“Yo soy Lautaro, que acabé con los huincas. Yo soy el que los derrotó en Tucapel y en la cuesta. Yo maté a Valdivia y puse en huida a Villagrán. Yo les maté sus soldados; yo abrasé la ciudad de Concepción”.
Lautaro
PRIMERA EDICIÓN
MARZO DE 2018
Autor:
Antonio Landauro
Coordinación de edición:
Paula Rivera Donoso
Diseño gráfico y diagramación:
Ariel Rojas L.
Diagramación digital:
ebooks Patagonia
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Derechos reservados.
I.S.B.N. Edición impresa: 978-956-312-292-3
I.S.B.N. Edición digital: 978-956-312-361-6
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Me llamo Luan-taro o Leftraru
La tierra donde nací es verde y muy fértil. La vegetación es densa, profunda y perfumada. Hay muchos bosques con troncos gigantescos en cuyas ramas anida una gran variedad de pájaros. En la tierra, las poderosas raíces se entremezclan con los espesos matorrales donde con frecuencia acechan los pumas. Hay también montañas y cerros que esconden fuego, con laderas cortadas abruptamente que forman hondas quebradas por las que bajan corrientes de aguas cantarinas, unas suaves y otras torrentosas. El viento casi siempre es suave y dulce, pero a veces los dioses aúllan y lo hacen temible. Llueve mucho y con gran fuerza. Toda esta tierra se llama cordillera de Nahuelbuta o “cerros de fieras”.
No conozco el año en que nací, pues mi gente no lleva registro de esas cosas, pero según el calendario de los huincas —hombres blancos que vienen de tierras muy lejanas— corresponde al año 1534. Me llamo Luan-taro o Leftraru, que en mi lengua, el mapudungun, significa “Halcón o ave veloz”. Para los huincas soy Lautaro, hijo de un lonko o jefe mapuche llamado Curiñancu o “Aguilucho negro”, que manda a las gentes de Carampangue y Tirúa, el lugar de mi nacimiento.
Yo me crié y crecí entre la autoridad de mi padre, un lonko muy severo y altivo, y las tradiciones ancestrales de mi raza transmitidas por boca de mi madre. El mío es un pueblo donde todos los hombres son libres como el viento o como los pájaros, y a la vez muy fieros para defender la libertad. Somos valientes, bravos, duros en el trabajo y sufridores de fríos mortales y calores abrasadores.
¡Somos hijos de la tierra!
Recuerdo que la primera vez que entendí las cosas que hablaban mis padres, escuché que dijeron que la tierra era lo más importante de todo lo que existía. “La tierra tiene vida y da vida”, dijo él. “Es como una madre que manda a sus hijos y los cuida”, dijo ella. Y todos los mapuches lo sabemos. ¡Somos hijos de la tierra!
Nuestros abuelos y los abuelos de ellos lo aprendieron observando el cielo. Sabían, por ejemplo, que el invierno comenzaba con las primeras lluvias que enviaba Ngenechen o Pillán —dios que vive en las alturas celestes— para que la tierra se lavara la cara y se renovara a través del Ngen-ko o espíritu del agua, lo que marcaba el inicio de un nuevo ciclo. Esto significaba que el suelo estaba otra vez preparado para recibir las semillas y los granos de la vida en la cosecha y el barbecho. Y esto se repetía sucesivamente en todos los claros de los bosques, en las fértiles vegas, en los campos que habíamos abierto en Arauco, Angol, Purén y en los valles que se extienden entre los ríos Biu-Biu y Cautín.