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Nexos y Diferencias

Estudios de la Cultura de América Latina

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Enfrentada a los desafíos de la globalización y a los acelerados procesos de transformación de sus sociedades, pero con una creativa capacidad de asimilación, sincretismo y mestizaje de la que sus múltiples expresiones artísticas son su mejor prueba, los estudios culturales sobre América Latina necesitan de renovadas aproximaciones críticas. Una renovación capaz de superar las tradicionales dicotomías con que se representan los paradigmas del continente: civilización-barbarie, campo-ciudad, centro-periferia y las más recientes que oponen norte-sur y el discurso hegemónico al subordinado.

La realidad cultural latinoamericana más compleja, polimorfa, integrada por identidades múltiples en constante mutación e inevitablemente abiertas a los nuevos imaginarios planetarios y a los procesos interculturales que conllevan, invita a proponer nuevos espacios de mediación crítica. Espacios de mediación que, sin olvidar los nexos que histórica y culturalmente han unido las naciones entre sí, tengan en cuenta la diversidad que las diferencia y que existe en el propio seno de sus sociedades multiculturales y de sus originales reductos identitarios, no siempre debidamente reconocidos y protegidos.

La colección Nexos y Diferencias se propone, a través de la publicación de estudios sobre los aspectos más polémicos y apasionantes de este ineludible debate, contribuir a la apertura de nuevas fronteras críticas en el campo de la cultura de América Latina.

Directores

Fernando Aínsa (Zaragoza); Marco Thomas Bosshard (Europa-Universität Flensburg); Luis Duno Gottberg (Rice University, Houston); Oswaldo Estrada (The University of North Carolina at Chapel Hill); Margo Glantz (Universidad Nacional Autónoma de México); Beatriz González-Stephan (Rice University, Houston); Gustavo Guerrero (Université de Cergy-Pontoise); Jesús Martín-Barbero (Bogotá); Andrea Pagni (Friedrich-Alexander-Universität Erlangen-Nürnberg); Mary Louise Pratt (New York University); Friedhelm Schmidt-Welle (Ibero-Amerikanisches Institut, Berlin)

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ISBN 978-84-16922-98-7 (Iberoamericana)

ISBN 978-3-95487-716-4 (Vervuert)

ISBN 978-3-95487-717-1 (e-book)

Diseño de cubierta: Rubén Salgueiros

Ilustración de cubierta: Escultura Éxodo III de Mario Irarrázabal. Fotografía de Fernando Maldonado.

Depósito legal: M-14049-2018

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Este libro está impreso íntegramente en papel ecológico sin cloro Impreso en España

Contenido

AGRADECIMIENTOS

INTRODUCCIÓN

CAPÍTULO I. FORMACIÓN DE LA VOZ ENUNCIATIVA

Escenario territorial

Sujetos (al) en el entremedio

Nuevos programas, nuevos bríos

La necesidad de una teoría

Teorizar la descolonización

El dilema

CAPÍTULO II. LA ESCENA DE LA REARTICULACIÓN

Políticas de rearme

Pueblo y sujeto de/a la escritura. Una posible historia de las representaciones

CAPÍTULO III. ARGUEDAS, MODELO PARA ARMAR

Arguedas, modelo para armar

Regionalismo plástico, transculturación y mestizaje

Historia, sociedad y literatura. La fractura en la obra de Arguedas

Deslindes

CAPÍTULO IV. LA APORÍA DESCOLONIAL

Impulso, dilema, aporía. El eterno retorno

El proyecto inacabado de La ciudad Letrada

Reinventarse escribiendo en el aire

EPÍLOGO

BLIBLIOGRAFÍA

Agradecimientos

Quiero agradecer intensa y fundamentalmente a mi compañero Andrés Mitnik, quien paciente, inteligente y amorosamente me ha acompañado en este largo y complejo proceso. Sin él este proyecto no hubiese llegado a concretarse. Quiero agradecer a mi familia, a mis padres Enzo y Ana María y a mis potentes hermanas Camila, Fabiana, Anna y Simona. A mis preciosos Luna y Bruno. A mis abuelas Elena y Margarita, y a cada uno de los miembros de mi familia extendida.

Por supuesto a mi Entourage, por ser mi familia escogida durante todos estos años y para siempre. Por el honor de los debates y el placer de los calambres. Por el amor. También a La Residencia extendida, a mis amigas, por mostrarme en cada una de sus vidas los desafíos de las mujeres hoy.

A mis maestros, como siempre. Me llevo de ustedes todo y cuanto sé. Catalina Morales, David Wallace, Grínor Rojo, Doris Sommer, Jacques Lezra, Mary Louise Pratt. A Mary, por todos estos años, el gran apoyo, la confianza y la fe.

A todos y cada uno de mis estudiantes estadounidenses y chilenos. Gracias a ellos ha tenido sentido este trabajo, porque en sus rostros y sus palabras, lo que estudiamos y escribimos, se vuelve útil y real.

A todos mis amig@s y lectores. A todos cuantos conocí en Nueva York y los que me esperaron en Chile. A Felipe Martínez, por su lectura en la Isla de enfrente. A Ramón Urzúa, a Sarah Thomas, Eunha Choi, Amaury Sosa, Carlos Padrón, Lourdes Dávila y Patricio Orellana. Gracias por sus lecturas, gracias por sus ideas. A mi querida Crítica Latinoamericana, por todos, todos esos días y noches de conversaciones y discusión.

También quiero agradecer a quienes me ayudaron a hacer posible y concretar este proyecto. A los profesores que me apoyaron en mi llegada a Estados Unidos. Luis Cárcamo-Huechante, Brad Epps, Doris Sommer, Gabriela Basterra, Jacques Lezra y Mary Louise Pratt. Al Departamento de Español y Portugués, a la Escuela Graduada de NYU. Al Centro de Estudios Literarios Antonio Cornejo Polar (CELACP) de Lima, y en su nombre a Gonzalo Cornejo Soto. A todos a quienes me concedieron su tiempo y saber en varias entrevistas que profundizaron este trabajo. A Beatriz Sarlo, Grínor Rojo, Nelson Osorio y, en especial, a doña Cristina Soto por su afectuoso recibimiento en Lima.

Finalmente a quienes hicieron posible la existencia material de este libro que hoy presentamos. A mi primera editora Daniela Henríquez. A la querida maestra Soledad Bianchi. A la Editorial Iberoamericana/ Vervuert y en su nombre a Simón Bernal, Anne Wigger y Klaus D. Vervuert por creer en este proyecto. Sobre todo a mis entrañables amigas, artistas, lectoras y confidentes Fernanda González, Loreto Contreras y Valentina Marchant.

Un agradecimiento especial al fotógrafo Fernando Maldonado quien registró la escultura que abre elocuentemente la lectura de este libro. Al gran artista que a mano desnuda formó esta escultura, el maestro Mario Irrarázabal.

A los muertos sobre todo.

A Paloma y Amapola.

Introducción

Durante los últimos años hemos sido testigos de un amplio movimiento que se propone repensar y transformar las maneras en que hasta ahora hemos comprendido las relaciones humanas y los modos en que estas se articulan con el poder. Este fenómeno de inquietud y búsqueda, que se ha manifestado concretamente en la crisis del capitalismo global (globalizante), en el generalizado cuestionamiento de la lógica del (neo)imperialismo y el fuerte debate sobre la hegemonía entre lo universal y lo local, ha exigido con fuerza inusitada reconsiderar la idea de la comunidad y lo colectivo.

Bajo la premisa de que la tradición crítica de la crítica literaria latinoamericana constituyó en el pasado —y aún en el presente— una modalidad de comunidad compleja y sugerente, pero a la vez, se situó como un territorio que convoca permanentemente a la reflexión sobre lo colectivo, es necesario examinar y analizar su historia desde los años sesenta hasta hoy, utilizando como casos representativos de esa trayectoria los trabajos de Antonio Cornejo Polar y Ángel Rama.

Desde los sesenta, la tradición crítica de la crítica latinoamericana se fue configurando y transformando en un escenario clave y un territorio discursivo esencial para la construcción de una ‘comunidad regional’; al mismo tiempo, en ese mismo proceso, se fueron pensando y produciendo fórmulas y estrategias para articularla. Se reconoce que, sin embargo, esa formación de campo (comunidad) es muy anterior al periodo trazado en esta investigación. Tanto es así que en ella su trayectoria se encuentra profunda e inevitablemente arraigada a los procesos de independencia que llevaron a cabo la mayor parte de los países de América Latina a principios del siglo XIX.

En ese contexto, la voluntad de construir un colectivo surge de lo que en este trabajo he llamado el ‘impulso descolonial’, una potencia inevitable producida por la herida colonial (Mignolo 2007) que se constituye a partir de la necesidad de ser reconocido y reconocerse en la diferencia y de crear un territorio material y simbólico autónomo que se separe y desprenda del yugo imperial. En nombre de esa pulsión y deseo de desafiliarse, la comunidad se aglutina alrededor de un nombre, elabora estrategias para mantener la cohesión, legitima un vocabulario común y se propone construir herramientas propias para leerse, expresarse e interpretarse a sí misma. Sin embargo, esa desafiliación en términos radicales es imposible. El hecho imborrable del (des)encuentro colonial y la dependencia material y simbólica que este implica dejará huellas indelebles y determinará la condición conflictiva de una comunidad; en definitiva, siempre acechada por la ‘aporía descolonial’.

Precisamente en la década de los sesenta, al abrigo del proyecto de emancipación anticolonial auspiciado por la Revolución Cubana, se distingue otro momento en el cual se desarrolla un proceso de construcción de comunidad asociado a ese impulso descolonial. Allí comienza a construirse una fórmula particular de lo colectivo que, animada por el espíritu revolucionario, difundida por las nuevas estrategias de circulación y democratización de la cultura y el saber y, paralela y paradójicamente, sostenida por las nuevas prácticas dispuestas por el mercado, configurará una de las versiones más exitosas de esa construcción comunitaria que es América Latina. La estabilidad de esa idea de lo colectivo elaborada por políticos, intelectuales y artistas, y sustentada en la reivindicación material, epistemológica y cultural de la región verá limitada su duración a una década. La problematicidad de una narrativa identitaria fija y totalizante comienza a ser el foco de los cuestionamientos de aquellos mismos representantes que habrían colaborado a organizarla. La aporía descolonial se hacía presente y abría las puertas a una nueva batalla por la hegemonía discursiva.

Sin embargo, en 1973, esa batalla y todas las anteriores son violentamente suspendidas por la acción de un proyecto que ya desde fines de la Segunda Guerra Mundial había venido organizándose y actuando paulatinamente. Se trataba de un proceso neocolonial, de intervención amplia e internacional, que si bien se adaptaba cuidadosamente a los contextos locales de aquellos países que sufrieron su acción directamente, proyectaba una ola de transformaciones radicales en América Latina con efectos en el orden mundial. Me refiero a los golpes de Estado cívicos-militares perpetrados en Chile y Uruguay.

A los protagonistas de ese fatídico tramo de nuestra historia no solo le atribuimos el hecho de haber llevado a cabo un genocidio, sino también de haber consumado un proyecto tan violento, despiadado y definitivo como el de deshacerse materialmente de un grupo significativo del cuerpo social. Además de la integración del orden incipientemente global del capitalismo internacional, que en el caso de Chile asumiría una forma especialmente radical y que, sustentado en la ideología neoliberal, ejercería su poder y organizaría su funcionamiento a través de una política y una gramática del borramiento y la refundación nacional1. Las ideas de progreso económico, productividad y consumo como base de esa ideología se convertirían en el objetivo y la promesa de alcanzar un destino de ‘primer mundo’. Al mismo tiempo, se desprestigiaba y obliteraba el pasado, lo que implicaba una operación de vaciamiento del discurso social existente y de relleno de ese vacío con los nuevos significados de una nueva nación que mira hacia el futuro. Sin embargo, como reconoce Nelly Richard, este proceso de desmemorización y resemantizaciones perversas (2010: 10) no restringe su labor al periodo en que se desarrolla la dictadura en Chile, sino que establece una continuidad ‘encubierta’ en la etapa que algunos llaman de ‘transición democrática’ y otros preferimos llamar ‘postdictadura’.

Fue precisamente en este periodo de postdictadura, en la segunda mitad de los años noventa, cuando comencé mis estudios de literatura en una de las universidades públicas de Chile, una de aquellas que había sufrido con mayor dureza la intervención del régimen dictatorial. Los cuestionamientos que surgían a raíz de la escritura de una tesina sobre el modernismo y las vanguardias latinoamericanas, me despertaron una fuerte inquietud. ¿Qué sentido tenía ser un buen lector, un lector experto y especializado?, ¿en qué campos laborales podía utilizar lo que parecía en ese minuto tan solo una destreza?, ¿cómo poner al servicio de otros o de alguien todo ese conocimiento acumulado durante cuatro años? Y, por otro lado, ¿cómo y con qué herramientas teóricas hablar sobre un fenómeno tan complejo como lo es el de las vanguardias ‘latinoamericanas’? Allí se abría un mundo de preguntas y contradicciones. Faltaba un pedazo de ‘algo’, faltaba la historia, faltaba el comprender y articular ciertas discusiones que no aparecían en el mapa de ese saber acopiado.

A esta impresión de que había algo que no calzaba, de que algo estaba quedando fuera o estábamos omitiendo, se suma que, al realizar los análisis, nos encontrábamos con ‘rarezas’ o ‘anomalías’ que no se ajustaban o excedían la terminología y los instrumentos teóricos que estábamos usando, lo que agregaba una tremenda sensación de inutilidad. No importaba nuestra nacionalidad, no representaba ningún valor si éramos chilenos, paraguayos, brasileros o franceses, éramos o nos sentíamos, en ese minuto, sujetos del mundo. Nos convertíamos en los sujetos fragmentados posmodernos e incomprendidos que leíamos textos muchas veces pobremente traducidos. Estábamos desarticulados por esas mismas lecturas que parecían destinarnos a existir en la ‘universalidad’ del infierno paradisíaco que era la ‘aldea global’, pero al mismo tiempo no cabíamos en ella.

Bajo estas condiciones, comprendiéndonos evidentemente innecesarios y prescindibles para el sistema imperante, buscamos un lugar seguro donde poder practicar nuestro saber especializado. En efecto, ese territorio era el de la ciudad letrada, pequeña unidad académica más bien, (auto)desterrada, que garantizaba las conversaciones necesarias para recrear una sociedad imaginada, aseguraba la recepción y circulación de las ideas y los textos, y la creación de redes y grupos que se leían y polemizaban entre ellos. Sin embargo, ¿por qué las murallas de ese domicilio habían crecido tan altas?, ¿por qué sus habitantes insistíamos en separarnos de lo que estaba fuera de sus dominios y, al mismo tiempo, nos sentíamos rechazados por ese ‘afuera’? ¿Por qué nos habíamos resignado o acostumbrado a habitar ese terreno, a creer en su épica, contentarnos con esa versión lineal, universal y única de la historia?

Precisamente, todas estas inquietudes se sintetizan en el texto que da origen a esta investigación. En ese ‘proyecto’, se reconocía incipientemente la efectividad y el poder de los discursos y de la ideología que los sostiene en la formación y consolidación de una narrativa sobre la identidad. Debido a ello, también se asomaban los argumentos y las razones por las cuales era necesario volver al pasado para repensarlo. Sobre todo, porque ese viaje retrospectivo no solo permitiría ver cómo el discurso de la dictadura había mermado nuestra capacidad de ver, sino porque también la ideología que ella representaba había sido motor esencial en la desarticulación del conflictuado proceso de descolonización de los sesenta y de la deslegitimación del quehacer del crítico e intelectual. Justamente lo que esa intervención había borrado y lo que a mí me faltaba era una parte de nuestra historia, de la historia de Chile, de la historia de América Latina.

El programa que instaló la dictadura se basó primordialmente en conquistar la hegemonía discursiva a través de tres ámbitos o territorios de la experiencia social para nosotros fundamentales. Estos son la historia, la política y la cultura. La nueva narrativa de la historia se habría reorganizado linealmente como un conjunto de hechos cronológicos que celebraban batallas militares de la gesta nacional. Los textos escolares terminaban su relato de la historia contemporánea en los años cincuenta y la historia de Europa era etiquetada como la historia ‘universal’ desde la cual se colgaba la nacional. La civilización estaba en otra parte y a ella había que aspirar. El pasado ‘cercano’ que había negado la ‘nación’, representaba la barbarie, había que borrarlo, omitirlo y olvidarlo.

A partir de la búsqueda de ese pedazo de historia borrado fue que regresé a la universidad. Allí, en un curso de postgrado, tuve la posibilidad de conocer la lista de nombres que conformaban lo que el curso consideraba la ‘teoría crítica latinoamericana’. Teniendo a la mano ese corpus y tratando de concentrar mis esfuerzos en responder a mi antigua interrogante sobre el trabajo de quienes se dedican a estudiar la literatura, encontré el proyecto escritural de una figura que me interesó explorar. Es así como llegué a elaborar un trabajo monográfico sobre la trayectoria crítica de Beatriz Sarlo que se convirtió en mi tesis de maestría.

Sin embargo, continuaba queriendo explicarme de dónde provenían sus posicionamientos e ideas. Me interesaba saber desde qué piso ella había comenzado a escribir su crítica, quería conocer a sus precursores y entender por qué reconocía también en su escritura la ausencia de las voces que había conocido en aquel curso sobre la tradición crítica de la crítica literaria latinoamericana. Fue allí, entonces, de donde surgió la idea de este proyecto.

No obstante, la empresa podría ser inabarcable y generalizadora si nos propusiéramos revisarla en su totalidad. Elegimos para esta investigación, entonces, el trabajo de dos críticos que con la publicación de sus textos paradigmáticos2 no solo habían desafiado en los ochenta el estado de desarticulación del campo cultural latinoamericano, sino, además, estimulados por el ‘impulso descolonial’, retomaban con el gesto de sus publicaciones una forma de proyecto colectivo.

Decidí seleccionar los trabajos de Antonio Cornejo Polar y de Ángel Rama para, a través de ellos, recontar la historia del discurso crítico latinoamericano justamente porque se reconoce que en ellos había operado de manera particular el esquema del impulso y la aporía y que, al revisar la trayectoria de su funcionamiento en sus textos, podríamos obtener una perspectiva particular y a la vez ampliada de ese discurso. Pero, además, el examen y análisis de sus programas y reflexiones, de alguna manera, me permitiría rellenar, aunque fuese momentáneamente, los vacíos dejados por el borramiento y la resemantización.

En términos generales, me interesa el trabajo de estos críticos por tres razones. La primera porque en ellos descubrimos un particular interés por la historia y por releerla desde un punto de vista crítico. Esta perspectiva nos alentaba a comprender que la historia de esta literatura particular —como lo era la escrita en América Latina— no se configuraba como una serie de textos aparecidos secuencialmente al costado de la línea demarcada por la tradición universal, sino que, al contrario, en ellos se podía percibir la gestación misma de los procesos históricos y de los conflictos que los cruzaban. Por otro lado, sus trabajos no solo se ocupaban de releer la historia de la producción literaria, sino también de historizar su propia práctica.

En segundo lugar, porque a través de su trayectoria escritural exhiben una especial preocupación por la figura del intelectual y del crítico literario, por su tarea y su función. En diferentes grados y con distintos acentos a lo largo de los años los autores irán construyendo un modelo que, como explicamos en el tercer capítulo, se corporeiza en la obra y la figura de José María Arguedas. Este modelo que se sintetiza en su doble voz (quechua-español) y su triple agencia (Arguedas pueblo, intelectual y artista), no solo les será útil para actualizar sus conceptos de literatura heterogénea y transcultural, sino para definir la crítica y al sujeto que la practica.

Finalmente, porque, a través de su trabajo teórico y su práctica intelectual concreta, Cornejo Polar y Ángel Rama nos muestran fórmulas y estrategias posibles para crear comunidad. A través de la fundación de revistas intentan conservar y a la vez renovar el diálogo entre los intelectuales dispersados, la participación activa y resolutiva (creación de cátedras y actualización de currículums) en las unidades académicas en las que colaboran, su persistente interés por la actividad pedagógica, el compromiso con gestiones directivas en instituciones de difusión cultural (en la Casa de la Cultura de Arequipa, en el caso de Cornejo y en la dirección del proyecto de la Biblioteca Ayacucho, en el de Rama), etc. Por otro lado, en términos teóricos, esta preocupación se evidencia contundentemente —como demostraremos también en varios capítulos— en la medida en que construyen programas que consisten en ponerse al servicio de la preservación de la idea del colectivo. Estos autores conciben cada uno una teoría a través de la cual pretenden sistematizar y organizar los modos de lectura e interpretación de la producción literaria (cultural) singular de América Latina.

El objetivo de este trabajo es principalmente revisitar la historia de la tradición crítica de la crítica latinoamericana. Sin embargo, también se impone como propósito fundamental el de recuperar y difundir los trabajos teóricos, los pensamientos y las prácticas intelectuales de Antonio Cornejo Polar y Ángel Rama. Esto porque efectivamente ellos y su trabajo fueron parte de ese corpus borrado de nuestra historia académica y cultural. Este trabajo que ha intentado ser profundo y exhaustivo es una forma de rescatar nuestra historia. Un primer y quizás perfectible gesto de llenar un vacío al que algunos al menos, hasta ahora, habíamos sido condenados.

1. En su libro Crítica de la memoria la profesora franco-chilena Nelly Richard construye un nuevo sistema de análisis histórico que pone como centro la desestabilización del concepto de recuerdo. A través de su propuesta intenta desmontar lo que llama el ‘dispositivo de la memoria oficial’ que pretendería borrar el pasado y las luchas por la hegemonía interpretativa generando un nuevo orden institucional (nacional) que implica la desmovilización social y el apaciguamiento de esa memoria. Para ella este dispositivo habría comenzado a funcionar en la postdictadura y operaría, precisamente, a través de prácticas simbólicas de borramiento y resemantización. A través de ellas se lograría una ‘contra-apropiación’ de significados y el establecimiento de una política de la refundación nacional. Este esquema explica nuestro argumento en la medida en que planteamos que, efectivamente, en Chile se ha llevado a cabo esta operación; sin embargo, creemos que esta no fue activada en el periodo postdictatorial sino mucho antes —como intentaremos probar ahora— e inmediatamente realizado el golpe de Estado cívico militar. Véase Richard (2010).

2. Transculturación narrativa en América Latina (1982) y Sobre literatura y crítica latinoamericanas (1982).

Capítulo I

Formación de la voz enunciativa

“Nosotros los que conocemos somos desconocidos para nosotros, nosotros mismos somos desconocidos para nosotros mismos: esto tiene un buen fundamento. No nos hemos buscado nunca, ¿cómo iba a suceder que un día nos encontrásemos?”
NIETZSCHE, La genealogía de la moral (1998: 21).

El año de 1962 es clave para la construcción de lo que hoy ya podemos reconocer como el campo intelectual latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX. En enero se realizó en Chile, en la Universidad de Concepción, el Primer Encuentro de Intelectuales. Concebido en ese momento por su organizador, el poeta Gonzalo Rojas, como sucesor natural del Congreso de Escritores que dos años antes se había celebrado en la misma ciudad, este ‘encuentro’ marcará un hito en la conformación de una comunidad que agrupa productores culturales tanto de la región como de otras esferas del orbe.

Esta reunión de intelectuales se desenvuelve bajo ciertas circunstancias excepcionales que se hace necesario destacar puesto que inaugura en la región, junto a la fundación de revistas internacionales, una práctica fundamental precisamente para el devenir de esta comunidad en ciernes. El Encuentro de Intelectuales en Concepción pone en contacto por primera vez en muchos años a una cantidad no menor de sujetos que, provenientes de diversos lugares del mundo y de disciplinas dispares, en aquella coyuntura se encontraban pensando su actualidad. A la asamblea acudieron escritores, por supuesto, críticos y académicos dedicados a la literatura, pero también pintores (Guayasamín), arquitectos (Niemeyer), científicos, gente proveniente de las ciencias sociales y un gran abanico de personalidades que darían el signo interdisciplinario a la reunión: “Filósofos, antropólogos, sociólogos, juristas, físicos, biólogos y químicos de fama mundial, hombres laureados con el Premio Nobel y el Premio de la Paz, escritores venidos desde la India y el Japón, desde la Unión Soviética y Europa, de los Estados Unidos y de América Latina (...)” (Rojas 1963: 337).

A diferencia de su versión anterior, el Encuentro de Intelectuales del 62 se configuró a partir de ciertos ejes temáticos que no solo fueron novedosos, sino que cumplieron con el objetivo de convocar a una reflexión amplia a tan disímil concurrencia. “La Imagen de América Latina” versa en el título principal de la convocatoria cuyo centro de preocupación era invitar a repensar el lugar de América Latina, de sus países e intelectuales en una coyuntura de grandes transformaciones y nuevos desafíos.

Los tres focos de la conferencia exhiben el cambio de rumbo de las conversaciones intelectuales del momento, un giro político de los diálogos que desde ese momento comenzarán a monopolizar el quehacer tanto de artistas como de pensadores y académicos. En el área de discusión: “Las claves de la nacionalidad”, un conjunto de ponencias, a cargo de un orador nativo, intentaba abrir la reflexión sobre la actualidad de los países latinoamericanos enfrentados a los retos de la modernización y el desarrollo, así como del estado actual de la producción intelectual y artística locales en el contexto de la apertura del mercado cultural. En el área de la discusión literaria, la siguiente serie de ponencias se reunía en torno a la reflexión sobre el significado de escribir en América Latina. Comenzaba a sentirse la preocupación por la razón y el sentido de la escritura en la coyuntura política de la Revolución Cubana en títulos como el de la ponencia de Héctor Pablo Agosti, “Literatura como conciencia nacional”, o la de Mario Benedetti, “Arraigo y evasión en la actual literatura uruguaya”. Finalmente, los paneles dedicados a la situación de América Latina en el mundo y a las relaciones de los países que la componen con las metrópolis y otros “pueblos de la tierra”, cuyo corolario es la intervención de Carlos Fuentes, “Hacia una política exterior latinoamericana”, permitieron determinar el tono de lo que estaba germinando en este primer encuentro.

El testimonio de José Donoso es elocuente en este sentido. Para él, luego de este congreso, algo se transformaba y se sentía en el entusiasmo, en la intensidad de los encuentros, en la creación nuevos vínculos personales y, como habría dicho Rojas también, en una conmoción espiritual sin precedentes. Desde allí en adelante, dice, en su Historia personal del Boom, habían cambiado las reglas, pero también los lectores y auditores de este frente comunitario:

[...] lo más importante que Carlos Fuentes me dijo durante el viaje en tren a Concepción fue que, después de la Revolución Cubana, él ya no consentía hablar en público más que de política, jamás de literatura; que en Latinoamérica ambas eran inseparables y que ahora Latinoamérica solo podía mirar hacia Cuba. Su entusiasmo por la figura de Fidel Castro en esa primera etapa, su fe en la revolución, enardeció a todo el Congreso de Intelectuales, que a raíz de su presencia quedó fuertemente politizado, la infinidad de escritores de todos los países del continente manifestó casi con unanimidad su adhesión a la causa cubana (1983: 35).

Este fervor y sensación de coherencia continental que dicen experimentar algunos de los asistentes, sin embargo, no era accidental. El llamado que hiciera Fidel Castro a los intelectuales un año antes en la Biblioteca Nacional de Cuba para pensar y defender la Revolución hace eco en el encuentro del 62. Los tres primeros años de la Revolución Cubana habían sido esenciales para provocar el entusiasmo que algunos escritores como Carlos Fuentes habían contagiado en el Encuentro de enero. Así como la revolución económica, la cultural era una pieza fundamental en la consecución de la sociedad nueva y el intelectual era emplazado como líder y dirigente natural en ese caminar hacia ella.

Ya en 1960 el proceso revolucionario había dado pasos fundamentales en este sentido: puesto en marcha el proceso de nacionalización y la reforma agraria (el Ministerio de Recuperación de Bienes Malversados creado en 1959), le siguen prontamente los programas de la formación de maestros voluntarios (brigadas de alfabetización, brigadas Conrado Benítez) y el de alfabetización general, que declara 1961 como el año de la educación.

A pesar de los avances del proceso auspiciado por el ideario de la Revolución, los obstáculos no tardaron en surgir. Al finalizar ese mismo año del Primer Encuentro de Intelectuales celebrado en Chile, hubo algunos eventos que alterarían el rumbo de la marcha: el bloqueo económico impuesto a la isla por Estados Unidos, la puesta en marcha de la “Operación Mangosta” y, en octubre, la Crisis de los Misiles. La disyuntiva en la que se encontraba el proceso revolucionario era decisiva para su curso. Estos hechos, que comprueban la precaria y dependiente posición de Cuba respecto de las grandes potencias,1 exigen un reordenamiento en su política internacional, económica y, por supuesto, en la rearticulación de las directrices culturales. Este contexto de inflexión habría activado un ímpetu reunificador que implicaba reorganizar y confirmar el pacto establecido con la sociedad a través del reclamo de un compromiso más activo por parte del pueblo mismo y, sobre todo, de quienes estaban llamados a colaborar y liderar el movimiento de emancipación.

Aquella sensación de coherencia continental expresada por José Donoso en su texto de 1972, que surge de la expectativa de conquistar una grandeza prometida y aún no realizada, ha sido lúcidamente explicada por Caludia Gilman en su libro Entre la pluma y el fusil. Debates y dilemas del escritor revolucionario en América Latina. En el texto, la argentina lee la historia y la forma en que se configuraron y relacionaron, entre los años sesenta y setenta, las voces intelectuales en el espacio geopolítico denominado América Latina. Este ‘lugar’ como configuración deliberada —discursiva— elaborada en el contexto de un periodo de rápida modernización y de la reacción anticolonial que promovía la Revolución define el territorio de pertenencia para el grupo de creadores y estudiosos de la literatura (y la cultura) que ven en la acumulación de textos, cuerpos, diálogos y nombres, un patrimonio común al servicio del establecimiento de una identidad regional y de la resistencia neocolonial.

Para Gilman, se hace necesario estudiar la producción discursiva de estas dos décadas a partir de la idea de ‘época’ y de la noción bourdiesiana de ‘campo’, dado que el quehacer de los intelectuales en ese escenario se configura como una práctica no aislada ni individual, sino como un conjunto de debates y polémicas que remiten a las reglas del juego social (Sarlo 1993). La idea de época que la autora considera nos permite atribuirle a esta coyuntura más que una cualidad periódica, una epistemológica, puesto que para ella una época se define como un campo de lo que es públicamente decible y aceptable. Como

[un] bloque temporal en el que la convergencia de coyunturas políticas, mandatos intelectuales, programas estéticos y expectativas sociales, modificó los parámetros institucionales y los modos de leer y de producir literatura y discursos sobre la literatura (Gilman 2003: 36-37).

De este modo, sería en este instante en el que se consolidaría lo que podríamos considerar como una modulación de la llamada ‘cultura del discurso crítico’2 (Gouldner 1985) constituida por una nueva clase socio-profesional que, en su práctica, prescinde de criterios de autoridad no basados en la lógica racional y se separa del resto de la sociedad. Efectivamente, para Gilman, aquello que logró lo que Donoso definía como ‘la internacionalización’ de la novela hispanoamericana, y en definitiva el avance del proyecto revolucionario de difusión cultural, fue que esos creadores, pensadores y críticos, ahora etiquetados como ‘intelectuales’, construyeron una ‘corporación’, un frente, o quizás no sea tan arriesgado decir, una familia3 que había comenzado a gestarse, por ejemplo, en ‘encuentros’ como el del 62 en Concepción y que se robustecía en los lazos de amistad que allí se forjaban.

Escenario territorial

En este sentido, la ‘revista’ se convierte literalmente en el domicilio específico (domus-casa) y lugar de residencia de la comunidad imaginada, una sinécdoque de la circunscripción territorial del intelectual. Una plataforma material en la cual la familia intelectual se encuentra, consolida y legitima su voz. La creación de Casa de las Américas sintetiza lo que las revistas significan en la configuración del campo intelectual latinoamericano de la segunda mitad del siglo XX. Erigida a través de la promulgación de la ley nº 299 del Gobierno Revolucionario y fundada finalmente al siguiente año, el proyecto se impone como objetivo la difusión, promoción y el diálogo de la producción cultural de América Latina y el Caribe.

Según el historiador chileno Germán Alburquerque, no es una novedad que Casa de las Américas, como revista y editorial, se haya convertido en uno de los ejes fundamentales en la conformación de esta trama de intelectuales latinoamericanos. En su texto “La red de escritores latinoamericanos en los años sesenta”, presenta cuatro mecanismos a través de los cuales la revista articuló la configuración de esta comunidad intelectual: primero, la convocatoria e invitaciones permanentes a escritores e intelectuales para participar en conferencias, mesas redondas y diálogos con sus pares cubanos. Segundo, la organización de masivos encuentros de escritores, la construcción de un espacio de expresión pública para todo aquel que quisiera exponer su solidaridad y compromiso con la causa cubana; luego, la conformación del comité de colaboración de la revista4, que evidentemente aglutina a casi la mayoría de los intelectuales más destacados y, finalmente, la institución de los premios literarios que, a través de la selección de jurados y de los participantes, cumplía la misión de reclutar, acreditar y legitimar a los integrantes de la comunidad intelectual de América Latina.

En este sentido, Casa de las Américas, y en general las revistas creadas o consolidadas en la época5, comenzará a desplegar este terreno enunciativo, pues se constituye como el locus de enunciación y práctica: “En cierto modo un lugar que le provee [al intelectual] un objeto, un espacio simbólico, un contexto o un destino. Ese objeto o destino se denominó Latinoamérica” (Gilman 2003: 79).

La importancia de las revistas es capital para la generación de una ‘formación’ más o menos coherente y cohesiva, pues extienden materialmente los puentes entre los intelectuales. Se transforman en el terreno que permite abrir las fronteras nacionales, crear subcomunidades, compromisos, lealtades y también construir las trincheras para disputar la hegemonía discursiva e interpretativa. Se organizan como el espacio donde la polémica se transforma en un nuevo tipo de discurso fundacional de intervención social que canaliza el impulso hacia lo público y la urgencia por modificar la coyuntura social y política presente.

De este modo, América Latina se dibuja como una fantasía actualizada y materializada en el papel de las publicaciones que irrumpen con una fuerte vocación cartográfica y geopolítica. Las revistas son las que delinean el territorio de lo Latinoamericano y trazan su mapa al hablar y escribir sobre/desde/para él. La comunidad imaginada-lingüística (Anderson 2003), entonces, se despliega territorial e ideológicamente a través de las múltiples fojas que se escriben en Casa de las Américas, Marcha, Mundo Nuevo, Libre, Siempre!, entre otras. La participación en ellas hace que el gesto escritural supere la individualidad del texto cerrado en sí mismo y se forme a través de diálogo, los requerimientos, respuestas y debates que definen adentros, afueras, marginados, integrados e indecisos.

El circuito de estos textos que conversan entre sí constituye también un sistema de préstamos. Ni la exclusividad editorial ni el carácter inédito de los escritos se considera un valor absoluto. Estos aparecen reeditados en diversas publicaciones locales una y otra vez. Nuevamente se reproducen afanosamente, nombres y títulos que tienen como objetivo el cambio y la transformación social a través de la palabra escrita. De esta manera, las revistas señalan el signo de una primera etapa de ‘compromiso’ intelectual6, momento que implica el alineamiento y mantiene cierto grado de coherencia alrededor de lo que Donoso llamaba la ‘unidad política’.

Sujetos (al) en el entremedio

El de 1966 es un año significativo para la conformación y reordenamiento de la trayectoria de esta comunidad intelectual que hemos estado describiendo. La Habana comenzaba a consolidarse no solo como el centro ideológico y económico del proyecto emancipador, sino también como espacio geográfico de encuentro, como la residencia de muchos de los integrantes de la familia intelectual de izquierda y también, por qué no, como núcleo afectivo de la concurrencia y la filiación.

En ese preciso año se llevan a cabo varios eventos en la capital antillana reuniendo, como ya comienza a hacerse ‘costumbre,’ a la ilustre lista de escritores, críticos y pensadores latinoamericanos. La efectiva labor de Casa de las Américas apoya esta iniciativa de repliegue y alianza. Los premios, concursos y nominación de jurados, comenzarán a delinear la construcción de una casta —comunidad lingüística, imaginada— que legitima a Cuba como el centro operacional de la producción cultural.

Sin embargo, la permanente amenaza que desde el norte acecha el proyecto, las arduas y tirantes negociaciones económicas con los socios del conglomerado soviético y, sobre todo, la necesidad de superar la etapa de alineamiento, de diagnóstico crítico y justificación del movimiento emancipador, y dar paso ya a uno de afirmación y realización, provoca que el Gobierno Revolucionario renueve y reajuste sus prioridades y urgencias.

En este contexto, las exigencias a los intelectuales se radicalizan: no basta con localizarse, con manifestar el apoyo y declararse un intelectual ‘comprometido’. Hay que dar necesariamente un paso adelante para seguir el rumbo trazado por el objetivo de construir esa sociedad nueva. El llamado al intelectual del 66 —o más bien, a esas alturas, la instrucción— era a convertirse en revolucionario. La ‘palabra’ ya no era suficiente, era necesario irrumpir en la sociedad real a través de la ‘acción’ real.

Precisamente en ese año de 1966 estalla una polémica que exhibe, por un lado, esta alteración en la situación de los intelectuales y, a la vez, revela la relativa ficción de coherencia de la colectividad que en estricto rigor se había construido más bien a partir de una polifonía de voces. En la medida en que se enfrentaba a la radicalización de las exigencias revolucionarias, el coro comenzaba a develar sus diversas tonalidades y discrepancias, tensando un equilibrio que transitoria y quizás forzosamente se había mantenido estable.

En julio de ese año, Emir Rodríguez Monegal funda Mundo Nuevo. En la presentación que abre el primer número de la revista, el uruguayo explica que la nueva publicación quiere ser un espacio de encuentro de las voces inaudibles y dispersas. Con su centro de operaciones establecido en París, pretende ser la plataforma que abra lo que considera un verdadero diálogo, y sobrepase las limitaciones de nacionalismos, partidos políticos (nacionales e internacionales), capillas más o menos literarias y artísticas.

Enfrentándose abiertamente a lo que considera el monopolio cubano de la cultura, Rodríguez Monegal se propone disponer un escenario para la confluencia “de quienes componen, hoy, el concierto de una cultura viva y proyectada hacia el futuro, una cultura sin fronteras, libre de dogmas y fanáticas servidumbres” (1966: 4). Este manifiesto es recibido por la institución revolucionaria y por sus adherentes más convencidos como un franco acto de traición y reaccionarismo. Rodríguez Monegal firma con la publicación de estas palabras su sentencia de muerte en relación con su pertenencia al cenáculo cultural que auspicia La Habana.

Es conocida la ácida polémica que suscita la intervención del uruguayo. Al poco tiempo de ser publicada la revista, esta es acusada de estar financiada con dineros de la CIA y de ser parte del plan estadounidense de sabotaje y control político-cultural en la región7. Las violentas reacciones se producen desde ambos flancos: aquellos que adherían a las intenciones y propuesta estética de Mundo Nuevo como una forma de proteger la libertad de creación, reflexión y la posibilidad crítica y, por otro lado, el ataque de quienes, alineados con la Gran Antilla y sus intelectuales orgánicos, sostienen la tesis del inaceptable intervencionismo del Capitolio y cuestionaban el grado de compromiso de sus colegas acusándolos de abandonar los valores antiburgueses y caer en las redes del exitismo individual y cosmopolita.

De esta manera, se comienza a poner en entredicho la efectividad de la acción de los intelectuales. Sobre ellos se instala la sospecha y se les cuestiona su lealtad con la causa revolucionaria. Para Claudia Gilman, por ejemplo, este sería el instante en el que la época de la ‘familia intelectual’ se divide en dos, dando paso a un periodo marcado por la oposición entre un ‘nosotros’ y los ‘otros’8; por un profundo antiintelectualismo y un fuerte repliegue del intelectual hacia la (auto) reflexión9.

Entrada ya la segunda mitad de los años sesenta, varias son las fuentes de ese conflicto que encara al intelectual y al proyecto revolucionario. La primera es la relación que se establecerá entre artistas/ intelectuales y el mercado editorial. Si bien esa relación no es nueva y surge como una tensión importante ya a fines del siglo XIX, la forma que adopta en esta coyuntura es particular.

La posibilidad de difundir la creación literaria regional e internacionalmente a través de los dispositivos del mercado, no solo se había convertido en una pretensión inspirada por la necesidad de crear lazos con colegas y congéneres lectores —en el caso de la difusión regional— y por el deseo de abandonar la condición localista o pintoresquista de las literaturas nacionales, sino también, en el contexto de la construcción de la épica latinoamericana, como un mecanismo de visibilización de su producción singular, como una forma de dar a conocer ‘América Latina’ al mundo y, por supuesto, también como una manera de consolidar la profesionalización10.

boom1112