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INTRODUCCIÓN

 

El descubrimiento de que «Jesús estará en agonía hasta el fin del mundo», como decía Pascal, puede marcar un antes y un después en la orientación de nuestra vida espiritual. A este hallazgo tan asombroso, capaz de provocar un vuelco a la vivencia cristiana, se puede llegar reflexionando sobre la verdad revelada por Dios y tratando asiduamente a la Humanidad Santísima de Jesucristo resucitado. Es una pena constatar, sin embargo, que muchos cristianos olvidan, descuidan o desconocen esta realidad que tanto ayuda a dar pleno sentido a la relación con Dios.

Cuento una anécdota para ilustrarlo. Hace unos años, durante un verano, un sacerdote amigo tuvo que sustituir a otro en la atención espiritual de un buen número de católicos ejemplares, a los que no conocía con anterioridad. Tal vez por este motivo, decidió formular a cada uno de ellos la misma pregunta: «¿Qué haces cuando, sin que tú lo busques, te encuentras con un contratiempo, con un dolor o una contradicción? O si, por propia iniciativa, haces sacrificios o buscas ámbitos en los que mortificarte, ¿por qué lo haces?». Invariablemente, todos le respondieron que se lo ofrecían a Dios. Haciendo de abogado del diablo, mi intrépido amigo continuó su interrogatorio: «¿Y qué ganas con ello?». Casi todos le respondieron que se lo ofrecían a Dios por alguna intención concreta. Muchos dijeron que esperaban que eso ayudase a un hijo que les preocupaba. En esa misma línea, otros afirmaron que les movía el deseo de obtener la curación física o espiritual de algún amigo o pariente. También hubo quienes argumentaron que así conseguían ser mejores personas. Alguno le dijo: «Espero que, en el Cielo, el Señor me lo retribuya». «¿Y qué más consigues con ello?», seguía insistiendo el sacerdote, hasta que ya no supieron añadir más.

Las respuestas a esa pequeña encuesta no me sorprenden. Confirman que lo que menos se preguntan quienes ofrecen a Dios sacrificios o plegarias, es cómo le sienta eso a Él: no se meten en su piel para saber en qué medida eso le alegra o le consuela. Es algo, por desgracia, muy frecuente. Tras el te lo ofrezco, enseguida viene el por. Se regala algo al Señor, pero enseguida se añade una intención concreta. Sin mala voluntad, se trata a Jesucristo como si fuera un simple intermediario, como se trata al mocete de los recados; como quien ingresa una cantidad de dinero en el banco y encarga al empleado de turno que lo ponga en la cuenta de alguien a quien quiere o debe beneficiar.

Desgraciadamente, lo que realmente motiva a la mayor parte de los cristianos no es tanto el amor a Cristo, cuanto la propia conveniencia y el amor a otras personas. Seguro que esa conducta, siendo Él tan bueno, no le desagrada del todo. Aprecia sin duda que le pidamos ayuda y que nos mueva el deseo de ayudar a otros. Conoce, además, la ignorancia, tantas veces invencible, que late detrás de ese modo de proceder. Sabe que la mayor parte de los cristianos no sintoniza con su Corazón porque desconoce que éste siga siendo tan doliente y agradecido.

Sin embargo, también es posible que esa falta de sintonía con el sufrimiento actual de Cristo sea para Él un motivo de tristeza, sobre todo cuando se debe a la inadvertencia. Cualquier cristiano asiduo a la oración intuye que le afecta cómo empleamos la libertad, más aún si está familiarizado con la vida de los santos. En concreto, conocer la historia de la devoción al Sagrado Corazón, a la que dedico una parte importante de este libro, supone una ayuda muy valiosa. Conviene poner sobre el papel esta realidad que la mayoría de los católicos ejemplares olvidan con frecuencia, hacer hincapié en la urgencia de consolar a Quien, por ser el que más ama, más sufre. Mi empeño no es otro que mostrar hasta qué punto es importante conocer los gozos y pesares que alberga el Corazón de Jesús. Si nos percatamos de lo mucho que sufre, no será difícil decidirnos a convertir nuestra vida en una ocasión de aliviar esos dolores con los que consuela a Dios Padre y nos obtiene la gracia del Espíritu Santo.

Aunque la finalidad última de este libro es fomentar el afán de desagravio, he situado esa meta en un contexto mucho más amplio de la vida espiritual del cristiano. Tengo en cuenta para ello que la sintonía afectiva con la Humanidad Santísima de Cristo es un aspecto imprescindible de la vida de oración, pero no su destino final. Es más bien una estación intermedia en el camino hacia las más altas cimas de intimidad con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Por desgracia, en los tiempos que corren, al menos en Occidente, la formación religiosa de muchos es ciertamente deficiente. Para remediar esa carencia y para que este texto resulte asequible a un número más amplio de lectores, he preferido no dar nada por supuesto y abordar en algunos tramos, con un tono inevitablemente más didáctico, cuestiones doctrinales y verdades de fe que ayudan a cimentar con mayor solidez la vida de piedad. De ahí que, en vez de Sintonía con Cristo, propio de un libro de espiritualidad, este libro podría titularse Una introducción a la vida espiritual del cristiano, ya que entra también en otros aspectos que dan soporte intelectual al porqué de muchas cosas (véase la relación entre las dos naturalezas en Cristo o el origen del dolor de Dios). Por tanto, este libro no se dirige solo a los cristianos que desean aprender a amar más a Dios, sino también a aquellos lectores menos familiarizados con la doctrina católica pero que, con actitud abierta, desean acercarse a los grandes tesoros que contiene la vivencia cristiana.

Espero que estas páginas, tanto al lector ya convencido como al que empieza a asomarse a la vida cristiana, le sirvan de guía para cimentar una intensa relación de amor con Jesucristo que, desde la Cruz, nos invita a gastar nuestra existencia colaborando con su obra redentora. Con este prisma, la primera parte del libro hace hincapié en el amor de amistad con Cristo, a la vez que analiza los medios que más nos ayudan a conocerle: el estudio de las verdades reveladas, la lectura meditada del Evangelio y la oración mental. A partir de ahí y teniendo en cuenta que la identificación amorosa con Jesucristo no es la meta última de nuestro caminar espiritual, nos adentraremos en el apasionante mundo de la vida contemplativa de unión con Dios. La segunda parte se centra en la vertiente operativa de la sintonía afectiva con Cristo. Al fin y al cabo, dos son los motivos que más nos mueven a complicarnos gustosamente la vida: el agradecimiento por su derroche de amor y la compasión hacia su Corazón doliente. Como les sucede a los santos, nada estimulará tanto nuestra generosidad a la hora del sacrificio como el afán de aliviar los pesares del Sagrado Corazón de Jesús.

 

Santuario de Torreciudad, 6 de abril de 2011

PRIMERA PARTE

CONOCER A CRISTO