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Juana y sus sueños

Bernardita Muñoz Chereau

Edición y diseño equipo Edebé Chile

Ilustraciones de Soyalegato

© Bernardita Muñoz Chereau

© 2017 Editorial Don Bosco S.A.

ISBN: 978-956-18-1167-6

Editorial Don Bosco S.A.

General Bulnes 35, Santiago de Chile

www.edebe.cl

docentes@edebe.cl

Primera edición digital, julio 2019

Ninguna parte de este libro, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, transmitida o almacenada, sea por procedimientos químicos, electrónicos o mecánicos, incluida la fotocopia, sin permiso previo y por escrito del editor.

Serie Juana

Índice

1 Juana y las Barbies

2 Juana y el regalo para la mamá

3 Cuando Juana fue al zoológico

4 Juana, Gastón y su Bá

5 Juana y el camarote

6 Juana y las lanzas

7 Juana y el ratón

8 Cuando Juana escribió un poema

9 Juana y Ninón

1 Juana y las Barbies

Juana y Betty tenían un montón de Barbies. Algunas las habían heredado de unas primas, otras las había comprado la mamá en la feria. Las heredadas podían doblar las piernas y tenían el pelo rubio brillantísimo, como los pelos que envuelven los choclos, pensaba Juana. Las de la feria eran tiesas y un poco más grandes. Pero todas tenían la piel clara, los ojos azules, la nariz respingada y una sonrisa que mostraba una hilera de dientes blancos.

A Betty le encantaba peinar a las Barbies y, sobre todo, vestirlas. Con la abuela habían confeccionado unos abrigos de lana que hacían juego con la ropa. El problema era que cada vez que Juana y Betty se proponían jugar a las Barbies, Betty no se decidía por una tenida y quería cambiarles de ropa una y otra vez. ¿Se verá mejor la falda rosada con el abrigo blanco, o con el verde? ¿Le hago moño o le dejo el pelo suelto? ¿Le pongo los tacos dorados o las botas vaqueras?

Mientras tanto, Juana se ponía a ordenar los cojines para que parecieran un departamento, un castillo o un salón de baile. Porque la idea era que las Barbies se estaban preparando para salir a una fiesta. Pero tanto demoraba Betty, que las llamaban a almorzar o a hacer las tareas y nunca alcanzaban a llegar a la fiesta.

Una tarde en que Juana se había quedado con ganas de jugar, sacó las Barbies al patio. Se le ocurrió que podían andar de excursión por la selva amazónica. Pero al tomar a una, elegantemente vestida, los zapatos de taco alto se le cayeron y Juana tuvo que ponerse a buscar en cuatro patas entre la espesa enredadera hasta dar con ellos.

No, no era buena idea, porque ¿quién iba a ir de excursión a la selva vestida como para ir a una fiesta lujosa? Entonces a Juana se le ocurrió una idea mejor. De a poco desvistió a todas las muñecas, dejando encima de la mesa del patio una ruma de ropa diminuta. Ahora, con las Barbies piluchas, no tenía que preocuparse de no estropearles la ropa. Pero, ¿quién anda pilucha por la naturaleza? Juana se acordó de los onas, ese pueblo nómade que vivía en la Patagonia y que se cubría solo con pieles de animales y dibujos.

Pero al observar detenidamente a las Barbies, Juana se dio cuenta de que esos cuerpos con cintura de avispa, pechugas como dos nudillos y talones en alto, no se parecían en nada a las fotos de las mujeres onas de pelo negro, piel morena e intensos ojos oscuros que ella había visto en ese libro en la casa del tío Raúl.