La semana siguiente llegaban Cristóbal y Constanza, decía Flora muy contenta; ya tenían fecha para la boda. Misma iglesia de Misi, mismo tipo de almuerzo, también en su casa. “Yo les había ofrecido la mía, pero no quieren darme trabajo. Y dice Constanza que estamos invitadas las cinco”.
—¿Nosotras por qué?
—Seguramente quiere que Flora esté con todas sus amigas alrededor, —discurrió Cristal.
—Horror. ¿Ha convidado a Tina Baranda?. —Paloma se reía.
—No seas maliciosa, claro que no. Y hace mucho tiempo que Tina no nos da la lata —dijo Flora.
—No le hagáis caso —intervino Ángela—. Veraneaba en el Puerto de Santa María, se enteró de que estábamos en Cádiz y vino expresamente a darnos la murga... No lo niegues, Flora; menuda tardecita nos hizo pasar. La pobre, encima se cree que tiene gracia.
—Bueno, pues —seguía Flora—, quiere que yo sea su testigo de boda. Nunca he sido testigo aunque, claro, Bernardo muchas veces. Además, voy a ser yo sola y el padre de Cristóbal por el otro lado.
Era algo inusual sólo dos testigos, comentaban, pero no de extrañar: la familia de Constanza, madre y hermana por lo menos, habían sido abiertamente desagradables con ella.
—Es verdad. Ahora la prima Juanita me llama casi a diario con una obsesión: Constanza tiene por fuerza que prestarle su casa a Macarena, que se quiere venir a Madrid. ¡Que ahora ella tiene varios pisos! Eso me dijo ayer y me molestó un poco; dentro de todo, en uno de esos pisos es donde vivo yo.
—Tu prima es una impresentable.
—Mi primo es Joaquín. Ella es un poco rarilla. ¡Y yo en todos estos años nunca me di cuenta! Bernardo me lo decía: “acabarás tarifando con ella, acuérdate de lo que te digo”. Arthur y Misi también están ya aquí.
—Sí, —dijo Ángela—. Estuve el otro día en su casa.
Había ido a verlos, llevó a Misi un gran ramo de flores y para Arthur un misal de Iglesia, impreso en Amberes en mil seiscientos trece, con preciosa tipografía; lo había comprado años atrás. Quería demostrarle su agradecimiento. Cuando llegó al piso de la calle Fernando el Santo, “Serarza” estaba fuera, le dijo Lupe saludándola con más amabilidad de lo que solía. Y salía enseguida Misi. No habían cruzado cuatro frases en el salón y ya le preguntaba si había sabido de Leo.
De él había hablado muy por encima a las amigas, someramente: “había en el sanatorio un amigo de Arthur muy simpático, así que tuve buena compañía; fue muy entretenido”. Con tal aire de ligereza que ninguna preguntó nada.
No, dijo a Misi, ninguna noticia. Ni carta ni llamada, nada en absoluto. Tal como se lo esperaba: “No sé si recuerdas, pero te dije que me marcharía y no lo volvería a ver, como ha sido exactamente. Era lo razonable, no tiene importancia”.
—¿No te da pena?
—Sí, mucha pena —contestó, inconsciente de que contradecía lo que acababa de decir—. Pero qué quieres, eso es lo que hay.
Fueron a poner las flores en agua. Misi preguntó si lo había echado de menos. Sí, respondió. ¿Para qué disimular? Fue una amistad muy íntima en poco tiempo, muy rica, realmente gratificante.
—Pasamos juntos muchas horas y para mí todas buenas. Hablamos de todo, cosas que yo nunca había confiado a nadie. O de nada, sólo estando juntos, tranquilamente. Y nos reíamos mucho. Es tan alegre... son situaciones o... intercambios que puedes echar de menos cuando los pierdes. Es normal, no pasa nada. De verdad, sabía que no lo iba a volver a ver; su vida y la mía no tienen gran cosa en común.
—Ángela, temo que yo soy culpable de eso. No, no protestes. Me siento fatal. Verás: preguntó qué te había pasado los dos últimos días, no eras la misma. Y le dije lo que había hablado contigo. Porque no quería que... vivieras presa de lealtades que no... Ángela, lo siento muchísimo; lo hice porque me pareció que debía hacerlo.
—Estoy segura de eso, Misi. Tuviste un valor que nadie había tenido. No me gustó pero tu intención era excelente.
—A Leo le sentó muy mal, se enfadó muchísimo; nunca pensé verlo tan alterado. Dijo que si lo creíamos incapaz de gustar a una mujer como tú, sin esas ayudas bien intencionadas pero... “perfectamente estúpidas”, fueron sus palabras exactas. Temo que quizá mi intervención lo estropeara todo.
—Es muy capaz de enamorar a quien se proponga y todo lo que quieras, pero tu intervención, atinada o no, no habría estropeado lo nuestro, si hubiera existido.
—Arthur le dio la razón y eso fue peor todavía. Estaban los dos contra mí.
—Misi, unas palabras ‘tuyas’ difícilmente podían terminar con una situación ‘mía’, si la hubiera habido. Así que es muy sencillo: no había nada, aunque en algún momento creí que tal vez... Son sueños que se hacen humo, se pierden, se los lleva el aire. Ya sabes: “Que toda la vida es sueño / Y los sueños, sueños son”.
—Pero no pienses que es una especie de play-boy, aunque tenga tanto dinero. Trabaja mucho por los demás; dice Arthur que los dos hermanos tienen un gran sentido de la responsabilidad. Han hecho una fundación allí en su país: costean estudios a jóvenes que valen, ayudan a mujeres solas que quieren montar pequeñas empresas, muchas cosas... Son muy generosos.
—No me contó nada de eso.
—Porque no presume. Y, quitando cosas como el avión, que no es suyo, vive de forma muy corriente. Su único lujo era el golf y era un auténtico crack, una gloria nacional.
—No sé nada de ningún avión. Nunca hablamos de aviones.
—Es del trabajo, no es...
—Oye, a mí todo eso no me importa, no lo veo bien ni mal. Me importaban otras cosas pero ésas no existían y...
Llegaba Arthur, mucho se alegraba de ver a Ángela. ¡El libro era una maravilla, la encuadernación, los grabados! Demasiado bueno, no podía ser, no debía desprenderse de esa joya. Lupe había salido; fueron los tres a la cocina a preparar el té. Después la conversación era sobre la boda de Constanza; Misi se estaba ocupando de todo. El padrino iba a ser el padre de la novia y la madrina ella.
—No sé qué me voy a poner, estoy como un monstruo de gorda.
Qué iba a estar, sino al contrario, más guapa que nunca, dijo Arthur y Ángela: “no digas tonterías, ni siquiera se te nota, estás estupenda”.
No hablaron más de Leo y poco después Ángela se despidió.
—Nos veremos. ¿Cuándo os vendría bien venir a comer a casa?
Todo esto recordaba, mientras Flora seguía hablando del matrimonio Bourne y de la boda.
—Tengo que invitarlos un día a comer. Gracias a Dios que ha vuelto Daisy.
—¿Por qué no vendrá Hilda?, —dijo Paloma—. Suele retrasarse pero no tanto.
Estaban en casa de Ángela y, la verdad, llevaban esperándola demasiado rato. Empezaban a inquietarse; últimamente Hilda cargaba mucho peso sobre sí, hasta que no llegara el resultado de los análisis —después quizá fuera aún peor— y todo lo soportaba sola. Los hijos seguían con sus existencias concéntricas y despreocupadas, sin enterarse de ningún problema. Héctor pasaba los peores días de su vida; aunque seguía sin creer que Hilda fuera hija suya, la minúscula sombra de una duda lo atormentaba. Obsesionado, pensaba y daba vueltas, hablaba de ello una y otra vez, sin dar tregua a Hilda; ella aparentaba una tranquilidad que desde luego no tenía.
En éstas entró al fin, empujada por sabría Dios qué viento, bruscamente. Con aspecto más desarreglado que nunca, la cara borrosa casi desorbitada, el pelo en desorden. Tan arrugada la ropa como si la hubiera sacado de debajo del colchón. Emitió una especie de chiflido “¡Fffiiuuuuuú!” y gritó luego:
—¡El cromosoma cabrón!
Se tiró encima de una butaca, sin aliento. Jadeaba: “Las escaleras... he subido a pié... corriendo”. Las otras, despavoridas.
—Pobrecita, pobrecita; esto ha sido demasiado para ella, —dijo Flora en voz más baja aún que de costumbre.
Paloma a la vez preguntaba, con aturdimiento: “¿Qué quiere decir ffiiuuuú?”
—¡Se esfumó, no ha parecido! ¡No lo tenemos!
Detrás de ella había llegado Carmen, con su imponencia tapaba casi el hueco de la puerta.
—Señora, ¿pasa algo?. Alarmada, preguntaba a Ángela, pero le contestó Hilda.
—¡Algo bueno, Carmen, algo muy bueno! Ese cromosoma hijo de puta... ¡no está!
Se retiró Carmen, desaprobadora, meneando la cabeza. A veces parecían locas las señoras. La suya no, pensó lealmente, nunca. Y nunca decía esas palabras. Pero la señorita Hilda, vaya una manera de hablar. ¿A que eso no se lo consentiría a las chicas que trabajaran en su casa? Desde luego a ella, Carmen Gonzálvez, no la pillarían con aquellas pintas y dando aquellas voces, ni muerta que estuviera. Se fue para adentro, con la nariz respingona más levantada que nunca, temblando de indignación, —y también porque se había asustado—, a preparar el té.
Mientras tanto Hilda contaba la conversación que acababa de tener con su padre en tono de poema épico.
—¡Parecía Tannhaüser arrepentido! Parecía Parsifal, parecía... levantando el Santo Grial, parecía... ¡qué sé yo! Sólo le faltó romper a cantar. ¡A cantar a gritos! Desde luego, lloró. Su emoción no os la podéis imaginar.
—Nos la estamos imaginando muy wagneriana, —dijo Cristal, sonriendo.
—¡Don Ricardo totalmente! Ya sabéis cómo es mi padre, sin medias tintas.
La dejaron desahogarse, hasta verla más calmada; se quedaban dando vueltas a lo ocurrido en las últimas semanas. Qué gran cosa haber esperado para que Héctor se enterase de todo a la vez. Sabiendo que podían tener la misma enfermedad, sobre todo los niños, Hilda había estado aguantando sin decir nada... No sé qué hubiera hecho yo en su lugar, reflexionaba Cristal. Todas pensaban que Hilda había demostrado una gran fuerza de carácter.
Y hoy no importaba, dijo Flora después de un rato oyéndola, pero a partir de mañana no la querían ver tan desastrada. No podía ser.
Las otras se reían: las cosas de Flora.
—No pero de verdad, Hilda, haz un esfuerzo. Ve a la peluquería de vez en cuando, no te cortes tú el pelo con las tijeras de las uñas.
—Tengo unas tijeras especiales, buenísimas.
—Pues tampoco. ¡Y plancha tu ropa! ¿Tú te has mirado en el espejo en los últimos quince años? Seguro que tus hijos te lo dicen.
—Las niñas. Me dicen de todo.
Mientras tomaban el té Flora dijo que había tenido una idea: celebrarlo dando una cena en honor de Hilda y Héctor y también de Constanza y Cristóbal, si a las amigas no les parecía mal.
Por qué iba a parecerles mal, al revés, una gran idea.
—Lo digo por Bernardo. Como aún no hace cinco meses... en realidad, sigo de luto.
—Qué estás diciendo; con lo que él quería a tu sobrina, le habría encantado.
—¡Es verdad! —Flora se animó enseguida—. Pero Hilda, tienes que comprarte un vestido.
—No me amarguéis más con los vestidos.
—En realidad —dijo Paloma—, te tienes que comprar dos.
—Sí, hombre, porque tú lo digas. Mañana mismo voy. O, si son pequeños, pues tres.
—Claro, dos. Uno para la cena y uno para la boda de Constanza. Y que no sean negros.
—¿Por qué no? Con todos los nervios he engordado, me da por comer y tengo este cuerpo tan agradecido...
Una tarde, pocos días después, Héctor llamó a Flora. Estaba bien, dijo. Tan emocionado y feliz que hasta lo suyo le parecía llevadero. “¿Podrías pasarte un momento ahora que no está Brunhilda?”
—Claro, Héctor. ¿Ocurre algo?
—Necesito que me hagas un favor.
Quería darle una sorpresa a su hija el día de la cena de Flora. “Para premiar su fé y su fortaleza”.
—Sí, ha estado magnífica. Todas la admiramos.
—Pero yo no lo sé comprar y además estoy algo torpe para salir solo.
—Vaya, lo siento. Tienes que tener paciencia.
—Ya tengo paciencia. ¿Puedes ir a comprarle una joya?
—¿Joya? No le gustan mucho pero dame un presupuesto y...
—El precio no me importa. Quiero algo bueno, de diamantes. Una vez oí decir que un diamante es eterno.
Eso, dijo Flora, iba a ser mucho dinero. Demasiada responsabilidad.
—Díselo a las amigas y váis las cuatro.
Se reunieron para discutirlo. Paloma decía, lo más favorecedor un buen collar de perlas australianas.
—No son eternas. Quiere brillantes.
Cristal no quería ir, no le gustaban las alhajas y: “El plan de joyerías me aburre mortal”.
—No seas así, tú tienes buenísimo gusto.
—Pero si no entiendo nada de eso. Está bien, está bien. Lo que queráis.
Fueron a ver joyerías un sábado por la mañana; la que estaba disfrutando era Flora. Dijo que una sortija con un buen solitario era lo mejor. Ángela, disconforme: “Se la dejaría en el lavabo de cualquier cafetería inmediatamente, parece que no la conocéis”. Vieron broches, collares, al final decidían: pendientes. Sólo dos brillantes buenos, no exagerados.
Héctor muy contento con lo que habían elegido. Verlo así con tanta satisfacción, a pesar de lo que se le venía encima, era reconfortante. “Héctor, nos alegramos mucho de verte tan alegre”.
—¡Es que ahora tengo una hija de verdad!
Siempre la había tenido, pensó Flora con un poco de enfado. Además, lo verdaderamente importante era cuánto se querían los dos, no quiénes eran en realidad los padres. Callaba y se despedía de Héctor con su misma sonrisa de siempre.
La víspera del día de la cena la llamó Misi. Lo sentía muchísimo, estaba hecha polvo pero no iban a poder asistir.
—¡No me lo digas! Qué disgusto.
Ella también estaba disgustada, le hacía tanta ilusión su cena. Pero acababa de recibir un aviso: mañana llegaba un amigo de ellos a pasar unos días en su casa; no lo podía dejar solo el primer día. “El típico que le dices, vente cuando quieras... ya sabes, y de repente ¡zás!, te cae.” Qué mala suerte, era una pena pero ya se verían otro día. Flora contestó: si sólo era por eso, de ningún modo. Que lo llevaran a cenar con ellos, siempre y cuando pensaran que no se iba a aburrir demasiado.
—¿Aburrirse? De ninguna manera, al contrario; es simpatiquísimo. Pero no sé, Flora, me da apuro. —Misi dudaba—. ¿No seremos trece o algo así?
—No, éramos diez y después once, porque ha venido un amigo de tu hermano...
—Ah, sí, Brian. Es muy simpático, viene para la boda. Íntimo de Cris. Por cierto, no sé si te habrá dicho Constanza que es negro.
—Pues no, hija —contestó Flora con mucha dignidad—, pero supongo que me habría dado cuenta yo sola.
A lo que Misi se reía. “Claro, por supuesto. Y es muy guapo, ya verás”.
—Bueno, encantada de poner otro cubierto, hasta queda la mesa más equilibrada. Entonces, mañana os veo. Se fue con un suspiro de alivio; mucho más lucida una mesa de doce que una de nueve invitados.
Temprano aquella mañana había llegado de Nueva York la pareja joven. Constanza la llamó enseguida. Tenía setenta cosas que hacer ese día y un poco de “mal-de-avión” así que no la vería hoy. Pero mañana estaría ahí desde después del almuerzo para poder charlar tranquilas y, si hacía falta, ayudar con los arreglos de la cena. Así llegó, en efecto, a la hora prevista, con su vestido en una funda. Cristóbal vendría después con su hermana.
—Los Bourne vienen también con un amigo, —dijo Flora.
—Ah, sí, eso me ha dicho Misi. Yo no lo conozco. Siento que te llenamos la casa de amigos ella y yo.
Constanza estaba guapa, alegre como los pájaros; repartía brillos a su alrededor. Flora contenta de verla tan feliz, cada día se sentía más cercana, casi madre. Juntas colocaron las flores, revisaron la mesa. Héctor había mandado un monumental arreglo de orquídeas y otro de rosas, más normal, las cuatro amigas. Como sobraba tiempo, Flora se iba a echar un rato en su cama; después sólo tendría que retocarse el pelo y ponerse el vestido de seda gris que iba a llevar. Constanza se instaló cómoda a su lado en una butaca, con los pies en alto sobre un escabel.
—Hijita, no sé, perdona la pregunta, no sé si tu madre te ha comprado un ajuar. En realidad, sabía. Había preguntado a Juanita que contestó de mal humor:
—Ya le hice uno antes. No lo aprovechó, no le voy a hacer otro. Ella tiene más dinero que tú y que yo, —dijo, sin dejar pasar la ocasión de hacer otra referencia a que el dinero era ahora de Constanza.
No lo aprovechó porque Macarena se casó con su novio y la madre se lo había regalado a ella; Flora estaba al corriente, igual que Constanza; pero no quería hablarle de eso.
—Había pensado comprártelo yo, en realidad ahora todo eso me corresponde a mí, pero contando con tu gusto. Además de una alhaja de las mías, un collar de perlas muy bueno.
—Tía, por favor. No quiero que te desprendas de nada. No necesito ningún ajuar, compraré unos juegos de cama y toallas en Nueva York, allí son preciosos y las telas estupendas.
¿Sábanas de hilo? Quién las plancharía. La vida que iba a llevar allí se organizaba diferente, más sencilla sin “fondo de casa”. ¡Menos necesidades, mayor libertad!
—Pero esa es la vida que quieres, ¿verdad? Estás segura.
—Ay, tía. Segura, segurísima. Lo único que quiero es pasarla toda con Cristóbal, es tan... entero, tan hombre bueno, tan inteligente; estoy loca por él.
Con lo que a la tía casi se le saltaban las lágrimas de pensar en aquel enamoramiento. Lo encontraba muy bonito. “Qué alegría me das, hija”.
—De verdad me siento tan feliz, tan ligera, que me dan ganas de ponerme a bailar, silbando como uno de esos trompos con música. Despegar, correr por el aire y darme una vuelta por la galaxia. ¿Cómo lo ves?
—Me temo que no lo veo, —dijo Flora riendo—. Mi imaginación no da para tanto.
—Y quiero que vengas a vernos. ¿Has estado en Nueva York?
—Hace años, con tu tío.
—Es lo más fascinante que hay. Hemos encontrado un piso, bastante decente. Tiene un salón con una terracita que da sobre Central Park y no es pequeño, cabemos muy bien. Así que tienes que venir, mejor antes de que yo empiece a trabajar.
La iba a contratar una empresa española para trabajar allí. Era alguien a quien conocía Cristóbal.
—Pero no creas que es por enchufe, tengo muy buenas referencias. Tanto Carlos como Arancha se han portado fenomenal conmigo. Espero que vengan a mi boda los dos. Así sólo echaré de menos a mi amiga Queti, que no sé por dónde anda. Todo lo demás es felicidad.
—Te lo mereces —dijo Flora—. Pero ¿qué vas a hacer si tienes niños?
Siempre su preocupación mayor. ¿Qué iba a hacer? Lo que hacían millones de mujeres que tenían hijos y trabajaban.
—Me las arreglaré. Y quizá cuando nazcan puedas venir tú a echarme una mano en plan de abuela. —Rió—. ¿Cómo vas a querer que te llamen, abuelita o Mamá Flora?
La tía estaba emocionada, más de lo que querría que se le pudiera notar, sorbía por la nariz para no derramar lágrimas. ¡Señor, qué cosas tan preciosas esperándola en su vida! Y ella sin sospecharlo.
—Querida mía, cuenta conmigo para todo. Me haría muchísima ilusión cuidar de tu bebé. —Pensó: si Juanita se entera de esto me va a odiar.
Pero la culpa era de Juanita, toda. Dentro de ella, la increpó con enfado. “Si no te ha faltado más que darle a la niña una manzana envenenada, por el amor de Dios”. Lástima no haberse dado cuenta de eso años antes. Sólo en la boda de Macarena y cuando Constanza se vino a Madrid, apreciaron su carácter y lo que había debido de sufrir por las arbitrariedades de su madre. A decir verdad, Bernardo lo vio primero, antes que ella misma, el día de la boda.
—Esa niña —había dicho— es muy señora y muy, muy completa, sí señor. Hoy ha demostrado carácter y elegancia. Lo ha hecho pero que muy bien. Va a ser una gran mujer, acuérdate de lo que te digo. Pobre, siempre tenía la manía de que a ella se le olvidaban las cosas. Y no. O, todo lo más, como a las demás personas. Lo que no podía entender, que Joaquín, su primo, no hubiera puesto orden en su familia. Siendo militar y todo... acostumbrado a mandar...
Llegaba la primera Hilda, con su padre y con vestido nuevo. Negro. Pero tenía gran cuello de raso blanco, favorecedor. Lo más adecuado para el realce de los pendientes que le iba a dar Héctor dentro de un rato.
—Ya sé que vengo de negro pero no me critiques, —dijo al entrar.
—Estás estupenda —dijo Flora riendo—. Un vestido precioso.
—Sí, Hilda —dijo Constanza—, estás super elegante. Vendrás a mi boda, ¿verdad?
Iría y la felicitaba con un abrazo.
Entraba Daisy trayendo una bandeja con copas de champagne. “Tía, decía Constanza, acuérdate de que te sienta mal”.
—Sí, ya lo sé, rica. Como un tiro. Sólo voy a mojarme los labios, tenemos que brindar por todo.
En seguida estaban allí las otras tres, habían venido juntas en el coche de Paloma. Se sentaron, hablaban muy animadas; Héctor se recreaba mirándolas, apenas intervenía. Pensaba: las cinco formaban un ramo de flores, pese a haber dejado atrás la juventud. Sabía de sus vidas; Hilda este verano le había ido contando algunas cosas, por distraerlo de sus propios males, viendo que él se apasionaba por ellas y a la vez segura de su discreción.
Cristal, de verde. El color que armonizaba con sus ojos. Linda mujer, menuda, muy interesante. Héctor había leído poemas escritos por ella; buenos. Alguno muy bueno. Había en ella hondura, sensibilidad que abarcaba todas las cosas: era, sin ninguna duda, artista. Y al final había vuelto a encontrar a su primer amor. Ojalá fuera para bien. Héctor dudaba, creía que no había más amor eterno que el amor imposible. Ojalá siguiera escribiendo sus versos, aquella melancolía que encontraba eco, por necesidad, en todo corazón. Aquellos versos venían en tu busca, te encontraban, quedaban contigo.
Paloma con blusa rosa fuerte y falda violeta de volantes, maquillada y llamativa como si su vida fuera un alegre paseo por un jardín en vez de la cuestarriba empinada que tenía que ser con aquellas dos mujeres en su casa... y al parecer muy sola, no habiendo tenido nunca un novio.
Flora, madre sin hijos, siempre acogedora, siempre buena, vida impecable. Discreta. Flora, pareciendo que, por no incomodar, hasta respirase flojo, bebiendo despacito su poquito de aire.
Pero, si tuviera que elegir, él se quedaba con Ángela. Belleza no llamativa pero auténtica, belleza que iba de dentro a fuera. La dulzura de aquella sonrisa, el equilibrio de su corazón, un corazón sin viento, sosegado. Para él, la esencia de lo femenino permanente. Estable.
Hilda. Bueno, Hilda era su hija, su bendición. No la merecía y gracias a Dios la tenía, fuerte y firme.
Cinco mujeres, hoy solas. Todas habían tenido penas y trabajos, dificultades y alegrías. Y ahí estaban como siempre tan iguales, sonriendo, con sus pequeñas bromas sin hiel, centradas en las cosas buenas que tenían en vez de lamentar las que no habían alcanzado. Firmes para ser felices. Mujeres así eran la sal de la tierra.
Se levantó despacio de la butaca, sacó el paquete del bolsillo de su chaqueta y se lo alargó a Hilda. Había madurado sentidas palabras para ofrecérselo, ahora se le olvidaron.
Hilda, extrañada: “¿Esto qué es?”
—Una sorpresa para ti.
Todas. ¿Un regalo? ¿Qué será? ¡Qué suerte! Ábrelo, Hilda, ábrelo. Intervenían para rellenar el hueco en la conversación, y animar a Hilda, sacarla de su asombro. Hilda riendo quitó el papel; su expresión al ver lo que había en el estuche era de completo estupor.
—No entiendo nada. ¿Pero qué es?
—Hija mía, ¿no lo ves? Unos pendientes. Ahora era la ocasión para su pequeño discurso. No le salía, sólo asintió con la cabeza, repetidas veces, con una sonrisa de timidez.
La reacción de Hilda fue típicamente suya. Primero leyó cuidadosa la etiqueta de la tienda. Luego protestó:
—Pero papá, cómo se te ha ocurrido... Es que no te puedo dejar solo. ¿Cuánto has gastado en esto? Un dineral, seguro. Válgame Dios. Y dime: ¿qué cuenta has usado?
Las carcajadas y exclamaciones duraron unos minutos; Flora tuvo que secarse los ojos, lloraba de risa. Cuando se hubieron acallado, Cristal se levantó con su copa en la mano. Flora le había pedido que dijera unas palabras.
—Quiero brindar por Héctor. Nos conocemos todos tanto, que cualquier cosa que diga ya la vais a saber. Pero me lo ha mandado Flora y, como comprenderéis, tengo que hacerlo. Porque si no, no me volverá a convidar y de todas las casas a donde suelo ir ésta es en la que mejor se come. —Dejó que se rieran unos segundos y siguió—. Héctor, desde muy joven, tuvo una hermosa vocación: quería cantar, quería vivir para su música y empezó con grandes éxitos. Como muy bien sabemos perdió su voz por una enfermedad y no pudo ser. Pero es un hombre fuerte y, en vez de amargarse y sentirse frustrado, se puso a trabajar, fundó una empresa. Trabajó de firme, hizo de su vida otro gran éxito. Ha sido un padre maravilloso para su hija, un magnífico abuelo, un excelente amigo y un gran ejemplo para todos nosotros. Héctor, en la salud o en la enfermedad, siempre estaremos contigo.
Ahí Flora tuvo que pasarle su pañuelo de hilo fino a Héctor; el encaje resultaba para él curiosamente inadecuado. Lloraba como un niño; hasta necesitó sonarse la nariz. Los demás aplaudían fuerte; los aplausos todavía seguían retumbando cuando Daisy hizo entrar a los otros cinco: Misi, Arthur, Cristóbal, su amigo y... Leo. Leo con el brazo ya dentro de la chaqueta, aún algo rígido para usarlo.
Se levantaban todos. Ángela roja de confusión, con temblor en las piernas, insegura sobre ellas. Arthur presentó a su amigo; Cristóbal al suyo. Unos y otros se saludaron.
—Lo conocías —dijo Cristal por lo bajo a Ángela. No era pregunta.
—Sí. Lo conocí en Londres.
Daisy servía más copas y poco después Leo preguntó a Flora con su franca sonrisa.
—¿Puedo pasar con Ángela unos minutos a la sala de al lado?
—¿Ya os conocíais? —Flora no demostraba extrañeza, sólo sonreía—. Por supuesto podéis ir donde queráis.
Entraron en el despacho. Ángela murmuró: “has venido...”
—¿No te alegras de verme sin todos aquellos arreos?
—Sí, claro, me alegro. Pero ¿por qué...?
—Si quieres saber la verdad, Misi me dijo que estabas muy deprimida porque me echabas muchísimo de menos, y entonces pensé...
—¿Misi te dijo? —levantó un poco la voz—. ¡No me lo puedo creer, no puedo...! —Vió su expresión risueña, comprendió de pronto—. Ay, no. Me has pillado otra vez.
Leo le tomó las dos manos entre las suyas:
—Y esta vez no voy a soltarte. Ángela, cásate conmigo. —La abrazaba.
Ella, la voz ahogada dentro de la chaqueta de Leo: “Por Dios, tu brazo. Ten cuidado”.
—Shshss. Calla y quédate así. Puedes contestar sí, nada más.
De pronto, ráfagas en la memoria: mañana de Marzo fría, el viento a remolinos; en su portátil un correoE de Luisa que la iba a llenar de inquietud y tristeza. Cómo podía imaginar que, misteriosamente, aquello fuera el inicio, la primera palabra de una historia de amor. Su verdadera historia.
Ahí estaban inmóviles, enlazados sin decir nada, hasta que Leo vio a los demás pasar hacia el comedor.
Entonces fueron detrás de los otros. Antes de sentarse, todos los miraban expectantes, nadie preguntó nada aunque las amigas morían de curiosidad. Arthur dio una palmadita discreta en el brazo de su amigo, que sonreía mucho, y asentía con la cabeza varías veces. Desde el otro lado de la mesa, Misi levantó dos dedos en uve, haciéndole un signo de “victoria” y dijo sólo “En-hora-buena”. Todos la oyeron; las amigas empezaron a comprender.
La que habló fue Flora, sonriente:
—Como sigamos teniendo que brindar por más cosas, yo no sé si va a alcanzar el champagne, —dijo. Y enseguida añadía, con preocupación de que no la hubieran entendido bien:
—Era broma, hay todo el que haga falta. Por favor, era sólo una broma, de verdad. ¿Nos sentamos?
__________
1 Protagonista de la novela Por donde Sale el Sol, de la misma Autora
A mi hermana María,
con mi admiración y afecto.
La verdad, pensó Ángela, Luisa apenas escribía. Al dar un rápido vistazo a los correos llegados en la última hora, había visto uno de su hija. Rareza casi para coleccionistas por ser algo muy poco frecuente. Estaban a primeros de Marzo y el anterior había sido una tarjeta de Navidad impresa, de las que se mandan a conocidos y amigos. Ni siquiera le deseaba feliz entrada en el siglo XXI ni, más emocionante aún, en el Tercer Milenio.
Como había en la Escuela de Idiomas bastante trabajo, y en una hora más se iría a almorzar a su casa, decidió esperar y leerla allí, ya tranquila.
Era uno de esos días en que el viento de la sierra de Guadarrama se precipita inesperado contra los habitantes de Madrid, haciéndolos andar casi a ciegas por el polvo y tiritar debajo de las ropas elegidas mirando al cielo tan azul, engañador. Hoy hasta se burlaba de ellos; de pronto hacía como si se perdiera. Malicioso, reaparecía al poco con remolinos que echaban a volar los periódicos en los puestos de la calle y levantaban las faldas de las señoras.
La casa de Ángela estaba apenas a quinientos metros de la Escuela. Cuando acabó su tarea, se colgó el bolso del hombro, cruzó bien su abrigo y cogió la cartera con las dos manos sujetándola junto al pecho. Tenía hambre; generalmente a las dos y diez estaba en su casa, enseguida almorzaba. Sólo los miércoles salía más tarde; era el día en que las amigas se reunían a merendar y ella no volvería a su trabajo hasta el siguiente.
Había fundado su “Centro San Luis de Idiomas” en momentos difíciles al encontrarse, por un accidente, sin marido y con una niña pequeña. Fue sacándolo adelante con mucho trabajo y dedicación; de que empezó hacía ya casi treinta años. Ahora podía tomar las cosas con más calma. Hoy iba a descansar un rato hasta el momento de recoger a Flora; desde su casa irían juntas al bar del hotel Velázquez, en realidad estaban a unos pasos. Allí habían quedado con las otras tres íntimas: Hilda, Paloma y Cristal.
Al abrir la puerta del piso acudía a recibirla Carmen, que llevaba trabajando en su casa desde que ella había empezado con la escuela.
—Ahora mismo le pongo la comida.
—Dame unos minutos para leer una carta de Luisa que me ha llegado hace un rato.
—¿Carta de la niña? ¿Qué pasará? Será algo bueno, si Dios quiere.
“La niña”, pensó. Tenía treinta y tres años y cuatro hijos. Muy de vez en cuando mandaba un correo electrónico y, acaso un par de veces al año, llamaba por teléfono. Ángela contestaba a los correos y con el tiempo había ido dejando de llamar; siempre que lo hacía parecía haber caído justo en el peor momento. “Tengo que bañar a los pequeños”, a las seis. “Estamos por sentarnos a la mesa”, a las siete. “Viendo nuestro programa favorito”, a las nueve; “perdona, estoy muy ocupada”, prácticamente a cualquier hora. Luisa por lo visto creía que el cariño entre madre e hija era algo establecido que nadie necesitaba alimentar. Lo malo, que de no decirse nada, uno acababa no teniendo nada que decirse.
Empezó a leer: “Querida mamá”. Enseguida la gran noticia. “Volvemos a Europa”. Sí, era buena noticia. Su yerno trabajaba en una compañía de petróleo, habían vivido en Texas, Alemania, Kuwait, otra vez los Estados Unidos. Ahora, al parecer, los mandaban a Inglaterra. “Buen sitio” —pensó Ángela.
Seguía Luisa: estaban en contacto con varias agencias y también habían visto docenas de casas en la Internet. Habían pensado alquilar pero los alquileres eran un robo. Entonces, iban a comprar. Ahora venía la gran idea de Luisa: “que vendas el piso y así reunimos dinero para comprar algo bueno. Hemos visto cosas bonitas con “granny’s flat”, apartamento, pequeño super mono. Hablé por teléfono con mi abuela y le pareció muy bien lo de vender dijo que en Madrid han subido mucho los pisos. En realidad pensamos que debías de vender también el Centro porque si vives aquí con nosotros no te puedes ocupar. (qué puntuación, Dios mío, y debes “de”; se le ha olvidado el español). Tuvo su momento, no voy a negarlo (menos mal, porque de eso has vivido, bastante bien por cierto). Bueno, espero que te parecerá bien mi idea si no lo haces tendremos que conformarnos con un piso malo en un barrio malo y a mí no me importa pero por los colegios de los chicos.” Seguía hablando de los niños y terminaba: “así que ya sabes, todo eso hay que hacerlo con mucha prisa. Love from Luisa”.
¿Love? Por favor. Ángela cerró el portatil, lo guardó en la cartera. Quedó quieta unos instantes, desconcertada. Lo volvió a sacar, releía la carta de principio a fin. La audacia de la propuesta... Cierto que el piso lo habían comprado los suegros un par de meses después de su boda. Ni siquiera sabía si le pertenecía a su hija o a ella; quizá se lo explicaron y lo había olvidado. Tendría que consultar a su abogado, Juan Rivera. ¡Luisa había hablado con su abuela antes que con su madre! Sabiendo que era ella quien había mantenido siempre a la familia.
Su marido nunca tuvo empleo fijo, iba de acá para allá. Encontraba trabajos pero duraban poco. Fue un chico encantador, atractivo, divertido, el más simpático del mundo y buena persona además; Ángela lo adoraba.
¿En qué estaba pensando Luisa? Sabía que su abuela no la podía ver, las pocas veces que se encontraron la miraba como si fuera... un sapo. Siempre daba a entender que “aquello” de su hijo era equivocación de la loca juventud y no duraría porque, sencillamente, no podía durar. Sacudió las ideas de su cabeza. “Todo esto es un error, no puede ser. No puede ser”.
Carmen venía a decirle que estaba la comida. Se la quedaba mirando.
—La veo muy seria. No serán malas noticias de la niña.
—No, malas noticias, no. Los trasladan a Londres. Eso es bueno.
—¿Y entonces?
—La vida allí es muy cara y les falta dinero para comprar una casa.
—Claro, querrán una ayudita. Y a quién va a acudir más que a su madre.
Aunque más tarde acabaría contándole a Carmen los detalles, al pronto le dio vergüenza hablar de la idea de Luisa. Carmen de tonta no tenía nada. Todo era inconcebible, impensable. Le faltaban palabras.
—“Preposterous”. —Le vino en inglés.
—¿Cómo dice?
—Es una palabra inglesa que... resulta complicado. Tengo que pensar.
—Si no viene voy a tener que recalentarle la comida.
Fue. Ya no sentía ganas de comer sino una mala combinación de hambre y náuseas. Masticó despacio sin saber bien lo que comía. Bebió agua para tragar, siguió con esfuerzo. Al final apartaba el plato.
—¿Qué decías, Carmen?
—Si le hago café.
No, muchas gracias. Se iba a tumbar un rato, estaba bastante cansada, de repente. Que por favor la llamara dentro de una hora.
—Vaya vaya, yo la despierto.
—Que sea de verdad, no como el otro día que no me despertaste porque estaba dormida.
—Ah, la veía muy profunda. Me dio lástima.
Pero, claro, si no estuviera dormida, ¿qué falta le iba a hacer que la despertara? Era una mujer excelente, la cuidaba todo lo que Ángela se dejaba cuidar y un poco más. Cuando, a la muerte de su marido, tuvo que trabajar casi de sol a sereno, necesitó ayuda doméstica por la niña. A punto estuvo de no contratar a Carmen por su tamaño. Altísima y grandona, no que fuera gorda pero con anchura, parecía ocupar más lugar del que correspondía a cada uno, agobiaba. De cara muy redonda y roja, con una nariz puntiaguda y arremangada, tenía aspecto de mujer batalladora. Pero se la habían recomendado mucho, no tenía otra a la vista y la contrató. Todos los días de su vida se alegraba por ello. Los primeros años iba externa, cuidaba de sus padres, ambos enfermos, hasta dormía en su misma habitación, en el suelo, en un colchón que retiraba cada mañana. Se portó con ellos como una santa y cuando murieron le dijo a Ángela que estarían más cómodas las dos si se iba a vivir a la casa. Ángela, que había temido quedarse sin ella, respiró hondo. Qué alivio. Pero:
—¿No prefieres vivir en tu casa, más independiente? Yo encantada de que te vengas pero no te deshagas del otro piso por si luego pensaras que estás mejor allí. —Lealmente dijo.
—¿El otro piso? Señora, el piso de mis padres ahora es de todos. ¿Cree que mis tres hermanos me lo iban a dejar?
Aún insistió. Hablaría con su abogado; él las asesoraría. Había vivido allí muchos años, tendría derechos... Carmen firme. Por ningún motivo pelearía con sus hermanos. Al final fueron juntas a elegir una cama, telas alegres para su dormitorio. Más adelante, cuando desarrolló una afición desmesurada por Internet, arreglaron otra habitación, como un pequeño despacho para su ordenador, donde se quedaba en diversos “Chat” hasta las altas horas. Así llevaba, contenta, cerca de treinta años.
Y ahora Luisa quería sacarla a ella de su casa. Si se marchaba, Carmen también perdería su estilo de vida; no estaba dispuesta a eso. Sólo iría donde pudiera llevársela.
Sí, le gustaría vivir cerca de ellos, disfrutar de los niños; casi no los conocía. “Pero que sólo me llamen cuando les hago falta es un golpe a mi sensibilidad. ¿O a mi orgullo? Quizá yo sea orgullosa”.
Ángela era la menor de cinco hermanos, varones los cuatro mayores. Su padre era abogado en Cádiz, donde había nacido y vivía ejerciendo su profesión. Un hombre tranquilo, culto, con sentido común. Temiendo que por ser la pequeña y única niña se criara muy mimada, la mandó desde los diez años a Inglaterra, interna en un colegio de monjas hasta terminar sus estudios. Al principio le costó acostumbrarse, siempre había convivido con chicos, pero pronto se sintió a gusto allí, principalmente porque se hizo amiga íntima de otra española, Emilia Losada, también hija única, de Madrid. De vuelta en España estudió filología inglesa en la Universidad Complutense a la vez que Emilia hacía clásicas en la misma facultad. Eran inseparables, incluso tomaron un diminuto piso a medias cerca de la calle de la Princesa.
En cuarto de carrera conoció a Luis, un chico de Málaga que hacía tercero de derecho con alguna asignatura pendiente. Era muy popular, tenía amigos a montones. El típico que entraba en el bar de la facultad y lo llamaban desde todos los lados. Antes de terminar el curso se habían hecho novios. Cuando Ángela acabó el quinto año llevaba uno trabajando, daba clases en la Escuela Central de Idiomas, como ayudante, de inglés y francés que había aprendido a fondo en el colegio y mantenía a fuerza de leer. Además hacía traducciones y tuvo tiempo de aprender bastante alemán en la misma escuela. Cuando terminó los exámenes de licenciatura tomó también alumnos particulares. Con todo esto andaba atareada y feliz; le gustaba enseñar. Al mismo tiempo Luis decidió: se casaban. Aunque a él le faltaba un curso entero y varias asignaturas más. Los padres se opusieron a la boda, los malagueños furiosamente, los de Cádiz con moderación y buenas razones. Fue inútil. Se querían casar y nadie iba a impedírselo.
Luis tomó el tren y fue a Málaga para hablar con su padre. “Verás como yo lo arreglo todo”, dijo a Ángela riendo. Como si fuera una gran broma. Ángela no esperaba tal cosa, pero fue así, en efecto. Luis había prometido a su padre acabar la carrera, ponerse a trabajar; el padre cedió al parecer con disgusto, le consiguió trabajo en la empresa de unos amigos. La madre no cedió jamás, no quiso conocer a la novia ni a los futuros consuegros hasta que fue a la boda a Cádiz, con cara de que todos los que estaban allí olían mal o algo parecido. No hubo petición de mano ni viaje de novios; empezaba el curso y Ángela no podía faltar a ninguna clase. ¿De qué iban a vivir, si lo único sólido lo ganaba ella? Lo dejaron para “más adelante, cuando estemos mejor de dinero”; no lo hicieron nunca. Habían alquilado una habitación con un cuartito de aseo y mini cocina —un hornillo y un diminuto fregadero de zinc— en la calle de Hortaleza, parte modestísima de un modestísimo piso, sin ascensor. En la escalera reinaba el olor que extrañamente era típico del Madrid de aquellos años: olor a guiso de col. Eran realmente pobres. Pese a tanta estrechez, Ángela se sentía feliz, todos los días pensaba que parecía imposible su buena suerte. Y a finales de noviembre el padre de Luis que tenía dineros y aspiraciones a grandezas, les anunció que les había comprado un piso, en la calle Claudio Coello. Luis se rió mucho, arregló todos los papeles, le dio a firmar unos cuantos que ella firmó sin leer, dijo alegremente que el orgullo tenía su lado bueno. El orgullo de su padre, que no podía tolerar la vista de su único hijo viviendo tan pobremente, les había regalado el piso, una vivienda espléndida sobre todo para sus circunstancias. En aquellos días Ángela supo que estaba esperando un niño, le pidió a Luis que se lo dijera a sus padres, suponiendo una alegría para ellos. Se reía: “ya lo sabrán; tú no te preocupes”.
Ángela no dormía. Detrás de sus párpados entornados, desfilaban imágenes de aquellos tiempos. Su boda, el cuartito de Hortaleza, casi perdido en el recuerdo, el día que entró en el piso nuevo, de la mano de Luis. Su asombro, su entusiasmo, revividos, al recorrer la casa vacía, los grandes balcones dando a la calle de Alcalá con el Parque del Retiro enfrente... una casa que no se hubiera atrevido ni a soñar, el olor de pintura flotando en el aire como una bienvenida, el suelo de color miel, recién barnizado. En el dormitorio el regalo de sus padres, los buenos muebles franceses de la abuela Carlota, de estilo imperio, caobas pulidas y bronces intactos, la gran cama donde dormía con Luis... ahora estaban en un guardamuebles; no había soportado usarlos ella sola.
En julio del año siguiente nació Luisa, flaquita y endeble, costó trabajo y paciencia criarla. Pero al cumplir los dos años era ya una niña saludable, ganando personalidad, con su geniecito, sí. Era una lástima que su padre no la hubiera conocido mayor; iba a cumplir cuatro años cuando un conductor borracho lo arrolló al ir a entrar él en su coche, en la parte alta de la Castellana, acabando con su vida y de paso con la de Ángela. O así lo creyó ella al principio. Emilia, que estaba en Cambridge, al saber la noticia voló a Madrid de inmediato; hasta llegó antes que la familia de Cádiz que acudió en bloque. Los hermanos se volvieron al día siguiente del entierro, Emilia pasó ocho días en su casa y sus padres un mes entero dándole consuelo y apoyo. Su padre le buscó un abogado hijo de un viejo amigo: Juan Rivera. Joven serio, gruesas gafas, bondadoso y luchador, que consiguió un buen acuerdo con la compañía de seguros y el conductor culpable y otro con los abuelos malagueños porque al fin y al cabo Luis era su único hijo y Luisa su única nieta. Con todo esto, después de los meses que tardó en resolverse el asunto, bien orientada por Juan Rivera que había seguido siendo consejero y amigo, compró otro piso más grande unas manzanas más arriba y montó la escuela de idiomas. Técnicamente, ¿podría su hija reclamar este piso también? Con lo que había luchado, trabajando más horas de las que el día trae... No lo sabía.
La niña creció despreocupada sin echar de menos al padre de quien no conservaba recuerdo. No dio grandes quebraderos de cabeza, ni malas notas ni malos amigos. Tenía el genio vivo, le gustaba salirse con la suya; Ángela procuraba no contrariarla. No fue cariñosa, más bien despegada, quizá la forma sana de ser para una hija única sin padre.
Quién sabe por qué razón se empeñó en estudiar en los Estados Unidos. Tal vez por alguna compañera; era sabido que a aquellas edades hacían más caso a los amigos que a la familia. Logró matricularse en una Universidad en Massachussets, seguramente mediocre; Ángela sin parpadear mandó dinero suficiente para matrículas y un apartamento. Más tarde, Luisa conoció a Juan, que terminaba ingeniería en M. I. T. y unos meses después vino el primer disgusto. La llamó —cobro revertido— para decir que tenía este novio y se casaban. Ángela, llena de angustia, quería saber detalles. Y se los daba de malagana.
Juan había nacido en un pueblo de La Coruña, el menor de ocho hermanos; cuando tenía tres años su padre se mató al caerse de un árbol (no pudo saber qué estaba haciendo en el árbol: cuando lo preguntó, Luisa se puso furiosa.) El hermano menor de su abuelo, tío-abuelo Manuel, había emigrado a los Estados Unidos, no tenía hijos. Su mujer y él eran ya mayores, propusieron hacerse cargo del pequeño. Incluso viajaron a Galicia para llevárselo; la madre no tenía dinero ni para darles de comer. El tío había empezado siendo camarero, se casó con Dora, de madre gallega y padre americano, acabó teniendo tres restaurantes. No criaron a Juan para seguir el negocio; el chico sería ingeniero porque era muy listo y ellos podían pagar buena preparación, buena universidad.
Parecía más una historia del siglo diez y nueve que de finales del veinte, pensaba Ángela, pero era cierta. Más adelante le llegó una carta de Manuel, mal redactada, mal escrita pero bien pensada y sensata. Antes había intentado discutir con Luisa. ¿Por qué de repente? ¿Cuándo, dónde? Pues en una iglesia católica dentro de cuatro semanas; necesitaba urgentemente los papeles, leyó una lista que Ángela fue escribiendo en los márgenes del periódico casi sin saber qué hacía. Toda discusión con Luisa era inútil; acabó pensando que algo parecido hizo ella misma y no se había arrepentido.
Rápidamente gestionó los documentos, reservó billetes para Boston donde iba a ser la boda. Llamó a Cádiz y dio la noticia. Sus padres protestaron, muy alarmados. Contó, lo que pudo.
—Todo esto me parece un disparate —dijo su padre.
—Lo sé, lo sé. A mí también, pero nada de lo que le digo sirve para nada así que me tengo que resignar. Quiero saber si vais a venir.
—No, no. Con estas prisas imposible. Tu madre no está buena.
¿Cómo? No le habían dicho nada. ¿Qué le pasaba a mamá? Estaba con unos cólicos, como cortes de digestión.
—¡Válgame Dios! ¿Habéis ido al médico?
El médico no le veía nada de particular, le había mandado unas pastillas. Si no mejoraba, irían a un especialista del estómago. De viajar, por el momento no había caso. Colgó, preocupada. Dispuso las cosas en la escuela, compró un vestido y un sombrero, sencillos, y esperó nerviosa la hora de marchar.
Unos días antes de su viaje llamaron de Cádiz: su madre estaba en el hospital con un infarto. No sabían más, nadie les daba explicaciones. Vinieron horas de congoja y de dudas. Cómo elegir entre la boda de su hija y la posible muerte de su madre. Llamó a Luisa, a ver si la retrasaba. Y no, de ningún modo. Todo estaba organizado, todo el mundo tenía sus billetes, los tíos de Juan, dos hermanos, sus propios abuelos desde Málaga. Ángela siguió indecisa; esperaría un poco más a ver cómo se desenvolvía la situación. Entonces la llamó el hermano mayor.
—Niña, no sé lo que te habrán dicho pero mamá no sale de ésta.
—He hablado con papá esta mañana, dice que no está peor. No sé qué hacer. Se casa Luisa dentro de quince días y...
—Tu hija es una egoísta mal criada y una idiota. Claro que la culpa la tienes tú, que la has mimado más de la cuenta.
—No digas eso por favor, no...
—Es natural que la defiendas pero yo no tengo paciencia. Si no quiere retrasar la boda, allá ella. Y tú, si quieres ver a mamá...
—Iré, si la ves tan mal. Retrasaré mi viaje a Boston.
—Como quieras. Mira, no hace más que decir “que venga Angelita”.
Su madre murió, en efecto, ocho días después, de una operación de corazón, en el quirófano. Ángela se quedó en Cádiz acompañando a su padre abrumado y aún incrédulo.
A partir de la boda Luisa pareció haberse convertido en otra persona, quizá fuera lo natural. ¿Había cambiado ella misma al casarse? No lo sabía, tal vez sí. Ya no podría preguntárselo a su madre, una de tantas preguntas como debió haberle hecho mientras estaban a tiempo y quedarían sin contestar irremediablemente.