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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2000 Carol Devine Rusley

© 2019 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Una mujer diferente, n.º 993 - diciembre 2019

Título original: Marriage for Sale

Publicada originalmente por Harlequin Enterprises, Ltd.

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Harlequin Enterprises Limited.

Todos los derechos están reservados.

 

I.S.B.N.:978-84-1328-684-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Capítulo Uno

Capítulo Dos

Capítulo Tres

Capítulo Cuatro

Capítulo Cinco

Capítulo Seis

Capítulo Siete

Capítulo Ocho

Capítulo Nueve

Capítulo Diez

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Capítulo Uno

 

 

 

 

 

–La siguiente en oferta es la señorita Rachel Johnson, mujer excelente donde las haya –dijo el subastador con voz resonante, delante de las personas que paseaban por el corral; el hombre se enganchó los pulgares en los tirantes que ceñían su orondo estómago, y paseó la mirada por el público–. A sus veintiocho años de edad, la señorita Rachel está en la flor de la vida, y es miembro de la ejemplar y trabajadora familia Johnson. ¿Alguien hace alguna oferta? El precio de salida es de cien dólares.

Creyendo que había oído mal, Lincoln Monroe se acercó a la plataforma de madera tosca que utilizaban en las subastas.

Pero con tanta gente y tanto ruido le resultó difícil ver y escuchar bien lo que estaba pasando. Un sinfín de compradores y vendedores se movía de un lado a otro, cientos de cabezas cubiertas de gorras de paño y sombreros de paja. Había grupos de amigos chismorreando, familias que paseaban agarradas de la mano, y niños corriendo y jugando. El olor a salchichas a la parrilla, maíz tostado y empanadas recién hechas lo invadió los sentidos. Metió su última compra, una briosa potranca de Appaloosa, en un corral y se acercó al estrado.

Increíblemente, allí había una mujer joven, ataviada con un vestido tan anticuado como el de las demás mujeres. Era un vestido largo, color rosa pálido, ceñido a la cintura con un mandil de muselina y abotonado hasta el cuello. Las piernas las llevaba enfundadas en medias negras y, como era de esperar, en los pies calzaba botines de cuero marrón.

A diferencia de las demás mujeres que llevaban la cabeza cubierta con sombrero y el pelo recogido cuidadosamente, esta mujer se había quitado el sombrero, que le colgaba a la espalda, revelando una sedosa melena rubia como el trigo y totalmente lisa. Se la había recogido en numerosas trencitas que se había prendido a la cabeza.

Estaba de pie sobre el estrado, todo lo derecha que su corta estatura le permitía. El peinado resaltaba su rostro ovalado y el mentón puntiagudo. Su tez color miel sin maquillar resultaba más oscura que el rubio dorado de sus cabellos, resaltando así el turquesa de los ojos. Frunció la boca mientras contemplaba muy seria al público desde aquel punto aventajado. No aparentaba veintiocho años, pero mantenía la cabeza y el cuerpo erguidos, señal de su indiscutible compostura y madurez. Esa porte le ceñía los pechos bajo el corpiño y sembraba el deseo en los corazones de los hombres allí presentes, incluido el suyo. Eso le hizo pensar que la misteriosa razón por la que la estaban subastando de ese modo era aún más espantosa.

–Vamos, señores y señoras –gritó el subastador–. No querrán herir los sentimientos de la señorita Rachel, ¿verdad? ¿Cuándo voy a escuchar esa oferta de cien dólares? Date la vuelta, bonita, y enséñales a estos señores lo que tienes que ofrecer.

Al verla darse la vuelta obedientemente se quedó estupefacto; el mismo efecto le causaron los silbidos y exclamaciones del público. La mujer llamada Rachel ignoraba los abucheos con la vista fija en algún punto alejado, empeñada en que la venta terminara cuanto antes. La venta que la convertiría en una esclava.

Linc se preguntó qué le daba más asco, si el que un ser humano fuera subastado como si se tratara de un trozo de carne, o si el hecho de que ella parecía estar conforme con todo aquello. Al ver el porte desafiante de aquella mujer, Linc apostaría su título de campeón de rodeo a que a Rachel Johnson no le quedaba otra alternativa.

A pesar de lo poco que le gustaba entrometerse en los asuntos ajenos, le hizo una señal al subastador comunicándole que le interesaba la apuesta, del mismo modo que había hecho toda la mañana, tocándose el borde del sombrero tejano color negro. Sin embargo, la puja no se animó mucho, y continuó con lentitud y sin interés. Linc pensó también en eso. Incluso en un entorno aislado como aquel, resultaría sencillo aprovecharse de mujeres como Rachel si un hombre tuviera esa inclinación.

Un hombre de barba entrecana que estaba a su izquierda levantó una mano colorada y rolliza para hacer una apuesta. Un par de mujeres que había junto al hombre sonrieron y se dieron sendos codazos, murmurando en voz baja. Linc se puso tenso. ¿Qué le ocurría a esa gente? De haber tenido en ese momento su rifle para cazar, habría tirado un disparo al aire para poner fin a todo aquello. Pero se tocó el borde del sombrero con cara de pocos amigos.

Hasta ese momento, había desarrollado cierto respeto por los miembros de La Comunidad, como ellos mismos se llamaban. Como los Amish o los Hutteries del Norte de Montana, los miembros de La Comunidad se enorgullecían de llevar una vida arcaica y de veneración, dedicada al cuidado de la tierra que los alimentaba.

Desde que se había comprado el rancho hacía seis meses, Linc había oído que el mejor ganado de la región estaba en la subasta anual de La Comunidad, celebrada cada primavera antes de la época de la siembra. La excelente potranca y las cincuenta cabezas de ganado mestizo le demostraban que sus fuentes de información no se habían equivocado. Pero eso no explicaba cómo unas personas supuestamente temerosas de Dios podían justificar la venta de un ser humano a otro.

El canturreo entrecortado del subastador aumentó su ritmo al ver que la mano rolliza volvía a levantarse. Linc no dudó en contestar. Pero sí que vaciló cuando una señora arrugada se abrió paso hasta la plataforma y golpeó el borde con su bastón, llamando la atención del subastador con una apuesta muy alta, pronunciada con voz alta y ronca. Linc había supuesto que todas las mujeres allí eran poco más que sirvientas de los hombres.

Los contundentes modales de la señora también lo sorprendieron, sobre todo cuando él apostó de nuevo. La mujer se dio la vuelta y blandió el bastón delante de él.

–Usted es forastero, señor –dijo entre dientes–. Le aconsejo que no se meta en nuestros asuntos.

Linc ni siquiera se molestó en tocarse el sombrero como cortesía hacia la señora, y exageró su acento tejano hasta el sarcasmo.

–Vaya, buenos días, señora. Quizá sea forastero aquí, pero lo cierto es que hago lo que me apetece, ya sea asunto mío o no.

–Y lo que yo le estoy diciendo, joven –le respondió, mirándolo con aquellos ojillos arrugados–, es que no tiene ni la más remota idea de dónde se está metiendo. Todo lo que puedo decir es que espero que sea soltero.

–¿Soltero? ¿Para qué? ¿Para que cuando me destripen y me descuarticen por haberme metido en sus supuestos asuntos no deje una viuda?

Ella resopló y le dio un golpe con el bastón en el pecho, revolviéndole los flecos de ante de la cazadora.

–No diga luego que no lo advertí.

Linc la ignoró y elevó su siguiente apuesta considerablemente, demostrándole su rechazo. La señora golpeó el estrado con el bastón y elevó la apuesta, más fresca que una lechuga.

Linc se tocó de nuevo el borde del sombrero.

–Va a perder. No me importa lo que tenga que pagar.

–Nuestras normas en referencia a las mujeres de la edad de Rachel son muy específicas –le informó mientras seguía pujando–. Haría bien en prestar atención a lo que le he dicho. Sabemos cuidar de los nuestros.

–¿Así es como cuidan de los suyos? –le dijo Linc apretando los dientes–. ¿Vendiendo a una joven indefensa? No hay manera de que pueda justificar esto.

Ella hizo un ademán de desprecio.

–Sin embargo, usted está apostando por ella; está participando en algo que le parece injustificable.

–La quiero comprar por una sola razón: para darle a la señorita su libertad.

–Libertad, ¿eh? –lo miró con los ojillos brillantes–. Quizá no sea usted tan arrogante como aparenta.

Linc le echó una mirada gélida.

–No se fíe.

–Esta usted enojado. Eso es bueno. Rachel sabe cómo manejar la rabia y la determinación de una fiera obsesionada. En lugar de darle la libertad, quizá debiera considerar el quedársela para uso propio.

–¿Para uso propio? ¿Qué clase de personas son ustedes?

–Gente sencilla. Ese es nuestro lema. Empezamos siendo un grupo de soñadores y emprendedores, y así nos convertimos en lo que es hoy La Comunidad. Es el modo en que hemos elegido vivir.

Linc señaló la plataforma.

–¿Y Rachel puede elegir?

–Por supuesto que sí. Ella pidió ser vendida así. Tiene derecho a ello.

–Entonces le deben haber lavado el cerebro más que a usted.

La vieja se echó a reír de alegría.

–Usted no tiene pelos en la lengua; claro que ella tampoco. Me lo he pensado mejor; los dos haréis una buena pareja.

Linc sacudió la cabeza con exasperación por las tonterías de la señora y, empeñado en zanjar aquel asunto, pujó mucho más alto que la vez anterior. El subastador recitó el importe y el público se quedó boquiabierto.

–¡… a la una, a las dos, y a las tres! –anunció el subastador, señalando a Linc–. Vendida al forastero con el sombrero tejano negro.

A Linc le ponía enfermo respirar el mismo aire que esa gente. Se abrió paso entre la multitud, que se apartaba para mirarlo con sobrecogimiento.

Linc no los entendía; no quería entenderlos. Lo único que quería hacer era pagar la cantidad y sacar de allí a esa mujer.

 

 

Rachel observó a su comprador mientras se adelantaba a reclamarla.

Se había fijado en su alta e imponente figura antes, durante la subasta de ganado. Vestido con una cazadora de flecos de ante y un impecable sombrero negro de fieltro, no era el único ranchero que había en la subasta ese día. Sin embargo, destacaba entre los demás como un semental que vive apartado de la manada. Ignoró las mesas de productos agrícolas y enlatados y las amables sugerencias de los vendedores.

Larguirucho y de facciones fuertes, se acercó a ella con agilidad, como lo haría un vaquero experimentado, y eso la animó. Un importante atributo en un hombre era el amor hacia la tierra y sus criaturas. Si el ganado que había comprado esa mañana era indicación alguna, tenía buen ojo para las cosas de calidad. Fuerte y en forma, ese hombre se desenvolvía con la autoridad de un acaudalado terrateniente. Otro punto a su favor era la potranca Appaloosa que había comprado también; de todos los caballos del grupo, era el mejor.

Rachel se resistió al impulso de atusarse el cabello o alisarse la falda. Hacía tiempo que había dejado de avenirse a los deseos y las necesidades de los demás. O bien la aceptaba tal y como era o Rachel encontraría otro camino para la vida que estaba empeñada en llevar.

Su comprador le estrechó la mano al subastador, y Rachel se fijó en su rostro delgado. El duro sol y el viento de la pradera habían bruñido su tez. Tenía las pestañas espesas y las cejas tan negras como el sombrero. La nariz recta igualaba las inflexibles líneas de sus labios. A Rachel le pareció un estupendo espécimen del género masculino.

Pero cuando la saludó y se levantó ligeramente el sombrero, sus ojos verde musgo la miraron con frialdad, y no sonrió.

–Hola, Rachel. Me llamo Lincoln Monroe.

Tenía el tipo de voz baja y aterciopelada que llamaba la atención. Rachel se estremeció al estrecharle la mano.

–Encantada de conocerlo, señor Lincoln Monroe.

–Llámame Linc.

–De acuerdo, Linc.

Acostumbrada a los nombres bíblicos que tanto gustaban en La Comunidad, a Rachel le resultó extraño pronunciar su nombre. También fue insólito que se estremeciera de arriba abajo y que sintiera además aquel calor tan inusitado. Intentó que no se le notara y actuar lo más naturalmente posible. Pero él debió de notar su reacción, porque apretó la mandíbula y la miró con ojos inquisitivos.

Rachel no se movió. Lincoln Monroe poseía la penetrante mirada de un cazador, siempre ávida y alerta. Y la fuerza de esa mirada la inmovilizó como si ella fuera su presa.

De pronto se sintió confusa. Se negaba a ser presa de nada ni de nadie. Sin embargo, la fuerza que aquel hombre emanaba la estimuló. El instinto le dijo que era distinto a los demás, que era una persona en la que se podía confiar. Y a pesar de que ella era una extraña para él, había apostado por ella, confirmándole que en realidad no era tan rara y fea como muchos decían.

Ella lo miró a los ojos un buen rato antes de que él rompiera el contacto visual.

La gente los miraba sobrecogida, pero a Rachel no le sorprendió tal reacción. Ningún otro miembro de La Comunidad, hombre o mujer, había sido vendido a tan alto precio.

Esperaba que Lincoln Monroe la examinara antes de pagar, ya que estaba en su derecho, pero él no le pidió que leyera nada ni que probara la fuerza de sus brazos. En vez de eso sacó la cartera y pagó con billetes de cien dólares.

–Sígueme –le dijo en tono seco mientras intentaba abrirse paso entre la muchedumbre.

Apresuradamente Rachel aceptó los billetes que le tendía el cajero y se los metió en el bolsillo de la falda.

Debería haberle ordenado que caminara delante de él, para que todos en La Comunidad pudieran por fin ver que ella merecía ser codiciada. Pero él no estaba familiarizado con sus costumbres, y como caminaba a grandes zancadas Rachel tuvo que apretar el paso para alcanzarlo. Algunas personas se reían por lo bajo, pero ella mantuvo la vista al frente y se concentró en la reconfortante solidez de la espalda de su comprador.

Los pantalones vaqueros se ajustaban a sus piernas y le cubrían las botas tejanas hasta el tacón. Bajo el sombrero el cabello, negro como el carbón y meticulosamente cortado, le llegaba hasta la base de la nuca.

A pesar de la sombría expresión con que la había saludado, a Rachel ya no le importaba eso. Ella era capaz de amansar cualquier espíritu, humano o animal.

Solo de pensar en el futuro junto a él, el corazón le latió como el de un pajarito. Hacía tiempo que había aprendido que el físico de una persona no era tan importante como el carácter. Pero cuando se trataba de acostarse juntos y de engendrar bebés, no podía imaginar cómo se haría si el hombre y la mujer no veían algo de belleza el uno en el otro.

Se detuvo delante de su camioneta, y Rachel aprovechó ese momento para examinar detenidamente el enorme vehículo negro, con sus neumáticos anchos y su brillante carrocería metálica. Era la versión foránea de una carro, fabricada para transportar grandes pesos, solo que rugía como un oso y vomitaba un humo pestilente. Rachel se dijo a sí misma que debía prepararse para entrar. La ceremonia del matrimonio solo llevaría unos minutos. Entonces ella sería suya, y él de ella.

Se alegró al ver que el remolque para el caballo estaba limpio y en buen estado. La potranca, criada en libertad en los pastos de La Comunidad, merecía un buen aposento y el mejor de los cuidados. Afortunadamente, el remolque estaba aparcado cerca del corral; el animal ya había tenido oportunidad de familiarizarse con un artilugio tan moderno.

–¿Dónde están tus cosas? –le preguntó Linc.

Rachel salió de su ensoñación.

–¿Cosas?

–Tus bolsas, el equipaje… lo que te vayas a llevar –le contestó.

–En mi baúl están la mayor parte de mis posesiones –señaló un baúl grande que había allí cerca–. El resto iré a buscarlo yo misma.

Rachel echó a correr. Linc examinó el baúl, con sus brillantes remaches de bronce. Era cuero natural, sin teñir. No había tenido oportunidad de envejecer como el que había heredado él de su bisabuela. Pero en lo demás era idéntico.

Rachel volvió cargada con su montura y sus posesiones más preciadas en una bolsa que llevaba colgada al hombro. Linc le echó una mirada y le quitó la montura de las manos.

–Esto es demasiado pesado para ti.

–Me he pasado la mayor parte de mi vida cargando con ello –le respondió en tono más afable de lo que había pretendido.

Había oído historias sobre cómo los forasteros no valoraban a sus mujeres. Aquel hombre no debía sentir que la dominaba.

Linc dejó la montura en la parte de atrás de su camioneta, junto al baúl.

–Te han tratado como una bestia de carga; eso no volverá a ocurrir.

–El trabajo duro tranquiliza mi espíritu.

–¿Ah, sí? ¿Es por eso por lo que accediste a que te subastaran como si fueras un trozo de carne?

–Mi último pariente murió el año pasado –se encogió de hombros–. Obviamente no podía vivir sola.

–Obviamente.

Aunque le habían llamado machista más de una vez en su vida, incluso él captó la misoginia implícita en su afirmación. Era un punto más en contra de La Comunidad, aquella supuesta utopía.

–Marchémonos –dijo en tono cortante–. Cuanto antes salgamos de aquí, mejor.

–Creía que la abuela Isaacs te había explicado nuestras costumbre durante la subasta. Tú y yo debemos casarnos antes.

–¿Cómo has dicho?

–Un hombre y una mujer solteros no pueden vivir bajo el mismo techo.

Él le agarró del brazo, urgiéndola a que se metiera en la camioneta.

–No te preocupes. No vamos a vivir juntos.

–Pero…

La señora que tan difícil se lo había puesto se separó de la expectante muchedumbre y se interpuso entre ellos. Le señaló en el pecho con un dedo nudoso.

–¿Debemos nosotros, miembros de La Comunidad, que hemos tenido a Rachel aquí durante toda su vida, confiar en su palabra? –le preguntó.

–Usted precisamente sabe cuáles son mis intenciones –respondió Linc.

–¿Ah, sí? Usted es poco más que un forastero para nosotros.

–Por favor, Linc –los interrumpió Rachel–. La abuela Isaacs tiene razón. A no ser que nos casemos, no se te permitirá que me lleves contigo. Es por mi seguridad en caso de ser mal tratada.

–¿Pero qué es esto? ¿Una broma?

A Linc le entraron ganas de cargársela al hombro y ponerla junto a las maletas, pero se dio cuenta que la mano dura era precisamente la razón por la que esa gente insistía en el compromiso que implicaba el matrimonio.

–¿Y si ya tengo una relación con otra persona?

Sus relaciones temporales con varias mujeres no habían sido importantes, pero no estaba dispuesto a ceder; sobre todo cuando su libertad estaba en jaque.

–Rachel será vendida a otro.

Linc se volvió hacia Rachel.

–Mira, tú y yo estamos en el mismo lado. No me habría gastado el dinero si no fuera a cuidar bien de ti.

–El dinero no es suficiente garantía –lo interrumpió la abuela Isaacs.

–No me lo puedo creer –dijo Linc–. Si la apuesta de la abuela hubiera superado la mía, no habrías tenido que casarte con ella.

–El compromiso que exige La Comunidad es el mismo –le explicó Rachel–. Ambas partes deben jurar tratar al otro con respeto –contestó Rachel.

–Desde luego no vamos a exigirle menos a usted –intervino la abuela Isaacs.

–Sí que pueden. Tienen mi palabra.

–Exigimos algo más que su palabra –le contestó–. Requerimos que usted y Rachel se unan legalmente en matrimonio.

–¿Cómo demonios puede ser esto legal? Es necesario un periodo de espera.

–Las leyes federales de este país no aplican tales requerimientos cuando violan ciertas prácticas religiosas.

–No pueden obligarme a casarme –dijo Linc.