COLECCIÓN POPULAR
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1968 EXPLICADO A LOS JÓVENES
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, 2018
Primera edición electrónica, 2018
Diseño de forro: Laura Esponda Aguilar
Imagen de portada: Soldados conducen a manifestantes
arrestados, Tlatelolco, Ciudad de México,
2 de octubre de 1968 / Foto: Associated Press.
D. R. © 2018, Fondo de Cultura Económica
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ISBN 978-607-16-5863-0 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
I. El México anterior a 1968
II. Cómo eran los jóvenes de 1968
III. Estalla la revuelta
IV. El ejército entra en escena
V. La autonomía universitaria
VI. La manifestación del rector
VII. Díaz Ordaz llama a cerrar filas
VIII. Estudiantes a la ofensiva
IX. La primera manifestación estudiantil
X. La huelga nacional
XI. Los estudiantes en el Zócalo
XII. La hora de las brigadas
XIII. El pueblo se une a los estudiantes
XIV. El movimiento era una fiesta
XV. El verano democrático
XVI. Fracaso humillante del gobierno
XVII. Persecución y terror
XVIII. La manifestación silenciosa
XIX. El ejército toma Ciudad Universitaria
XX. La masacre de Tlatelolco
XXI. Ocaso y final del movimiento
EN MEDIO de la clase, un alumno, Eliseo Bravo, me preguntó:
—Maestro, ¿es posible que surja en el México actual un estallido como el de 1968?
—Imposible —respondí, sin dudar un instante.
—¿Por qué imposible? —me replicó.
—La historia no es circular —dije—, aunque así la concebía el filósofo e historiador italiano Giambattista Vico. Es difícil que un hecho histórico se repita y, cuando sucede tal repetición, como decía Karl Marx, lo que primero fue tragedia se repite después como farsa. Pero, más allá de teorías, hay que decir que el México de 1968 era un país único, dotado de circunstancias materiales y culturales que ya no existen.
—¿Por qué dice usted “un país único”? —insistió Eliseo.
—Bueno, México vivía ese año un momento especial. Recordemos que a principios del siglo XX hubo en el país una revolución; una brutal guerra civil que produjo más de un millón de muertos y que trajo como resultado la instalación de un Estado presidencialista, autoritario y populista. Un resultado lógico, porque ninguna revolución armada produce sistemas democráticos. México pasó entonces a ser gobernado por militares: Álvaro Obregón, Plutarco Elías Calles, Lázaro Cárdenas y Manuel Ávila Camacho. Al principio, el gobierno federal lanzó una serie de reformas sociales, en ámbitos como el educativo y el agrario, que beneficiaron, principalmente, a las masas campesinas; pero, desde 1940 en adelante, los sucesivos gobiernos volvieron la espalda gradualmente al campo y apoyaron el desarrollo urbano y la industrialización. Este viraje se acompañó de un endurecimiento del control político que ejercía el Estado sobre la sociedad.
En seguida, tomó la palabra Estrada, un chico muy inteligente, el más crítico de la clase.
—Maestro, explíquenos, ¿cómo era ese “control político”?
—En la base de todo estaba el partido oficial, creado por los militares que gobernaban el país y que, desde 1945, tomó el nombre de Partido Revolucionario Institucional, el PRI. Era un partido de sectores corporativos y de organizaciones, no de ciudadanos. El PRI integró un sector campesino, la Confederación Nacional Campesina, la CNC; un sector obrero, la Confederación de Trabajadores de México, CTM; un sector para las clases medias, la Confederación Nacional de Organizaciones Populares, CNOP; y un sector juvenil, la Confederación de Jóvenes Mexicanos, la CJM. Frente al PRI no había fuerzas políticas relevantes, porque el Partido Acción Nacional, el PAN, creado en 1939, era entonces muy débil y el partido oficial reunía bajo sus siglas, realmente, a una gran parte de la sociedad. Obsérvese bien: era un partido de organizaciones. Es decir, no agrupaba individualmente a ciudadanos, sino a sus representaciones colectivas. En otras palabras, el partido oficial era una gigantesca y poderosa maquinaria corporativa que ejercía un control político abrumador sobre la sociedad. ¿Quién era el líder de ese poder inmenso? Había un líder convencional, desde luego, pero el verdadero líder de ese partido era el presidente de la República, a quien la Constitución ya otorgaba un poder desmesurado.
Fue entonces cuando intervino Mónica Arvizu.
—Maestro, entonces ¿no había elecciones libres?
—Formalmente sí, había elecciones libres. El derecho a votar se ejercía. Lo que ocurría, sin embargo, era que en cada elección, toda vez que no tenía oponentes, el partido oficial arrasaba y obtenía invariablemente la mayoría de votos. Los pequeños partidos de oposición no la pasaban fácil. Desde los años treinta, el gobierno creó una oficina de inteligencia para reunir información sobre los opositores al gobierno, y en 1947 comenzó a operar la tristemente célebre Dirección Federal de Seguridad, que persiguió implacablemente a militantes del PAN y de otras organizaciones políticas opositoras menores, pero que tenían orientación radical, como fue el caso del Partido Comunista Mexicano. A través de esa instancia gubernamental, se persiguió igualmente a líderes y militantes de grupos sindicales, campesinos y juveniles disidentes.
—¿No había huelgas? —preguntó Bracamontes.
—Bueno —respondí—, cuando estallaba alguna huelga encabezada por líderes no priistas, es decir, independientes, y que éstos se negaban a aceptar (transar) las condiciones que ofrecían las empresas, el gobierno, sin rodeos, las reprimía utilizando no sólo la fuerza policiaca, sino también al ejército. Así ocurrió en 1958, con el movimiento ferrocarrilero que dirigió Demetrio Vallejo. En esa ocasión, la huelga fue aplastada con la intervención de miles de soldados, y su líder, encarcelado, juzgado y sentenciado a una pena de más de diez años de cárcel. En otras palabras, México no era un país democrático ni libre. Era un régimen autoritario, aunque algunos han llamado a ese régimen de “autoritarismo benévolo” (Octavio Paz lo denominó “ogro filantrópico”), porque era represivo al tiempo que tenía políticas sociales fuertes en materias de educación y salud, por ejemplo.
En ese momento, Estrada hizo una acotación.
—Entonces, era una dictadura.
—No, no era dictadura —respondí—. Pero, sí era un sistema autoritario. Había una libertad restringida. No obstante, cuando el gobierno enfrentaba alguna fuerza, social o política, que escapaba a su tutela, no dudaba en reprimir. La historia de la represión es extensa: en 1942 se reprimió a los obreros de la industria militar y a los estudiantes del Instituto Politécnico Nacional (IPN); en 1946 se aplastó a los ferrocarrileros; en 1952, la fuerza pública reprimió una reunión de opositores que se realizaba en la Alameda; en 1956, la tropa entró al internado del IPN; entre 1958 y 1960, se reprimió a ferrocarrileros, electricistas, maestros, trabajadores postales y otros grupos de trabajadores; en 1962, el ejército asesinó al líder campesino Rubén Jaramillo; en 1964, militares fusilaron a campesinos en un pueblo remoto de Guerrero; en 1966, el ejército ocupó la Universidad Michoacana, etcétera. Se reprimía cualquier expresión colectiva que trastornara el orden.
Una nueva pregunta de Estrada dio un viraje a la conversación.
—Dejando atrás la política, díganos, ¿cómo vivían los jóvenes en 1968?
—Hay que definir primero de qué jóvenes hablamos. Si hablamos de estudiantes de educación superior, nos estamos refiriendo a hijos de la clase media, la cual, para entonces, había crecido mucho. En realidad, la economía del país vivía una época de prosperidad, el crecimiento anual era de más de seis por ciento del producto interno bruto, lo cual benefició, principalmente, a las ciudades y a las clases medias. El acceso a la educación superior había crecido también. Había instituciones excelentes; la Universidad Nacional Autónoma de México, la UNAM, inauguró la Ciudad Universitaria en 1954, y esas instalaciones se convirtieron en orgullo nacional. No perdamos de vista esto: con el crecimiento demográfico, la industrialización y la urbanización, el país estaba cambiando aceleradamente. Pero, desde entonces, era perceptible que el modelo político y cultural que se trataba de imponer desde el Estado era una camisa de fuerza para la sociedad.
—¿Cómo es eso, maestro? —preguntó Eliseo.
—Era un sistema político muy rígido, lo cual le impedía enfrentar cara a cara a la disidencia. El gobierno quería controlar todo. La educación que impartían las escuelas no promovía la libertad, sino el nacionalismo y la obediencia; los medios de comunicación estaban bajo estricta supervisión del gobierno; los sindicatos eran tutelados por líderes corruptos, subordinados al poder, los llamados líderes “charros”; la familia tenía una estructura patriarcal, es decir, sometida a la autoridad paterna.
En este punto intervino Dulce, la más estudiosa de mis alumnas.
—¿Y los jóvenes, maestro? ¿Eran felices?
—Los jóvenes de clase media vivían en medio de contradicciones: sus padres, en muchos casos, provenían del campo, pero ellos habían crecido en la ciudad, asimilando valores distintos a los de sus progenitores. Existía un conflicto generacional. La juventud buscó emanciparse del autoritarismo. En los años sesenta surgió la “rebeldía sin causa”; aparecieron las pandillas, apareció el rocanrol y llegaron los Beatles; los jóvenes comenzaron a usar el pelo largo. Crecieron los desacuerdos entre padres e hijos, pero no encontraron salida funcional y se proyectaron fuera del ámbito familiar como una invisible tensión social.
—Pero los jóvenes no eran violentos, ¿no es cierto? —preguntó Eliseo.
—No lo eran. Excepto en ciertas zonas de la capital donde existían pandillas medio facinerosas que se enfrentaban entre ellas o que peleaban, excepcionalmente, con la policía. Otro ámbito donde surgían, a veces, estallidos de violencia eran las escuelas vocacionales del Politécnico o las escuelas preparatorias de la UNAM, donde existían “porras”, esto es, grupos pandilleriles de estudiantes que, por lo general, estaban bajo las órdenes de algún político o funcionario educativo.
OBSERVÉ que a mis alumnos les interesaba saber más acerca de la juventud de entonces, sus costumbres, su situación, etcétera, de modo que comencé a abundar sobre ese tema.
—Los jóvenes o, para ser más preciso, los estudiantes de aquella época, no estaban tan politizados como a veces se piensa. Eran “chicos fresa”, es decir, “hijos de papá”. Es verdad que en la UNAM, sobre todo, habían proliferado grupúsculos de izquierda: comunistas, trotskistas, maoístas y espartaquistas, entre otros. Eran pequeños, aunque a veces hacían mucho ruido. Las grandes masas de estudiantes nada sabían de política. De ese modo, el estallido de la protesta estudiantil de 1968 fue como un rayo en cielo sereno o como un balazo en catedral. Algo inesperado.
En ese punto, intervino Estrada.
—Profe, ya existía la televisión, ¿no es cierto?
—Pues sí, la televisión existía desde mediados de la década anterior, pero no era tan “juvenil” como lo es ahora. La programación era más seria, estaba pensada para una audiencia principalmente de adultos. Lo que estaba de moda entre la juventud era el rocanrol y en la radio se escuchaba mucho a Elvis Presley, los Beatles, y comenzaban a tener mucho éxito los grupos mexicanos: los Teen Tops, los Rebeldes del Rock, los Black Jeans.
Y Mónica dio un nuevo giro a la conversación.
—Y los chicos, ¿eran románticos?
—Vaya, no sé contestar bien. Eran adolescentes a quienes les gustaban las chicas, como en todas las épocas. En la universidad se podía observar a las parejas paseando por el campus, como sucede ahora, supongo que los muchachos eran tan románticos como lo son actualmente.
—Pero entonces no había píldora —dijo Estrada.
—En efecto, los anticonceptivos apenas comenzaban a comercializarse. Las relaciones amorosas eran, por lo mismo, muy contenidas y pocas veces culminaban en el acto sexual. Se temía mucho al embarazo. En muchas familias de clase media existía la costumbre de que el novio pidiera permiso a los padres para visitar a su hija y, una vez que los padres accedían, se fijaba un día y una hora para que el novio visitara a la novia en casa de ésta. Cuando llegaba el día, los novios se reunían en la sala de la casa a platicar y a acariciarse, pero no estaban solos porque los padres de la novia designaban a otro miembro de la familia para que estuviera en la misma sala durante todo el tiempo que duraba la visita. Se esperaba que la presencia de este tercer personaje, al que se llamaba irónicamente “chaperón”, impidiera que los novios se propasaran en las caricias.
Estrada, que me observaba con concentrada atención, tomó la palabra para hacerme una pregunta.
—¿Qué leían los estudiantes de 1968?
—Bueno, en esos años, ya circulaba Cien años de soledad, que se publicó por primera vez en 1967; pero, se leía mucho más a autores europeos como Albert Camus, Jean-Paul Sartre, Hermann Hesse, Curzio Malaparte y algunos mexicanos que ya eran célebres como Carlos Monsiváis, Octavio Paz y Carlos Fuentes. En 1968 estaba en su momento la llamada “literatura de la onda” en la cual sobresalía José Agustín. Aunque, para ser objetivos, debo decir que los estudiantes de 1968, como los de ahora, no eran grandes lectores. Lo que, en cambio, seducía y arrastraba a esos jóvenes, eran los deportes. En 1968 el futbol americano estaba entre los deportes preferidos de los estudiantes; los clásicos Poli-UNAM abarrotaban el estadio universitario y dejaban huella perdurable entre los alumnos. Sin embargo, el futbol sóccer no se quedaba atrás. En realidad, la televisión convirtió al futbol sóccer en el deporte nacional. En la UNAM se practicaba todo tipo de deportes y existían instalaciones adecuadas para ello. Recuerdo bien que muchos de mis compañeros de generación practicaban el atletismo.
En ese momento, la conversación tomó un giro imprevisto porque Dulce me interpeló y pidió que regresáramos al tema del movimiento estudiantil.
—¿Qué más puedo decirles sobre el origen del movimiento? Como les dije, el autoritarismo del Estado se expresaba cuando surgía alguna manifestación política independiente del PRI y del gobierno priista. En ese momento, las autoridades acudían a la fuerza de manera implacable. Por ejemplo, cuando los estudiantes universitarios, que eran los más politizados, realizaban manifestaciones de carácter político, casi siempre eran reprimidos. Por ejemplo, en 1965 los estudiantes de la UNAM realizaron una manifestación para protestar contra la guerra de Vietnam y el gobierno lanzó contra ellos a miles de granaderos y policías vestidos de civil y les propinó una golpiza. Pero el autoritarismo se expresaba también en la cultura. Por ejemplo, había películas prohibidas, como Los olvidados de Luis Buñuel o La sombra del caudillo de Julio Bracho, y su proyección en salas de cine estaba proscrita por el gobierno. La primera de estas películas exhibía la miseria humana en los suburbios de la capital y la segunda era una crítica a los caudillos de la Revolución mexicana. En una ocasión, en un teatro de la avenida Reforma se montó una obra en la cual una actriz de moda de la época cruzaba desnuda el escenario y no bien comenzó la representación cuando, ante el estupor del público, irrumpió en la sala un contingente de granaderos y se suspendió la puesta en escena de la obra. Hay más ejemplos. El gobierno prohibió Los hijos de SánchezPolítica
Estrada, el más informado de mis alumnos, me interrumpió para abrir una nueva perspectiva en el tema de nuestra conversación.
—Maestro, ¿qué influencia tuvo el movimiento estudiantil de Francia, que tuvo lugar en el mes de mayo, sobre el movimiento estudiantil de México? ¿Los estudiantes mexicanos imitaron a los franceses?
—Gracias por recordármelo, Estrada. Me olvidé de hablarles de las circunstancias internacionales. En 1968 hubo en muchas partes del mundo expresiones de protesta de jóvenes, principalmente estudiantes, en Estados Unidos, Japón, Inglaterra, Checoslovaquia, Francia y Uruguay, entre otros países. Fue el año de la rebelión juvenil en el mundo.