NO HAY SALIDA


V.1: octubre, 2019

Título original: No Safe Place


© Patricia Gibney, 2018

© de la traducción, Luz Achával Barral, 2019

© de esta edición, Futurbox Project S.L., 2019

Todos los derechos reservados.


Publicado mediante acuerdo con Rights People, Londres.


Diseño de cubierta: Nick Castle Design


Publicado por Principal de los Libros

C/ Aragó, 287, 2º 1ª

08009 Barcelona

info@principaldeloslibros.com

www.principaldeloslibros.com


ISBN: 978-84-17333-70-6

IBIC: FH

Conversión a ebook: Taller de los Libros


Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser efectuada con la autorización de los titulares, con excepción prevista por la ley.

NO HAY SALIDA

Patricia Gibney

Libro 4 de la inspectora Lottie Parker


Traducción de Luz Achával

para Principal Noir

4





Para Marie, Gerard y Cathy,

con amor



Sobre la autora

3


Patricia Gibney es una artista y escritora de Mullingar, condado de Westmeath, en el centro de Irlanda. Es viuda y madre de tres hijos que la mantienen cuerda, o tal vez mantienen su locura a raya.

Patricia quiso ser escritora desde que leyó a Enid Blyton y Carolyn Keene, y tras la repentina muerte de su marido, decidió refugiarse en la escritura para lidiar con la pérdida. Durante años, asistió a cursos de escritura y se unió al Irish Writers Centre para adentrarse en el mundo literario de forma profesional.

No hay salida es la cuarta entrega en la serie protagonizada por la inspectora Lottie Parker después de Los niños desaparecidos, Las chicas robadas y El secreto perdido, unos thrillers apasionantes que se han convertido en best sellers en Reino Unido, Estados Unidos, Canadá y Australia y que han hecho de Patricia Gibney la nueva sensación de la novela policíaca internacional.

NO HAY SALIDA


No hay nada más peligroso que un rostro familiar.


Un grito corta el aire en un entierro en el cementerio de Ragmullin. Encogido en el fondo de una tumba abierta yace el cuerpo semienterrado de una joven. La inspectora Lottie Parker debe encargarse de la investigación y enseguida sospecha que podría tratarse de Elizabeth Byrne, una joven desaparecida pocos días atrás al volver del trabajo en tren desde Dublín.

Poco después, otras dos mujeres de Ragmullin desaparecen, y Lottie y su equipo creen que un asesino en serie anda suelto. Además, las desapariciones son muy parecidas a la de un caso sin resolver de hace diez años.

Bajo presión por parte de su nuevo jefe y de la prensa, Lottie tratará de resolver el caso, pero ¿logrará hacerlo antes de que haya más víctimas?





«Con más de un millón de ejemplares vendidos, Gibney es uno de los mayores fenómenos literarios del año.»

The Times



El nuevo fenómeno del thriller internacional

Más de un millón de ejemplares vendidos

Best seller del Wall Street Journal y del USA Today

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CONTENIDOS

Portada

Página de créditos

Sobre este libro

Dedicatoria


Martes 9 de febrero de 2016


Día uno: miércoles 10 de febrero de 2016

Capítulo 1

Capítulo 2

Capítulo 3

Capítulo 4

Capítulo 5

Capítulo 6

Capítulo 7

Capítulo 8

Capítulo 9

Capítulo 10

Capítulo 11

Capítulo 12

Capítulo 13

Capítulo 14

Capítulo 15

Capítulo 16

Capítulo 17

Capítulo 18

Capítulo 19

Capítulo 20

Capítulo 21

Capítulo 22

Capítulo 23

Capítulo 24

Capítulo 25

Capítulo 26

Capítulo 27

Capítulo 28


Día dos: jueves 11 de febrero de 2016

Capítulo 29

Capítulo 30

Capítulo 31

Capítulo 32

Capítulo 33

Capítulo 34

Capítulo 35

Capítulo 36

Capítulo 37

Capítulo 38

Capítulo 39

Capítulo 40

Capítulo 41

Capítulo 42

Capítulo 43

Capítulo 44

Capítulo 45

Capítulo 46

Capítulo 47

Capítulo 48

Capítulo 49

Capítulo 50


Día tres: viernes 12 de febrero de 2016

Capítulo 51

Capítulo 52

Capítulo 53

Capítulo 54

Capítulo 55

Capítulo 56

Capítulo 57

Capítulo 58

Capítulo 59

Capítulo 60

Capítulo 61

Capítulo 62

Capítulo 63

Capítulo 64

Capítulo 65

Capítulo 66


Día cuatro: sábado 13 de febrero de 2016

Capítulo 67

Capítulo 68

Capítulo 69

Capítulo 70

Capítulo 71

Capítulo 72

Capítulo 73

Capítulo 74

Capítulo 75

Capítulo 76

Capítulo 77

Capítulo 78

Capítulo 79

Capítulo 80

Capítulo 81

Capítulo 82

Capítulo 83

Capítulo 84

Capítulo 85

Capítulo 86


Día cinco: domingo 14 de febrero de 2016

Capítulo 87

Capítulo 88

Capítulo 89

Capítulo 90

Capítulo 91

Capítulo 92

Capítulo 93

Capítulo 94

Capítulo 95

Capítulo 96

Capítulo 97

Capítulo 98

Capítulo 99

Capítulo 100


Epílogo


Carta al lector

Agradecimientos

Sobre la autora

Martes 9 de febrero de 2016

3.15 de la madrugada


Sus pies descalzos se pegaban a la escarcha, pero aun así corrió. Creyó estar gritando, pero de su garganta no salía ningún sonido. Su codo chocó contra el granito, el dolor era mínimo comparado con el miedo.

Se arriesgó a mirar por encima del hombro y descubrió que, a su espalda, estaba tan oscuro como la negrura que se extendía ante ella. Se había desviado sin querer del camino y ahora estaba perdida entre la piedra caliza y el granito. Sintió las frías rocas cortándole las plantas de los pies y trató de subir el bordillo que intuía que debía de estar allí, pero se golpeó el dedo del pie y cayó de cabeza en el siguiente surco.

Con la mente vacía de todo pensamiento excepto ponerse a salvo, se arrastró hasta ponerse de rodillas, que le sangraban, y escuchó. Silencio. No se oían ramas quebrarse ni hojas moverse. ¿La había dejado en paz? ¿Había abandonado la caza? Ahora que había parado de correr, la joven tembló violentamente en la noche helada. Una luz al pie de la pendiente que había a su derecha captó su atención cuando examinaba el horizonte cercano. Un enclave de bungalows. Sabía exactamente dónde estaba. Y en la distancia, vio el tono ambarino de las farolas. La salvación.

Echó un vistazo apresurado a su alrededor. Tenía que huir, y rápido. Contó hasta tres en silencio, preparándose para la carrera final hacia la salvación.

—Ahora o nunca —susurró, y, sin preocuparse por su desnudez, se alzó, lista para correr como una pantera. Fue entonces cuando vio el aliento suspendido en la noche helada.

Sintió el brazo el hombre rodear su garganta, aplastándole la tráquea, y su cuerpo desnudo contra la chaqueta de él. El olor dulce a suavizante de ropa mezclado con el agrio aroma de la ira le colmó las fosas nasales. Con una última inyección de adrenalina, golpeó con el codo hacia atrás y lo clavó profundamente con todas sus fuerzas en el plexo solar del hombre. Un jadeo escapó de la boca de este a la vez que aflojaba el brazo, y la joven se encontró libre.

Gritó y corrió, chocando y golpeándose contra el granito, saltando rocas heladas y bordillos bajos, y cayó rodando por la colina, todavía gritando, hacia la luz. Casi había llegado. Oía el sonido de las botas del hombre que se acercaban.

No, por favor, Dios, no. Tenía que salir del camino. Viró hacia la izquierda, zigzagueando, y casi había llegado al muro cuando el suelo desapareció bajo sus pies. Cayó y se hundió dos metros en la caverna, mientras piedras y terrones rodaban con ella.

Notó un dolor insoportable en la pierna y lanzó un grito agonizante. Sabía que lo que había oído no era madera rompiéndose, sino el hueso de su pierna izquierda haciéndose añicos con la caída. Se mordió los nudillos con fuerza, intentando no hacer ruido. No podría encontrarla allí, ¿verdad?

Pero cuando levantó la vista al cielo nocturno cubierto de estrellas titilantes que pregonaban más heladas, el rostro del hombre apareció en el borde del agujero. Todo rastro de esperanza se esfumó cuando la primera palada de tierra cayó sobre su cara.

Y mientras lloraba gruesas lágrimas saladas que se mezclaban con la tierra, comprendió con terrible claridad que iba a morir en la tumba de otra persona.

Día uno

Miércoles 10 de febrero de 2016

Agradecimientos


Este es mi cuarto libro de la serie de Lottie Parker, después de Los niños desaparecidos, Las chicas robadas y El secreto perdido. Como escritora, dependo de mucha gente, y estoy agradecida de tener a un magnífico equipo trabajando conmigo.

Pero primero déjame decir que tú eres la persona más importante en mi viaje como escritora. Tú has comprado mis libros y los has leído. Espero que te guste No hay salida. Los lectores me dais la confianza para seguir escribiendo. Gracias.

Para mí, Bookouture es más que una editorial. Es como una familia donde todo el mundo se apoya y se da consejos. Mi escritura y edición son mucho más manejables gracias a eso.

Helen Jenner y Lydia Vassar Smith han sido mis editoras en No hay salida, y quiero agradeceros a ambas por vuestra comprensión de mi escritura y por guiarme para crear un libro del que estoy orgullosa. Al resto de gente en Bookouture que ha trabajado en No hay salida, gracias. Quiero hacer una mención especial a Kim Nash y Noelle Holten por su increíble trabajo en los medios y por organizar blog tours. Kim, gracias por estar siempre a mi lado y preocuparte por mí. Lo agradezco de corazón.

Gracias también a aquellos que trabajan directamente en mis libros: Lauren Finger (producción), Jen Hunt (publicación), Alex Crow y Jules McAdam (marketing) y Jane Selley.

Todas mis novelas se han publicado también como audiolibros en inglés, así que quiero dar las gracias a Michele Moran por su magnífica narración y por darle voz a Lottie y al resto de personajes. Y gracias a Adam Helal de The Audiobook Producers.

A mis compañeros autores de Bookouture, sois la gente más alentadora que conozco. Un agradecimiento especial a Angie Marsons por todo su apoyo y consejos.

Gracias a cada bloguero y a cada crítico que ha leído y escrito sobre Los niños desaparecidos, Las chicas robadas, El secreto perdido y No hay salida. ¡Espero seguir manteniéndoos ocupados!

Gracias a mi agente, Ger Nichol de The Book Bureau, por cuidarme y fomentar mis intereses.

A mi hermana, Marien Brennan, un millón de gracias por tomarte el tiempo de leer los primeros borradores de mi obra y por tu apoyo y tus comentarios perspicaces.

John Quinn, siempre estás ahí para asesorarme en temas policiales. En su mayor parte me tomo grandes libertades, ¡así que asumo toda la responsabilidad de la ficción!

Gracias a mis amigos. A Jo y Antoinette, por estar siempre ahí. A Jackie, por las escapadas para escribir. A Niamh, por tus llamadas telefónicas informativas. A Grainne, por tu influencia tranquilizadora.

Otros en el mundo de la escritura que me inspiran y motivan son: Louise Phillips, Liz Nugent, Vanessa O’Loughlin, Arlene Hunt, Carolann Copeland, Laurence O’Bryan, Sean O’Farrell y muchos más.

A los medios de comunicación locales y nacionales, no puedo agradeceros lo suficiente la cobertura que le habéis dado a mis libros. Olga Aughey, Claire Corrigan y Claire O’Brien, gracias.

Gracias a la doctora Clodagh Brennan, a Eric Smyth, Kevin Monaghan, Sean Lynch, Rita Gilmartin, Marty Mulligan y Shane Barkey. También a Stella Lynch de Just Books, y un agradecimiento especial a todas las librerías y a su personal.

Gracias a Lily Gibney y familia por apoyarme siempre.

A mis padres, William y Kathleen Ward, por tantos años escuchando mis sueños y por creer en mí.

Estoy tan orgullosa de mis tres hijos, Aisling, Orla y Cathal. Los tres habéis demostrado una y otra vez lo fuertes que sois. Vuestro padre, Aidan, estaría muy orgulloso de cómo estáis saliendo adelante después de su prematura muerte. Y Daisy y Shay han traído montones de alegría y amor a mi vida. Os quiero a las dos.

Por último, quiero dedicar No hay salida a mis hermanas, Marie y Cathy, y a mi hermano, Gerard. Este libro habla sobre las relaciones entre hermanos y hermanas. Y los míos son los mejores.

1


Lottie Parker despertó con el llanto de un niño. Abrió un ojo y espió el reloj digital: las cinco y media de la mañana.

—Oh, no, Louis. Es plena noche —gimió.

Su nieto, con poco más de cuatro meses y medio, aún no dormía más de dos horas seguidas. Apartó el edredón y fue al dormitorio contiguo al suyo. La lucecita nocturna arrojaba una sombra borrosa sobre su hija de veintiún años, que dormía. Katie tenía una almohada sobre la cabeza y el edredón subía y bajaba al ritmo de su respiración. Louis dejó de llorar cuando Lottie lo levantó de su cuna. Cogió un pañal y un biberón con leche de fórmula de la mesita de noche y dejó a su hija sumida en sus sueños.

De regreso en su dormitorio, Lottie cambió a Louis, lo cogió en brazos y le dio de comer. Sintió el corazón del bebé latiendo contra su pecho. Había algo muy tranquilizador en ello y, al mismo tiempo, la devolvía a la realidad. Adam lo habría adorado. El corazón de Lottie se encogió al pensar en su marido, muerto hacía ya cuatro años. Cáncer. El vacío que había dejado se negaba a ser llenado.

Rozó el cabello suave y oscuro de su nieto con un beso, y cuando el bebé se movió y se apartó el biberón de la boca, Lottie hizo una mueca al sentir el dolor en la parte alta de la espalda. Sabía que no podía permitirse estar de baja. Aunque las cosas en Ragmullin estaban insoportablemente tranquilas por el momento, no permanecería así por mucho tiempo.

Lottie hizo eructar a su nieto y este la miró sonriendo. Ella le devolvió la sonrisa.

Un buen presagio para el día que comenzaba.

O eso esperaba.

2


Mollie Hunter se acomodó en su asiento. Colocó la bolsa con el ordenador en la mesa, luego enrolló su bufanda de algodón, la apretujó contra la ventanilla y apoyó la cabeza. Sus párpados se cerraron y bloquearon el inminente avance del amanecer. Unos auriculares transportaban música suave a sus oídos, silenciando el murmullo de los demás viajeros, camino a sus puestos de trabajo. Mientras el tren salía de la estación de Ragmullin, volvió a caer en el sopor del que se había alzado hacía media hora.

Sus sueños resurgieron al ritmo de las ruedas, y sonrió inconscientemente.

—¿Qué es tan divertido?

Mollie oyó la pregunta a través de la neblina del sueño, y abrió un ojo. No había visto que nadie se sentara frente a ella. Pero allí estaba el hombre. Otra vez. Por segunda mañana consecutiva, había ignorado los otros asientos vacíos y ocupado aquel, justo enfrente de ella. Lentamente, volvió a cerrar los ojos, decidida a no hacerle caso. No es que fuera feo. Parecía bastante corriente, aunque su boca mostraba una sonrisita petulante. Parecía tener algunos años más que los veinticinco de Mollie. Una imagen mental destelleó tras sus párpados cerrados. Entonces, despertó por completo y lo miró fijamente.

¿Quién diablos era?

—¿Cómo te llamas? —preguntó el hombre.

¡Menuda cara tenía! Había un protocolo no escrito en el tren suburbano de las seis de la mañana. Nadie molestaba a nadie. Todos estaban en el mismo aprieto. Despiertos a todas horas, medio dormidos, preparando café a toda prisa y sirviéndolo en termos. Teléfonos, auriculares, portátiles y Kindles eran los únicos accesorios de esta tribu. Así que ¿por qué diablos no cerraba la boca y la dejaba dormir? Cuando llegaran a Maynooth, el vagón comenzaría a llenarse y podría ignorarlo por completo. Pero, por ahora, no podía.

Los ojos del hombre eran de un azul frío. Su pelo estaba oculto bajo un gorro de punto. Llevaba las uñas limpias. ¿Se habría hecho la manicura? Por un momento, Mollie se preguntó si sería profesor. O tal vez funcionario o banquero. No conseguía descifrar si llevaba una americana de traje o un suéter debajo de la chaqueta acolchada, pero sabía por mañanas anteriores que llevaba tejanos. Azules, con un pliegue planchado en el centro de la pernera. Dios, ¿quién seguía haciendo eso? ¿Su madre? Pero parecía demasiado mayor para seguir viviendo con su madre. ¿Una esposa, tal vez? No llevaba anillo. ¿Y por qué pensaba en eso siquiera? Un estremecimiento de inquietud le agitó los hombros, y de inmediato sintió miedo de él.

Cerró los ojos y permitió que la música invadiera su consciencia y que el resoplar del tren la consolase, esperando que el sueño la ayudara a pasar los próximos setenta minutos. Y entonces sintió el pie del hombre tocándole la bota. Abrió los ojos de golpe y apartó la pierna como si le quemara.

—¿Qué diablos haces? —graznó. Las primeras palabras que pronunciaba desde que se había despertado aquella mañana.

—Lo siento —dijo él, con sus ojos penetrantes como dardos azules. No apartó el pie. 

Mollie supo por el tono de su voz que no lo sentía en absoluto.


* * *


Grace pensó que era bastante mono. La manera en que molestaba a la mujer que solo quería dormir. No pudo evitar sonreírle. Él no se fijó en ella. Nadie lo hacía. Pero a ella no le importaba. De verdad que no.

Enroscó los dedos en sus mitones de aspecto infantil y encogió los hombros hasta que le tocaron las orejas, deseando poder fingir que dormía. Pero nunca se le había dado bien fingir. «Lo que ves es lo que hay». Eso es lo que su madre siempre decía sobre ella. Y ahora se veía obligada a vivir con su hermano durante un mes. Aunque no es que estuviera demasiado en casa. Gracias a Dios, porque era terriblemente quisquilloso.

Miró el asiento vacío junto a ella para asegurarse de que su bolso seguía allí. Nadie se sentaba nunca a su lado a menos que no quedaran más asientos libres. «No muerdo», quería decir, pero nunca lo hacía. Solo sonreía con su sonrisa de dientes separados y asentía. Normalmente, el gesto de cabeza los tranquilizaba. «Parece que soy una asesina en serie por la manera en que me miran algunos», pensó. No podía evitar sus movimientos ansiosos, constantes, y no le importaba lo que nadie pensara, de una u otra manera.

«Yo soy yo», quería gritar.

Permaneció con los labios apretados.

3


—¡Chloe y Sean! ¿Tengo que quedarme afónica cada mañana? ¡Arriba, ahora!

Lottie se apartó de las escaleras y sacudió la cabeza. Más que mejorar, las cosas empeoraban. Al menos la próxima semana empezarían las vacaciones de mitad de trimestre y podría escaparse al trabajo sin desgarrarse las cuerdas vocales.

Vació la lavadora. La cesta de la ropa sucia estaba aún medio llena, así que metió otra carga y encendió la máquina, luego arrastró la ropa mojada hasta la secadora. Hubo una época en que su madre, Rose Fitzpatrick, solía ayudarla haciendo parte de las tareas domésticas, pero la relación era más tensa que nunca, y ahora Rose no se encontraba bien.

Lottie bebió su taza de café a sorbos y permitió que le aplacara los nervios. Se tragó tres calmantes y trató de masajearse la zona de la espalda donde la puñalada se curaba lo mejor que podía. Heridas físicas aparte, sabía que las cicatrices emocionales estaban incrustadas en su psique para siempre. Mientras observaba la mañana helada, se preguntó si debería llevarse un jersey para mantener el frío a raya. Vestía una camiseta negra de manga larga, con los puños raídos, y un par de tejanos negros ajustados. Había tirado sus fieles botas Uggs la semana pasada y llevaba los botines negros de Katie.

—Toma, madre —dijo Chloe al entrar en la cocina—. Creo que vas a necesitar esto hoy.

—Gracias. —Lottie cogió la sudadera azul que le ofrecía su hija de diecisiete años. Se fijó en que Chloe se había maquillado con una base pálida y sombra de ojos oscura con rímel negro. Llevaba el pelo rubio recogido en un moño alto. 

—Sabes que no se te permite ir maquillada a la escuela.

—Lo sé. Y no voy maquillada. —Chloe tomó una caja de copos de maíz y comenzó a metérselos en la boca.

—Y eso es brillo de labios. Vamos. No querrás meterte en problemas.

—No lo haré. No es maquillaje. Solo un poco de brillo para proteger mi piel del aire frío —dijo Chloe mientras se quitaba migas de copos de maíz de los labios pegajosos.

Lottie sacudió la cabeza. Era demasiado temprano para discutir. Enjuagó su taza en el fregadero.

—Te lo advierto en caso de que tus profesores se den cuenta.

—Sí, claro —dijo Chloe, poniendo mala cara. 

«Tan parecida a su padre», pensó Lottie.

—Me preocupo por ti.

—Deja de preocuparte. Estoy bien. —Chloe recogió su mochila y fue hacia la puerta.

—Puedo llevarte en coche, si quieres.

—Gracias, iré caminando.

La puerta principal se cerró ruidosamente. Lottie no estaba del todo convencida de que su hija estuviera bien. Aún la exasperaba que la llamara «madre». La ponía de los nervios, y Chloe lo sabía. Por eso lo hacía. Solo en momentos de extrema ternura la llamaba mamá.

—Me encantaría comerme una tortita —dijo Sean al entrar en la cocina y le tendió la corbata del colegio.

—Sean, ¿cuántos años tienes? —Lottie se pasó la corbata por el cuello y comenzó a hacer el nudo.

Su hijo puso los ojos en blanco.

—Me muero de ganas de cumplir quince en abril. Quizá entonces dejas de tratarme como a un niño.

—Te he enseñado millones de veces cómo hacerte el nudo. —Le devolvió la corbata.

—Papá nunca aprendió a hacerlo. Recuerdo que siempre le hacías el nudo.

Lottie sonrió melancólicamente.

—Tienes razón. Y lo siento, pero no tengo tiempo de hacer tortitas. Has visto demasiadas series estadounidenses. —Le apartó el pelo de los ojos y le apretó el hombro afectuosamente—. Te veo luego. Pórtate bien en la escuela.

Lottie se subió la cremallera de la sudadera, cogió el bolso y el abrigo y escapó hacia la puerta.

—¿Hay alguna posibilidad de que me lleves en coche? —dijo Sean.

—Si te das prisa.

Esperó mientras su hijo sacaba un yogur de la nevera y una cuchara de un cajón.

El chico cogió la mochila y dijo:

—¡Cuando quieras!

Lottie gritó escaleras arriba:

—Hasta luego, Katie. Dale a Louis un beso de mi parte. —Luego, sin esperar a que su hija mayor contestara, salió por la puerta detrás de su hijo.

Otra mañana normal en casa de los Parker.

4


El tren paró en la ciudad universitaria de Maynooth. Nadie se apeó. No era algo inusual en el primer tren suburbano de la mañana de Ragmullin a Dublín. No, los estudiantes universitarios llenarían el tren de las siete. Aun así, el andén estaba lleno. El vapor del café subía en el aire helado y las personas que iban de camino al trabajo subían arrastrando los pies, acercándose los unos a los otros en busca de calor y asientos.

Mollie tenía la esperanza de que el hombre sentado frente a ella se bajase. Pero no iba a ser tan afortunada. Como las otras mañanas, el hombre iba hasta Dublín.

Lo estudió otra vez, con los brazos doblados y el rostro vuelto hacia la ventanilla. Aunque había apartado los ojos, los sentía fijos en ella. «Puaj», pensó con un escalofrío. Se frotó los brazos con las manos intentando mantener el frío a raya. Pero la sensación era algo más que las puertas abiertas aspirando el aire de fuera. El frío emanaba del hombre sentado frente a ella.

Lo observó apartar la vista de la ventanilla y sonreír. Los delgados labios rosados se curvaron en las comisuras sin que la sonrisa alcanzara los fríos ojos azules, con sus pupilas oscuras como alfileres.

—¿Estudiaste en la universidad de Maynooth? —preguntó el hombre.

La voz se le clavó en el corazón. Sonaba diferente de antes. Inquisitivo y a la vez acusador. Mollie negó con la cabeza y tragó saliva.

—¿A qué universidad fuiste? —indagó él.

Tendría que decirle que se fuera al carajo. No era asunto suyo. Joder, ni siquiera sabía quién era. Ese tío no la conocía. ¿O sí? Arrugó el ceño y lo miró de reojo. ¿Había en él algo vagamente familiar? No, concluyó. Nada.

—¿Se te ha comido la lengua el gato? —Otra vez esa sonrisa. Una mueca que no era una sonrisa en absoluto.

Mollie se mordió la mejilla por dentro y deseó bajarse del maldito tren. Alejarse de él todo lo posible. «Estás siendo irracional», la advirtió su voz interior. «Solo quiere ser amable, charlar». Pero nadie charlaba en el primer tren suburbano de la mañana.

Quiso cambiarse de sitio y miró a su alrededor, pero el tren comenzaba a llenarse y tal vez tendría que quedarse de pie. Miró al otro lado del pasillo y le llamó la atención una mujer joven sentada junto a la ventanilla opuesta. Había un asiento vacío a su lado. ¿Debería sentarse allí? ¿Parecería raro teniendo en cuenta que aún había un asiento vacío justo a su lado? Pero no conocía al hombre, así que, ¿qué más daba?

Se puso la bolsa negra del ordenador contra el pecho y se levantó; cogió la bufanda antes de que tocara el suelo. Fue lentamente hasta el pasillo y se dejó caer junto a la joven. Pero incluso mientras exhalaba con alivio, sintió el aire frío disiparse para ser reemplazado por el calor de la rabia muda.

Miró hacia delante sin ver, con la esperanza de que la chica no tratara de entablar conversación. No tuvo tanta suerte.

—Me llamo Grace, ¿y tú? —La joven mostró una sonrisa de dientes separados.

Mollie gruñó y cerró los ojos con fuerza. Definitivamente, era una de esas mañanas.


* * *


Dos filas más atrás, el hombre hundió la barbilla en su bufanda. Miró a la chica levantarse de delante del hombre charlatán y molesto y sentarse junto a la joven de los dientes separados. Era bueno que estuviera nerviosa. El chico la había distraído. La había asustado. Sonrió dentro de su bufanda de lana. Estaba haciendo exactamente lo que él quería.

Si esa otra puta no se hubiera escapado, no la necesitaría. Pero siempre le había gustado ir un paso por delante de sí mismo. Eso decía su madre.

El pensar en su madre hizo desaparecer su sonrisa, y metió las manos más profundamente en los bolsillos mientras el temblor comenzaba a sacudir sus articulaciones. Hacía frío, y la calefacción no siempre funcionaba en el tren, pero ahora estaba realmente congelado. Sacudió la cabeza para quitarse la imagen de su madre y reemplazarla con la chica que sujetaba el portátil contra el pecho. Se había dejado la chaqueta abrochada y el hombre se preguntó qué llevaría debajo. ¿Se cambiaba de ropa al llegar a la oficina? Sabía mucho sobre ella, pero no sabía qué hacía una vez atravesaba las puertas del insulso edificio de oficinas en la calle Townsend.

El tren paró y arrancó en todas las molestas estaciones suburbanas y el vagón se calentó considerablemente con la multitud apretada. El pasillo estaba ahora lleno de gente empuñando bolsos y teléfonos, y el aire estaba saturado de olor a pies y a sudor. Estaba tan abarrotado que ya no podía verla. Cerró los ojos, conjurándola en su memoria y con un dedo imaginario acarició su lacio pelo oscuro mientras se tocaba a través del bolsillo del abrigo. No tendría que esperar mucho más. Esa tarde volvería a verla.

El tren se meció y resopló, aceleró y luego frenó mientras entraba en la estación Connolly de Dublín. Un aire de anticipación se elevó con el aliento caldeado de los pasajeros mientras se preparaban para bajar. Tenía por delante un largo día de pensar en ella, de esperarla. Pero valdría la pena. A las seis y media de la tarde, sería suya.

5


En la comisaría, la inspectora Lottie Parker subió las escaleras y recorrió el pasillo. Su despacho renovado estaba al fondo del área general. La última pieza del rompecabezas que había supuesto tres años de renovaciones y ampliaciones. Incluso tenía una puerta que se cerraba como Dios manda. Pero no se acostumbraba, así que se sentó en su antiguo escritorio en la oficina principal. El sargento Mark Boyd estaba sentado frente a ella en el abarrotado espacio que compartía con los detectives Larry Kirby y Maria Lynch.

—Puedo usarlo yo, si tú no quieres —le dijo Boyd guiñándole el ojo, señalando la oficina vacía detrás de ella.

—Jamás de los jamases —dijo Lottie—. Es un buen lugar al que retirarme cuando me apetece; para cerrar la puerta y gritar en paz.

—Gritas aquí fuera la mayor parte del tiempo. Somos inmunes a tus arrebatos. —Ordenó las hojas de una carpeta y la cerró.

—¿Qué has dicho, Boyd?

—Solo digo en voz alta lo que todos pensamos —murmuró.

—Sé cuándo sobro. —Recogió su bolso de cuero gastado, se lo acomodó en el hombro, desfiló hasta su nueva oficina y cerró la puerta tras ella.

En su escritorio, apretó unas teclas y el ordenador volvió a la vida con un ruidito. Abrió la página que había inspeccionado el día anterior, clicó y amplió la fotografía de Elizabeth Byrne, de veinticinco años. No se había clasificado como una desaparición porque aún era demasiado pronto. Pero era una semana tranquila en Ragmullin, así que le había encargado a Boyd que echara un somero vistazo a la posible desaparición de Elizabeth.

Apoyó la barbilla en la mano y estudió el retrato mientras miraba los brillantes ojos de la joven. Se maravilló ante el brillo de su pelo caoba, colocado detrás de la oreja y que colgaba seductoramente sobre un ojo castaño. De forma instintiva, su mano fue hasta sus propios mechones enredados. Necesitaba hacerse el color y cortárselo. Le faltaba una semana para cobrar, pero aun así no podría permitirse los más de ochenta euros que costaba.

—¿Hay algo más que quieras que haga respecto a Elizabeth Byrne? —Boyd estaba de pie en la puerta, a medio entrar.

—No muerdo —dijo ella, tratando de evitar sonreír.

—¿En serio? Pensé que te estabas afilando los dientes hacía un momento.

—No te hagas el listillo, Boyd. Ven y siéntate.

El sargento cerró la puerta y se sentó en la silla de tela gris que Lottie había colocado en un ángulo estratégico para asegurarse de que no viera lo que estaba haciendo. Que, para ser sincera, no era gran cosa.

—¿Has conseguido algo de las cámaras de seguridad? —preguntó.

Boyd pasó las páginas del expediente que tenía sobre las rodillas haciéndolas crujir. Sus ojos examinaron una de las hojas y colocó una imagen en blanco y negro frente a ella.

—Sabes que no es oficial —dijo.

—Lo sé.

—Aún no han pasado cuarenta y ocho horas.

Lottie asintió.

—Tú solo dime lo que tienes por ahora.

—¿Por qué estás de tan mal humor esta mañana?

—¡Boyd! Solo dime qué diablos estoy mirando.

Su compañero se encogió de hombros y se inclinó sobre el escritorio.

—Esto es una captura de pantalla de la cámara de seguridad de la estación de trenes. Tomada cuando Elizabeth compraba su billete semanal, el lunes a las 5.55 de la mañana, antes de subir al tren a Dublín. Trabaja en el Centro de Servicios Financieros, es gerente de un banco alemán. Según sus compañeros, estuvo allí todo el día y salió a las 16.25 para coger el tren de las 17.10 de regreso a Ragmullin. Le he pedido ayuda a un amigo de la comisaría de la calle Store. Ha rastreado las grabaciones de las cámaras de la estación Connolly, pero de momento no la ha encontrado.

—¿Hay cámaras en todos los andenes?

—Principalmente en las líneas DART, los trenes de cercanías. Aparte de eso, están centradas en el vestíbulo general y las taquillas.

—Maldición.

—Eso es muy suave viniendo de ti.

—Estoy intentando soltar menos tacos. Katie dice que se lo voy a pegar al pequeño Louis.

—Ah, por el amor de Dios —se rio Boyd—. ¿Algún indicio de que vaya a volver a la universidad?

—¿Tú que crees? —Lottie sacudió la cabeza—. Está empecinada en ir a Nueva York para verse con Tom Rickard, el abuelo de Louis.

—Eso puede ser algo bueno.

Lottie reflexionó sobre las palabras de Boyd y recordó el trauma que había sufrido su familia el año anterior con la muerte del único hijo de Rickard, Jason, el novio de Katie. Unos meses más tarde, Katie, que por aquel entonces tenía diecinueve años, descubrió que estaba embarazada de Jason. Aplazó la universidad y ahora todo su tiempo se iba en cuidar de su hijo.

Lottie tenía que admitir que el pequeño Louis era un gran tónico para el resto de la familia. Chloe y Sean lo adoraban. Pero Katie lo estaba pasando mal, y seguía rechazando tercamente la ayuda que Lottie le ofrecía. Le había sacado el pasaporte a Louis e insistía en que iría a Nueva York. Aún no habían hablado del coste. Tal vez esa noche. Tal vez no.

—Puede que un viaje le siente bien —dijo Lottie—. Pero no estoy segura.

—Te da miedo que no quiera volver a casa, ¿es eso? —preguntó Boyd, frunciendo el ceño con seriedad.

Lottie lo observó mientras se echaba atrás y cruzaba los brazos sobre su camisa azul planchada y su inmaculada corbata azul marino. Llevaba el pelo canoso corto, como de costumbre, y su delgadez era casi excesiva, pero sin llegar a ello. Los cuarenta y pico le sentaban mejor que a ella, tenía que admitirlo. Le gustaba discutir con Boyd y sabía que él sentía algo por ella, pero su vida era demasiado complicada para embarcarse en nada serio.

—No estoy segura de nada de lo que tiene que ver con mis hijos —dijo.

—Sobre la marcha, ¿no?

—Eso. —Cogió la imagen de la cámara de vigilancia antes de que Boyd comenzara a hacer preguntas incómodas—. Una chica de veinticinco años desaparece sin dejar rastro del tren de las 17.10 de Dublín a Ragmullin un lunes por la tarde. ¿Estamos seguros de que subió al tren?

—Era pasajera habitual. He hablado con algunas personas que salieron de la estación ayer por la tarde. La mayoría dijeron que la habían visto pero no estaban seguros del día, pero dos personas juraron que subió al tren. La recordaban de pie en el pasillo antes de conseguir un asiento después de Maynooth. Pero ninguno de esos testigos puede decirnos nada más, porque ambos bajaron en la siguiente estación, Enfield.

—Pero Elizabeth nunca llegó a casa —dijo Lottie.

—Exacto.

—Puede que también bajara en Enfield.

—Las cámaras de seguridad de la estación de Enfield confirman que no fue así.

—Volvamos entonces a la estación de Ragmullin. Tienes una imagen de ella por la mañana en la cámara de seguridad. ¿Qué hay de la tarde?

—Todas las cámaras están enfocadas hacia las taquillas o el parking, pero sabemos que no tiene coche, así que debió de ir caminando a la estación el lunes por la mañana.

—Puede que se quedara en el tren y acabase en otra parte.

Boyd negó con la cabeza.

—He comprobado todas las estaciones hasta Sligo, donde finaliza el trayecto, y no hay pruebas de que estuviera a bordo aparte de los testigos que creen haberla visto antes de Enfield.

—Los medios llamarán a esto «la chica que desapareció del tren». —Imprimió la fotografía y se la dio a Boyd—. Dime lo que ves.

—Una mujer joven, con el pelo por los hombros. Un montón de pecas en la nariz, ojos marrón oscuro y labios gruesos. ¿Puedo decir que es bonita?

—¡Boyd! Te estoy preguntando sobre su personalidad. —Lottie sacudió la cabeza exasperada.

—Solo es una fotografía, no soy vidente.

—Inténtalo.

El detective suspiró.

—Parece bastante sensata. No tiene piercings ni en la nariz ni en la ceja. No hay tatuajes visibles, aunque solo se le ve la cara. Los ojos parecen claros y brillantes. Probablemente no tome drogas.

—Eso es lo que yo pensé. ¿Ha aparecido algo en sus redes sociales?

—Nada desde el domingo por la noche.

—¿Qué decía?

—Solo una publicación de Facebook con un GIF de un gato con pinta de agobiado en el que ponía: «Por favor, no me digas que mañana es lunes. Por favor».

—¿Crees que se ha fugado?

—Vive con su madre y esta ha dicho que todas sus cosas siguen en su habitación.

Lottie se levantó y cogió la chaqueta y el bolso.

—Vamos. Echemos un vistazo por su casa y veamos si podemos descubrir algo.

—Aún no han pasado cuarenta y ocho horas —replicó el sargento. 

—¿Eres un loro? Porque te repites mucho.

—Elizabeth es una adulta. Creo que te estás precipitando un poco con esto.

—Oh, por el amor de Dios, deja de quejarte. Es mejor esto que estar fuera con este frío que pela persiguiendo a flipados del tunning o intentando conseguir información sobre peleas ilegales.

—Que Dios me ayude —murmuró el detective.

Lottie abrió la puerta y miró por encima del hombro cómo Boyd se alzaba despacio y la seguía. Cuando pasó junto a ella, captó su olor a jabón y tuvo que contenerse para no cogerlo de la mano. No podía hacer nada que pudiera poner en peligro la feliz tregua que vivían en aquel momento.

—¿Por qué tanta amargura? —preguntó el detective.

—No es asunto tuyo —dijo Lottie con una sonrisa, y atravesó la oficina principal y dejó a su paso el tintineo de los radiadores enfriándose. En el pasillo, se encontró cara a cara con el comisario Corrigan.

—Precisamente venía a buscarte. A mi despacho, ahora.

Lottie se quedó mirando su corpulencia con la boca abierta. Últimamente se había portado bien. ¿O no?

—¿Qué has hecho ahora? —preguntó Boyd, que retrocedió a su despacho.

—Nada. Espero. —Cruzó los dedos mientras seguía a Corrigan por el pasillo.


* * *


—Siéntate, Parker. Sabes que me pone nervioso verte saltar de un pie al otro.

—No estoy… —Lottie cerró la boca, plegó la chaqueta colocándosela sobre el brazo e hizo lo que le ordenaba su jefe.

El comisario Corrigan acercó su silla al escritorio. Con su barriga adecuadamente acomodada, golpeteó con un bolígrafo sobre la madera y la miró. Lottie ahogó un jadeo cuando vio cuánto había empeorado su ojo. El verano pasado lo había llevado cubierto con un parche, y antes de Navidad había dicho que estaba mejor. Mejor que qué, nadie lo había preguntado, pero Lottie pensó que ahora parecía haberse deteriorado considerablemente.

—¿Quieres parar de mirarme el ojo? —dijo el comisario, que se lo frotó agresivamente y consiguió que se enrojeciera y lagrimeara aún más.

—Lo siento, señor.

—Bueno, de hecho, esta es una de las razones por las que te he llamado. —Hizo una pausa—. Tuve que visitar a otro especialista. No le gustó lo que vio. Me mandó a hacerme un escáner. Encontró un puto tumor sobre el nervio óptico. Y… —Su voz se quebró y se puso en pie. Lottie lo miró ir hacia la ventana. Mierda, esto eran malas noticias. Y sentía que aún faltaba lo peor.

—Voy a tener que dejar el trabajo una temporada.

—Lo siento.

—¿Quieres parar de decir que lo sientes? No es culpa tuya. Una de las únicas cosas, podría añadir, que no es culpa tuya por estos lares. —Se dio la vuelta y Lottie vio cuánto le molestaba tener que dejar el trabajo—. He contactado con la oficina principal y enviarán a un sustituto temporal. No hacen falta entrevistas ni esas mierdas.

—¿De verdad? Pensaba que era obligatorio hacer entrevistas para las sustituciones, incluso las cortas.

—No tengo ni puta idea de cuánto durará mi ausencia. Mi mayor preocupación es sacarme este puto tumor de la cabeza.

—Lo entiendo. Lo siento, señor.

—Joder, ¿quieres parar?

—Lo sien… —Lottie se detuvo antes de volver a decirlo. Si no iban a hacer entrevistas, ¿no tendría que asumir ella el trabajo de comisaria temporal?

—Y antes de que digas nada más, no vas a ser tú quien me sustituya. Aparentemente, tu fama de cagarla ha llegado a oídos de mis superiores, por mucho que me esfuerzo en mantener nuestras investigaciones en un ámbito local. —Hizo una pausa antes de continuar—. ¿Y cómo te encuentras desde que has vuelto al trabajo? Mejor, espero.

No hablaba solo de su salud física. La herida que había sufrido a manos de una asesina había sido el catalizador de unas revelaciones increíbles sobre la historia familiar de Lottie. Revelaciones con las que aún no podía lidiar.

—Estoy bien, señor. Estar un mes en casa me ha vuelto majara, pero ahora me siento genial. —Cruzó los dedos esperando que no ahondara más.

—Eso es bueno.

—¿Quién va a reemplazarlo, señor? ¿Alguien que yo conozca?

—El inspector David McMahon.

Lottie se levantó de golpe de la silla y dejó caer la chaqueta y el bolso.

—No puede hablar en serio. ¡McMahon! Virgen santísima, deme un respiro. —Se contuvo a duras penas para no dar una patada al suelo como una niña revoltosa—. Si él viene, yo me voy.

—Harás lo que te diga, y no dirás nada. Te vas a comportar, coño. ¿Me has oído?

—Señor, no puede permitir que pase esto. Seré el hazmerreír del distrito. Es absurdo tener a un forastero de Dublín sustituyéndole a usted cuando yo ya estoy aquí. Está fuera de lugar. Está… está….

—Está hecho. No hay más que decir. —Corrigan se dio la vuelta para volver a mirar por la ventana—. Espero que no me decepciones. Confío en que te comportes.

—No tengo cinco años, señor.

Corrigan volvió a darse la vuelta.

—Si te soy sincero, a veces me haces dudar.

Lottie recogió sus cosas del suelo. ¿Qué iba a hacer ahora? Esto era un desastre. Se detuvo junto a la puerta.

—Espero que la cirugía sea un éxito, señor. Y prometo que intentaré portarme bien mientras no esté.

—Ahora sí que suenas como si tuvieras cinco años. Pero gracias. Y, por favor, haz que McMahon se sienta bienvenido —añadió—. Aunque ambos sabemos que es un capullo.

Fuera, en el pasillo, Lottie se apoyó contra la fría pared. McMahon. ¿Qué había hecho para merecer esto? Necesitaba salir de la comisaría y reflexionar sobre las implicaciones de las malas noticias.

Se puso la chaqueta y fue a buscar a Boyd.

6


Boyd atravesó apresuradamente la comisaría y salió por la puerta principal, pero Lottie no tuvo tanta suerte. Un tumulto en la recepción la advirtió de que siguiera caminando, pero la curiosidad hizo que echara un vistazo rápido justo en el momento en que la mujer joven que gritaba se volvió para mirarla.

—¡Usted, la de ahí! Tiene pinta de que me va a escuchar. ¿Puedo hablar con usted un momento? —La joven tenía un voluminoso cabello rubio, con raíces negras, recogido en un moño alto. Unos aros enormes colgaban de sus orejas y un niño descansaba en su brazo y se chupaba el pulgar.

—¿Qué ocurre? —preguntó Lottie mientras se maldecía en silencio por no haber sido lo bastante rápida como para desaparecer detrás de Boyd.

La mujer, vestida con tejanos ceñidos y botas de cuero negro hasta las rodillas, fue hacia ella.

—Esa imbécil que hay detrás del mostrador no quiere anotar nada de lo que digo. ¿Puede pedirle que lo escriba? Sé que una vez está escrito, tienen que investigarlo.

Lottie señaló el banco de madera junto a la puerta principal y le indicó a la mujer que se sentara. Asintió con complicidad mirando a la garda Gilly O’Donoghue, a quien parecía haberle tocado cargar con el muerto de atender la recepción.

—¿Cuál es su nombre?

—Mi nombre no tiene nada que ver con esto. ¡Solo quiero denunciar lo que he oído, pero nadie me escucha!

—Estaré encantada de escuchar lo que tenga que decirme, pero si quiere que la tome en serio, necesito saber su nombre y su dirección. —Lottie sacó una libreta y un boli de su bolso.

—Si le digo eso, definitivamente no me va a creer. —La mujer abrazó al niño con fuerza.

—Póngame a prueba.

—Está bien. Veamos los pocos prejuicios que tiene. Mi nombre es Bridie McWard, y vivo en el campamento nómada.

—Vale, Bridie —dijo Lottie con calma—. ¿Qué quería decirme?

La mujer se removió inquieta en el asiento duro, aparentemente desconcertada por que Lottie estuviera dispuesta a escucharla.

—Al pequeño Tommy le está saliendo un diente, ¿sabe?, y se despierta a todas horas. Y el lunes por la noche fue especialmente malo. El diente ya ha salido, pero ha sido un cabroncete todo el fin de semana. Lo siento. Supongo que no sabrá nada de bebés llorones.

—Ahí se equivoca. Continúe.

—Como he dicho, el lunes por la noche fue una pesadilla. Me hizo levantarme como unas tres veces, y fue entonces cuando lo oí.

—¿Oír qué?

—Los gritos. Como le he dicho a la señora cabeza hueca de allí. —Señaló a la garda O’Donoghue.

Lottie sonrió para sí misma. Bridie no podía estar más equivocada. Gilly O’Donoghue era una de las policías jóvenes más brillantes de la comisaría.

—Continúe —dijo.

Bridie la miró.

—¿Sabe dónde está el campamento? El alojamiento temporal. Temporal los cojones. Lleva ahí veinticinco años. Yo nací allí, y mami ha vivido en una caravana en el campamento toda su vida, antes incluso de que construyeran las casitas. Nos crio a los ocho, sí señor, hasta que tuvo que irse al asilo. Yo soy la más joven. Ahora tenemos la casa. ¿Temporal? Ni hablar. Como sea, vivo justo al lado del cementerio.

—Lo sé —dijo Lottie. 

Acudía a menudo al cementerio para visitar la tumba de Adam, aunque no tanto como antes. Tendría que ir pronto y dejar unas rosas rojas por San Valentín. Adam probablemente se retorcería en su tumba riéndose de ella. Nunca le dieron importancia a San Valentín mientras estuvo vivo.

Bridie siguió hablando.

—Hay un muro alto entre las casas y el cementerio. Y el lunes por la noche, bueno, realmente era el martes por la mañana, oí unos gritos que venían de detrás del muro. Pensé que los muertos se habían levantado para perseguirnos. Era como una banshee, un espíritu femenino que anuncia la muerte de un familiar. Mami me dijo que la oyó una vez, hace años. Saqué a Tommy de su cuna y me volví para despertar a Paddy, mi marido. Excepto que Paddy no estaba allí. A veces hace eso. Se va a visitar a amigos y se olvida de volver a casa. Sé que me habría dicho que era una mujer estúpida y que me volviera a la cama, pero ¿cómo me iba a dormir otra vez con Tommy despierto y alguien gritando en el cementerio? Estaba cagada de miedo. Aún lo estoy, para serle sincera. —Se mordió el labio y bajó la cabeza, como si estar asustada fuera un crimen.

Lottie se quedó quieta con el boli en el aire; el único sonido que se oía era el del pequeño Tommy chupándose el pulgar con fuerza.

—¿Oyó un grito?

—Usted me cree, garda, ¿no es cierto?

—Soy la inspectora Parker, y sí, Bridie, me creo que oyera algo. Pero no sé qué. ¿Por qué no vino ayer a denunciarlo?

—Pues es que tenía que ir a lo de las ayudas. A firmar.

—Claro. ¿A qué hora de la noche del lunes oyó esos gritos?

—Lo sabía. No me cree. —Bridie se puso en pie de golpe—. En cuanto he dicho dónde vivía y mencionado las ayudas. Piensa que solo quiero hacerle perder el tiempo. Pues bien, Su Alteza inspectora, puede pensar lo que quiera. He estudiado. Hice el examen de acceso a la universidad y conseguí un trabajo. Luego me casé, tuve a Tommy y dejé el trabajo. Así que tengo que ir a firmar.

—Siéntese, Bridie. —Lottie esperó un momento mientras Bridie se dejaba caer de nuevo en el banco—. Posiblemente esté sacando esa conclusión de mí por la manera en que la han tratado en el pasado. Pero la creo. —Observó a la mujer acariciar el pelo de su hijo con los dedos cargados de anillos dorados y se mordía el labio. ¿Estaba decidiendo qué decir a continuación?

—No vi nada —dijo Bridie al final—. Nuestras ventanas están justo al lado del muro. Pero los gritos no estaban muy lejos. Venían de alguna parte al otro lado del muro. Era una mujer. Estoy segura. Normalmente hay mucho silencio por las noches. A menos que haya una pelea en el campamento, o las sirenas de las ambulancias yendo al hospital. Pero el lunes por la noche estaba helado y silencioso. Entonces oí esos gritos. El reloj marcaba las tres y cuarto. Recuerdo ver los números rojos cuando me levanté con Tommy.