A Maribel, Reinaldo, Rafa y Ramón
Lo que estoy a punto de contarles sucede en el año 2021 de nuestro Señor, en ese terruño que en un pasado no muy lejano era uno de los países más ricos de Latinoamérica.
Corre el mes de junio y acabo de cumplir cuarenta y seis años, muy bien llevados en estas circunstancias, valga decir. La mayoría de mis compatriotas se niega a aceptar que un tipo de cabello rubio y ojos azules se haga llamar venezolano. Hace trescientos años me habrían clasificado como “blanco de orilla”, pero desde el siglo pasado a los individuos como yo, que nos vemos más de allá que de acá, nos llaman “musiús”. A mí me han dicho que me parezco al Supermán de Christopher Reeve, debe ser por el hoyito en la barbilla. Por otro lado, los musiús no aguantamos tan bien la radiación solar en estas latitudes.
Hace más de seis meses que no llueve en la península de Paraguaná. El mediodía nuclear del trópico me agarra parado frente a la entrada de la Gran Misión Vivienda Ezequiel Zamora III, una de las tantas misiones populistas que Choro lanzaba poco antes de cada elección para comprar la voluntad de los menos favorecidos. Choro agarraba unas casitas construidas por gobiernos anteriores, las pintaba de rojo y les montaba una valla con su cara sonriente. La sonrisa de Choro era legítima, honesta, decía lo que se le quedaba entre los dientes: “Te estoy jodiendo, ¿y qué?”. Porque Choro no era un tirano amargado como Iósif Stalin, Adolf Hitler o Darth Vader. Era un tipo gozón, te jodía con un bailecito y una sonrisa.
Esta sonrisa se encuentra sepultada bajo una montaña de polvo y piedras. La valla de la Gran Misión Vivienda pasó a convertirse en una barricada de latón y la cara de Choro tiene tantos agujeros de bala que parece un chamo con acné inflamatorio.
¿Qué hace un sifrino de Caracas en una Misión Vivienda en medio de Paraguaná? Pues estoy buscando pilas, de las doble-A, las que usaban los controles de televisión y los despertadores. Unos guajiros me dijeron que podía conseguirlas por estos lados. Según ellos, un señor de la zona era chofer de Duracell y contrabandeaba las pilas.
Amador ya no puede más y yo no aguanto el dolor en el ñer, ese diminuto punto de energía entre los genitales y el ano que alberga uno de los chacras. Ahí justamente tengo incrustada la columna vertebral de mi fiel y noble corcel. Hace meses que cabalgo a pelo, no porque yo sea muy llanero, sino porque se me rompió la silla de montar y no he conseguido otra. Le puse Amador al caballo porque tiene los ojos chiquitos y una sonrisa cálida, como Amador Bendayán, el presentador de Sábado Sensacional.
Me quito el poncho, que con este calor empieza a picar en el cuello. En verdad no es un poncho, sino una especie de ruana tejida que conseguí en Mérida, hecha para el páramo y no para las estepas falconianas, pero ya que me ha tocado vivir en el lejano oeste, decidí vestirme como en un spaghetti western. Además de la ruana, que pretende imitar el poncho de Clint Eastwood, llevo un sombrero como el malo de Lee Van Cleef, una camisa de lino que me trajo un amigo de Bali, unos skinny jeans de GAP y un chaleco de piel de baba que no estoy muy seguro de dónde salió. Usé botas de vaquero por un tiempo y me quedaban de maravilla, parecía uno de Los siete magníficos, pero he optado por la comodidad y las cambié pelo a pelo por unos Adidas Climacool con la suela casi nueva. De mi cinturón cuelga un revólver calibre .35 cañón largo; me quedan tres balas. En la pantorrilla llevo un cuchillo de supervivencia, imitación original del que usó Sylvester Stallone en Rambo III, al menos tiene el logo de la película grabado en el metal de la hoja. También guardo un rifle de caza para el que no he conseguido municiones. Lo que más desentona en mi look de pistolero son los lentes de montura. No me hacen ver tan rudo como quisiera, pero es complicado apuntar con miopía en un ojo y astigmatismo en el otro. Soy como un cosplay barato del Bueno, el Malo, el Feo, Cocodrilo Dundee y Harry Potter. La crisis de la edad media me llevó a disfrazarme como cuando tenía cinco años, solo me faltan la espada y el antifaz del Zorro. La pieza menos divertida del atuendo, pero la más valiosa, la llevo en la muñeca izquierda desde hace veintidós años, el regalo que me hizo mi madre cuando me gradué de ingeniero: un Rolex Oyster Perpetual que pertenecía a mi padre, mi visa para escapar de esta locura.
El complejo se ve abandonado, pero cabalgué tres días para llegar hasta la Gran Misión Vivienda Ezequiel Zamora III. Sería bueno conseguir algo de agua, mi reserva se agotó cruzando los médanos de Coro. Tomo las riendas de Amador y me adentro por la calle central, de la cual se desprenden hileras de casas exactamente iguales, un modelo básico construido con los materiales más paupérrimos que pudieron conseguir. Todas están en estado de abandono, a muchas ya les robaron hasta el techo.
Detrás de una casa me encuentro con el esqueleto de un Ford Sierra convertido en tendedero. De la carrocería aún cuelga un sostén percudido que ondea en el viento. Me recuerda mi primer auto. Cuando me gradué de bachillerato y entré a la universidad, mi mamá me dejó un Sierra 280 GT que estaba en la casa, para que no tuviera que agarrar los autobuses de Chacaíto hasta Sartenejas. Ya les dije que era un sifrinito, lo suficiente como para tener carro a los dieciocho, pero no tan sifrino como para que me regalaran una Machito por haberme graduado sin llevar una sola materia a reparación. El Sierra se recalentaba todo el tiempo, pero aguantó los cinco años de carrera, pasantía y los primeros años como asalariado.
Tras un amplio recorrido por el complejo habitacional, me encuentro con algo fuera de lugar: una de las casitas se halla en perfecto estado. La puerta está en su sitio, las ventanas no están rotas y hasta tiene las paredes pintadas. Al acercarme a la entrada, entiendo por qué nadie se ha atrevido a saquearla. De la puerta cuelga una imagen de Yemayá, una virgen negra. Esta casa pertenece a una bruja, no como la de Blancanieves o la Cenicienta, que envenenaban manzanas y agujas para ser las más bellas del reino; se trata de una bruja caribeña, entrenada en alguna de las muchas formas de santería. Umbanda, candomblé, palo mayombe… los ritos cambian, pero todas descienden de las antiguas creencias yoruba y acabaron mezclándose con el cristianismo en un arroz con mango que ni ellos entienden, pero se lo creen. En un país tan supersticioso como este, una mujer le paga a una bruja para que le amarre a un hombre, que posiblemente dejó embarazada a otra mujer, que le pagó a la misma bruja para que no le roben el marido. Pues así como las mujeres piensan que las brujas tienen el poder de manipular a los hombres, los hombres piensan que los pueden empavar. Yo, en cambio, no les tengo miedo a las brujas. Desde niño me asustan mucho más lo payasos; prefería ver a Freddy Krueger que a Popy cantando El telefonito.
Empujo la puerta y descubro que está abierta, ni un pasador. El suelo está cubierto de polvo y hay marcas frescas de pies descalzos. Saco el revólver, aprieto la empuñadura y coloco el dedo sobre el gatillo. En los tiempos que corren, casi cualquier cosa que se mueva va a intentar asesinarme, violarme o comerme. Lo que escucho es el tintineo de un chorrito que parece venir del baño. Me acerco sigilosamente y me encuentro una figura delgada orinando frente a la poceta. El hombre está desnudo, tiene la piel ennegrecida y cubierta de llagas, es una película de terror que lleva pegada de los huesos. Sus músculos tiemblan de forma incontrolable y el hedor, una mezcla de basura y excremento, inunda toda la casa; no cabe la menor duda, es un nirgüen. Este esquelético ser, alguna vez humano, ahora no es más que un cuerpo sin alma, movido por sus instintos primitivos. Intento retroceder sin hacer el menor ruido, pero los Adidas me traicionan y la suela emite un ligero chirrido. El nirgüen se voltea; sus ojos presentan un caso avanzado de glaucoma; no soy más que una mancha borrosa para él, pero estoy vivo y piensa que soy su almuerzo. El nirgüen se lanza sobre mí a una velocidad vertiginosa. Sopeso si gastar o no una bala en este miserable ser, pero antes de que pueda tomar una decisión, el nirgüen me cae encima. Intenta morderme la cara, pero no tiene dientes. Me pasa su asquerosa lengua por la barba y su baba helada chorrea por mi oreja. Trato de quitármelo de encima, pero no deja de moverse. Se me acaba la paciencia y golpearlo no sirve de nada, hace tiempo que perdió el sistema nervioso. Finalmente tomo su cabeza entre mis manos y halo con fuerza, hasta que el cráneo se desprende de la columna. La mayoría de los nirgüens sufren descalcificación y esta técnica es sumamente efectiva al enfrentarse cuerpo a cuerpo. Veo cómo sus ojos se van apagando y sus músculos quedan inertes. Lo empujo a un lado para levantarme y me doy cuenta de que, de esa cosa horrorosa que solía ser su pene, sigue saliendo un delgado hilo de líquido marrón. El maldito nunca dejó de orinar; incluso cuando intentaba devorarme no podía detener sus esfínteres. Me levanto y me percato de la mancha que dejó en mis pantalones. ¡Qué arrechera! Hace apenas dos semanas lavé la ropa y gasté la última cápsula de detergente. Por suerte no llegó a manchar la camisa. Capaz y consigo algo para limpiarme, pero primero lo primero: ahora que el baño está desocupado, necesito usarlo. Hace mucho tiempo me acostumbré a hacer mis necesidades en el campo, como los animalitos, pero aún guardo algo de sifrino. Si consigo una poceta, tengo que cagar como Dios manda. Otra cosa que he aprendido es a no usar papel tualé, eso desapareció en el 2017. Y no vayan a creer que ando por ahí con el culo sucio, lo que pasa es que he conseguido educar al colon para que mis heces sean total y absolutamente concisas, no dejan residuos. El truco está en comer hoja de parra, pero hay que controlar la dosis para no estreñirse. Creo que una de las cosas que más extraño de la civilización es el bidet. Como decía mi profesor de Biología, que en paz descanse: “Papel resuelve pero no limpia”. Nada como la suave caricia del agua tibia en el ano, la sensación prístina de limpieza. Llevo años sin usarlo y obviamente no voy a conseguir una de esas exquisitas pieza de porcelana en una vivienda de interés social, pero algún día me sentaré de nuevo en un bidet. También estoy entrenado para evacuar lo más rápido posible; un solo empujón y sale todo, completo, en una sola pieza. No quiero que me sorprendan cagando como a Tywin Lannister, es cuestión de veinte, treinta segundos máximo.
Al adentrarme en la sala, me consigo a la bruja sentada en un sofá. La Bruja Maruja no se inmuta. No sé si se llama Maruja, pero últimamente me ha dado por ponerles nombre a los difuntos; me parece más respetuoso y hace que la charla se sienta personal. También me ha dado por hablar con ellos; son buenos oyentes, pero pierden el interés rapidísimo. Esta anciana debe tener al menos un año muerta en la sala de su casa, pero se conserva muy bien, quizás por eso de las artes oscuras. La anciana viste una bata floreada de algodón y de su cuello cuelgan varios collares de plumas y peonías, típicos de los santeros. Para completar el look de bruja: unos Crocs con medias de tenis marca Pony. Hurgando en su bolsillo, consigo varios puros a medio fumar; me imagino que los fumaba con la candela para adentro, como parte de sus prácticas adivinatorias. Yo nunca he sido fumador, pero estos puros me llenan de emoción. No solo completan mi look de Clint Eastwood, sino que el olor del tabaco me trae recuerdos de mi padre, que fumaba unas panatelas horribles mientras armaba sus álbumes de estampillas los sábados por la noche. Podría robarme los Crocs, pero no lo voy a hacer, más que por respeto a Maruja, por una cuestión de criterio estético.
Maruja no tiene heridas de bala ni rastros de violencia, probablemente murió de inanición. Dicen que los que mueren de hambre lo hacen con la boca abierta, pero en estos años he visto demasiados cuerpos y me he dado cuenta de que a todos les sucede lo mismo. Es sencillamente un tema de anatomía y gravedad: la mandíbula cae por el peso del hueso maxilar y los músculos que la sujetan ya no hacen el esfuerzo de mantener la boca cerrada. Le arranco un retazo de tela al decolorado vestido de Maruja y le amarro la mandíbula al tope de la cabeza. No es digno salir con la boca abierta en una selfie. Saco mi cámara Kodak VR35, me quedan siete exposiciones en este rollo. Abrazo a la difunta, levanto la cámara, sonrío y presiono el obturador. Algún día voy a revelar estos viejos rollos de película y armar un álbum de crónicas necrológicas.
Maruja tiene los ojos clavados en el televisor.
—¿Qué miras, Maruja?
Su expresión es tranquila, como si hubiese estado esperando a la muerte. Quiero pensar que a esa edad se espera a la muerte con tranquilidad, aunque, la verdad sea dicha, en este país todos jugamos dominó con la muerte desde hace tiempo. Es algo con lo que vivimos y se ha vuelto parte de nuestra cotidianidad, morir y matar.
—Tú sabes algo que yo no sé, ¿verdad?
El televisor, Maruja vio televisión hasta el día de su muerte en una zona en la que no llega luz eléctrica desde hace cuatro años. Eso solo puede significar una cosa: Maruja tiene planta y, si era tan astuta como yo creo, la tiene bien escondida.
Por el lado de afuera no hay pistas de dónde pueda estar escondido el generador, lo más probable es que esté bajo tierra. Aquí es donde resulta sumamente útil un afinado sentido del olfato que, en mi caso, es como el de Grenouille, el asesino de El perfume. Mi nariz puede oler un peo a quince metros de distancia, incluso un peo vegano, que apenas huele. El diésel es extremadamente volátil y su aroma no es precisamente sutil. No tardo en dar con el rastro del olor, que se hace más fuerte en dirección a los restos de un perro. El esqueleto del animal aún está sujeto por una cadena a una estaca en el suelo; asumo que se trataba del guardián de la planta. Muerta la bruja, el cancerbero pasó a ser comida para los bachacos, que por estos lados devoran un perro en menos de veinticuatro horas. Junto a la estaca sobresale la esquina de una lámina de zinc sepultada bajo el polvo. Utilizo uno de los huesos del perro como palanca. La plancha es el escondite ideal para una cascabel y el suero antiofídico no me lo van a enviar por FedEx. Al levantar la lámina de zinc, me encuentro con una planta de gasoil de 20 kilovatios. Supongo que a Maruja no le iba nada mal en su negocio. Me aseguro de que no haya alguna alimaña escondida en el hueco, meto el brazo, tomo el cable de arranque, cruzo los dedos de la otra mano y halo con fuerza. El motor emite un rugido y arroja una nube negra de monóxido de carbono que me tumba hacia atrás.
Al entrar en la casa escucho una voz conocida. Aquella voz solía provocarme náuseas, ahora solo me produce tedio. Es la voz de Choro, el destructor eterno. Caigo en cuenta de que la voz proviene de la vieja bocina del televisor, que se encendió al arrancar el generador de la planta. En la pantalla del viejo aparato aparece el militar ungido presidente en una de sus alocuciones.
Esta clase de tiranuelos de repúblicas bananeras tradicionalmente llegan al poder por las armas. En este país no fue así, aquí lo elegimos nosotros. Eso no quiere decir que Choro no haya intentado el clásico golpe de estado, al estilo Pinochet. Siendo teniente coronel del Ejército, se fue con un batallón y tres tanques a asaltar el Palacio de Gobierno. Esta intentona no fue más que una pataletea frustrada por las fuerzas democráticas y Choro terminó tras las rejas. Sin embargo, su fracasado golpe de Estado resultó ser la campaña política más exitosa de todos los tiempos. Tras ser indultado de su aventura golpista, Choro se lanzó como candidato presidencial y el resto es historia. Al parecer, los latinoamericanos tenemos una debilidad por los hombres de uniforme. Como todos los caudillos, Choro llegó prometiendo una revolución. Pero la suya no era como las revoluciones fracasadas de los últimos trescientos años; esta era distinta, mejorada, con todo el sabor de la revolución tradicional, pero con menos calorías y libre de sodio. Lamentablemente, la revolución de Choro terminó siendo un refrito de las revoluciones pasadas; eso sí, mucho más costosa. Fue como el remake de Hollywood, con un presupuesto exorbitante, pero con actores menos agraciados. La utopía del teniente coronel le costó al país más de un trillón de dólares y terminó como todas las revoluciones… en muerte, miseria y destrucción.
Me deslumbra la luz que emiten los rayos catódicos del televisor de Maruja. Esa fue mi primera droga, y durante mi infancia la consumía a diario. El dilema más grande era si ver El Chavo del 8, Ultraman o Súpermagnetrón, porque todos los daban a la misma hora y no existían los decodificadores digitales para grabar otros dos programas simultáneos. Yo crecí con Mazinger Z, Los Súper Amigos, Tom y Jerry, Cool McCool y también con Candy Candy. Los sábados daban Meteoro, Los autos locos, Las olimpíadas de la risa y otras joyas de Hanna-Barbera en un bloque llamado Alegre Despertar. Los domingos no me perdía Cosmos ni los westerns que tanto le gustaban a mi padre. John Wayne, Clint Eastwood, Yul Brynner y Charles Bronson llenaban la pequeña pantalla de nuestro primer televisor a color. Los lunes daban Radio Rochela; Tom Jones y Michael Jackson se presentaron en Sábado Sensacional y yo estaba enamorado de Maritza Sayalero, la miss Universo. Hace mucho tiempo de eso. Cuando Choro llegó al poder, fue cerrando canales y cancelando programas. Cualquier contenido que no estuviese alineado con la revolución salía del aire. Al final quedó un solo canal y una sola voz: la de Choro.
Me acerco al televisor y giro la perilla: la cara de Choro aparece en todos y cada uno de los canales. La misma transmisión se repite desde hace años en todos los medios, una cadena ininterrumpida de radio y televisión. Muevo la antena en todas las direcciones, intento conseguir otra señal, quizás alguna estación de las islas, aquí estamos muy cerca de Aruba. Nada, lo único que se puede ver o escuchar en todo el espectro radioeléctrico es la verborrea de Choro.
En vida, Choro tenía un programa de televisión dominical que, más que un programa, era un show: El Chorotón. Sin lugar a dudas, Choro fue un líder mediático. Era un tipo con carisma y le gustaba probar hasta dónde podía llegar. El programa duraba entre seis y ocho horas; creo que un día se planteó romper su propio récord e hizo un programa de doce horas. Se trataba de un show en vivo frente a una audiencia, como el de Johnny Carson. La audiencia, en este caso, estaba conformada por sus colaboradores de turno, quienes estaban obligados a aplaudir cada una de las ocurrencias de Choro. Era una prueba para sus aduladores más cercanos; al que no aguantaba el maratónico programa lo echaban de su cargo. A Choro le traían café a lo largo del show, pero jamás se paraba para ir al baño. No sé si tenía una sonda en la uretra o si su vejiga era del tamaño de su ego. ¿De qué trataba el programa? De todo un poco, era un show de variedades. A veces cantaba, bailaba, expropiaba empresas, anunciaba programas de gobierno y repartía el dinero público a discreción, como si fuera suyo. El show no tenía guion ni estructura, cada programa era diferente y Choro improvisaba sobre la marcha; lo que en Hollywood llaman unscripted.
—¿Cuál es su nombre? —le pregunta el presidente a una señora a quien las cámaras enfocan brevemente.
La voz de la señora es inaudible. Al parecer vino a pedirle una cocina a Choro, dice ser una microempresaria. En sus manos trae una gallina para el presidente.
—Ya mismo doy la orden para que le aprueben los recursos —dice Choro con la autoridad que lo inviste.
A pesar de haber fracasado como militar y de haber llegado al poder como civil, Choro nunca perdió el hábito de dar órdenes. Por eso lo llamaban “El Comandante”. Ya que en las Fuerzas Armadas solo llegó a teniente coronel, “Comandante” es como una especie de cargo militar honorario que lo coloca por encima de todo. La doña se marcha con lágrimas de emoción en los ojos. Un alférez toma la gallina y se la lleva. Entonces el Comandante Choro se pone a hablar del futuro de la revolución, su tema favorito.
Tengo tanto tiempo sin ver televisión que me siento en el sofá junto a la Bruja Maruja. No me vendría mal una irradiación de rayos catódicos. Saco una moña de marihuana que guardo en una cajita de Altoids y la siembro en una pipa que fabriqué con un tallo de bambú. La única forma en la que puedo disfrutar de El Chorotón es fumado. Le pego una jalada a la pipa, deleitándome con el aroma del humo. El Comandante cita a Mao Zedong y se burla de la disidencia política.
—Vamos pal 2021, compadre. ¡Anótelo! Pa’llá es que vamos… y más allá —esgrime el Comandante con alevosía, como si fuera Buzz Lightyear.
Los secuaces, también conocidos como focas, aplauden eufóricamente. Yo empiezo a reír de manera incontrolable, hace tiempo que no me río tanto. Me volteo hacia Maruja y le pregunto:
—¿Usted cree que llegue al 2021?
El THC comienza a hacer efecto y esto que me estoy fumando es un matacaballo. Suelto una carcajada tan fuerte que me da una puntada en el diafragma. La Bruja Maruja sigue concentrada en el programa, no le quita los ojos de encima al Comandante. En medio de un ataque de histeria, saco el revólver y le disparo a Choro entre las cejas. La pantalla del televisor estalla, lanzando vidrios y chispas por toda la sala. No entiendo por qué lo hice. ¿Por qué después de tantos años aún siento una aversión tan grande hacia la imagen del Comandante?
Hace más de ocho años que Choro está muerto, pero su nefasto legado ha perdurado en el tiempo. Su desdichada imagen sobrevivió a la destrucción que él mismo desencadenó. Y no vayan a creer que Choro murió defendiendo su revolución, porque no le dispararon en la cabeza como a Kennedy, ni lo envenenaron como a Tutankamón; al Comandante le entró una bacteria en las tripas por comerse un pisillo de chigüire que estaba piche. Murió sentado en una poceta, haciendo lo único que sabía hacer bien, aquello para lo que estaba destinado: cagarla.
Pensándolo fríamente, no debí haber gastado una bala en un televisor, pero me dejé llevar por el momento. Guardo el revólver, resignado a que ya solo me quedan dos balas. Maruja no quita los ojos de la pantalla, como si la efigie de Choro aún estuviera allí. Apago la pipa, la guardo y me recuesto unos instantes junto a Maruja. Espero a que se me pase la euforia. Me volteo hacia la bruja, acerco el rostro a su oreja y le echo el pelo hacia atrás. Le hablo bajito al oído, como si la estuviera enamorando.
—¿Qué más guardas por ahí, Maruja? ¿No tendrás por casualidad unas pilas doble-A?
Maruja se hace la loca. Seguro estaba enamorada de Choro y yo lo hice desaparecer de un plomazo. Me levanto del sofá y entro al dormitorio. El cuarto de la bruja es austero, una camita y una mesita de noche. Reviso la gaveta y me encuentro un aparato de audición, pero las baterías de reloj no me sirven. En el clóset no hay más que una colección de ropa desteñida, nada que pueda serme útil. Veamos qué hay en la cocina.
La nevera está vacía, por suerte; si hubiese algo adentro estaría en un estado de putrefacción que atentaría contra mi agudo sentido del olfato. Las gavetas están llenas de telarañas, pero al abrir uno de los gabinetes me brillan los ojos y empiezo a salivar: un paquete de harina PAN sin abrir. Lo tomo con cuidado, con miedo de que vaya a desaparecer como un espejismo. En lo que mis dedos envuelven el paquete y lo sujeto entre las manos, se esfuma la emoción. Es como levantar un ladrillo, la harina está fosilizada. Podría utilizar este paquete de harina de maíz precocida para matar a un nirgüen de un golpe en la cabeza.
Salgo desilusionado de la cocina, regreso a la sala y me detengo a despedirme de Maruja. Me parece que sonríe. Quizás me estoy volviendo loco, pero presiento que oculta algo. La bruja se parece a una amiga de mi abuela que, por cierto, también se llamaba Maruja. Cuando venía de visita, Maruja traía caramelos y me los escondía por la casa. ¿Qué será lo que me esconde Maruja? ¡Ya sé! Empujo el trasero de la anciana y meto la mano bajo el cojín del sofá. Mis dedos se enredan en una maraña de pelo y migas de casabe, se topan con una moneda y varios mondadientes, hasta que finalmente chocan con un control remoto. Saco el aparato de debajo del cojín; está pesado, hay esperanza. Lo abro con emoción y me encuentro un par de pilas doble-A en buen estado. No son Duracell, sino una marca china, de las últimas que se conseguían antes de que desaparecieran del mercado. Las baterías chinas eran medio piratas, no sé si les quede algo de carga, al menos no están sulfatadas.
—Hasta pronto, Maruja. Gracias por las pilas. La pasamos chévere.
De salida me tropiezo con el cuerpo del nirgüen. El chorrito de pipí ya se apagó, pero dejó un charco bastante grande. ¿De dónde habrá sacado agua? Tengo la teoría de que los nirgüens tienen un sexto sentido para conseguir agua, por eso aguantan tanto. Antes de abandonar el complejo habitacional, vacío el tanque de la planta en un par de bidones de plástico. No tengo un motor para echar el diésel, pero lo puedo cambiar por una semana de comida o una noche de marihuana. Tengo que conseguir agua pronto, ya solo queda media botellita con sabor a hervido de pollo. Se la doy a Amador, que es al que le toca hacer el trabajo de fuerza.
—Lo siento amigo, es toda el agua que me queda.
No he terminado la frase cuando a lo lejos, en las afueras de la Gran Misión Vivienda, diviso un rabipelado y el animal parece estar bebiendo. Me acerco y el roedor arranca a correr con sus crías al lomo. El suelo está húmedo, aquí lo que hay es una caleta de agua. Alguien la dejó enterrada para venir a buscarla en la noche, pero se rompió el envase. Cavo con las manos hasta conseguirme un tubito plástico, del cual brota un chorrito de agua que humedece el polvo. Sigo cavando y encuentro un CamelBak, uno de esos morrales de excursionismo que tenían un depósito plástico para la bebida. Dos litros de agua, que vista al trasluz parece estar limpia. Le doy una probadita, es agua desalinizada, pero está fresca. Estoy tan deshidratado que bebo más de la mitad, el resto lo guardo para Amador. Dos galones de diésel, dos litros de agua, dos pilas doble-A y unos puros; no fue un mal día. Valió la pena la visita a la Gran Misión Vivienda Ezequiel Zamora III.
Supongo que debo explicar cómo pasé de ser un sifrino de la capital a convertirme en un vaquero postapocalíptico. Cuando era niño la gente lo decía en la calle, lo anunciaba la televisión y lo publicaban los diarios cada mañana… estábamos jodidos. El venezolano tiene la mala costumbre de estar siempre jodido. Yo, sin embargo, no me sentía nada jodido. Crecí en una tierra paradisíaca y tuve una infancia sumamente feliz. Los viernes recibía mi mesada, un billete de diez bolos, de esos morados que tenían al Libertador de un lado y al Mariscal de Ayacucho del otro. No era mucho, pero rendía que jode, como para feriar unos Kalkitos, un Bati-Bati, tres chupetas de chicle y un paquete de caramelos que explotaban en la boca. Si ahorraba y me portaba bien, a fin de mes me dejaban comprar un muñeco de La Guerra de las Galaxias en Sabana Grande; mi favorito era el Luke con el traje anaranjado de piloto. Aquella hermosa etapa de mi vida concluyó con la muerte de mi padre. Un sábado por la noche, en medio de un partido entre el Bayern y el St. Pauli, la aneurisma que tenía en la panza explotó como el Challenger. Cuando terminó el verano, guardé mis juguetes en cajas y los enterré en el fondo del depósito. Se terminaba la primaria y comenzaba el bachillerato. Aquellos fueron los tiempos de MTV, Mario Bros, Ninja Gaiden, Metallica, Michael Jordan, Tony Hawk, Cindy Crawford, Ginger Lynn y Nevermind. Me da un poco de vergüenza decirlo, pero todavía no me sentía jodido, ni un poquito. Sin embargo, esa maravillosa adolescencia con música de Axl Rose y un montaje de Joaquín Riviera llegó a su fin cuando apareció por primera vez en televisión el teniente coronel Choro. En ese preciso instante, a los dieciséis años de edad, sentado frente a la misma pantalla por la que desfilaron Scooby-Doo, Rummenigge, Sagan y Mötley Crüe, ahí entendí que nos íbamos a joder todos.
Choro llegó promoviendo la “Revolución del Siglo XXI”. Se supone que nos iba a montar a todos en un DeLorean y nos iba a llevar en un viaje al futuro, pero como que le pasó lo mismo que a Marty McFly: se equivocó metiendo la fecha en la máquina del tiempo. Quizás no manejaba bien los números romanos y puso la ‘I’ en el lugar equivocado; lo cierto es que terminamos en el siglo XIX, en los tiempos de Guzmán Blanco, la reina Victoria y Billy “The Kid”.
Ahora la gente se traslada en burro, en caballo o en carreta. Una vez llegué a ver el chasis de una Hummer tirado por una danta, aquel animal cuasi mitológico sobre el cual cabalgaba María Lionza en la autopista Francisco Fajardo. A pesar de que tenemos las reservas de combustible fósil más grandes del planeta bajo nuestros pies, aquí arriba es complicado conseguir medio galón. Los servicios públicos colapsaron, también las comunicaciones. Si consigues una radio o un televisor que funcione, lo único que puedes sintonizar es El Chorotón. Han reaparecido la difteria, el sarampión, la tuberculosis, la disentería y otras enfermedades que se creían erradicadas en el siglo pasado. Mucha gente se muere de hambre, otros tantos de diarrea, pero la gran mayoría muere por sobredosis de plomo. Lo único que no escasea en esta tierra desgraciada son las armas. Hay suficientes como para montar un carnaval y disfrazar a todos de Comando. Créanme, no es fácil ser un vaquero en una película de Arnold Schwarzenegger.
© Carl Zitelmann, 2019
© Ediciones Puntocero, 2019
© Alfa Digital, 2019
Primera edición digital: junio de 2019
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ISBN Digital: 978-84-17014-23-0
ISBN Impreso: 978-84-17014-22-3
Corrección de estilo
Magaly Pérez Campos
Retrato del autor
© Tomás Lampo
Ilustración de cubierta
Lucas García París
Diseño de colección
Ulises Milla Lacurcia
Conversión a formato digital
Sara Núñez Casanova

CARL ZITELMANN
(Caracas, 1975)
Ingeniero de computación egresado de la Universidad Simón Bolívar (Venezuela). Después de trabajar cuatro años como consultor de aplicaciones, optó por el oficio de creador audiovisual. Cursó estudios de posgrado en la National Film and Television School (Inglaterra) y actualmente se desempeña como director de cine y televisión. En 2014 obtuvo el premio Grammy Latino al Mejor Video Musical y en 2018 estrenó su primer largometraje: El vampiro del lago. Choro 2021 es su primera novela.
Retrato del autor
© Tomás Lampo
Choro m. vulg. Ratero, ladronzuelo.
Las mujeres son el punto débil de todo hombre. Nuestro código interno no está preparado para manejar ese tipo de singularidades. Frente al sexo opuesto, somos una máquina de cappuccino tratando de preparar un chai latte. Nos enredan, nos confunden y nos vuelan la cabeza; nos vuelven completamente impredecibles, desconocidos ante nosotros mismos. Esos extraños seres maravillosos hacen que la vida valga la pena, y las de pecas y ojos verdes son mi perdición. ¡Cuánta razón tenía Freud! Detrás de cada gran estupidez hay siempre una chica y todo indica que esta no va a ser la excepción.
Mis pensamientos son interrumpidos por la voz chillona de Natalia.
—Tengo que cagar.
Y yo que pensaba que las niñas de esta generación habían crecido con Nickelodeon. Detengo el paso de Amador, tomo a Natalia por el hombro y la bajo al suelo.
—¿Ajá? —Natalia me mira sorprendida.
—¿Ajá qué?
—¿Dónde se supone que debo cagar?
Miro alrededor. No entiendo la pregunta.
—Donde quieras.
—¿Aquí? ¿En medio de la nada?
Si mi orientación no falla, estamos cerca de Siquisique, pero no es una buena idea pasar por allí. El pueblo debe estar tomado por alguna banda de pipisetas y no pienso arriesgar el pellejo para que esta niña cague sentadita.
—El Sheraton más cercano queda en Barquisimeto. ¿Dónde cagaste la última vez?
Natalia se molesta conmigo.
—¡Me cagué encima, imbécil! Estaba secuestrada por unos pepezetas y pensé que me iban a violar.
Así son las mujeres, quieren que asumas la responsabilidad de una situación que no tiene absolutamente nada que ver contigo.
—¿Tienes papel?
Suelto una carcajada que casi me caigo del caballo.
—No tienes que ponerte necio, ya te dije que tengo diarrea.
Meto la mano en una de las alforjas, saco un fajo de billetes de cien bolívares atados con una liga y se lo entrego.
—Ahí hay al menos diez mil bolos. El lado con la cara del Libertador es el más suave.
Ella no parece conforme, pero se marcha con los billetes en la mano.
—¡No te los gastes todos en una sentada! —le grito desde el caballo.
Natalia se agacha y desaparece entre unos matorrales. Yo saco las municiones que conseguí en la Wagoneer y comienzo a cargar el rifle. No han pasado ni dos minutos cuando la veo salir de la maleza. Por la cara que trae, adivino que viene a quejarse de alguna otra cosa… quizás el baño no tenía aromatizante.
—¡Vete! —me grita desde los matorrales.
—¿A dónde?
—Más allá.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que me escuches.
—Pensé que ya habías terminado.
—No puedo hacer si estás cerca.
Esta discusión se acabó. Tiro de las riendas y me llevo a Amador hasta la sombra de un araguaney que crece un poco más allá.
Ato el caballo al tronco del árbol y hago un reconocimiento visual de la zona. Entonces siento que algo se mueve entre la maleza. Echo mano de los binoculares Zeiss. Un chivito salvaje parece haberse extraviado y está pastando a unos cuantos metros del árbol. Estoy contemplando preparar este chivo a la parrilla, cuando Natalia aparece a mis espaldas y me sobresalta.
—Tengo hambre.
—¿Listo?
—Aquí tienes el vuelto —me extiende la mano con medio fajo de billetes.
Miro de nuevo por los binoculares para asegurarme de que el chivo no haya salido espantado con el escándalo.
—¿Qué vamos a cenar?
—Chivo.
—¿No hay otra cosa?
—Hay un supermercado en Cúcuta, pero si intentas cruzar la frontera lo que vas a comer es plomo.
Natalia ve al animal brincar entre la maleza y se convence de que es la opción más apetitosa que vamos a conseguir antes de que anochezca.
—Está bien, pásame el rifle.
—Estás loca si piensas que vas a gastar municiones en un chivo.
—¿Y cómo carajo piensas matarlo?
Sujeto a un lado de las alforjas, llevo un arco. Lo fabriqué siguiendo un tutorial de YouTube cuando todavía quedaba algo de señal de celular. Las flechas ya son otra cosa, esas las aprendí a hacer con un pemón al que rescaté en el río Apure. Doblo el arco, tenso la cuerda y la amarro bien de punta a punta. No es para llevarse una medalla de oro en los juegos olímpicos, pero puede resolver una cena.
—Se te va a escapar por no pegarle un tiro —insiste Natalia.
Le hago una seña exigiéndole silencio. Con mucho sigilo avanzo entre la maleza y rodeo al chivito para no ahuyentarlo. Mis habilidades con el arco y la flecha no son las de un arquero del siglo XVI, me tengo que acercar lo suficiente para garantizar la cena de un flechazo. El chivo parece haberse quedado masticando algo que consiguió en el pasto y está demasiado distraído para percatarse del peligro que lo acecha. Coloco la flecha en el arco con delicadeza y la sujeto entre los dedos. Tiro suavemente de la cuerda haciendo crujir la madera, apunto y aguanto la respiración. Aún me pesa matar animales, es algo que he tenido que hacer para sobrevivir pero, a diferencia de matar pipisetas, no me complace en lo más mínimo. Sujeto el arco firmemente con la mano izquierda y dejo que la cuerda resbale suavemente entre mis dedos. La flecha emite un silbido. El chivo da un brinco y se aleja corriendo entre la maleza. Natalia no se resiste a hacer gala de su sarcasmo.
—¡Buena esa, Robin Hood!
Levanto la mano lo más alto posible y le pinto la paloma. Dicen que la famosa seña se inventó en tiempos de Enrique V. Los franceses les cortaban el dedo medio a los prisioneros de guerra para que no pudieran volver a tensar el arco. En respuesta, los arqueros ingleses alzaban la mano y le pintaban la paloma al Ejército francés antes de cada batalla, mostrándoles el dedo con el que iban a matarlos. Por eso los ingleses lo llaman giving the finger. Los venezolanos le decimos “pintar la paloma”, nos sentimos moralmente obligados a encontrarle una connotación sexual a cualquier gesto.
—¡Qué educado! —me grita Natalia desde el araguaney—. ¿Ahora qué vamos a comer?
Me cuelgo el arco en el hombro y arranco a caminar en la dirección en la que el chivo salió corriendo. No tardo en encontrar el rastro de sangre en la maleza. Las gotas que tiñen la hierba se van haciendo más gordas con cada paso. Unos pocos metros más adelante me consigo con el charco de sangre. Coloco el pie sobre el cuerpo del animal muerto, sujeto la flecha con fuerza y se la saco de la garganta. Un tiro certero a la yugular es la forma más piadosa en la que podía hacer esto. Natalia se acerca corriendo, en su cara hay una mezcla de asombro y emoción. Obviamente no siente ni un poco de lástima por el pobre animal. Cuando se detiene junto a mí, escucho el rugido de su estómago.
—¿Cómo lo vamos a preparar? —pregunta ansiosa.
—¿Cómo te gusta más, al vino tinto o con trufas del bosque?
—¿En serio tienes trufas?
—Claro, me las mandan frescas todas las mañanas desde Dordoña.
A Natalia no le hace gracia mi chiste. Yo, sin embargo, me deleito con su ingenuidad. Arrastro el cuerpo del chivo hasta el árbol y afilo el cuchillo con el borde de una piedra. Luego comienzo a quitarme la ropa lentamente. Natalia cambia su cara de disgusto a sorpresa.
—¿Qué haces?
—Me estoy desvistiendo.
—¿Por qué?
—Porque tengo que descuartizar al animal.
—Yo soy una niña, ¿cómo te vas a desnudar delante de mí?
—¿Acaso tú me vas a lavar la ropa?
—¡Ni que yo fuera tu cachifa!
Natalia me da la espalda y se aleja molesta. Cuelgo la ropa de una de las ramas del araguaney. Me dejo los interiores Ovejita de abuelo, los lentes y los zapatos; uno nunca sabe cuándo puede pisar un alacrán en estas estepas. Imagino que con este look tengo un aire a Walter White en la primera temporada de Breaking Bad. Sin embargo, lo que está a punto de suceder se parece más a un episodio de Hannibal. La sangre del chivo salpica hasta las flores más bajas del araguaney. Esto de ser carnicero tiene su arte, y yo he tenido que aprender de forma intuitiva cómo cortar un animal para sacarle el mayor provecho.