
LAS FERIAS DEL LIBRO COMO ESPACIOS DE NEGOCIACIÓN
CULTURAL Y ECONÓMICA
Vol. 1
Planteamientos generales y testimonios desde
España, México y Alemania
MARCO THOMAS BOSSHARD
FERNANDO GARCÍA NAHARRO (EDS.)
LAS FERIAS DEL LIBRO COMO
ESPACIOS DE NEGOCIACIÓN
CULTURAL Y ECONÓMICA
Vol. 1
Planteamientos generales y testimonios desde
España, México y Alemania

IBEROAMERICANA • VERVUERT • 2019
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Este libro forma parte del proyecto “Ferias del libro como espacios de negociación cultural y económica” financiado por la Deutsche Forschungsgemeinschaft (DFG, Fondo Alemán de Investigación), no. de proyecto 317687246.
This book is part of the research project “Book fairs as spaces of cultural and economic negotiation” funded by Deutsche Forschungsgemeinschaft (DFG, German Research Foundation) – Project number 317687246.
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ISBN (Iberoamericana): 978-84-9192-028-1
ISBN (Vervuert): 978-3-96456-789-5
ISBN (ebook): 978-3-96456-788-8
Depósito legal: M-1808-2019
Diseño de cubierta: Rubén Salgueiros
Ilustración de la cubierta: © Adriano Castelli / Shutterstock.com
Introducción
Las ferias del libro como espacios de negociación cultural y económica: hacia un diálogo entre la academia y los profesionales del ámbito del libro
Marco Thomas Bosshard y Fernando García Naharro
I. DESDE LA ACADEMIA
Los orígenes de las ferias del libro en México en el siglo XX
Freja Ininna Cervantes Becerril
“México, un libro abierto”. La exposición central del país invitado en la 44.a Feria del Libro de Frankfurt (1992)
Matteo Anastasio
The Reception of Book Fairs and Guest of Honor Presentations: Outlining Theoretical Frameworks and Empirical Research Methods
Anke Vogel
Bibliodiversity in the Context of the Presence of Guests of Honor at International Book Fairs. An Outline of the Analysis of Francfort en français 2017
Luise Hertwig
The Impact of Book Fairs on Book Sales
Michel Clement, Kristina Bölke & Petra Schulz
Actores anejos al campo editorial: el caso de la Feria del Libro de Madrid
Fernando García Naharro
Visitantes no profesionales y libreros en la Feria del Libro de Madrid y su aceptación del formato del país invitado de honor: encuestas entre el público y libreros
Marco Thomas Bosshard
La crítica en el sistema literario
José María Pozuelo Yvancos
II. TESTIMONIOS
¿Casar dos elefantes? Sobre las dificultades para acercar el mercado del libro alemán con el de España desde la muerte de Franco hasta hoy
Michi Strausfeld
La Feria del Libro de Frankfurt: impacto cultural, económico y político del invitado de honor
Marifé Boix García
Literatura y cultura catalana en las ferias internacionales del libro
Sílvia González
“¡Y para qué todos estos árboles!” Algunos apuntes, a modo de testimonio, acerca del estand alemán en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL) 2011
Timo Berger
Ferias del libro: LIBER
Antonio María Ávila
Sobre los autores
Los artículos y testimonios aquí reunidos se han generado en el marco del simposio inaugural del proyecto de investigación “Las ferias del libro como espacios de negociación cultural y económica” apoyado por el Fondo Alemán de Investigación (DFG) que tuvo lugar en la Europa-Universität Flensburg del 22 al 24 de junio de 2017. Según señala su título, el proyecto pretende analizar las ferias del libro como espacios de negociación político-cultural, estético-mediática y económica, centrándose para ello en los casos de España, México y Alemania. Desde una perspectiva transnacional –y tomando en consideración la presencia en ferias de países invitados de honor–, el estudio de estos eventos adquiere nuevos matices más allá del campo literario. Por ello –y para hablar de estos complejos espacios de negociación–, nos pareció indispensable hacer de estas páginas un lugar de encuentro entre académicos y figuras relevantes del sector del libro y de las ferias. Los relatos y experiencias –a veces bastante personales– de estas últimas se recogen en la segunda parte de este volumen, mientras que en la primera parte se encuentran, de manera más convencional, unos primeros acercamientos académicos al fenómeno. El punto de partida en la gran mayoría de los textos que constituyen este volumen –tanto en los análisis como en los testimonios– se ha centrado en la presencia de países, ciudades o regiones invitados de honor en las ferias del libro más significativas del ámbito iberoamericano e internacional que aquí nos conciernen: la Feria del Libro de Madrid y LIBER (España), la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (México) y la Frankfurter Buchmesse (Alemania).
Cada una de estas ferias cuenta con una larga trayectoria sobre la que ya mucho se ha escrito: así por ejemplo, de la Feria del Libro de Madrid nos quedan incluso relatos de sus fundadores (Giménez Siles 1981), de visitantes ilustres (Jarnés 1935) o relatos como aquellos que recogiera Fernando Cendán Pazos al contarnos que los antecedentes más remotos de la feria se encontrarían en las madrileñas ferias de San Mateo y San Miguel, establecidas por Juan II en 1477, pocos años después de la introducción de la imprenta en España (1472-1474) (Cendán Pazos 1987: 7-8). En las ferias de aquel entonces, los libros aparecían aún mezclados con otros productos: así ocurría también en la Feria de Frankfurt, la que para el siglo XVI fuera “la suma de todas las ferias del mundo” y en la que se podía encontrar desde vino, ropa u objetos de oro, plata y bronce. Por aquellos años, la otra feria, la Academia de las Musas o lo que es lo mismo, la Feria del Libro de Frankfurt constituía ya un espacio autónomo desarrollado a partir de la feria general (Flood 2007: 8-14). Evolucionando desde una feria de mercancías hacia una de muestras y, finalmente, una de licencias, actualmente la Feria del Libro de Frankfurt se caracteriza por ser un “evento multifuncional” (Niemeier 2001) que se ha convertido en referente europeo y mundial, constituyendo el “mayor ritual periódico del mundo editorial” (Sorá 2002: 128). De esta feria del libro contamos también con las memorias y los análisis de su director, Peter Weidhaas, quien la definió como una “herramienta del mercado, que fue tan moderna en el pasado como lo es en el presente” (Weidhaas 2003: 7).
Si bien es cierto que en Europa las ferias del libro existen desde el siglo XV, solo se han tornado eventos internacionales después de la Segunda Guerra Mundial: una transformación que veremos también en el continente americano con trabajos pioneros como el que nos brinda en este volumen Freja Ininna Cervantes Becerril (Universidad Autónoma Metropolitana). En su capítulo, realiza una reflexión crítica e histórica de las primeras ferias del libro en México, a partir de la tercera década del siglo XX, hasta la fundación de la Feria Internacional del Libro de Guadalajara –que ha cumplido ya más de treinta años (FIL Guadalajara 2006 y 2016)– y su relación con las políticas públicas. Así, plasma y reconstruye el fenómeno cultural y comercial de las ferias del libro en México y nos habla de lo complejo de estos eventos en los que convergen desde políticas públicas (campañas de alfabetización, programas y planes para el fomento a la lectura) hasta problemáticas en torno a su financiación (política estatal de subvención y patrocinio a gran escala) o a la propia naturaleza del evento y de las dinámicas seguidas para captar y ampliar públicos.
También de México –pero en este caso de las estrategias estéticas relacionadas con su (auto)representación como país invitado de honor en la Feria del Libro de Frankfurt 1992– se ocupa el capítulo de Matteo Anastasio (Europa-Universität Flensburg). El trabajo aborda especialmente la cuestión de cómo los elementos expuestos en el contexto del pabellón del invitado pueden abrir un espacio de construcción narrativa del imaginario nacional, mostrando las enormes posibilidades y el alcance de la puesta en escena a través de recursos museísticos de la cultura y, sobre todo, de la literatura de una comunidad en el marco del formato del país invitado de honor de una feria del libro.
Al calor de las lógicas de internacionalización que la gran mayoría de ferias del libro a lo largo y ancho del globo han ido desarrollando, Anke Vogel (Johannes Gutenberg-Universität Mainz) reflexiona en su capítulo sobre el formato mismo el país invitado de honor, figura que se ha establecido como un vehículo privilegiado de representación nacional. En su estudio se constata cómo en muchos casos las ferias contemporáneas privilegian la presencia de países occidentales u occidentalizados con economías solventes; las relaciones internacionales juegan también aquí su papel, lo que lleva a la autora a proponernos teorías y modelos de investigación para analizar con garantías la recepción y el impacto de la presencia de países invitados de honor en ferias del libro: recetas que irán desde las entrevistas en profundidad hasta ponderar la cobertura mediática y apostar por el análisis de contenido.
Las motivaciones políticas y las estrategias político-culturales así como económicas de la promoción cultural están también presentes en el trabajo de Luise Hertwig (Europa-Universität Flensburg) sobre la presencia de Francia y la lengua francesa en la Feria del Libro de Frankfurt 2017. En el capítulo se analizan, desde la actual perspectiva de la bibliodiversidad, los efectos que la promoción cultural de los países invitados puede tener en el mercado del libro tanto del país anfitrión como del país invitado. Así, el trabajo nos invita a conocer más sobre la creciente aceptación de la idea de bibliodiversidad y las implicaciones que sus demandas tienen en el ecosistema del libro en el panorama actual de la mundialización editorial (Sapiro 2009).
Estos condicionantes son propios de un tiempo que demanda del campo editorial nuevas estrategias de venta y promoción, donde las ferias del libro parecen jugar un papel destacado. Sin embargo, Michel Clement, Kristina Bölke y Petra Schulz (Universität Hamburg) discuten la repercusión de las ferias en el mercado del libro. Para los casos de la Feria del Libro de Frankfurt y la Feria del Libro de Leipzig, ponen en tela de juicio el impacto real de estos eventos más allá de su función como espacios donde reforzar relaciones, intercambiar información y estabilizar los cánones dominantes del campo editorial; todas ellas, sin embargo, facetas determinantes para comprender la naturaleza polisémica de estos eventos que interpelan no solo a las gentes del libro sino también a actores total o parcialmente externos al campo editorial.
A ellos presta atención Fernando García Naharro (Europa-Universität Flensburg), quien analiza en su capítulo la injerencia de la lógica mercantil reflejada, para el caso de la Feria del Libro de Madrid de 2017, en la influencia de los medios de comunicación o de la publicidad comercial. Coacciones del campo visibles también en las estrategias seguidas por instituciones, país invitado de honor e instancias directivas, cuyo estudio supone un desplazamiento que, paradójicamente, nos llevará a conocer algo más sobre las actitudes del público (asistente o potencial) de la feria madrileña.
Al público de esa misma edición de la Feria del Libro de Madrid se dedica la aportación de Marco Thomas Bosshard (Europa-Universität Flensburg) quien, a través de encuestas realizadas a visitantes no profesionales y a libreros participantes en la feria, testará la aceptación del formato de país invitado de honor. En comparación con el de la Feria del Libro de Frankfurt, el formato en Madrid parece poco establecido, por lo cual se discuten los retos y las contradicciones que debe conculcar dicha práctica en un mundo globalizado.
En el seno de la actual superproducción narrativa tan visible en las ferias, entre los miles y miles de nuevos libros publicados cada año, la crítica literaria puede y debe brindar orientaciones al lector. En su capítulo, José María Pozuelo Yvancos (Universidad de Murcia) nos habla del lugar de la crítica dentro del sistema literario y de las funciones básicas que toda crítica literaria debe cumplir en el periodismo cultural. Así, discursos y discusiones en torno a lo literario –pero también en torno a los códigos de percepción y evaluación de las presentaciones de los países invitados de honor en eventos culturales– coparán las páginas de este bloque que procura sentar las bases desde las que la academia podría dialogar con los verdaderos protagonistas de estos eventos: los profesionales del mundo del libro y la edición.
Ellos serán quienes tomen la palabra en la segunda parte de este volumen en lo que pretende ser un diálogo tan necesario como poco convencional: allí encontraremos testimonios, narraciones en primera persona, aquella protagonista (o testigo) de su propio relato; relato cuya propia convención discursiva nos remite a una historia verdadera. Ese efecto de veracidad (Beverley 1987: 7-16) nos lo brindarán aquí relatos de primera mano como el que nos ofrece Michi Strausfeld la que fuera responsable para la introducción y promoción de las literaturas latinoamericanas, española y portuguesa en la prestigiosa editorial alemana Suhrkamp. Strausfeld nos recuerda cómo, durante el último tercio del siglo XX, tanto Alemania como España querían saber más el uno del otro. Dos hitos culturales del acercamiento de esos dos paquidermos fueron la “Semana del Libro Alemán” en Madrid (1985) –organizada por la Feria del Libro de Frankfurt y coordinada por la propia Michi Strausfeld– y la presencia de España como país invitado de honor en la Feria de Frankfurt (1991). Como los elefantes, apunta la autora, España y Alemania saben recordar dónde se les ha tratado bien; quizá por eso, treinta años después, España volverá a ser “Ehrengastland” en Frankfurt 2021.1
Otra buena conocedora de la Frankfurter Buchmesse es su subdirectora Marifé Boix García quien nos aporta las claves para comprender cómo se organiza y planifica la feria del libro más importante del mundo. Desde el punto de vista profesional y financiero, pero también atendiendo a la dimensión cultural y política del evento, la autora nos muestra las implicaciones que la figura del país invitado de honor tiene para la feria. De Frankfurt surgieron, sin duda, las más exitosas estrategias de promoción cultural y varios formatos: desde los ejes temáticos o temas centrales con Latinoamérica como primer experimento en 1976 –donde exposiciones de fotografía, mesas redondas o una semana dedicada al cine latinoamericano hicieron que la Feria adquiriera otra dimensión– hasta la inauguración, en 1988, del formato del país invitado de honor que hace de la feria una especie de festival cultural ligado a la identidad propia de un país, una región cultural (por ejemplo el mundo árabe) o incluso lo que podríamos llamar una cultura nacional subestatal o “singular y universal” como la cultura catalana, cuya propuesta expositiva organizó el Institut Ramon Llull.
De la presencia de la cultura catalana como invitada de honor en el Feria del Libro de Frankfurt 2007 y de lo que significó para el Institut –e incluso para la propia autora– nos habla Sílvia González, directora de la oficina en Berlín y coordinadora de los proyectos del Institut Ramon Llull en Alemania. Su testimonio nos acerca al programa Frankfurt 2007 que abarca todo un conjunto de actividades desarrolladas entre octubre de 2006 y diciembre de 2007 tanto en Cataluña como en Alemania. El programa no estuvo exento de polémica –como recuerdan también Marifé Boix García y Michi Strausfeld– pero logró visibilizar la fuerza de la industria editorial catalana y dinamizar el proceso de internacionalización de la cultura catalana desde diversos ámbitos.
Pero Frankfurt es solo una de las paradas en el viaje propuesto por la autora que nos invita a acompañarle en su periplo por París, Gotemburgo, Varsovia, Bolonia o Guadalajara. Allí, en la capital del Estado mexicano de Jalisco, se sitúa el relato de Timo Berger, quien nos habla de la gestación del programa literario de Alemania como país invitado de honor en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara en 2011. Quién mejor que uno de los impulsores de la exitosa idea del árbol de poesía –nacida del diálogo entre poetas alemanes y mexicanos– para contar cómo la invitación a intervenir en el pabellón alemán convirtió al árbol en uno de los lugares más concurridos de aquella edición: los visitantes se apropiaron del estand alemán que, en manos de los lectores, se transformó en todo un bosque alemán repleto de hojas poéticas.
Pero las ferias no solamente viven de público –al menos no todas–. Así lo atestigua la visión personal de un profesional consagrado y curtido en estas lides como es Antonio María Ávila. El director ejecutivo de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) nos habla de la singularidad de LIBER: única Feria Internacional del Libro en España de carácter profesional y no abierta al público, celebrada anualmente alternando su emplazamiento en Madrid y Barcelona. Así, LIBER asume un perfil muy distinto a las ferias anteriormente mentadas, volcada al ámbito de la lengua española y a la exportación. En el testimonio de Ávila podemos acercarnos a conocer, a través de los ojos de la industria editorial del libro –específicamente de la industria española, pero en diálogo con el mercado internacional–, qué significado tienen estos eventos para las gentes del libro.
De esta suerte, mediante este diálogo entre la academia y los profesionales del sector del libro, el fenómeno-evento de las “Ferias del Libro” pasará a dotarse de nuevos significados a la luz de la experiencia de sus protagonistas, a través de sus testimonios y en contacto con los primeros resultados obtenidos de nuestra investigación.
BEVERLEY, John (1987): “Anatomía del testimonio”. En: Revista de Crítica Literaria Latinoamericana, 13:25, pp. 7-16.
CENDÁN PAZOS, Fernando (1987): Historia de la Feria del Libro de Madrid (1933-1986). Madrid: Cámara de Comercio e Industria de Madrid.
FIL GUADALAJARA (2006): 20 años. Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.
— (2016): 30 años. Feria Internacional del Libro de Guadalajara. Guadalajara: Universidad de Guadalajara.
FLOOD, John L. (2007): “Omnium totius orbis emporiorum compendium: the Frankfurt fair in the early modern period”. En: Robin Myers, Michael Harris y Giles Mandelbrote: Fairs, Markets and the Itinerant Book Trade. Newcastle: Oak Knoll Press, pp. 8-14.
GIMÉNEZ SILES, Rafael (1981): Retazos de vida de un obstinado aprendiz de editor, librero e impresor. Ciudad de México: Imprenta Azteca.
JARNÉS, Benjamín (1935): Feria del Libro. Madrid: Espasa-Calpe.
NIEMEIER, Sabine (2001): Funktionen der Frankfurter Buchmesse im Wandel – von den Anfängen bis heute. Wiesbaden: Harrassowitz Verlag (Buchwissenschaftliche Beiträge aus dem Deutschen Bucharchiv München 68).
SAPIRO, Gisèle (2009): Les contradictions de la globalisation éditoriale. Paris: Nouveau Monde.
SORÁ, Gustavo (2002): “Frankfurt y otras aduanas culturales entre Argentina y Brasil. Una aproximación etnográfica al mundo editorial”. En: Cuadernos de Antropología Social, 15, pp. 125-143.
WEIDHAAS, Peter (2003): Una historia de la Feria de Fráncfort. Ciudad de México: Fondo de Cultura Económica.
1 “España, país invitado de la Feria del Libro de Fráncfort 2021”, El País, 15 de noviembre de 2017, <https://elpais.com/cultura/2017/11/15/actualidad/1510744280_225510.html> (09/03/2018).
El amplio repertorio de ferias del libro en México, más de 150 espacios feriales aunque solo tres logran despertar un interés a nivel internacional (CERLAC-Unesco 2012),1 constituye en la actualidad un tema digno de estudio para observar los fenómenos culturales, comerciales y educativos alrededor de la edición y el circuito del libro, según estimaciones recientes de la Dirección de Publicaciones de la Secretaría de Cultura. La carencia de una red de librerías efectiva y los mecanismos deficientes de distribución comercial en el territorio nacional marcan una asimetría evidente respecto de la proliferación de ferias del libro de toda naturaleza (universitarias, institucionales y privadas, locales, regionales, comunitarias, nacionales e internacionales, por materias, temas, disciplinas o géneros, de novedades o saldos, de tipos de edición o gremios, y un amplio etcétera). En esta relación de fuerzas y a partir de la diversidad de condiciones en las que surgen, se suceden e instituyen o desaparecen las ferias del libro para cubrir o sustituir funciones y necesidades, incluso ajenas al mundo del libro, cabría cuestionarse en sentido histórico sobre las significaciones, representaciones y proyecciones que las han caracterizado en la historia cultural mexicana a partir de la tercera década del siglo XX.
La escasa y reciente bibliografía sobre el tema de corte sociológico ha señalado la importancia de estos fenómenos para advertir en las ferias del libro tensiones temporales entre el pasado histórico y un futuro trascendente a la historia, es decir, entre innovaciones en tendencia y tecnología, y su tradición expresada en ritos cíclicos que posibilitan su ejecución y reconocimiento, así como en las realizaciones de los sujetos mismos que las representan en un flujo de intercambios: “En términos sociales e ideológicos, es un acontecimiento que congrega multitudes, manifiesta poderes y dinamiza la esfera pública” (Sorá 2016: 20-21). Como espacios de encuentro comercial y cultural, las ferias del libro implican un complejo sistema de relación paradójica, ya que son “algo que puede ser primitivo y futurista al mismo tiempo; particular y universal; para profesionales y para legos; nacional e internacional; frío y caliente; aparentemente socialista y netamente capitalista; incluyente y excluyente; para iniciados y para novatos” (Sorá 2016: 19). En ellas se manifiestan, representan y practican nociones tan abstractas como mercado, economía, industria, políticas públicas, literatura, sociedad, Estado, educación, cultura y un sin fin de aspiraciones y dinámicas de todo aquel que asista y participe en ellas.
En esa constelación de representaciones y proyecciones del espacio ferial, la “literatura nacional” ha tenido y tiene una función predominante, y en su uso y abuso se hayan imbricados discursos políticos y culturales a lo largo de su historia. De ahí la pertinencia de remitirse a la primera feria del libro en la ciudad de México en noviembre de 1924, en la que destaca tempranamente la participación principal de fondos públicos del Estado posrevolucionario destinados a su consumación, la capacidad de las políticas públicas para convocar los diferentes gremios e intereses en función de la campaña masiva de alfabetización que predominó a lo largo de la primera mitad del xx, privilegiando las actividades culturales en las que la literatura nacional sirve y se proyecta para fines distintos a su campo desde el pasado, en alianza con los intereses comerciales y de negocio del sector empresarial. De ahí que la proliferación de cualquier clase de feria del libro en el país, se deba más a una red incipiente de librerías para exhibir la producción de la industria editorial en México, que a una creciente cultura del libro y una eficaz política del fomento a la lectura. En este sentido, las ferias operan como puntos de venta para cubrir en parte un problema de demanda y de acceso al libro en el sentido amplio, a pesar de su oferta restringida en la mayoría de los casos.
El breve recorrido histórico de esta investigación a partir de la feria del libro de 1924 convocada y organizada por la Secretaría de Educación Pública (SEP), intenta seguir el desarrollo de la producción del libro en México en relación con las políticas del Estado en su proceso de internacionalización desde el espacio ferial, que como nación moderna se propuso el programa editorial estatal inspirado en las ferias del libro alemanas de Leipzig en la primera mitad del siglo XX y, posteriormente en la segunda, de Frankfurt. En este sentido, el caso mexicano sobresale por la determinación con la que actúa la figura del Estado editor que concentra un alto índice de la producción nacional del libro en convivencia, no siempre armónica, con una industria editorial. No obstante, esta problemática específica lejos de impedir un desarrollo creciente, logró articularse de manera exitosa en la consumación de una feria, como la FIL de Guadalajara, que al día de hoy es una de las más importantes del libro en español por volumen de negocio y a nivel continental en América Latina. Esta internacionalización del mercado mexicano a partir de sus propias ferias demanda entenderla en una doble dinámica, es decir, en sus representaciones internas y externas, históricas y contemporáneas, y en un periodo amplio de noviembre de 1924 a noviembre de 1987, en el que la literatura nacional tiene una función principal en su aportación de capital simbólico legitimando políticas estatales y prestigiando las prácticas comerciales de las ferias que antecedieron a la FIL de Guadalajara. En esta primera aproximación a una deseable historia de las ferias del libro en el México del xx, se pretende esbozar las principales problemáticas, funciones y objetivos de las ferias de la primera mitad del siglo.
En la primera mitad del siglo XX en México, las ferias del libro más significativas tuvieron lugar en la capital del país, y su aparición y centralismo se debió principalmente a las políticas educativas y culturales que el Estado mexicano posrevolucionario implementó en su complejo proceso de estabilización política, después de la guerra civil. Este periodo conocido en la historia de la cultura en México como el renacimiento mexicano y que comprende de 1920 a 1940, por lo regular, se centra en la influencia de una de las figuras más enigmáticas y seductoras entre los talentos que definieron el campo intelectual y artístico del momento: José Vasconcelos, quien fuera rector de la Universidad Nacional de México a partir de 1920, y primer fundador de la SEP en 1921. Vasconcelos concibió en la producción y difusión del libro su mayor estrategia de representación e implementación de su programa educativo y cultural,2 impulsando sus políticas sociales al interior del país y promocionándolas a nivel continental en una serie de conferencias por América del Sur, con intercambios de estudiantes y desde el Congreso Internacional de Estudiantes en 1921, del que el joven Daniel Cosío Villegas fue su presidente.3 Entre sus objetivos principales para el desarrollo de una cultura moderna y progresista en México se encontraba su campaña de alfabetización en lengua española en todo el país, además de la edificación de una red de bibliotecas para las nuevas funciones de la educación pública y gratuita. Los detractores de Vasconcelos vieron en el núcleo de su proyecto su intención de masificar los bienes de la alta cultura, que para ese momento solo se identificaban en los grupos de élite. Las artes plásticas con el desarrollo del muralismo mexicano y la música “nacionalista”, que aspiraba a recodificar los sonidos autóctonos y folclóricos, fueron los ámbitos en los que con mayor énfasis se intervino para amplificar el programa vasconcelista; no obstante, en el terreno de la literatura, las propuestas de una “literatura nacional” en el campo literario mexicano durante el periodo de 1915 a 1925 (del inicio del gobierno carrancista a la primera querella cultural sobre literatura nacional) fueron emergentes y se distinguieron por sus divergencias estéticas e ideológicas, aunque todas aspiraron a ser universales en lo individual. Esta situación de la literatura en relación con el Estado le restó impulso de acción en estos años, ya que la épica histórica de la Revolución difícilmente pudo gestarse en esos primeros años, y los diferentes grupos literarios manifestaban ambigüedades en su asimilación.
En este escenario, Ignacio Sánchez Prado identifica tres movimientos representativos, como los “virreinalistas” o “colonialistas”, los integrantes del estridentismo y la vanguardia con filiación modernista, en cuya forma de interactuar y proyectarse públicamente se infieren sus posiciones ideológicas, relaciones de poder y espacios de acción que ocupan. En los colonialistas (representados por figuras como Genaro Estrada, Artemio del Valle Arizpe, Francisco Monterde) prevaleció la idea de nación “en el encuentro entre Estado, cultura española y catolicismo del Virreinato”, cuya ideología desentonó con el discurso hegemónico de la nación posrevolucionaria, pero cuyos integrantes supieron acomodarse en puestos públicos (Sánchez Prado 2009: 21-23). Los estridentistas (Manuel Maples Arce, Arqueles Vela, Germán List Arzubide, Kyn Taniya), identificados con el futurismo de Maikovski y Marinetti, pugnaron por cambios en la escena cultural urbana y relacionaron la Revolución mexicana con la bolchevique en su proyecto, por lo que su incorporación al nuevo régimen posrevolucionario fue plena. Finalmente, los vanguardistas posmodernistas (Ramón López Velarde y los Contemporáneos) realizaron un proceso “de renovación de la poesía mexicana que parte de una reescritura del significado de ‘lo nacional’ en la literatura y desemboca en una concepción completamente cosmopolita de lo poético que se contrapone a la búsqueda de una ‘literatura nacional’”; no obstante su relativa autonomía, también colaboraron en la realización de políticas institucionales y contribuyeron al discurso oficial de la cultura, desde sus cargos en el gobierno federal (Sánchez Prado 2009: 25).
Asimismo, el radio de acción del campo literario del periodo tuvo su expresión en la práctica editorial, que tiene sus antecedentes en el interés por la edición y el comercio librero en la ciudad de México con el inicio de la Revolución. Intereses derivados también de la intensa producción periódica que desde el siglo independentista contribuyó a diseminar la imprenta y difundió la nota política de los tiempos convulsos, además de entretener con novelas de folletín y relatos policíacos a los lectores de los primeros años del xx. De ahí que algunos estudios más recientes sobre la edición en México permiten observar y pensar en otros escenarios de la actividad editora en la llamada “década armada”, de 1910 a 1920 (Cervantes/Valero 2016). Para contestar a la pregunta de qué pudo impulsar la actividad editorial en una etapa de transición en la que la producción del libro alternó con el fuego cruzado y los fusilamientos en las plazas de la ciudad de México, habrá que considerar sumariamente al menos tres fenómenos. El primero, de carácter regional, se debe al impulso editorial que vivieron las capitales hispanoamericanas, como Buenos Aires y Santiago, y que alienta la producción local hacia una industrial, con el fortalecimiento, en el caso mexicano de la industria papelera nacional y de las Artes Gráficas (Lenz 1990). El segundo apunta a un doble cerco bélico que impidió el comercio trasatlántico del libro y la distribución de las publicaciones importadas en la capital mexicana con la Gran Guerra y la Revolución, dos coyunturas que, pese a su signo negativo, despertó el interés de los libreros, intelectuales y escritores cercanos a la educación preparatoriana y universitaria, como Hermanos Porrúa, Botas y Editorial Cvltvra, en su labor de proveer los libros que escaseaban en el mercado local. Finalmente, el tercer fenómeno de carácter demográfico incidió en una subversión y ampliación de la sociedad mexicana que provocó una masificación de la educación con el crecimiento de la matrícula estudiantil como programa gubernamental en el gobierno de Venustiano Carranza.
De los proyectos editoriales de la década armada que emprendieron los intelectuales y artistas, surgieron los nuevos agentes de la profesionalización de la edición y de los estudios literarios, fueron al mismo tiempo profesores, autores, editores y fundadores de instituciones de los años veinte a los cuarenta, en una continuidad generacional de los modernistas a los contemporáneos que describe el relevo del poder cultural con la ocupación de cargos y funciones públicas en los departamentos y oficinas editoriales, como Julio Torri, Agustín Loera y Chávez, Antonio Castro Leal, José Gorostiza, Daniel Cosío Villegas, Jaime Torres Bodet, Xavier Villaurrutia, Salvador Novo, Alfonso Reyes, entre otros; además de los artistas gráficos que dieron identidad “nacional” a la producción editorial mexicana como Julio Ruelas, Dr. Atl, Saturnino Herrán, Roberto Montenegro, Jorge Enciso, Diego Rivera, Francisco Díaz de León y Gabriel Fernández Ledezma; todos ellos artistas formados en la Academia de San Carlos y algunos con estancias en Europa. Un contingente que acompañó en todo momento y en la mayoría de sus empresas editoriales a José Vasconcelos como rector de la Universidad Nacional y primer secretario de Educación Pública.
En la tercera década del siglo, el editor Vasconcelos persiguió la multiplicación de los libros a partir de tres acciones estratégicas que se tradujeron en políticas culturales: la primera fue impulsar y fomentar la edición nacional mediante subsidios y patrocinio; la segunda, estimular la negociación contractual con las casas editoras españolas para disminuir el costo de los libros y alcanzar un radio mayor de distribución en los estados federativos; y la tercera, incentivar, desde una red programática de bibliotecas públicas, la producción industrial del aparato estatal. Bajo estos tres ejes se fundamentó la política editorial del Estado mexicano y representan, en la actualidad, los tres principios rectores que históricamente han conducido la producción del Estado editor desde sus instituciones culturales y educativas. Así, José Vasconcelos diseñó colecciones, revistas, manuales y materiales impresos que debían ser los vehículos aliados de su proyecto a través de la creación del Departamento Editorial, dirigido por el escritor Julio Torri, y con la posesión de los Talleres Gráficos de la Nación que, por decreto del presidente Álvaro Obregón, en 1921 pasaron a depender y servir a la Universidad Nacional. Lo anterior le permitió a Vasconcelos asegurarse de los talleres para construir con la producción de los libros las bibliotecas públicas y otorgar los materiales didácticos a alumnos y maestros con la planeación y diseño de los libros de texto, así como de los libros escolares gratuitos.
De ahí que aproximarse a la primera Feria del Libro en noviembre de 1924 en el Palacio de Minería y, particularmente, a la función de la literatura y sus representaciones en este espacio simbólico y comercial, conlleva atender la formación del Estado posrevolucionario con los gobiernos de Venustiano Carranza y Álvaro Obregón, y a la reconfiguración y posterior fundación de instituciones acordes al restablecimiento paulatino del Estado de derecho, una vez sofocada la guerra civil. Un periodo complejo y problemático que muy pronto debió resignificar y capitalizar la actividad cultural e intelectual inmediata de la “década armada” (Saborit 2008: 49-86),4 traducida y realizada por intelectuales y artistas de diversas generaciones e ideologías, ya identificadas arriba, cohesionados en el insilio y exilio mediante proyectos culturales de carácter masivo y de difusión, acordes con el reciente nacionalismo “inclusivo” derivado de la Revolución mexicana, como lo fue el vasto programa que desplegó estratégicamente José Vasconcelos al frente de la SEP.
Si bien, José Vasconcelos ya había renunciado a su cargo en la SEP para postularse a la presidencia de la República cuando tuvo lugar la inauguración de la Feria del Libro en noviembre de 1924, a cargo del segundo secretario Bernardo J. Gastélum, esta iniciativa se vio enmarcada y justificada por el desarrollo del programa editor vasconcelista, del que la feria resulta su mayor aspiración, o como afirma Claude Fell “una especie de consagración de la obra editorial del ministro de Obregón” (Fell 2009: 493), al presentarse y representarse en la esfera pública de una rearticulada sociedad capitalina, que desde hacía una década modificaba su paisaje urbano por la inmigración constante y masiva de población rural, así como de los grupos privilegiados de empresarios, profesionales y letrados de las ciudades más importantes del país, debido a la guerra.
Fue mediante el libro y su conversión de estatus –de una mercancía costosa, rara y de acceso restringido para el público mexicano a un bien cultural público y gratuito– que Vasconcelos pudo concebir y ampliar su tarea civilizatoria e institucional. De ahí que los libros, más que operar como herramientas para su ambiciosa y hegemónica campaña alfabetizadora, en tanto materiales didácticos y lingüísticos, representaron el mayor baluarte de su programa educativo al condensarse materialmente en una colección, biblioteca de autores “Clásicos”, que editó y produjo el Departamento Editorial de la SEP, bajo la dirección del escritor y ateneísta Julio Torri. Aunado a estas representaciones de la práctica editorial institucional, se debe atender a la situación precaria de la edición de libros en México y su incipiente mercado editorial, cuyo consumo y distribución dependía en gran medida de la producción extranjera de sellos franceses, alemanes y estadounidenses, como Ollendorf, Herder y Appleton y, en menor medida, de españoles, los casos de Espasa-Calpe y Calleja, que desde el siglo anterior, algunos de ellos contaban con librerías filiales en la capital mexicana, como la Librería Internacional Rosa, antecedente de la librería y editorial Vda. de Ch. Bouret de gran prestigio durante el régimen anterior del porfiriato (Suárez de la Torre 2009: 87-114).
Consciente de las asimetrías que determinaban desde entonces la producción del libro en español y desde su misión “patriótica” de difundir las literaturas de otras lenguas para universalizar la literatura nacional en conjunto, José Vasconcelos expuso en las páginas preliminares de sus Lecturas clásicas para niños lo siguiente:
Todo el que haya comparado nuestro ambiente hispanoamericano y aun español, con la cultura intensa de los países anglosajones, se habrá dado cuenta de lo escaso que son entre nosotros los libros; no tanto por su carestía, sino por lo difícil que comúnmente se hace encontrarlos, entre otras causas porque no existen traducidos a nuestro idioma. De allí que para hacer en nuestra raza, obra de verdadera cultura sea menester comenzar por crear libros, ya sea escribiéndolos, ya sea editándolos, ya traduciéndolos (Vasconcelos 1924: IX).
La intensa práctica editorial que encabezó Vasconcelos desde su programa educativo sentó las bases y los principios de la edición institucional y de las ulteriores políticas públicas para el fomento editorial y de la lectura del Estado posrevolucionario mediante estrategias comerciales y de producción que se implementaron para multiplicar los libros en una sociedad plurilingüística que se clasificó en un ochenta por ciento analfabeta por no leer y escribir en español. También en el mismo prólogo de sus Lecturas clásicas para niños, el secretario asienta lo que será la misión del Estado editor, que en la actualidad continúa definiendo las relaciones dependientes y problemáticas de la industria editorial mexicana:
El Estado tiene el derecho de abaratar el libro y difundirlo, aun cuando por hacerlo se arruinen veinte empresas, pero que en realidad lo que tendría que pasar era que todos aquellos que han aprendido a leer en el millón de libros repartidos por el gobierno tendrían que volverse clientes de los editores, porque tenían [sic] que seguir leyendo, y así, lo que hubieren dejado de vender de cartillas de enseñanza, lo recuperarían con creces, con los libros de todo género que un pueblo instruído consume (Vasconcelos 1924: XI).
La aparición del libro gratuito en el horizonte editorial significó la culminación del programa vasconcelista y dio lugar a la primera Feria Nacional del Libro en la ciudad de México, del 1 al 10 noviembre de 1924 (Valle 1924), bajo los auspicios del Departamento de Bibliotecas, dirigido por Jaime Torres Bodet (Cowart 1966: 53), de la SEP en colaboración con el Departamento del Distrito Federal (Boletín de la Asociación 1924), y tuvo su sede en el Palacio de Minería, que según Camilo Ayala Ochoa fue la primera feria del libro en México y Latinoamérica (Ayala Ochoa 2015: 51). Para ello se convocó a concursar a libreros e impresores industriales, quienes lanzaron un acalorado debate contra la política editorial del Estado, ya que la gratuidad del libro de texto iba en contra de sus intereses comerciales más genuinos, además de que dicha política atentaba contra el desarrollo de la industria editorial mexicana y la subsumía a una dependencia inevitable a las políticas estatales.
Al respecto, Claude Fell refiere la polémica protagonizada por el entonces secretario José Vasconcelos con el editor e impresor Manuel León Sánchez, quien en términos comerciales y según sus fines empresariales llevó a cabo una fuerte oposición contra la campaña estatal del libro de texto gratuito, enarbolado por el secretario de educación. León Sánchez acusó a Vasconcelos de
anular la protección que se había dado a las Artes Gráficas […]. Si lo que se intenta con la medida es acabar con las influencias que se ponen en juego y sobornos a que se presta la adopción de textos, nada se logrará, porque las mismas influencias y sobornos se ejercerán u ofrecerán al tratar de obtener las materias primas para hacer libros […] ningún gobierno ha puesto sus prensas oficiales a imprimir libros de escuela para regalarlos o venderlos, dejando este trabajo a las imprentas particulares (Fell 2009: 495-496).
A casi un siglo de distancia de esta política editorial estatal, que León Sánchez juzgó de “arcaica y pueril”, la discusión continúa en los discursos y preocupaciones que manifiestan los sucesivos presidentes de la Cámara Nacional de la Industria Editorial Mexicana (CANIEM), en los foros a los que asisten, como representantes de las empresas nacionales absorbidas por las trasnacionales del libro de texto comercial.
No obstante esta primera polémica empresarial y estatal, los empresarios de las Artes Gráficas contribuyeron junto con sus agremiados a su realización, impresores, litógrafos y libreros entre otros participaron activamente en ella, además de intelectuales, estudiantes, profesores universitarios, profesionistas, académicos, bibliólogos y especialistas de la bibliografía mexicana. La actuación de los funcionarios que conformaban la importante labor editorial de Vasconcelos, el poeta Jaime Torres Bodet y el escritor Julio Torri, fue definitiva para llevar a término la Feria del Libro que el sucesor de Vasconcelos anunció el 4 de agosto de 1924, a través del Boletín de la SEP y que después fue publicada a manera de convocatoria en el programa de la feria, en la que expusieron las razones y objetivos para llevarla a cabo:
Para promover el conocimiento recíproco de la producción editorial de la República, facilitar el comercio del libro hoy entorpecido por la falta de propaganda, estimular la concurrencia de los editores extranjeros al mercado del país, alentar el arte de la imprenta y la decoración del libro, honrándolo por ser el más eficiente vehículo de cultura y de humanidad, y, además, para propagar el afán de la buena lectura, tan descuidada entre nosotros, la Secretaría de Educación Pública organiza la Feria del Libro y Exposición de Artes Gráficas que funcionará durante los 10 primeros días del mes de noviembre en el Palacio de Minería (Gastélum 1924: 3).
Mediante un comité ejecutivo la feria se presentó en función de secciones en la que destaca en primer lugar la feria misma al enfatizar la necesidad del comercio del libro y la exposición y venta de materiales impresos y publicaciones a cargo de las casas editoras mexicanas y extranjeras. En una segunda sección se presentó una exposición del libro mexicano antiguo o raro desde los códices hasta la década de los veinte, a cargo del Departamento de Bibliotecas de la SEP que reuniría materiales bibliográficos de bibliotecas públicas y privadas. Complementaria a esta exposición se realizó una feria anticuaria, en la que se vendieron manuscritos y libros antiguos que comerciaban libreros especializados para bibliófilos y coleccionistas. La tercera sección consistió en una exposición de carteles y dibujos originales, tricromías, grabados, portadas, demás materiales gráficos elaborados por ilustradores y decoradores del libro (antecedente de los diseñadores editoriales), bajo la dirección del Departamento de Bellas Artes de la SEP, que durante la feria realizó concursos y designó premios a los participantes. La exposición de la cultura popular fue la cuarta sección de la feria, que presentó en una primera subsección “Publicaciones y producciones Artísticas del Pueblo” con una muestra de calendarios, corridos, cancioneros, impresos ilustrados; además de otra subsección dedicada a los libros infantiles. Finalmente, la quinta sección que constituyó el conjunto de exposiciones convocaba a una muestra fotográfica, en la que durante los días de la feria, se exhibieron obras de Tina Modotti y Edward Weston, quien entonces realizó destacadas fotografías de naturalezas muertas y los más conocidos retratos de Carmen Mondragón (Nahui Ollin) y la misma Tina Modotti.
Entre los concursos que anunció la convocatoria del Departamento de Bellas Artes se destaca los temas de exlibris, grabados en acero o madera, y la ilustración de portadas en la que se reunió lo más destacado de la producción del momento, como los dibujos de Roberto Montenegro; y especialmente entre los premios que fueron anunciados a los ganadores de los diversos ramos de las Artes Gráficas en el programa, destacan los asignados a impresores y dibujantes cromistas-tipógrafos, quienes obtuvieron un viaje “a Alemania con estancia de un mes, para perfeccionar los conocimientos de los trabajadores” (Feria del Libro 1924). Las cinco secciones de la Feria del Libro de 1924 estuvieron acompañadas en todo momento de talleres y un extenso programa cultural permanente en el que la participación de la música fue significativa para atraer al público lego en materia bibliográfica.
La participación de escritores, académicos e intelectuales en el programa general de conciertos, lecturas del libro y conferencias que se realizaron en el Salón de Actos de la Escuela de Minería durante la feria de 1924, aunque considerablemente menor a la musical, tuvo una significativa presencia del sábado 1 al lunes 10 de noviembre. Así, el bibliotecólogo Juan B. Iguíniz, como subdirector de la Biblioteca Nacional, presentó una conferencia intitulada “Las Bibliotecas en México”, y el escritor y crítico literario Francisco Monterde García Icazbalceta leyó fragmentos, a manera de adelanto, de su libro Fábulas sin moraleja y finales de cuentos que publicó mucho tiempo después en 1942. También Joaquín Méndez Rivas leyó su obra dramática Cuauthémoc, publicada en 1925 e ilustrada por Diego Rivera. El historiador Alberto María Carreño presentó la conferencia “La imprenta y la Inquisición en el siglo XVILas señales furtivasEl trompo de siete colores