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PAPELES DEL TIEMPO

Ant Machado Libros

www.machadolibros.com

DE CÓMO LOS IRLANDESES SALVARON LA CIVILIZACIÓN


La desconocida historia del papel que desempeñó Irlanda desde la caída del Imperio Romano hasta el surgimiento de la Europa medieval

Thomas Cahill




Traducción de
Juan Manuel Pombo Abondano


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Número 34

© 1995 by Thomas Cahill

Título original: How the Irish Saved Civilization.
The Untold Story of Ireland's Heroic Role from the Fall of Rome to the Rise of Medieval Europe

This translation published by arrangement with Nan A. Talese, an imprint of The Knopf Doubleday Group, a division of Penguin Random House, LLC

© de la traducción: Juan Manuel Pombo Abondano

© Machado Grupo de Distribución, S.L.

C/ Labradores, 5

Parque Empresarial Prado del Espino

28660 Boadilla del Monte (MADRID)

machadolibros@machadolibros.com

www.machadolibros.com

ISBN: 978-84-9114-248-5

Índice

Introducción. ¿Qué tan cierta es la historia?

I. El fin del mundo. Cómo cayó Roma... y por qué

II. Lo que se perdió. Las complejidades de la tradición clásica

III. Un mundo oscuro y cambiante. Irlanda profana

IV. Buenas nuevas de muy lejos. El primer misionero

V. Un mundo pleno de luz. La Santa Irlanda

VI. Lo que se encontró. De cómo los irlandeses salvaron la civilización

VII. El fin del mundo ¿Quéda alguna persona?

Guía de pronunciación de palabras irlandesas claves

Fuentes bibliográficas

Cronología

Agradecimientos






Para Susie

... la primera y más bella... la mejor y más querida:

Sean tuyas todas las dichas y tesoros, la

paz, el contento, el amor y el placer.






Nada que verdaderamente valga la pena se puede realizar en el lapso de una vida, de modo que solo la esperanza nos puede redimir. Nada que sea verdad o hermoso o bueno llega a tener cabal sentido en la inmediatez de un contexto histórico, de modo que solo la fe nos puede redimir.

Nada de lo que hagamos, no importa qué tan virtuoso, lo podemos realizar a solas, de modo que solo el amor nos puede redimir.


REINHOLD NIEBUHR

Introducción

¿Qué tan cierta es la historia?

El término irlandés rara vez se asocia con el término civilización. Siempre que se piensa en pueblos civilizados o civilizadores, son los egipcios y los griegos, los italianos y los franceses, los chinos y los judíos lo primero que se nos viene a la cabeza. Los irlandeses son desaforados, irresponsables y simpáticos o de lo contrario taciturnos, reprimidos y corruptos pero a duras penas civilizados. Si nos esforzamos por pensar en una «civilización irlandesa» no surge imagen alguna, ninguna Creciente fértil, ningún Valle del Indo, ningún busto inquietante de Beethoven. El más común y silvestre de los mecánicos griegos llama a su taller «El Partenón», vinculándose así a una cultura ancestral que hace parte de su imaginario. Un restaurador siciliano que apenas sabe leer y escribir colocará su propia copia en yeso del David de Miguel Ángel en lugar de honor y así reivindicará sus presuntos lazos con el Renacimiento. En cambio, es mucho más probable que el patrón de un establecimiento irlandés llame a su negocio «Bar Breffni» o «Mudanzas Kelly», anunciando de este modo meras conexiones personales o de vecindario que no cargan con las resonancias de la historia o de la civilización.

Y sin embargo... Irlanda, una pequeña isla en el extremo de Europa que no ha conocido Renacimiento ni Ilustración –de alguna manera un país tercermundista con una cultura de la edad de piedra como alegaba John Betjeman– tuvo su momento de impecable gloria. Esto porque, mientras el Imperio Romano caía y por toda Europa unos bárbaros desgreñados y sucios descendían sobre las ciudades romanas saqueando bienes y quemando libros, los irlandeses, que apenas aprendían a leer y a escribir, se dedicaron al arduo trabajo de copiar toda la literatura de Occidente, toda a la que pudieron echarle mano. Así, estos escribanos se convirtieron en el cauce a través del cual las culturas grecorromana y judeocristiana les fueron transmitidas a las tribus de Europa recién establecidas sobre los escombros y los viñedos en ruinas que ellos mismos se había encargado de derruir. Sin el servicio que prestaron estos escribas, lo que ocurrió después hubiera sido impensable. De no ser por la misión de los monjes irlandeses, que sin la ayuda de nadie fundaron de nuevo la civilización europea por todo el continente desde las ensenadas y valles de su exilio, el mundo que vino después de ellos hubiera sido completamente distinto... un mundo sin libros. Nuestro propio mundo jamás hubiera llegado a ser.

Nunca antes, por lo menos no en los últimos mil años desde que las legiones espartanas perecieron en el paso de las Termópilas, se había visto la civilización occidental amenazada de tal modo. Ni en lo sucesivo se volvería a ver frente a la posibilidad de su propia aniquilación hasta que, en este siglo, se ingenió los medios para acabar con la vida entera. Para cuando comienza nuestra historia, al iniciarse el siglo V de nuestra era, nadie hubiera podido prever el colapso que se avecinaba. Pero, corrida la segunda mitad de aquella centuria, cualquier hombre razonable que examinara la situación de su tiempo ya no tendría la menor duda: su mundo había llegado a su fin. Ya no podía hacer más que, siguiendo el ejemplo de Ausonio, retirarse a su villa, escribir poesía y esperar lo inevitable. Jamás se le ocurrió a estos hombres que los fundamentos sobre los que había construido su mundo serían salvados por unos estrafalarios seres que provenían de unas tierras tan marginales y remotas que los romanos ni siquiera se tomaron la molestia de conquistar. Hombres tan extraños que vivían en pequeñas chozas sobre promontorios rocosos, se afeitaban al rape la mitad de las cabezas y se autotorturaban con irritantes ayunos y baños de agua fría. Como decía Kenneth Clark, «Si se mira hacia atrás desde la perspectiva de las grandes civilizaciones del siglo XII en Francia o desde la Roma del siglo XVII, cuesta trabajo creer que durante tanto tiempo –casi cien años– la cristiandad sobrevivió gracias a que se aferró a lugares como Skelling Michael, un pico rocoso a dieciocho millas de la costa de Irlanda que se levantaba a setecientos pies sobre el nivel del mar».

Clar, quien empieza su obra Civilización con un capítulo (intitulado «Por un pelo») que trata sobre la precaria y peligrosa transición en lo que va del mundo clásico al medioevo, es la excepción en tanto que le da el peso que le corresponde a la contribución irlandesa. Muchos historiadores ni siquiera mencionan y muy pocos advierten el drama impresionante que representó esta novela cultural de suspenso. Quizá dicha omisión se deba a que es más fácil describir lo inmóvil, lo estático (primero lo clásico, luego lo medieval) que el movimiento (el tránsito de lo clásico a lo medieval). También es cierto que los historiadores son por lo general expertos en un período u otro, de modo que el asunto de la transición queda por fuera de su competencia –¿y de la de los demás?–. De cualquier modo, no conozco un solo libro impreso en circulación que se dedique a esta transición, ni siquiera uno en el que dicho problema ocupe por lo menos un espacio sustancial.

En un intento por remediar esta omisión, bien vale la pena hacerse la gran pregunta: ¿Qué tan cierta es la historia? ¿Acaso solo se trata de un enorme plato de sopa atiborrado de tantos y tan dispares elementos que no se puede describir? ¿Será verdad, como ha señalado Emil Cioran, que la historia no puede probar nada porque lo contiene todo? ¿No es la otra cara de esta misma moneda la afirmación de que a la historia le podemos hacer decir cualquier cosa que queramos?

Opino, más bien, que cada época reescribe la historia de nuevo; revisa hechos y textos desde su propio punto de vista. Nuestra historia, la que leímos en la escuela y a la que recurrimos más tarde en la vida, fue en buena parte escrita por ingleses protestantes y por anglosajones protestantes norteamericanos. Así como los historiadores contemporáneos han venido descubriendo que los susodichos redactores no son siempre dignos de confianza cuando se trata de los aportes realizados, por ejemplo, por las mujeres o por los estadounidenses de origen africano, no debe sorprendernos que tales narradores hayan pasado por alto una gigantesca contribución sin la cual la civilización europea no hubiera sido posible. Para un caballero inglés del siglo pasado, por ejemplo, los irlandeses, por naturaleza, eran incapaces de civilización. «Los irlandeses», proclamaba Benjamin Disraeli, el bienamado ministro de la reina Victoria, «detestan nuestro orden, nuestra civilización, nuestra emprendedora industria, la pureza de nuestra religión [el padre de Disraeli había dejado el judaísmo por la Iglesia anglicana]. Esta raza montaraz y salvaje, insensata, indolente, insegura y supersticiosa no tiene la menor afinidad con el carácter inglés. Su ideal de la felicidad humana oscila entre la rencilla tribal y la más burda idolatría [es decir, el catolicismo]. Su historia la caracteriza un círculo ininterrumpido de fanatismo [!] y sangre». El racismo ponzoñoso y el prejuicio cretino que exhibe esta descripción quizá sea evidente para nosotros, pero en los días «del viejo Dizzy», como la reina apelaba al hombre que le ofreció la India, simplemente pasaba por verdad de a puño.

De vez en cuando, por supuesto, aun los petulantes colonos de la pequeña reina sufrían algún momentáneo escrúpulo: ¿Será posible que quienes conquistan sean responsables del estado de cosas que reina entre los colonizados? Pero pronto salían de cualquier duda y se escudaban detrás de su superioridad, como lo deja ver a todas luces la respuesta del historiador Charles Kingsley a la miseria provocada por el hambre de la que fue testigo en la Irlanda de Victoria: «Estoy aterrado con aquellos chimpancés humanos que pude ver a lo largo de cien millas de horribles campos. No creo que sea nuestra culpa [el subrayado es mío]. Creo que no solo hay más de ellos hoy que antaño, sino que son más felices, y que están mejor y más cómodamente alimentados y alojados bajo nuestro mandato de lo que nunca estuvieron. Pero ver chimpancés blancos es espantoso. Si fuesen negros no lo sentiría uno tanto, pero resulta que sus pieles, excepto donde han sido bronceadas por el sol, son tan blancas como las nuestras».

No podemos consolarnos pensando que tales ideas hace tiempo hayan salido de escena. Como escribía hace poco el distinguido historiador Anthony Grafton, de la Universidad de Princeton, en las páginas del New York Review of Books acerca de las facultades de historia en las mejores universidades de Estados Unidos, «La cultura católica –al igual que casi todos los católicos– solía desdeñarse como el territorio de una raza inferior, capaz solo de producir legendarias escuelas provincianas donde las monjas le pedían a las niñas a su cargo que, cuando salieran con sus novios, jamás pidieran raviolis so riesgo de que aquellos empezaran a pensar en almohadas. Prejuicios y estereotipos de esta índole, tan repugnantes como cualquier cosa que jamás se le endilgara a los judíos, persistieron en las universidades estadounidenses hasta fechas enfadosamente recientes».

Tal fecha puede ser anteayer, pero no lo digo por acusar a ningún historiador de falsear la verdad deliberadamente. No, el problema es mucho más sutil que un simple engaño y está ingeniosamente descrito por John Henry Newman en su fábula del Hombre y el León:

Alguna vez el Hombre invitó al León como su huésped y lo recibió como a un príncipe. Se le brindó al León un magnífico palacio en el que había mucho que admirar: grandes salones y largos corredores lujosamente amueblados y decorados llenos de una profusión de finas muestras de escultura y pintura, obra de los mejores maestros en cada una de las artes. Los temas representados eran varios, pero el más destacado de ellos resultó de especial interés para el noble animal que atisbaba. Se trataba del León mismo. Al tiempo que el dueño de la mansión lo conducía de un habitación a otra, el León no pudo menos que dirigir su atención al homenaje indirecto que aquellos cuadros y retablos le hacían a la importancia de la tribu leonina.

Había, con todo, un rasgo notable en todos ellos, rasgo que, a pesar de su recatado silencio, al anfitrión no le pasó desapercibido: que diversas como eran estas representaciones, todas coincidían en un punto: que el Hombre salía siempre victorioso y el León siempre subyugado.

El problema no es que el León haya sido excluido de la historia del arte, sino más bien que ha sido mal representado... y que nunca gana. Cuando el León culminó su visita por la mansión, continúa Newman, «el anfitrión le preguntó por su opinión respecto a los esplendores que allí se contenían. El León, en respuesta, le hizo justicia plena a las riquezas de su dueño y al arte de sus decoradores, pero, agregó, “los leones hubieran salido mejor librados de haber sido ellos los artistas”».

A lo largo de esta historia nos encontraremos con varios anfitriones, todos ellos personas de fundamento que tienen algo que decir, algunos quizá piensen que su historia es la única que existe. Seremos corteses y los escucharemos sin menosprecio. Intentaremos incluso ver las cosas desde su perspectiva. Pero de vez en cuando nos vamos a encontrar agasajando leones, en cuyo caso cada lector tendrá que valerse por sí mismo.

Empezamos, sin embargo, no en la tierra de los leones, sino en el ordenado y previsible mundo de Roma. Para apreciar el significado del aporte irlandés necesitamos primero hacer un inventario del civilizado imperio de la Antigüedad.

I

El fin del mundo

Cómo cayó Roma... y por qué




El último frío día de diciembre del moribundo año que designamos como 406, el río Rin se congeló por completo convirtiéndose en el puente natural que cientos de miles de hombres, mujeres y niños hambrientos habían esperado durante mucho tiempo. Se trataba de los barbari, palabra con la que los romanos aludían a una masa indiferenciada y harapienta de «otros seres –no que se tratase de gente aterradora, no, más bien de un problema, de una molestia enojosa que sería mejor evitar–, en otras palabras, se trataba de no-romanos. Es de presumir que estos desarrapados tuviesen una mejor imagen de sí mismos, pero como los pueblos que no tienen escritura dejan pocos registros, entonces solo podemos conjeturar cuál sería esa opinión.

Ni la soldadesca romana disciplinada, fatigada y apostada en las riberas occidentales del río ni las inquietas y caóticas tribus apelotonadas en la otra margen podían haber estado cavilando demasiado sobre su futura posición en la historia. Pero este instante de abandono, esta relativa calma antes de la tormenta, nos brinda una oportunidad para examinar los bandos en las dos orillas y así mirar hacia atrás para ver lo que fue y hacia adelante para ver lo que será.

Si ascendemos hacia los altos cielos como lo hiciera el águila romana, es posible ver nacer el río más ancho de Europa, el Rin. Nace, encaramado sobre los Alpes norteños, en el lago Constanza, dobla y luego gira rumbo al norte para finalmente tomar en dirección noroeste hasta que, después de un viaje de 1.300 kilómetros, alcanza las costas continentales de Europa y se desocupa en el Mar del Norte, casi enfrente y a la altura del estuario del Támesis. Si volvemos a las alturas alpinas allí se divisa otro río que nace en un lago más pequeño, un poco al norte del Constanza, y que toma un curso al este casi dos veces más largo que el del Rin y muere en las aguas del Mar Negro. Es el Danubio, el río más largo de Europa (sin contar el Volga). Al norte de este último y al este del primero habitan los bárbaros. Al sur y al oeste de estos dos ríos yace Romania..., en su tiempo, el más vasto y poderoso imperio en la historia de la humanidad.

La inmensidad y la omnipotencia de este imperio que abarca «todo el mundo civilizado», no son precisamente las dos características que nos llamarían la atención si remontáramos el vuelo sobre el Mediterráneo aquel día aciago. Lo que veríamos sería lo contrario de lo que entendemos por poder: veríamos fragilidad y, de manera muy específica, fragilidad geográfica. «Vivimos alrededor de un mar», le recordaba el perspicaz Sócrates a sus escuchas, «como ranas alrededor de un pozo». A pesar de todo el poder de la bota romana, y la extensión de los caminos romanos, la totalidad del imperio se abrazaba al Mediterráneo como un castillo de arena construido por un niño, en espera de que se lo lleve el mar. De las fructíferas Galia y Bretaña al norte hasta el fértil valle del Nilo al sur, del rocoso litoral de Iberia al oeste hasta las resecas costas del Asia Menor, todas las provincias del imperio se vuelcan sobre el gran mar, sobre el Medi-Terra-neo: el mar en el centro de la Tierra. Y al volcarse sobre el centro de su mundo le dan la espalda a todo lo que queda detrás de ellos, allende las murallas de Roma. Le dan la espalda a los bárbaros.

Que roma pudiera caer era algo impensable para un romano: sus cimientos eran inexpugnables, firmemente hundidos en un pasado con una historia que llevaba más de once siglos construyéndose. Estaba, eso sí, la profecía. Tal vez casi siempre con un par de copas de más habría alguien que trajese a cuento el viejo refrán: la profecía de las doce águilas, cada una representando un siglo, lo que nos deja –dedos rechonchos contando siglo por siglo sobre un charco de vino– con apenas setenta años más. ¡Una década más o una menos! Carcajadas predecibles ante el tamaño de la tontería. Pero setenta años después, con exactitud, el imperio ya no existiría.

Roma, la ciudad eterna, con once siglos a cuestas, apenas si previó su fin. Con todo, las teorías sobre su caída sí son muy viejas. Solo dos docenas de años después de este encuentro entre romanos y bárbaros a lo largo del Rin, Agustín de Hipona, obispo de la segunda ciudad de la Roma africana, yacerá en su lecho de muerte escuchando el fragor de otra oleada de bárbaros que asedian las murallas de su ciudad. Apenas si ha terminado las últimas páginas de su gran defensa del cristianismo, La ciudad de Dios, escrita para contradecir a los romanos paganos que veían detrás del asedio bárbaro la furia de los viejos dioses de Roma al verse abandonados por los conversos cristianos. (No, insiste con elocuencia Agustín, no es el cristianismo el responsable de la ruina del imperio, sino el paganismo atiborrado de vicio y corrupción.) Nueve siglos más tarde, durante el temprano Renacimiento y mientras por toda Italia se excavan y descubren tantas proezas y hazañas en ingeniería y escultura, la pregunta de qué había ocurrido con semejantes colosos de la cultura capaces de construir todo aquello va a estar en la punta de todas las lenguas.

Petrarca, el poeta y académico toscano que con razón se recuerda como el padre del humanismo renacentista, descubre el concepto de «caída» y, haciendo eco a Agustín, también encuentra en las fallas internas del imperio al responsable. Maquiavelo, siglo y medio después y mientras escribe en unos tiempos menos espirituales y más cínicos, culpará a los bárbaros.

Cuando se publicó, en 1776, el primer volumen de la Historia de la decadencia y ruina del Imperio Romano, de Edward Gibbon, dicha publicación provocó mucho más revuelo y atención en Londres que el que suscitaran las problemáticas noticias que llegaban de las colonias de América del Norte. «La caída de Roma», escribía Gibbon, «era el efecto natural e inevitable de una grandeza desmedida». Tal idea encajaba muy bien con el temperamento frío y racional de la época. Pero a medida que los caballeros ingleses más convencionales del siglo XVIII continuaron pasando las páginas del texto de Gibbon, la sangre les empezó a hervir. «Así como la gran meta de toda religión es la felicidad en una vida futura», seguía Gibbon, «se puede decir sin sorpresa o temor a escándalo que, si no la introducción, por lo menos sí el abuso del cristianismo tuvo que ver con la decadencia y caída del Imperio Romano. El clero predicó con éxito las doctrinas de la paciencia y la pusilanimidad. No se alentaban las virtudes sociales activas y lo poco que quedaba del espíritu militar se enterró en el claustro. Una buena parte de la riqueza pública y privada se consagró a las dudosas exigencias de la devoción y de la caridad. Y la paga de los soldados se prodigó a manos llenas entre multitudes inútiles de ambos sexos que solo podían alegar los méritos de la abstinencia y la castidad».

Se registró gran indignación y se expidieron acusaciones, y el señor Gibbon se aprestó para defenderse con su libro Reivindicación. Pero, en honor a la verdad, su teoría no era ninguna novedad, apenas distinguible de la teoría pagana contra la que Agustín se había ido lanza en ristre trece siglos atrás. Ahora, méritos no le faltaban. Con todo, no sobra decir algo sobre la historia personal de Gibbon: a los dieciséis años de edad, converso reciente y furibundo al catolicismo, empacó maletas camino a Suiza dejando a su padre indignado. Allí se convierte al protestantismo (esta vez en una variante de tipo calvinista) y acto seguido, casi simultáneamente, pasa al escepticismo a ultranza de Voltaire, a quien conoció. El efecto permanente de todo esto sobre el hombre maduro de tantas –y tan contradictorias– pasiones juveniles es fácil de imaginar.

Los primeros intérpretes –los críticos paganos del cristianismo, luego Agustín, Petrarca, Maquiavelo y Gibbon– constituyeron el marco de toda interpretación ulterior: que Roma cayó por su debilidad interna, social o espiritual; que Roma cayó por presiones externas: hordas de bárbaros. Lo que podemos aseverar con confianza es que Roma cayó poco a poco y que los romanos, durante décadas, apenas si se dieron cuenta de lo que ocurría.

La escena a lo largo del Rin congelado nos otorga algunas claves para explicar la naturaleza de la ceguera romana. Los legionarios en la imagen romana saben que tienen la sartén por el mango y piensan que así será siempre. Aunque algunos de ellos no fuesen más que reclutas apenas civilizados y recién establecidos a este lado del río, ahora son romanos, herederos de casi doce siglos de civilización, es decir, de agricultura, vinicultura, horticultura, cocina, artes, literatura, filosofía, leyes, política, destreza marcial y todos los quehaceres que tales empeños traen consigo. El mundo no ha conocido nada tan profundo, tan duradero o tan extenso como lo fue la paz romana, la paz y la previsibilidad de la civilización romana. Si examinamos ahora a los soldados romanos, notaremos la muda autoridad de su presencia, el lustre y la elegancia de sus personas, lo apropiado de su postura y porte..., son gallardos. Es más, cada gesto, cada pieza de su guarnición obedece a una estética. Se ha pensado en todos los detalles – ad unguem, hubieran dicho, como anillo al dedo–, como el escultor que examina la suavidad y perfección del mármol terminado. El cabello se ha cortado pensando en la forma del cráneo, se afeitan al rape para subrayar la osadía de la quijada, sus prendas –desde las inexpugnables pero curvilíneas pecheras hasta las faldas que hacen fácil el movimiento– han sido diseñadas pensando en el cuerpo, en su forma y movimiento, y su físico robusto recuerda las proporciones de las estatuas griegas. Incluso la comida que se sirve en el casino de soldados ha sido preparada no solo para que sepa bien sino para que se vea bien. En este momento, el architriclinus –el chef– empieza a preparar las zanahorias: corta cada pedazo a lo largo y luego a lo largo otra vez para obtener delgados y alargados triángulos.

Observemos ahora a las huestes bárbaras al otro lado del río que bajo la luz oblicua y gris del invierno se amontonan como figuras en una pesadilla. Barbas y cabelleras sin cortar, asquerosamente cubiertas con aceites viscosos y trenzadas en horripilantes formas. Los ornamentos distorsionan sus cuerpos y una pintura los torna amarillentos. Algunos de los hombres son musculosos y enormes hasta el punto que se dijera deformes, las piernas cubiertas con un atuendo cómico que llaman baccae, más tarde conocidos como breeches. Son indisciplinados: braman, se gritan unos a otros y corren sin ton ni son. Están sucios, huelen mal. Una vieja bruja cubierta con una sucia manta revuelve un caldero al tiempo que corta raíces y echa pedazos de carne rancia dentro del mejunje de cuando en cuando. Corta una zanahoria a través, de modo que las rodajas flotan como torpes ojos color naranja en la superficie de su brebaje.

Este retrato poco ecuánime de los dos bandos no hubiera sido la perspectiva exclusiva de los romanos: hubiera podido ser también la de los germanos (ya que los huéspedes encargados de la molienda son de origen germano, como lo son todos los intrusos de la época). Para los romanos las tribus germanas eran gentuza, chusma. Para los germanos, la margen romana del río era el lugar donde se debía estar. Quizá el ejemplo más cercano que podemos tener hoy en día para comprender esta línea divisoria es la frontera sur de Estados Unidos. Allí las tropas pulcras son la policía de inmigración y las hordas los mexicanos, haitianos y demás desposeídos que buscan cómo entrar de modo ilegal. Los romanos no percibieron la migración bárbara como una amenaza por la sencilla razón de que se trataba de eso, de una migración. Año va, año viene la variopinta migración. No se trataba de un asalto armado, organizado. En efecto, hacía centurias que venía ocurriendo. Los galos habían sido los primeros invasores bárbaros cientos de años antes y ahora la Galia estaba en paz. Sus versos y sus viñedos eran una doble fuente de inspiración romana. Los galos se habían vuelto más romanos que los romanos. ¿Por qué no iba a ocurrir lo mismo con estos vándalos, alanos y suevos que ahora se exaltaban hasta el paroxismo al otro lado del río?

Cuando por fin los desventurados germanos arremeten y cruzan el puente de hielo, lo hacen de frente, sin previa reflexión ni estrategia. Con absurdo coraje hordas atraviesan el Rin en oleadas desordenadas: la desesperación es su principal arma. Podemos darnos una idea del número de ellos (y de su desesperación) con un único conteo de las bajas: se dice que, solo los vándalos, perdieron veinte mil hombres (sin contar mujeres ni niños) en el cruce. A pesar de su disciplina, los romanos no pueden detener el mar germano.

Desde cierta perspectiva, se puede decir que las meras cifras apabullaron a los romanos... no solo durante este encuentro, sino durante los diglos de migraciones ocurridas a través de las porosas fronteras del imperio. Algunas veces los bárbaros llegaban en oleadas, aunque nunca de las dimensiones de esta. La mayor parte de las veces lo hacía gota a gota: como artesanos honestos en busca de empleo, como guerreros que se alistaban en las legiones romanas, como caciques tribales que compraban pedazos de tierra, como maleantes que prendían fuego y saqueaban y que algunas veces también violaban y asesinaban.

Lo que los puso en movimiento fue la agricultura, que habían aprendido de sus vecinos romanos. Al tiempo que las sociedades bárbaras al norte del imperio cambiaban sus hábitos nómadas de cazadores por las costumbres estables del agricultor, las provisiones de grano estacional que podían esperar povocaron una inevitable explosión demográfica. Por razones más que obvias los granjeros viven vidas más largas y ven un mayor número de sus críos llegar a la edad adulta que los cazadores, cuyas precarias vidas –y las de su progenie– parecen transcurrir caminando sobre una especie de cuerda floja ecológica de alto voltaje sin red que los proteja. Para el granjero esta red está conformada por las existencias de grano, que contiene más alimento del que en este momento necesitan. Esta forma antigua de tener dinero guardado en el banco ha servido desde tiempos inmemoriales como fundamento de una larga vida, de la planificación a largo plazo y de todas las artes que produce la civilización.

Pero la fórmula completa es tan invariable como arcaica: el éxito económico materializado en una bodega de grano dispara una explosión demográfica que a su vez genera la necesidad de adquirir nuevas tierras para alimentar más bocas. Once siglos antes del encuentro sobre el Rin, una manada insignificante de campesinos latinos «que apenas si había acabado de establecer una gricultura sedentaria, resolvieron el problema de su número creciente embarcándose en una carrera de conquistas que terminó por convertirse en el imperio romano», como señala el historiador contemporáneo William McNeilll. «Visto así, al Estado romano de Occidente lo destruyeron las mismas fuerzas que lo habían creado.»

Así, McNeill opta por la misma idea razonable, basada en la necesidad, por la que optó Maquiavelo. Sin embargo, como los historiadores clásicos han mostrado, existen otras maneras de considerar esta enorme transformación. ¿Por qué tan frágil la guardia de la frontera? ¿Acaso no se dieron cuenta los romanos, en algún momento, de que su modo de vida estaba cambiando para siempre? ¿Acaso no se les ocurrió nada distinto a rendirse ante lo inevitable? Para contestar a estas preguntas y hacernos a una idea más completa de la sociedad romana, volveremos nuestra atención sobre un romano típico que ayudó a construir el mundo de la Antigüedad tardía.


La arremetida bárbara a través del Rin congelado tuvo lugar en la primera década del siglo V de nuestra era. Demos un paso atrás –al siglo IV– para conocer a un hombre cuyo estilo de vida nos puede dejar ver algunas de las enormes lagunas y ausencias de la sociedad romana, lagunas que llevarían derecho a las calamidades del siglo V. Se trata de Ausonio, el poeta, que cuidaba de una gigantesca propiedad rural exquisitamente mantenido en Burdeos, provincia de la Galia, y, tras la muerte de su padre, otra tan impresionante como esta en Aquitania. Nacido apenas cien años antes de la migración germana a través del Rin, lo crio, no su madre, de quien parece no tener muy grato recuerdo, sino un par de sargentos de armas tomar: una abuela y una tía, ambas de nombre Amelia.

En su Parentalia, que pudiera traducirse como Exequias por los antepasados, encomia sus virtudes. De la abuela Amelia recuerda:


Haec non deliciis ignoscere prompta pudendis

ad perpendiculum seque suosque habuit.

A placeres dudosos no daba cuartel

y con estricto rigor gobernó sobre su servidumbre y ella misma*.

La otra Amelia parece haber sido una mujer más bien corpulenta:

Amelia, in cunis Hilari cognomen adepta,

quod laeta et pueri comis ad effigiem,

reddebas verum non dissimulanter ephebum.

Amelia, apodada Robusta en tu cuna

porque eras tan rozagante como un chico

y, sin proponértelo, siempre pareciste un joven varón.

La progresión retórica que aquí se nos quiere hacer notar nos lleva a lo largo de tres etapas del crecimiento en tres consecutivos versos: la infancia (in cunis), la niñez (pueri) y la adolescencia (ephebum). Amelia, aunque fornida, jamás llega a hacerse tan grande como un hombre adulto: algo, sin embargo, sigue creciendo en Amelia.

La tía Amelia pasa con mejores calificaciones que la abuela Amelia, a pesar de que con frecuencia debió ser estricta con el niño Ausonio, quien, ahora adulto, la llama virgo devota –definitivamente virgen– tan resueltamente adulto que:

feminei sexus odium tibi semper et inde

crevit devotae virginitatis amor.

el odio por el sexo femenino no dejó de crecer en ti

y de allí tu amor devoto por la doncellez sagrada.

Aunque, personalmente, algo me divierte esta poesía, estoy seguro de que a Ausonio no. He traducido versos ambiguos para resaltar su ambigüedad. Ausonio envolvió estos versos en sentimientos convencionales no más frescos ni más interesantes que los que expresan las palabras preimpresas en una tarjeta de pésame. Veamos, por ejemplo, cómo termina el poema sobre su abuela:

haec me praereptum cunis et ah ubere matris

blanda sub austeris inhuit inperiis.

Tranquillos aviae cineres praestate, quieti

aeternum manes si pia verba loquor.

Y con bondad me crio –arrancado de cuna

y madre– pero oculta tres órdenes severas.

¡Dejad que las cenizas de mi abuela en paz descansen!

Oh sombras silenciosas, si cumplo con mis rezos.

Era de esperar que quizá los amigos de Ausonio notaran en estos versos escaso elogio, pero solo en tanto que el elogio allí contenido, indirectamente, recaía sobre él mismo: «¡Oh, querido Ausonio!», debía esperar Ausonio que suspiraran sus amigos, aquellas mujeres que fueron tan duras contigo y, sin embargo, él tan bueno, tan fiel, tan piadoso – pia verba, literalmente, palabras piadosas–, tal y como se esperaba de él.

La poesía de Ausonio está llena de pia verba. Es más, excepto por algunas ocasionales y no muy deliberadas epifanías (como en los poemas sobre las Amelias), no hay casi nada más. Su poesía está llena de interminables secuencias sobre los ancestros, los antiguos maestros, la vida cotidiana, sobre temas clásicos (los héroes troyanos, los doce Césares), un sinfín de juegos de palabras e interminables imitaciones de Virgilio. Dejó un poema picante, «Centro Nuptualis», lo suficientemente picante como para que Loeb lo hubiera incluido sin traducir en su Ausonius para así, desde entonces, excitar la imaginación lasciva de generaciones de latinistas seniles y frustrar igual número de generaciones de bachilleres adolescentes. Se trata de la descripción clínica y cínica de la desfloración de una novia en su noche de bodas. Pero aun aquí se abstiene, a propósito, de ser original: todos y cada uno de los versos los tomó de Virgilio, con lo que pretendía evitar cualquier censura mediante el recurso de volver sobre la autoridad literaria suprema y ganarse la admiración debida a su deslumbrante despliegue de conocimientos sobre Virgilio. De modo que, fuera de estos homenajes, no se encuentra casi nunca un verso memorable, solo rimillas de clase alta escritas con receta. Sus cartas, también interminables, no son mejores: poco o nada que en verdad quisiera informar o comunicar, una perspicacia muy limitada y falta casi absoluta de emociones genuinas. A pesar de que sus afectados y decadentes contemporáneos lo compararon con Virgilio y Cicerón, casi todo el resto del mundo ha coincidido con la rigurosa opinión que Gibbon tenía de Ausonio: «La fama poética de Ausonio desdice del gusto de su época».

¿Cómo puede un hombre adulto haber perdido tanto tiempo de manera tan tonta? Fácil, es lo que todo el mundo estaba haciendo. Estamos en un mundo estático. La vida civilizada, como el cultivo de las magníficas viñas que Ausonio poseía en Burdeos, consistía en hacer bien lo que ya se había hecho antes. Hacer lo que se espera de uno, lo previsible, es el valor más alto..., y el segundo valor más alto, algo muy parecido: recibir la admiración debida por parte de sus coetáneos por realizarlo.

Aunque Ausonio es un cristiano convertido, como lo deja ver su «Oratio», su cristianismo es un hábito que se quita o pone, según lo necesite. Con toda seguridad es lo que todo el mundo hacía. Su verdadera visión del mundo brilla en todo su trabajo: una especie de paganismo agnóstico que le permite evocar las sombras silentes del averno pagano sin llegar a darle la impresión al lector de que él, Ausonio, pueda creer en un mundo distinto a este. En Ausonio (así como en todos los otros personajes «destacados» de su tiempo, tan parecidos unos a otros que es difícil distinguirlos), se percibe la falta que para Gibbon, en su análisis, fue responsable de la caída de Roma. Una afeminada y quimérica religión oriental no había sido capaz de eclipsar del todo a los dioses vigorosos de Roma. La Venus fecunda y el sangriento Marte no habían abandonado el lugar para que lo ocupara un Cristo pacifista y patético. Lo que ocurrió, más bien, fue que la vitalidad de la vieja religión se había venido agotando de modo que, para cuando el cristianismo atrajo la atención de la nobleza romana, ya aquellos dioses no eran más que el pálido reflejo de su antigua vitalidad. Se habían convertido en algo al margen, en quieti manes, susurrando desde una remota y apenas perceptible eternidad. No es casualidad que cuando hoy pensamos en el Danubio y en el Rin, los dos ríos que separaban el mundo civilizado del mundo bárbaro, lo que nos viene a la cabeza no sean los dioses fantasmagóricos de Roma, sino los dioses vigorosos de las tribus germanas.

Ausonio hizo carrera como grammaticus, profesor de latín, en Burdeos, región que entonces se jactaba de tener una de las grandes universidades del imperio. Su fama como profesor incluso llegó a oídos de la corte imperial y, tras treinta años de docencia académica, fue llamado al Palacio de Oro de Milán (la familia real ya no residía en Roma) para convertirse en el tutor de Graciano, hijo de Valentiniano, emperador de Occidente. Cuando en el año 368 se le ordenó a Graciano que acompañara a su padre en la campaña contra los germanos, Ausonio los acompañó en calidad de poeta laureado de la expedición, comportándose a la altura de las circunstancias con su insulsa producción (aunque cabe decir que fue este el período en el que produjera su «Cento Nuptualis», cargado de humor de cuartel, que escribió, según él mismo informa, a petición del emperador). Como parte de su botín de guerra, Ausonio recibió los servicios de una joven esclava germana cuyos encantos cantara en su ciclo Bissula:

Delicium, blanditiae, ludos, amor, voluptas,

barbara, sed quae Latias vincis alumna pulas.

Bocado, halago, juego, deseo, voluptuosidad,

¡Bárbara! pero tú, niña, descollas entre todas las latinas.

Empieza a parecer poesía de verdad, donde cada sustantivo alude a la creciente tensión de la excitación erótica del poeta hasta que, al llegar al clímax, gime la palabra Bárbara. Y entonces nos damos cuenta de que solo remeda a Catulo.

En el año 375 el joven Graciano asciende al trono que comparte con su hermano Valentiniano II, a la muerte de su padre. Y es aquí cuando la estrella de Ausonio llega a su apogeo: es nombrado quaestor sacri palatii, una especie de jefe de estado mayor del emperador. Ese mismo año, a su anciano padre, que ya rondaba los noventa, le es asignado el cargo honorífico de prefecto de la provincia de Iliria. Al año siguiente su hijo es designado procónsul del África. Y siguen llegando honores: para padre, para hijo, para yerno, para sobrino, hasta que en el 379 lo nombran a él cónsul, el cargo más alto posible para cualquier romano ajeno a la familia real.

En los viejos tiempos de la república romana los cónsules –se elegían dos de ellos para que se fiscalizaran mutuamente y así evitar una dictadura por un período de un año– eran el pináculo ejecutivo del gobierno romano. Sin embargo, ocurrió que, en la decisiva batalla marina del Actium en el año 31 antes de nuestra era, Octavio derrotó a su cónsul colega, Marco Antonio, quien había manchado la virtud republicana refocilándose con Cleopatra en Egipto. Octavio, haciéndose con la nobleza del poder imperial, se convierte en César Augusto, el primer emperador, y desde entonces el consulado se transforma en un cargo honorario, mero vestigio de la virtud republicana y completamente ornamental.

cómo en efecto Gratiarum Actio Acción de Gracias,