hqgn231.jpg

 

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO si necesita reproducir algún fragmento de esta obra. www.conlicencia.com - Tels.: 91 702 19 70 / 93 272 04 47

 

Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2019 Victoria Eugenia García Casáñez

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Prefiero llamarlo magia, n.º 231 - junio 2019

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

® y ™ son marcas registradas por Harlequin Enterprises Limited y sus filiales, utilizadas con licencia.

Las marcas que lleven ® están registradas en la Oficina Española de Patentes y Marcas y en otros países.

Imágenes de cubierta utilizadas con permiso de Shutterstock.

 

I.S.B.N.: 978-84-1307-903-5

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Epílogo

Si te ha gustado este libro…

Capítulo 1

 

 

 

 

 

Me sentí perdida en aquellas tierras de Périgueux, en Aquitania. Debí quedarme en París, en mi pequeño apartamento desde el que miraba por la ventana como excluida de la vida; para mí todo se había terminado. Si hubiese sabido lo que aquella carta me traería no habría firmado el acuse de recibo, total después la dejaría olvidada; tampoco habría descolgado el teléfono, cansada de su insistencia. En la pantalla aparecía siempre lo mismo: 347… contacto desconocido. Recordé cuanto había sucedido desde que por fin contesté y una voz impersonal de mujer joven preguntó:

—¿Juliette Moreau?

—Sí.

Le paso con el señor Duhamel, notario de Périgueux.

El corazón se me disparó, podía sentir sus latidos en las sienes, en el cuello y en las manos. La ansiedad me oprimía el pecho hasta casi impedirme respirar. “Dios mío”, pensé, “¿qué más puede suceder?”, porque aunque yo no tenía ninguna relación en esa población y ni siquiera sabía quién llamaba, estaba convencida de que aquello no podía ser nada bueno.

—¿Señorita Juliette Moreau? —preguntó una voz masculina suave y desconocida—. Soy Serge Duhamel. Disculpe, pero tras su silencio ante nuestra carta nos ponemos en contacto telefónico con usted para comunicarle la conveniencia de que se presente en la notaría de esta localidad para recibir una herencia.

—¿Una herencia? —pregunté sorprendida y añadí—: ¿Quién me puede dejar a mí una herencia? No conozco a nadie en Périgueux. No tengo parientes ricos y si voy a heredar deudas es preferible que le pegue usted fuego al testamento —concluí con amargura.

—Créame, señorita Moreau, le conviene venir. Es usted la bisnieta más joven de Jacques Bernard y por lo tanto heredera de su única hermana, Margueritte Bouvier-Bernard, según la propia voluntad de esta.

¿Cómo sabían quién era yo? Indudablemente habían hecho averiguaciones, pero, ¿hasta dónde?

—¿Mi bisabuelo tenía una hermana?

—Así es. Le reitero, pues, la necesidad de que se presente usted en esta notaría para los trámites legales pertinentes. Podríamos reservarle el próximo lunes por la mañana.

—Está bien —asentí.

Apenas corté la comunicación me arrepentí de haber aceptado. Dije “está bien” como pude haber dicho “no pienso ir”, que habría sido lo más honesto porque así lo pensaba.

Llamé a mi hermano August, que estaba en Islandia fotografiando glaciares, le puse al corriente de lo que me había transmitido el notario y él me aconsejó ir, salir de mi clausura, dijo que esta era la ocasión perfecta para hacerlo. Lamentó no poder acompañarme, estaba muy lejos y había empezado hace muy poco en su nuevo trabajo, así que debía comprenderlo; y lo comprendía, pero me sentía incapaz de dar un solo paso. No quise llamar a Roxanne, mi hermana mayor, que ya me mareaba bastante insistiendo en que debía dejar de mirar hacia atrás y mirar hacia adelante. Habían pasado más de dos años de aquello y seguir con mi actitud empezaba a ser patológico. ¡Como si fuera tan fácil!, a saber qué habría hecho ella en mi caso. Hablar era muy sencillo, pero ella no entendía cómo me sentía.

Apenas media hora después sonó el timbre de la puerta. Por la insistencia supe que era Roxanne, respiré hondo, me armé de valor y abrí. Mi hermana entró como un ciclón, era una persona arrolladora, con una energía inagotable, tenía diez años más que yo, pero en aquel entonces yo parecía su abuela.

—¡Cuéntame! —dijo al entrar. Ni un buenos días, ni un cómo estás—. August me ha llamado, me ha dicho algo de una herencia, pero no ha sido muy explícito, solo me ha dicho que eres la única heredera de la tía bisabuela Margueritte.

—¿Tú la conocías?

Nadie la conocía, la abuela me habló de ella en una ocasión, aunque tampoco la conoció. Por lo visto se escapó de su casa cuando era muy joven, hubo un gran disgusto y aunque su padre quiso enterrar su recuerdo, el bisabuelo mantuvo algún contacto con ella. Tienes que ir, ¿cuándo te esperan?

—El lunes por la mañana, pero no pienso acudir.

—Por supuesto que irás. Hasta ahora es jueves y alcanzo a sacarte un billete de avión para el sábado, es más rápido y tendrás menos tiempo para darle vueltas en la cabeza. —El tono de mi hermana no admitía réplica—. Saldremos de compras ahora mismo. Es necesario que te quites esos guiñapos y te vistas de persona, ya está bien de parecer un personaje de Los miserables. Primero iremos a la peluquería, necesitas un tratamiento integral de estética; tu cabello es indescriptible y tienes pelos hasta en las orejas. Conseguiremos que parezcas un ser humano otra vez. Con ese aspecto jamás recuperarás tu autoestima.

—Roxanne, no tengo dinero —dije agobiada.

—No te he preguntado eso. He dicho que vamos a ir de compras y a la peluquería.

—Tengo miedo, Roxanne. —Reconocí que ese era el auténtico motivo.

—Lo sé, cariño. —Se dulcificó y me abrazó con ternura—. Sé que lo estás pasando muy mal, sé que lo que te ha pasado es terrible, sé que tu vida está rota; pero también sé que todo pasa, y que esta herencia es providencial porque te va a obligar a salir y, cariño, la vida está ahí afuera. No puedes seguir aquí metida; te espera una vida por vivir, aunque de momento no sepas cuál ni cómo hacerlo.

Me abracé a mi hermana y rompí a llorar. Me dolía mucho el pasado, pero, sobre todo, me asustaba muchísimo el futuro porque me sentía tan insegura y débil que me creía incapaz de valerme sola. Me duché llorando todavía y me puse lo más decente que tenía: un vaquero que se me había quedado muy grande y una camisa que me sobraba por todas partes. No me quise mirar al espejo, hacía tiempo que evitaba hacerlo, mi aspecto me deprimía, me veía vieja y cansada, y si intentaba arreglarme, aún más patética. Había perdido mi trabajo, solo tenía una prestación por desempleo que pronto terminaría al no poder demostrar que estaba buscando, porque en realidad no lo hacía. Eso me daba para el alquiler y los gastos del mes, y aunque mi familia me ayudaba y quería ser más generosa conmigo, yo no me permitía aceptar más que lo imprescindible; no quería ser una carga para ellos a pesar de que tenían una buena economía. Mis padres, ya jubilados, se habían ido a vivir a España, a Altea, a orillas del Mediterráneo; y Roxanne y su marido Pierre eran profesores, ella de historia y él de filosofía. No parecían plantearse tener hijos. Mi hermana ya había cumplido treinta y seis años y aún podrían pues actualmente las mujeres, en un porcentaje elevado, son madres rondando los cuarenta. Roxanne y Pierre vivían en el campo y parecía que sus perros colmaban su necesidad afectiva. Mi hermano August, seis años mayor que yo, era fotógrafo y había tenido un estudio en el piso que compartía con su novia, pero aprovechó la oportunidad de trabajar con la National Geographic y recorrer mundo. Él y su novia Odette llevaban una vida más bohemia, pero les iba muy bien. Yo, después del robo, me quedé sin trabajo.

La tarde fue agotadora. Estuvimos en la peluquería tres horas. El servicio fue completo: depilación integral, manicura, pedicura y después lavado, mascarilla hidratante y corte de pelo. No permití tintes ni reflejos. Aunque agradecí de verdad el resultado, estaba empezando a sentir ansiedad. No quedaba mucho tiempo para compras, pero mi hermana se obstinó en pasar por una boutique cercana solo para comprar unos pantalones de mi talla actual y una camisa decente. Me hizo salir con la ropa puesta y después me llevó a cenar.

—Vamos —dijo—, hace mucho que no sales a la calle y esto hay que celebrarlo.

Todo me resultaba nuevo, en ese momento me pareció increíble haber permanecido tanto tiempo enclaustrada. Pensé que era un verdadero desatino haberme perdido París durante todo ese tiempo. Al cruzar un semáforo pude ver nuestra imagen reflejada en el cristal de un establecimiento: mi hermana me llevaba cogida del brazo, contemplé dos mujeres jóvenes y guapas, una muy delgada. Me sentí muy bien. Hacía dos años que no me gustaba nada, pero la imagen que aquel cristal me devolvía era la de una mujer atractiva, aunque, eso sí, triste. Cuando mi hermana me dejó en casa, la abracé emocionada.

—Gracias, muchas gracias —le dije sin poder añadir nada más.

—No seas boba. Sabes que me gusta verte feliz y que te quiero mucho.

Hacía demasiado tiempo que nadie me decía “te quiero” y me puse a llorar.

—Mañana a las nueve pasaré a recogerte, tenemos muchas cosas que comprar —añadió a modo de despedida.

Si la tarde anterior me pareció agotadora, esa mañana me desbordó totalmente, estaba como idiotizada. Me aturdía el ajetreo de los viernes en los centros comerciales; ni siquiera antes me gustaban esos lugares los fines de semana, parecía que la gente iba exclusivamente a revolverlo todo y a hacer vida social. Para salir pronto de allí me habría quedado con lo primero que hubiera visto, pero Roxanne parecía disfrutar cargando con montones de ropa para que me la probase y eligiese lo que más me gustara, elección que tuvo que hacer ella porque yo era incapaz de decidir. Ni siquiera recordaba lo que me gustaba, ni lo que quería, ni lo que me favorecía. Mi hermana se volvió loca comprando y mi ansiedad crecía a medida que veía aparecer cifras en la caja. Llevábamos de todo: lencería, pijamas, camisas, zapatos, pantalones, una parka, un bolso…Yo estaba al borde de un síncope y mi hermana seguía comprando: una bolsa de viaje, útiles de aseo, perfumes, cosméticos… Hubo un momento en el que desconecté, solo cogía, como un autómata, bolsas y más bolsas que me daba la cajera.

El aire de la calle me refrescó, inspiré profundamente e hice un último intento, tan inútil como los demás, con mi hermana.

—Por favor, Roxanne, no necesito tantas cosas; con unas bragas, un pijama y lo puesto tengo más que suficiente.

—No, cariño. No tienes nada en condiciones y lo que puedas tener es de antes. Renovarlo todo te hará sentir mejor.

—Pero nunca podré devolverte todo el dinero que estás gastando.

—Tranquila, eres una heredera, vas a ser millonaria —bromeó—. Esto no es más que una inversión. Ya me la cobraré con creces.

—¿Y si la herencia son libros y objetos sin valor? —pregunté angustiada.

—Algún día empezarás a trabajar, ¿no? Vamos, no te preocupes. No se puede empezar una vida nueva con los retales de la vieja. La renovación ha de ser completa; además, ahora puedo permitírmelo, quizás en otro momento seas tú quien me tenga que ayudar.

—Cuenta con ello —dije agradecida.

Regresamos a mi casa después de comer en un restaurante. Esa comida y la cena del día anterior eran las únicas decentes que había hecho en los últimos meses, porque prefería no comer a tener que prepararme algo.

Parecía que no iba a caber en el apartamento todo lo que habíamos comprado. Mi hermana, siempre eficaz, sacó del armario y de los cajones de la cómoda todo lo que había y lo metió en bolsas de basura para llevárselo y evitarme la tentación de volvérmelo a poner.

Cuando Roxanne se marchó me di una ducha, estrené un pijama precioso con la bata a juego, unas zapatillas y me puse un poco de perfume; era el primer atisbo de coquetería que tenía en mucho tiempo. Estaba agotada, pero me sentía muy bien, incluso me miré varias veces en el espejo.

Al día siguiente preparé el equipaje justo para estar fuera un par de días, no necesitaba gran cosa. Pierre, mi cuñado, vino a recogerme a mediodía; iríamos primero a la finca. Siempre me pareció bastante seco, tenía ocho años más que mi hermana y era del tipo de personas de costumbres inveteradas que seguía su rutina en cualquier ocasión, sus hábitos eran sagrados.

La finca de ellos no era grande, aunque no importaba porque estaban en pleno campo. La casa constaba de dos plantas y sótano, en total unos trescientos metros cuadrados. Había un pequeño huerto que mi hermana cuidaba y al que le dedicaba casi todos los fines de semana; a ella le gustaba la tierra. Cuando llegamos, Roxanne había preparado la mesa en el jardín; lucía un sol espléndido, aunque los días eran todavía frescos.

Capítulo 2

 

 

 

 

 

Las horas pasaron rápido y pronto estuvimos camino al aeropuerto. Insistí a Roxanne para que me acompañase a Périgueux, pero me dijo que le era del todo imposible, ella también tenía algo ineludible ese lunes. No me dijo nada más, solo que confiase en ella y que en unos días estaríamos juntas de nuevo. No tuve que facturar porque el poco equipaje lo llevaba en la mano. Ella y Pierre me acompañaron hasta la zona de embarque y ya dentro compré una botella de agua para tomarme un ansiolítico, porque ya sentía un peso en el pecho y me costaba respirar. Volar me ponía nerviosa (la última vez había sido en mi luna de miel para ir a Oslo), y enfrentarme a una situación desconocida aumentaba mi ansiedad. Me acomodé en mi asiento, me abroché el cinturón y cerré los ojos evitando así cualquier intención de entablar conversación que pudiera tener mi compañero de vuelo. La voz que nos anunciaba que íbamos a tomar tierra me rescató de mis recuerdos y me devolvió a la realidad.

El viaje no se me hizo demasiado largo, aunque cuando aterrizamos en Périgueux ya había anochecido. Al salir del aeropuerto tomé un taxi.

—Hotel Castel Peyssard, por favor.

No necesité dar la dirección, el taxista lo conocía sobradamente. Me puse los auriculares porque el chófer era de los simpáticos, de los que les gusta hablar; con ello le indiqué que no me apetecía ninguna conversación, por irrelevante que fuera. Una vez en el hotel me dirigí a recepción, me registré y subí a la habitación. No bajé a cenar, no sentía hambre, solo soledad y ganas de llorar. Recordé lo que hacía tiempo me había dicho la psicóloga y empecé a inspirar profundamente, manteniendo el aire unos segundos y espirando despacio. Miré alrededor tratando de apreciar cuanto de bueno, positivo y bello había allí. La habitación era lujosa y muy confortable; el aseo era tan grande como el salón de mi piso de París. “Vale”, pensé, “recorrido realizado”. Debía sentirme afortunada, pero no dejaba de decirme “¿qué hago aquí? Yo no quería venir, si lo he hecho es, como siempre, para que los demás se sientan bien. No quiero ir a la notaría, ¿es que nadie se da cuenta de que no puedo enfrentarme a algo que no sé qué es?”. Rompí a llorar, estaba fatal, así que me tomé una pastilla para dormir y me metí en la cama con el deseo de que el somnífero hiciera efecto pronto, pero pasé una noche muy inquieta con sueños raros que no recordaba al despertar.

Me levanté desorientada y me costó unos segundos recordar. “¡Ah, sí! Hoy es domingo y estoy en el Hotel Castel Peyssard de Périgueux”.

Me duché y bajé al comedor; entonces sí que sentía hambre. Luego fui al spa a tomar turno, ya que estaba allí me haría un tratamiento de masaje y relax. La espera la aproveché para dar un paseo y recorrer las instalaciones del hotel. Había valientes que ya nadaban en la piscina, pero para mí todavía hacía frío. Pedí en recepción un plano de la ciudad y localicé en él la notaría y el recorrido hasta ella; había apenas un kilómetro. Lo recorrí después de comer para controlar el tiempo que tardaría en llegar andando y así decidir a qué hora salir el lunes para llegar puntual a la notaría a las nueve y media.

El paseo fue entretenido y reconfortante. Plano en mano localicé la notaría, di un paseo junto al río Isle, me tomé un descafeinado en una terraza y antes de regresar al hotel entré a ver la catedral; como buena restauradora, me encantaba el arte antiguo, y aquella iglesia que mezclaba estilo románico y bizantino, era una auténtica maravilla. Declarada Monumento Histórico en 1840 y Patrimonio de la Humanidad en 1998, alberga la tumba de San Frontis, quien fue uno de sus impulsores en el siglo XI y, más tarde, primer obispo de Périgueux. La visita no fue muy larga porque estaban a punto de cerrar. El edificio era inmenso, no pude ver el claustro, apenas admiré de pasada el inmenso retablo y las extraordinarias vidrieras. Me prometí que, si algún día volvía a aquella ciudad, la visitaría con calma, recreándome en cada punto, aunque necesitara un día entero para verla.

Tomé un taxi para regresar al hotel porque andar de noche por un lugar poco conocido me daba miedo. El taxista era el mismo del día anterior y me mostré, de nuevo, poco comunicativa. Tras una rápida cena tomé un diazepam y me acosté. Estaba nerviosa y tenía ansiedad, así que a pesar de la pastilla tardé en conciliar el sueño y casi toda la noche permanecí en un estado de duermevela. Me levanté muy temprano y tras el desayuno volví a recorrer el camino hasta el centro de la ciudad, como el día anterior.

La notaría todavía estaba cerrada cuando llegué. Me senté en una terraza, tomé un té y esperé quince minutos que se me hicieron eternos, hasta las nueve y media. Vi entrar a varias personas, hombres y mujeres, traté de adivinar quiénes eran Serge Duhamel, el notario, y la señorita con quien había hablado por teléfono. Por el aspecto todos me parecieron iguales; entré en la notaría y me paré ante la joven del mostrador de información.

—Soy Juliette Moreau, tengo cita con el señor Duhamel.

—Buenos días, señorita Moreau. Un momento, por favor. —Comunicó con alguien por la línea interior del teléfono—. Está aquí la señorita Moreau de París… Conforme.

Luego dirigiéndose a mí, indicó un pasillo y dijo:

—Por favor pase a la puerta número cinco, le atenderá la señorita Blanchard.

Me sudaban las manos, sentía calor y ganas de salir corriendo. Tenía náuseas y tuve que respirar profundamente varias veces antes de entrar al despacho número cinco. Aquella señorita me miró someramente, me ofreció un sillón de los dos que estaban ante su escritorio, se puso frente al ordenador y comenzó su interrogatorio con la voz monótona e impersonal de quien lleva mucho tiempo haciendo lo mismo.

—Documento de Identidad, por favor.

Saqué de la cartera lo que me pedía y se lo di sin poder evitar cierto temblor en la mano.

—Necesito que me confirme sus datos —me pidió sin apartar los ojos de la pantalla del ordenador—. ¿Nombre?

—Juliette Moreau.

—¿Fecha de nacimiento?

—Veinticinco de marzo de mil novecientos ochenta y nueve.

—¿Estado civil?

Me quedé bloqueada. Pensé decir “viuda”, pero recordé que, a pesar de que mi marido había fallecido, yo no era viuda porque mi marido, en realidad, ni siquiera había sido mi marido.

—Soltera —contesté; así constaba en mi documento de identidad.

—¿Domicilio? —siguió la señorita Blanchard inmisericorde, sin saber la tormenta que yo llevaba dentro.

—Calle Saint Michel diecisiete, en París.

—¿Profesión?

—Restauradora de arte, pero actualmente estoy sin trabajo.

—Bien, sígame por favor. —Se levantó y fui tras ella sin saber si ese “bien” era porque estaba sin trabajo o porque los datos eran correctos.

Me condujo a una pequeña sala en la que había una mesa ovalada pequeña, cuatro sillas, un pequeño aparador y, en la pared, una fotografía del Presidente de la República Francesa. Tras una breve espera la señorita Blanchard regresó acompañada de un hombre de alrededor de cincuenta años, de estatura media, con corbata y bien trajeado; llevaba una carpeta y una caja mediana, y entendí que era el notario.

—Buenos días, señorita Moreau. Soy Serge Duhamel. ¿No la acompaña nadie?

—No —contesté secamente, no sabía si debía decir “señor” o si había una fórmula de cortesía para estos casos. Eché de menos la presencia de mi hermana.

—Es que casi nadie viene solo a la notaría —aclaró el notario—. En ese caso, quédese Madeleine.

Tampoco sé por qué lo dijo y no lo pregunté. No sabía si hacía falta algún testigo o si era para que me sintiese más cómoda; si era por eso, intento fallido, cada vez estaba más nerviosa. Temí que el notario me sometiese a un nuevo interrogatorio, pero solo me preguntó mi nombre y número de identificación. Después se colocó las gafas que llevaba colgadas de un cordoncillo y empezó a leer el testamento. Permanecí callada todo el tiempo. Creí entender todo lo que el señor Duhamel leyó, pero no me fiaba mucho de mi capacidad comprensiva, así que le pedí que me hiciese un resumen en lenguaje menos legal para comprobar que realmente había entendido cuanto allí se acababa de leer.

En resumidas cuentas, Margueritte Bernard, Bouvier era el apellido de casada de mi testadora, nacida el 16 de abril de l898 en París, única hija de Jacques y Marie Bernard, única hermana de mi bisabuelo Jacques Bernard hijo (nacido en París el 15 de marzo de 1895), antes de morir en Périgueux el 22 de julio de 1990, depositó en la notaría de dicho pueblo su testamento. En este dejó todos sus bienes, a saber, la mansión Saint-Sybelie con todo su contenido, terrenos y viñas, un montante líquido depositado en el Banco de Francia y una caja con varios paquetes de cartas escritas de su puño y letra sujetos con un lazo rosa, que el notario me entregó en ese momento, a la descendiente más joven de su hermano Jacques, al no tener ella descendientes directos, con el ruego de que dicho testamento no fuese leído hasta el 16 de abril de 2015, es decir, justo ese día. Margueritte Bernard me legó una mansión del siglo XVIII con todo su contenido. Veinte hectáreas de viñas, casi cinco millones de euros y una caja con cartas dirigidas a su heredera, en caso de que la hubiese. En caso contrario, la mansión Saint-Sybelie pasaría a ser propiedad del Municipio; las viñas, de sus actuales trabajadores; el dinero se repartiría entre diversas ONG y las cartas serían destruidas.

Me quedé atónita, “¿era posible que aquello me estuviese pasando a mí?”, pensaba, “¿aún había esperanza?, ¿sería cierto que podían sucederme cosas buenas? o ¿sería mentira?, ¿se habría equivocado el notario?”. No, los notarios no solían equivocarse, así que aquello debía ser real. Era extraño, pero estaba más nerviosa entonces que antes de entrar a la notaría. Mi intención era regresar a París ese mismo día por la tarde, pero el notario me aconsejó que me quedara porque todavía faltaban algunos trámites hasta entrar en posesión de mi legado.

Abandoné la notaría temblando; no quería creer que la herencia fuese cierta, para no afrontar el desengaño de que fuera un error. Me volví a sentar en la terraza en la que había tomado té antes de entrar. Esta vez pedí una infusión relajante e inmediatamente llamé a mi hermana. Roxanne contestó al teléfono y, como era habitual en ella, sin preguntar cómo me encontraba fue directamente al grano.

—¿Qué? ¡Cuenta! ¿Eres millonaria? ¿Te han legado una silla de ruedas o un panteón? ¡Oh, por favor, dime algo!

—Pero si no me dejas hablar… Estoy muy nerviosa.

—Sí, sí, vale, pero… ¿Qué?

—¡Una fortuna, Roxanne! ¡Cinco millones de euros, la mansión Saint-Sybelie del siglo XVIII, que es casi un castillo, y no sé cuánto terreno de viñas! Roxanne, ven por favor, te necesito conmigo, no puedo volver a París hasta que se acaben todos los trámites y estoy bastante perdida. Ven conmigo, por favor, por favor. Ven hoy si puedes, mejor que mañana. Avisaré en el hotel, puedes alojarte en mi habitación que es enorme. Coge el vuelo de esta tarde, yo te espero en el aeropuerto —supliqué—. Por favor, Roxanne.

—Espérame esta noche. Si hay algún inconveniente, te llamo.

Cuando apagué el teléfono observé que las camareras y los clientes que había en la terraza me miraban curiosos. Con el dichoso móvil hemos perdido mucha intimidad; claro que la culpa no es del teléfono, nos hemos acostumbrado a hablar de cualquier cosa, sin el menor pudor, en cualquier lugar. La chica que me había atendido se acercó a recoger el servicio y me miró sonriendo. Me levanté para marcharme y comprobé que los clientes también me sonreían, alguno incluso me saludó cuando pasé junto a él, le devolví el saludo por educación y oí que comentaba que yo era la heredera del castillo de Cenicienta.

Paré un taxi y le pedí que me llevara a la mansión Saint-Sybelie. Era tan grande, tan antigua, me pareció inabarcable; y sin bajar del taxi rogué al conductor que me llevase al hotel, donde pude comprobar que el personal se mostraba conmigo más amable y sonriente de lo habitual. ¿Se habría corrido la voz de quién era yo?

Estaba muy nerviosa, salí a caminar para relajarme un poco. Llevaba en el bolso los tres paquetes de cartas que me había dado el notario y tuve la extraña sensación de que pesaban muchísimo, de que desprendían mucho calor o de que latían. Pensé que no en vano contenían el alma y la vida de una persona que sin conocerme me había legado sus bienes y cuya existencia yo ignoraba hasta hacía unos días, cuando oí por primera vez su nombre.

Llamé a Roxanne de nuevo, me confirmó que ya tenía el billete de avión y que llegaría esa noche sobre las nueve. Ya más tranquila tomé una comida frugal. Subí a mi habitación, saqué las cartas del bolso, los paquetes estaban numerados. Di por supuesto que las cartas estarían en el orden en que Margueritte las escribió, aunque así no estuvieran los paquetes, y pensé que sería mejor esperar a mi hermana y leerlas juntas. Me tumbé en la cama y respiré profundo hasta que me sentí más relajada. Luego bajé al spa y permanecí allí más de una hora. Estrené ropa y zapatos, me perfumé, me pinté los labios y pedí un taxi que me llevara al aeropuerto, aunque era muy temprano todavía, pero prefería esperar allá. ¿Dónde mejor cuando una se siente entre nubes?