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Restrepo, Emilio Alberto, autor
El abrazo de la Viuda Negra. Un caso de Joaquín Tornado, detective / Emilio Alberto Restrepo. Medellín: UPB, 2017.
112 páginas, 14 x 21 cm. (Colección Policías y Bandidos)
ISBN: 978-958-764-466-1
1. Literatura – Colombia – 2. Novela – Colombia – 3. Novela negra – 4. Detectives en la literatura – I. Título – (Serie)
CO - MdUPB / spa / rda
SCDD 21 / Cutter-Sanborn
© Emilio Alberto Restrepo
© Editorial Universidad Pontificia Bolivariana
Vigilada Mineducación
El abrazo de la Viuda Negra. Un caso de Joaquín Tornado, detective
ISBN: 978-958-764-466-1 (versión impresa)
Primera edición, 2017
ISBN: 978-958-764-639-9 (versión epub)
Digitalización, 2019
Gran Canciller UPB y Arzobispo de Medellín: Mons. Ricardo Tobón Restrepo
Rector General: Pbro. Julio Jairo Ceballos Sepúlveda
Vicerrector Académico: Álvaro Gómez Fernández
Editor: Juan Carlos Rodas Montoya
Coordinadora de Producción: Ana Milena Gómez Correa
Diagramación: Ana Milena Gómez Correa
Corrección de Estilo: Ingrid Molano Osorio
Fotografías portada: Anacristina Aristizábal
Dirección Editorial:
Editorial Universidad Pontificia Bolivariana, 2019
E-mail: editorial@upb.edu.co
www.upb.edu.co
Telefax: (57)(4) 354 4565
A.A. 56006 - Medellín - Colombia
Radicado: 1596-07-06-17
Prohibida la reproducción total o parcial, en cualquier medio o para cualquier propósito, sin la autorización escrita de la Editorial Universidad Pontificia Bolivariana.
Diseño epub:
Hipertexto – Netizen Digital Solutions
Para comenzar
I
II
III
IV
V
VI
VII
VIII
IX
X
XI
XII
XIII
XIV
XV
XVI
XVII
Muchos futbolistas colombianos están arrasando con su calidad en Europa y la gente está encantada hasta el delirio con su talento y la exquisitez de su “toque mágico”. Se han convertido en jugadores de élite mundial.
Uno de ellos, acaso el más dotado de todos, el Santi Tarragona, ha regresado en la época de vacaciones con su bellísima esposa, la modelo Malala Contreras, para reposar de una temporada particularmente brillante y exitosa.
Todo parece sonreírles, están en el culmen de la gloria.
Una noche, al salir de un homenaje, Tarragona es emboscado supuestamente para ser víctima de un atraco. Lo que nadie se explica es porqué, después de haberlo perpetrado, uno de los bandidos sale de entre las sombras y le propina un balazo en la rodilla derecha, lo que da al traste con su carrera y posteriormente con su vida.
El detective Joaquín tornado es contratado para tratar de dar luces a un caso en donde todo es confuso y conspirativo, en donde, desde el rincón más inesperado, puede surgir el personaje dispuesto a llevar a cabo los planes más siniestros.
Y a cada paso, el círculo parece cerrarse…
Llevo quince años gastando las calles de la ciudad con mis zapatos. Me la conozco de memoria, el norte, el sur, los barrios, las lomas, el día, la noche. He robado luz a sus neones y decibeles a sus ruidos, que en ciertas horas son como un rugido y en otras me recuerdan una selva sigilosa, lista para el zarpazo. Me he percatado de todos sus humos, de sus olores y mi piel se ha insolado por el rigor sin tregua de la canícula del medio día y ha tiritado con la escarcha de sus fríos en la madrugada. No termino de impresionarme al darme cuenta de que siempre descubro algo nuevo, que hay algo que me sorprende, algún tipo de maldad que desconocía, alguna nueva forma de desplumar al prójimo o de timar al Estado o de brincarse las leyes y hacer de la norma algo prescindible y desechable. He explorado cada rincón, cada almacén, cada hotelucho, cada motel. He violado cerraduras, he intervenido teléfonos, he mentido con descaro cuando ha sido necesario, al que sea, donde sea, por lo que sea. Tengo una enorme ventaja: paso fácilmente desapercibido, no dejo huellas, nadie voltea una segunda vez a mirarme, puedo estar varias horas en una cafetería y nadie repara en mí. Tengo un aspecto demasiado común. Tanto, que he llegado a pensar que soy invisible. Las miradas me traspasan, mi voz nunca se sobrepone a otra; al chocarse con mi mirada, ningunos ojos se sienten escrutados, ni siquiera oteados por equivocación. Me han presentado un mismo personaje hasta cuatro veces sin que luego me recuerde y entonces repita una vez más el ritual de socialización lleno de efusividades mecánicas y lugares comunes. Me he casi chocado con una chica con la que tuve una noche de desenfreno y ni se ha enterado; por el contrario, me mira con reproche por mi torpeza de no fijarme al caminar. A una misma oficina he ido haciéndome pasar por mensajero, cobrador, cliente en busca de orientación, ciudadano extraviado. Sin hacer mayores cambios en mi aspecto, he pasado la prueba sin levantar sospechas.
Casi ningún callejón tiene secretos ocultos para mí. Me he deslizado como un roedor por sus laberintos, he sido sombra de candiles y farolas, me he refugiado detrás de un sombrero, me he mimetizado en los muros llenos de grafitis. Conozco los jíbaros, los gamines, los policías encubiertos. Tengo en mi cabeza las referencias de casi todas las putas, el prontuario de los chulos, los antecedentes de los cantineros, las costumbres de los taxistas y sus vicios más abyectos. Conozco los metederos, los expendios, los sitios de contratación de sicarios, las oficinas de blanqueo de cheques, las imprentas de dinero falso, los talleres de libros y discos piratas. Sé en donde los inspectores reciben las mordidas, en donde los pederastas regatean la carne fresca en la que se regocijarán, en el anonimato, al escondido de sus esposas. Conozco las casas de citas, los sitios de encuentros y desencuentros, sé quién lee las manos, las cenizas del tabaco, el pasado, el futuro. Quién trae de regreso al ser amado, quién cura con rezos una enfermedad terminal y quién da el número fijo para ganarse la lotería. He tenido en mis manos el catálogo de los chicos y las chicas más apetecibles de la ciudad, que están disponibles cuando salen de su casa para el colegio o con los amigos a estudiar; estoy enterado de lo que cuesta una noche con la modelo de moda o con la presentadora estrella del canal regional y la forma de hacer el contacto efectivo. He estado en las mejores rumbas electrónicas clandestinas y por estar haciendo un seguimiento por encargo, he consumido pastas, poppers, yerba, polvos y toda cuanta porquería le entra a uno por la nariz y por la boca. Por las venas, lo confieso, no he metido nada, por el contrario, he estado a punto de perder la vida por ellas, cuando una herida ha amenazado con dejarme sin sangre o un hueco en la carne ha querido pasarme a otra dimensión.
Es que no se los he dicho con suficiente claridad, pero la calle tiene sus peligros. Hay que pisar blandito y andar con cuidado, con los cinco sentidos abiertos y despiertos, porque si no, uno puede terminar devorado en sus fauces.
Joaquín Tornado, detective privado.
Tarragona era el crack para mostrar, era el presente y el futuro del fútbol nacional que sacaba la cara por nuestros deportistas en Europa.
Desde el semillero era ya toda una figura, un carácter en la cancha que desequilibraba a los rivales con su gambeta enloquecedora. Corriendo era inalcanzable, con pelota quieta era desestabilizador. Pateaba con potencia con ambas piernas y aun para cabecear estaba muy bien dotado, pese a no tener estatura descollante. Un exponente silvestre del mejor “fútbol total”, pues armonizaba perfecto en cualquier equipo, asumiendo un liderazgo natural e indiscutible, generando unos niveles de exigencia y competencia que de entrada aumentaban el nivel colectivo.
Muy temprano en su vida fue fichado. Después de estar en las inferiores de dos equipos y en campeonatos amateurs fue a dar al Viejo Continente. Ni siquiera jugó mucho tiempo en primera división; las cosas se dieron demasiado rápido y a los veinte años ya reinaba al lado de los más grandes en la liga europea.
Las cámaras lo amaban, las revistas de farándula se lo disputaban para sus carátulas. Su romance y posterior matrimonio con Malala Contreras, la ex reina de belleza, modelo y presentadora del noticiero, fue el acontecimiento social del año. Los medios lo ponían a opinar de cuanto tema estuviera de moda, de lo sacro a lo profano; era juez de reinados, jurado de realities, maniquí de comerciales, y ya estaba pensando en grabar un disco. A pesar de las ofertas, la actuación todavía no lo desvelaba, pues estaba muy ocupado con sus compromisos deportivos y comerciales. Era la perfecta encarnación del glamour y del éxito y parecía tener el mundo en sus manos. Nada le era ajeno, todo parecía estar al alcance de su toque mágico.
Sí, todo iba funcionando de maravilla, hasta el día en que lo emboscaron, lo atracaron y le metieron el balazo que inició el derrumbe de su vida perfecta.
—Buenos días. ¿Es usted Joaquín Tornado? —dijo la voz femenina luego de abrir la puerta sin haber tocado antes.
En ese momento, la resaca de los excesos de la noche anterior me estaba pasando la cuenta de cobro en forma de un taladro que perforaba la mitad izquierda de mi cabezota. El ojo del mismo lado me lloraba de forma involuntaria y una mezcladora de cemento daba vueltas haciéndome un embrollo despreciable en el estómago.
De un momento a otro la oficina se llenó de un olor exquisito de fragancia costosa. Un delicatessen. Un Bocatto di Cardenale. Era llamativo, pues no muy frecuentemente ese tipo de aromas solía irrumpir por estos lados. Más raro todavía, cuando al mirar a la inoportuna que no me dejaba morir en paz, creí ver que era la chica de la televisión, la misma Malala Contreras en persona. Era el colmo, sin dudas el whisky barato en exceso me estaba metiendo en un delirium tremens.
“Mejor que sea con un hermoso animal de estos y no con todo tipo de arañas, sapos y culebras como es lo común en las intoxicaciones con licores ordinarios” —recuerdo que alcancé a pensar cuando vi esa cosota descomunal parada en la puerta, mirándome fijamente como si tuviera rabia conmigo. No la culpo. Si yo me hubiera visto en ese estado lamentable, también estaría furioso, o hasta me hubiera agarrado a las patadas o a los escupitajos.
—Sí, yo soy, ¡sígase! ¿En qué le puedo servir? —respondí, descubriéndome extrañamente tartamudo.
— Pues no sé si estoy en el lugar y con la persona correcta — masculló de mal tono y con un cierto desprecio, mirándome a mí de arriba abajo y a la oficina de lado a lado.
No sé por qué cuando algunas modelos hablan, la boca se les tuerce involuntariamente. Se los deben enseñar en la escuela. Las cosas no estaban empezando bien. Si seguíamos así, era posible que no pudiera tener un romance con ella.
—¿Y por qué no lo sabe? ¿Qué era lo que esperaba encontrar?
—Estoy aquí porque me recomendó el fiscal Agustín Restrepo. Él me dijo que lo buscara, que usted me podía ayudar a resolver un asunto que tengo pendiente.
—¿Así que a usted la envió el bueno de Agustín Restrepo? Hace tiempo que no sé nada del viejo cascarrabias. ¿Y cuál es su nombre? — pregunté, haciéndome el imbécil para dejarle muy en claro a ese bombón adobado de cianuro que aquí el que mandaba era yo, que era yo el que tenía el control y ponía las condiciones. A ella por supuesto, pareció importarle un reverendo rábano.
—Me llamo María Adelaida Contreras, soy la viuda de Santiago Tarragona y quiero saber qué hay detrás de su muerte—. La vieja se mandaba su carácter y hablaba con determinación. No cayó en mi trampa de explicarme quién era, al yo fingir que no la conocía. Y con honestidad, en ese momento no recordé quién era el cadáver. La hinchazón que tenía en el cerebro, me impidió relacionar el nombre con el del famoso futbolista. Recordaba que había entrado en decadencia luego de algún accidente. Pero en ese momento no sabía que ya se había muerto.
—Y qué le pasó a don Santiago? ¿Quién era él? —cometí la burrada de preguntar. La cosa ya no era graciosa y la mujer se estaba impacientando conmigo.
—¿Es en serio? ¿Es de verdad que no conocía usted a Santiago Tarragona? Parece mentira. Es más, ni siquiera sé por qué sigo aquí conversando con usted. Si no fuera porque Agustín me lo recomendó y me dijo que le tuviera paciencia, ya me hubiera ido—. Se detuvo como esperando ver qué respondía yo.
—Vuelvo y le pregunto: ¿qué le pasó a don Santiago? ¿Quién era él? —repetí a pesar de que ya mi mente se había aclarado y lo recordé en un fogonazo de conciencia.
—Tranquilo, le explico —respondió la vampiresa con la sonrisa número catorce, la que ponía en televisión cuando entrevistaba políticos de provincia enrazados en burro o candidatas al reinado de belleza. En este caso puso una de comisura más abierta y ojos redondos, especial para mongólicos con meningitis, que era lo que, me imaginaba, con seguridad pensaba de mí.
—Soy todo oídos —respondí. En realidad, estaba mintiendo; en ese momento era todo estómago, todo colon, todo hemorroides. Me sentía como un verdadero despojo, y por la cara que ella me hacía, me imagino que debería oler igual.
—Le cuento —. Le costaba trabajo seguir allí, pero ya había tomado una decisión y era de las que no se movía de un punto. Prosiguió.
—Santi era un futbolista de élite, que en los últimos tres años había estado jugando en España.…
—Ah, ya sé de cuál Santiago me habla —interrumpí. Ya me sentía algo apenado, tenía la boca seca y me estaba comenzando una especie de remordimiento.
Me descubrí (me imagino que ella también lo notó), mirándole varias veces esas redondeces que tenía por todas partes y que parecían siempre a punto de explotar. A esa cruda libidinosa que me corroía la piel la llamaban en mi cuadra “guayabo puntudo” y era muy peligrosa para la salud. Sin ponerme cuidado, continuó como si estuviera hablando sola.
—…el valor de la transferencia de su pase alcanzó cifras récord, una verdadera millonada. Nos habíamos casado, todo era de sueño, el hombre estaba en lo mejor de la gloria. El año pasado se le metió que viniéramos en vacaciones de final de temporada, para darle un saludo a la familia. Yo le sugerí que nos fuéramos en un crucero por las islas griegas, pero él insistió. Era muy obstinado y lo jalaban mucho los parientes, los amigos, el barrio. Para no pelear, yo le cedí y nos vinimos. Sus modales no eran muy refinados y conservaba muchos de los ademanes de sus primeros años, pues esas cosas tallan de por vida la personalidad. Yo lo entendía así, y trataba de llevarle la corriente.
—Creo recordar que sufrió un accidente cuando estaba en esas vacaciones que usted dice —comenté, aprovechando su pausa para respirar.