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Las Brontë fueron a Woolworths
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Notas
Créditos
Para Rose Geraldine Ferguson
y para nuestro Horry,
de quien no sabemos nada y lo sabemos todo
Cómo detesto esas novelas que tratan sobre un montón de hermanas. Suelen llevar títulos como Juntas eran siete o Tres son multitud, y una se pasa todo el rato tratando de distinguirlas, musitando: «¿Era Isobel la que bebía, o era Gertie? ¿Y cuál fue la que se escapó con el gigoló, Amy o Pauline? ¿Y de quién se divorció Lionel, de Isobel o de Amy?».
Katrine y yo siempre nos estamos riendo de ese tipo de libros, y elegimos qué hermana ser cada una, y Katrine siempre intenta quedarse con la que bebe.
En una ocasión, una mujer que había asistido a una de las fiestas de mi madre me preguntó: «¿Te gusta leer?», lo que provocó un silencio sepulcral entre todo el mundo. Cómo explicarle a aquella mujer que los libros son como el baño o el sueño, o como el pan: necesidades básicas que una nunca se plantea en términos de aprecio. Nos quedamos allí esperando a que la señora nos dijese que tenía muy poco tiempo para leer, antes de cerrarle las puertas por siempre jamás. Entonces, Katrine la miró entre parpadeos y le respondió: «Sí, un poco», Y le preguntó si había leído lo último de Ruck1 y si no le parecía un cuento precioso.
Katrine es de lo más graciosa cuando quiere y constantemente se está riendo de la Escuela de Arte Dramático en la que estudia. Parece que el curso consista en rosquillas, encurtidos y charlas en el sótano, en decir «gu-a-u» en la clase de Producción de Voz y en derramar océanos de lágrimas por tener que hacer de Nodriza en lugar de Julieta en la función de fin de trimestre. La pobre Katrine está hartísima de declamar indecencias; siempre cuenta que, cuando alguien se pone pornográfico en las obras de Shakespeare, le asignan automáticamente a ella el papel. Confiamos en que esté bien preparada para cuando le toque actuar en comedias de costumbres en el West End. Madre y yo la sacamos a menudo de sus casillas cuando nos cruzamos de pronto y decimos:
¡Maldita sea! ¡Fuego tengo en las entrañas!
O bien:
¡Ay, las náuseas matutinas!... He perdido mi honra por ese patán grosero, por ese donjuán.
Una vez, madre no se dio cuenta y, teniendo invitados a cenar, se dirigió a Katrine así: «Bueno, bichito mío, ¿cuántas veces has perdido tu honra esta mañana?».
No es raro que nos planteemos qué será de Katrine en el futuro. Sospecho que un matrimonio, o giras que atraquen en el West Pier de Brighton. Parece que la mayoría de los estudiantes sigue uno u otro de esos caminos.
En el colegio, Katrine y yo sufríamos la fiebre del escenario mucho más que otros. Nos encantaban ciertos actores y actrices, así que la vida era una desgracia. En una ocasión, a Katrine la expulsaron de clase de Historia por besar una postal de Ainley y susurrar: «¡Mi amor!»2. Y, conociéndola como la conozco, esa noche su martirio seguro que fue glorioso, con Henry debajo de la almohada.
Desde luego, a Katrine iniciativa no le falta. Hace un año, cuando andaba sumida en una pasión por un actor que vive bastante cerca de nosotras, abordó al muchacho por la calle, radiante, y le dijo: «Pero, bueno, ¡no me diga que no se acuerda usted de mí!». El actor se quitó el sombrero de fieltro y un guante y exclamó efusivamente: «Vaya, vaya, vaya... Qué maravilla». Katrine le recordó entonces, con todo lujo de detalles, la gira de Dioses orientales y (lanzándose) le preguntó si la obra no llegaba a término esa semana en Bradford, a lo que el actor respondió: «Menudo tugurio, querida». Pasaron a una perfecta orgía de charla profesional y, al despedirse, él le preguntó: «Por cierto, ¿cómo se llamaba usted?». Katrine le dijo su nombre de verdad, y el rostro del actor se iluminó antes de añadir: «¡Pues claro! Qué tonto soy. Bueno, hasta pronto, querida. Dele saludos a Birdie de mi parte».
Katrine era capaz de hacer ese tipo de cosas, si bien las tres (estoy segura de que Sheil también va por el mismo camino) averiguamos todo lo que se puede saber sobre la gente que nos encanta. Conseguimos pases de sus obras, seguimos su trayectoria, buscamos chismes y memorizamos anécdotas, además de estudiarnos fragmentos y de seguir sus movimientos por el país y, como suele pasar cuando de verdad una va en serio, a menudo contactamos en persona con sus amigos o socios empresariales, todos los cuales aportan una pizca o migaja de conocimiento que añadir a la pila. Katrine nunca había visto Dioses orientales, pero sabía más de la obra, y de cómo y por dónde iba, que la mitad del coro.
Por supuesto, el tema no se limita a los actores. Puede tratarse de cualquier persona. Y, mientras el asunto está «en marcha», no es ninguna broma. A veces, me entran remordimientos terribles. Es algo que te deja hecha polvo. En una ocasión, desesperada, Katrine me dijo: «¿Por qué tiene una que hacer todo esto?».
De hecho, incluso puede llegar a arruinarte las vacaciones de verano, por eso de marcharse y dejar a la persona en la ciudad, o irse con alguna obsesión que esté probablemente condenada. Hace años, Katrine y yo solíamos contemplar los baúles cerrados, listas ya para partir, y luego mirarnos la una a la otra, hasta que alguna preguntaba: «¿Lo tenemos claro?». Es decir, ¿iban a ser unas vacaciones sin perturbaciones fantásticas de la mente y, por tanto, un logro normal y corriente?
Algunas veces, nos topamos con algún conflicto que nos espera a la vuelta de la esquina, como el año del Arcaly, cuando de las dos se apoderó un deseo frenético de unirnos a la compañía de pierrots de la ciudad y casi lo logramos de pura concentración. Eso provocó que el regreso a Londres saliese fatal. Aunque aquello, al menos, lo compartimos. Además, nos llevamos a casa a Dion Saffyn, nuestro pierrot, y lo instalamos junto con su esposa y sus dos hijas en Addison Road, donde vivieron numerosos y duros altibajos. Y es que, poco a poco, se fue revelando que Saffy se había casado con alguien de una clase superior a la suya: una tal Mary Arbuthnot, hija única de un terrateniente de Somerset, y, cuando riñen, ella se convierte en una persona señorial, en una «condesa» y, en líneas generales, hace que Saffy se vuelva consciente de su posición.
De todos modos, las niñas son un encanto. Ennis diseña para un famoso modisto francés, y Pauline es secretaria en el despacho londinense de Saffy, quien nos llama a menudo cuando a Polly le sale la vena Arbuthnot, y se apresura a visitarnos para que le demos todo el protagonismo. Se llama Dion Saffyn, y tiene dos hijas, a las que veíamos con frecuencia en el Arcaly, aunque a su esposa nunca le llegamos a seguir la pista.
Ojalá conociésemos a los Saffyn.
Creo que Katrine está saliendo de todo esto, pero yo no me veo capaz de liberarme en la vida.
Hace tres años, me pidieron en matrimonio. No pude aceptar a aquel hombre, por mucho que me gustase, porque estaba enamorada de Sherlock Holmes. Y es que la intensidad de los sentimientos que yo albergaba hacia Holmes y hacia su personalidad, hacia su mente, convertía por entonces a los hombres reales en sombras.
Después de todo, ¿no consiste la mayoría de los amores en adorar una idea o una ilusión? ¿No constituyen la carne y la sangre solo la mínima parte de todo eso?
Lo de Holmes ya se me ha pasado, aunque a menudo pienso que podríamos haber congeniado maravillosamente bien en Baker Street, pues yo no soy nada exigente, y me gustan bastante la ropa y los sillones viejos, el silencio, el tabaco y los vuelos imparciales de la razón pura.
Fue Katrine la que se molestó cuando rechacé a Stuart B. Se sentó en el borde de la bañera mientras yo lavaba unos guantes en la palangana y me dijo: «¡Ay, Dios mío, como yo tenga una hija! ¡Va a tener la cabeza como un lienzo en blanco!».
Es encantador tener una casa en Londres con aula, y a alguien en edad escolar habitándola. Subir las escaleras y encontrar a Sheil sudando por la guerra de las Dos Rosas es como entrar en otro mundo. Tus desilusiones desaparecen como por arte de magia, y a menudo anhelo tener yo también una vieja nodriza, porque adoro esas salitas-dormitorio que se apañan para sí. Siempre desprenden un tufo como de mediados de la época victoriana y de la guerra de los Bóeres. Pese a que en aquella época yo aún no había nacido, los tengo de lo más presentes y puedo decir con total sinceridad que los prefiero a nuestra época georgiana. Por otro lado, conozco a una familia que tiene una vieja nodriza que ha visto a los niños y a las niñas crecer y convertirse en padres y madres, y mantengo relación con la familia por tomar el té con Lucy. Tiene las paredes cubiertas con fotografías de la milicia británica, y un costurero con una imagen de la Gran Exposición en la tapa, y hay una bola de cristal en la repisa de la chimenea con un muñeco de nieve dentro. Al moverla, se desencadena una tormenta de copos y el muñeco menea la escoba. Y tomamos sándwiches de mermelada que a nadie más se le ocurre ofrecerme, y el té es oscuro y reconfortante, y, después de eso, nos perdemos entre álbumes gruesos y antiguos libros ilustrados alemanes con recortes coloreados de los cuentos del pollito Henny Penny y el panqueque, y luego me marcho a casa, sencillamente asfixiada por la nostalgia de los viejos tiempos...
Sin embargo, con Sheil consigo satisfacer mi deseo de revivir los mejores bocados de mi infancia. Árboles de Navidad y calcetines (aunque ninguna de nosotras hemos logrado creer nunca en Papá Noel); tiendas de juguetes en ciudades de provincias; la imagen de caramelos de fruta en tarros de cristal de las tiendas de pueblo; el delicioso olor de las fiestas infantiles (tules y gasas, la cálida grasa de las velas, y tarta helada, y el suave pelo de la chiquillería, espléndidamente cepillado); el sabor amargo de la gelatina de las galletitas saladas; máscaras de céntimo y fuegos artificiales que se ven por la ventana en callejuelas de Londres; y prender inocentes «luces» en el aula cuando la institutriz no está cerca.
Con frecuencia, me pregunto si le estoy ofreciendo a Sheil un intercambio justo por todo eso. ¡Creo que cumplo! Sin ninguna duda, Sheil le ve el lado divertido a que «me haga la adulta» en sus fiestas y le vaya dando cuernos de crema; sabe que yo también me muero por comerme uno y que espero que quede alguna galletita salada para mí; entiende mi honda decepción cuando voy oyendo llamar nombre tras nombre para acercarse al árbol y al final se apagan todas las luces y no recibo nada. Se supone que a quienes ya han cumplido los veinte no les interesan los abaniquitos de cuentas ni los tambores llenos de caramelillos.
Me paso todo el tiempo que puedo en el aula. A veces incluso repaso los libros de lecciones y al fin estoy empezando a aprender algo, aunque la aritmética y la gramática quedarán eternamente fuera de mi alcance. ¡Cuánta razón tenía Humpty Dumpty al abusar de las palabras y luego darles su paga el sábado por la noche! Era un detalle verdaderamente magnífico, un detalle que los esclavos del gerundio harían bien en copiar.
Entonces, me pongo a jugar con el teatro de Sheil cuando ella sale a dar su paseo vespertino. Nuestro teatro (El Diadema) hace mucho que desechó la literatura sinsentido de cuentos de hadas escrita para los títeres. Yo soy la que escribo nuestras obras, y tenemos pantomimas con auténticos tules, ballets y accesorios que hacemos nosotras. Incluso la viuda Twankey cuenta con un pañuelo de cinco centímetros, con huellas de farsante en tinta indeleble. Y montamos matinées benéficas, porque suenan de lo más sonoras. A veces, nos inventamos además las propias organizaciones benéficas, y siempre que termino una obra de teatro nueva sale a la luz alguna. La Unión Protectora de Gatitas tiene oficinas en la calle Gran Crema, y el Fondo de Ayuda a Viudas Insolentes (contribución de Sheil) está instalado en la avenida Crepé, East Central. Otras son la Sociedad de Asistentas Deprimidas, y el Reposo de los Navegantes. Como resultado de una matinée en beneficio de esta última, nos congratulamos de poder anunciar que nuestra nueva ala de dormitorios en Chatham estaba ya concluida, «y que —interrumpió Sheil— las queridas damas ahora podrán dormir en hileras subversivas, liberadas de la tristeza del hampa pecaminosa». Tenemos asimismo una compañía de ballet interna que se llama Las Niñas del Palacio de Kensington.
A menudo escarbo en la caja de juguetes. Mezclados con los de Sheil están los de Katrine y los míos. En nuestra familia, nunca nos han gustado las muñecas, nunca hemos creído en las hadas y todas odiábamos bastante a Peter Pan. La pobre Sheil, la última víctima de ese niño caprichoso, no lograba verle ni pies ni cabeza, y la única muñeca a la que le hemos tenido una estima unánime ha sido la menos bonita de la colección: Caralata. Me la regalaron cuando tenía siete años. La cara y los antebrazos eran de hojalata pintada y lucía un cuerpo de niña bien formado. Por desgracia, Caralata creció más que nosotras: desarrolló una conducta intolerablemente déspota, se casó con un conde francés de nombre Isidore (de la Noséqué, de la Nosécuáns) y ahora lleva una vida feudal en Francia, desde donde, hasta día de hoy, desciende en ocasiones sobre nosotras en un aeroplano privado de lujo, tratándonos con condescendencia y usando un acento rabiosamente perfecto, con unos regalos extravagantes que tenemos que aceptar. A mí se dirige así: «¡Oh, Trotty! Ça marche, hein?». Ha compuesto dos canciones, ambas de autoalabanza. La primera, que retrata el deleite del cielo ante el momento de su muerte, comienza:
El ángel de la Puerta Dorada
dice: «La condesa se demora,
con nosotros la queremos ahora».
La segunda (inmensamente popular en los salones de París de principios del siglo XX, gracias a Caralata) dice:
| (Allegro vivace) | Je connais une belle mondaine |
| (Ah! comme elle est chic!) | |
| De costumes elle a une trentaine | |
| (Ah! comme elle est chic!) | |
| (Retenido) | Quand elle se promène dans les Bois |
| Ce n’est qu’un cri, «Parbleu! Ma foi! | |
| Regardez-moi donc cette femme-là». | |
| (Prestissimo con brio) | AH! COMME ELLE EST CHIC! |
Era una de mis canciones de buenas noches. Madre la interpretaba al modo de un vodevil a los pies de mi cama, con las manos en las caderas y una mirada libertina y desafiante al director. Todavía se la seguimos cantando a Sheil. Caralata se perdió, o la dimos, hace ya unos trece años, pero no ha servido de nada. Al igual que el pobre, la tenemos siempre con nosotras. Hemos intentado, con poco ahínco, humanizar las otras muñecas, pero sus personajes no terminan de surgir. Se parecen bastante a las criadas e institutrices que van y vienen. No quedarán inmortalizadas. Sin embargo, ellas a veces también me la devuelven. La señorita Martin solo lleva con nosotras un mes, pero empiezo a pensar que me va a pasar factura. Lo más puñetero es que su casa está en Cheltenham, y yo una vez pasé un día allí y no tardé nada en percibir las vibraciones; lo recuerdo todo fotográficamente, y ahora la Martin ha plantado a su espantosa familia en marcos y se me va la compasión hacia ella muy en contra de mi voluntad, a chorros, como algas. Es un fastidio horroroso. Y, aunque raras veces hablamos mucho rato la una con la otra, ya sé cómo es la calle principal de Cheltenham en julio y cómo daba la luz en la tetera cuando, durante el desayuno, el capitán Martin estalló delante de sus hijas y les soltó que debían largarse y ganarse... Creo más bien que las niñas se dispersaron por la casa y evitaron hablar mucho aquel día. Si bien probablemente se encontrasen por la ciudad. En sitios tan pequeños como Cheltenham, siempre estás expuesta a toparte con gente. Forma parte de su carácter odioso a la vez que fascinante. ¡Imprevisor, lamentable, reprensible y maldito capitán Martin! Cómo me duele el alma por él y por su prole de rostros duros. ¿Es que una no va a poder estar nunca en paz?
El verano pasado, fuimos todas a Skye, donde nació padre. Crucé la mirada con Katrine en la antesala de la casa, murmuré el «¿Lo tenemos claro?» y asintió.
Esas vacaciones salieron de maravilla. Aquel sitio me afectó un poco, por supuesto, aunque eso no acreditaba su cualidad de espeluznante, ya que cualquier barrio ajardinado a las afueras podría obrar el mismo efecto. Sin embargo, ese año conté con un guardián, un amortiguador.
Siempre he envidiado a la gente que se hace con un lugar nada más llegar. Según mi experiencia, son los sitios nuevos los que se hacen conmigo, sin excepción, hasta que batallo con ellos y les gano. Recuerdo un verano en un furtivo pueblo de Gloucestershire y cómo el lugar me sacó del tren antes de poner pie en el andén. Y no fue un tirón de bienvenida.
Skye supuso un triunfo para Katrine porque acababa de terminar un trimestre en la Escuela de Arte Dramático y esperaba ansiosa la llegada del siguiente, y para mí porque estaba escribiendo mi primera novela, así que nada podía sentarme muy mal. Por otro lado, descubrí poco a poco que escribir un libro te distrae de un modo extraordinario y convierte tu conversación en algo aburrido y trabajoso. Es duro para la familia, supongo, pero, ¡ay! ¡Qué júbilo interior! Y qué descanso del periodismo. Detestaré las expresiones «hoy por hoy» y «chica moderna» hasta el día en que me muera, e incluso entonces mi corazón las oirá y palpitará cuando esté enterrada en un lecho de tierra. Nunca consigo que mis editores se den cuenta de que todas las criaturas vivas son «modernas», y que cuando utilizan ese término están insinuando, en privado, depravada o escandalosa.
Nunca había tenido conciencia de lo extraordinario que podía ser escribir un libro. En primer lugar, los personajes se lían la manta a la cabeza y se lanzan contigo a sitios a los que no quieres ir y que nunca consideraste. Yo pretendía, en una muestra de engreimiento, que mi libro tratase sobre una familia bastante parecida a la nuestra, pero, ¡bendito Dios!, ya se ha convertido en un relato sobre la carrera de una camarera en una taberna de Edgware Road y no hay manera de meternos a nosotras ahí; ¡no hay manera!
Ocurren, además, cosas curiosas. Le puse a la taberna el nombre de Las Tres Plumas, y ya contaba con que en Edgware Road hubiese montones de tabernas, si bien no con ese nombre, sí más o menos parecidas a lo que yo describía. Antes de marcharnos de casa, fui a esa calle a investigar y me encontré con mi taberna, incluso con el fonógrafo antiguo sobre la mesa de la salita de arriba. Entonces pensé: «¡Este sitio lo he construido yo!».
Me pregunto cuánto termina creando una al darles vueltas a las cosas. La familia no para de pedirme que le lea «trozos» y yo siempre me niego. El público general (si alguna vez llego a tenerlo) no me importa nada, pero leer lo que una ha escrito es como besar a un amante en el tranvía. Katrine coincide conmigo en esto. Por eso es muy probable que la Escuela de Arte Dramático le vaya a sentar tan bien, pues allí tienes que desnudarte moralmente.
Las noches en Skye son, en buena medida, espléndidas. Parecen durar por siempre, como la bondad del Señor, y, cuando la luna está bien alta, hay tanta claridad que se puede leer a medianoche. Sin embargo, moverse en barca por Dunvegan es peligroso para los principiantes, porque hay arcos naturales muy estrechos y rocas sumergidas.
Una noche, salí a por Sheil, y es que, aunque ya hacía mucho que se le había pasado la hora de acostarse, no parecía que fuera así debido al pausado anochecer. La vi a lo lejos, sentada en la hierba con un hombre, y el corazón me dio un vuelco. Es muy guapa y..., bueno, eché a correr. Parecía estar pasándolo bien y tenía una bolsa de papel en la mano, cuyo contenido estaban compartiendo los dos, con las cabezas alineadas. Cuando llegué a su altura vi que estaba sola. Y entonces supe que aquella criatura era uno de esos espíritus de la naturaleza de los que Skye está lleno, y toda Inglaterra, allá donde haya prados en colinas y espacios extensos y calmos. Una vez, padre escribió un libro sobre ellos. En una ocasión, se perdió en Gales, en Cader Idris, y vio a un miembro de esa diminuta raza subterránea cuyos golpecitos han oído docenas de turistas. Le pregunté si se había asustado y me respondió: «Ah, no, no. Le dije “Eh, hola”, y el hombrecillo hizo una reverencia y desapareció».
Pero ¿Sheil?
Encendí un cigarrillo.
—Saffy cree que es hora de que entres en casa, y Polly esta noche está del humor de los Arbuthnot —le comenté.
—Ay, ¿por qué?
—Porque el rodaje en Escocia se ha ido al traste, y no soporta la idea de tener que volver a Addison Road.
—¡Ay, pobrecilla, Polly!
—Sí. Es un poco duro. Aunque para casarse con un pierrot...
—Pero... ¡los Macalistair les tienen cariño a Polly y al terrateniente! ¿Van a darle de lado a Polly solo por Saffy? Tendría que haber seguido el viaje desde aquí, en el de las once y cuarto.
La voz de Sheil era casi un lamento.
—Bueno... A lo mejor solo es un contratiempo —cedí.
—¿Y Toddy va a venir después de que cene en el hotel?
—Sí, sí. Se encontró con Saffy cuando ella salía de nuestra pensión y protagonizaron la típica batalla de rugidos.
La risita estridente de Sheil asustó a un zarapito. Entonces, Crellie saltó encima del pájaro y la atención de Sheil se desvió de inmediato hacia el perro. Como este tenía el hocico un poco ensangrentado, nos dimos cuenta de que había estado haciendo algo prohibido con las ovejas o los conejos, y eso significaba que había que cantarle sus vísperas confesionales. Entonamos:
Cuatro espinas tengo en el pie.
¡Muertos inocentes me vienen a ver!:
dos ovejas, un pato,
una gallina y tres gatos.
Crellie se encogió mecánicamente y parecía avergonzado. A veces es bastante desagradable, la verdad, y le encanta frotarse el pecho con cosas que huelen fatal y luego sentarse en medio de ello con la cabeza inclinada, en pose sacra. De todos modos, es un amasijo de bondad y, al contrario que Caralata, no es nada esnob, sino solo un poco mentiroso. Su historia de ferocidad trata sobre cómo ayudó a lord Roberts a liberar Mafeking. («Bob, lo hemos hecho los dos juntos», le digo. «Coronel Crellie, es usted un héroe», me replica). De todas maneras, le dimos unos azotes por si acaso, independientemente de Mafeking.