Canónico del Seminario se saltó la lección correspondiente a los deberes y derechos de los cardenales, razonándoles: «Es muy difícil que ustedes alcancen esa jerarquía y, si por casualidad llegan, ya se lo estudiarán por su cuenta». Albino Luciani llegó a cardenal y luego a Papa, y esa parte de la asignatura se la tuvo que estudiar por su cuenta. Y discurre así: ciertamente es difícil que un joven seminarista llegue a cardenal, pero en cambio es casi inevitable que llegue a viejo y, por tanto, hay que prepararse para esa circunstancia. A los veinte años, razona, se es gruñón al 20%, pero a los sesenta se puede ser gruñón al 60%. Por tanto, es muy conveniente ir suavizando el carácter lo antes posible para que no nos sorprenda la vejez regañando más de lo debido.

El ideal es que el envejecimiento solo se note por fuera, no por dentro. Que nuestro carácter siga siendo lo más amable posible, y nos mostremos interesados en el mundo y en los demás, y no tan solo en las dolencias inherentes a la edad. Es tan solo un ideal, y que luego cada uno haga lo que pueda, con permiso del Alzheimer.

Se comenta que los ancianos, a veces, se hacen como niños, lo cual es positivo si con ello se recupera la inocencia de la infancia, pero es muy negativo si se adquieren los defectos, entre otros el egoísmo. Gustave Thibon, el filósofo campesino, cuenta la siguiente anécdota: Alemania 1943. Posguerra con grandes restricciones alimenticias. En su pueblo se organiza una verbena y los campesinos aportan buñuelos de crema, un bien escaso y muy apetecible. Un anciano de un pueblo vecino venía dispuesto a disfrutar de ellos, pero llega tarde, cuando ya se han acabado. Y se echa a llorar desesperado. Thibon, que contempla la escena, comenta: «También yo tuve ganas de echarme a llorar, pues esta escena me hizo apreciar a lo vivo toda la miseria del hombre que no ha sabido envejecer».

Envejecer mal es pensar solo en uno mismo, y en sus caprichos, en suma, convertirse en un viejo egoísta. La ancianidad es una gracia que nos concede Dios a la que hay que saber corresponder, desprendiéndonos de nosotros mismos. Nos estamos asomando a la eternidad, y conviene irse desprendiendo de bagaje.

En 1955, en Santiago de Chile, conocí a un sacerdote muy santo, Santiago Correa, y muy anciano. Había hecho una labor ingente con los más desheredados de la fortuna, los ancianos pobres y desamparados. Y me dijo: «Sé que soy muy mayor, pero no lo lamento, al revés, le doy gracias a Dios. Me encuentro en la mejor edad de mi vida, porque pienso que estoy más cerca de conocer a Dios cara a cara». Esa declaración es el paradigma de la verdadera alegría del cristiano: el convencimiento de que estamos llamados a encontrarnos con la felicidad suprema, que es el encuentro definitivo con Dios.

 

JOSÉ MARÍA GIRONELLA PUBLICÓ EN 1994 un libro singular, titulado, Nuevos 100 españoles y Dios, con el que se tomó el laborioso trabajo de entrevistar —en ocasiones por correo— a 100 españoles más o menos famosos e interrogarles sobre sus creencias y su postura respecto de la existencia o inexistencia de Dios. Por el libro discurrían, o discurríamos, en parecida proporción, creyentes y menos creyentes. Estos últimos tenían muy malas relaciones con Dios, o no las tenían en absoluto, pero curiosamente casi ninguno se resignaba a dejar de existir después de la muerte. Recurrían a soluciones sofisticadas que iban desde una hipotética reencarnación, a una misteriosa existencia en el éter, con cierta posibilidad de continuar entre los vivos, gracias al recuerdo que había dejado su obra humana. Esto lo decían fundamentalmente los escritores, pintores, músicos y artistas en general. Todo muy complicado, porque no hay algo más efímero que el recuerdo de los vivos, una vez muertos. También resultaba de ese estudio, que muchos de los increyentes envidiaban a los que tenían fe, mientras que no había ningún creyente que deseara perder la fe. Todos la consideranban un tesoro, que les ayudaba mucho en la vida.

Para el cristiano las cosas son más sencillas: Lo que sobrevive a la extinción corporal es la persona en toda su integridad, con su nombre propio, y después del Juicio Final recuperaremos nuestro cuerpo, en forma de cuerpo glorioso que, según santo Tomás, disfrutará con los sentidos.

Con tales perspectivas es lógico que quienes son cristianos tengan sobrados motivos para ser más felices que los que no lo son.

3. AMISTAD CON DIOS

 

Todos somos hijos de Dios, pero algunos, además, son amigos. Y según resulta de los evangelios, lo de ser amigos es muy importante porque el mismo Cristo nos dice: «Ya no os llamo siervos, porque el siervo no sabe lo que hace su señor; os llamo amigos, porque todo lo que he oído a mi Padre, os lo he dado a conocer» (Juan 15,15).

Pero... ¿cómo se entiende eso de ser amigos de Dios? ¿Qué tenemos que hacer para ser amigos de Dios? ¿Cómo sabemos que somos amigos de Dios? En términos humanos sabemos lo que es ser amigos de una persona, se produce una sintonía, una empatía, nos sentimos a gusto con esa persona, incluso nos sentimos halagados con esa amistad, cuando nos la brinda una persona de relieve. Pero es muy difícil tener esos sentimientos tan concretos respecto de un Ser Superior, que no deja de ser una abstracción. Por mucho que nos imaginemos cómo puede ser Dios, la teología nos dice que es muy diferente de cómo nos lo imaginamos. No hay más que ver lo que le sucedió a Santo Tomás de Aquino, que después de escribir una obra ingente sobre Dios, se quedó tan anonadado contemplando a Dios, que quería quemar cuanto había escrito al respecto.

Benedicto XVI, en su visita a Gran Bretaña en septiembre de 2010, abordó el tema con ocasión de un encuentro que tuvo con 4.000 estudiantes de colegios católicos. Se refirió a que vivimos en tiempos de cultura de la fama y que es lógico que a los jóvenes les apetezca tener amigos famosos. Supongo que se referiría a deportistas y cantantes de esos que están continuamente presentes en los medios de comunicación, pero les recordó que quien verdaderamente busca nuestra amistad es Dios. Esa es la diferencia notable, buscamos la amistad de los famosos —a veces nos conformamos con que nos firmen un autógrafo—, pero ellos no buscan la nuestra. Es más, a veces les incomoda esa presión, que si la admiten es para su provecho, ya que un mayor número de fans aumenta su caché. Es decir, más pobre no puede ser ese tipo de amistad ya que, a su vez, cuando el famoso deja de ser famoso, decae nuestra amistad por él.

Benedicto XVI, en esa reunión hizo una aclaración muy importante: no es cuestión de elucubrar sobre si somos o no somos amigos de Dios, sino cuándo nos sentimos amigos de Dios. Y la respuesta es que cuando nos atrae la práctica de la virtud, cuando nos apetece, o sin apetecernos, nos dedicamos a ayudar al más desfavorecido, a los pobres, a los hambrientos, a consolar a los tristes, y cuando nos empeñamos en ser amables y generosos, estamos siendo amigos de Dios.

Mi impresión es que desde esa perspectiva se puede ser amigo de Dios, sin saberlo. Precisamente el Papa hablaba a 4.000 estudiantes, entre los cuales había no católicos, incluso no cristianos, y los animó a ser santos, practicando la virtud y rechazando la avaricia y el egoísmo, como tendencias destructivas que solo causan daño. Porque el Papa, al tiempo que les animaba a ser amigos de Dios, les aseguraba que «Cuando todo esto comience a sucederos, estáis en camino hacia la santidad». Es decir, que para ser santos —condición imprescindible para entrar en el Cielo— no hace falta flagelarse, ni someterse a penosas disciplinas: simplemente hay que ser amigos de Dios.

Pero, insisto, ¿hasta qué punto me siento capaz de amar a Dios, que no deja de ser una abstracción? Santa Teresa da una buena respuesta cuando dice «que quien de verás ama a Dios, todo lo bueno ama». Y a sensu contrario se puede interpretar en el sentido de que ama a Dios quien ama todo lo bueno. Cuando amo las cosas buenas de la vida, estoy amando a Dios. Cuando amo a los hijos, a los amigos, cuando me recreo en la compañía de la buena gente, o incluso en una puesta de sol que refleja la belleza de la creación, estoy amando a Dios. Supongo que le será grato a Dios que ame las cosas buenas de la vida. Y, por el contrario, no le tiene que gustar nada, cuando me aferro a los enredos de este mundo, en el que Dios está orillado.

Amar a Dios a través de sus criaturas, es una forma de amarle a Él. Y ser amigo de esas criaturas, es ser amigo de Dios. Y cuanto menos importantes sean esas criaturas, cuanto más despreciables sean a los ojos de los hombres, más amigos de Dios somos.