
Índice
INTRODUCCIÓN
El temor de curar el miedo
I.SOMBRA
Miedo a la oscuridad
II.TROPOS
Miedo al cambio
III.UBICUIDAD
Miedo a perderlo todo
IV.VACÍO
Temor de lo ominoso
V.WITH OR WITHOUT YOU
Temor a relacionarse
VI.XENOFOBIA
Temor a la diferencia
VII.YACER EN TIERRA DE NADIE
Miedo a lo desconocido
VIII.ZOZOBRA
o del horror
salud
y
sociedad
ESPECTROS ÍNTIMOS
Apuntes en torno al miedo
por
ALBERTO PALACIOS BOIX


siglo xxi editores, méxico
CERRO DEL AGUA 248, ROMERO DE TERREROS, 04310 MÉXICO, DF
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siglo xxi editores, argentina
GUATEMALA 4824, C1425BUP, BUENOS AIRES, ARGENTINA
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anthropos editorial
LEPANT 241-243, 08013 BARCELONA, ESPAÑA
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BF575.F2
P45
2018 Palacios Boix, Alberto
Espectros íntimos : apuntes en torno al miedo / por Alberto Palacios Boix. — Ciudad de México : Siglo XXI Editores, 2018.
335 p. – (Salud y sociedad)
e-ISBN: 978-607-03-0999-1
1. Miedo. 2. Miedo – Aspectos psicológico. 3. Miedo – Aspectos sociales 4. Miedo a la oscuridad. 5. Miedo al fracaso. I. t. II. ser
primera edición, 2018
© siglo xxi editores, s. a de c. v.
e-isbn 978-607-03-0999-1
derechos reservados conforme a la ley.
Para Lucía y Daniela,
mis bichettes, mis horizontes.
PRÓLOGO
En la comunidad globalizada del tercer milenio, aproximada y a la vez cercada por la inmediatez de la información, los seres humanos vivimos con miedo.
La incertidumbre penetra cualquier orden de la cotidianidad, matizada por la realidad virtual o la emergencia. Detonaciones en las plazas públicas, crimen en las barriadas pobres, tsunamis financieros o catástrofes naturales, virus jíbaros que reducen cabezas o bacterias devoradoras de carne sugieren que sobran motivos para vivir con temor.
En unas cuantas décadas hemos sido testigos de cambios geopolíticos que no cesan de asombrarnos. Todos los imperios han dejado un rastro de destrucción y codicia a su paso. Ahora, azorados y asustados a la vez, los europeos atestiguan cómo sus costas se inundan de parias hambrientos y ansiosos de asilo. Entre ellos, ocultos tras el éxodo, arriban o despiertan corazones amargados, dispuestos a inmolarse en nombre de doctrinas vindicativas. “El que a hierro mata…”, nos repiten.
En turno, los gobiernos vociferan y amenazan en nombre de las víctimas inocentes. Las imágenes de infantes ahogados o cuerpos mutilados recorren las redes sociales y se diluyen en los noticieros, con ese impacto transitorio que arrastra indignación o rabia, según el patriotismo o el fanatismo que lo recoge.
Nos estamos habituando a ver escenarios bélicos, actos vandálicos y arengas de retaliación en un mundo estrecho, donde no caben los argumentos y el humanismo. Parece que los medios justifican —por reiteración— que a todo suceso violento debe seguir una venganza o un castigo ejemplar. Los reporteros (y sus lectores) están a la caza de los muertos, los heridos, los culpables.
La institucionalización del odio y la vendetta.
Lo lamentable es que mientras más religiosos son los partícipes, más aborrecen a quienes detentan otros íconos u otros textos sagrados. Se trata del extranjero, el otro, el innombrable, el que habrá que destruir antes que nos amague.
No quiero insistir en que la violencia es connatural al ser humano. Se ha dicho que somos la única especie que no mata sólo por necesidad. Somos capaces de albergar todo género de inquinas en contra de quien no comulga con nuestros deseos o credos. Pero es alarmante que las facilidades de comunicación y la permeabilidad de las fronteras sirvan actualmente para llevar los desquites a cualquier rincón del mundo, auxiliados además por drones o tecnología de observación que hacen precisos e “higiénicos” tales ataques.
Las guerras colonialistas en el siglo XXI no tienen campo de batalla. Se escenifican en los andadores de Niza, en los recovecos de Palestina, en las playas de Grecia o Libia, en las mesetas de Siria e Iraq, en Timbuctú, Marsella o Londres por igual. Peor aún, todos somos soldados potenciales. Basta un incentivo de reclutamiento, un asesinato que nos toca de cerca, una llamarada de nacionalismo o un adoctrinamiento sostenido para hacerse de un fusil, una granada o un chaleco revestido de Semtex para elegir el cruce de caminos idóneo y así detonar nuestro rencor destructivo.
Las sociedades que estamos heredando a nuestros hijos están gravemente enfermas. De envidia, de rabia, de abominación, de muerte.
Yo crecí con ingenuidad. En efecto, me sabía diferente porque tuve acceso a una educación y a una filiación con ciertas ventajas. Pero aprendí desde niño que la discriminación es execrable, que uno está obligado por ethos a perseguir la justicia y la equidad. Si se quiere, valores propios de la pequeña burguesía, y no obstante contagiosos. Ése era mi evangelio y mi convicción. Con tales principios me hice médico y sostengo el caduceo cada mañana, consciente de que mi contribución social es mínima y que quizá se pierde entre el oleaje de la infamia. Sin embargo, no desistiré; tengo colegas admirables que me acompañan por la misma senda. Tuve maestros a quienes debo veneración y continuidad. Ante todo, recibo pacientes que merecen lo mejor de mí y de la medicina, simplemente por el hecho de sufrir o pedir consuelo.
Me niego a entender cómo un doctor puede cruzar los abismos del mal o afiliarse a un ideario destructor, como Radovan Karadžić, Josef Mengele, James Mitchell y Bruce Jessen (estos dos últimos recibieron ochenta millones de dólares para implementar un programa de tortura en Oriente Medio).
Desde este pequeño rincón de conciencia moral, resisto. Miro y escucho todos los días al ser humano doliente, ansioso o temeroso de la muerte que apela a mi sensibilidad o a mis destrezas con cándida confianza.
Este libro ha sido concebido en retazos como testigo de un mundo convulso y del dolor humano desde la discreta perspectiva de la cotidianidad. Sin pretender ser un antídoto para tales calamidades, he dividido estos Apuntes en ocho capítulos temáticos que ilustran —y ocasionalmente remedian— los temores más ingentes del ser humano. Debo insistir; no son una exposición terapéutica o diagnóstica, pero el lector encontrará en algunas de las viñetas una fuente de identificación o de sentido a sus propios arquetipos. En ese tenor, Apuntes en torno al miedo es una propuesta para disipar la angustia que todos hemos experimentado alguna vez al enfrentar nuestras turbaciones y fantasmas.
En buena medida, curar los temores desde la clínica del alma o del cuerpo implica acercarse al semejante, dotarlo de sustento, hacerse a su fragilidad y darle contención, sea cual fuere el escenario. Es de cierta forma una ética que presupone una mirada distinta hacia el otro, que lo incluye y que ofrece —en última instancia— un espacio donde caben las penurias y hay remanso… y también futuro.
Dejo así este libro en sus manos, amable lectora o lector, con el anhelo de que sea un paliativo contra el miedo que todos albergamos, que nos permite buscarnos, encontrarnos y, a fin de cuentas, apreciar la vida.
INTRODUCCIÓN
EL TEMOR DE CURAR EL MIEDO1
—Éste es el momento —pienso, mientras me reclino casi imperceptiblemente en el sillón de cuero.
Su mirada, vehemente, cae como un augurio. La luz de la tarde afirma sus facciones: es sólo un niño atento por una fracción de tiempo que se expande.
Algo me dice que el poder que ejerzo excede lo ordinario, puedo pontificar o traducir el conocimiento universal, maleado por internet, en un mensaje simple y contundente. Su esposa no pestañea, espera mi dictamen, como quien aguarda en pasmo la sentencia.
Revisé en detalle tus pruebas, Alfredo —inicio con sobriedad, y… trago saliva antes de continuar. El aire se espesa en el entorno, suena como ritmo de fondo la calefacción y las voces soterradas de mis secretarias. Todo ese poder, toda esa convicción al servicio de un ser humano, frágil, colgado de los dedos ante el abismo.
Hace dos decenios, me encontré con una reflexión acerca de la relación entre el médico, erguido sobre su pedestal de verdades o falacias, y el enfermo, aterrado, oteando la tormenta que se cierne sobre su destino.
La historia, que aquí parafraseo para adaptarla a mi propio episodio, empieza así:
El caso se complicó frente a nuestras narices. Fiebre en estudio, un hombre joven, abogado, sin historia de excesos o alcoholismo, que pierde peso y aduce fatiga extrema. Dadas las alteraciones en las pruebas de hígado y un sedimento urinario equívoco, acordamos practicar biopsias por punción (Go where the money is —reza la ley de Sutton).
El residente más avezado decidió tomar las riendas, siempre bajo control de ecografía. Dos piquetes profundos sin muestra, sólo sangre inextinguible.
—¿Qué pasa? —los gestos de alarma convergen.
Choque hipovolémico en minutos, correr a la terapia intensiva reponiendo sábanas que escurren sangre, sangre arterial a borbotones. Se aglutina el equipo de enfermeras, radiólogos, intensivistas. Todos al unísono, aplicando medicamentos, asegurando el tubo endotraqueal, revisando monitores, atentos a las órdenes y a cada signo de deterioro. Por un instante, todos los ojos coinciden en la cara enérgica del tratante. Antes que el escándalo, el encubrimiento.
—Los familiares no deben saber detalles. ¿Está claro? El enfermo puede morir esta misma tarde.
Durante los siguientes días, el equipo rehúye las preguntas más ingentes. Basta con aclarar que dada la gravedad del paciente, nada se puede garantizar, menos aún que sobreviva.
—Hacemos todo lo posible —dice el responsable con suficiencia—. Pero no ha sido un diagnóstico fácil y su condición no nos ayuda.
Ante la suspicacia, lenguaje enigmático.
—Toda información a la familia será transmitida exclusivamente por los médicos de base —es la orden terminante.
A diferencia de ese mundo arcano, donde lo esencial se oculta o se tergiversa, los estudiantes atestiguan la escena con tristeza. Han seguido paso a paso los pormenores y saben que todo esto pudo evitarse. Además, les han enseñado que la verdad es la mejor herramienta para comunicarse con los pacientes, que vivimos en una época de transparencia y autonomía, que es una obligación ética hacer partícipes a los familiares del desenlace.
Amanda, en su candidez, no tolera la tensión que se yergue sobre el joven crucificado y exangüe. Cada mañana arrastra los pies y sonríe tímidamente ante la madre y la hermana del paciente, ataviadas en batas estériles y asomando esa mirada suplicante por encima del cubrebocas.
—¿Cómo lo ve, señorita? —indaga la mujer con respeto desusado.
—Yo… —titubea—, yo sólo soy estudiante, señora.
Ante su decepción, agrega:
—Si quiere, puedo preguntar a la enfermera.
Mediante esos discretos intercambios, se va forjando un vínculo de confianza. Amanda conversa un poco en cada turno con María Emilia, que se siente acompañada e interpelada en ese mar de símbolos y acertijos.
Por fin, un domingo que están solas entre el murmullo de los aparatos, la chica revela los incidentes a la madre, que se crispa, llora de rabia y de impotencia.
Al día siguiente, Amanda es requerida al despacho del jefe de Medicina. Cuando se dirige hacia allá, se llena de certeza. No cabe duda que ha hecho lo correcto, respira aliviada pese a las consecuencias. Ha actuado conforme le enseñaron, en apego estricto a la verdad, sin camuflajes o complicidades.
Al abrir la puerta, el jefe está vuelto de espaldas hacia la ventana. Es un hombre corpulento, de bata impecable y cabello que alguna vez fue rubio, habituado a prorrumpir frases lacónicas en un tono que nadie osa rebatir.
—Así que fuiste tú —dice sin inmutarse—. ¿Tienes idea del alboroto que has causado?
En el centro del cuarto, muy tiesa, Amanda sabe distinguir una pregunta retórica. Calla.
De pronto, el hombre se gira para contemplarla. Tanto, que ella da un paso atrás y despega los brazos, avasallada. Los ojos de piedra la escudriñan, acusan con gravedad.
—Sabía que vendrías —la voz es áspera, pausada—. He esperado este encuentro por años. Era inevitable que sobreviniera este cambio en la tradición clínica, que tú representas. Ahora estás aquí, con tu petulancia y tu fingida integridad. Yo llamaré al director de tu escuela y me aseguraré de que te expulsen y no vuelvas a practicar medicina en este país.
Ella aguza la vista, separa los labios, pero no encuentra palabras.
—Ustedes creen que lo saben todo —prosigue, transfigurado— y reclamarás en tu facultad arguyendo que te han tratado injustamente. No me importa, mi criterio prevalecerá. Así que escúchame.
La estudiante se yergue en su lugar, visiblemente perturbada.
—Viniste a este recinto a aprender a curar. ¿Pretendes que tus destrezas sean en beneficio de todos? Eso se llama idealismo y habla de tu jactancia, de tu narcisismo irredento. Ahora mismo mueren millones que no alcanzan el privilegio de ser atendidos por una criatura consciente y dedicada como tú. El doctor que dice que sus pacientes tienen el poder de elegir de cara a la enfermedad y la muerte, los engaña y los colma de angustia. Tal mensaje de libertad es hueco y les crea falsas expectativas. El enfermo deposita todo el poder y toda la esperanza en la sabiduría de su médico, renuncia a su libertad en aras de obtener la compasión y habilidad de quien lo va a curar. A eso se reduce la relación terapéutica. El doctor que abdica de ese fuero destruye la esperanza de los miles y millones que sufren. Esos mismos que cuando están sanos ejercen su albedrío y nos enjuician por nuestra arrogancia y poder carismático.
—Dicen que nos ungimos con la sotana del sacerdote, que hemos creado iglesias donde la higiene se venera y usamos a Dios para envanecernos. Ya sé lo que estás pensando: tienen razón. Te han enseñado que la historia de la Medicina es la crónica de rivalidades, fracasos y pugnas de poder, lo que a ti y a tus compañeros les permite justificar su indiferencia acerca de lo que nuestro legado puede revelar. ¿De verdad crees que hemos avanzado tanto desde los curanderos y los adivinos? ¡Ja! —exclama, con un golpe brusco sobre la mesa, que sacude a la estudiante.
—La medicina y la religión parten del mismo manantial del espíritu humano. Intentan descifrar los miedos más ocultos de la Humanidad. Pero la historia nos enseña que pueden hacerlo sólo de dos maneras, mediante la razón o la magia. Las religiones han enfrentado ese desamparo construyendo mitos que aluden a la divinidad y la inmortalidad. La medicina ha optado por proveer una teoría científica sobre la enfermedad y la muerte. En condiciones ideales, los privilegiados aspiran a la razón, prefieren las explicaciones doctas que los dogmas de fe. La mayoría, mientras estén sanos y confortables, aceptan una pequeña dosis de razón, pero en situaciones de angustia o de necesidad, prefieren la magia. Las religiones han reconocido desde siempre tal menester y se aseguran de que haya suficiente magia en sus rituales para satisfacer a las masas.
El tono de voz se hace contrito, Amanda aguarda con atención.
—De modo que podemos admitir que el sacerdocio en la medicina tiene su ocultismo, por supuesto. Y que adopta tres formas: milagro, magia y autoridad. Te habrán dicho que ésas son patrañas, que el quehacer del médico persevera en resolver problemas prácticos, respondiendo a las preguntas del paciente con franqueza y tino; que tu deber ante todo es la beneficencia y la no maleficencia. Así, te enviaron bien pertrechada de nociones éticas a esta jungla, donde nos guiamos por los principios que te parecen arcaicos y donde resistir la tentación de caer en nuestro embuste era la tarea inmediata. En efecto, te viste tentada a subir a la atalaya, a mirar a los enfermos con deferencia y poder de mando. Pero eres una buena estudiante y te rebelaste. Pusiste en marcha las ideas que te inculcaron. Desde luego, nunca te detuviste a pensar que quebrantabas el misterio, la magia y la autoridad; sólo bastó para constituirte en el obstáculo que entorpece a quienes realmente hacemos la labor de curar y salvar vidas.
—Aquí has visto el poder del milagro. Cierto es que no los hacemos diariamente, con frecuencia perdemos la batalla ante la enfermedad. Pero los pacientes toman esas victorias ocasionales y las veneran como milagros, porque eso esperan de nosotros. Una vez que se van de alta, vuelven a su dimensión cotidiana y hablan de su médico con admiración, pero saben que no es infalible y lo restituyen al plano de los simples mortales. Mas si se ven de nuevo al borde del precipicio, apelan a nuestro lenguaje misterioso, a nuestro conocimiento hermético, anhelando un milagro.
—Crecemos articulados por el misterio. Los vericuetos del alma, los avatares del cuerpo son un enigma. Tú misma has legitimado el valor del placebo, que devuelve la risa al deprimido o mitiga un dolor que parecía inefable. ¿Cuántas veces la verborrea de un médico seguro de sí mismo reintegra la esperanza al paciente y éste cree atinar al sentido de lo que transcurre en sus vísceras?
Amanda parpadea, incómoda, en espera de ser invitada a sentarse. Pero el monólogo prosigue.
—Se presume que la gente común no está preparada para comprender lo prodigioso, así que los sitios donde se verifican milagros deben rodearse de un manto de misterio. ¿Acaso te resulta accidental que los hospitales estén construidos con varios niveles, corredores y pasajes oscuros, una morgue subterránea y escaleras que semejan laberintos? ¿Supones que la pulcritud y las paredes blancas, la luz difusa y las áreas grises existen por capricho arquitectónico? Ningún visitante y quizá ningún paciente puede hallarse en esta madeja de pasillos y recovecos, pero quienes trabajamos aquí hemos penetrado esos misterios. Nuestro idioma es solapado y nuestra escritura, la que se plasma en cada expediente, ilegible y sibilina. Nos comunicamos en voz baja en los vestíbulos y elevadores, sopesando lo esotérico de nuestro trabajo en camino a ejecutar otro milagro. Eludimos las conversaciones triviales e impedimos que cualquier lego se aproxime y obstaculice nuestra cruzada contra la muerte, nuestra conjura por la vida.
La estudiante sigue sin pestañear aquella diatriba, un aura de luz crepuscular se ha filtrado en el ambiente.
—Por último, está el poder de la autoridad. Ése que exhalamos con nuestras batas blancas, con la estatura y gravedad que ostentamos frente a la cama del enfermo o cuando hemos de notificar a sus familias lo ominoso. Nadie como los doctores tiene tal don, que se transmite a todo el cortejo de residentes, internos y estudiantes que nos sigue en cada pase de visita. Aun aquellos pacientes que saben que sólo eres una estudiante, te dicen doctora y quieren pensar que lo eres y se desencantan cuando tú, con tus necios escrúpulos, rechazas el título.
—Si lo meditaras un poco, en lugar de repudiar la autoridad porque es paternalista y arrogante, te percatarías de que los enfermos necesitan reconocer la jerarquía y someterse a ella. No solamente porque obramos milagros para ellos. Es más elemental que eso. Cualquier enfermedad es una intimación con la muerte. Los pacientes experimentan desamparo, una regresión a la infancia; el sufrimiento les roba su autoestima, su dignidad. Nuestros críticos arguyen que reducimos a los enfermos a tal pasividad y dependencia mediante nuestro autoritarismo. Lo cierto es que sus síntomas ya lo hacen, mucho antes de que intervengamos en su aflicción. Así que detentamos la autoridad para liberarlos de su angustia y de su escarnio. Nuestra entrega los emancipa, los redime de su miseria. Aunque no se curen, los salvamos.
El jefe de Medicina se interrumpe para sorber su taza de café. Se gira hacia la ventana. Amanda no se atreve a proferir palabra alguna, reina una atmósfera puritana, impenetrable.
—En tus aulas te han enseñado que el enemigo del paciente es el doctor autoritario, tradicionalista; no la enfermedad. Ahora mismo debes estar pensando que soy un fanático, un ególatra que suplanta la razón por el afecto y que ejerzo mis funciones desde un fervor cuasi religioso en vez de ceñirme a la verdad científica, a las guías clínicas o a la medicina basada en evidencias. Claro, todavía no entiendes la enormidad que implica curar a quienes sufren.
—Te diré algo más: ahora que te he revelado la verdad de nuestro curato, podrás comprender que tal investidura esconde la sobriedad científica. La sotana arropa el conocimiento clínico, todos los desatinos y recomposiciones de nuestra práctica, los congresos y horas de lectura, el consenso de los pares y los metanálisis; en suma, el saber universal que invocamos ante cada reto que nos exige otro milagro. La mayoría de los médicos se satisface con cumplir a cabalidad ambas facetas en beneficio de su grey, sin reconocer la contradicción inherente al oficio. Les basta ser un modelo de la profesión y ejercitar su cometido con honestidad. Pero unos cuantos entre nosotros no nos permitimos ese lujo. Despertamos cada mañana encarando la falacia de tal ilusión, aprendemos a vivir con ella para continuar con la tarea de aliviar y guiar a los demás. Sí, sabemos que nuestra postura objetiva es un engaño y que la verdadera vocación está en el dogma, en la espiritualidad.
Mientras habla, endurece las facciones, emprende a deambular por la oficina y parece no advertir a la estudiante, que lo escucha cada vez más asombrada.
—He leído la hagiografía de nuestros predecesores con esa devoción que refutas, conozco en detalle lo primitivo de su ciencia y los incontables errores que tuvieron que cometer Vesalius, Harvey, Koch o Virchow para que apiláramos esta sabiduría. ¿Crees que soy tan ciego para no admitir que en el futuro nuestros ensayos multicéntricos serán vistos con la misma displicencia? Las resonancias, pruebas moleculares y anticuerpos monoclonales son sólo juguetes más sofisticados que las sangrías, humores y pócimas empleadas en el Medievo. La diferencia es que nuestros ancestros creían fervientemente en su efectividad. Yo no puedo caer en esa trampa: sé demasiado y acepto con cinismo mi dicotomía. Este peso, esta mentira que tú desprecias, es lo que tengo que llevar por contumacia para curar a los millones que me necesitan. Otros como tú podrán condenarme, pero la gente, la masa me necesita.
El jefe de Medicina se detiene para respirar de nuevo frente a la ventana. Cae la tarde y el trino de los pájaros se ahoga en las copas de los árboles.
—Hace pocos años, mi entrañable profesor de la Universidad de Caen vino a cumplir una estancia académica invitado por este hospital. Se trataba de un reconocimiento a su trayectoria y una forma de acogerlo tras su dolorosa viudez. Pese a saber de sus enfermedades, no podría haber anticipado el drama que se avecinaba. Era un hombre mayor, que había fumado por años, diabético y testarudo como todo profesor de medicina —sonríe; Amanda percibe un guiño efímero.
—Lo instalé en mi casa, donde tendría todos los cuidados y facilidades propios de un octogenario. La segunda noche, al incorporarse al baño, tropezó. La caída, en principio poco aparatosa, le rompió la cabeza del fémur. Lo encontré gimiendo a la mañana siguiente y descubrí además que tenía un pie diabético absurdamente desatendido. Su hospitalización aquí, en este templo de la ciencia y la magia fue un desastre. El remplazo prostésico se complicó con un tromboembolismo pulmonar, la infección se resistió a todo tratamiento y tuvimos que amputarlo hasta la rodilla, esa pierna seca nos precedía. Lo visité en su cuarto el día siguiente de la amputación. El olor fétido que lo rodeaba se había desvanecido tenuemente. Su mirada fue el testimonio más acusatorio de nuestra incompetencia. No había piedad ni consuelo en sus ojos, sólo una profunda desolación que me culpaba, a mí y a todo lo que represento. Cuando acudí a su habitación un día después, pensando que podríamos hablar y zanjar esa brecha de soledad y de vergüenza, me recibieron con la noticia de que su fibrilación auricular había tomado ambos ventrículos, que las maniobras de resucitación fueron infructuosas y que tan sólo me esperaban para definir qué se haría con el cuerpo.
Abatido, el jefe guardó silencio y pareció mirar a través de la estudiante, hacia un horizonte perdido, donde no hay perdón ni olvido. Retomó enseguida la compostura para concluir; el timbre de voz se había suavizado.
—No te voy a sancionar, pero serás enviada a otro hospital donde puedas continuar tu formación. Nunca más nos veremos y así debe ser. Era inevitable que nuestras sendas se cruzaran, que fuésemos testigos de esta transición que arrebata la nobleza a nuestra práctica, que la hace accesible a la ignorancia y al vulgo, que le resta prodigio y desnuda el misterio. Ahora vete y no regreses más, esta conversación será nuestro secreto. Nuestros destinos se darán la espalda para siempre.
La estudiante se incorporó con lentitud, quiso abrazarlo, pero se contuvo. Metió las manos en los bolsillos de la bata, apretó su estetoscopio con fuerza y salió sin despedirse. Hay quien dice que la mirada del maestro se disolvió en los rizos de Amanda cuando partía, pero ésa es una licencia poética que nadie constató… y que por supuesto sobra.
Mi paciente escucha con obsequio mis indicaciones. Debe operarse de inmediato, la masa pancreática está accesible y no hay evidencia de obstrucción biliar o ganglios tomados. Reafirmo la convicción de que es un hombre fuerte y, pese a la malignidad, el pronóstico es favorable a corto plazo. Después hablaremos de quimioterapia, tal vez de la muerte si sus temores lo permiten. Por hoy es suficiente, extiendo la orden de internamiento y lo dejo ir, consciente de que mi función no ha terminado. Tendremos que contender con su miedo y el mío, que ahora mismo son indistinguibles.
1 Adaptación libre de The healer’s power, de Howard Brody, New Haven, Yale University Press, 1992, pp. 1-11. Tomado a su vez de: Fiódor M. Dostoievski, Obras completas, t. III: Los hermanos Karamazov, parte II, libro V, capítulo V: “El gran inquisidor”. Traducido del ruso por Rafael Cansinos Assens, Madrid, Aguilar, 1953, pp. 209-223.
I. SOMBRA
Miedo a la oscuridad
ACLUOFOBIA
Alguna vez oí a un niño, que temía a la oscuridad,
gritar al cuarto adyacente: “Tía, háblame, tengo miedo”.
“Pero, ¿de qué te sirve? —contestó ella—. Si no puedes verme”. A lo que
el niño replicó: “Si alguien habla, se ilumina todo”.
Cae la noche y los espectros se condensan. En los márgenes de lo invisible transita la muerte y sólo su risa se escucha, alternando con el viento.
—Estamos solos —me dice, con una voz sepulcral, y después desaparece; se aleja entre las sombras, se confunde con este miedo que lo invade todo. Nadie sabe qué es adentro y qué ha quedado fuera.
Cornelia me pide que la abrace, hace frío y la tierra está húmeda. Una densa neblina hace aún más difícil reconocer la silueta de los árboles y avistar el rastro del sendero. Su padrino asegura que abundan los lobos, que merodean en busca de alimento y no discriminan. Hace poco, un hombre de su aldea fue atacado y tenía la cara desgarrada, pellejos sangrientos con baba de algún animal rabioso. No puedo disipar esa imagen de la mente y, aunque procuro no transmitir mis inquietudes a mi hermana, es imposible contener el escalofrío que me recorre.
—Está helando, cúbrete bien —le imploro, pero mi voz medrosa no atina a sosegarla.
—¿Dónde estamos, Jörgen? —inquiere a punto de irrumpir en llanto.
—Rumbo a casa, chiquita, no temas. Es que el bosque es oscuro y no es fácil seguir el camino.
La hago reír un poco con un cuento que compartíamos cuando era más pequeña, pero el ulular de los búhos acalla mi relato y nos sume de nuevo en un silencio aterrador. Las escasas luces del pueblo se desvanecieron hace horas entre la espesura y no tenemos nada con qué alumbrar más el camino. Me detengo para no tropezar y descifrar la rugosidad del suelo antes de dar otro paso. Los ojos asustados, muy abiertos, de mi hermana me observan con desconcierto.
En ese instante, el pánico nos asalta. Una sombra huidiza, como un conejo o una rata, pasa frente a nosotros. Sus pupilas rojas lanzan destellos volátiles que podemos distinguir como amenazas. Cornelia grita despavorida y yo caigo de espaldas en el lodo, mudo de terror. Nada nos salvará, la noche ahora sí nos ha engullido.
En incontables ocasiones, la falta de información visual que surge bajo la completa oscuridad se traduce en ansiedad e incertidumbre. La oscuridad agudiza el reflejo de sobresalto acústico en las personas. Ello facilita la conmoción cuando no se distinguen con claridad las formas y los objetos que suelen rodearnos. Por supuesto, la imaginación y el prejuicio exacerban este mecanismo. En ese sentido, actuamos en contraste con los animales nocturnos, que se alarman con la luz y se deslumbran, paralizándose.
La ansiedad en tales condiciones de negrura se despierta por la fantasía de amenazas potenciales, encubiertas o imaginarias que exigen ser desestimadas de inmediato o, en su caso, que nos obligan a huir, a fugarse en tanto sea factible. Ante tal imposibilidad, sigue un estado de angustia, caracterizado por nerviosismo incontrolable, aprehensión y extrema preocupación que activa las descargas del sistema nervioso autónomo. Sudamos, tiritamos, nos sobrecoge un vacío en el abdomen, quizá un mareo que nos hace perder la estabilidad o una reacción que eriza los vellos en señal de alarma. Todo eso responde a una sensación ominosa de desamparo.
El anhelo, la necesidad que experimentamos en los momentos oscuros, ante la ausencia del otro, se trastoca en ese miedo a la oscuridad. El niño requiere de la madre y su angustia de separación presagia que se perderá en la noche, en la boca del lobo, de donde nadie garantiza que volverá. Su partida se torna en lo abominable, que hace cuerpo con el abandono y la exigencia de darle un sentido a esa soledad apremiante. Tal proyección no suele ser muy exitosa, porque el temor de perder al objeto amado no puede sustituirse del todo como lo hacemos frente al pánico que amaga del exterior. El afán persiste y, con él, la oquedad, la falta.
Los impulsos de ansiedad al separarse del ser amado son connaturales a los humanos, si bien —debido a su obvia fragilidad y su riesgo al desamparo— son más penetrantes y frecuentes en los niños entre dos y siete años de edad. Pero todos, en algún tiempo o en algún lugar, recelamos de las tinieblas.
Desde luego, la oscuridad afecta la agudeza visual y, con ello, altera nuestra pericia para controlar el entorno, confiriéndonos una repentina vulnerabilidad. Nacemos, nos criamos y prosperamos en un mundo diurno, más aún en la actualidad, tanto como estamos rodeados de pantallas e imágenes iridiscentes. Aprendemos a subvertir las sombras, abrir candados y ventanas, encender velas y extender nuestro campo óptico con artefactos. Ningún rincón de la Tierra, por opaco que se antoje, está fuera de nuestro alcance. Las cuevas se exploran, las profundidades marítimas se sondean, el lado oscuro de la Luna se coloniza, los anillos de Saturno se sobrevuelan e, incluso, los hoyos negros —otrora tan incógnitos— están por fotografiarse con telescopios cada vez más potentes. En fin, la luz trasciende cualquier horizonte.
Además, la oscuridad señala nuestro periodo de descanso y de inducción al sueño. Se elevan los niveles de melanina en el hipotálamo, bostezamos como acto reflejo y la lasitud del cuerpo y los sentidos nos apaga mansamente hacia el reposo. Se activa la sustancia reticular ascendente, se bloquean las puertas de la percepción y nos sumergimos en las aguas misteriosas de nuestras quimeras. En ninguna circunstancia estamos tan vulnerables a los elementos como durante esa placidez onírica.
Los demonios que expurgamos durante el día salen entonces a reptar bajo nuestro lecho, detrás de las puertas y en las entretelas de la noche. Nos acechan, nos invaden, nos obligan a mirar de reojo desde la almohada entre los contornos borrosos y las sombras, para traer recuerdos, tempestades, tareas incompletas o fabulaciones. Son por supuesto los espectros internos, no los que se ocultan en los armarios, sino ésos que salen a poblar el insomnio y se apoderan de todo discernimiento. Son angustia materializada, son los engendros del crepúsculo, que a todos acosan.
Si hay algo que nos alienta y consuela, desde que habitamos el regazo de mamá y para siempre, es la convicción de que su presencia —o alguien más que ose sustituirla— vendrá a sanear esa inquietud, a imprimir un resplandor en la eterna noche de nuestras vacilaciones, y a traer la Luna, su constancia, para cobijarnos y sumirnos en un sueño.

TRAS LA OSCURIDAD
El cerco policiaco no ha podido evitar la partida de curiosos y fotógrafos que se arremolinan ante las cintas amarillas. Entre susurros, se asoman, cada vez más inquietos detrás de los guardias que protegen el perímetro, estirando sus móviles y objetivos para captar la escena distante.
A estas horas, el parque está desierto, máxime con la nevada que se derramó buena parte de la noche. Las huellas, sin embargo, describen un patrón grotesco: después de dar un sesgo en espiral terminan en dos botas con agujetas sueltas que remedan el cuadro de Magritte El modelo rojo. Lo escalofriante —que atrae todas las miradas y los flashes de los reporteros— es que, en efecto, el rastro está hecho de hemorragia y de las botas roídas emergen, colocados con extremo cuidado, los antepies ensangrentados y mutilados de la víctima.
Escoltado por dos gendarmes, el inspector Llorenç Mestre, presa de visible disgusto, se abre paso entre el gentío. Es un personaje que ha pasado la madurez, cuyos cabellos revueltos y barba rala de tres días delatan su descuido personal. Pese al frío que cala, viste una vieja gabardina con manchas de aceite en las mangas y jeans mal embocados en las botas vaqueras. Las gafas, teñidas bajo el tenue sol de invierno, ocultan los ojos agrietados de la última resaca. Se podría adivinar su edad y su procedencia, mas es su función escrutadora lo que llama la atención de propios y extraños.
Los policías que lo preceden azuzan a los intrusos.
—A un lado, vamos, vamos.
El detective se deja conducir en silencio, desechando las miradas y los insultos que soterradamente le prodigan. Mide sus pasos, consciente de no modificar la escena del crimen. Lo acompañan las dos policías que forman parte de su equipo. Verónica, una joven de cara ovalada y de cuerpo elástico, que ata su larga melena con una liga y viste chaqueta de cuero. Su belleza desentona peculiarmente con su presencia hostil, planta con energía las botas de montaña muy cerca de su jefe y parece determinada a cualquier cosa. Atrás de ellos, con actitud tímida pero sin dejar de observar cada detalle, le sigue una mujer de unos cuarenta años, poco excedida en carnes, que guarda los puños en el abrigo y va haciendo anotaciones mentales con una inteligencia difícil de sondear. Su cabello trigueño, corto, está peinado con pulcritud bajo el gorro de estambre y es la única con calzado apropiado para la nieve en esa Unidad de Investigación Criminal. Se llama Emilia March, funge como brazo derecho del detective y se sabe respetada por todos los superintendentes que han sobrevolado la jefatura.
Hace cuarenta minutos la brigada forense trabaja en el entorno, recogiendo pruebas, pesquisando huellas dactilares, tomando instantáneas y grabando cada accidente del paisaje invernal. A cargo de los expertos criminalistas el médico patólogo Isidoro Bonet, un escuálido personaje, ostenta su mostacho entrecano bajo la visera, asomándose sobre el cubrebocas. Su aspecto, camuflado por la indumentaria blanca, es el de un fantasma que se desplaza con sigilo. Al advertir la llegada de la UIC, hace un movimiento enérgico con el brazo para insinuar a su asistente y a los demás técnicos que abran espacio al inspector.
En un claro del parque, junto al estanque que cubre a retazos una capa de hielo, yace el cuerpo desnudo. La joven está tendida en una estela de sangre y lodo. El cabello rubio, dispuesto en una cresta, ha sido alaciado en mechones; cada punta termina en un pedrusco —una corona siniestra—. Los brazos posan suavemente cruzados sobre el torso desnudo, que muestra cierta rigidez azulada y lívida, delatando las horas que han transcurrido desde su deceso. Las facciones están crispadas y los ojos verdes, sin brillo, entreabiertos, reflejan aún el horror de la tortura a la que fue sometida. El sexo está cubierto con una manta negra, dispuesta como un trazo que refulge en la nieve y le otorga un toque de pudor, insólito contraste con las piernas cercenadas.
Agudo, fiel a su prestigio, el jefe advierte que no hay rastros de asfixia ni otras heridas visibles; el cadáver está exangüe, su asesino la observó largamente mientras se desangraba hasta perder el sentido, y a cuentagotas —latido a latido— también la vida. Mestre se coloca los guantes de látex sin prisa, oteando en torno al cadáver en busca de señales, indicios que permitan intuir los motivos ulteriores del homicida. Nadie osa perturbarlo. Se inclina sobre el cuerpo y, con delicadeza, separa los brazos de la joven para descubrir el pecho, que muestra —ante el espanto de todos los presentes, y clavado a pulso sobre el esternón— un rústico crucifijo de madera.
La literatura no ha descuidado esa atávica curiosidad del ser humano respecto del sadismo y la fascinación por la muerte. ¿Qué motivos subyacen al placer bestial del asesino?, ¿existe un perfil psicológico que define a los criminales que recurren?, ¿qué mensaje se oculta tras los símbolos perversos que dejan a su paso?
La novela negra (el llamado genre noir del original francés) data del siglo XVIII, pero fue consagrado por Edgar Allan Poe y sus predecesores británicos. Herederos del misterio gótico y la incipiente ficción detectivesca, tomaron un giro “duro” para incorporar escenas sanguinarias y tramas escurridizas o aleatorias a fin de distraer al lector. La tradición criminal toma las vertientes francesas de la deducción policial y el personaje del comisario huraño, alejado de la sociedad, a veces extravagante pero siempre incisivo y capaz de descifrar la trama más intrincada, con ayuda de interlocutores de soporte que hacen las veces de su alter ego en la conflagración y el desenlace.
Como algunos de sus congéneres, los representantes de esta corriente pueden considerarse modernistas vernáculos, inscritos en la exégesis del enigma y la búsqueda de culpables detrás de las máscaras sociales y los arquetipos. Con frecuencia derivan en temas de inequidad (racial, sexual o económica), la dilación de la narrativa hacia el evento, el impacto del psicoanálisis en el discurso literario o las variantes de género y carácter. El crimen suele ser el punto de arranque —diríase que es casi el pretexto— para descubrir a los personajes en busca de sí mismos bajo el rastro del esquivo perpetrador.
Los más famosos detectives: Maigret, Poirot, Philip Marlowe, Sam Spade, Adam Dalgliesh y, más recientemente, el comisario Adamsberg, Salvo Montalbano, el menudo Verhoeven, Kurt Wallander o Pepe Carvalho, son íconos de las más caprichosas desventuras, cuyos derroteros nos absorben y seducen.
Más aún, la prestigiosa Crime Writers Association (CWA) con sede en Londres, otorga cada año un conjunto de premios a los mejores autores, los relatos más sofisticados y las novelas debutantes que auguran un éxito editorial. Su recomendación es garantía de una lectura tan inquietante como reveladora.
El culto de la novela negra ha motivado que varios protagonistas tomen su nombre de sendos autores como un merecido homenaje a su creatividad y constancia. Así, el agente Montalbano de Andrea Camilleri deriva del gran Vázquez Montalbán, fallecido en 2003; quien escribió su propia historia al lado del Ejército Zapatista. Me atrevo a sugerir que el comandante Camille Verhoeven toma su nombre de aquel astuto novelista italiano y a mi vez, no sin cierta arrogancia, he bautizado a mi detective a partir del insigne Pierre Lemaitre, maestro del género.
Acaso lo más atractivo de esta narrativa es la convicción de que todo crimen, por atroz o desalmado que parezca, merece perentoriamente un castigo. Y que, contrario a la cruenta realidad que sufrimos a diario, hay un héroe entre nosotros que le devuelve honor a la ley y que nos hace soñar que nos protege.

LA GENERACIÓN ASÉPTICA
Ante el relato de una mujer que se despide del cadáver de su amante, confesándole su amor en la soledad del lecho que los cobijó —ajenos al mundo—, medito en esa pérdida de contacto, miseria de ternura que nos ha traído la Modernidad.
Nacemos y morimos desterrados, rodeados de extraños y paredes talladas, batas estériles y tapabocas. La sangre y el líquido amniótico se desechan como podredumbre y lavamos cuanto antes todo lo que infecta.
Desde luego, con ese prodigio de higiene hemos aislado a los omnipresentes gérmenes, para bien o para mal, pese a que apenas descubrimos la microbiota. Es dable afirmar que las plagas de hoy no son las calamidades que diezmaron a la humanidad desprovista de antibióticos en otras épocas, pero debemos reconocer —ante todo en las grandes urbes— que nos atemoriza tocar, rozar, sentir, mirar.
Recuerdo con qué ingenuidad viví mis primeras experiencias en el metro de Londres, bajando de la estación de Hampstead, la más profunda de la ciudad, adaptada como refugio antiaéreo en tiempos bélicos. Los pasajeros entraban al viejo ascensor evitándose, más que con recelo, con repugnancia y de inmediato se giraban como autómatas para eludir la mirada o el aliento de los otros, a escasas pulgadas de distancia. El trayecto duraba dos o tres largos minutos, si no había apagones, y en ese lapso se podía percibir la densidad del ambiente hostil: deseosos de escapar de tan obligada proximidad. En invierno, el asunto empeoraba, enrarecido por los olores de mis congéneres que rehuían del jabón tanto como de los extraños.
En climas cálidos, en efecto, el roce es más habitual, y no me refiero desde luego a la lascivia o al hurto que abundan en el transporte público, de los que sin duda hay que protegerse. Aludo a la capacidad de permear el afecto, emanarlo y absorberlo.
Nacemos, reitero, presas de nuestros impulsos, porque el inconsciente que nos gobierna antes de la instauración del lenguaje, clama por la satisfacción de nuestras demandas somáticas. Con la impronta del sujeto moral y la modulación de las pulsiones, se establece esa represa sensorial y relacional que denominamos Yo, a falta de un apelativo menos narcisista. La psicofisiología no ha podido dar cuenta de tal estructura reguladora, por obvio que parezca, y remite a los neurotransmisores (al fin cocientes de energía, ligados o desligados) para “corregir” el carácter y sus desvaríos. Sabemos que el correlato anatómico será siempre insuficiente para dirimir los procesos mentales, pero al menos tratamos de representarlos en el diálogo, los sueños, los errores de conducta o los amores y desamores que nos gobiernan inadvertidamente.
Con el asomo del DSM-V, nuestros colegas partidarios de la clasificación de lo desordenado sienten que pisan terreno seguro, pero nunca lo será: nada tan pantanoso como los vericuetos del alma. Por ello, las pérdidas se viven con la intimidad de lo subjetivo, ninguna plañidera reproducirá con justicia lo que padece la viuda o el huérfano.
Ese dolor es inmanente a cada persona. “El hueco no desaparece”, me reiteraba un paciente.
De la misma forma que la afectividad se vive en carne propia, literalmente. Es fruto de los impulsos somáticos, que intenta tramitar la conciencia, pero está acotada por naturaleza, para darles cabida o diligencia. Así que navegan en los meandros del inconsciente, y no son producto vectorial de tales o cuales neurotransmisores, aunque los inhibidores de recaptura de lo inefable sugieran que algo hacemos.
Mi interlocutora se despide abrazada a su melancolía, me cuenta que ya no duerme, que la sombra tiene nombre y vigilia. “No lo has perdido todo”, le han dicho, pero ella sabe que la muerte ha impuesto su legado y que, por más que se reprima, no se olvida. La emoción reclama su estamento.
Sugerencias bibliográficas
Ferrero, Jesús (2009), Las experiencias del deseo, Barcelona, Anagrama.
Kristeva, Julia (1987), Historias de amor, México, trad. de Araceli Ramos Martín, Siglo XXI Editores.

ORFANDADES
Recuesta la pluma sobre el libro, un ademán deliberado para no importunar el silencio que lo rodea y que ahora lo invade. Se apaga el día y las memorias fluyen como ondas tenues desde la ventana.
Alguna vez fue hijo y lloró sin pena, buscando el consuelo para retomar otro camino con más aplomo. Dejó de ser niño esa madrugada de otoño y entendió que en palabras de Lezama Lima “la vejez del hombre empieza el día en que muere su madre” (Paradiso). Enarboló su segundo apellido como quien saca alas de raíces y se sumergió en el trabajo para expiar las dudas y los mimos.
No salió del cementerio hasta que advirtió que sus pies enlodados entorpecían el paso. Entonces, titubeante, emprendió el vuelo y pretendió conquistar otras lenguas, otros parajes. Se equivocó: los espacios se ganan tierra adentro, no en la realidad que nos circunda. Cuando hubo satisfecho su osadía, trató una vez más de ser reconocido, se alzó con nombres y títulos nobiliarios, bebió el elíxir de los dioses y se intoxicó de nuevo. Maltrecho y desolado, aprendió por fin a caminar descalzo.
Al fin se dio el tiempo de rehacer el rumbo, achicar las velas, hundir de lleno el timón en lo desconocido. Encontró casa y compañera, hizo hogar con ella y disipó su simiente con alegría. La estatura de los viejos se tornó asequible, no tanto por encanecer, sino por hacerse dócil y apearse del fragor de tantas batallas con fantasmas.
Hace poco falleció su padre y aún se le nubla la vista recordando qué poco supieron quererse de frente y cuánto a la distancia. Pero la vida es lo que toca y lo que enseña; es decir, lo que adolece y se emprende, más acá de lo imaginario y lejos de uno mismo. A veces es necesaria una mutilación para saberse entero.
Extiende la mirada hacia la noche escanciada de luces artificiales y neblumo; parece que los muros tienen ahora un tamaño mensurable, nada es interminable y si acaso hay horizonte, es sólo en su firmamento interno, donde algunos recuerdos aún fulguran y otros hace tiempo que palidecieron.
Cuando mueren los padres, uno se queda solo en el acantilado de la vida. Abajo, la marea golpea con los avatares del destino y los amores flotan como mensajes en botellas vacías. Es el atardecer, no hay duda. Pero queda la incertidumbre de alguna continuidad, y eso basta, sin pretensiones, para abrir los brazos y aprehender el viento.

BAJO LA PIEL
En la penumbra de la sala de terapia intensiva, el silencio se interrumpe sólo con el parpadeo de los monitores y el murmullo de los ventiladores. Son las tres a.m. y la muerte pasa visita.
El médico de guardia cabecea frente a la última nota y una taza de café frío. Nadie osa interrumpir la brevedad de su sopor. Las enfermeras se mueven con sigilo y revisan a sus pacientes, alguna se distrae con su propia pantalla titilante.
La mujer del cubículo siete es un bulto amorfo. Ingresó hace unos días presa de una infección pulmonar, con criterios APACHE IV y Glasgow desfavorables, aquellos desgloses de signos vitales que configuran lo ominoso.
Como en tantos otros pacientes en estado crítico, la discusión —tras resolver la falla multiorgánica— se centrará en torno al mejor momento para extubarla. Quienes confían en su experiencia, esperarán que la presión positiva sea mínima, que la vigilia se tolere sin ansiedad y, por supuesto, que se hayan esfumado los fantasmas que esta noche gravitan por los pasillos.
Otros serán más desconfiados. La inseguridad y las horas de vuelo van de la mano. Buscarán el consenso de los demás, cotejarán una y otra vez el aplomo de la familia (la intensidad de las miradas, la empatía y el agotamiento) y, por fin, cuando brille el sol y todas las condiciones parezcan impecables, se arrojarán sobre el tubo de plástico para extraer una daga. Si la valentía los asiste, saldrán victoriosos de la afrenta.
Pero esta noche la atmósfera es sombría. La doctora en turno intentó lo que parecía obvio y el paciente cayó en paro cardiorrespiratorio. Por fortuna, no les ganó la jactancia y la intubaron a tiempo. Pero la culpa y la vergüenza flotan en el aire turbio de la UTI, ominosas como los malos parámetros de ingreso.
En efecto, la decisión oportuna de extubar a un paciente es determinante para la eficiencia y la calidad del cuidado intensivo. Mientras más temprano se logre, menor será el desgaste muscular y se reducen los riesgos de infección oportunista, así como el daño endotraqueal y alveolar.
Un grupo multidisciplinario de Ottawa publicó en Critical Care un estudio que analiza la variabilidad de las respuestas ventilatoria y cardiaca como factores que predicen la oportunidad de extubación en estos enfermos.
SBT