

© NARCEA, S.A. DE EDICIONES, 2019
Paseo Imperial, 53-55. 28005 Madrid. España
www.narceaediciones.es
Fotografía de cubierta: IngImage
ISBN papel: 978-84-277-2538-6
ISBN ePdf: 978-84-277-2539-3
ISBN ePub: 978-84-277-2540-9
Todos los derechos reservados
Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con autorización de los titulares de propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (arts. 270 y sgts. Código Penal). El Centro Español de Derechos Reprográficos (www.cedro.org) vela por el respeto de los citados derechos.
Sobre enlaces a páginas web
Este libro puede incluir enlaces a sitios web gestionados por terceros y ajenos a NARCEA, S.A. DE EDICIONES que se incluyen sólo con finalidad informativa. Las referencias se proporcionan en el estado en que se encuentran en el momento de la consulta de los autores, sin garantías ni responsabilidad alguna, expresas o implícitas, sobre la información que se proporcione en ellas.
Para mis nietas Carmen, Ana y Lucía
y para mi nieto Marcos:
porque otra educación es posible,
y en ella queremos que viváis y os hagáis personas.
Índice
PRESENTACIÓN. Ángels Grado y Cesc Notó
INTRODUCCIÓN
I. ¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN LAS AULAS?
1. La convivencia positiva, marco general para la gestión del aula
El marco de la convivencia positiva
Las lecciones de la gestión pacífica de los conflictos
De un planteamiento reactivo a un planteamiento proactivo
Un nuevo paradigma para el análisis de lo que sucede en el aula
En conclusión
En la práctica
Para saber más
2. La gestión del aula: por qué, para qué, cómo
¿Qué es la gestión del aula?
Los profesores y profesoras, gestores de las condiciones del aula
A modo de conclusión
En la práctica
Para saber más
3. El clima o ambiente de aula
Qué es el clima de aula
Las características físicas, ambientales y organizativas
Las relaciones interpersonales en el aula
Las metodologías empleadas en el aula
La gestión socioemocional del docente
A modo de conclusión
En la práctica
Para saber más
4. Las conductas disruptivas en el aula: la parte visible
Una definición de las conductas disruptivas
Las conductas disruptivas en las escuelas de Educación Primaria
Las conductas disruptivas en los centros de Secundaria
Frecuencia e incidencia de las conductas disruptivas
A modo de conclusión
En la práctica
Para saber más
5. Las conductas disruptivas en el aula: la parte no visible
Los factores estructurales (1): El currículo
Los factores estructurales (2): La organización del aula y del centro
El factor cultural y sus dimensiones
A modo de conclusión
En la práctica
Para saber más
6. Las emociones en el aula
¿Qué son las emociones?
¿Por qué son importantes las emociones?
Tipos de emociones
Otras características de las emociones
Conclusión: el profesor o profesora como líderes emocionales
En la práctica
Para saber más
7. ¿Por qué no quieren estudiar? El papel de la motivación
¿Están realmente desmotivados los alumnos y alumnas?
¿Por qué motivos trabajan los alumnos y alumnas?
Otro factores presentes en la motivación
Factores ajenos al alumno, presentes en la motivación
En la práctica
Para saber más
8. Las normas y la disciplina en el aula
Consideraciones generales sobre las normas y la disciplina
¿Para qué la disciplinar escolar? El modelo punitivo-sancionador
Hacia la disciplina positiva: El modelo democrático y proactivo
El seguimiento y supervisión de la disciplina
A modo de conclusión
En la práctica
Para saber más.
II. LA GESTIÓN DEL AULA: PAUTAS Y SUGERENCIAS DE ACTUACIÓN
9. “Hacer grupo”: las relaciones personales en el aula
La creación del grupo: Los elementos de “provención”
Las interacciones en el grupo
La comunicación y la cooperación dentro del grupo
La gestión y transformación de conflictos
A modo de conclusión
En la práctica
Para saber más
10. El papel del alumnado en la gestión del aula
La participación en el centro escolar
El papel de los alumnos y alumnas: hacia la ayuda entre iguales
¿En qué se puede plantear la ayuda?
Otras cuestiones en relación con los programas-ayuda
A modo de conclusión
En la práctica
Para saber más
11. La inteligencia emocional en el aula
¿Qué es la educación emocional?
La conciencia emocional
Otras habilidades socioemocionales
Conclusión: Ánimo, y una precaución
En la práctica
Para saber más
12. Trabajando la motivación con el alumnado
Trabajar los “para qué” del aprendizaje, despertar la intención de aprender
Conseguir mantener el interés y la implicación a lo largo del proceso de enseñanza-aprendizaje
Reforzar las expectativas, reconocer el progreso
Otras estrategias para aumentar la motivación del alumnado
En la práctica
Para saber más
13. Cambios curriculares y organizativos
Cuestionando nuestras ideas previas: La reflexión sobre la práctica
La forma de planificar nuestra tarea de enseñar: La selección de contenidos
¿Cómo trabajamos con nuestro alumnos? Importancia de la metodología
Otros cambios necesarios
A modo de conclusión
En la práctica
Para saber más
14. Elaboración y aprobación de normas de aula y del centro
Las normas del centro
Desarrollo e implantación de las normas del centro
Normas de aula
La necesaria participación del alumnado en todo el proceso
A modo de conclusión
En la práctica
Para saber más.
15. Corrección de conductas contrarias a la convivencia
¿Son eficaces las sanciones vigentes en los centros?
Características de las sanciones: medidas reeducativas
Procedimientos de intervención ante las conductas contrarias a las normas
Estructuras organizativas de apoyo
A modo de conclusión
En la práctica
Para saber más
16. ¿Cómo responder a las conductas disruptivas? Pautas de actuación
La orientación general de nuestra práctica docente
Comprender lo que sucede para actuar con eficacia
¿Qué hacen en sus clases los buenos profesores y profesoras?
Técnicas para la gestión del aula
En la práctica
Para saber más
EPÍLOGO. Lo que yo he aprendido en mis muchos años de docencia
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Presentación
En múltiples ocasiones hemos leído y escuchado a Pedro en talleres, conferencias y cursos dirigidos a docentes, familias, alumnado y otras personas profesionales de la educación, definir la convivencia positiva como aquella que se construye día a día, con el establecimiento de unas relaciones consigo mismo, con los demás personas y con el entorno (organismos, asociaciones, entidades, Instituciones, medio ambiente, planeta Tierra…) fundamentadas en la dignidad humana, en la paz positiva y en el respeto a los Derechos Humanos.
También, nos ha compartido que la convivencia es un medio, pero a la vez es un fin en sí misma aunque el sistema educativo en general no siempre le otorgue la importancia que tiene para que la escuela contribuya a formar personas capaces de convivir en esta sociedad compleja, para formar ciudadanos y ciudadanas críticos, responsables, comprometidos y libres, además de facilitar que niños, niñas y adolescentes adquieran los conocimientos, procedimientos y valores científicos para vivir en la sociedad del siglo XXI.
En este punto es clave otra de sus aportaciones que hace referencia a la doble dimensión de la escuela como centro de aprendizaje y de convivencia. Tenemos entre manos dos dobles dimensiones que se entrelazan: las de la convivencia como medio (absolutamente necesario) y como fin, es decir, como objeto de aprendizaje, y las de la escuela como centro de aprendizajes, de múltiples aprendizajes, y centro de relación, socialización, en el que se aprende a convivir conviviendo.
La literatura científica ofrece evidencias de la relación positiva entre el clima de convivencia en el centro y el éxito educativo, entendido este en un sentido amplio que incluye la adquisición de las competencias académicas y de las personales y sociales. Por ello sorprende que, aunque no siempre, el mundo educativo en general (sistema educativo y escuelas, pero también todos los agentes que contribuyen a la educación) no tenga consciencia de la oportunidad que ofrece la escuela como institución para educar en la convivencia y la necesidad de trabajar en red para que se fomente, se consolide, se extienda más allá de las paredes de las aulas. El alumnado no es la futura ciudadanía, ya es ciudadanía, y deseamos que la convivencia positiva sea uno de sus signos de identidad.
En Trabajar la convivencia en los centros educativos. Una mirada al bosque de la convivencia (Narcea, 2016; 3a ed. 2018), Pedro reflexiona ampliamente sobre la necesidad de trabajar la convivencia en los centros educativos y compartir significados: conflicto, respuestas reactivas, enfoque proactivo… Asimismo, describe situaciones de quiebra de la convivencia y ofrece estrategias para darles respuesta. En ese manual ya dedica espacio a las conductas disruptivas y a la gestión del aula en el que recoge tanto planteamientos teóricos como orientaciones prácticas. Sin embargo, él mismo explica en la introducción que ofrece una visión general de los diferentes “árboles” que constituyen el “bosque de la convivencia” y que a partir de esta se puede profundizar en cualquiera de ellos.
De su amplio trabajo de campo en el terreno de la disrupción en el aula, de su larga trayectoria fomentando el trabajo de la convivencia positiva, y de su voluntad de ser útil e intentar ofrecer respuestas las preocupaciones del profesorado sobre cómo gestionar el aula en general y cómo dar respuestas a las conductas disruptivas en particular, nace el libro que tenemos entre manos, que da continuidad y profundidad al anterior. Añadiría aquí que somos muchas las personas que hemos insistido y le hemos animado para que, después de una mirada general al bosque de la convivencia, nos ayudara a centrarnos en estos “especímenes” concretos.
Es compartida la preocupación por las situaciones de acoso escolar y el ciberacoso en todos los centros educativos y en la sociedad en general y se dedican esfuerzos desde todos los ámbitos para prevenirlos, detectarlos de manera precoz e intervenir de manera efectiva. De hecho, el Plan Estratégico de Convivencia Escolar presentado por el Ministerio de Educación del Gobierno anterior (marzo 2017), se centra en dar respuesta a la violencia y el maltrato entre iguales (bullying y ciberbullyng) y la violencia de género. Pero en pala-bras del autor recogidas en una entrevista para “El Diario de la Educación”, el Plan, que tiene aspectos positivos (sin ir más lejos, el hecho de que de nuevo se ponga en marcha), “se olvida de otros aspectos que a mí me parecen importantes. Por ejemplo, lo que más preocupa a los profesores de secundaria son las conductas disruptivas, las dificultades que tienen para dar clase porque determinados alumnos les interrumpen. Pero en el plan no hay ni una palabra sobre este tipo de violencia. Otra cosa es que el Plan no habla para nada de la violencia estructural, la que el sistema ejerce sobre los alumnos. ¿Cómo es posible que en una educación obligatoria casi uno de cada cuatro estudiantes no consiga los objetivos? Algo está fallando”.
Y es que, como recoge en la presentación, “la dificultad para dar clase es, hoy por hoy, una de las preocupaciones fundamentales del profesorado de Secundaria y del profesorado de los últimos cursos de Primaria. Así lo constatan diversos estudios, tanto internacionales (Informes Talis) como estatales (Observatorio Estatal de la Convivencia). Preocupación que ha ido paralela a la extensión de la educación obligatoria hasta los dieciséis años ¿Por qué sucede esto?”
Hoy niños, niñas y adolescentes pasan en la escuela entre trece y quince años lo que convierte a esta institución, no solo por la cantidad sino por la calidad del tiempo compartido, en un escenario privilegiado para múltiples aprendizajes: aprender a conocer, aprender a hacer, aprender a aprender y aprender a ser. Sin embargo, están todos y todas; quienes quieren y quiénes no quieren tanto; todos y todas con distintas capacidades, motivaciones, reacciones, relaciones…; pero no siempre, como docentes, somos capaces de ver las oportunidades que la escuela ofrece en general, ni de ajustarla a cada individualidad.
Cuando se intenta dar respuesta a la pregunta que Pedro plantea sobre las dificultades para dar clase que ponen de manifiesto docentes de todos los niveles educativos, pero especialmente quienes tratan con adolescentes, aparecen en primer lugar las debilidades de la formación inicial del profesorado, sobre todo en el caso de la educación secundaria, que no prepara lo suficiente para gestionar una clase, para hacer frente a un grupo disruptivo.
Que en la formación inicial se trate la gestión del aula, las relaciones con el alumnado y entre ellos y ellas, la comunicación, la gestión positiva de los conflictos, el trabajo de la convivencia positiva es una reivindicación clave. En palabras de Miguel Ángel Santos Guerra, recogidas por el autor, “para enseñar latín a Jon hay que saber más de Jon que de latín”.
Sin dejar de reivindicar, os invitamos a la lectura de este libro en el que Pedro pretende analizar toda esta problemática con toda la prudencia y modestia necesarias, pero también desde la experiencia adquirida a lo largo de su dilatada trayectoria profesional como docente, inspector, jefe de la Alta Inspección y formador infatigable. Por ello, tiene la voluntad de intentar ayudar a la superación de estas situaciones que tanto afectan al profesorado.
Para todo ello, el libro ofrece análisis y reflexiones conceptuales y propone actividades prácticas que facilitan la comprensión y aprehensión de los temas tratados para su traslado al aula. Algo común a todos los capítulos en los que se organiza el libro.
Nuestra presentación no puede concluir sin la otra dimensión que para nosotros es fundamental: el reconocimiento al trabajo bien hecho desde hace más de cuarenta años, estando en activo y como jubilado activo, y el agradecimiento por su férrea convicción sobre la necesidad y la bondad de trabajar la convivencia positiva en las escuelas, su tesón, su generosidad con todos y todas…; y muy especialmente por su generosidad con nosotros, al ofrecernos multitud de oportunidades; también la de presentar este libro.
Pedro defiende en todas las ocasiones que se le presentan la convivencia positiva: a nivel institucional, a nivel formal e informal y en el tú a tú, compartiendo “calçots” o frente a un “café blanco”. La poca sensibilidad de la administración respecto a la convivencia en la escuela le llevó a plantearse la necesidad de crear una asociación que, en compañía de otras personas que se habían involucrado también en la mejora de la convivencia, pudiera promoverla. Así nació CONVIVES, asociación de la que es uno de los fundadores, entusiasta impulsor, compañero y mentor. Actualmente en las actas de la asociación consta que es presidente honorifico, aunque quien le conoce sabe que el honor lo tenemos nosotros.
Además de ser un gran profesional, es una bellísima persona. Nuestra trayectoria común empezó hace 10 años en aquellos cursos sobre convivencia que organizó el Ministerio de Educación y de los que Pedro fue alma máter. Diez años quizás no son muchos, pero el tiempo no solo se mide en cantidad sino también en calidad. Y, de ese tiempo, nosotros hemos compartido mucho con él y con Ludi, su compañera de vida y persona imprescindible en su trayectoria y en la nuestra. Pedro saca lo mejor de nosotros, nos anima y acompaña a ser mejores personas. Es una persona sabia, tan sabia que te hace sentir importante y respetada. Nosotros, de mayores, queremos ser como él.
Gracias maestro,
Gracias amigo,
Ángels Grado y Cesc Notó
Maestros
y aprendices de buena gente
Introducción
¿POR QUÉ UN LIBRO SOBRE GESTIÓN DEL AULA?
Cuando publiqué mi libro Trabajar la convivencia en los centros educativos, varios amigos y amigas me animaron a que escribiera otro libro profundizando en alguno de los temas que apenas había indicado en el primero. Insistían, sobre todo, en que publicara algo sobre la gestión del aula, aprovechando todo el material que había recogido para una posible tesis, que no llegó a finalizarse.
Tras darle vueltas al asunto, me decidí a abordar este trabajo, basándome principalmente en una idea: evitar que otros compañeros o compañeras tuvieran que pasar por la misma experiencia por la que pasé yo, cuando dejé el hospital en el que trabajaba y aprobé la oposición como profesor de bachillerato. Como he narrado muchas veces en los cursos, yo salí de guardia del hospital un treinta de septiembre a las ocho de la mañana y, al día siguiente, uno de octubre, estaba a las ocho treinta explicándoles a mis alumnos y alumnas de COU lo que íbamos a trabajar en la asignatura y cómo iba a ser la selectividad para el ingreso en la universidad. Como he repetido y contado muchas veces, “yo empecé a dar clase sin que nadie me hubiera hablado nunca de cómo es un adolescente; y, mucho menos, de cómo son los adolescentes de treinta en treinta”.
Sin duda, las cosas han mejorado, pero poco. Recuerdo la formación que cursé para obtener el CAP, el Certificado de Aptitud Pedagógica. El profesor que impartía el curso nos recibió con el siguiente discurso: “Sé que a ustedes este curso no les interesa apenas, pero a mí me da igual. Les voy a exigir que vengan ustedes todos los días, de manera que, a la segunda falta, tendrán que repetir el curso. En cualquier momento puede aparecer el director o la super-visión del ICE, y quiero que vean que están todos. Durante el curso pueden hacer lo que quieran. Si están preparando la oposición, pueden redactar un tema; si están dando clase, pueden corregir exámenes o preparar la actividad del día siguiente. Lo que quiero es que no falten a clase y eso es lo que voy a exigirles”. Dudo que esta situación pueda repetirse ahora, pero la formación inicial del profesorado de Secundaria sigue planteando muchos problemas, en los que no me es posible entrar en este momento.
Puede parecer que exagero la realidad, pero así fue. El resultado: no sólo una carencia de preparación pedagógica para nuestro futuro profesional, sino también una clara “vacunación” contra todo lo que fuera pedagogía o reflexión sobre cómo enfocar el proceso de enseñanza para conseguir el máximo de aprendizaje. Y las consecuencias son muy serias, de cara a la calidad de la enseñanza.
En mi larga experiencia profesional sólo me he encontrado un caso de una profesora con dificultades de dominio de su materia, a la que fue preciso ayudar de manera específica. Sin embargo, me he encontrado con muchos profesores y profesoras incapaces de hacerse con el aula en Secundaria, que no conocían cómo abordar los conflictos que les surgían diariamente, cómo conseguir un mínimo clima de trabajo, desbordados por los acontecimientos y a remolque de lo que marcaban, especialmente, sus alumnos. Se trataba de profesores y profesoras que sufrían mucho, que querían hacer bien su trabajo profesional, pero que no sabían cómo podían hacerlo. Se trata de profesionales valiosos, a los que es necesario apoyar y ayudar y, en muchos casos, formar específicamente en la forma de gestionar su aula.
Y es que la dificultad para dar clase es, hoy por hoy, una de las preocupaciones fundamentales del profesorado de Secundaria y del profesorado de los últimos cursos de Primaria. Así lo constatan diversos estudios, tanto internacionales (Informes TALIS) como estatales (Observatorio Estatal de la Convivencia). Preocupación que ha ido paralela a la extensión de la educación obligatoria hasta los 16 años. Parece algo paradójico: un gran avance social y una ampliación del derecho a la educación provoca, a la vez, una serie de dificultades y problemas que afectan y preocupan gravemente al profesorado. ¿Por qué sucede esto?
Hay profesores y profesoras que siguen añorando los “felices años 70”, cuando daba gusto impartir clase, el alumnado atendía y seguía las instrucciones del profesorado, se explicaban conocimientos amplios y profundos… Lástima que se olvide que, en esos años, el porcentaje de chicos y chicas que continuaban estudiando después de los catorce años era muy reducido; más del 40% buscaba trabajo o ayudaba en su casa. Una gran mayoría del actual profesorado conoció aquella época como estudiante y carece de la referencia mencionada. Sin embargo, se lamentan y se quejan igualmente de las dificultades que encuentran en su trabajo.
Las conductas disruptivas en el aula ponen de manifiesto un problema importante, que es necesario abordar desde la complejidad que lo caracteriza. Se trata de una situación que atañe a la actividad e imagen profesional del profesorado, pero que, sobre todo, afecta también a la salud física y mental del mismo. Basta para ello con consultar y comprobar el incremento del número de bajas por enfermedad solicitadas por el profesorado en los últimos quince años, que ha puesto a este colectivo profesional en el segundo lugar de bajas de tipo psiquiátrico, como depresiones, crisis de ansiedad, angustia, estrés, etc., muy por encima de las enfermedades comunes como la gripe, afonía o similares.
Estamos ante un problema complejo, en el que es necesario huir de simplificaciones. Son muchos los factores implicados en el mismo y no puede reducirse esta situación a factores dependientes únicamente del alumnado. Sin duda, con ellos habrá que trabajar, y a fondo; pero, a la vez, es necesario analizar los factores propios del centro, el tipo de currículo que se imparte, las metodologías que se usan, las formas de evaluación predominantes, la organización de los grupos…; sin olvidar, la forma en que percibimos a los alumnos y alumnas, lo que pensamos de ellos, las emociones presentes en estas situaciones y, por supuesto, los factores sociales ajenos al centro que están condicionando todo: el papel y presencia de las familias, los medios de comunicación, el modelo social basado en la competencia y en el individualismo, etc.
El presente libro pretende analizar toda esta problemática y, con toda la prudencia y modestia necesarias, intentar ayudar a la superación de estas situaciones que tanto afectan al profesorado.
Son varias las preguntas que dan origen a las reflexiones y propuestas contenidas en el libro; en concreto, y sin ánimo de exhaustividad, las siguientes:
• ¿Cuáles son los principales problemas que se encuentra el profesorado cuando imparte clase, especialmente en los últimos años de Primaria y en la Secundaria Obligatoria?
• ¿Qué interpretación hace de los mismos, cómo los vive?
• ¿Qué formación, qué preparación específica ha recibido para dar clase a este tipo de alumnado? ¿Qué carencias aparecen cuando empieza su trabajo como profesor/a de estos cursos?
• ¿Cuáles son las conductas disruptivas más frecuentes por parte del alumnado? ¿Cómo se pueden analizar?
• ¿Qué necesidades, qué mensaje están transmitiendo estas conductas? ¿Qué hay por debajo de la “parte visible del iceberg”?
• ¿Qué respuestas se están dando a estas situaciones? ¿Respuestas individuales, colectivas? ¿Cuál es el papel del centro en su conjunto?
• ¿Qué respuestas habría que dar a estas situaciones? ¿Cómo pasar de un tratamiento meramente sintomático a otro tratamiento que incida sobre los factores subyacentes a las conductas disruptivas?
• ¿Por qué suelen ser ineficaces muchas de las sanciones que se aplican para corregir las conductas disruptivas del alumnado?
• ¿Cómo aplicar las lecciones de la “transformación de conflictos” a los conflictos específicos de las conductas disruptivas en el aula?
• ¿Cómo crear y desarrollar un adecuado clima en el aula? ¿Qué elementos hay que potenciar y cómo debe hacerse este trabajo?
• ¿Qué cambios estructurales hay que introducir en relación con el currículo: (contenidos, metodología, formas de evaluar, organización, etc.)?
• ¿Cómo trabajar la disciplina y el autocontrol del alumnado?
• ¿Qué papel pueden jugar los propios alumnos y alumnas para la prevención y erradicación de las conductas disruptivas?
Probablemente haya más preguntas en el profesorado relacionadas con esta problemática. Trataremos, por lo menos, de responder a estas, fundamentales para entender y trabajar las dificultades a la hora de dar clase.
Para tratar de dar respuesta a estas y otras cuestiones, he dividido el libro en dos partes. En la primera, se plantean diversos temas de reflexión general sobre lo que sucede en el aula: la vinculación de este trabajo con el trabajo de la convivencia en general, la construcción de un buen clima de aula, el concepto de disciplina, el análisis de las conductas disruptivas y la identificación de los factores estructurales y culturales, la relación de las emociones con estas conductas disruptivas o con la motivación del alumnado, y el papel de las normas y sanciones en el aula y en el centro.
La segunda parte se centra en ocho propuestas para mejorar la gestión del aula: las normas de aula, la corrección de las conductas disruptivas, los cambios metodológicos y organizativos necesarios a nivel de centro, cómo trabajar la motivación del alumnado, el papel de la inteligencia emocional, la comunicación y la relación en aula, la forma concreta de gestionarla y la manera de potenciar el papel del alumnado en la gestión de la disciplina y la convivencia dentro del aula.
Por último, el Epílogo, “Lo que he aprendido en mis muchos años de docencia”, cierra las reflexiones sobre la gestión del aula, sintetizando las principales ideas tratadas y enumerando aquellas en las que es necesario profundizar, especialmente las relativas a la formación del profesorado.
Aunque está firmado por mí, este libro no hubiera sido posible sin las aportaciones de muchos compañeros y compañeras a lo largo de muchos años. Tengo que agradecer, en primer lugar, a mi familia, y de manera especial a mi compañera Ludi, la paciencia, el ánimo y la motivación que me han transmitido para poder hacer este libro. Son muchas horas de renuncia por su parte, y debo reconocérselo.
Resulta difícil enumerar todos los apoyos, ideas y sugerencias recibidas, pero quiero agradecer especialmente a todos los compañeros y compañeras de la Asociación CONVIVES, con quienes vengo trabajando desde hace diez años. No puedo mencionarles a todos, pero, como representación de todos ellos, quiero mencionar a Ángels Grado, Cesc Notó, Carme Boqué, Antonio Lobato, Eloísa Teijeira, Juan de Vicente, Raquel García Bravos, Joan Vaello y Javier García, entre otros.
A lo largo de las múltiples actividades de formación que he podido realizar, he tenido ocasión de contactar con otros muchos compañeros, a los que igualmente les agradezco su ayuda: a los compañeros/as de Andalucía, La Rioja, Galicia, Castilla y León, y del resto de Comunidades Autónomas, en las que he tenido la suerte y el honor de compartir actividades de formación; me resulta imposible recordarles a todos, pero vaya igualmente mi agradecimiento. Igualmente, a las AMPAS y Federaciones de Asociaciones de padres y madres, con especial mención a CONFEDAMPA, a la FAPA Giner de los Ríos y a la FAMPA de Palencia.
Especial agradecimiento quiero mostrar a mi compañero y amigo Julio Rogero. Una vez más, ha leído mis borradores, ha discutido mis propuestas, me ha hecho innumerables sugerencias. Sin su aportación, este libro hubiera sido imposible. Y extiendo mi agradecimiento al grupo Escuela Abierta de Getafe, a Pepe Domínguez que siempre me animó a escribir, a los compañeros y compañeras del Seminario permanente de Convivencia de Getafe, y a muchas personas que no puedo mencionar. Y pido disculpas a quien pueda sentirse olvidado sin ninguna justificación.
El libro está escrito con ilusión y ganas de ayudar. Espero que sea útil y sirva a todos aquellos compañeros y compañeras que sueñan con una educación mejor, convencidos de que es la inversión más rentable que podemos hacer a la sociedad, por mucho que otros piensen lo contrario y se empeñen en recortarla y restringirla. Otra educación es posible y queremos construirla.
I
¿QUÉ ESTÁ PASANDO EN LAS AULAS?
1
La convivencia positiva, marco general para la gestión del aula
Partimos de una visión funcional de la convivencia que sólo
se preocupa de que las relaciones interpersonales
entre los alumnos no entorpezcan las tareas académicas,
ni sean causa de graves perjuicios para el entorno.
Sin embargo, convivir es mucho más que eso:
es crecer con los demás, progresar conjuntamente,
compartir y construir signi, ficados, aprender a valorarse
uno mismo, participar, respetar y querer.
CARME BOQUÉ
La gestión del aula constituye un proceso complejo, en el que son muchos los factores que están presentes y que, por tanto, hay que tener en cuenta. Ante determinadas situaciones que se viven en los centros educativos en muchas ocasiones se demandan actuaciones rápidas y contundentes, producto de reacciones emocionales primarias, pero un análisis más sereno de estas situaciones problemáticas muestra la dificultad e insuficiencia de ese tipo de respuestas.
Por eso, a la hora de diseñar un plan de actuación frente a las conductas disruptivas, es necesario situar dicho plan en un marco general de trabajo y desarrollo de la convivencia positiva. De nada sirven actuaciones puntuales, pensadas para situaciones concretas, que no forman parte de un plan ordenado y estructurado, pensado a medio y largo plazo. Como dice un refrán español, se trata de “pan para hoy y hambre para mañana”.
De ahí que, antes de entrar en profundidad en los diversos temas relacionados con la gestión del aula, sea necesario reflexionar sobre el marco general en el que se van a situar las distintas reflexiones sobre las conductas disruptivas, el trabajo de la disciplina y la nueva forma de organizar todo el proceso de enseñanza-aprendizaje. Es el objetivo del presente capítulo.
EL MARCO DE LA CONVIVENCIA POSITIVA
Los centros educativos tienen dos dimensiones inseparables. Son, a la vez, centros de aprendizaje y centros de convivencia. SI preguntáramos a las familias para qué envían a los chicos y chicas a nuestras aulas, las respuestas serían muy claras: a que aprendan, a que sepan leer y escribir, dominen las reglas básicas matemáticas, a que adquieran conocimientos de historia y geografía, de ciencias naturales, a que aprendan nuevos idiomas… y, así, indefinidamente. Respuestas parecidas encontraríamos si la misma pregunta se la formuláramos al propio alumnado.
La siguiente interrogación hace referencia a cómo se adquieren estos aprendizajes, y la respuesta apunta a la segunda dimensión de los centros escolares: son centros de convivencia. En efecto, los aprendizajes que se llevan a cabo en la escuela sólo son posibles a través de procesos de relación e interacción, se aprende a través del grupo que configura el aula, conviviendo con sus maestros y maestras, con el profesorado y con todos los compañeros y compañeras que forman parte del grupo, interaccionando con todos ellos. No se trata sólo de una impresión subjetiva. Las más modernas teorías científicas, filosóficas, antropológicas y pedagógicas señalan la interacción como uno de los procedimientos necesarios e imprescindibles de cara a la adquisición de los saberes.
Otros argumentos confirman esta afirmación. Cuando en los cursos de formación pregunto a los asistentes cuál es el profesor o profesora del que tienen mejor recuerdo y que consideran fue el mejor profesional que tuvieron a lo largo de su vida escolar, invariablemente siempre señalan a alguien que destacó por sus rasgos humanos, por la buena relación que estableció con ellos, porque en un momento determinado supo animarles y motivarles, porque les entendió cuando pasaban por un mal momento, etc. Es rarísima la ocasión en la que señalan a un maestro o maestra que destacara y supiera mucho de su asignatura o que tuviera muchas publicaciones sobre su materia. Siempre aluden a características relativas a la relación, a la interacción que mantenía con su alumnado, a características de la convivencia.
Ya Goethe decía que “sólo se aprende lo que se ama”, algo que la neurociencia ha demostrado con creces. El ámbito emocional es la puerta por la que entran y se consolidan los diferentes aprendizajes que llevan a cabo nuestros alumnos y alumnas. Y el mundo de las relaciones es clave para esta significación emocional positiva. Difícilmente podrá valorarse de manera positiva una determinada enseñanza si quien nos la transmite tiene con nosotros, los alumnos y alumnas, una relación difícil y conflictiva. La puerta permanecerá cerrada y el aprendizaje no tendrá lugar.
Podemos concluir, con palabras de Juan de Vicente (2010: 202), que “convivencia y aprendizaje constituyen los ejes sobre los que se sustenta la escuela, existen conexiones bidireccionales entre ambos conceptos y los planes preventivos sobre convivencia desde esta perspectiva están consiguiendo aumentar los índices de éxito escolar”.
Mantener una buena relación en el aula es una condición necesaria para que tengan lugar los procesos de aprendizaje. Y, a la vez, aprender a relacionarse tanto en el aula como sobre todo fuera de ella, en la vida real, es asimismo contenido de enseñanza y uno de los aprendizajes más necesarios para todo el alumnado. Pero, centrándonos en esta primera consideración, las conductas disruptivas que tienen lugar en el aula son conductas que van contra ambas dimensiones. Son conductas que imposibilitan y retrasan los procesos de aprendizaje y, a la vez, establecen un mal clima dentro del grupo, resintién-dose las relaciones personales dentro del mismo. Por eso exigen una respuesta integral desde planteamientos globales de convivencia, ya que no es suficiente un tratamiento simplificador que no tenga en cuenta los aspectos relacionales del proceso de enseñanza.
Y es que hay una realidad de la que no siempre es consciente el profesorado: es imposible enseñar sin transmitir un determinado modelo de convivencia. Por mucho que un profesor o profesora insista en que es “profesor de esta asignatura”, en su interacción con el alumnado en sus clases está transmitiendo, de manera inconsciente, una manera de entender lo que es la autoridad, lo que es la disciplina, una forma de gestionar los conflictos que pueden surgir en el aula, etc. De ahí la importancia de que todos estos planteamientos surjan a la luz, se hagan conscientes y se conviertan en objetivos educativos intencionales para todo el profesorado que imparte clase a ese grupo de alumnos y alumnas.
No hay que olvidar que estos alumnos/as pasan por el sistema educativo y permanecen en el mismo un mínimo de diez años, los propios de la enseñanza obligatoria. Si se le suman los tres de educación infantil, en la que está escolarizado casi el 100% del alumnado, más los dos años de educación postobligatoria del bachillerato o formación profesional (un 75 % del alumnado), vemos que son quince los años que permanecen en la escuela; algo que no sucede en ninguna otra institución, sólo la escuela recibe absolutamente a todos los niños y niñas y les atiende durante todos esos años.
¿Vamos a dejar pasar esta oportunidad y no vamos a enseñar a convivir, trabajando un determinado modelo de relación y convivencia a través de nuestro trabajo como profesores y profesoras?
Para que haya aprendizaje es necesario crear un clima adecuado de convivencia. A la vez, la convivencia, junto con las competencias, habilidades y valores que la hacen posible, es uno de los contenidos básicos de la educación. Así lo recogen las diferentes leyes educativas y las normas que las desarrollan. Y es en este marco amplio, el marco de la convivencia positiva, donde debe situarse todo lo relativo a la gestión del aula. Se trata de una prolongación, de una actuación coherente con los planteamientos propios de la convivencia positiva, de la que recibe la orientación básica y las posibles actuaciones que hay que llevar a la práctica.
En otra publicación (Uruñuela, 2016: 33 y ss.), definíamos la convivencia positiva como “aquella que se construye día con el establecimiento de unas relaciones consigo mismo, con las demás personas y con el entorno (organismos, asociaciones, entidades, instituciones, medio ambiente, planeta Tierra…) fundamentadas en la dignidad humana, en la paz positiva y en el respeto a los Derechos Humanos”. Conseguir este tipo de relaciones exige trabajar las competencias cognitivas, emocionales, sociales y éticas que la hacen posible. Algo que debe estar presente en toda actuación de gestión del aula, constituyéndose en criterio de valoración y evaluación de nuestra forma de organizar el clima de aula y de crear las condiciones que hacen posible el aprendizaje.
Sólo desde esta visión integral de convivencia positiva es posible establecer una adecuada gestión del aula
LAS LECCIONES DE LA GESTIÓN PACÍFICA DE LOS CONFLICTOS
Sabemos que el conflicto es un elemento siempre presente en las relaciones humanas y que, mientras haya vida, habrá conflictos. Pero de la gestión de la convivencia hemos aprendido que lo importante no es conseguir que desaparezcan los conflictos, algo imposible, sino que sepamos gestionarlos de manera positiva, de forma que nos sirvan para crecer como personas, fortalecer la convivencia y dar solución a determinados problemas que han salido a la luz gracias al conflicto.
En nuestras aulas están siempre presentes los conflictos. Dejando de lado otras manifestaciones, las conductas disruptivas son un buen ejemplo de los mismos; afectan a las relaciones interpersonales, retrasan los procesos de aprendizaje…, y deben ser gestionadas desde la misma perspectiva con la que se afrontan los conflictos. Por experiencia personal, muchas veces llegan peticiones de formación acerca de los conflictos. Cuando preparas la formación e investigas las necesidades a las que quiere responder, invariablemente aparecen las conductas disruptivas como el problema subyacente que da origen a la demanda de formación “sobre los conflictos”.
Se puede definir el conflicto como “una situación en la que una o más personas o grupos perciben o tienen posiciones, valores, intereses, aspiraciones, necesidades o deseos contrapuestos. Estas posiciones, valores, intereses, etc., chocan entre sí, no son sólo diferentes. Las emociones y sentimientos juegan un papel importante en el desarrollo del conflicto, dando color a las comunicaciones y conductas de ambas partes”1. Son varias las enseñanzas que del tratamiento del conflicto debemos extraer para su aplicación a la gestión del aula: la forma de analizarlos, las diversas actitudes ante el conflicto y el uso del diálogo como herramienta principal para su tratamiento.
En primer lugar, la forma de analizarlo. Es frecuente que, llevados de una reacción emocional que no gestionamos adecuadamente, demos respuestas que no son completamente adecuadas a la situación. Un análisis correcto del mismo nos permitirá identificar todos los factores presentes, de manera que se dé una respuesta más adecuada.
Lederach nos habla de tres elementos presentes en los conflictos: las personas, los problemas y el proceso. Las personas son todos aquellos que están implicados en el conflicto y, de manera especial, aquellos cuyas posiciones chocan entre sí. Por debajo de sus posiciones (determinadas conductas, peticiones concretas, etc.) aparecen ocultos unos intereses determinados y, por debajo de estos intereses, están ocultas las necesidades que sirven de base a los intereses y posiciones. Además, estas personas viven unas emociones y sentimientos muy concretos, que valoran y tiñen de un determinado color toda la relación. Igualmente, estas personas tienen percepciones propias de lo que está sucediendo, a través de las cuales conceptualizan los problemas y las demás personas.
El segundo elemento hace referencia a los problemas, es decir, a los asuntos y diferencias que enfrentan a las personas, siempre mediatizados por sus emociones y percepciones. Se trata de los puntos concretos que se deben tratar para dar una respuesta adecuada al conflicto. Por último, y como tercer elemento, el proceso, la forma como se está desarrollando el conflicto y cómo las partes están tratando de resolverlo. Es muy importante la comunicación que existe entre las partes a lo largo de este proceso, la forma en que se toman las decisiones, los recursos empleados para su gestión, etc.
Estas pautas de análisis deben aplicarse al estudio de las conductas disruptivas y otros conflictos que surgen en el aula. A lo largo de los capítulos siguientes se llevará a cabo este análisis. Es necesario ver a las dos partes, alumno y profesor, y descubrir cuáles son sus posiciones, intereses y necesidades, cuáles son sus emociones y cómo se manifiestan; cuáles son sus percepciones, paso previo para llegar a una definición común del conflicto. Es necesario ver cuál es el problema, y los factores estructurales que lo están causando y manteniendo.
Y, por último, ver cómo se está desarrollando el conflicto, qué comunicación hay entre el alumno concreto y el profesor/a con quien tiene el conflicto; y ver también qué recursos se están empleando, si son o no suficientes y cómo se puede mejorar todo el proceso de transformación de estos conflictos.
De la gestión de conflictos aprendemos también cómo identificar y cambiar las actitudes y planteamientos presentes en el conflicto. Hay tres plan-teamientos básicos: ganar-perder, perder-perder y ganar-ganar. ¿Cuál es nuestro planteamiento básico, la actitud con la que abordamos el conflicto en el aula? ¿Buscamos ganar nosotros, con múltiples argumentos (defensa de la autoridad, orden como valor absoluto…), aunque pierda el alumno o alumna con quien estamos trabajando? ¿Perdemos los dos, deteriorando poco a poco la situación hasta límites intolerables e irrecuperables? O, por el contrario, ¿buscamos soluciones en las que las dos partes salgamos ganando, contribuyendo de esta forma a una transformación enriquecedora del conflicto?
Igualmente, de la transformación pacífica de los conflictos hemos aprendido que hay cinco estrategias básicas, que debemos saber utilizar en función del contexto y circunstancias. Se trata de cinco posibles respuestas a las situaciones: competición, acomodación, evitación, colaboración y compromiso ¿Sabemos cuándo y cómo es útil aplicar una u otra estrategia, dar uno u otro tipo de respuesta? Más adelante retomaremos este punto.
Por último, y tercera enseñanza que extraemos de la transformación pacífica de conflictos, el uso del diálogo como herramienta principal para la gestión de los conflictos en el aula. No podemos olvidar que estamos en una etapa en la que uno de nuestros objetivos principales es la educación y el desarrollo de las competencias cognitivas, emocionales, sociales y éticas que hacen posible la convivencia. El diálogo es una estrategia y una herramienta clave para abordar los conflictos en el aula. Cuando lo normal es que, ante un conflicto, la primera consecuencia sea cortar la comunicación y empezar a “hablar de él, no con él”, es imprescindible recuperar el diálogo y valorar su capacidad para desarrollar esas competencias básicas para la convivencia.
Desarrollar la capacidad de hablar y de escuchar, utilizar el diálogo para llegar a un diagnóstico compartido del conflicto (más allá del “yo no he hecho nada”, “la profesora me tiene manía”…), la puesta en marcha del aula de convivencia, el empleo de sistemas de mediación, etc., son algunas de las aplicaciones del diálogo frente a otras respuestas que lo excluyen en mayor o menor medida, pero que han demostrado suficientemente su ineficacia para corregir las conductas disruptivas.
DE UN PLANTEAMIENTO REACTIVO
A UN PLANTEAMIENTO PROACTIVO
Las conductas disruptivas preocupan al profesorado y todos quieren dar una respuesta adecuada que minimice su frecuencia e impacto en la tarea docente. Sin embargo, a la hora de plantear cómo abordar estas situaciones, surgen dos modelos diferentes: el modelo reactivo y el modelo proactivo (Uruñuela, 2016: 93 y ss.).
Muchos profesores y profesoras, alarmados por la incidencia y consecuencias de las conductas disruptivas y de los problemas de convivencia en general, exigen que se tomen medidas contra ellas, medidas basadas en el refuerzo de la autoridad del profesorado y el establecimiento de normas claras y de sanciones inmediatas y eficaces contra estos comportamientos. Se denomina a este modelo modelo reactivo, ya que “reacciona” ante las conductas de los alumnos y alumnas, proponiendo actuaciones como reacción a estas conductas, una vez que han tenido lugar.
Puede decirse que, en estos momentos, este modelo reactivo es el modelo propiciado e impulsado por las Administraciones Educativas2. Hay que constatar que entre el profesorado este modelo reactivo goza de gran aceptación, ya que es fácil de aplicar y se centra básicamente en los alumnos y alumnas que dificultan la tarea docente con sus conductas disruptivas.
Y es que esta es una de sus principales características, centrarse básicamente en el alumnado problemático, con olvido del resto del personal que conforma la comunidad educativa. Como se verá, la distribución de las conductas disruptivas dentro de un grupo no es homogénea, y hay un número concreto de alumnos, (más chicos que chicas), que acumula la mayor parte de estos comportamientos y las sanciones a los mismos. Desde este modelo reactivo no se analiza el entorno económico-social en el que está el centro, la situación familiar y social del alumnado o cómo lleva a cabo el centro su tarea educativa. Sólo preocupa identificar a estos alumnos problemáticos y actuar sobre ellos a través de sanciones inmediatas.
Una valoración de este modelo lleva a situar en primer plano su ineficacia. Por parte del alumnado las conductas disruptivas se repiten y vuelven una y otra vez, sin que las sanciones aplicadas consigan su objetivo. ¿Por qué sucede esto? Básicamente, porque aplican un tratamiento puramente sintomático, actuando sobre los aspectos visibles y los síntomas del problema; y olvidando actuar sobre las causas, sobre aquellos factores que están en el origen de estas conductas.
Como se verá más adelante, las conductas disruptivas correlacionan con situaciones de fracaso escolar, siendo más frecuentes en alumnos repetidores y con gran retraso en sus estudios.
Actuar sólo sobre las conductas es como si, en un caso de infección bacteriana en medicina, nos limitáramos a prescribir analgésicos, prescindiendo del necesario tratamiento antibiótico. Se tratan sólo los síntomas, pero los problemas lógicamente reaparecen. Se dejan de lado actuaciones sobre los factores estructurales y culturales que acompañan a estas conductas, por lo que la eficacia de la actuación se resiente gravemente.
Es necesario sustituir este modelo reactivo punitivo-sancionador por otro modelo alternativo, el modelo proactivo de desarrollo positivo de la convivencia. Se comparte con el otro modelo la preocupación y el deseo de acabar con este tipo de conductas disruptivas. Pero se plantean grandes diferencias respecto de la forma de conseguirlo.
El enfoque de este modelo proactivo es, fundamentalmente, preventivo. Se trata de plantear objetivos y acciones para conseguirlos sin esperar a que hayan surgido los problemas. No nacemos sabiendo cómo convivir, es algo que necesitamos aprender y experimentar a lo largo de las diversas etapas educativas y a ello se dedican los esfuerzos principales que exige este modelo proactivo. Se trata de “invertir”, de contar, en la relación interpersonal, con muchos recursos y habilidades que permitan, en primer lugar, adelantarse a los problemas y, en segundo lugar, tener las herramientas e instrumentos necesarios para la intervención cuando sea necesaria.
El modelo proactivo quiere trabajar con todos los miembros que componen el centro, no sólo con los alumnos mal llamados “conflictivos”. Se dirige, por tanto, a todo el alumnado y, a la vez, al propio profesorado, a las familias y a todo el personal que trabaja en el centro. El modelo proactivo busca trabajar las competencias, las habilidades y los valores necesarios para una buena convivencia positiva. Su objetivo no es tanto el control del alumnado cuanto la adquisición y el desarrollo por parte de todos los alumnos y alumnas de la auto-responsabilidad para la convivencia, superando los planteamientos éticos heterónomos que caracterizan al modelo reactivo (si no me ven, hago lo que yo quiero).