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Juana y sus aventuras

Bernardita Muñoz Chereau

Edición y diseño equipo Edebé Chile

Ilustraciones de Soyalegato

© Bernardita Muñoz Chereau

© 2017 by Editorial Don Bosco S.A.

Registro de Propiedad Intelectual N° A-288060

ISBN: 978-956-18-1168-3

Editorial Don Bosco S.A.

General Bulnes 35, Santiago de Chile

www.edebe.cl

docentes@edebe.cl

Primera edición digital, julio 2019

Ninguna parte de este libro, incluido el diseño de la portada, puede ser reproducida, transmitida o almacenada, sea por procedimientos químicos, electrónicos o mecánicos, incluida la fotocopia, sin permiso previo y por escrito del editor.

Serie Juana

Índice

1 Juana y los patos

2 Cuando Juana ganó una apuesta

3 Juana y el elefante

4 Juana y los platos rotos

5 Juana y las lágrimas

6 Cuando Juana casi se ahogó

7 Cuando Juana y Adela se fueron de vacaciones

8 Juana y el pervertido

9 Juana y la rifa

1 Juana y los patos

Cuando Juana era pequeña había una laguna en el parque al que solía ir a jugar. Primero unos hombres con unas retroexcavadoras hicieron un gran hoyo. Luego lo cubrieron con una malla negra. Ese invierno el hoyo se fue llenando con el agua de lluvia. Luego aparecieron las algas. Las flores de loto, lirios y juncos fueron rodeando poco a poco la laguna. Llegaron después las primeras libélulas. A Juana le gustaba observarlas cruzando la laguna como pequeños helicópteros azules y verdes bailando en el aire.

Un día, a comienzos de la primavera, cuando el agua parecía gelatina de tantos huevos de sapos que Juana no sabía de dónde habían salido, una pareja de patos aterrizó en medio de la laguna. En un dos por tres, se comieron todos los guarisapos y al parecer disfrutaron tanto el festín, que se quedaron a vivir ahí. El pato era café con plumas verdes y azul metálico; la pata era de un café más oscuro, jaspeado con gris y vainilla, lo que le permitía camuflarse fácilmente entre los pastizales. A Juana le gustaba mucho observarlos mientras nadaban y hundían su cabeza dejando sólo sus colitas en la superficie.

Un día en que Juana y su familia estaban haciendo un picnic frente a la laguna, la pata se salió del agua, corrió en dirección a Juana, y de un picotazo se comió un pedazo de pan que se le había caído al suelo. Juana le tiró otro pedazo y la pata se lo zampó. Luego empezó a perseguirla por todos lados. Si Juana subía una loma, la pata iba detrás de ella. Si se sentaba en un banco, se quedaba al aguaite hasta que Juana reemprendiera su camino.

Al final de ese verano, cuando Juana volvió a la laguna, no encontró rastros de los patos. “¡Qué mala pata! –pensó Juana– ¿se los habrá comido otro animal?”. A Juana se le apretó el corazón al recordar una foto que había visto en una enciclopedia donde un búho atrapa con sus garras a un ratón junto a una leyenda que decía:

Para el continuo equilibrio del reino animal, los animales se comen los unos a los otros.

Se puso entonces a recorrer la laguna. Mirando con cuidado los bordes, buscó rastros de los patos. Al poco rato encontró unas plumas que eran inequívocamente azul metálico. Juana las recogió, mientras pensaba en ese cuento de Beatrix Potter en que un zorro se hace amigo de la pata Jamima para comérsela. Si bien los perros de la granja la salvaban, se terminan comiendo los huevos que esta había puesto. Entonces Juana pensó que al igual que Jamima tal vez la pata había puesto huevos. En eso estaba pensando, cuando escuchó un inconfundible cua cua que venía de debajo de unos matorrales. Juana se acercó sigilosamente y se sorprendió al encontrar a la pata empollando unos huevos celestes, como el cielo en un día soleado. Juana no quiso molestarla, sólo le dejó un pedazo de pan cerca de su nido.