Edición en formato digital: junio de 2019
Título original: Crow
En cubierta: ilustración de © iStock.com / Andrew Howe
Diseño gráfico: Ediciones Siruela
© Boria Sax, 2003 and 2017
Crow by Boria Sax was first published by Reaktion Books,
London, UK, 2003, replublished in 2017
© De la traducción, Julio Hermoso
© Ediciones Siruela, S. A., 2019
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Ediciones Siruela, S. A.
c/ Almagro 25, ppal. dcha.
www.siruela.com
ISBN: 978-84-17860-66-0
Conversión a formato digital: María Belloso
Prefacio
Introducción
UNO
Mesopotamia
DOS
Egipto, Grecia y Roma
TRES
La Edad Media y el Renacimiento en Europa
CUATRO
Asia
CINCO
La cultura de los nativos americanos
SEIS
La época del Romanticismo
SIETE
El Señor de los Cuervos
OCHO
A partir del siglo XX
Cronología del cuervo
Bibliografía
Agradecimientos
Agradecimientos de las ilustraciones
Hace algunos años que el editor Jonathan Burt me pidió que escribiese el primer título de una nueva colección de la editorial Reaktion Books titulada «Animal» y me dijo que podía escoger la criatura que yo quisiera. Elegí el cuervo, un animal con tantas dimensiones que de ninguna manera podría reducirse a estereotipo alguno. Cuando empecé a escribir el presente libro, mi planteamiento fue el de dejar a un lado numerosos protocolos académicos y concentrarme, simplemente, en todo aquello que tenía de especial el tema que había elegido. En ocasiones, puedo haber llegado a ser tan idiosincrásico como los propios córvidos.
Hay partes de Cuervo que, de forma inevitable, han quedado desfasadas. Esto concierne de manera especial al debate sobre los cuervos de la Torre de Londres, que yo mismo he demostrado que llevan allí más o menos desde 1883, y no, como dicen las guías turísticas, desde el reinado de Carlos II de Inglaterra o antes. Los cuervos se trajeron para ambientar la Torre de Londres cuando el edificio se mostraba a los turistas como un castillo gótico, con todos los cuentos de fantasmas, tiranos y damiselas en apuros que lo acompañaban. Después, durante la Segunda Guerra Mundial, los cuervos —con sus finos sentidos— se utilizaron de manera extraoficial para dar los primeros avisos de los aviones y las bombas enemigas que se aproximaban, una actividad de la que se supone que surgió esa «ancestral» leyenda de que Inglaterra caerá si los cuervos abandonan la Torre. Han pasado de ser la encarnación de la fatalidad a convertirse en mascota nacional, protectores del reino y —quizá lo más importante— símbolo de nuestro precario patrimonio medioambiental.
En cuanto a las secciones más científicas del libro, ese tipo de información se queda obsoleta casi tan rápido como el software. Prácticamente cada mes se llevan a cabo nuevos descubrimientos que documentan la inteligencia de los cuervos. Un equipo de científicos bajo las órdenes de John Marzluff ha demostrado que dichas aves pueden reconocer las caras de los seres humanos y recordarlas durante años, y que se dan cuenta de quién se muestra amistoso con ellos o de quién trata de molestarlos, e incluso pueden transmitir dicho conocimiento a su descendencia.
Todo ello confirma la tesis de esta obra, es decir, que es posible que los cuervos sean los únicos animales que no solo tienen un interés pragmático en el ser humano, sino también intelectual. Nos observan de forma constante sin un motivo que nos resulte demasiado obvio y se les da muy bien interpretar la comunicación no verbal del ser humano. A los chimpancés les resulta extremadamente difícil descubrir lo que queremos decir las personas cuando señalamos con un dedo, pero los perros y los cuervos lo comprenden sin que nadie se lo enseñe.
Muchos animales tienen una relación con el ser humano que, si bien viene determinada por la costumbre y la utilidad, es tan específica como cualquier nicho ecológico. Entre estas criaturas se encuentran, por ejemplo, el perro, la oveja, el gato, el ciervo y la abeja. En todos los casos, la relación tradicional incluye derechos, deberes y expectativas mutuas. Sin embargo, la relación humana con los cuervos es única en su simetría y en su reciprocidad.
Tanto el ser humano como el cuervo tienen el núcleo familiar como unidad básica de la sociedad, pero también entablan asociaciones de carácter más amplio. Tal vez nosotros estudiemos a los cuervos, pero se diría que ellos nos estudian aún más a nosotros. No se mezclan con nuestra sociedad, sino que permanecen como una tribu al margen. No obstante, quizá no haya otro animal —ni siquiera el perro o el gato— que entienda tan bien al ser humano. Los cuervos pueden ser nuestros interlocutores, y, en la medida en que entendamos a los cuervos, podemos aprender mucho sobre nosotros mismos.
Un hechicero con una máscara
de cuervo kwakiutl, ca. 1914.