ANTOLOGÍA POÉTICA
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
Primera edición, FCE Chile, 1994
Segunda edición, FCE México (Tierra Firme), 1995
Tercera edición (Conmemorativa 70 Aniversario), 2005
Cuarta edición (Poesía), 2011
Quinta reimpresión, 2018
Primera edición en libro electrónico (Conmemorativa 70 Aniversario), 2012
Segunda edición en libro electrónico, 2018
D. R. © 1994, Fondo de Cultura Económica
Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14738 Ciudad de México
Comentarios: editorial@fondodeculturaeconomica.com
Tel. (55) 5227-4672

Diseño de interiores y portada: León Muñoz Santini
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra, sea cual fuere el medio. Todos los contenidos que se incluyen tales como características tipográficas y de diagramación, textos, gráficos, logotipos, iconos, imágenes, etc., son propiedad exclusiva del Fondo de Cultura Económica y están protegidos por las leyes mexicanas e internacionales del copyright o derecho de autor.
ISBN 978-607-16-5890-6 (ePub)
Hecho en México - Made in Mexico
Prólogo, Guadalupe Flores Liera
I. Horal [1950]
II. La señal [1951]
III. Adán y Eva [1952]
IV. Tarumba [1956]
V. Diario semanario y poemas en prosa [1961]
VI. Yuria. Algunos poemas [1967]
VII. Maltiempo. Algunos poemas [1972]
VIII. Poemas sueltos [1951-1991]
IX. Algo sobre la muerte del mayor Sabines [1973]
Bibliografía
Cronología
Índice
Sumario
Prólogo, Guadalupe Flores Liera
I. Horal [1950]
El día
Horal
Lento, amargo animal…
Sombra, no sé, la sombra…
Vieja la noche, vieja…
Yo no lo sé de cierto, pero supongo…
Me gustó que lloraras…
Es la sombra del agua…
La Tovarich
Uno es el hombre…
Sitio de amor, lugar en que he vivido…
Entresuelo
Miss X
Mi corazón emprende de mi cuerpo a tu cuerpo…
Nada. Que no se puede decir nada…
El llanto fracasado
Así es
Los amorosos
II. La señal [1951]
III. Adán y Eva [1952]
IV. Tarumba [1956]
Prólogo
Tarumba…
A la casa del día entran gentes y cosas…
Ay, Tarumba, tú ya conoces el deseo…
La mujer gorda, Tarumba…
En este pueblo, Tarumba…
A caballo, Tarumba…
Oigo palomas en el tejado del vecino…
Si alguien te dice que no es cierto…
¿Qué putas puedo hacer con mi rodilla…?
Sobre los ojos, sobre el lomo, cae…
Estos días, iguales a otros días de otros años…
Lo que soñaste anoche…
Quién sabe en qué rincón del trago…
Te puse una cabeza sobre el hombro…
¡Aleluya!…
Esto es difícil…
La primera lluvia del año moja las calles…
Amanece la sangre doliéndome…
Miras pasar, Tarumba, el río del mundo…
Quebrado como un plato…
Va a ser varón porque la madre tiene el vientre pronunciado…
Solamente de vez en cuando, o a diario…
Corriendo de una antorcha a otra…
Mientras como un rábano y tomo una cerveza…
¡Qué alegría del cuerpo liberado, Tarumba…!
Después de leer tantas páginas que el tiempo…
Sólo en sueños…
¡En qué pausado vértigo te encuentras…!
Ahí viene un galope subterráneo…
Cabalabula nuevamente…
En medio de los remolinos, Tarumba…
Quiero que me socorras, Señor, de tanta sombra…
Le vendí al diablo…
Duérmete, mi niño, con calentura…
V. Diario semanario y poemas en prosa [1961]
Así, como este anochecer, me siento…
La preocupación de uno bajo la lluvia…
Dice el radio que los Estados Unidos…
La tarde del domingo es quieta en la ciudad evacuada…
Te quiero a las diez de la mañana…
La procesión del entierro…
¡Si uno pudiera encontrar…!
Me alegro de que el sol haya salido…
Dice Rubén que quiere la eternidad…
No quiero convencer a nadie de nada…
Ocurre que la realidad…
Leyendo a Tagore…
¿Es que hacemos las cosas sólo para recordarlas?…
Si hubiera de morir…
Me gustan los aletazos de la lluvia…
Tengo las amígdalas maduras…
Las anginas te tumban como una pulmonía…
Soy mi cuerpo…
¿En qué callejón…?
En el estadio de la ciudad…
El sol no apareció por ningún lado…
¿Tiene uno, como la naturaleza…?
A medianoche…
En la estación de los ferrocarriles…
Hay un modo…
Dentro de poco vas a ofrecer…
Con la flor del domingo…
VI. Yuria. Algunos poemas [1967]
Juguetería y canciones
Un personaje
Barriga vacía: corazón ligero…
Espero curarme de ti…
¡Qué costumbre tan salvaje…!
En el saco de mi corazón…
Nada de ayer, nada de mañana…
Si sobrevives, si persistes, canta…
Quise hacer dinero…
Cuando tengas ganas de morirte…
Digo que no puede decirse el amor…
Habana Riviera
Amor mío, mi amor, amor hallado…
Tú eres mi marido y yo soy tu mujer…
Autonecrología
Vuelo de noche
Me dueles…
Va a venir, yo sé que vendrá…
Dios bendiga a sus hijos desamparados…
¡Abajo! viene el viento furioso…
Canonicemos a las putas…
Cantemos al dinero…
Dejé mi cadáver…
Es la hora del atardecer…
Si pudieras escarbar en mi pecho…
VII. Maltiempo. Algunos poemas [1972]
Doña luz
Juguetería y canciones
Buenos días, memoria terca…
Mi corazón nocturno se levanta…
Carretón de la basura…
Las hormigas…
Hay dos clases de poetas modernos…
Aquel muchacho tenía, de verdad…
No escuché los pasos del gato…
Me preocupa el televisor…
Sobre el asfalto…
Las sirenas de los barcos…
Después de recorrer…
Collage
Próximo, en la noche, un poco al margen…
Maltiempo
Hace tres días…
Gira por su Ecuador empobrecido…
La sensatez y la cordura…
Fui a la casa de empeños…
He repartido mi vida inútilmente…
VIII. Poemas sueltos [1951-1991]
Tu cuerpo está a mi lado…
Mi corazón me recuerda que he de llorar…
Me tienes en tus manos…
Tú tienes lo que busco, lo que deseo, lo que amo…
Codiciada, prohibida…
Casida de la tentadora…
No es que muera de amor, muero de ti…
He aquí que tú estás sola y que estoy solo…
El paralítico…
La enfermedad viene de lejos…
Poemas de unas horas místicas
Julito
Canciones del pozo sin agua
Paréntesis
No es nada de tu cuerpo…
He aquí que estamos reunidos…
Mi cama es de madera…
Ahora puedo hacer llover
Rescoldos de Tarumba
Ando buscando a un hombre que se parezca a mí…
Desde los cuerpos azules y negros…
Mi Dios es sordo y ciego y armonioso…
Aquí, alma mía, te dejo…
Otros poemas sueltos
El peatón
Pensándolo bien
La luna
Recado a Rosario Castellanos
En serio
Veremos
Tu nombre
La cama
Ahora
Reencuentro
La droga
Sísifo
La esfinge
Familia
Caballos de fuerza
El gato loco
¿Nocturno?
La más pequeña de mis hijas…
¡Aleluya, la madre! ¡Aleluya el tiempo!…
El que se quedó sin dientes…
Las tres de la mañana, ¿de qué día?…
Preocupación de Job
¿Cómo puede decirse un amanecer en Comitán…?
IX. Algo sobre la muerte del mayor Sabines [1973]
Primera parte
Segunda parte
Bibliografía
Cronología
GUADALUPE FLORES LIERA
Sin la poesía de Jaime Sabines la literatura en México definitivamente no sería lo que es. Estación obligatoria, si se quiere entender todo lo que ha sido escrito después de haber publicado él sus libros.
La crítica se resistió casi siempre a su seducción: a veces el beneplácito ante lo nuevo; otras, la displicencia, la sorpresa, cuando no la exasperación, fueron la respuesta que algunos de los estudiosos le depararon. No así sus lectores: la recomendación de boca en boca, el entusiasmo casi fervor, la entrega incondicional, lo convirtieron en autor de libros agotados, de innumerables reediciones y traducciones, capítulo en todas las antologías, presencia necesaria de todas las revistas literarias: compañero ausente de todas las pláticas.
El poeta que escribe como un acto de afirmación en el mundo —que quiere convencernos de que es un hombre común y corriente, sólo que con un poco menos de piel— podría llenar todo un estadio y no faltaría nadie a la invitación: los de siempre y los que se han ido agregando acudirán llamados por la convicción de que esa poesía fue escrita con dedicatoria especial para cada uno. Quien lo lee por primera vez no lo abandona nunca, convencido de que ha sido deletreado.
En efecto, desde hace más de tres décadas Jaime Sabines sorprende y conmueve, aparece con cada libro como una nueva ráfaga y lo transforma todo. Se le puede comparar con los estados de ánimo más profundos y radicales, con las experiencias límite, lo único que no se puede es pasar a la línea siguiente sin haber advertido esa corriente de luz o de dolor, de ternura o de alegría, de conmoción o ironía que lo ha penetrado todo para metamorfosearlo, que lo despoja a uno de su máscara de lector y lo convierte en un hombre frente a otro hombre, en la desnudez de la palabra hecha verdad.
Su poesía es esa llamada de atención que advierte sobre lo apenas visto, que descubre y deslumbra respecto de todo aquello que concierne a los habitantes del mismo tiempo y el mismo espacio, pero que tiene la virtud de ser comunicado como si fuera la primera vez.
Nacido en el estado de Chiapas, en el sureste de México, en 1926, Jaime Sabines pertenece a ese grupo de escritores que de tanto querer transformar la realidad, transforman primero la literatura; quién sabe si con la confianza en que atreviéndose a afrontar de cara a la verdad y en nombrarla avasallando con ello todas las mitologías y todas las sublimaciones, el paso del dicho al hecho se acorte para volverse la revelación de una nueva posibilidad de la vida.
Francotirador de las letras, llamó Fernández Retamar a esta voluntad de afrontar la creación como una necesidad casi fisiológica y ontológica y, simultáneamente, como una imposición de hablar sólo desde la experiencia, sin ponerse como meta la construcción de un mundo ideal, sino el descubrimiento de las potencialidades que convierten a la tarea en el mundo de ser hombres en un acto de dignidad.
Para Sabines la escritura es nada más un testimonio de lo que pasa, jamás un acto premeditado. Es un acontecimiento humano que se encuentra en todos los escenarios: la calle, la escuela, el parque, el burdel, el hospital, el cine, la habitación, donde la vida ocurre igual que la poesía, impúdica, sorpresivamente, a todas horas.
En 1950 con Horal asombró desde el título, pero su obra sólo ha sido la continuidad de sí misma a través de los años y ese libro fue recibido como un distinto oxígeno que resaltaba en su particularidad. Singular porque no pretendía llamar la atención mediante los recursos del intelecto, sino que era claro, lejano al estereotipo, y no buscaba manifestar prioritariamente un credo, sino ahondar en la intuición de que todo es poesía en el mundo.
Desde entonces, Sabines ha transitado siempre por el mismo camino y le han salido al paso el amor, la vida y la muerte en todas sus infinitas manifestaciones. Pero como el condenado que bebió una vez una droga y no pudo dejarla nunca, la poesía le puso otros ojos para ver y le arrancó la piel para que sintiera aun el doloroso peso de una pluma, lo que lo obliga a dejar constancia de todo, y a asumir incluso la culpa por escribir del amor, de la intimidad y del encuentro sexual, de la muerte que es hachazo y pérdida irreparable, del sustraerse de la dicha de contemplar un árbol que reverdece para ponerse a hablar del campo, y de todo lo que significa, en fin, sentirse un escribano a sueldo de la vida, sin posibilidad de distracción, sino debiendo asumir en toda su desgarradura el destino de un señalado a existir en el mundo, que descubre para otros los vericuetos de su intimidad y las verdades que la experiencia le ha ido develando. Receso en la vida, la escritura es para Sabines una forma de que ésta no se desvanezca.
Así, consiguió devolver a la poesía al lugar en donde se produce, que es la vida de todos los días, y la hizo hablar en el idioma de la cotidianidad. Le devolvió al lenguaje la sangre y el alma que decenios de academicismos y oficialismos le habían arrebatado y contribuyó a que los conceptos de escritura en México sean hoy día otros. Está firmemente convencido de que si la literatura no le habla al hombre acerca de lo humano, si no sabe encontrar sin artificios el camino de su corazón, entonces carece de función y de razón de ser.
Pero no bastan las palabras de cada día para crear un poema, si éste no lleva el contenido de vida que pueda dejarle al hombre testimonio de sus días sobre la tierra.
Complejo de emociones, palabras y sentimientos, la poesía, como la vida, debe ser sólo una forma de ejercer la libertad, en medio de las alegrías, esperanzas, dolores y el amor que reparte a todos por igual la existencia.
Para Sabines no hay grandes temas, cualquier hecho en el que caben todas las cosas de lo humano es ya por esto abordable, y si hay reincidencias es sólo porque la vida misma le va trayendo esos asuntos, se los va imponiendo, transformándose en fluido de palabras que llegan cuando no puede contenerse más ese complejo emotivo y hace falta crear el puente con los otros hombres, como un acto simple de confesión que confirma la fe en el prójimo y en uno mismo.
Hombre con gloria, con infierno y con dolor humano, como él se ha descrito, ve en la poesía la posibilidad de salvarse de sí mismo, de poder decirlo todo, y afirmar su libertad en el descubrimiento de que la vida está por delante y antes que todo. Y que estar en ella de pie cuesta trabajo. Más aún cuando la aventura del poeta es optar por la honradez humana en un tiempo deshonrado, como afirmó al recibir en 1959 el Premio Chiapas.
Una literatura donde el hombre se reconozca: canto o lamento, queja o protesta, grito o balbuceo, Jaime Sabines ha dicho también que el poema debe ir siempre oscuro del hombre, gloriosamente, y que toda arte poética debe estar subordinada al arte humano, al arte de vivir.
Quizá por esto mismo, en 1956, Tarumba significó más que el colmo para la crítica. Bien acogido por su acento renovador, quedaba sin embargo el desconcierto de la angustia y la desesperación vueltas palabras, casi pedrada sobre un espejo. El sarcasmo, el cinismo, el descubrimiento de las heridas y el lenguaje del exabrupto descubrían una juventud inconforme y en choque con su entorno, pero su “terrible sinceridad”, como fue llamada, puso a la crítica en estado de alerta frente a un poeta que a fuerza de sorprender dejaba sin palabras a sus interlocutores. Una cosa, sin embargo, quedaba clara, que la poesía había dado un giro y que había un escritor joven, vivo, que conocía muy bien el precio de estar en la vida y que al afirmarse en la escritura, afirmaba al mismo tiempo su ser en el mundo.
Alguien ha dicho que Jaime Sabines estuvo esperando a sus lectores más de treinta años. Que él, que nació maduro ya desde sus primeras publicaciones, debió esperar una generación para ser comprendido, y que éste es el destino de los innovadores. Hoy, el veredicto es unánime: que Sabines es un gran poeta, que ha sobrevivido al peso de los años y a los cambios de cada día. O, como ha escrito José Emilio Pacheco, se trata de uno de los escasos poetas mexicanos que verdaderamente ha hecho una obra, y muchos de sus poemas están entre los grandes de su lengua y de su siglo.
De este poeta del estar-aquí, que devuelve al lector a su mundo concreto —a su dimensión de criatura en el mundo y en el tiempo—, que asume por igual el dolor y la muerte, el sufrimiento y el goce, sólo puede afirmarse una cosa: que sin él —juntos el autor y el hombre— no sólo la literatura en México, incluso quizás la vida literaria no serían lo mismo; pero tampoco sus lectores.
Este libro no es sino el lugar del encuentro, el sitio de donde emerge todo el pequeño, el inmenso territorio del hombre convencido de que alegría y dolor son su tarea.
México, 18 de febrero de 1994
Y será como el que tiene hambre y sueña, y parece que come, mas cuando despierta, su alma está vacía…
ISAÍAS, 29, 8
Amaneció sin ella.
Apenas si se mueve.
Recuerda.
(Mis ojos, más delgados,
la sueñan.)
¡Qué fácil es la ausencia!
En las hojas del tiempo
esa gota del día
resbala, tiembla.
El mar se mide por olas,
el cielo por alas,
nosotros por lágrimas.
El aire descansa en las hojas,
el agua en los ojos,
nosotros en nada.
Parece que sales y soles,
nosotros y nada…
LENTO, amargo animal
que soy, que he sido,
amargo desde el nudo de polvo y agua y viento
que en la primera generación del hombre pedía a Dios.
Amargo como esos minerales amargos
que en las noches de exacta soledad
—maldita y arruinada soledad
sin uno mismo—
trepan a la garganta
y, costras de silencio,
asfixian, matan, resucitan.
Amargo como esa voz amarga
prenatal, presubstancial, que dijo
nuestra palabra, que anduvo nuestro camino,
que murió nuestra muerte,
y que en todo momento descubrimos.
Amargo desde dentro,
desde lo que no soy,
—mi piel como mi lengua—
desde el primer viviente,
anuncio y profecía.
Lento desde hace siglos,
remoto —nada hay detrás—,
lejano, lejos, desconocido.
Lento, amargo animal
que soy, que he sido.
SOMBRA, no sé, la sombra
herida que me habita,
el eco.
(Soy el eco del grito que sería.)
Estatua de la luz hecha pedazos,
desmoronada en mí;
en mí la mía,
la soledad que invade paso a paso
mi voz, y lo que quiero, y lo que haría.
Éste que soy a veces,
sangre distinta,
misterio ajeno dentro de mi vida.
Éste que fui, prestado
a la eternidad,
cuando nací moría.
Surgió, surgí dentro del sol
al efímero viento
en que amanece el día.
Hombre. No sé. Sombra de Dios
perdida.
Sobre el tiempo, sin Dios,
sombra, su sombra todavía.
Ciega, sin ojos, ciega,
—no busca a nadie,
espera—
camina.
VIEJA la noche, vieja,
largo mi corazón antiguo.
¡Qué de brazos adentro
del pecho, fríos,
se mueven y me buscan,
viejo amor mío!
La noche, vieja, cae
como un lento martirio,
sombra y estrella, hueco
del pecho mío.
Y yo entretanto, ausente
de mi martirio,
entro en la noche, busco
su cuerpo frío.
No hay luna, locos,
desde hace siglos.
Sólo un breve milagro
cuando hace frío.
Me busca, viejo, el llanto,
y, sombra, río.
YO NO lo sé de cierto, pero supongo
que una mujer y un hombre
algún día se quieren,
se van quedando solos poco a poco,
algo en su corazón les dice que están solos,
solos sobre la tierra se penetran,
se van matando el uno al otro.
Todo se hace en silencio. Como
se hace la luz dentro del ojo.
El amor une cuerpos.
En silencio se van llenando el uno al otro.
Cualquier día despiertan, sobre brazos;
piensan entonces que lo saben todo.
Se ven desnudos y lo saben todo.
(Yo no lo sé de cierto. Lo supongo.)
ME GUSTÓ que lloraras,
¡Qué blandos ojos
sobre tu falda!
No sé. Pero tenías
de todas partes, largas
mujeres, negras aguas.
Quise decirte: hermana.
Para incestar contigo
rosas y lágrimas.
Duele bastante, es cierto,
todo lo que se alcanza.
Es cierto, duele
no tener nada.
¡Qué linda estás, tristeza,
cuando así callas!
¡Sácale con un beso
todas las lágrimas!
¡Que el tiempo, ah,
te hiciera estatua!
ES LA sombra del agua
y el eco de un suspiro,
rastro de una mirada,
memoria de una ausencia,
desnudo de mujer detrás de un vidrio.
Está encerrada, muerta —dedo
del corazón, ella es tu anillo—,
distante del misterio,
fácil como un niño.
Gotas de luz llenaron
ojos vacíos,
y un cuerpo de hojas y alas
se fue al rocío.
Tómala con los ojos,
llénala ahora, amor mío.
Es tuya como de nadie,
tuya como el suicidio.
Piedras que hundí en el aire,
maderas que ahogué en el río,
ved mi corazón flotando
sobre su cuerpo sencillo.