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Julián del Casal

Relatos
Edición de Ángel Augier

Créditos

ISBN rústica: 978-84-9953-432-9.

ISBN ebook: 978-84-9953-431-2.

Sumario

Créditos 4

Brevísima presentación 7

La vida 7

La visión 7

El velo 9

Cuentos amargos 11

Una madre 13

I 13

II 14

III 16

Historias amargas 19

El primer pesar 21

I 21

II 22

III 23

La casa del poeta 26

I 26

II 27

III 29

La tristeza del alcohol 30

I 30

II 31

III 33

La última ilusión 35

El amante de las torturas 40

Esbozo de mujer 45

Ocios semanales 47

Dos encuentros 49

I 49

II 49

Para las mujeres 51

Introducción 51

I. Japonería 52

II. La estudiantina 53

III. En el tranvía 53

El mejor perfume 55

Frío 56

El velo de gasa 57

Un sacerdote ruso 59

La felicidad y el arte 61

Agua fuerte 63

Libros a la carta 67

Brevísima presentación

La vida

Julián del Casal (1863-1893). Cuba.

Nació en La Habana el 7 de noviembre de 1863. Su infancia estuvo marcada por la muerte de su madre en 1868.

No terminó sus estudios de leyes y se dedicó a la literatura.

Más tarde viajó a España con el deseo de visitar París. Pero nunca consiguió su propósito.

A su regreso a Cuba trabajó como escribiente en la Intendencia de Hacienda y como corrector y periodista. Su primer libro, Hojas al viento, fue publicado en 1890. En 1892 apareció Nieve y su volumen póstumo, Bustos y rimas, en 1893.

Es uno de los más relevantes poetas del modernismo junto a Martí, Gutiérrez Nájera y José Asunción Silva.

Murió la noche del 21 de octubre de 1893, durante una velada entre amigos, de una rotura de un aneurisma provocada por un ataque de risa.

La visión

La presente antología de Relatos de Julián Casal contiene textos diversos, entre otros: El velo, Una madre, El primer pesar, La casa del poeta, La tristeza del alcohol. Más allá de los lugares comunes del Modernismo latinoamericano la narrativa de Casal destaca por su visión peculiar y la atmósfera que recrea. En uno de estos relatos «Un sacerdote ruso», tras unas primeras líneas se lee:

Desde la altura de la blanca terraza, próxima al mar, bajo el toldo que forma el ramaje de verde enredadera, estrellado de flores violáceas, hay un grupo de gentes que contemplan, hundido el sombrero hasta las cejas y los anteojos nacarados entre los dedos, la salida de la fragata rusa que abandona nuestras costas.

Y en esa fragata, al final del relato, se describe a un sacerdote ortodoxo asomado por la borda extasiado mirando el trópico.

El velo

Frente a su lecho de sándalo, cuyas cortinas blancas, ornadas de cintas azules, ondeaban al soplo de la brisa, como banderas vencedoras; un poeta, que llevaba siempre los ensueños más hermosos en la mente y las canciones más dulces en los labios, tenía prendido, con alfileres de oro, coronados de perlas, largo velo de gasa pálida guarnecido de encajes.

Un día, al entrar en su habitación, le pregunté:

—¿De quién es ese velo?

—Es de la mujer, de la única mujer que he amado en el mundo.

Tras corto silencio, clavando en mí sus ojos, donde temblaban gruesas lágrimas, como gotas de rocío en botones entreabiertos, exclamó:

—Hace tiempo que la conocí, al salir de la iglesia, cuya torre se divisa a lo lejos —añadió dirigiéndose al balcón—, detrás del ramaje de aquellos laureles.

Como yo estaba en la miseria, sus padres se negaron a casarla conmigo. Pero ella, vacía la mente de preocupaciones vulgares, rebosante el corazón de ternuras amorosas, se alejó, en noche tormentosa, al fulgor de los relámpagos y al ruido de los truenos, del hogar paterno.

Largo tiempo anduvimos errantes por los campos, entre las aguas que corren, las abejas que zumban y las flores que embalsaman el ambiente. Aunque éramos pobres, siempre estábamos contentos. Teníamos perennemente el amor en nuestras almas y el beso en nuestros labios.

Pero las dichas del hombre, como las flores, solo duran el espacio de una alborada.

Una mañana, al abrir los ojos, la encontré muerta. Su cabeza, coronada de rosas amarillas, descansaba sobre ancha piedra del camino; sus brazos, abiertos en cruz, parecían aguardar la ansiada caricia; sus ojos, entornados tristemente, semejaban flores marchitas; sus pies, al sentir el frío de la muerte, se habían ocultado entre las hojas secas.

Yo, desde aquel instante, tengo siempre ante mis ojos, ante mis ojos que la lloran, el velo que cubría su rostro, su pálido rostro de madonna, el día en que la vi, al salir del templo, por primera vez.

Y alejándose del balcón, cuyos blancos hierros estaban tapizados de verde enredadera, estrellada de flores moradas, me dijo el poeta, con triste voz, con voz más triste que la del viento al pasar por entre las ramas de los pinos solitarios, estas palabras:

—Cuando yo muera, amigo mío, haced que me sirva de mortaja el largo velo de gasa pálida, guarnecido de encajes, que perteneció a la mujer, a la única mujer que he amado en este mundo.

La Habana Elegante, 30 de octubre de 1887.

Cuentos amargos
Una madre

I

Allá lejos, en el fondo del bosque, escondida entre las hojas, como un nido en el chaparral, se encuentra una casa rústica, rodeada de árboles corpulentos y de plantas olorosas. Tiene un horizonte delicioso de contemplar. Al frente se mira el cielo azul, jaspeado de nubes blanquecinas, cuyos extremos filetea el Sol de rayas rojas, verdes, violetas, rosadas y amarillas. A la izquierda se desarrolla larga cadena de montañas que se rompe a trechos para dejar ver un espacio del firmamento. A la derecha se divisa la ciudad donde los edificios se presentan apiñados, destacándose en el aire las siluetas de los altos torreones y las fachadas marmóreas de aristocráticos palacios.

El aire que se respira en este sitio está saturado de balsámicos olores. Profunda calma se cierne sobre todas las cosas. Solo se oye, de tarde en tarde, el silbido de lejana locomotora, el galope de rápido corcel, el mugido ronco del toro, el canto de algún pájaro y el murmullo apagado de las ondas al estrecharse en las rocas. Este silencio que parece descender de las alturas se dilata por la atmósfera, se extiende por las verdes campiñas y se infiltra hasta el fondo de las almas para adormecer los pesares más íntimos e infundir sensaciones de inexplicable bienestar. Parece que el hombre se siente allí mejor en medio de aquel Edén salvaje, lejos de sus semejantes y rodeado de seres invisibles.

Dentro de la casa todo revela orden, pobreza y pulcritud. Ningún objeto está fuera de lugar. Se adivina la mano de hacendosa mujer que barre incesantemente el pavimento de ladrillo, impide a las arañas colgar sus telas de la pared, quita el polvo de los muebles y riega las flores abiertas en las macetas. Tampoco se encuentra ninguna cosa superflua. Viejas estampas de santos, amarillentas por los extremos y encuadradas en varillas doradas se destacan en la pálida blancura de los muros. Ante aquellos se postra, en horas de abatimiento, una piadosa mujer, cuya figura enmagrecida circula a veces como fantasma silencioso por aquel interior.

Desde hace mucho tiempo, esa pobre mujer de cabellos blancos, de frente rugosa, de mejillas demacradas y de miradas extinguidas, ocupa la casa, en compañía de su hijo, único ser que hace latir su corazón. Fuera de este hijo, nada existe para ella. Fruto de sus primeros amores, lo colma de agasajos, lo cubre de besos y lo estrecha entre sus brazos temblorosos. Ella siente por él lo que la concha por su primera perla, lo que el árbol por su primer fruto, lo que la planta por su primera flor. Nunca el más leve disgusto ha interpuesto su sombra entre los dos. Juntos soportan la vida, en aquel lugar solitario, para cumplir las prescripciones facultativas que desterraron a la enferma mujer a la soledad de los campos. Ella pasa el día sola, entregada a las ocupaciones domésticas, mientras el hijo trabaja en la ciudad. Al fin de la semana, éste entrega puntualmente a la madre el producto de sus ganancias. Éstas son bastantes cortas y solo alcanzan para cubrir las primeras necesidades.

II

, 26 de enero de 1890.