Enrique B. Castillo
Dos deseos y dos desdichas

Primera edición: octubre de 2019
© Grupo Editorial Insólitas
© Enrique B. Castillo
ISBN: 978-84-17300-56-2
ISBN Digital: 978-84-17300-57-9
Ediciones Lacre
Monte Esquinza, 37
28010 Madrid
info@edicioneslacre.com
www.edicioneslacre.com
ADVERTENCIA: Todos los hechos aquí narrados, junto con sus personajes, son meramente ficticios, creados por la imaginación del autor para el entretenimiento de los lectores. Cualquier similitud o casualidad con personas reales no es previsto por el autor.
AGRADECIMIENTOS
Agradezco a Dios por permitirme cumplir este proyecto de gran importancia para mí. Obviamente, agradezco a mis allegados: Familia, amigos, docentes y demás. Quienes me han ayudado en todo lo que me sea posible para alcanzar mis objetivos y poder cumplir mis proyectos de la manera más satisfactoriamente posible.
¡Gracias a todos ustedes!
AGRADECIMIENTOS
Prólogo
Capítulo 1 El Comienzo
Capítulo 2 Un Sencillo Plan
Capítulo 3 ¿Amor u Obsesión?
Capítulo 4 ¿Vencido o Vencedor?
Capítulo 5 Vencedor
Capítulo 6 Oscuros secretos de una conciencia manchada
Capítulo 7 Continuando con la verdadera historia
Capítulo 8 Vencedor, siempre Vencedor
Capítulo 9 Grandes Ambiciones
Capítulo 10 Sin temor a fantasmas
Capítulo 11 Los sentimientos de un ser sin sentimientos
Capítulo 12 El Blue Ocean
Capítulo 13 Marcelo y su misantropía
Capítulo 14 Un paso más hacia la victoria
Capítulo 15 Caos filosófico
Capítulo 16 Lorena podría ser la felicidad
Capítulo 17 Una llamada, tan sólo una llamada.
Capítulo 18 Un gran paso hacia la Victoria
Capítulo 19 Una misteriosa chica
Capítulo 20 Besos a través de rejas
Capítulo 21 La felicidad es vista aun por ciegos
Capítulo 22 El Blue Ocean: un perfecto y mudo cómplice
Capítulo 23 Un sueño que se repite y un sueño que se muere
Capítulo 24 El peor y último paso
Capítulo 25 Dos deseos y dos desdichas
Prólogo
Qué es exactamente lo que lleva al hombre a querer probar el dulce sabor del pecado, del deseo y de la lujuria.
Qué adictivo y qué sedante posee el clímax, que nos hace querer buscarlo y experimentarlo desde jóvenes, hasta que la longevidad nos vaya borrando el deseo de nuestras mentes, y limitando la potencialidad de nuestros mortales cuerpos, limitándonos de volver a probar aquello que nos gusta, que nos seduce y que nos encanta.
Y más curioso aún, qué seduce a nuestras mentes para buscar fuera de nuestros hogares a aquello que de por sí, ya poseemos. La infidelidad es tan común, escondida y a la vez mostrada con total descaro.
Y a veces el deseo distorsiona nuestras mentes, acarreando lo antinatural a lo natural. Terribles parafilias, y otras no tan terribles. Aquellos impulsos que no son bien vistos ante los ojos de la sociedad, como lo sería compartir un orgasmo con una persona mucho mayor o mucho menor a nosotros, o con una especie distinta a la nuestra, con seres inertes, e incluso el implemento de castigos y juegos que muchos lo llamarían algo totalmente estúpido.
Y qué hacer cuando se ha perdido en la relación el oxígeno que alimentaba el fuego de la pasión, ¿buscar un aire diferente y nuevo?
La infidelidad es llamativa, a veces placentera y otras veces fugaz… pero muchas veces destructiva.
Qué lleva a una mente adolescente a buscar aventuras eróticas en el lecho de una persona adulta, a buscar experiencias con una persona que ya ha recorrido el mapa de la juventud y la picardía, la edad de las travesuras.
Y es que a veces, por más adultos que seamos, y por más maduros que nos hayamos convertido, no estaría demás volver a revivir aquellas épocas donde la rebeldía era nuestra única verdad, y la búsqueda incesante de nuevas emociones era nuestra única e infinita meta. La adolescencia es una etapa divertida, pícara y vanidosa.
La adolescencia es una etapa finita e interesante, totalmente llena de colores, aromas y sabores que no vale vivirla solo, donde lo «correcto» sería compartirlo con alguien a nuestro lado, porque el deseo es un sentimiento poderoso que puede destruirnos si lo disfrutamos solos, es por eso que necesitamos compañía para que el deseo se comparta sin egoísmo, permitiendo que no nos destruya. Compartiendo el poder del deseo.
Qué poder tiene la excitación sobre nuestros cuerpos, invadiendo nuestros seres desnudos. Cómo puede la excitación borrar de nuestras mentes los códigos morales y éticos que, desde infantes nos han inculcado.
Hay tantos sentimientos que nos llevan a querer probar otros cuerpos. Sentimientos que, ante los ojos de ciertas religiones, son mal vistos. Pero qué clase de dios podría haber creado tales antojos que no son más que trampas que nos llevan a las llamas eternas y a la oscuridad incesante del profundo infierno. Quien sea que haya creado tales herramientas de destrucción, es alguien que no quiere vernos caminar por los senderos del bien que conducen al Paraíso.
La mente adolescente es bastante volátil, y mucho más reactiva y peligrosa cuando se mezcla con el intelecto.
La seducción y el engaño podrían hacer caer hasta a mentes experimentadas, concatenando a cuerpos cálidos a compartirse para el deseo mutuo, para volverse uno solo, para castigarse con un mismo pecado al convertirse en una única carne al unir dos cuerpos desnudos en un sólo tiempo, en un mismo espacio.
Pero lo más relevante en esta historia, la incógnita que quizás se resolverá acorde al consumo de cada capítulo.
¿Qué lleva a una mujer madura a caer en los juegos de un adolescente que ha querido reencarnar una fantasía en el espacio de la realidad más pura? ¿Será la inevitable muerte de la pasión en su lecho matrimonial? ¿La eclosión de la rutina? ¿Simple deseo de querer volver a épocas de travesuras inmorales e indecorosas? ¿O es tan sólo su mente que ha sido engañada por otra psique mucho más poderosa?
Es hora de ir desglosando misterios y sacar conclusiones propias.
Bienvenido(a) a esta curiosa historia.
A la memoria de Valeria, fiel lectora y amiga…
Capítulo 1
El Comienzo
¿Mi nombre? Marcelo. Cursaba ya el bachillerato, en especialidad de ciencias informáticas con anhelo de llegar a ser un programador respetado, nombrado y exitoso. Qué ambiciones son las que tenemos y las que nos ciegan de la realidad a nosotros los jóvenes, que muchas veces ni conocemos el verdadero sentido de la vida.
Yo era el típico adolescente rebelde con calificaciones terribles. Era malo para casi cualquier materia. Matemáticas siempre fue la peor. Prácticamente, era terrible pensando, pero muy bueno reaccionando.
Crecí en una pequeña ciudad en camino al desarrollo. La casa donde habitaba, sólo era ocupada por mi madre y mi persona. De mi padre… prefiero no contar. Mi madre laboraba la mayor parte del día para poder solventar los gastos diarios. Su presencia era casi nula en la casa. El nombre de mi enamorada era Maddi. Nuestra relación cojeaba de una pata como aquel típico rengo de los barrios marginales. Y todo por culpa de sus estúpidos y justificados celos. Pasábamos juntos en el colegio, y debido a mi capacidad para socializar y de caer bien a las chicas, conseguía la dulce, tierna y atrevida amistad de varias colegialas, las cuales eran demasiado amables y confiables conmigo. Ese era el detonante de los celos de Maddi.
Un aspecto negativo de aquella relación era el secreto. Nuestra relación era completamente a escondidas debido a que su madre no le permitía llevar ningún tipo de relación interpersonal. Yo odiaba este tipo de relaciones a escondidas, husmeándonos como sabuesos de caza. Sin embargo valía la pena, pues Maddi no era cualquier chica común. Ella era completamente hermosa, una de las más lindas y más deseadas de la ciudad. Todo chico del pueblo quería andar con ella. Y sólo yo la poseía.
Maddi era dueña de características tan exquisitas a la vista, características que a cualquiera le hipnotizan y le hacen querer desearla, es más, obligan a hacerlo.
Tales características que sobresalían en su ya, de por sí, perfecta belleza, eran su largo cabello castaño claro, ojos llamativos y coquetos pincelados de miel, cejas voluminosas, pero perfectamente depiladas. Una cintura de impecable formación, senos acogedoramente medianos, labios rosados, pícaros y sexys; junto con otras características que la hacían totalmente hermosa.
Mantuvimos la relación seis meses. A pesar de que Maddi era, lo que podría decirse «La Novia Perfecta» yo no era una buena pareja para ella, ni para nadie. No tomaba muy en serio las relaciones, siempre buscaba algo más, y no me refería a sexo, sino a algo más maduro, más fuera de lo común, algo más parecido a un verdadero matrimonio. Quizás sólo quería, inconscientemente, llenar el vacío que habitaba en mi hogar. Pensamientos matrimoniales eran ideas absurdas para mi edad, tan sólo era un adolescente de dieciséis años. Lo cierto era que ya estaba harto de estar con chiquillas inmaduras que pensaban que una tarde de películas debía convertirse en una tarde de sexo, o que cocinar era un acto vergonzoso y cursi. Mi deseo era poder obsequiar un abrazo sin necesidad de acabar besándonos con pasión. Lo que deseaba era una relación madura, en la que no estemos diciendo «te amo» a cada momento y muchas veces sin sentirlo en plenitud. Necesitaba a alguien madura… una mujer madura.
Me encontraba con Maddi en un parque cercano. Eran alrededor de las siete de la noche. Conversábamos sobre nuestra pésima relación. Ambos sentíamos que la relación no podía avanzar más, no tenía futuro. Y aun así no deseaba terminarle. Nunca me agradó la idea de darle punto final a una relación, lo usual era esperar a que ellas lo hagan, y si demoraban en hacerlo, yo mismo emprendía sabotaje a mi propia relación; producía razones para que ellas decidieran acabar con todo. Era un desgraciado.
Maddi ya no me soportaba debido a los rumores que decían y susurraban acerca de supuestas infidelidades. Mi mente curiosa ya deducía lo que ocurriría. Ella me terminaría, ya lo veía venir.
—Marcelo… necesito decirte algo muy importante —dijo Maddi, muy seria y al mismo tiempo triste.
— ¿Sí?
—Mm, no sé cómo decirlo.
—Sólo dilo, déjalo salir.
Suspiró.
—Me caes bien, la paso demasiado bien junto a ti, pero… creo que ya no podemos seguir de novios… quedemos como amigos.
—Perfecto. —Sonreí.
— ¿No preguntarás la razón?
—Mm, supongo que lo decidiste debido a los rumores del colegio, ¿me equivoco?
—No te equivocas, pero, ¿no vas a decir algo?
— ¿Qué puedo decir?
—No digas nada, ya veo lo mucho que te importo, y cómo luchas por nuestra relación.
—Es tu decisión. Tú me estás terminando, no te puedo obligar a que sigas conmigo si verdaderamente no lo deseas. Eres libre, soy libre. ¡Somos libres!
Trataba de hacerla sentir culpable de haber tomado tal decisión sin que me salpicara parte de la culpa.
—Con esa actitud sólo me confirmas que en realidad no me quieres y quizás nunca lo hiciste.
—No digas eso. —Toqué su mejilla—. Yo sí te quise, y te quiero, pero tú dices que esto ya no puede continuar así. Decidiste continuar con una simple amistad. Yo lo acepto.
—Sí, pero… ¡Mi mamá!
— ¿Qué?
—Mi madre, está allá. —Señaló con la mirada.
Sentados en un banco, a cinco metros de distancia entre su madre y nosotros. Observábamos nerviosos y pensantes a su madre, mientras ella la buscaba.
— ¿Qué hacemos? —Pregunté.
—Levántate despacio y vámonos.
Muy tarde.
— ¡Carajo! Ya nos vio. —Exclamó Maddi.
—Actúa normal, no sospechará.
Su madre se acercó muy apresurada hacia nosotros.
— ¿Maddi?
—Hola mamá.
— ¿Qué haces aquí? ¿Quién es él? ¿Por qué no estabas en casa? Tuve que salir a buscarte.
—Sí, lo siento, lo siento —dijo Maddi, con su voz irritante e inmadura—. Ya me iba ahora. Mira mamá, él es Marcelo, un amigo.
Nos presentó.
—Hola muchacho. Mucho gusto —dijo, con total enojo disimulado.
—Hola —dije.
—Ya vámonos Maddi, ya es tarde.
—Sí mamá, ahorita voy contigo.
Nos miramos mientras proyectaba su mirada nerviosa y de despedida.
—Marcelo, muchas gracias por el paseo, pero ya tengo que regresar a casa. Chao amigo.
—De nada Maddi. Chao, cuídense.
Regresé a casa. No me sentía mal por nuestra ruptura, yo me lo busqué, yo lo quise y me sentí bien. Las relaciones, al igual que las personas, llegan a aburrir. Ya no aguantaba tener una relación tan inmadura. Sí quería a Maddi, aunque su comportamiento a veces me asustaba.
La noche no estuvo mal. Algo me había impresionado, incluso seducido, despertando en mí algo que no había sentido antes. Aquello que me había impresionado era la madre de Maddi; una señora totalmente hermosa. Ahora sabía de dónde reflejaba Maddi su belleza, de quién había robado los genes de la casi perfección. Eran casi idénticas, como ver a una Maddi adulta. Estimaba que la edad de aquella hermosa mujer no pasaría de los treinta años. Me impresionó mucho tal belleza seductora, es por esa razón que no pude decirle más que un simple «Hola». Además, no le di muy buena impresión, y mucho menos estando con Maddi.
Pasaron unos días, aquella ilusión se disipó. Aunque sacar de mi mente la imagen de su belleza fue difícil los primeros días. Por ella sentía algo que nunca había sentido ni en épocas en las que estuve con anteriores enamoradas. El único sentimiento que pudo ser similar fue cuando estuve saliendo con una chica de diecinueve años, tres años mayor que yo.
***
Me encontraba en el colegio, en la hora del receso. Fui a la cafetería para comprar una hamburguesa junto con un vaso de jugo de manzana. Me dirigí a una de las muchas mesas. Me senté, al momento noté que Maddi estaba de pie al otro extremo de la mesa.
Tragué lo que tenía en la boca para poder hablarle educadamente.
—Hola Maddi.
— ¿Puedo sentarme aquí?
—Claro que sí.
Se sentó.
— ¿Cómo has estado Marcelo?
—Mm bien, ¿y tú?
—También.
— ¿Quieres comer algo?
—No, gracias.
—Por lo menos acepta un jugo.
—No, gracias.
— ¿Naranja, manzana o mora? —Me levanté de la mesa para comprarle el jugo.
—Marcelo, en serio, estoy bien —dijo riendo.
—Yo elegiré por ti.
Pedí un jugo de frutilla, volví a la mesa con el vaso en mano. Tomé asiento mientras colocaba el vaso sobre la mesa, frente a ella.
— ¡Frutilla! —exclamó con emoción.
—Sí, tu favorito.
—Guao, no lo has olvidado.
—Cosas así, no se olvidan.
Ella sonrió.
Su sonrisa me dejó atónito, como si recordara a algo, o mejor dicho, a alguien. En efecto. Me recordaba a su hermosa madre. Mi obsesión volvió a renacer.
—Maddi, ¿se enojó tu madre esa noche?
— ¿Qué noche?
—Mm cuando nos encontró en el parque… cuando terminamos, mejor dicho, cuando me terminaste.
—Ah… ya recordé. Pues me preguntó quién eras y cosas así, pero no se enojó.
— ¿En serio? Guao, ¿y ella tiene esposo o alguna pareja?
—Sí, mi padrastro. ¿Por qué la pregunta?
—Am, sólo curiosidad.
Me estaba mostrando muy interesado en su madre, y ella se percataba de eso. Decidí hacer una pregunta fuera del tema.
— ¿Tú estás saliendo con alguien, eh Maddi?
— ¿Crees que, si estuviera con alguien, me sentaría contigo?
—Puede ser que quieras sacarle celos a tu novio. Uno nunca sabe.
Me miró ceñuda.
—Ok, no estás con nadie —repuse.
—Exacto, estoy soltera, ¿y tú?
—También estoy solo. ¿Cómo se llama tu madre?
—Lorena, ¿por?
—Pff, curiosidad.
—Estás muy curioso con el tema de mi madre.
En serio debía cambiar de tema.
—No es que sea curioso, no es eso, sino que…
Por fortuna el receso terminó, dejando en nulo mi falsa explicación.
—Ups, Maddi tengo clase de física y ya sabes cómo es el profe con los que llegan tarde, chao. Por cierto, si tienes algún problema alguna vez, ya sea con tus tareas o problemas personales, llámame. Puedes confiar en mí, estaré para ayudarte. Chao.
—Chao Marcelo, gracias.
Fui corriendo al salón. Tal propuesta, en realidad no era para ayudar a Maddi. Era un truco para obtener información sobre Lorena, su madre. Nunca creas en las promesas de amor porque lo único que se cumplen son sus antónimos.
El día de clases culminó. Ese día fue muy agotador. Estaba hambriento. Salí de mi salón, casi corriendo debido a la ansiedad que tenía por comer un enorme y jugoso filete cocido al punto exacto. Iba por el pasillo, pasando por la oficina del inspector, enseguida mi visión periférica detectó una hermosa y brillosa cabellera rojiza. Mis piernas dejaron de caminar por sí mismas. Estaba seguro que se trataba de la madre de Maddi. Debía entrar ahí, ¿pero cómo?
Entraría con normalidad, diciéndole al inspector alguna mentira blanca. La puerta de inspección se encontraba abierta como era costumbre. Entré saludando a todos: Lorena, Maddi e inspector. Todos me devolvieron el saludo de manera formal y desinteresada.
—Señor Villafuerte, ¿qué se le ofrece? —Preguntó el inspector.
—El profesor de literatura mandó a preguntar si de pronto no está por aquí el libro didáctico, al parecer se le ha extraviado y aún no lo encuentra. Él piensa que lo dejó por aquí cuando firmó el registro de entrada.
—No, por aquí no he visto ese librito.
—Está bien, gracias. Ya lo ha de encontrar. Hasta luego.
—Chao, cuídate.
Eso no salió como yo esperaba. Imaginé que Lorena, a lo mucho, iba a sonreírme. Parecía ser una mujer fría e insensible. Ni me miraba. Necesitaba otro plan. Ella me atraía por algún motivo y quería, por lo menos, llegar a ser su amigo.
***
Estando solo en mi habitación. No podía dejar de pensar en ella… Lorena. Era una mujer increíble. Imaginando y preguntándome la razón por la que me atraía. ¿Qué la hacía tan irresistible ante mis ojos?
Estaba más que seguro de que no era sólo atracción sexual, podía asegurar que era algo mucho más poderoso que eso. Aunque su trasero me encantaba demasiado. Sin embargo, lo que realmente me hipnotizaba eran esos pequeños surcos que se formaban a un costado de sus ojos.
Reflexioné sobre ese último punto. ¿Quizás me gustaban las mujeres mayores a mí? No lo creía. Bueno, talvez mayores a mí sólo con unos años. Me encantaba esa madurez que reflejan las mujeres de la edad de Lorena.
Investigué más sobre ella usando un arma muy potente; la Internet. También usé regularmente a Maddi, le preguntaba ciertas cosas acerca de su madre, ella me respondía todas las curiosas inquietudes sin sospechar nada. Gracias a todos esos recursos es que yo sabía dónde era su lugar de trabajo, la hora a la que empezaba su jornada, su hora de fin. Sabía el día de su cumpleaños, y el de su aniversario. Sabía sus gustos gastronómicos. Como también sus gustos en cuanto a moda y ropaje.
Debido a mi conocimiento en ciencias informáticas, pude infiltrarme de manera ilegal en la base de datos de su lugar de trabajo. Pude filtrar ciertos documentos confidenciales acerca de ella, es decir, su sueldo, sus nombres y apellidos completos, cuándo recibía vacaciones, los viáticos, y lo que aportaba al Seguro. También pude obtener un par de fotos suyas.
El sistema de seguridad que utilizaba esa empresa pública era demasiado fallida. Incluso un mono que sepa teclear al azar hubiera podido acceder a esa base de datos. El encargado de seguridad informática de esa empresa debía haber sido un ocioso o un ignorante. Tenía acceso a muchos más documentos, pero me conformé con los documentos personales de Lorena… la mujer de mis sueños. Por cortesía de Maddi sabía que el esposo de Lorena era un vividor que no trabajaba. Lo de acosador siempre me resultaba. Siempre lo he sido.
Me resigné a acercarme a Lorena, era algo imposible. Además estaba casada, no tenía oportunidad. Me rompía la cabeza tratando de no darme por vencido. Lastimosamente… todo estaba en mi contra. Era igual que nadar contra corriente.
Capítulo 2
Un Sencillo Plan
Empecé a fantasear por un largo momento, imaginando a Lorena acostada a mi lado con su mano sobre mi pecho, observándome fijamente. Podía tocar su cabello, sus mejillas. Todo pasaba dentro de mi cabeza y… se sentía bien. Hasta casi podía sentir su aroma… su delicioso y adictivo perfume. Siempre he sido muy obsesivo, y en ese momento lo estaba con Lorena. Necesitaba que al menos me diera una ligera sonrisa, necesitaba que sus ojos brillaran cuando me viera o cuando escuchara mi nombre.
Luego de haber fantaseado lo suficiente, y haberme percatado de que estar con Lorena sería increíble y al mismo tiempo algo riesgoso intentarlo, pero en caso de que diese resultado, sería una buena ganancia.
Empecé a darme ánimos a mí mismo. Vamos Marcelo, siempre has ido en contra del sistema, no te des por vencido, tú puedes acercarte a esa hermosa mujer, es lo que necesitas. Debes estar con ella y demostrarle que la puedes hacer feliz, aunque sea prohibido, aunque la sociedad piense que es insano, ¡qué mierda de sociedad!, trataba de darme ánimos a mí mismo, y funcionó. Se me ocurrió un magnífico plan que consistía en lo siguiente:
Yo sabía dónde vivía Lorena, cerca de su casa había un carrito informal que vendía hamburguesas y perros calientes, sólo tenía que esperar ahí a la hora exacta en que ella regresaba de su trabajo a su casa, y saludarla todos los días hasta que descubriera que yo era un buen chico.
La ciudad era muy pequeña, todo estaba cerca. El trabajo de Lorena estaba a sólo cuadras de su casa y no necesitaba usar carro o autobuses. Siempre iba y venía caminando, sólo en raras ocasiones en bicicleta. Debía saludarla a diario y ganarme su confianza, también hacerle pequeños favores como ayudarla a llevar su portafolio o cosas así. Luego ella sentiría curiosidad por saber quién era yo, y me haría conversa aunque fuese corta.
Debía ejecutar esta primera fase y luego vería la manera de llegar a entrar a su casa. Entonces los objetivos resumidos quedaban así:
• Saludarla a diario cuando llegue del trabajo.
• Ganarme su confianza luego de un determinado tiempo.
• Hacerle pequeños favores para sumar puntos.
• Luego ella sentirá una especie de curiosidad por saber quién soy.
Sabía que con ese plan no tenía oportunidad de llegar a algo más con ella, no obstante me ganaría su confianza, y con ello, su amistad. Me conformaría con eso, por el momento. Y la suerte de que Maddi tomaba clases de guitarra por las tardes, de cuatro y media a seis y media.
A pesar de lo asqueroso que se escuchó la descripción del carrito, eran deliciosas esas hamburguesas y había bastante clientela. Debido a mi concurrencia de comprar hamburguesas en ese lugar, el vendedor era casi un amigo mío y lo iba a utilizar para evitar aburrirme en la espera de la llegada de Lorena a su casa. Sinceramente, charlar con Bernardo (dueño del puesto de comida rápida) era muy gracioso. Aunque no podía charlar conmigo durante un largo periodo de tiempo debido a que por momentos la gente se amontonaba por comer sus exquisitas obras culinarias desencadenantes de infartos.
Ya habían pasado un par de semanas desde que elaboré mi plan y aún no lo había puesto en marcha, ya era hora de empezar a enamorar a aquella hermosa obra de la naturaleza; Lorena.
Una pesada y fría mañana de lunes, el sol se alzaba como cometa sobre un lienzo variable en tono y color; de azul pálido, a naranja rojizo. Eso anunciaba el comienzo de una nueva oportunidad, y el fin de una pasada. Me desperté al escuchar el tedioso tono de alarma proveniente de mi celular, mis parpados eran pesados, mi cuerpo en general era plomo luchando contra la gravedad, hundiéndose en una falsa mar hecha de tela de fibras sintéticas. No quería levantarme de mi cama, pero el tiempo corre sin esperar a nada ni a nadie. Debía levantarme, aunque mi flojera ahorcaba mi cuerpo, lo poseía como si de un espíritu maligno se tratase. Necesitaba una motivación, una cura, un empujón. Mi mente empezó a cooperar creando una imagen de aquel bello ángel terrestre… Lorena, hasta su nombre me embrutecía. Era un esclavo de sus ojos, un prisionero de una ilusión prohibida. Su tan sola imagen mental me hacía querer más; más de ella, más de la vida, más de todo y, es que, pensándolo bien, en realidad aún no tenía nada de ella, más que el aroma que emanaba aquella noche que la vi por primera vez. El recuerdo de aquel perfume aún estaba presente en mi mente como si lo hubiera rociado directamente en mi cerebro. Guardaba bajo una llave psíquica aquel valioso tesoro, no quería que ni el pasar del tiempo me lo arrebatara llevándolo a una celda de olvido, ¡Cómo adoraba a esa mujer!
Eso fue suficiente para golpear a la pereza y empezar con pie derecho el día que es odiado a nivel mundial.
El día en el colegio se hacía eterno y abrumadoramente aburrido. En constante revisión al reloj de mi muñeca esperando a que los minutos se pasen de tres en tres, pero los segundos no querían apresurarse ni permitir darles el relevo a los minutos. Pasaban las horas luego de una larga espera. Veía a cada maestro entrar y salir del salón por cada cambio de hora. Sólo observaba sus gestos y movimientos al dar una clase, mi parte intelectual no estaba presencial, no podía sacarme a Lorena de mi mente.
¿Es que ésta mujer me ha embrujado?, me preguntaba a mí mismo a cada momento. ¿Le pasará esto que me pasa a mí, a cada hombre heterosexual que se pasa por su camino? ¿O es tan sólo mi mente púbera jugando un juego peligroso? Trataba de filosofar esas preguntas, y siempre a mi mente llegaba una única respuesta a todas esas incógnitas: Amor.
Pero esa respuesta tan sólo concatenaba otras preguntas: ¿Será que yo, tan joven aún, conocí aquel sentimiento que nos provoca tanta locura, a veces no aceptable ante los ojos del mundo? ¿Será que estaba destinado a amar a una persona que no podía estar a mi lado? ¿Será que mi felicidad neta estaría enlazada a la presencia del cuerpo y alma de aquella mujer con piel color de perla? Pero aún si nuestros caminos se encadenaran, aunque sea por un cortísimo periodo de tiempo, ¿qué podría darle yo, si aún soy casi un niño con experiencias de apenas adulto? ¿Qué sería el desencadenante de su felicidad? ¿Podría yo destapar aquel frasco de emociones positivas que habitan en ella?
Sin duda estaba perdido, inmerso en su celestial belleza. Aún sin conocerla a fondo y ya fantaseaba con estar a su lado, proyectándome preguntas que luego de una decepción no tendrían ningún sentido, que causarían risa a los oídos de cualquier oyente, sea sano o un demente.
Al final, el día de escuela había culminado, presuroso corría por los pasillos. Por cuestiones del azar del destino, encontré a Maddi por el pasillo.
—Hola Marc.
—Hola Maddi —respondí a su saludo.
Sus ojos brillaban, y una hermosa sonrisa quería nacer, mientras ella la pasmaba.
— ¿Estás apurado, Marc?
—La verdad sí, un poco.
—Oh, lo siento. Pensé que me acompañarías hasta mi casa hoy como lo hacías antes, ya sabes, para no guardar rencores.
La propuesta de Maddi era perfecta para la situación, después de todo ya eran casi las dos de la tarde, hora en que terminaba la hora de almuerzo de Lorena. Tenía oportunidad de verla salir de su casa si me apresuraba.
—Está bien Maddi, te acompañaré. Vamos rápido.
Maddi aceptó algo sorprendida. Ella era una chica estupenda, aunque su comportamiento era extraño acorde a su corta edad. Si se hubiera comportado diferente, lo nuestro hubiera seguido. No obstante debía agradecer a nuestro rompimiento por el cual fue que pude conocer la existencia de aquella maravillosa mujer con rostro de ángel maduro.
—Marcelo… ¿Me odias?
Qué pregunta tan extraña. Y era ahí, en ese preciso momento, cuando me asustaba de su comportamiento.
—No Maddi, ¿por qué odiarte? Eres mi mejor amiga.
—Pensé que talvez me guardabas rencor por haberte terminado.
—No, eso es para idiotas —dije riendo.
—Es que fui muy cruel, talvez ni merezco tu linda amistad.
Esta niña se iba a poner cursi, tonta y dramática. Necesitaba algo para calmarla. Dejé de dar pasos, ella lo hizo también. Me puse frente a ella y le agarré el rostro diciendo:
—Maddi, tú eres una chica maravillosa. —Verla a ella era como ver a Lorena, eso hizo que fuera fácil disparar palabras bonitas—. Y yo no te guardo ningún sentimiento negativo. Me diste experiencia y benevolencia, y quiero seguir con nuestra amistad. Tú lo vales y te adoro.
La besé, sus labios parecían pétalos de una rosada flor, y su cuello perfumado parecía leche virgen. Era una Afrodita personificada e ingenua, un lienzo en el cual no habían pasado pincel ni pintura. Pero por muy buena que pareciera, no se comparaba con su maestra, su madre sí era una verdadera obra de arte, capaz de traerte a la vida luego de matarte. Aunque los labios y los besos de Maddi fueran muy buenos, yo tan sólo fantaseaba con Lorena, personificándola, deseándola. El beso culminó, la sonrisa de Maddi por fin nació, y yo deseaba que deje de hacer preguntas tan tontas. Nos separamos y nos mirábamos a los ojos; brillaban cual lucero, sus labios me dieron un beso verdadero, pero a mí no me importaba eso.
—Eres muy tierno Marcelo, me arrepiento de haberte dejado.
Mi mente me alertaba que Maddi estaba insinuando un regreso, era la oportunidad perfecta para reencontrarme con su madre.
— ¿Te arrepientes eh? —dije riendo.
—Sí Marc, no entiendo qué me pasó.
Era hora de fingir si quería que mi plan diera resultado.
—Que fui un tarado, no te respeté, y si me dejaste, fue porque lo merecía. No debes estar arrepentida de nada. Nuestro cuerpo está programado para alejarnos de lo que nos hace daño. Tú sólo respondiste a tu instinto.
—Siempre me han agradado tus argumentos con palabras extrañas que a veces no entiendo. Te adoro Marcelo.
—Maddi, fui un tonto, ¿me perdonas?
—Ya lo hice hace mucho tiempo, Marcelo —dijo sonriendo.
— ¿Y me aceptarías de nuevo?
— ¿Te me estás declarando?
—Sí.
—Te aceptaría una y otra vez.
— ¿Y en este momento?
— ¡Sí!
Nos besamos una vez más.
El plan marchaba bien, Maddi era un escalón. Me sentía una basura al utilizar a aquella maravillosa chica, pero por Lorena yo hacía lo que me fuera posible.
Llegamos hasta la esquina de su casa y me marché, Lorena ya se había ido a su trabajo. Luego llegué a mi casa, me tendí sobre la cama, estaba exhausto. Tenía mucha tarea que poco me importaba, era un irresponsable. Encendí el computador para jugar en línea, con eso pasaba el tiempo de manera rápida.
A veces los videojuegos nos crean un escape a nuestra cruda y vacía realidad. No aferrarse a nada es un punto para poder vivir felices. Todo se va. Ganamos con gloria o perdemos con vergüenza, el objetivo es avanzar. Instintivamente el ser humano es guiado hacia el éxito. Su objetivo es la gloria. Innumerables veces probamos la derrota, pero recuerda que el objetivo es avanzar.
Ya casi eran las cinco de la tarde, me apresuré en avanzar, llegué al carrito de hamburguesas. Bernardo me saludó muy amable.
— ¡Hola Marcelo! ¿Cómo va todo?
—Hola Bernardo. Estoy algo hambriento, dame una hamburguesa.
— ¿Simple o doble?
—Simple.
—Sale en cinco. Toma asiento Marcelo.
Conversaba con Bernardo; hombre de raza negra con estilo de blanco. Algo presumido, gustaba de darse ostentosos lujos.
— ¿Y cómo va el colegio, Marcelo?
—Bastante cansado en realidad.
—Hermano, tú sólo estudia, pase lo que pase, ¡estudia! La vida cada vez se pone más dura.
—Bernardo, a veces pienso que las personas simplemente pueden brillar si son buenas, y con buenas me refiero a inteligentes, capaces, con la habilidad de captar y analizar las oportunidades y sólo tomarlas. Hay gente que ni ha pisado el colegio y sin embargo viven bien.
—Eso sólo es suerte.
—La suerte no existe.
Rio.
—Ay chico, qué equivocado estás.
—Las cosas simplemente suceden, no es cuestión de suerte.
Me dio la hamburguesa.
—Sea como sea, tú estudia. Yo me arrepiento cuando tuve la oportunidad, y ahora tengo que sudármela aquí en el calor todo el día.