PEDRO OLALLA

GRECIA EN EL AIRE

HERENCIAS Y DESAFÍOS

DE LA ANTIGUA DEMOCRACIA

ATENIENSE VISTOS DESDE

LA ATENAS ACTUAL

ACAN

ACANTILADO

BARCELONA 2019

CONTENIDO

Nota del autor

Colina de las Ninfas

Desde las rocas de la cima

Por Melite, hacia Pnyx

Bajando de Pnyx

Por la Roca del Areópago

Bajando hacia Thiseio

En el Ágora clásica

Junto al pórtico Real

En el pórtico de Zeus Eleuterio

Con las divinidades protectoras de los jonios

Ante el Altar de los Héroes Epónimos

Junto a los restos del Bouleuterion y el Metroon

La Tholos

En torno a los tribunales

Entre los árboles

Por el sur del Ágora

Junto a la linde del Ágora

En el antiguo barrio de los marmolistas

Saliendo del Ágora

En el Cerámico

Llegando a la Academia

De regreso por el barrio del Cerámico

En el Museo de la Acrópolis

Hacia el Ágora romana

Por las calles de Monastiraki

Junto a la Biblioteca de Adriano

Hermes, esquina Eolo

Por las calles que suben hacia el Parlamento

Ya en Syntagma

Bibliografía

[Acantilado no se responsabiliza del contenido de ninguno de los portales de la red mencionados en el libro].

«…῾Eλλάς ἅπασα μετέωρος ἦν»

[… toda Grecia estaba en el aire].

TUCÍDIDES,

Guerra del Peloponeso, 2.8

NOTA DEL AUTOR

Este libro fue escrito en Atenas, entre 2010 y 2014, mientras toda Grecia se derrumbaba. Las ideas que en él se recogen han surgido de los hechos, del contacto consciente con la ciudad antigua y nueva, de la vivencia cotidiana del abuso, la mentira, la pasividad, la impotencia y la injusticia. En cuanto al contenido histórico, arqueológico y filológico, ningún dato ha llegado a esta obra que no haya sido hallado en las fuentes de época o contrastado en investigaciones de solvencia. Sólo las opiniones personales flotan ingrávidas—en el aire, también—sobre la conciencia del autor.

COLINA DE LAS NINFAS

Allá arriba, detrás del azul más profundo, está el éter, misterioso y sutil. Más abajo está el aire, diáfano y ágil. Después, al ir bajando poco a poco la mirada, el azul se diluye en una claridad dorada que se posa sobre la fina línea de las cumbres. Es tò attikón fos, la legendaria luz del Ática, que incendia el color de la piel, el blanco de las rocas y el verde de los cipreses y los pinos. Más abajo, en la distancia, aparecen las costas del Peloponeso, el perfil de la isla de Egina—con la cumbre del monte Helanio como una pirámide azul—, Angistri y el estrecho de Metope, el golfo Sarónico, la colina de la antigua Muniquia, Salamina, los montes Egaleo y Parnes; y más a la derecha, Pentele, Licabeto, la Acrópolis, el Himeto y la colina de las Musas. Y, por debajo de este horizonte natural, se extiende la ciudad: una ciudad inmensa, que, como una marea, sube desde las costas hasta el pie de los montes y rompe contra los cantiles de esta colina de las Ninfas; una ciudad aparentemente blanca, por cuyas grietas asoman desgarrados los logros del pasado y los desasosiegos del presente; una extraña ciudad que, hace milenios, señaló ideales que aún siguen siendo revolucionarios.

Sin duda, Grecia está aquí abajo, en esta ciudad; también está ahí al fondo, en ese mar, que inspiró las primeras palabras escritas sobre el mar; y está sin duda en esta tierra adusta donde piso, de la que aún salen esquirlas de su despedazada memoria. Pero Grecia, como herencia, como desafío y como voluntad, está sobre todo en el aire, repartida, ingrávida, como una patria del espíritu.

«…῾Eλλάς ἅπασα μετέωρος ἦν»,1 escribió Tucídides: «…toda Grecia estaba en el aire». Metéoros refiere lo que está en el aire, lo que está suspendido, flotando; también lo que está en vilo, lo incierto; y, por último, lo que está aún pendiente de su cumplimiento. Así, en el aire, dice el historiador que estaba toda Grecia cuando Esparta venía contra Atenas por esas colinas azuladas que se ven ahí al fondo y había en ambos bandos jóvenes temerarios e incautos dispuestos a emprender una guerra. Hoy, Grecia, que es al tiempo un país y un desafío ético, sigue en el aire, flotando, desgranada. También incierta, pendiente de su cumplimiento. Y, por supuesto, en vilo, amenazada siempre.

Para empezar, hay que estar dispuesto a aceptar que las actitudes y conquistas que hoy consideramos un valioso legado de los griegos fueron en realidad gestos de resistencia: la rebeldía de algunos individuos, griegos de sangre o de espíritu, ante la propia sociedad en que vivieron. Incluso en los momentos recordados como de mayor esplendor, una cosa fueron las aspiraciones y otra la realidad dominante. Ambas fueron Grecia, y a menudo pensamos en su herencia atrapados en esta confusión. Pero lo cierto es que entonces, igual que ahora y que siempre, hicieron avanzar al hombre quienes trataron de luchar contra la injusticia y la ignorancia, y lo hicieron hundirse, quienes, por conveniencia o ignorancia aún mayor, optaron por favorecerlas.

DESDE LAS ROCAS DE LA CIMA

Vista desde aquí arriba, la ciudad parece casi un elemento del paisaje: un elemento natural, como el mar o los montes, ajeno a las pasiones de los hombres. Pero ¿qué se agita allá abajo? ¿Qué está pasando en esa cota humana, que desde aquí parece distante y anecdótica, como observada por los dioses desde un friso indolente?

No es fácil resumirlo. Desde principios del año 2010, por señalar un punto de partida cercano, Grecia está siendo objeto de una incesante e impune operación de extorsión y saqueo en nombre de una controvertida «deuda». Todos los que vivimos aquí nos hemos convertido en sus titulares: sus beneficiarios son elites locales y foráneas. Nada de esto es nuevo; ha sucedido ya muchas veces en América Latina, en el África Subsahariana, en el Magreb, en los países del sudeste asiático o en todos los del llamado Tercer Mundo. Tampoco en Grecia es nuevo, pues, desde que consiguió independizarse del Imperio otomano, ha estado endeudada con las potencias europeas y ha declarado ya cuatro bancarrotas, sin contar la actual, aún encubierta. Pero ésa es otra historia. Lo novedoso es que, ahora, por vez primera, todo se lleva a cabo dentro de las fronteras de la Unión Europea y dentro del espacio de una moneda única ajena al control del Estado y, claro está, del pueblo.

En términos históricos, podría decirse que lo que está pasando es que quienes controlan en el mundo el poder financiero se están haciendo con el poder político a través de la creación y de la explotación de la deuda; que lo están haciendo impunemente con la connivencia de muchos gobernantes y ante la pasividad y la incapacidad de reacción organizada por parte de los gobernados; que el poder de facto se está convirtiendo en un poder de iure gracias a gobiernos de tecnócratas y marionetas; que controvertidas teorías económicas han sido elevadas interesadamente a la categoría de dogmas políticos; que todas las acciones de quienes hoy gestionan esta «crisis» no van encaminadas a ponerle fin, sino a sacar de ella el máximo provecho en beneficio propio; que la única evidencia incuestionable es que la riqueza fluye cada vez hacia menos manos, y que todos los sacrificios que se le exigen ahora al pueblo griego no son para combatir un sistema perverso, sino para darle continuidad.

El resultado está siendo el expolio: una sociedad anónima de derecho privado regida por tecnócratas del ámbito financiero y empresarial2 ejecuta de manera implacable el mayor programa de privatizaciones que actualmente se realiza en el mundo;3 los servicios públicos—dinamitados previa y premeditadamente por el clientelismo político y por una administración irresponsable—corren ahora a manos de corporaciones privadas ávidas de hacerse con su prometedora gestión; la democracia ha presenciado miles de movilizaciones en su nombre sofocadas con armas químicas y abultados dispositivos antidisturbios, ha conocido un presidente de gobierno impuesto por los acreedores,4 ha tenido elecciones donde han triunfado el miedo y el inmovilismo, está representada por diputados que no se atreven a circular entre los ciudadanos, y asiste cada día a un parlamento donde los «compromisos internacionales» marcan la pauta de gobierno por encima y en contra de los derechos y las necesidades de las personas y faltando a los principios constitucionales; cientos de miles de jóvenes, con buena y costosa formación y al comienzo de su carrera profesional, emigran al extranjero en busca de trabajo, mientras el mercado laboral interno—a base de rebajar salarios y hacer crecer el paro y la precariedad—está lleno de gente dispuesta a cualquier cosa, incluso a trabajar sin cobrar con la ilusión perversa de conservar su empleo algún tiempo más; la pérdida de conquistas sociales se traduce en imágenes cotidianas de despedidos sin derecho al subsidio, de jubilados hurgando en la basura, de hospitales sin gasas, de farmacias sin medicamentos, de familias sin electricidad y sin petróleo, de colas ingentes en las cocinas de beneficencia, de proselitismo nazi a cambio de alimento, de violencia policial y de ataques furibundos a los inmigrantes. No es fácil, en verdad, de resumir. Pero, al margen de esto, sólo hace falta un dato para tomar conciencia suficiente de la tragedia: en los últimos cuatro años, más de tres mil quinientas personas se han quitado la vida. Que se sepa; porque muchas familias lo ocultan por cuestiones de fe, por dolor, por vergüenza. Desde que empezó la «crisis» hasta hoy, más de una persona se ha suicidado cada día. No han sido sólo el farmacéutico Dimitris Christoulas, que se pegó un tiro una mañana apoyado en un ciprés mirando al Parlamento, o el maestro Savvas Metikidis, que escribió en un papel una condena del abuso político y se colgó del techo. Han sido cientos y cientos más, con nombres y apellidos, privados de sentido y esperanza. Sólo esto debería bastar para hacerse una idea de lo que está pasando allá abajo, para demostrar y condenar el abominable fracaso.

«Soy consciente, y de mí se apodera el dolor | viendo herida la tierra más antigua de Jonia…». Con estas palabras de lamento, comienza Solón su elegía dirigida a una Atenas herida. Fue en los primeros años del siglo VI a. C. Ahí arriba, en la Roca Sagrada, no habían sido construidos aún los templos de piedra adornados con leones que devoran toros ni habían sido erigidas las estatuas de los jóvenes que sonríen felices y serenos. Era todavía muy pronto. De hecho, la poesía de Solón fue tal vez la primera obra artística de la que Atenas pudo sentir orgullo. En aquellos versos, Solón introducía una nueva materia poética: frente al esfuerzo épico de los héroes antiguos, el esfuerzo cotidiano de los hombres por tratar de vivir en armonía; frente a las alegrías y las penas íntimas, el intenso deseo de igualdad y de prosperidad común. El tema de su poesía fue decididamente la salvación de la ciudad.

Y eso, nada menos—la salvación de la ciudad—, le encomendaron de común acuerdo todos los atenienses al nombrarlo árbitro de los graves conflictos que enfrentaban entonces a pobres y ricos e investirlo señor de los asuntos públicos con la urgente misión de organizar la patria. Solón pudo en aquel momento haberse convertido en un tirano, y muchos atenienses le habrían ayudado a conseguirlo. Corinto tenía a Periandro, Mégara a Teágenes, Sición a Clístenes… Pero el poeta vislumbró una vía nueva para tratar de evitar la guerra civil: hacer crecer la participación de todos en la gestión de lo común.

Convencido de que la ciudad nunca se curaría si el mal que la aquejaba no era arrancado de raíz, Solón decretó la seisachtheia o ‘alivio de las cargas’: la nulidad de las deudas que esclavizaban a gran parte de la población y la prohibición de estipular en adelante préstamos avalados por la libertad personal. Llamado para conciliar a ricos y pobres en una sociedad amenazada donde los muchos eran esclavos de los pocos, tomó una decisión audaz: sacrificar las ambiciones de los acreedores en favor de la supervivencia de los deudores, situar al hombre por encima de la riqueza en la base de su nuevo sistema político.

Así, arrancó de los campos los mojones de madera y de piedra que establecían estos cánones de servidumbre, puso límite al derecho de herencia y a la extensión de tierra que un hombre podía poseer; pero, prudentemente, no llevó hasta el final las pretensiones de los pobres y se abstuvo de realizar una repartición. A cambio, dio a los desheredados algo que nunca habían disfrutado antes, algo de mucho más valor: los hizo miembros de derecho en la nueva asamblea y en los nuevos tribunales, es decir, los implicó directamente en las tareas de gobierno y en la administración de la justicia.

En los días de Solón, el proceso que con el tiempo acabaría conduciendo a la democracia se puso en marcha a raíz de una desigualdad económica que generaba una injusticia social. El poeta intentó crear un sistema para que los ricos no pudieran abusar de los pobres, intentó desvincular el poder de la riqueza y vincular la soberanía al individuo; intentó corregir la desigualdad económica avanzando hacia la igualdad política; e intentó, sobre todo, que la libertad dejara de estar supeditada a la posesión de recursos. Comenzó ahí un empeño llamado a convertirse en un reto eterno: la búsqueda de la justicia social, el propósito de combatir con argumentos éticos la desigualdad que generan los bajos instintos, la fuerza bruta, o incluso la fortuna o la naturaleza. Una acción generosa del hombre para con el hombre, consciente a la vez de su debilidad y de su fortaleza.

La seisachtheia, la valiente decisión de suprimir entre los atenienses la esclavitud por deudas, fue sin duda una de las acciones que abrió definitivamente paso al nacimiento de los conceptos de dignidad humana, ciudadanía y democracia. Hoy, veintiséis siglos después, no sólo no ha sido erradicada la esclavitud por deudas, sino que el objetivo último de los poderes que ahora nos gobiernan no parece ser otro que ése: esclavizar de facto a la humanidad a través de la deuda.

Y todas esas cosas por las que levanté al pueblo

una por una las he ido cumpliendo.

Testigo de ello sea, en el juicio del tiempo,

la gran madre de los dioses olímpicos,

la mejor, la negra Tierra,

de la que yo arranqué los mojones

que tenía clavados por doquier,

y, ahí donde era esclava, ahora es libre.

Y a muchos hombres a la divina patria

de Atenas devolví, que andaban,

justa o injustamente, de la necesidad llevados

y huyendo de las deudas, hablando

por el mundo perdidos la lengua del Ática,

y a otros que aquí mismo fueron esclavizados

y fueron por el miedo rendidos a sus amos

también los hice libres. Todo esto llevé a cabo

conciliando la fuerza y la justicia,

tal como prometí. Y dejé escritas leyes

para el bueno y el malo

según les corresponde en rectitud.

Y si a otro en mi lugar

le hubiera sido dado el arbitraje,

insensato varón o codicioso,

no habría mantenido al pueblo unido,

pues si hubiera cedido a todo lo que entonces

demandaban los ricos, o bien

a lo que para sí reclamaban los pobres,

viuda de muchos hombres sería la ciudad ahora.

Yo, sin embargo, tomando de todas partes fuerza,

hacia los muchos perros me volví como un lobo.5

POR MELITE, HACIA PNYX

Avanzando a saltos y zancadas por la cresta pelada de la colina de las Ninfas, se percibe muy bien que el monte entero es una sola roca, enorme, compacta, pulida por el agua y el tiempo, llena de cortes geométricos limpios y misteriosos sobre los que un día estuvieron asentados los cimientos de las casas del antiguo barrio de Melite. En ellas vivieron Temístocles, Milcíades, Cimón… Algo extraño hay en la desnudez de este paraje que hace que parezca que aún están aquí.

Una garita abandonada ocupa hoy el lugar donde un día estuvieron las Puertas Meliteas. Más adelante, avanzando entre pinos, algarrobos y olivos silvestres, aparece de repente, en un claro, la vista más rotunda de la Acrópolis. Frontal, inesperada, llena de luz propia, erguida sobre un bosque que la empuja con fuerza hacia el cielo. Éste es el lugar que los antiguos atenienses llamaban Las Rocas, una explanada en alto utilizada para reuniones probablemente desde el comienzo mismo de la historia de Atenas. Hoy, un lugar casi siempre vacío, un extraño oasis de aire y piedra, algo así como un cráter en la cima de la ciudad. Éste es el espacio donde se reunía la Asamblea, el conjunto de los ciudadanos con voz y con voto. Si hay un lugar concreto donde nació la democracia, ese lugar fue aquí, en las Rocas de Pnyx.

En la parte más alta de la ladera que mira a la ciudad, hay un enorme corte hecho en la piedra viva. Se realizó a finales del siglo IV a. C., durante las últimas obras de acondicionamiento de este lugar de encuentro. Fue hecho para esculpir del propio suelo una tribuna para los oradores; una tribuna que hoy sigue aquí, tal cual, porque no es más que una discreta modulación humana del terreno. Detrás de ella, también sobre la roca, fue erigido un altar a Zeus en su advocación de Agoraios, de protector de quienes usan públicamente la palabra. La cávea que alojaba a los ciudadanos llegaba entonces hasta esa línea de cipreses de allá abajo, que hoy crecen sobre los gigantescos sillares del muro de contención levantado en su día para darle al hemiciclo caída hacia aquí, hacia la tribuna. Todo fue ampliación de otra cávea anterior, del tiempo de los Treinta Tiranos, que también daba la espalda a la ciudad. Pero antes, en tiempos de Temístocles y de Pericles, el pueblo se sentaba igual que hoy, directamente sobre la ladera, mirando a Atenas. La tribuna era una piedra colocada ahí mismo, pocos metros más abajo, rodeada de algunos bancos de madera para los pritanes. Los demás, tal vez traían un cojín o una banqueta, o se sentaban en el suelo, sobre esta misma roca que retiene el calor, igual que ahora. El orador tenía frente a frente a sus conciudadanos, a una distancia corta, y por encima de ellos veía sólo los árboles y el cielo. Los ciudadanos miraban a sus casas, a sus campos, veían a la izquierda el monte Parnes, a la derecha el Himeto, y al frente Pentele, Licabeto, el Areópago y la Acrópolis. Y de fondo escuchaban el viento y las cigarras. Todo eso sigue aquí, como si sólo hubieran desaparecido los hombres. Nicias lo dijo claramente: «Vosotros podréis poner de nuevo en pie la fuerza derrumbada de la ciudad; porque la ciudad son los hombres, y no los muros ni los barcos vacíos».6

Desde el comienzo de ese esfuerzo griego por construir un espacio artificial y humano donde fuera posible la justicia y donde el destino común estuviera regido por la voluntad de los hombres, los ciudadanos fueron la ciudad, y, por tanto, el Estado. No existía un Estado ajeno a los ciudadanos. Ya desde las osadas medidas de Solón para implicar a todos en las decisiones, el Estado nació como una organización orientada a defender el interés común y los derechos individuales frente a los intereses particulares y la arbitrariedad de las familias poderosas y de sus instrumentos de dominio. Es decir, desde el primer paso, el Estado comenzó a construirse como un Todos frente a un Ellos.

Aquellos atenienses reunidos aquí estaban inventando entonces algo nuevo: la ciudadanía. Es cierto; hasta aquel momento, el hombre no había sido nunca ciudadano. Existían en el mundo culturas piramidales, de poder concentrado en un rey-dios o repartido entre una casta, pero no culturas de ciudadanía. La ciudadanía nació en este lugar, con aquellos que, por vez primera, se reconocieron mutuamente como partícipes de un «poder indefinido», de una ἀόριστος ἀρχή7 que emana de la esencia política de la propia sociedad, que está siempre vigente en el conjunto de sus miembros, y de la que cada uno de ellos es legítimo portador activo cuando se pronuncia en la asamblea o en los tribunales.8 Fue así, con este pacto consciente, como nació la democracia. A la historiografía convencional le gusta repetir, no obstante, que las victorias sobre los persas y el subsiguiente impulso económico y moral dejaron el camino expedito para la aparición de la democracia. ¡Qué simpleza! Todos sabemos bien que hubo en el mundo muchas victorias que trajeron consigo sentimientos de euforia y prosperidad material y que, sin embargo, no alumbraron en absoluto nada parecido. La democracia surgió del alma de los griegos, que desde Homero y Hesíodo habían comprendido que la vida de cada ser humano es única y más valiosa que cualquier tesoro o cualquier ambición. Surgió de su afán por defender lo inherente al hombre, de su incesante búsqueda de lo universal, y del convencimiento de que la idea de justicia y el impulso de la voluntad habitan por naturaleza en cada uno de los seres humanos. La democracia surgió de una búsqueda a tientas de algo sin precedentes, surgió de un arduo proceso de toma de conciencia, de conciliación y de renuncia, anterior y ajeno a las victorias sobre los persas. Y el logro fue enorme: nunca la opinión de un hombre común tuvo tanto peso político como lo tuvo la de quienes entonces se reunían en esta explanada. Aquella experiencia—con todos los defectos que puedan señalársele—confirió a la sociedad del momento unos sentimientos de libertad, justicia, igualdad, responsabilidad e implicación en la definición y en la defensa del interés común desconocidos hasta entonces y, desgraciadamente, en las épocas que vinieron después. Así, en estado puro, vista desde lo alto de esta roca, la democracia parece otra Acrópolis, erguida como una idea que no le teme al tiempo.

Por alguna razón, fueron las creaciones y los ideales de aquella sociedad ateniense los que influyeron para siempre en la posteridad, y no las creaciones ni los proyectos de otro tipo de sociedades, griegas incluso, como la espartana. Y es que, en el fondo, la historia de la democracia ateniense no es sino la historia del paso progresivo del poder a manos de los ciudadanos. Por eso hoy tal vez tenga sentido rastrear por los rincones de esta ciudad infatigable lo que condujo entonces a aquel impresionante logro; rastrear sus herencias y también reconocer sus retos; y hacerlo ahora, como algo inaplazable, ahora que en nuestras deficientes democracias las decisiones reales se toman cada vez más y más lejos de la ciudadanía.

BAJANDO DE PNYX

Bajemos, pues, a «la ilustre ciudad»—τὸ κλεινόν ἄστυen busca de vestigios de la democracia, en busca de carbones de aquella antigua hoguera que ardió al pie de estos montes y que hoy se niega a extinguirse sobre esta misma tierra. Mientras comienzo a descender por la falda de Pnyx en dirección a la colina del Areópago, saludo desde lejos a un desconocido que suelo cruzarme por este lugar y me viene a la mente otra curiosa idea sobre el olvidado legado del viejo poeta. Solón, en su propósito de concebir un nuevo orden para la implicación de todos los ciudadanos en la toma de decisiones políticas, dejó excluidos de las magistraturas y los cargos a los estamentos más pobres. Nos puede parecer un trato desigual, pero no olvidemos que sus audaces leyes no fueron sino un pacto de alto riesgo orientado a la conciliación en momentos de grave peligro. A cambio de esta restricción—que no privaba en realidad a los más pobres de nada de lo que hubieran disfrutado hasta entonces—, Solón consiguió sin embargo una conquista incuestionable. Puso por vez primera al alcance de todos algo de suma trascendencia: el derecho a la palabra.

Para la mayoría de los que se sentaron entonces en aquellas primeras asambleas debió de ser como vivir un sueño del tiempo de los héroes homéricos, del tiempo legendario en que el humilde Tersites, aun a riesgo de una reprimenda, podía levantarse y tomar la palabra para oponerse al rey;9 en que Néstor, acabado el banquete, podía dirigirse a Agamenón y decirle con aplomo: «Es preciso que expongas tu opinión y escuches la de otros, e incluso que le des cumplimiento a la de quien, llevado de su ánimo, hable por bien de todos…».10

En Esparta, la máxima expresión individual de voluntad nunca fue más allá de gritar con fuerza durante la elección de magistrados al oír el nombre de los candidatos propuestos para que, de este modo, las autoridades designaran a los más aclamados. Aquí, en Atenas, a partir de Solón, cada ciudadano tuvo un voto, la posibilidad de argumentar en un discurso público y la responsabilidad en la utilización de su propia palabra. Más tarde, cuando la democracia dejó poco a poco de parecer una quimera, Eurípides puso este logro en boca de Teseo, el gran héroe de Atenas, para que todos lo escucharan bien alto desde las gradas del teatro: «¿Quién tiene un pensamiento útil a la ciudad | y desea expresarlo ante todos? | Aquí el que quiere habla, o calla. | ¿Qué otra igualdad mejor conoces tú?».11 De este modo, la isegoria, o ‘igualdad en el uso de la palabra’, fue una conquista previa a la isopoliteia, o ‘igualdad de derechos políticos’, y previa también—o al menos simultánea—a la preciada isonomia, o ‘igualdad ante la ley’. Dicho de otra forma, desde el principio, el difícil camino hacia la democracia fue recorrido por los atenienses a lomos de la palabra hablada.

Pero la isegoria, aunque crucial, era sólo un derecho, y para sustentar la democracia en la palabra no bastaba un derecho, era necesaria también una virtud: la virtud de atreverse a usarla para decir la verdad. Esa virtud se llamó parrhesia. Apenas cuatro frases conservan la memoria de lo que ese concepto significó para la democracia. Escasos fragmentos de Eurípides, Isócrates, Demóstenes y Polibio12 nos dan a conocer una virtud también escasa. La parrhesia no es sólo honestidad, sino valor: valor para oponerse a una mentira cómoda, para abrir una brecha en el silencio, para dejar en evidencia una falacia. No es sólo conocimiento, sino también responsabilidad y riesgo. No es sólo consciencia, sino también acción. Es una relación activa con la verdad. Sin parrhesia, la isegoria no es más que un cascarón vacío. ¿Hay parrhesia hoy en nuestras democracias?

Ellos y Nosotros. Si hay un punto que puede expresar gráficamente la divergencia entre la antigua democracia ateniense y la actual, es la percepción de esta oposición. El ciudadano antiguo nunca la entendería. Aun si se sintiera defraudado por la política de la ciudad, se sentiría parte de ella. Sólo habría un Nosotros.

Hoy, sin embargo, los ciudadanos nos vemos enfrentados a Ellos, a la política de Ellos. Durante los últimos cuatro años, ha habido en Grecia varias huelgas generales y más de dos mil movilizaciones y protestas contra la política del gobierno, la mayoría aquí abajo, en las calles de Atenas. Y aun así, dicha política no se ha apartado un ápice de su línea maestra. Millones de personas han perdido sus trabajos, sus prestaciones, su independencia económica, su posibilidad de desarrollo, sus proyectos vitales, incluso muchas han perdido sus casas y sus vidas; mientras Ellos, lejos de prestar oídos, han gaseado a los ciudadanos cada vez que éstos, por no sentirse cómplices del abuso y la injusticia, han salido a la calle a clamar que se detengan los sacrificios humanos, a intentar impedir los pactos sibilinos que están siendo firmados en su nombre, a pedir responsabilidad a los políticos impunes, a demandar más verdad, menos ocultación, menos pleitesía al mundo financiero, menos voto de obediencia al partido y más lealtad al pueblo soberano; a intentar ser escuchados por Ellos mientras en las calles arden contenedores de basura y en el Parlamento arden conquistas democráticas. Pero, aun así, en todos estos años, no se ha admitido nunca un referéndum, ni una sola consulta, ni un diálogo fuera de los partidos, ni un oído abierto, ni una sola moción o propuesta de ley que saliera de la ciudadanía.

No hay que perder de vista que, en la Antigüedad, la democracia tuvo muchos escépticos y fue constantemente cuestionada. En la época de la Revolución americana y la francesa, cuando el término empezó a aparecer de nuevo, lo hizo como un concepto subversivo que despertó el recelo del poder establecido. Ahora, curiosamente, «democracia» es un término de connotaciones positivas universales. Casi todos los países del mundo, desde Estados Unidos hasta la República Democrática del Congo, se declaran a sí mismos Estados democráticos. Sin embargo, la idea de que el poder sea ejercido por el pueblo sigue siendo—como lo fue aquí, en sus orígenes atenienses—una idea radical y revolucionaria. Ahora, todos somos demócratas, todo son democracias… ¿Es posible que el establishment actual se haya vuelto realmente democrático? ¿O vivimos en una ficción, en una falacia?

A la vista de lo que está pasando, se podría afirmar sin ambages que la democracia actual utiliza el sistema de voto y el prestigioso nombre de la antigua para legitimar los intereses de una oligarquía encubierta. Y frente a esta tremenda impostura, la falta de participación ciudadana, el cultivo silencioso de la desafección política, las intrincadas estructuras de representación, la mecánica de los partidos, los intereses que se defienden, el poder de los grupos de presión, las flagrantes desigualdades de hecho y, sobre todo, la creciente brecha entre Ellos y Nosotros, bastan para afirmar que nuestras democracias modernas no son, como se dice, una versión realista y adaptada a las necesidades del presente de la antigua democracia ateniense. No. Son algo bien distinto: son su negación.