Mis investigaciones
sobre el curso de la naturaleza
en la evolución de la humanidad

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MÁRGENES
Colección dirigida y diseñada por
Luis Arenas y Ángeles J. Perona
TÍTULO ORIGINAL:
Meine Nachforschungen über den Gang der Natur in der Entuvicklung des Menschengeschechts
© De la traducción: JOSÉ MARÍA QUINTANA CABANAS
© de la presente edición, Machado Grupo de Distribución, S.L.
C/ Labradores, 5. Parque Empresarial Prado del Espino
28660 Boadilla del Monte (Madrid)
editorial@machadolibros.com
ISBN: 978-84-9114-269-0
Johann Heinrich Pestalozzi
Mis investigaciones
sobre el curso de la naturaleza
en la evolución de la humanidad
(1797)
Introducción y traducción por
José María Quintana Cabanas

MÍNIMO TRÁNSITO
A. MACHADO LIBROS
Introducción
Mis investigaciones
Prólogo
Primera parte. Las contradicciones del hombre en sociedad
Segunda parte. Los tres estados del hombre
Tercera parte. Aplicación de mis principios esenciales a los puntos de vista simples que adopté en mi primera visión del tema (o primera parte)
Consideraciones previas
Ésta es una obra singular de Juan Enrique Pestalozzi (1746- 1827). Singular porque no es muy conocida ni citada entre sus obras y, sin embargo, es una de las más importantes y fundamentales de ellas. Es su obra filosófica. En la misma encontramos, de nuestro autor,
– su Antropología
– su Ética
– su Filosofía Social
– su Filosofía de la Educación.
Cuando la escribió, Pestalozzi no era todavía el pedagogo que fue después; era solamente un escritor de la época de la Ilustración, con buenas aportaciones al pensamiento de su época. Pero tenía ya una idea clara de lo que debía ser la educación del pueblo, y de los métodos con que había que promoverla.
La obra a la que nos referimos es Mis investigaciones sobre el curso de la naturaleza en la evolución de la humanidad. Por su largo título suele mencionarse simplemente por Mis investigaciones. La publicó en 1797 (en la Editorial Heinrich Gessner, la misma en que cuatro años después publicaría Cómo Gertrudis enseña a sus hijos, la primera de sus grandes obras pedagógicas). Su aparición pasó bastante desapercibida; Herder, el gran neoclásico alemán, fue el único que, en una recensión, reconoció el valor del libro y lo alabó como una obra «del genio filosófico alemán». Pero luego el público intelectual la tuvo poco en cuenta, hasta que en el primer tercio del siglo XX notables autores la ponderaron bastante, entre ellos Paul Natorp (1898: 77) con estas palabras: «Realmente esta obra es igual a la de Rousseau cuando menos en agudeza radical, en la altura de la concepción, en fuerza de abstracción, en visión filosófica superior a la del Ginebrino y en el modo como argüye contra las disposiciones naturales del individuo, hecho con un lenguaje encendido, a menudo poético, y especialmente rico en imágenes». Hoy día sentimos la conveniencia de reivindicar la importancia de esta obra, sobre todo para fundamentar el pensamiento de Pestalozzi desde su base.
Dicho autor escribió el presente libro durante tres años, de 1793 a 1795, es decir, tras la viva experiencia de la Revolución Francesa. Precisamente suele decirse que constituye la reflexión profunda que dicho suceso provocó en nuestro autor, haciéndole revisar todos sus planteamientos ideológicos, sociales y políticos. En este sentido es una obra de madurez y de crítica, en que Pestalozzi, a sus cincuenta años de edad, hace una especie de filosofía de la historia para explicarse y explicar lo que es la humanidad y lo que debe ser, cuál es el destino del género humano y, por consiguiente, cómo ha de orientarse la formación y educación del mismo. En su mencionado libro Cómo Gertrudis enseña a sus hijos Pestalozzi (1976: 6), hablando de Mis investigaciones, dice que «al escribir esta obra tenía sobre todo por objeto el darme cuenta exacta del encadenamiento de mis ideas favoritas y de poner mis sentimientos naturales en armonía con las opiniones que me había formado sobre el derecho civil y la moral».
Hemos dicho que se trata de una obra filosófica. Lo es claramente por el fondo de la misma y por las tesis que sienta, aun cuando su forma, su falta de léxico y de conceptos especializados y una ausencia de diálogo con el pensamiento de otros filósofos la privan de aquel barniz que parece propio de las obras de Filosofía.
De hecho Pestalozzi rehúsa ser filósofo y en varias ocasiones hasta arremete contra la erudición filosófica y las pretensiones de las teorías filosóficas. En 1793 había tenido un encuentro con Fichte, el discípulo de Kant, que parece haber producido en él un doble efecto, uno positivo y otro negativo. El positivo sería un conocimiento y admiración del pensamiento ético de Kant, aquel que da un valor absoluto a la moralidad y afirma la necesidad de que el hombre se eleve moralmente por el cumplimiento del deber. Y el efecto negativo sería un disgusto de la filosofía conceptual y un rechazo del lenguaje filosófico erudito; Pestalozzi tiende a dar más valor al sentimiento que a la razón, y a buscar la solución de los problemas intelectuales en la intuición emocional. En esto último simpatizaba con las posturas de Jacobi y de Nicolovius, ambos amigos e interlocutores suyos, que profesaban una actitud contraria a la filosofía intelectualista de Kant.
El caso es que Pestalozzi, que había comenzado con deseos de reformas sociales y políticas que trajeran a la humanidad la libertad, la igualdad y la fraternidad, se desencantó de una Revolución Francesa que las prometía pero no las realizaba; había soñado, con Rousseau, en la bondad de la naturaleza humana y en la igualdad de todos los hombres, pero lo que más se veía, ahora como antes, era la maldad de los hombres y el abuso de unos sobre otros. Este fracaso de la Revolución Francesa lo constata Pestalozzi en su importante escrito ¿Sí o no?, de 1792. Era momento, pues, de reflexionar sobre el papel que jugaba la naturaleza en el decurso y desenvolvimiento de la humanidad a lo largo de la historia. ¿Qué es el hombre? ¿Qué fuerzas lo mueven? ¿Qué pretende? ¿Por qué no sabe ser feliz? ¿Puede serlo? ¿Ha de serlo? ¿Cómo lograrlo?
Estas son las preguntas que se hace Pestalozzi, y a ellas quiere dar respuesta, y la da, en el presente libro. Y las da con gran sabiduría. Tal vez no tenga el brillo estilístico ni la agudeza de un Hobbes, de un Maquivelo o de un Rousseau; pero tiene mucho más juicio que todos ellos y mucho más realismo humano y social, no cayendo en sus utopías y extravagancias, y proponiendo una doctrina más equilibrada, sensata, constructiva y acertada. En Mis investigaciones —dice P. Stadler (1988: 419)— nuestro autor «pretende hacer una Antropología, es decir, un ensayo de entender al hombre en los distintos componentes que determinan su existencia dentro del Estado y de la sociedad».
En ellas Pestalozzi modera sus tendencias revolucionarias de juventud y se muestra más conservador. No cae en el extremo opuesto, claro está, sino que se sitúa en un punto medio, entre el pesimismo y el optimismo antropológico y social, entre un conservadurismo injusto y oprimente y un progresismo que rompe todos los frenos y niega todos los valores. Ese término medio es muy propio de Pestalozzi en todo, también en sus teorías pedagógicas y morales; es —a nuestro entender— la gran cualidad del pensamiento de este autor, lo que le da gran calidad y lo recomienda como un modelo para el pensamiento contemporáneo.
El plan de la presente obra
Digamos, de entrada, que Mis investigaciones constituye una obra bastante difícil para el lector. Por eso éste hará bien en ayudar su lectura mediante la consulta a introducciones y comentarios a la misma. Ocurre que no solamente el tema es ya espinoso de por sí, sino que además Pestalozzi, como escritor, nos lo pone todavía más difícil: cuando escribe le cuesta conceptualizar y sistematizar, mezcla lo literario y retórico con lo analítico y descriptivo, y nos resulta oscuro el seguir su hilo y hasta la misma estructura de la obra. Y además no cuida de coordinar y subordinar adecuada y visiblemente los subtítulos, faltando algunos de ellos.
Vamos a tratar de sistematizar y aclarar la estructura del libro, en lo cual nos ayudarán el intento de Eduardo Spranger y el de Daniel Tröhler. El de Spranger consta en PSW (12; 779s) (con las siglas PSW citaremos siempre la edición crítica de las Obras completas de Pestalozzi: Pestalozzi Sämtliche Werke; en esas citas, el primer número puesto entre paréntesis indica el volumen, y el segundo, la página); el de D. Tröhler (1997: 25s) es más sintético.
La obra presenta tres partes principales (todas las páginas que a continuación mencionaremos hacen referencia a la presente edición en castellano). Hay una Primera Parte (pp. 63-143) que describe las contradicciones que el ser humano presenta en su estado natural. Esa contradicción en el hombre viene de que el mismo tiene dos peculiaridades distintas y antitéticas: por un lado, en efecto, muestra un egoísmo (aspecto antropológico negativo) que le acarrea toda una serie de fenómenos humanos y sociales (unos, patentes antes de la Revolución Francesa, y otros que se constatan desde ella); mas, por otro lado, el hombre muestra también una benevolencia, que da lugar, igualmente, a una serie de fenómenos propios y distintos a los anteriores, y paralelos a ellos.
La Primera Parte, pues, plantea el problema del hombre en sociedad. La Segunda Parte (pp. 145-257) propone una solución a este problema; es una solución muy original que encierra «lo esencial del libro», cifrado en la descripción de los tres estados sucesivos del hombre en sociedad, y de cómo hay que pasar del uno al otro.
Pero se trata de una solución «abstracta». La solución «concreta» al problema se da en la Tercera Parte (pp. 259- 311) del libro, en que se aplican a los temas y problemas sociales de la Primera Parte los conceptos de la Segunda Parte, con lo cual la explicación de lo humano en lo social resulta completa.
Ahora bien, estas tres partes son complejas: tienen introducciones, o conclusiones, o pasos de una a otra. Especificado todo ello con detalle, la estructura del libro queda del modo siguiente:
Introducción: Planteamiento del problema.
1. PRIMERA PARTE. Las contradicciones del hombre en sociedad.
El hombre en el estado presocial:
1.1. Fenómenos sociales evolutivos en la línea del egocentrismo, antes de la Revolución Francesa.
1.2. Fenómenos sociales evolutivos en la línea de la benevolencia.
1.3. Consideración: la imagen del hombre y la disolución de los Estados.
2. SEGUNDA PARTE. Lo esencial del libro: los tres estados del hombre.
2.1. Tránsito a lo esencial de mi libro.
2.2. Primera presentación de lo esencial de mi libro.
2.3. Determinación más precisa de este punto de vista esencial.
2.3.1. ¿Qué soy yo en el estado de naturaleza?
2.3.2. ¿Qué soy yo en el estado social?
2.3.2.1. Anexo a este parágrafo.
2.3.3. ¿Qué soy yo en el estado moral?
2.3.4. Resultados (lo esencial de mi libro).
3. TERCERA PARTE. Aplicación de mis principios esenciales a la Primera Parte.
3.1. Nueva articulación.
3.2. Aplicación de los fenómenos sociales en la línea del egoísmo.
3.3. Aplicación de los fenómenos sociales en la línea de la benevolencia.
3.4. Resumen: verdad y derecho.
4. CONCLUSIÓN: El resultado final de mi libro.
Aproximación a la motivación ideológica de este libro
Pestalozzi se halla perplejo ante las contradicciones que aparecen en el hombre. Observa M. Soëtard (1994: 209) que la gran experiencia y constatación de nuestro autor es que la existencia humana encierra una fundamental antinomia (que luego se despliega en muchas otras), a saber, el deseo de vivir una vida perfecta y feliz, exenta de preocupaciones y penas, al cual se opone la triste realidad de una vida llena de penurias, limitaciones, dificultades y frustraciones. Otra contradicción aparece en su vida social. El hombre, en efecto, necesita de los demás y, trascendiendo esta mera conveniencia suya, hasta es capaz de quererlos, amarlos y ayudarlos; mas, por otra parte, también puede abusar de ellos y perjudicarlos, y lo hace efectivamente. Ahora bien: ¿cómo entender y explicar todo eso? He aquí el misterio que Pestalozzi quiere desentrañar en su libro.
Había partido de Rousseau, de la bondad de la naturaleza y de la armonía que con el pacto social se había creado en la humanidad. Pero luego, dice A. Agazzi (1966: 6), «su encuentro con el Emilio fue para él una revelación. Vio que la teoría de Rousseau no era sino una quimera educativa, que, por falsear la naturaleza del hombre, en vez de resolver el problema lo había suprimido». Era preciso, pues, buscar otra explicación.
Mis investigaciones constituye una discusión con Rousseau, el cual, protestando por la degeneración de la humanidad a causa de la cultura, hace una evasión romántica a un estado de naturaleza inocente. Todo eso a Pestalozzi le parece una huida a un mundo de ensueños; él prefiere poner sus pies en el mundo de la realidad y, en vez de dejarse llevar de las fantasías, atender a las urgentes necesidades y carencias que observamos en derredor nuestro. Por eso, según W. Nigg (1927: 109), «en Mis investigaciones Pestalozzi se encaraba con los problemas de su época. El raro atractivo que es propio de esta obra viene de la pasión personal con que Pestalozzi plantea las cuestiones. Nuestro autor ha escrito este libro con sangre de su corazón, y en cada una de sus líneas aparece el hombre en quien el sufrimiento ha grabado profundas huellas en su rostro, cuyos ojos se percataron de todo lo que era iluso y que no descansó hasta llegar al fondo de las cosas».
Según Rousseau la educación del hombre viene de tres factores: de la naturaleza, de los hombres y de las cosas. Es decir, se trata de un mero acontecer externo; es un proceso meramente natural (naturalismo). Pero he aquí que Pestalozzi deja de ser un naturalista para hacerse un «humanista»: la educación humana, la persona, según él es también obra de la naturaleza y de la sociedad, pero, además y sobre todo, es obra de sí mismo. He aquí la gran diferencia con Rousseau. Éste preconiza una educación «negativa» (la no-intervención del educador en el proceso educativo); Pestalozzi, en cambio, concibe la educación como una intervención «positiva» (en forma de «ayuda», Handbietung, en la heteroeducación, y de decisión moral en la autoeducación). Esto es la conclusión final de Mis investigaciones de Pestalozzi, que podría resumirse diciendo que «la verdad está en el interior del hombre»: el hombre es, sobre todo, lo que él hace de sí mismo.
Rousseau había puesto la plenitud del hombre en el estado cívico; ahora Pestalozzi la pone en el estado moral. Y ni la sociedad ni la cultura tienen por qué ser malas: con su esfuerzo moral, es decir, con la educación moral, las podemos y debemos volver buenas. La inocencia originaria que predicaba Rousseau se desvanece también originariamente, y luego ya no se la ve: pero podemos y debemos restablecerla haciéndola ser una obra de nosotros mismos; la naturaleza falla, pero el hombre no ha de fallar, no debería fallar, y ha de restaurar (wiederstellen) la naturaleza. Aldo Agazzi (1966: 63) da una interpretación dialéctica de la evolución de la humanidad tal como la concibe Pestalozzi, expresándola así: «de una tesis individual y naturalista venía a desplegarse una antítesis social, y de aquí se llegaba a una síntesis de individuo y sociedad, en el orden ético como forma perfecta del hombre». Pestalozzi compartía el ideal del progreso indefinido de la humanidad y el ideal de felicidad propio de los ilustrados. En este sentido la Revolución Francesa se presentaba y se afirmaba como un intento de avance social; por eso Pestalozzi, al constatar que sus resultados eran más bien otros, quedó desconcertado. Y, procurando poner orden en sus ideas y encontrar la solución del enigma, se puso a pensar y escribió su libro. El descubrimiento de la actitud moral del hombre le dio la solución: el hombre, que es un ser social, ha de corregir, con su propio esfuerzo y voluntad, los aspectos insociales de su naturaleza, y con eso será enteramente social, con bondad social.
Originariamente el hombre, como ser vivo (como animal), tiene y ha de tener un «cuidado de sí» (Selbstsorge), que forma parte del instinto de conservación. Lo malo del caso es que, por la corrupción (Verderbung) de la naturaleza, esta tendencia se pervierte y da lugar al «egoísmo» (Selbstsucht). A partir de aquí degeneran para el hombre todas las instituciones sociales: los conocimientos o el saber, la adquisición de bienes, la propiedad y la posesión de los mismos, el estado social, el poder, el honor, la dominación, el derecho social, la nobleza y el derecho de la corona; estas instituciones en las épocas anteriores a la Revolución Francesa, porque después de ella hay otras a considerar, como son el libertarismo, la tiranía, la revuelta y el derecho del Estado.
Pero el hombre y la humanidad tienen también su lado socialmente positivo, constituido por su tendencia a la «benevolencia» (Wohlwollen). En el estado de naturaleza ella se manifiesta en forma de una benevolencia animal, pero luego se eleva en forma de amor (también animal en un comienzo, pero dando luego lugar al «sentido divino de la lealtad») y en forma de religión (sensitiva al principio, mas como sentimiento desinteresado y trascendente después, a modo de salto mortale).
El contenido esencial de Mis investigaciones
Como ya hemos visto, ese contenido se halla expuesto en la Segunda Parte del libro. Pestalozzi se pregunta de dónde se genera la naturaleza humana, cuál es la fuente de su constitución y de su evolución. Y aquí, no sea más que por una vez, nuestro autor es extremadamente claro, conciso y sistemático al decirnos que el hombre
1. es un producto de la naturaleza;
2. es un producto de la sociedad;
3. es un producto de sí mismo.
Se trata de una respuesta y de una teoría simplemente geniales. Difícilmente se podrá ponderar bastante el mérito y el acierto de este modo de ver. Y también su actualidad científica. El tema de la génesis de la personalidad humana, en efecto, es objeto de un fuerte debate científico contemporáneo, en el cual la propuesta de Pestalozzi representa una respuesta no sólo significativa, sino también oportuna, por lo realista que es y, con esto, también satisfactoria y hasta conciliadora.
Nos estamos refiriendo, ya se adivina, al debate entablado desde hace muchas décadas, pero sobre todo en los años 1960-1980 (cf. J. M.ª Quintana 1989: 81-8 y 198), en torno a la acción de las circunstancias ambientales en cuanto determinantes de la personalidad individual. En esto la disputa entre los genetistas (K. Pearson, G. V. Lapouge, R. Dudgale, J. W. Moore, y más especialmente Ch. Jencks, A. R. Jensen y H. J. Eysenck), que todo lo atribuyen a los factores biológicos, y los ambientalistas (J. Mill, R. E. Park, E. W. Burgess, todos los autores socialistas y marxistas, amén de S. Engelmann, M. Deutsch, R. Klaus y S. Gray), que toda la causa la ponen a cuenta del entorno familiar, humano y social que rodea a la persona, ha sido muy intensa y ruidosa. Y, como suele ocurrir cuando hay posturas tan contrapuestas, aparecen también otras intermedias, que en este caso reconocen efectividad tanto a los determinantes biológicos como a los ambientales, y en este sentido se han pronunciado autores como R. Dubois, B. S. Bloom, A. K. C. Ottaway, M. Yela, J. Piaget, H. Wallon.
Ya mucho antes de todo ese ajetreo intelectual Pestalozzi había entrevisto el problema e, intuitivamente, le había hallado una solución a nuestro entender acertada, anticipándose a este último punto de vista que integra los factores biológicos («el hombre es un producto de la naturaleza») con los ambientales («el hombre es un producto de la sociedad»; a menudo en el texto se dice también: «de la humanidad»). Como anota nuestro autor al comienzo de la Segunda Parte del presente libro, «unas veces he visto que las circunstancias hacen al hombre; pero otras he visto que el hombre hace las circunstancias». Y, sobre todo, Pestalozzi añade ahí un tercer punto de vista, un tercer factor («el hombre es un producto de sí mismo»), que rompe el determinismo de los factores naturales (biológicos y sociales) y, a través del factor moral, introduce al hombre en el reino de la libertad, de la responsabilidad y de la dignidad personal. A la persona humana no la hace nadie: se hace a sí misma, al menos en lo mejor que ella tiene.
Se trata de tres momentos en el desenvolvimiento del género humano. Son sucesivos pero, al propio tiempo, son simultáneos. Su engarce interno se halla constituido por bastantes grados y pasos, que vienen indicados por este cuadro sugerido por E. Spranger, al cual, a modo de esquema temático, aplicamos la paginación correspondiente al presente libro:
SEGUNDA PARTE. Lo esencial de este libro.
2.1. Tránsito a lo esencial de mi libro.
2.1.1. La fuerza moral y la constante recaída.
2.1.2. Diálogo sobre la infidelidad en el derecho social.
2.2. Primera presentación de lo esencial del libro.
2.2.1. El estado de naturaleza: el llamado derecho natural construido desde el estado moral.
2.2.2. El estado social, dignificado en parte por el derecho social.
2.2.3. El estado moral.
2.2.3.1. considerado en sí mismo.
2.2.3.2. Un medio de llevar a lo moral: «las cosas animalmente próximas».
2.3. Resultados de mi libro (lo esencial de él).
2.3.1. Restablecimiento de la armonía del hombre.
2.3.2. El hombre como cosa mediadora.
El paso de lo natural a lo social y a lo moral.
(El «curso de la naturaleza»)
Rousseau rompe la armonía entre naturaleza y cultura: la naturaleza es positiva y la cultura es negativa; la introducción de la cultura es la ruina de la naturaleza y, por consiguiente, un mal para la humanidad. Para Pestalozzi, en cambio, casi todo es al revés: la naturaleza fue buena, pero he aquí que, habiéndose corrompido, es mala; la cultura es buena, y precisamente ella (representada por la civilidad y, más aun, por la moralidad) será la salvadora de la naturaleza, restableciéndose así la armonía entre ambas.
Veamos ahora cómo desde estos supuestos se explica y se entiende el largo título que Pestalozzi ha puesto a su obra y que, de entrada, desorienta al lector. Pues sí: la naturaleza comienza mal (el hombre está pervertido); pero he aquí que viene el pacto social, vienen las leyes, y el hombre (por la acción de la sociedad) se regenera bastante; y viene luego la vida moral, y se regenera casi del todo. Es el recorrido evolutivo de los tres estadios sucesivos de la humanidad: 1.º el hombre natural; 2.º el hombre social, y 3.º el hombre moral. Esta es la historia de la naturaleza; esto es lo que han venido a decir las Investigaciones de Pestalozzi sobre el decurso de la naturaleza en el desenvolvimiento de la humanidad. Ya lo vemos: toda una Filosofía de la Historia. Observemos brevemente cómo nuestro autor caracteriza estas tres fases.
1. El hombre natural. « El hombre, creado para el goce, la tranquilidad, la libertad y una autonomía segura, en la vida social se halla pisoteado en todas partes. En una vida que se le ha hecho amarga, se siente miserable bajo mil represiones y, falto en su interior de algo que aniquilaba esta situación, la fuerza de sus sentimientos primitivos y la violencia de su propia naturaleza lo harán o insensible o falso, o violento y enfurecido» (PSW 4; 424). «Tan pronto como apareció el hombre hubo la guerra. ¿Qué otra cosa quiere hacer con sus hombres el salvaje que se siente jefe, más que apoderarse de un botín?» (PSW 9; 458).
2. El hombre social. «El hombre puede hacerse moral por las ventajas de una sociedad que le asegura su propiedad» (PSW 9; 225). «El hombre ha de servir si quiere ser protegido, y vive gustoso cuando lo está. El hombre ha de someterse al poder si quiere sentirse seguro, y vive a gusto en los brazos del poder cuando estos lo defienden» (PSW 8; 58). «Si en la Tierra plantáis inocencia y amor, junto con un puro sentido de la verdad y de la justicia, rehabilitaréis la humanidad envilecida dándole de nuevo el sentimiento de su dignidad y de su igualdad» (PSW 8; 264).
3. El hombre moral. « La pureza total de la moralidad ha de conducir necesariamente a aquel punto del cual ella proviene, y éste es evidentemente mi inocencia, es decir, yo mismo sin el conocimiento del mal ni del vicio ni del peligro» (PSW 12; 111). «No es necesario que el hombre sea dichoso, pero es necesario que sea bueno» (PSW 7; 68). «El valor de las buenas acciones se distingue por el esfuerzo y buena voluntad que en ellas pone el que hace el bien, pero también por la auténtica utilidad que procura a los demás» (PSW 9; 463). «En lo sagrado de la naturaleza humana, la moralidad y el sentido de lo divino son un simple pero general resultado de vivir interiormente la verdad y el amor» (PSW 17B; 172). «La persona buena valora los excelsos y distinguidos dones del corazón y de la mente como más altos que los bienes terrenales y humanos» (PSW 22; 16).
La dialéctica del decurso de la naturaleza.
Solución de antinomias
Como acabamos de ver, en un primer momento la naturaleza humana, que estaba degradada, se mejora por su sometimiento a unas leyes civiles, que son justas. Es una primera domesticación del hombre salvaje (que ya no era el «buen salvaje»). En un segundo momento el hombre social se mejora todavía más por la sumisión voluntaria a la ley moral, que es fuente de su dignificación (Veredelung) interior.
De esas dos superaciones sucesivas de la perversión inicial, la primera tiene un carácter puramente externo: la persona se socializa (se adapta a los demás, los respeta, es justo con ellos) sólo por la coacción externa de la ley, que la obliga a ello. En la segunda, en cambio, lo hace por su propia iniciativa y libertad interior. Como dice Pestalozzi, «ni la aproximación de lo animal a los conceptos morales, ni la unión de mis sentimientos de egoísmo con los de benevolencia —hacia la cual esa aproximación inclina al hombre social— son capaces de hacerme un ser moral de por sí; yo me hago moral sólo por mí mismo, por mi propia fuerza» (palabras, estas últimas, que parecen de Kant. Cuando en las citas no ponemos referencia bibliográfica, es que están tomadas de la presente obra de Pestalozzi).
Vemos, pues, que en el desenvolvimiento del género humano hay una progresión ascendente. La dialéctica que en este proceso sigue la naturaleza queda muy bien explicada por el siguiente texto de J. Cohn (1933: 27):
«Ya a primera vista se distingue Pestalozzi de Rousseau en que él no ve el estado de naturaleza ni el estado social como los que hacen al hombre perfecto, sino que éste se consigue en un tercer estado, que es el estado moral. El hecho de que Pestalozzi describa estos tres estados uno detrás del otro, como se aprecia en el título de la evolución de la humanidad, da a entender como si quisiera describirlos al modo de estadios sucesivos y que se van superando uno a otro. Pero sabe muy bien que no sólo el estado natural renace con cada niño que llega al mundo, sino que también la vida social es algo que está en la base de todos, y que también el estado moral se halla incoado en toda persona, pero hasta ahora nunca ha sido logrado para todo el conjunto de una comunidad. Así pues, esos tres estados son como elementos o momentos de los cuales nuestra vida se constituye continuamente, ocurriendo que en distintos estadios o estados uno de ellos supera a los otros. La diferencia más importante y decisiva de Pestalozzi con respecto a Rousseau, y de la cual se derivan todas las demás, está ya al comienzo. Ciertamente Pestalozzi admite un estado de inocencia en el cual el niño satisfecho y feliz abriga con respecto a los demás una benevolencia natural —o, como dice Pestalozzi, «animal»—. Pero esto constituye sólo una situación limítrofe: tanto en el género humano como en el niño constituye un instante que desaparece en seguida, pues tan pronto como se produce el mal, la limitación de los deseos por las necesidades de la vida y la insatisfacción de los apetitos, y en tanto que se producen, desaparece al instante aquella benevolencia animal; el estado natural pasa a ser luego un estado corrompido, y la imagen de la inocencia queda sólo, a la mirada interior del hombre, como objetivo de un perfeccionamiento ulterior.»
Pero además de la antinomia naturaleza/cultura, muy bien resuelta por Pestalozzi, en el anterior esquema evolutivo aparece también otra: la antinomia individuo/sociedad. Pues si, según dicho esquema, el yo moral (que es individual) es posterior —y, con esto, superior— al hombre social, tenemos que para Pestalozzi el hombre no se subordina totalmente a la sociedad, sino que se dedica a los demás después (no en el tiempo, sino en el orden de prioridad) de haberse perfeccionado personalmente.
Esto es lo que dice J. Helmchen (1998: 112) comentando la doctrina de Pestalozzi:
«El individuo ha de llegar a ser un sujeto cumplido antes de servir a cualquiera de los fines de la colectividad. Contrariamente a quienes le precedieron en la práctica y en la reflexión educativa de su tiempo, es decir, contrariamente a los filántropos alemanes que se quedaban en una lógica utilitarista y de la cual Pestalozzi, al inicio de su carrera, había tomado el modelo industrial y pedagógico de Neuhof, para este autor el desarrollo de los conocimientos, desde los elementales hasta la formación general, no se halla regido por manejos externos, sean los que fueren. El Método viene del interior, de lo más íntimo del propio sujeto, y puede decirse sin duda que el desarrollo íntimo al cual aspira Pestalozzi con su fórmula de la obra de sí mismo vuelve a tomar, de algún modo, la imagen de la luz interior de que nos habla Comenio, también para el cual era preciso restablecer el acuerdo del individuo consigo mismo en sus dimensiones más íntimas antes de ir a operar sobre el campo público.»
La antinomia individuo/sociedad Pestalozzi la resuelve con su «personalismo» y, más concretamente, con su personalismo «cristiano». Según la visión de nuestro autor la sociedad tiende a asegurar una gestión racional de las masas humanas, mientras que el cristianismo está orientado al individuo; por tanto hay una contradicción entre sociedad e individuo. Por lo mismo —piensa Pestalozzi— no es posible un gobierno cristiano de la sociedad; el «hecho social» es extraño al sentido ideal; no puede realizarse el ideal humano sólo desde la técnica política. El camino de solución de esta antinomia será suscitar y cuidar la actitud moral de las personas mediante la educación, acrecentando así la dignidad de las personas a despecho de la constitución social. Este es el resultado a que llega nuestro autor en Mis investigaciones: «la religión, en tanto que es una religión real y verdadera, es, igual que la moralidad, cosa totalmente del hombre individual; su verdad no le importa propiamente nada al Estado sino en tanto que éste tiene la obligación de proteger y mantener el derecho de los individuos a ser siempre leales a sus convicciones».
La naturaleza como base humana
Dice P. Stadler (1988: 420) que «Pestalozzi caracteriza el estado natural del hombre de un modo ambivalente: por un lado el hombre es un ser incorrompido y lleno de fuerza y capacidad, sensible y natural, en el sentido de Rousseau; y, por otro, es un ser brutal, incluso bestial, lleno de penalidades y de preocupación por su existencia».
Igual que el filósofo ginebrino, Pestalozzi afirma (¿por qué no?) que la naturaleza originariamente es buena: «la naturaleza es cosa de Dios, es una naturaleza divina» (PSW 22; 25); «la naturaleza es grande y permanece firme en sí misma, sanando y ayudando por sí misma» (PSW 22; 116). «El estado de naturaleza, en el pleno sentido de la palabra, es el grado máximo de integridad animal».
Pero esto no se ve en ninguna parte. ¿Qué ha pasado, pues? Simplemente, que la naturaleza ha degenerado, y esto es lo que ha ocurrido al hombre: criado originariamente inocente, pierde ya en seguida esta inocencia, cayendo en un estado de depravación. «Luego en su pecho ya no hay benevolencia alguna: su mujer es su esclava y el hombre que es más débil que él es su siervo; a quien se opone a él lo mata, y a quien lo rehuye le obliga a servirlo». «¿Hubo algún momento en que el estado filial del hombre era enteramente puro, o sea, en el cual el niño vivía en el mundo sin conocimiento del mal, del dolor, del hambre, y por consiguiente sin dolores, sin cuitas, sin desconfianza ni sentimientos de dependencia y de inseguridad? Ciertamente existe un tal estado: es el momento en el cual el niño viene al mundo. Pero tan pronto como este momento existe, desaparece».
Y una vez desaparecido, el hombre queda pobre y desvalido: «a partir de su primer lloriqueo, el niño, con cada sentimiento de una necesidad insatisfecha y de un deseo incumplido, y con cada sufrimiento, se va alejando cada vez más e indefinidamente de ese punto» inicial de bienestar. El hombre natural es un «hombre animal» (Tiermensch), y «a medida que aumentan sus experiencias y que va conociendo el mal pasado, va temiendo el mal futuro y va sufriendo el mal presente; el hombre, en proporciones que se doblan continuamente, se va alejando de aquel punto en el que descansa la incorrupción de su naturaleza».
Ese hombre animal posee una «verdad animal», o capacidad de considerar las cosas del mundo en relación con la propia animalidad natural; y, paralelamente, también un «derecho animal», que consiste en una «necesidad simple, general y automática» de pretender todas esas cosas del mundo de un modo animal. En esa situación el hombre lo mira todo y lo desea todo sin tener en consideración las conveniencias sociales y menos aun las exigencias morales. «En tal estado el hombre es un genuino hijo de su instinto, que lo lleva de un modo simple e inconsciente al placer de los sentidos».
El concepto de «derecho» propiamente dicho es un concepto social y, por lo mismo, el hombre lo conoce y lo tiene sólo cuando se halla en estado de sociedad. Según Pestalozzi este concepto se desarrolla especialmente en las situaciones negativas, es decir, cuando el hombre ve impedidas sus necesidades y siente conculcados sus derechos sufriendo injusticia: entonces toma conciencia de sus derechos. «El hombre animal se permite cualquier desafuero para asegurarse de que no cometan ninguno contra él».
En la teoría de Pestalozzi la mera «naturaleza» humana es simple animalidad, que hace al hombre un ser «bellaco, mendigo y soñador». Lo normal, entonces, es que dé rienda suelta a su egoísmo y a su agresividad, hasta llegar a «quemar a quienes tiene a su alrededor igual que la luz de la lámpara quema a las mariposas que revolotean en torno a ella». Por fortuna se da cuenta de que tiene la facultad de hacer de sí mismo algo mejor que eso, supeditándose a normas sociales y culturales. Con esto su naturaleza evoluciona y pasa a estadios superiores.
Lo social como domesticador del hombre natural.
El ser real del hombre
Pestalozzi lo dice con toda claridad: «el estado social consiste esencialmente en restricciones del estado natural». Esto es muy cierto y lo será siempre y para todos los hombres: el proceso de «socialización» al cual hemos de someter ineludiblemente a todos nuestros niños, y en lo cual consiste lo más básico de su educación, consiste precisamente (hoy como ayer, y mañana como hoy) en enseñarles (en obligarles) a reprimir ciertas tendencias naturales para someterse a unas normas que la sociedad tiene establecidas, y gracias a las cuales los seres humanos dejamos de ser como animales y nos convertimos en «personas».
Pero esto es mera teoría. En la práctica la naturaleza humana animal no queda suprimida, sino únicamente reprimida, de modo que constantemente pugna por manifestarse y dar satisfacción a unas tendencias apremiantes que están siempre vivas en la persona, procurando salir y prevalecer. Esta es precisamente la situación real del hombre, que se ve escindido entre aquello que codicia por su lado animal y aquello (contrario a lo anterior) que desea por su lado cultural (social y moral).
El resultado es que en el ser humano subsisten simultáneamente los dos tipos de tendencias. Esta es la gran conclusión a que llega la antropología de Pestalozzi, y que hace del hombre un ser problemáticamente social y dramáticamente moral, sin ser nunca social del todo ni moral del todo, y teniendo que conquistar continuamente su calidad humana tanto social como moral. En esta difícil lid las personas más excelentes consiguen mejor resultado, y llamamos personas innobles a las que lo obtienen en bajo grado. Y en la persona normal, en el ser humano común y genérico, se hallan presentes tanto unos rasgos humanos positivos como otros negativos.
En Pestalozzi encontramos claros testimonios de esta doctrina antropológica; he aquí algunos. «El hombre puede ser bueno cuando quiere, pero no quiere cuando es egoísta» (PSW 7; 68). «En el primer período de la cultura humana el hombre es benevolente, agradecido y cordial, pero a la vez es temeroso, desconfiado y violento. Es fuerte y hábil, pero esa fuerza y esa habilidad las sabe emplear únicamente en pocas cosas» (PSW 14; 135). «La humanidad oscila, desde hace milenios, entre una perpetua tendencia a su dignificación y una perpetua frustración de este objetivo suyo, viviendo en un constante círculo en que siempre sale de la barbarie para terminar cayendo de nuevo en esa misma barbarie» (PSW 14; 141). «El hombre es bueno y quiere el bien y, cuando lo hace, lo único que quiere es ser bueno haciéndolo. Y cuando es malo, a buen seguro le han barrado el camino en el cual él quería ser bueno. Cosa espantosa es ese barrar dicho camino; pero esto es tan general que, por este motivo, tan pocas veces el hombre es bueno» (PSW 13; 244).
Esta es la visión ambivalente que Pestalozzi tiene del hombre: un ser escindido entre el bien que quiere y el mal que no quiere, como decía también san Pablo. Total, el hombre está hecho un lío en su interior. En expresión del pedagogo suizo, «el hombre es un gran milagro en la caótica oscuridad de la ignota naturaleza». Por eso tanto en la vida moral interior del hombre, como en su vida exterior social, se dan los conflictos y también los errores, los fallos y las desviaciones. Terreno abonado para que la educación, trabajando en el mismo, lo haga fructificar.
Con su ingreso en la vida social el hombre no ha accedido todavía a dos importantes valores: la verdad y el derecho. Accede, sí, a «los derechos» en tanto que limitaciones del egocentrismo animal individual para reconocer los derechos que también tienen los demás; pero no accede al «derecho», porque en sí mismo, en su exigencia, tiene un carácter moral. Una lección importante que Pestalozzi puede dar a nuestros contemporáneos, que no suelen reconocer otro derecho que los derechos establecidos por una sociedad democrática. Y es que para nuestro autor, a diferencia de esos contemporáneos, lo social, siendo mucho para el hombre, no lo es todo, sino que hay algo todavía mejor: el mundo moral. Vamos a considerarlo ahora.
El ámbito moral, supremo ideal del hombre
Vista ahora la Antropología de Pestalozzi, pasemos a describir su Ética.
La Ética humana se basa en la Antropología. Pues partiendo de la doble dimensión de la naturaleza humana, con una parte animal que posee unas tendencias sensitivas, y una parte ideal con unas tendencias ideales, y habiendo a menudo un conflicto entre las pretensiones de estos dos tipos de tendencias, la moral está precisamente en prescribir al hombre, como deber, el sacrificio de una tendencia inferior cuando se opone a la realización del valor que va anejo a una tendencia superior.
Este esquema Pestalozzi lo tiene muy claro. En su libro El canto del cisne, por ejemplo, insiste en él de todas formas y maneras, y también en Mis investigaciones, las cuales terminan precisamente con estas palabras: «Yo como ser moral soy el único que actúo para procurar la perfección de mí mismo y, como tal, soy el único capaz de resolver en mí mismo aquellas contradicciones que parece haber en mi naturaleza animal»; «yo como obra de mí mismo tengo que elevarme por mí mismo a toda aquella perfección de la cual mi naturaleza es capaz». En estos pasajes Pestalozzi habla precisamente de «perfección», y con este concepto nos está indicando que, con el ingreso en el estadio moral, el ser humano alcanza su nivel más alto, y el género humano, y con él la naturaleza, culminan el decurso de su evolución progresiva. En este sentido dice también: «Así pues yo, como obra de mí mismo, por mi voluntad alcanzo fundar, sobre las ruinas de la desgajada armonía animal de mí mismo, la benevolencia de mi naturaleza en la sujeción de mi egoísmo a mi capacidad moral y así, en medio de la corrupción de un estado que hace que mi egoísmo sea todavía mayor, llego sin embargo a hacer de mí mismo nuevamente aquel ser pacífico, bondadoso y benevolente que yo no puedo permanecer siendo como obra de la naturaleza y que no puedo llegar a ser como obra de la humanidad».