V.1: enero, 2019
Título original: The Stolen Girls
© Patricia Gibney, 2017
© de la traducción, Luz Achával Barral, 2019
© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2019
Todos los derechos reservados.
Publicado mediante acuerdo con Rights People, Londres.
Diseño de cubierta: Richard Augustus
Imágenes de cubierta: Arcangel Images | Christie Goodwin, Karina Vegas e Irvin Verallo
Publicado por Principal de los Libros
C/ Aragó, 287, 2º 1ª
08009 Barcelona
info@principaldeloslibros.com
www.principaldeloslibros.com
ISBN: 978-84-17333-53-9
IBIC: FH
Conversión a ebook: Taller de los Libros
Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

Para Aidan,
un auténtico soldado,
un defensor de la paz,
mi marido,
mi amigo.
Descansa en paz.

Patricia Gibney es una artista y escritora de Mullingar, condado de Westmeath, en el centro de Irlanda. Es viuda y madre de tres hijos que la mantienen cuerda, o tal vez mantienen su locura a raya.
Patricia quiso ser escritora desde que leyó a Enid Blyton y Carolyn Keene, y tras la repentina muerte de su marido, decidió refugiarse en la escritura para lidiar con la pérdida. Durante años, asistió a cursos de escritura y se unió al Irish Writers Centre para adentrarse en el mundo literario de forma profesional.
Las chicas robadas es la segunda entrega de la serie protagonizada por la inspectora Lottie Parker después de Los niños desaparecidos, un thriller apasionante que se ha convertido en best seller en Reino Unido, Estados Unidos, Canadá y Australia y que ha hecho de Patricia Gibney la nueva sensación de la novela policíaca internacional.
Lunes por la mañana. Un obrero encuentra el cuerpo sin vida de una mujer embarazada. Ese mismo día, una joven acude con su hijo a la casa de la inspectora Lottie Parker para pedirle ayuda: su amiga ha desaparecido. ¿Podría tratarse de la víctima?
Cuando el mismo obrero descubre otro cadáver, Lottie deberá trabajar día y noche para averiguar qué relación guardan los crímenes. Y, mientras tanto, otras dos chicas desaparecen.
La inspectora Parker está al límite, perseguida por su trágico pasado y luchando por mantener unida a su propia familia. Pero lo que Lottie no sabe es que alguien muy cercano esconde un oscuro secreto para el que no está preparada. ¿Logrará atrapar al asesino antes de que haya más víctimas?
«Excelente.»
Irish Independent
«Con más de un millón de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.»
The Times
El nuevo fenómeno del thriller internacional
Más de un millón de ejemplares vendidos


Portada
Página de créditos
Sobre este libro
Dedicatoria
Prólogo
Capítulo 1
Día uno
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Kosovo, 1999
Día dos
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Kosovo, 1999
Día tres
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Kosovo, 1999
Día cuatro
Capítulo 33
Capítulo 34
Capítulo 35
Capítulo 36
Capítulo 37
Capítulo 38
Capítulo 39
Capítulo 40
Capítulo 41
Capítulo 42
Kosovo, 1999
Día cinco
Capítulo 43
Capítulo 44
Capítulo 45
Capítulo 46
Capítulo 47
Capítulo 48
Capítulo 49
Capítulo 50
Capítulo 51
Capítulo 52
Capítulo 53
Kosovo, 1999
Día seis
Capítulo 54
Capítulo 55
Capítulo 56
Capítulo 57
Capítulo 58
Capítulo 59
Capítulo 60
Capítulo 61
Capítulo 62
Capítulo 63
Capítulo 64
Capítulo 65
Capítulo 66
Kosovo, 1999
Día siete
Capítulo 67
Capítulo 68
Capítulo 69
Capítulo 70
Kosovo, 1999
Día ocho
Capítulo 71
Capítulo 72
Capítulo 73
Capítulo 74
Capítulo 75
Capítulo 76
Capítulo 77
Capítulo 78
Capítulo 79
Capítulo 80
Capítulo 81
Capítulo 82
Capítulo 83
Capítulo 84
Kosovo, 2010
Día nueve
Capítulo 85
Capítulo 86
Kosovo, mayo de 2011
Epílogo
Carta de Patricia
Agradecimientos
Sobre la autora
La oscuridad era lo que más la asustaba. No poder ver. Y los sonidos. El susurro de algo que se escabullía, y luego silencio.
Rodó sobre el costado y, con un gran esfuerzo, trató de sentarse. Desistió. Un susurro. Chirriante. Gritó y el eco le devolvió su grito. Mientras sollozaba, se abrazó el cuerpo con fuerza. Su delgada camiseta de algodón y sus tejanos estaban empapados en un sudor frío.
La oscuridad.
Había pasado demasiadas noches como esa en su propia habitación, escuchando la risa de su madre con otras personas en la cocina, en el piso de abajo. Ahora recordaba esas noches como un lujo. Porque eso no era auténtica oscuridad. Las luces de la calle y la luna arrojaban sombras a través de las cortinas, finas como el papel, lo que hacía que el dibujo de las paredes cobrara vida. Sus muebles pasados de moda se erigían como estatuas en un cementerio mal iluminado. Su ropa, amontonada sobre la silla de la esquina, a veces parecía moverse, cuando los faros de los coches que circulaban por la carretera brillaban a través de las cortinas. ¿Creía que eso era la oscuridad? No. Esto, donde estaba ahora, era lo que de verdad significaba «negro como la boca del lobo».
Deseó tener su teléfono, y la parte de su vida que este contenía: sus amigos virtuales en Facebook y Twitter. Tal vez podrían ayudarla. Si tan solo tuviera su móvil…
La puerta se abrió y el resplandor del pasillo la cegó por completo. Las campanas de la iglesia repicaron en la distancia. ¿Dónde estaba? ¿Cerca de casa? Las campanas callaron. Una risa afilada. La luz se encendió. Una bombilla desnuda osciló en la corriente de aire y vio la silueta de un hombre.
Reculó hasta la pared húmeda mientras arrastraba los talones desnudos por el suelo. Sintió un tirón en el pelo y el dolor surgió de cada folículo de su cabeza. No le importaba. Podía arrancarle el pelo mientras pudiera volver a casa viva.
—Po… por favor…
Su voz no parecía la suya. Sonaba aguda y temblorosa, vacía de su habitual pavoneo adolescente.
La mano áspera, que aún la agarraba del pelo, tiró de ella y la obligó a levantarse. Miró al hombre con los ojos entrecerrados mientras trataba de formarse una imagen mental. Era más alto que ella y llevaba puesto un gorro tejido, de color gris, con dos cortes que dejaban ver unos ojos hostiles. Tenía que recordar esos ojos. Para luego. Para cuando fuera libre. Un impulso de determinación le llenó el corazón. Enderezó la columna y lo miró.
—¿Qué? —rugió él.
Su aliento agrio le revolvió el estómago. Su ropa apestaba como el matadero detrás de la carnicería Kennedy’s, en la calle Patrick. En primavera, los corderitos sucumbían a las balas o a los cuchillos, o a lo que fuera que usaran para matarlos. Ese olor. Muerte. La peste empalagosa se le quedaba pegada al uniforme todo el día.
La chica se estremeció cuando el hombre le acercó la cara. Ahora había algo que la asustaba más que la nada oscura. Por primera vez en su vida, deseó de verdad estar con su madre.
—Deja que me vaya —gritó—. A casa. Quiero ir a casa. Por favor.
—Me haces reír, pequeña.
El hombre se inclinó hacia la chica, tan cerca que su nariz, cubierta por la lana, tocó la de ella y su aliento vomitivo rezumó a través de los puntos del tejido.
La muchacha trató de retroceder, pero no tenía adónde ir. Contuvo el aliento e intentó desesperadamente no vomitar mientras el desconocido la agarraba del hombro y la empujaba hacia la puerta.
—Empieza la segunda parte de tu aventura —dijo, y rio para sí mismo.
La piel de la chica se erizó mientras cojeaba por el pasillo vacío. Techos altos. Pintura desconchada. Unos radiadores de hierro fundido gigantescos agarraban sus pasos titubeantes con sus sombras. Una puerta de madera, alta hasta el techo, bloqueaba su avance. La mano del hombre se deslizó por su cintura y la empujó contra su cuerpo. Ella se quedó paralizada. El hombre se inclinó hacia adelante y abrió la puerta de un empujón.
La obligó a entrar en la habitación, la chica resbaló en el suelo húmedo y cayó de rodillas.
—No, no…
Miró de un lado a otro, frenética. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué era ese lugar? Las ventanas, cubiertas de metacrilato, mantenían la luz del día a raya. El suelo estaba cubierto por un plástico reforzado totalmente empapado; las paredes estaban manchadas de lo que parecía sangre seca. Todo lo que veía le decía a gritos que corriera. En vez de eso, se arrastró. A cuatro patas. Lo único que podía ver frente a sí eran las botas del hombre, embadurnadas de barro o sangre, o de ambos. Él tiró de ella, la puso de pie y la empujó para que se moviera. Ella giró el cuerpo y lo miró.
El hombre se quitó el pasamontañas. A los ojos que solo había visto a través de las rendijas se les unía ahora una boca de labios finos y rosados. La chica lo miró. Su rostro era un lienzo en blanco que esperaba un horror aún por pintar.
—Dime otra vez tu nombre —dijo el hombre.
—¿Qu-qué quieres decir?
—Quiero oírte decirlo —gruñó.
Al atisbar el cuchillo en la mano del hombre, se escabulló y resbaló en el plástico cubierto de sangre antes de caer postrada ante él. Esta vez recibió agradecida la oscuridad y, mientras esta se extendía sobre las diminutas estrellas que parpadeaban detrás de sus ojos, susurró:
—Maeve.
Escribir Las chicas robadas ha sido una experiencia totalmente distinta de la de escribir mi primera novela, Los niños desaparecidos. No podría haberlo conseguido sin el apoyo y el ánimo de tanta gente a lo largo del camino.
Primero, quiero agradecerte a ti, mi lector, que te hayas tomado el tiempo de leer Los niños desaparecidos. Sin ti, mi aventura como escritora sería en vano. A todos los que habéis publicado valoraciones de Los niños desaparecidos, vuestras palabras me han dado la confianza para creer en mi habilidad como escritora.
Al equipo de Bookouture, en especial a mis editoras, Lydia, Jenny y Helen, por vuestro tremendo trabajo al ayudarme a dar forma a Las chicas robadas. Al resto del equipo de Bookouture que ha trabajado conmigo a lo largo del camino, os doy también las gracias.
Un agradecimiento especial a Kim Nash, de Bookouture, por su increíble habilidad para promocionar y publicitar mis libros y por responder a mis emails más necios. Tu contagioso buen humor hace brillar hasta los días más grises. Una mujer increíble.
A mis compañeros autores de Bookouture, sois una gente increíble, y nos apoyamos unos a otros. Me siento honrada de estar entre vosotros.
Gracias a cada bloguero y a cada crítico que ha leído y escrito sobre Los niños desaparecidos.
A mi agente, Gir Nichol, de The Book Bureau, por ficharme y darme tantísimo apoyo.
A mis amigas escritoras, Jackie Walsh, Niamh Brennan y mi hermana Marie, por leer las primeras versiones de Las chicas robadas y por ofrecer comentarios y consejos tan valiosos.
A Grainne Daly, Tara Sparling, Louise Phillips, Jax Miller y Carolann Copeland por apoyarme y animarme siempre.
A Sean Lynch y al equipo del Centro de Artes Mullingar.
A Paula y al equipo de Westmeath County Libraries.
A todos mis amigos del ayuntamiento de Westmeath.
A Westmeath Topic y Westmeath Examiner, por las entrevistas y los artículos.
A Claire O’Brien, de Midlands 103, por las entrevistas y los programas.
A Martin McCabe, John Quinn y Alan Murray, por los consejos en temas policíacos; cualquier error es cien por cien mío. Con el fin de que la historia fluyera, me ha tomado algunas libertades con los procedimientos policiales.
A David O’Malley, por llevarme al campo de tiro ¡y por dejarme disparar armas de verdad! Tengo que volver a hacerlo pronto. ¡Solo para investigar!
A Antoinette y a Jo, por ser siempre mis mejores amigas.
A mi madre y a mi padre, Kathleen y William Ward, a mi hermano y a mis hermanas, por su apoyo inquebrantable y por creer siempre en mí.
A mi suegra, Lily Gibney, y a su familia, siempre detrás de mí.
A mis hijos, Aisling, Orla y Cathal. Me llenáis de orgullo, y ahora tengo a dos adorables nietos, Daisy y Shay, que me hacen tocar con los pies en el suelo cada vez que veo sus preciosas sonrisas.
A Aidan, mi querido esposo, que nunca dudó de que llegaría a ser una autora publicada. Echo de menos tu sabiduría y tus consejos. Pero a veces me llega una señal de que estás a mi lado, que me guías y me proteges. Sé que estás muy orgulloso. Gracias por ser una parte de mi vida. Te echo de menos, pero siempre estás en mi corazón.
Al chico le gustaba la tranquilidad del arroyo que había a medio camino entre su casa y la de su abuela. A pesar del rugido del agua que caía por la ladera de la montaña, el día estaba tranquilo. No se oían disparos ni bombardeos. Miró a su alrededor mientras hundía el cubo en el agua del manantial para asegurarse de que estaba solo. Le pareció oír un coche en la distancia y miró hacia atrás. De la carretera retorcida se alzaba polvo. Alguien venía. Recogió el cubo y el agua se volcó. El chirrido de los frenos y el sonido de unas voces que gritaban hicieron que arrancara a correr.
Cuando ya estaba cerca de casa, dejó el cubo en el suelo y él se cayó y quedó tumbado bocabajo. La gravilla se le clavaba en la piel. Había dejado su camiseta colgada de un clavo oxidado que sobresalía de un bloque de cemento en el lugar donde había estado trabajando con su padre. Habían intentado reparar los daños que las bombas habían causado en la casa de su abuela. El chico sabía que era inútil, pero su padre había insistido. Con trece años ya sabía que no valía la pena discutir. De todos modos, se había alegrado de pasar el día con su padre, sin las charlatanas de su madre y su hermana.
Atravesó la carretera polvorienta arrastrándose con los codos y las rodillas hasta los matorrales altos en el margen. Solo estaba a unos metros de su casa, pero parecían kilómetros.
Escuchó. Oyó una risa seguida de gritos. ¿Mamá? ¿Rhea? ¡No! Suplicó al sol en el cielo despejado. La única respuesta fue el calor que le abrasaba la piel.
Más risas bruscas. ¿Soldados?
Avanzó despacio. Los hombres gritaban. ¿Qué podía hacer? ¿Estaba su padre demasiado lejos para ayudar? ¿Tenía su arma con él?
El chico se acercó sigilosamente. Al llegar a la valla, separó las hierbas altas marrones y se apoyó entre dos postes.
Un jeep verde con una cruz roja pintada en una de las puertas, que estaba abierta. Cuatro hombres. Uniformes de soldado. Las armas colgaban ociosamente sobre sus espaldas. Los pantalones por los tobillos. Nalgas desnudas al aire, estaban follando. El chico sabía lo que estaban haciendo. Habían violado a la hermana de un amigo suyo que vivía al pie de la montaña. Y la habían matado.
Contuvo sus lágrimas inútiles y miró. Su madre y Rhea gritaban. Los dos soldados se levantaron y se acomodaron la ropa mientras los otros dos ocupaban su lugar. Más risas.
Se mordió el puño con fuerza y ahogó los sollozos. Shep, su perro collie, ladraba con fuerza mientras corría histérico alrededor de los soldados. El chico se quedó inmóvil, luego dio un salto y se partió un diente al chocar contra el hueso mientras un disparo resonaba y rebotaba contra las montañas. Se le escapó un grito. Los pájaros salieron volando de los escasos árboles, se unieron como si fueran uno solo y luego se dispersaron en todas direcciones. Shep yacía inmóvil en el patio junto al columpio improvisado, un neumático que su padre había colgado de una rama cuando eran pequeños. Aún eran pequeños, pero ya no jugaban en el columpio. No lo hacían desde que había empezado la guerra.
Los soldados comenzaron a discutir. El chico trató de entender lo que decían, pero no podía apartar los ojos de las figuras desnudas, cubiertas de polvo, aún vivas. Sus gritos se habían convertido en sollozos apagados. ¿Dónde estaba su padre?
Se quedó mirando, como hipnotizado, mientras los hombres se ponían los guantes quirúrgicos. El más alto extrajo una larga cuchilla de acero de una funda anticuada que llevaba prendida de la cintura. Uno de sus compañeros hizo lo mismo. El chico estaba paralizado de terror. Miró absorto cómo el soldado se agachaba detrás de su mamá y la arrastraba contra su pecho. El otro hombre agarró a Rhea. Solo tenía once años. La sangre le caía por las piernas y el muchacho reprimió el impulso de buscar algo con lo que cubrir su desnudez. Se secó las lágrimas silenciosas, se sentía impotente e inútil.
Uno de los hombres alzó el cuchillo, que brilló bajo el sol antes de que lo bajara y rajara con él a Rhea de la garganta hasta la barriga. El otro hombre le hizo lo mismo a su madre. Los cuerpos convulsionaron. La sangre salió a chorros y salpicó las caras de los agresores. Con las manos enguantadas, hurgaron en las cavidades y arrancaron los órganos mientras la sangre les chorreaba por los brazos. Los otros dos soldados les acercaron rápidamente unas cajas de acero. Los cuerpos cayeron al suelo.
Con los ojos abiertos de terror, el chico observó cómo los soldados colocaban rápidamente los órganos de su adorada mamá y de su hermana en las cajas y cómo se reían mientras las cerraban de golpe. Uno se sacó un rotulador del bolsillo y anotó algo en el costado del contenedor con un aire despreocupado y el otro se volvió y dio una patada a Rhea. El cuerpo se estremeció. El hombre miró directamente hacia el lugar donde el chico estaba escondido.
Este contuvo el aliento y clavó sus ojos en los del soldado. Ahora no sentía miedo. Estaba preparado para morir y comenzó a levantarse, pero el hombre fue otra vez hacia sus compañeros. Guardaron las cajas en el jeep, entraron de un salto y regresaron por la carretera de la montaña, levantando una nube de piedras y de polvo hacia el cielo.
No sabía cuánto tiempo llevaba ahí cuando una mano lo agarró del hombro y lo arrastró a un abrazo. Miró a los ojos que mostraban el dolor de un corazón roto. No había oído la carrera frenética ni los gritos enloquecidos. La visión de los cuerpos destripados de su madre y de Rhea se le había grabado como una fotografía en la memoria. Y sabía que no se borraría jamás.
Su padre lo arrastró hasta los cuerpos. El chico miró a los ojos de su madre. Unos ojos que suplicaban la muerte. Su padre sacó su pistola, volvió el rostro de su mujer contra la tierra caliente y le disparó en la nuca. El cuerpo se contrajo. Se quedó quieto.
Su padre lloraba grandes y silenciosas lágrimas mientras se arrastraba hasta Rhea. También le disparó. El chico sabía que ya estaba muerta. No hacía falta la bala. Trató de gritar a su padre, pero su voz se perdió en medio de la confusión.
—¡Tenía que hacerlo! —gritó su padre—. Para salvar sus almas.
Arrastró los dos cuerpos y luego el de Shep dentro de la casa. Con paso decidido, vació apresuradamente un bidón de gasolina dentro de la puerta y lanzó una antorcha encendida hecha de juncos secos. Volvió a coger la pistola y apuntó al chico.
No hubo palabras de miedo ni movimiento. Todavía. El muchacho permaneció inmóvil hasta que vio el dedo de su padre, manchado por el trabajo, temblar sobre el gatillo. El instinto lo hizo correr.
Su padre gritó.
—Sálvate. Corre, chico. No dejes de correr.
Miró hacia atrás por encima del hombro mientras corría y vio a su padre llevar el arma a su propia frente arrugada y apretar el gatillo antes de caer sobre las llamas, que se alzaron con el crepitar de la madera que caía al arder.
El chico contempló desde la valla cómo la vida que había conocido ardía tan brillante como el sol en el cielo. Nadie fue a ayudar. La guerra había hecho que todo el mundo mirara por sí mismo, y supuso que los que vivían en las otras casas a lo largo de la carretera estaban escondidos, aterrorizados mientras aguardaban su propio destino. No podía culparlos. De todos modos, no había nada que pudieran hacer ahí.
Al cabo de un tiempo, el sol se hundió y las estrellas nocturnas brillaron como si todo fuera bien. Sin siquiera una camisa sobre el cuerpo, comenzó el largo y solitario camino de descenso por la montaña.
No sabía a dónde iba.
No tenía adonde ir.
No le importaba.
Caminó despacio, poniendo un pie delante del otro, mientras las piedras atravesaban la blanda suela de goma de sus sandalias. Caminó hasta que le sangraron los pies. Caminó hasta que las sandalias se desintegraron, igual que su corazón. Siguió caminando hasta que llegó a un lugar donde no volvería a sentir dolor nunca más.
Ya estaban otra vez. Agudos y alegres. Alto y tenor compitiendo el uno con el otro, estornino y paloma turca. La mierda de pájaro cayó frente a la ventana abierta y casi acertó sobre el cristal.
—Mierda —dijo Lottie Parker, su taco favorito, sin que se le escapara la ironía. Tiró de la ventana para cerrarla, lo que volvió la habitación aún más calurosa y sofocante, pero todavía los oía. Se dejó caer sobre el edredón húmedo. Otra noche sudando. Cumpliría cuarenta y cuatro el próximo mes, faltaban al menos seis años, esperaba, para la edad en que podría atribuirlo a la menopausia. Así que debía de ser ese calor monstruoso.
Tenía los ojos secos por la falta de sueño, y entonces la alarma de su móvil zumbó.
Hora de irse. Hora de trabajar.
Y Lottie Parker se preguntó cómo sobreviviría a ese día.
* * *
—¿Dónde están mis llaves? —gritó escaleras arriba media hora más tarde.
Nadie contestó.
Desde la catedral situada en el centro de Ragmullin, a un kilómetro de su casa, sonaron ocho campanadas. Llegaba tarde. Volcó el contenido de su bolso sobre la mesa de la cocina: gafas de sol, necesarias; cartera, vacía; tickets de la compra, demasiados; tarjeta bancaria, causa perdida; móvil, sonaría en cualquier momento; Xanax… Ayuda. Ni rastro de las llaves.
Abrió un blíster y se tragó una pastilla pese a haberse prometido a sí misma que no volvería a caer en sus viejos hábitos. Qué diablos, había estado despierta la mayor parte de la noche y necesitaba un chute de algo. Hacía meses que no tocaba el alcohol, así que una pastilla era una buena alternativa. Puede que incluso mejor. Se sirvió un vaso de agua.
Las escaleras crujieron. Unos segundos más tarde, Chloe, su hija menor, entró como una exhalación en la cocina.
—Tenemos que hablar, madre.
Llamaba «madre» a Lottie solo para contrariarla.
—Sí. Pero no ahora —dijo Lottie—. Tengo que ir a trabajar. Si logro encontrar mis llaves.
Rebuscó entre el amasijo de cosas esparcidas sobre la mesa: carné de identidad, cepillo, crema solar, una moneda de dos euros. Ni rastro de las llaves.
—¿Eso es todo lo que tienes que decir?
—Por Dios, Chloe, dame un respiro. Por favor.
—No, madre. No lo haré. Sean va por ahí como un zombi, Katie… no es ella misma, yo estoy fatal y tú te pones como una loca en cuanto tienes que volver al trabajo.
Lottie se quedó mirando a su hija con impotencia y mantuvo la boca cerrada para no decir algo equivocado. Últimamente, cualquier cosa que dijera parecía enfadar a su hija o producirle una pataleta. Y Chloe aún no había acabado.
—Tienes que hacer algo. Esta familia se está derrumbando, ¿y qué hace la señora inspectora superimportante? Volver al trabajo.
Chloe se llevó el pelo, rubio y rebelde, hacia atrás, se lo recogió sobre la cabeza y lo aseguró con una goma. Le sobresalían algunos mechones y unos rizos sueltos le enmarcaban la cara. Lottie se acercó para arreglárselo, pero su hija se apartó.
—Lo estoy intentando —dijo Lottie, y se dejó caer en una silla. Se había pasado los últimos meses tratando de reconstruir su familia después de la tragedia en la que se habían visto sumidos mientras había tratado de resolver su último caso. Pensaba que las cosas estaban mucho mejor ahora. ¿Cuán equivocada estaba?—. Me habéis tenido en casa estos últimos meses. La abuela vendrá más tarde para que la cena esté lista cuando tú y Sean volváis de la escuela. También le echará un ojo a Katie. ¿Qué más puedo hacer? Sabes que tengo que trabajar. Necesitamos el dinero.
—Te necesitamos a ti.
¿Qué podía responder a eso? «Adam habría sabido qué decir», pensó mientras recordaba el don de su difunto marido para encontrar las palabras justas. Pero ya no iba a regresar. En julio se cumplirían cuatro años de su muerte, y a Lottie todavía le costaba estar sin él.
Chloe cogió su mochila.
—Y odio esta ciudad de mala muerte. ¿Qué esperanzas puedo tener de marcharme de aquí? —Salió y cerró de un portazo.
—¿Quieres que te lleve? —gritó Lottie a una sombra.
No tenía las llaves. ¡Mierda! Ahora tendría que ir caminando al trabajo. Pasó la mano por la mesa y tiró al suelo el contenido de su bolso.
Sonó el timbre. Se levantó de un salto y corrió hacia el recibidor.
—¿Qué te has dejado? —preguntó mientras abría la puerta.
No era Chloe.
La chica llevaba un jersey azul oscuro a pesar del calor que hacía esa mañana.
El hombre la siguió, unos buenos cincuenta pasos detrás de ella, y evaluó sus largas piernas. No eran musculosas, pero sí bellamente esbeltas. Llevaba su pelo rubio recogido en un moño descuidado, lo que la hacía parecer más alta y delgada. Bajo el uniforme escolar holgado, tenía los pechos grandes para ser una adolescente. El hombre lo sabía porque la había visto con una camiseta ajustada de manga larga en el bar Danny’s durante el fin de semana. Inadvertido entre el bullicio de cuerpos calientes que derramaba pintas en el patio cervecero, había estado lo bastante cerca para tocarle la parte baja de la espalda, justo encima de las nalgas. Había retirado la mano rápidamente, aunque quería dejarla allí, trazar las vértebras bajo el delgado algodón, permitirle deambular hacia más abajo.
Esa noche llevaba el pelo suelto, largo y voluminoso, y algunos mechones se le apoyaban en la curva de sus pechos. Cada detalle había quedado registrado, almacenado en su mente, para que pudiera regresar a ellos cuando quisiera.
Ahora la chica caminaba despacio y el hombre tuvo que quedarse atrás. Ella subió por la calle Gaol hasta la calle Main. La escuela estaba a otros diez minutos de allí.
El hombre se obligó a concentrarse en el objetivo final. La muchacha necesitaba ser salvada. Porque él sabía por qué llevaba manga larga. Pronto, la joven buscaría en las profundidades de sus ojos y rogaría ser dulcemente liberada de su dolor.
Sonrió con satisfacción mientras la seguía por la calle y la observaba cambiarse la mochila de un hombro a otro. Debía de tener mucho calor ahora; demasiado calor. Perdido en sus pensamientos, casi no la vio frenar y darse la vuelta.
El hombre agachó la cabeza y la adelantó.
Siguió caminando a paso normal. ¿Lo había visto? Una ojeada rápida por encima del hombro para ver por qué se había parado de golpe. Tal vez lo había notado. ¿Lo reconocería como a un peligroso Lucifer o como a un ángel de la guarda? Muy pronto lo sabría.
En el viejo puerto, cruzó la calle y esquivó a las chicas que charlaban frente a la entrada de la escuela. Caminó por la orilla del canal y observó despreocupadamente un enjambre de moscas que merodeaba sobre el agua estancada. Una sombra marrón brillante acechaba en las profundidades…, ¿un depredador en busca de una presa? Sabía que en esas aguas nadaban amenazadores lucios, con sus enormes bocas abiertas y los colmillos rechinando, que atrapaban a confiadas truchas y besugos.
Su excitación se había templado. Por ahora.
Su pececito había escapado. Por ahora.
Pero continuaría merodeando en las sombras y esperaría su oportunidad. Como el lucio con su boca abierta, sabía ser paciente.
Lottie dio un paso atrás y se alejó de la puerta.
La joven que estaba de pie en el escalón era una extraña. Llevaba un pañuelo de seda blanco en la cabeza y un hiyab enmarcaba su rostro demacrado. Un niño pequeño se agarraba con fuerza a su mano. Miró a Lottie con unos ojos marrones asustados. De poco servían la chaqueta agrietada de plástico blanco sobre la blusa de algodón y los tejanos para esconder la delgadez de la mujer. Lottie se fijó en que, pese al calor opresivo, llevaba unas pesadas botas marrones.
—¿Puedo ayudarte? —preguntó Lottie con cansancio.
—Zonje.
—¿Sonja?
La joven sacudió la cabeza.
—Zonje…, señora… —Encogió los hombros.
—Oh. Zonje significa señora. Ahora lo pillo. —Lottie dio un paso adelante y cerró la puerta tras ella—. Mira, ahora no puedo quedarme. Tengo prisa, tengo que ir a trabajar.
La mujer no se movió. Lottie exhaló un suspiro. Lo que le faltaba. Lo próximo sería el comisario Corrigan gritándole por teléfono que fuera al trabajo cagando leches. ¿Estaba la mujer mendigando? Pensó en la moneda que había sacado del bolso. Tal vez eso bastaría.
—Ju lutem… Por favor. —La mujer la miraba implorante y hablaba con un acento suave y marcado.
—No tengo dinero —dijo Lottie. Era casi verdad—. Tal vez luego. —Eso no era verdad.
La joven sacudió la cabeza y levantó al niño en brazos.
—Por favor —dijo—, ayuda.
Suspirando, Lottie dijo:
—Espera aquí.
Regresó dentro y recogió una moneda del suelo. Cuando se dio la vuelta, la mujer estaba de pie detrás de ella. En su cocina.
—¡Por Dios! ¿Qué haces? —Lottie le tendió los dos euros—. Toma, coge esto. —Hizo un gesto con la mano para señalarle la puerta.
La mujer rechazó el dinero, se sacó un sobre arrugado del bolsillo de los pantalones y lo alargó hacia Lottie. Esta negó con la cabeza sin cogerlo.
—¿Qué es eso? —preguntó. ¿Era una de esas notas que pedían dinero? La mañana iba de mal en peor.
La mujer se encogió de hombros y el niño lloriqueó.
Lottie sintió que se le removía un instinto en su interior, acercó una silla y le indicó con gestos a la mujer que se sentara. El niño trepó a sus rodillas y acurrucó la cabeza en el pañuelo de seda.
—¿Qué quieres? —preguntó Lottie mientras recogía sus cosas del suelo y las volvía a meter en el bolso. Le envió un mensaje de texto apresurado al sargento Boyd para decirle que iba a llegar tarde y para pedirle que la cubriera. Una punzada de culpa se le clavó bajo la piel. Antes no había tenido tiempo para su hija y aquí estaba ahora, recibiendo a una extraña. Pero algo le decía que debía escuchar lo que la mujer tenía que decir.
La joven habló rápidamente en una lengua que Lottie no entendía.
—Eh, más despacio —dijo—. ¿Cómo te llamas?
Una negación con la cabeza, un encogimiento de hombros. A Lottie le recordaba a Chloe. ¿Qué edad tenía esa mujer? La miró más de cerca y pensó que debía de estar entre los dieciséis y los veintipocos. Solo era una chiquilla.
—Yo soy Lottie. ¿Y tú?
Sus ojos marrón oscuro parecieron interrogarla por un momento antes de que las manchitas color avellana brillaran, lo que le iluminó el rostro.
—Mimoza. —La chica sonrió y sus dientes blancos brillaron bajo el sol matutino que entraba por la ventana.
«Por fin avanzamos», pensó Lottie.
—Milot. —La chica señaló al niño.
—Vale, Mimoza y Milot —dijo Lottie—. ¿Qué queréis?
Tal vez debería ofrecerles un té. No. Tenía que librarse de ellos lo más rápido posible. Su teléfono sonó. Boyd. Echó un vistazo al mensaje: «Llegas supertarde. Corrigan está que trina». Nada nuevo.
Sean, su hijo de catorce años, entró tranquilamente en la cocina.
—¿De quién es esto? —preguntó. Sostenía un conejo de peluche harapiento con las largas orejas mordidas.
Milot estiró la mano y agarró el juguete.
Sean le revolvió el pelo al niño.
—¿Qué pasa, tío? —Se puso en cuclillas—. ¿Por qué lloras?
El niño se encogió en el pecho de Mimoza y frunció el labio inferior sobre el superior mientras sus deditos acariciaban la etiqueta gastada del conejo.
—¿Puedes jugar con él unos minutos? —preguntó Lottie—. Antes de irte a la escuela. Chloe ya se ha marchado.
Sean asintió y se pasó una pelota de hurling de una mano a la otra.
—¿Quieres jugar a pelota?
El niño buscó la aprobación de su madre con los ojos y la chica asintió. Milot se dejó caer de sus rodillas y siguió a Sean hasta el jardín por la puerta trasera. Lottie se quedó mirándolos. Era la vez en que más había oído hablar a su hijo en un mes. Sonrió a la chica sentada frente a ella. Tal vez, después de todo, haberla dejado entrar serviría de algo.
—¿Hijo? —preguntó Mimoza.
—Sí —dijo Lottie.
—Milot mi hijo —dijo Mimoza.
«Parece demasiado joven para tener un hijo», pensó Lottie.
—Hablo poco. Es difícil explicar a ti. Fácil para mí escribir en mi idioma. —Le acercó el sobre.
Lottie lo miró. Estaba cerrado y tenía unas palabras de un idioma extranjero escritas en el exterior.
—¿Cómo se supone que debo saber qué significa esto?
—Encuentra Kaltrina. Ayuda mí y Milot escapar. Por favor, ¿tú ayudas? —dijo la joven.
—¿Kaltrina? ¿Quién es? ¿Escapar de qué?
—No puedo decir mucho. Yo escribo un poco. ¿Tú lees?
—Por supuesto. ¿Alguien te está amenazando? ¿Dónde vives? ¿Qué le ha pasado a esa tal Kaltrina?
La chica señaló el sobre.
—Todo ahí. Perdón no tu idioma. Yo miedo.
—¿Cómo sabes quién soy? ¿Por qué no has ido a la comisaría?
La chica se encogió de hombros.
—No seguro. ¿Tú ayudas?
Lottie suspiró.
—Veré si puedo encontrar a alguien que me lo traduzca. Eso es todo lo que puedo hacer de momento. —Echó un vistazo al reloj. Iba a llegar terriblemente tarde su primer día de regreso al trabajo después de casi cuatro meses fuera.
La chica captó su mirada, se puso en pie rápidamente y llamó al niño. Sean lo acompañó hasta la cocina. Las mejillas del pequeñín estaban sonrojadas. Mimoza sonrió a Sean, cogió a su hijo de la mano y fue hacia la puerta principal. La cerró tras ella con un suave clic.
—¿Le has sacado algo al niño? —preguntó Lottie.
Sean se encogió de hombros.
—Que se le da muy bien el hurling para ser tan pequeño. —Se dirigió lentamente escaleras arriba, hacia la cavernosa seguridad de su habitación.
—Date prisa, Sean. Vas a llegar tarde al colegio. Y no despiertes a Katie.
Recogió su bolso mientras sacudía la cabeza exasperada, guardó en él el sobre de Mimoza y vio sus llaves colgando del gancho junto a la puerta. Las cogió y salió bajo el sol de la mañana.
Mientras daba marcha atrás para sacar el coche, vio a Mimoza y a su hijo, que caminaban hacia el final de la calle. Antes de que doblaran la esquina, una chica más pequeña se les unió y se cogió del brazo de Mimoza.
Cuando llegó a la intersección con la calle Main, Lottie miró a su alrededor y se fijó en un coche negro que se alejaba del bordillo a gran velocidad. Condujo junto a la fila de coches, se metió entre ellos y desapareció. ¿Alguien había estado esperando a sus misteriosos visitantes?
Encontró un hueco en el tráfico y maniobró para meter el coche en la fila de los trabajadores mañaneros mientras pensaba en Mimoza y en su hijo. ¿Cómo encajaba en el cuadro la otra chica? Tal vez la carta lo explicaría todo.
Hacía demasiado calor para un suéter, pero Chloe había estado tan agitada que no había sido capaz de encontrar la camisa de manga larga del uniforme. Se resignó a sudar todo el día bajo la gruesa prenda de lana.
Se paró frente al parking de Dunne’s Stores, se secó el sudor que le perlaba la frente y sopesó la posibilidad de hacer campana. Un hombre pasó junto a ella y fue consciente de que la miraba de refilón, pero no le prestó atención. El nudo de ansiedad en su pecho amenazaba con explotar. Respiró profundamente unas cuantas veces y continuó colina arriba y saludó a las otras chicas en el camino con una sonrisa firmemente plantada en su sitio.
En el puente sobre el viejo puerto, miró hacia abajo, casi con desinterés, a las aguas verde oscuro del canal, y se dio cuenta de que no podía enfrentarse a la escuela. A solo un mes de los exámenes, sabía que necesitaba estar en clase, pero no podía hacerlo. Hoy no.
El nudo en su pecho se aflojó lentamente mientras caminaba con paso rápido junto al canal, lejos de la incesante cháchara sin sentido de la pandilla congregada frente a las puertas de la escuela. Caminó con ojos ciegos hasta que alcanzó el pequeño puente donde el canal se unía con el suministro. Su padre le había dicho una vez que al río se lo llamaba el suministro porque suministraba agua fresca del lago Cullion para rellenar el canal. Dios, cómo echaba de menos a su padre.
Giró a la izquierda y caminó junto a la orilla del río durante unos minutos antes de sentarse en la hierba alta y perderse en la profundidad y la altura de los juncos. Abrió la mochila y extrajo de su estuche una cuchilla de afeitar envuelta en un suave pañuelo blanco.
Sabía que la vida era cruel. Habían perdido a su padre y luego, hacía unos meses, también Sean había estado a punto de morir. Su hermano pequeño nunca volvería a ser el mismo, marcado por los recuerdos de lo que les había pasado en esa capilla maldita a él y a Jason, el novio de Katie. Katie también estaba herida; aunque trataba de actuar con normalidad, Chloe sabía que sus cicatrices eran profundas.
¿Culpaba Katie a su madre? Chloe esperaba que no, pero no podía librarse de la sensación de que, de algún modo, Lottie tenía la culpa; no había actuado con la suficiente rapidez en el momento de salvar a los chicos, y Jason había muerto.
Chloe siempre lo arreglaba todo, y ahora se sentía impotente. No podía arreglar a su familia. No podía arreglarse a sí misma. No podía arreglar nada. Dio la vuelta a la cuchilla en su mano una y otra vez.
Levantó el rostro hacia el sol brillante y permitió que los rayos le quemaran la cara antes de arremangarse. Escogió una zona inmaculada y hundió el afilado trozo de acero en su piel joven. Un corte lento. No demasiado profundo. No demasiado superficial.
La visión de la sangre roja, burbujeante al principio y fluida luego sobre su palidez, la calmó. Hundió la cuchilla un poco más y sintió el dolor. Luchó contra las lágrimas y se dejó caer sobre la hierba árida.
Los juncos susurraron. Se irguió y miró a su alrededor, pero no oyó nada más. Le pareció que alguien la observaba, pero no vio a nadie. Se bajó la manga, recogió sus cosas y las metió en la mochila. ¿Habían sido imaginaciones suyas? ¿Era solo el ruido de las ratas de agua que buscaban comida entre los juncos? ¡Uf! Se estremeció por el calor y comenzó a caminar por el sendero de gravilla mientras se preguntaba dónde podría esconderse ese día.
Miró su móvil y posteó en el hashtag de Twitter #marcadaparasiempre. La sensación de que alguien la había estado observando se negaba a desaparecer. Se colgó la mochila del hombro y echó a correr.
La estrecha calzada había dificultado el trabajo, pero al menos era una calle de un solo sentido. Los edificios de tres plantas a mano derecha arrojaban una delgada sombra que desviaba los rayos del sol de la mañana.
Había llegado tarde al trabajo, así que tenía que recuperar el tiempo perdido antes de que llegara el jefe. El viernes habían puesto tuberías de agua nuevas y, mientras la obra avanzaba a lo largo de la calle, habían rellenado algunas partes de la carretera con asfalto provisional, mientras que otras solo recibieron un ligero espolvoreado de arcilla cubierto por un panel metálico. «Rápido y simple», había dicho el jefe. Nadie notaría la diferencia. Ahora habían regresado para quitar el material provisional, echar relleno permanente sobre las tuberías y cubrir la carretera de asfalto.
Taladró la arcilla con el martillo neumático; trabajaba tan rápido como podía, pese a que la máquina generaba muchísimo calor. Al alzarse y asentarse el polvo, un destello de azul un poco por debajo de la zanja captó su atención. Paró para secar una solitaria perla de sudor del interior de sus gafas de seguridad y luego apagó la máquina del todo. La dejó caer a un lado, se quitó la protección ocular de plástico y miró. ¿Era algún tipo de animal? No tenía tiempo para eso.
Entonces vislumbró un atisbo de piel pálida y un mechón de pelo negro. Cayó sobre una rodilla, las botas de seguridad lo fijaban al barro resbaladizo, y hundió las manos en la arcilla. La coronilla de un cráneo emergió de la oscura tierra. No pensó en los forenses ni en la policía ni en cualquiera que pudiera querer preservar el área. Frenéticamente, apartó más tierra.
Andri Petrovci no era un hombre miedoso. Había visto muchos cuerpos: gente muerta de hambre, asesinada como animales y quemada en su tierra natal. No debería de haberle chocado tanto este cadáver, pero algo en la piel como de alabastro, manchada ligeramente de verde por la descomposición, y en el pelo negro azabache hizo que unos escalofríos le recorrieran la columna. Y le recordó un suceso que había tratado de olvidar.
Cuando hubo limpiado el último rastro de la tierra que cubría la cabeza, Petrovci se quedó sentado sobre el montón de tierra, ajeno a las bocinas que sonaban, a los gritos incesantes y a la creciente frustración de los conductores atorados por la señal de «Stop/Go» a treinta metros.
Los ojos de la víctima estaban cerrados; la boca, sellada en un diminuto puchero. Su cuello delgado surgía de la tela de algodón azul manchada que lo había alertado en primer lugar.
Unos gritos rabiosos clavaron afiladas esquirlas en su conciencia.
—¡Polaco de mierda! —gritó un hombre que se asomó por la ventanilla de su coche—. Vuélvete a tu país.
Estúpido irlandés ignorante. Él no era polaco. Apretó sus sólidos dedos, cerró los puños y los golpeó contra su frente.
Se oyeron los golpes de las puertas de los coches al cerrarse y unos pasos chapotearon sobre el alquitrán burbujeante. La temperatura era demasiado alta para ser mayo. «Una ola de calor», decían los meteorólogos. Estaba acostumbrado al calor. Estaba acostumbrado a los cuerpos. Estaba acostumbrado a la violencia. Pero esa chica tendida allí, en una tierra no consagrada, abandonada bajo la calle concurrida, le recordó a otra chica, muerta hacía ya mucho tiempo. Esta chica no había muerto hacía mucho. Pese a los primeros signos de descomposición, la imaginó fresca como los pétalos de la flor de cerezo que flotaban desde los árboles hasta la acera y se hundían en el asfalto derretido. Creía que había dejado todo eso atrás. Pero sabía que la muerte no reconoce las fronteras. Te sigue como tu propia sombra.
Volvió a mirar al rostro inmóvil de la chica y, por un momento, se preguntó si sus ojos serían azules.
Hacía más calor dentro de la comisaría que fuera. La inspectora Lottie Parker estiró su alta y delgada figura y alisó su blusa de algodón blanco. Todavía no había señal de que los albañiles estuvieran cerca de acabar su oficina. Tendría que malvivir un poco más en la oficina general.
Abrió la puerta y entró al escenario familiar. Dejó caer el bolso en el suelo, detrás de su escritorio, y echó un vistazo al reloj. Acababan de dar las nueve. Una hora tarde. No era el comienzo que quería. No había ni rastro del comisario Corrigan. Eso era un alivio.
—Habría jurado que lo dejé todo hecho un desastre —dijo mientras miraba con mala cara su escritorio ordenado. Una taza de cerámica nueva con amapolas rojas pintadas a mano alojaba sus bolígrafos.
Le lanzó una mirada al sargento Mark Boyd y arqueó los labios en una pregunta muda.
—Al menos podrías darme las gracias —dijo Boyd, que se giró en la silla mientras sus ojos marrones brillaban como muestra de bienvenida. La camisa se le ceñía a su esbelto cuerpo. No tenía ni una gota de sudor; su aspecto siempre era impecable.
—¿Cómo se supone que voy a encontrar mi contraseña? —Lottie dejó el móvil sobre el escritorio y le dio la vuelta al teclado, donde normalmente tenía el pósit.
—Tendrás que recordarla.
—Ah, estupendo —dijo—. Muchas gracias por toda tu ayuda, Boyd.
Boyd llevaba el pelo oscuro salpicado de gris acerado más corto. Su rostro aún era delgado y tenía pinta de hambriento, y sus orejas sobresalían ligeramente. Lottie abrió un cajón. Estaba lleno de expedientes alineados y codificados por colores. Solo había estado fuera unos meses y el orden de Boyd ya estaba fuera de control.
—Bienvenida de nuevo, inspectora. —Le hizo un saludo burlón—. Yo también te he echado de menos.
Lottie cerró el cajón con un golpe innecesario y encendió el ordenador mientras se estrujaba el cerebro para encontrar la contraseña. Si no podía recordarla cuatro minutos después de escribirla, menos aún tras cuatro meses. Trató de entablar conversación mientras buscaba y preguntó:
—¿Cómo estás después de…?
—La herida se curó rápido —la cortó Boyd—. ¿Mentalmente? Estoy tan mal como siempre.
—Pensaba que la loca era yo. ¿Contraseña?
—Bajo la taza.
Lottie tecleó el número.
—Gracias.
—¿Qué tal las cosas en casa?
—Sean ha vuelto a la escuela. Bueno, va la mayoría de los días. Es una batalla constante. Está yendo a un terapeuta —añadió mientras se pasaba la mano por el pelo, cortado hacía poco.
—Tú también deberías ver a uno —respondió Boyd.
Lottie se encogió de hombros.
—Tú eres mejor que cualquier terapeuta, doctor Phil.
—Mi segundo nombre. —Boyd rio antes de ponerse su máscara de solemnidad—. Te lo digo en serio. Sean es un buen chaval, pero ha pasado por algo muy duro.
—Sí, es verdad. Pero creo que los adolescentes son más resilientes que nosotros, los adultos. —Esperaba que no le preguntara por Chloe y Katie. No quería hablar sobre sus hijos y sus problemas; solo quería enterrarse en trabajo. Ya había estado suficiente tiempo fuera.
Esperaba que Sean y las chicas estuvieran bien sin ella todo el día en casa. Pero no podía quedarse más; los últimos meses habían erosionado lentamente los bordes de su resiliencia. Había un límite de cuántos consejos, coladas y comidas podía ofrecer. Al menos, había quitado a los chicos el hábito de comer comida basura y a domicilio. Hoy quería una vuelta al trabajo en paz. Establecerse con seguridad. Tomárselo con calma.
—Se ha encontrado un cuerpo en la calle Bridge. —El sargento Larry Kirby asomó la cabeza por la puerta, su corpulencia lo siguió un segundo más tarde. Llevaba la camisa de cuadros remangada hasta los hombros y las gotas de sudor chorreaban por su amplia frente. Se echó para atrás la espesa mata de pelo y frenó cuando vio a Lottie.
—Dios, jefa. Bienvenida de nuevo —resolló.
—¿Sandalias? —Lottie se quedó mirándole los pies, enfundados en calcetines blancos.
—Gota —dijo Kirby.
—Pero ¿calcetines blancos con sandalias?
—Yo también te he echado de menos, jefa.
—¿Dónde está Lynch? —preguntó Lottie. La detective Maria Lynch era el otro miembro central de su equipo.