Título: La mujer que quería más
© Vicky Zimmerman, 2019
First published in the English language as THE WOMAN WHO WANTED MORE by Zaffre, an imprint of Bonnier Books UK
Traducción: María José Losada
Diseño de cubierta @ Eva Olaya
1.ª edición: noviembre 2019
Derechos exclusivos de edición en español reservados para todo el mundo:
© 2019: Ediciones Versátil S.L.
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«El hambre nunca es delicada».
Samuel Johnson
Cinco meses antes…
Kate Parker tiene hambre. Está sentada en una tumbona del jardín de la pequeña parcela que Nick Sullivan posee al norte de Londres, y lo mira con satisfacción por encima del hombro mientras él está de pie junto a la barbacoa. El olor de la carne a la parrilla le hace la boca agua, pero no quiere meterle prisa. Ese hombre hace las cosas a su ritmo.
La cena de esa noche, por ejemplo, le ha llevado cuarenta minutos, pero en realidad, podría decirse que ha tardado un año entero en elaborarla. Nick se embarcó en el «proyecto hamburguesa» el pasado mes de julio. Es ingeniero de bases de datos —algo que ella todavía no sabe lo que significa—, y ha aplicado su rigor intelectual y su incesante entusiasmo a perfeccionar cada elemento de la clásica hamburguesa americana. Kate nunca ha visto una expresión de felicidad mayor que la que puso él la noche que logró dominar «el orden de las siete capas».
Siempre comía solo antes de que empezaran a salir —hace ya dieciocho meses—, y era aficionado a las comida para llevar y a un extraño sándwich de salchicha casera. A Kate le daba pena pensar en lo solo que se debía de haber sentido y en las oportunidades culinarias que había perdido. Se ofreció a enseñarle algunas de sus recetas favoritas, él aceptó, y durante los últimos dieciocho meses, Nick había ido emergiendo de su caparazón culinario, por así decirlo; al principio fue muy despacio, pero poco a poco ganó más confianza en sí mismo. Es posible que ella no sea la mejor cocinera del mundo, pero su madre, Rita, cocinaba tan mal que tuvo que aprender a proteger su estómago desde muy pequeña.
Le encanta cocinar con Nick, y la ha llenado de orgullo verlo progresar. Normalmente es ella quien elige la receta; él, la música, y los dos suelen acordar previamente lo que van a cocinar…, y cuanta más mantequilla le echen, mejor. Tienen estilos compatibles; él es trabajador y paciente, y puede cortar una docena de cebollas sin quejarse lo más mínimo porque le lloren los ojos o porque le huelan los dedos; ella es más caótica, aunque puede hacer malabarismos y realizar muchas tareas a la vez. Y, a pesar de que Nick es más inteligente, ella siempre va dos pasos por delante y nunca se le quema nada.
Hace una preciosa tarde de verano. Kate saborea ese momento de pura felicidad en el que la cálida brisa flota en el aire con olor a jazmín y en el cielo se empieza a desvanecer el color azul. Cierra los ojos y piensa en el futuro. Ha pasado mucho tiempo desde la última vez en la que se sintió tan relajada en una relación como para pensar en el futuro. A la mañana siguiente, Nick se levantará temprano y saldrá a comprar los ingredientes para los burritos del desayuno. Cocinarán juntos, saldrán a pasear y, por la tarde, si el tiempo lo permite, se sentarán en ese mismo lugar, donde Kate devorará una novela y Nick se sumergirá en uno de sus libros de códigos incomprensibles. La vida que llevan no es lujosa, pero está llena de instantes gratificantes de valor incalculable: limonada en vasos refrigerados en el congelador para poder beberla casi helada, comida de táper, sándwiches de beicon, lechuga y tomate para los miércoles por la noche de lluvia, y juegos de naipes.
Cuando abre los ojos, Nick la está mirando con una expresión que dice: «¡Pásame la mostaza, ya!», por lo que ella se acerca con una sonrisa y le entrega la mostaza francesa como si le pasara un bisturí a un cirujano, observando con interés cómo él dibuja el toque final: unas líneas amarillas paralelas sobre la carne.
Esta hamburguesa le ha llevado su tiempo, pero ha valido la pena esperar. Ciento setenta gramos de carne picada, coronada con beicon y un cuadrado perfecto de cheddar picante derretido; delicados círculos concéntricos de cebolla roja; tomate, lechuga y una salsa mágica que consiste en una mezcla de tabasco, mayonesa y kétchup, para agregar calor, cremosidad y sabor al plato. Y, por supuesto, el pan. Se han pasado más tiempo buscándolo que algunas parejas eligiendo un coche. En su momento, Nick le había preguntado si los panes para hamburguesa que vendían en Fletchers —la cadena de supermercados en la que ella trabaja— eran buenos y a Kate casi le dio un ataque de risa. Los panes de Fletchers son baratos, y aunque en la parte de atrás del paquete pone: «Al estilo brioche», lo cierto es no saben a nada y parecen de papel. Después de muchas pruebas ensayo-error, habían encontrado el pan perfecto en una panadería cerca del apartamento de Kate, en Kilburn. El ingrediente final de la hamburguesa era pepinillo en vinagre, para darle un toque más crujiente.
Ella no es una mujer religiosa, pero mirar su plato le hace querer dar las gracias al universo: «Gracias, Dios, por este hombre, que tiene un piso precioso —con un baño bastante limpio— y que me ha devuelto la fe en que aún quedan hombres amables, inteligentes y decentes en Londres, después de los últimos años de mi treintena pasando hambre en las citas. Gracias por un hombre que pone tanto esfuerzo en prepararme la cena y en hacerme feliz».
Cuando Kate coge la hamburguesa —«¡Oh, qué pasada!»—, la agarra como si no hubiese un mañana. Y cuando empieza a comérsela, no puede parar, porque vacilar o mostrar miedo haría que se desparramase por los lados. Observa que Nick la mira con una ternura que le hace imposible no adorarlo. No solo le prepara espaguetis con albóndigas cuando está de bajón, sino que además hace que se sienta libre de comérselos como le dé la gana y ponerse perdida, sin miedo a ser juzada o a que la tache de poco femenina, pues él disfruta de su apetito casi tanto como ella.
Cuando Nick da los últimos mordiscos y ya no puede más, ella se le acerca para limpiarle una pequeña mancha de mostaza de la barbilla. Él tiene una cara muy dulce, es guapo y su nariz de botón le hace parecer más joven. Su pelo castaño y rizado empieza a clarear, pero el corte le sienta bien. Lleva una vieja camiseta azul de Atari que hace que sus ojos parezcan aún más verdes, y, cuando se miran, siempre le ofrece su sonrisa, sin importar en qué estado de ánimo se encuentre. Kate se ha quedado impresionada por la manera en la que ha superado estos últimos tres meses en el paro; su optimismo le resulta extraordinario.
—No falta mucho para que nos vayamos a Francia —dice ella cuando se levanta para recoger los platos.
—Lo estoy deseando, no hago más que pensar en baguettes —replica Nick, con los ojos brillantes—. ¿Estás segura de que Kavita no quiere que le paguemos nada por dejarnos usar su casa de vacaciones?
—Casi le da un ataque cuando se lo sugerí. —No le ha dicho a Nick que le ha comprado a Kavita una caja de buen vino como agradecimiento. Se ofrecería a pagar la mitad a pesar de estar mal de dinero, y la idea de avergonzarlo cuando siempre es tan generoso sería imperdonable.
—Ha sido una cena perfecta —comenta Kate, mientras lavan los platos en el fregadero—. Todos los condimentos quedaban perfectos con las hamburguesas.
—«Burger accoutrements…», ¿lo apunto en nuestra lista de nombres? —Una de las bromas favoritas de Nick es anotar nombres ridículos para sus futuros hijos.
—¿Burger Accoutrements Parker-Sullivan? Vale, pero tendrás que ir tú a recogerlo al colegio cuando los otros niños le peguen.
—Si tenemos gemelos, por favor, ¿podemos llamar al otro «Cheddar Addict»?
—No sé yo si una adicción al queso cheddar es lo que me gustaría para nuestro primogénito —responde ella entre risas estudiando sus Levi’s y la camiseta que oculta esa barriguita de amante de las hamburguesas de cuarenta y cuatro años. De repente, la asalta un repentino latido de amor tan intenso que le duele el corazón.
Él atrapa su mirada, se la devuelve con una sonrisa y, de repente, parece cohibido. Se queda quieto un segundo, pero luego le coge la espátula que ella está lavando.
—Tienes una más ancha en tu casa, ¿verdad?
—Sí —replica ella intentando recuperarla mientras él la lleva un poco más atrás para que no la alcance.
—Tienes que traerla, para la barbacoa.
—Te compraré una en John Lewis dentro de una semana.
—Kate… —Entonces Nick agarra la espátula mientras se da la vuelta para mirarla—. Creo que lo que hace falta es que traigas todos tus utensilios de cocina.
—¿Todos?
Él asiente con decisión.
—¿Por qué?
—Y tu ropa y tus zapatos también. —Le coloca con suavidad un mechón de pelo suelto detrás de la oreja antes de continuar—. Y tus trescientos libros de cocina y siete millones de novelas.
—Son doscientas como mucho —replica ella mientras lucha por contener el estallido de alegría que siente en el pecho.
—Y una cosa más, algo muy importante que no venden en John Lewis.
—¿El qué?
—Me refiero a ti, Kate, eres tú —le suelta con la sonrisa más grande del mundo.
«Gracias, Universo, gracias». Por fin un hombre al que quiere, que también la quiere a ella. Ha merecido la pena esperar.
La noche siguiente, Kate se estira en la cama, pero esta vez, la sensación de tristeza que suele invadirla los domingos por la noche ha dejado paso a la emoción. Faltan dos semanas para que se vaya con Nick a Francia, y el fin de semana después de que regresen, se van a ir a vivir juntos.
La ponía nerviosa tener que darle la noticia a su compañera de piso, pero pensar en que no iba a tener que limpiar nunca más las salpicaduras de grasa del pescado de Melanie le proporcionó el coraje suficiente para hacerlo. Nick tiene sus defectos, pero un montón de aceite de oliva pasivo agresivo esparcido por todas partes no es uno de ellos.
Sin embargo, Melanie ha sido muy compresiva, e incluso le ha sugerido que empezara a hacer la mudanza antes de irse a Francia. Su conversación ha ido mucho mejor de lo que Kate se esperaba.
Siempre pasa, las cosas que más te preocupan son las que al final salen mejor.
Y viceversa.
Kate se abrocha el cinturón de seguridad y mira a Nick, que ya está absorto haciendo un Listener —un crucigrama críptico tan difícil que hace que a ella le duela el cerebro—. Todas las semanas, Nick se queda abstraído con alguno durante horas, con unas patatas fritas a mano; está obsesionado con ellos hasta tal punto que ella cree que si alguna vez deja salir su lado pervertido, la hará disfrazarse de rompecabezas difícil.
—Ya he resuelto cuatro —le dice mientras se lo enseña orgulloso.
Ella mira el crucigrama y niega con la cabeza, preguntándose cómo es posible que esa palabra encaje con esa definición.
Se recuesta en el asiento y cierra los ojos; está cansada porque le ha sonado la alarma del despertador a las tres de la madrugada, pero también se siente emocionada. Estas serán sus primeras vacaciones juntos y, si es sincera consigo misma —que a veces no lo es—, le hubiera gustado haber ido antes de viaje con él. Existen importantes razones para que haya tardado dieciocho meses en meter a Nick en este avión. Para empezar, hasta que perdió su empleo en abril, era un adicto al trabajo, incluso iba a la oficina los fines de semana, lo que a Kate no le gustaba nada. Más tarde, andaba mal de dinero, y ahora, por fin, parece que poco a poco se está empezando a mover. Kate ha analizado mucho todas estas cosas, y Rita, su madre, la ha ayudado también a plantearse la situación. Los hijos de padres disfuncionales necesitan sentir que tienen el control. Aunque la verdad, ¿quién no?
Nick se adentró en la relación con tanta cautela, que al cabo de un mes Kate pensaba que tal vez era el típico tío con fobia al compromiso, así que le preguntó sin rodeos qué era lo que quería. Él le explicó que no se le daban bien las relaciones; solo había tenido una muy breve cuando tenía veinte años y otra con treinta, que tampoco salió bien. Todo esto hizo que dentro de la cabeza de Kate ondeara una pequeña bandera roja, y por eso le ofreció una salida antes de que alguien —es decir, ella— saliera herido. La miró durante tanto rato que consiguió que se ruborizara, y luego la abrazó con fuerza.
—Quiero esto —le dijo—. Te quiero a ti.
A partir de ese momento se lanzaron a por ello, aunque a un ritmo moderado. Empezaron por quedar para tomar algo, luego fue una comida, y así un poco más cada día. En los últimos meses ella había sentido que cada vez estaban más cerca el uno del otro. Aun así, y desde el momento en que la oferta de vivir juntos estuvo sobre la mesa, Kate empezó a sentir una necesidad apremiante de llevar a casa de Nick algo importante y que pesara mucho, como medida de precaución; así que había dejado allí un par de cajas de libros de cocina y su ejemplar en tapa dura de El jilguero.
Bailey, su mejor amiga desde que tenían cuatro años, la había ayudado a trasladar las cosas el sábado, cuando Nick estaba de excursión. Kate a veces se pregunta si el pelo determina la manera de ser de las personas. ¿Sería tan tranquila y amable como Bailey si hubiera nacido con aquellos perfectos mechones rubios? Lo cierto es que Bailey no lo ha tenido fácil. Tom, su ex, le fue infiel y la abandonó cuando sus hijas eran pequeñas porque decía que su deber era explorar su deseo con cualquier mujer que estuviera dispuesta a arriesgarse con él. Sin embargo, las muchas noches que Kate había estado aconsejando a Bailey a lo largo de su divorcio, fue a ella a la que hubo que convencer de que no era necesario asesinar a Tom. A veces son los amigos los que acaban sintiendo todo aquello que es demasiado desagradable para que lo sintamos nosotros mismos.
Kate abre los ojos de nuevo, mientras Nick se vuelve hacia ella con una sonrisa radiante.
—La catorce horizontal es «contiguo» —dice, sujetando el papel como si fuera un billete de lotería premiado.
Ella sonríe y se inclina para despeinarlo cariñosamente, pero, en ese momento, el avión pega una tremenda sacudida y en lugar de tocarle el pelo le agarra la mano. Él le aprieta los dedos con suavidad mientras Kate empieza a imaginárselos así de viejecitos, cogidos de las manos, con la piel arrugada y marcada por el paso del tiempo. La vejez será más llevadera con Nick a su lado.
El mes pasado fueron a la boda de un amigo. Nick bebió demasiado y en el taxi de camino a casa le confesó que quería que tuvieran tres hijos. Le acarició la barriga con ternura y luego apoyó la cabeza en su regazo.
—Lo único que vas a oír ahí dentro es la tarta de la boda —se burló ella mientras trataba de no pensar en la fecha de caducidad de sus ovarios.
—Ya sé que estoy borracho, Kate Parker, pero adoro cada parte de ti, de verdad.
El sentimiento era totalmente mutuo.
Cuando llegan a Saint Marcel, un pequeño pueblo a diez minutos de otro un poco más grande, el sol parece arder en el cielo azul profundo. Se detienen para comprar provisiones, atraídos por el aroma dulce y mantecoso a brioche recién horneado que sale de una tienda. Allí se entretienen probando quesos curados, salamis y aceitunas con muy buena pinta, y salen cargados de bolsas llenas de botes y botellas, hierbas frescas y melocotones maduros.
Se dirigen a la casa de Kavita, una pequeña granja de dos habitaciones con una terraza grande y, lo mejor de todo, una piscina helada. Nick se pone el bañador y se tira al agua mientras Kate lleva la maleta al dormitorio principal para buscar su bikini de HM lo más rápidamente posible. Nunca se ha gastado el dinero en trajes de baño caros, ¿para qué habría de molestarse? Ninguna obra de ingeniería textil, ningún talle alto, podría ocultar el hecho de que tiene un cuerpo femenino normal; con un culo grande, celulitis y una relación con la gravedad totalmente acorde con su edad. Gracias a Dios nunca más tendrá que estar desnuda por primera vez delante de otro hombre.
Se mira otra vez en el espejo; sentirse insegura es lo típico a su edad. Además, no hay mucho que pueda hacer en los próximos dos minutos ante el hecho de tener tres kilos de más, y además, como siempre dice Rita, hay que concentrarse en lo positivo… si lo encuentras. Sabe que tiene un pelo bonito, castaño con mechas color caramelo, que lleva en media melena, un poco ondulada, hasta los hombros. Cuando se quita las gafas de sol, sus ojos son su mejor atributo: entre verdes y grises, de forma almendrada, y posee una mirada inquisitiva que ha heredado de su padre. Se despereza un poco, coge el pareo y se lo enrosca alrededor.
Cuando sale al exterior, Nick está sentado a la sombra, con el crucigrama en la mano.
—Métete en el agua, nena, está increíble.
Y es cierto. Aunque sumergirse corta un poco la respiración, uno se acostumbra enseguida. Hace unos cuantos largos, y cuando sale se acomoda en la tumbona, al lado de Nick, con la nueva novela de Anne Tyler, dejando que su cuerpo se hunda en el asiento a medida que el sol le calienta las extremidades.
Al terminar el día, cenan en la terraza una ensalada de atún, judías verdes y unos cuantos tomates maduros acompañada de una baguette fresca y crujiente untada con una estupenda mantequilla francesa y regada con una botella de vino rosado frío, mientras disfrutan de los últimos rayos de sol. Cuando Nick la mira con una sonrisa llena de alegría, ella extiende un dedo para peinarle su rebelde ceja derecha, lo que hace que él la acerque para darle un beso y luego otro.
¿Se puede ser más afortunada? Aún le quedan cuatro días más leyendo, tomando el sol y bañandose en la piscina de agua turquesa. Cuatro días más de pura felicidad.
La segunda noche están los dos tirados en la cama, cuando de repente, Nick le dice que siente una fuerte necesidad de no seguir adelante.
Ella no puede creerse lo que está escuchando.
Acaban de tener sexo, y al principio piensa que él le está tomando el pelo, pero cuando reacciona, se da cuenta de que no se trata de ninguna broma. El sexo de esa noche ha estado bien, y aunque lo ha notado algo descentrado, se niega a tomárselo como algo personal; Nick lleva en el paro mucho más tiempo del que esperaba, es normal que esté preocupado.
—¿Qué quieres decir con no seguir adelante? —le pregunta, tratando de parecer tranquila.
—No lo sé —responde él con tristeza, mientras mueve los omóplatos con incomodidad—. Es mi instinto, que me dice que me eche atrás.
—¿Que te eches atrás?
Nick se encoge de hombros con el ceño fruncido, a modo de disculpa.
—Últimamente me siento raro con lo nuestro. Desde hace una semana más o menos.
—¿Una semana más o menos? ¿En serio?
—Es una sensación aquí. —Ella lo mira mientras se toca el plexo solar—. Cuando pienso en el futuro me siento… raro.
Un momento, ¿por qué está hablando así? No estará intentando sentar las bases para una ruptura, ¿verdad?
—Tal vez estás estresado por el tema del trabajo —le dice Kate, tratando de ignorar la sensación de mareo que la invade.
—Estoy totalmente relajado con lo del trabajo.
«¿Entonces por qué te has pasado media noche en vela, haciendo rechinar los dientes con tanta fuerza que casi me vuelvo loca? ¿Qué te está pasando?», piensa Kate, paralizada.
—Bueno, Nick, entonces esto debe de estar relacionado con el hecho de que me hayas pedido que me vaya a vivir contigo.
—¿A qué te refieres?
—Nunca has vivido con una mujer, aparte de aquella compañera de piso tan irritante con la que estabas obsesionado en la universidad.
—¿Jo? ¿Crees que Jo es irritante?
Jo es insoportable, pero ese no es el asunto. Kate ha perdido el hilo de sus pensamientos, y su mente ha quedado en blanco por el pánico.
—¿Qué estabas diciendo, Kate?
Kate está mareada, pero de repente lo ve todo claro.
—El problema es que huyes, Nick. Igual que hiciste con lo de Tom Brady.
—¿Con lo de Tom Brady?
—Vamos a ver, escúchame —continúa ella, levantando el dedo en un intento de mantener su línea de argumentación, porque cree que todavía puede arreglar las cosas—. Te encanta el fútbol americano, has intentado explicarme esas estúpidas reglas un sinfín de veces…
—¡Guau, Kate! ¿Primero me hablas de Jo y ahora de fútbol americano?
—A principios de este año, cuando los Patriots estaban en la final de la Super Bowl…
—La Super Bowl ya es la final.
—Eso es lo que acabo de decir.
—No, me refiero a que solo se llama Super Bowl a la final.
—Escúchame. Cuando Tom Brady y sus chicos iban perdiendo al llegar el descanso…
—Qué horror… —recuerda él, con cara de angustia.
—¡Exactamente! Estabas seguro de que perderían, así que, aunque los habías apoyado durante toda la temporada, en lugar de ser leal a ellos en el momento más importante, te entró el cague y te fuiste a la cama. ¡Y era la final de la Super Bowl!
—Era la Super Bowl.
—Sí, ya lo sé, pero ¿entiendes lo que quiero decir?
—La verdad es que no…
—Te resulta imposible tolerar la frustración. —Porque ella es la reina cuando se trata de soportar la frustración; la verdad es que está acostumbrada a ella—. Nick, incluso cuando quieres algo con todas tus fuerzas, te escapas; nunca terminas nada. Te ha pasado lo mismo con la séptima temporada de Juego de tronos, y con aquel libro. Los Patriots consiguieron su mayor logro de todos los tiempos y te lo perdiste porque te daba miedo seguir viendo el partido —concluye con voz firme, mostrándose más tranquila de lo que en realidad está—. Lo que te pasa es lo típico… Les ocurre a muchos hombres en el momento de dar un paso adelante en una relación.
—Kate —replica Nick, y en la penumbra del dormitorio que solo está iluminado por la luz de la luna ella nota que tiene los ojos llenos de lágrimas—. Creo que pedirte que te vengas a vivir conmigo me ha hecho darme cuenta de que, aunque me encanta pasar tiempo contigo, soy igual de feliz viendo la televisión solo en casa.
En ese momento, ella siente un golpe en el abdomen tan fuerte como si le hubieran dado un puñetazo.
—Pero nunca te he pedido que elijas entre tu televisor y yo —dice desconcertada—. No se trata de una cosa o la otra, ¿verdad?
—Supongo que no…
—Nick, ¿me estás diciendo que ya no quieres que vivamos juntos?
Él la mira confundido.
—La verdad es que no, al menos no por ahora —responde con tristeza.
El instinto la impulsa a acercarse a él para consolarlo, pero está tan enfadada que no se mueve del sitio.
Nick le coge la mano y se la aprieta a modo de disculpa.
Ella sigue en shock durante unos minutos, hasta que se da cuenta de que nada de lo que Nick ha dicho le parece aceptable, pero cuando está a punto de reanudar la conversación se percata de que Nick ya ha caído en un sueño profundo y relajado.
Lo cierto es que Nick tiene un televisor enorme. Posee un Sony HD de gama alta con una pantalla gigante, unos altavoces espectaculares y tecnología Triluminos, que tiene toda la pinta de ser una palabra que se han inventado los de marketing para vender cosméticos para mujeres. Se ha acostado en el sofá con Nick muchísimas veces, y se ha acurrucado a su lado para ver la susodicha televisión. Ahora está tumbada junto a él en la cama, con la piel ardiendo por las quemaduras de sol y el estómago revuelto. Espera que cuando se levante, él se disculpe y le diga que nada de lo que ha dicho es cierto. Ella suele esperar que las cosas ocurran porque según las estadísticas son posibles, aunque sean claramente improbables.
Cuando se da cuenta de que su enfado es cada vez mayor, se va a la habitación de la hija de Kavita, deja cuidadosamente una colección de Peppa Pig que estaba en la camita individual en la mesilla de noche y se acuesta. Allí, a oscuras, siente la adrenalina que corre por sus venas. ¿Cuál es la verdadera razón…? ¡Si le pidió que se fuera a vivir con él hace dos semanas! Eso significaba mucho para ella, y no ha hecho nada malo desde entonces, ¿verdad? ¿Y por qué le había reprochado a Nick que dejara todo a medias, si había sido capaz de terminar con ella?
No, eso no es lo que acaba de pasar, sino que a Nick le ha entrado el miedo al compromiso. Son las dos y media de la madrugada; está agotada, confundida, aturdida, y enfadada. Esperará hasta mañana. Entonces verá las cosas de otro color.
Pero no ve las cosas de otro color bajo la luz del día.
Ha dormido bastante mal, busca a Nick a su lado, pero en su lugar encuentra un cerdito de peluche muy blandito, con un vestido de terciopelo rosa.
Va de puntillas al dormitorio principal, y ahí está él, roncando suavemente mientras sus elegantes pies asoman por debajo de la sábana. Tiene las mejillas un poco quemadas por el sol, pero aparte de eso parece tan tranquilo y tan contento como un niño de ocho años que ha caído redondo después de comer mucho pastel de cumpleaños y pasarse un buen rato saltando en un castillo hinchable.
Se vuelve a la cama individual, hecha polvo.
Es jueves, siete menos diez de la mañana y hasta el sábado no tienen previsto volver a casa. Así que busca en Google qué opciones tiene. Adelantar el vuelo le costaría cuatrocientos euros, además de que no está asegurada en el coche de alquiler, y un taxi al aeropuerto sumarían otros cien euros. ¿Quinientos euros para huir, algo que podría resultar prematuro y melodramático? ¿Debería pedirle a Nick que se vaya? Él tampoco puede permitirse pagar ese vuelo, no es que esto le importe demasiado, dadas las circunstancias, pero aun así… Nick no es mala persona, no puede ser que la esté dejando, y menos mientras están de vacaciones. Y teniendo en cuenta que la semana que viene se van a vivir juntos, que está tan próxima la boda de su amigo Pete (el mes que viene), y que además ella cumplirá cuarenta años en diciembre… No, no, no, es inconcebible que le haga esta putada ahora.
Cierra los ojos e intenta calmarse. Nick nunca le ha dado razones para pensar que no es de fiar. Sin embargo, el otro día hizo algo sin ningún sentido… Cuando por fin lo convenció de que leyera a Kate Atkinson, él dejó la novela en la página ciento cuarenta y seis porque no le gustaba un personaje secundario. Qué absurdo, llegar tan lejos y luego dejarlo. A Kate le resulta imposible dejar un libro a medias, aunque sea malo. Siempre piensa que el libro va a mejorar, y quizá leerlo no resulte una pérdida de tiempo después de todo.
Lo que hizo Nick con aquel libro le molestó más de lo razonable. Dejaba en evidencia su falta de perseverancia, y su capacidad para desprenderse de las cosas con facilidad. Y ahora, todo lo que ha pasado demuestra que es incapaz de mantener relaciones a largo plazo. El hecho de que se niegue a apegarse a las personas, el chasco de Tom Brady, todo tiene sentido, se trata de lo mismo y toda la culpa la tienen los raros de sus padres.
Pero no, qué va. Dejar un libro a medias no es un crimen, ni siquiera si es uno de Kate Atkinson, y eso no tiene nada que ver con lo que le pasa ahora. Es una locura suya. Ella y Nick son felices, ella cree profundamente en su mutua felicidad, porque la ha visto y sentido todos los días. Nick es estable y es sincero, aunque quizás esté más apegado a su tele que a ella…
Nota que le caen lágrimas por las mejillas. No debe llorar, está exagerando, son felices, tienen una relación estable, todo irá bien.
Ahora Kate tiene tres problemas. En primer lugar, le preocupa que lo que le diga a Nick haga que parezca que se está arrastrando ante él. En segundo lugar, su tendencia psicológica a correr hacia el dolor en lugar de escapar de él; Nick le ha hecho daño, por lo tanto es él quien debería arreglarlo. Y, por último, sabe que tiene que mantener la compostura para no asustarlo, pero le resulta imposible contener las lágrimas cuando se abren paso como olas gigantescas.
La manera en que reacciona lo pilla también a él por sorpresa. Por supuesto que está hecha polvo por lo que le ha dicho, porque está enamorada de él, porque la hace reír todos los días, le prepara burritos con chorizo cuando vuelven de fiesta y se lleva bien con todos sus amigos.
Quizás la razón por la que este dolor es tan intenso tiene más que ver con su futuro que con su pasado. Ha necesitado treinta y nueve años para encontrar a alguien a quien quiere de verdad. Si Nick se va de su vida, ¿volverá a encontrar el amor?
Es insoportable estar así, sentirse atrapada. Hace años que no fuma y no entra en sus planes volver a hacerlo, pero necesita un cigarrillo para sobrevivir a las próximas cuarenta y ocho horas; solo uno, así que por la tarde decide ir al pueblo a comprar un paquete de tabaco, y cuando está a punto de salir por la puerta, Nick se le acerca y le pregunta si puede ir con ella. Le da la mano y le pasa el brazo por el hombro, e incluso le habla de los planes para la boda de Pete. ¿Está fingiendo que anoche no pasó nada?
Tiene que andarse con cuidado para no asustarlo, pero la está volviendo loca. Le pregunta cautelosa si aún quiere que se vayan a vivir juntos, tal vez más adelante, o si lo de anoche fue su manera de romper con ella, pero en cuanto saca el tema, él se cierra en banda.
—Lo único que sé es que por ahora quiero que lo dejemos.
—¿Para ver la tele solo? —le pregunta desesperada.
Nick la mira con cara de pena. Si él piensa que ella va a intentar competir con el Triluminos, está muy equivocado.
Su enfado se convierte en tristeza y en dolor, y luego en shock, y las horas se van haciendo más y más largas.
¿Cómo puede estar sentado en la tumbona de al lado haciendo sus crucigramas, como si no pasase nada?
Se sienta a fumar su segundo paquete de Gauloises del viernes, cuando el cabreo vuelve a dar señales. Todavía faltan veintidós horas y media hasta que puedan irse al aeropuerto, ¿se supone que va a tener que estar todo ese tiempo ahí sentada fingiendo que no pasa nada? La rabia se mezcla con el humo del cigarrillo, y al tragarse las dos cosas a la vez casi se ahoga. Su tos hace que Nick levante la vista con una sonrisa inquisitiva.
—Nicholas —dice ella, tomando una profunda calada e intentando disimular su cabreo. —«No, no hay cabreo, está prohibido cabrearse», piensa—. Sé que no tienes experiencia en relaciones, pero te voy a dar un consejo —le dice, mientras le pasa su cigarrillo—. No tienes por qué soltar toda esta mierda precisamente en las vacaciones… —Oh no, una ola de tristeza se apodera de su garganta y hace que le tiemble la voz. Está a punto de llorar.
Él deja el crucigrama para acercarse a ella y le da una palmadita en el hombro de esa manera tan irritante, como quien acaricia a un perro por gentileza, cuando en realidad lo que le gustan son los gatos.
—Vamos, Kate, por favor, no te pongas en evidencia. De hecho, es genial poder verte en este estado. Es algo que no había visto antes.
Ella lo mira alucinada. Tal vez ha estado saliendo con un robot todo este tiempo y no lo sabía.
El día en que tienen el vuelo de vuelta a casa, Kate se despierta a las dos de la madrugada. Sigue sintiéndose confundida y dolida. Se acerca de puntillas una vez más a la habitación principal con la esperanza de encontrárselo de pie frente a la ventana, pensativo y atormentado, pero su dolor se incrementa cuando lo ve otra vez profundamente dormido y relajado.
Aunque mirándolo un poco más de cerca ve que está abrazando con fuerza a la almohada, que la aplasta contra el pecho, como si le fuera la vida en ello.
¿Cómo ha podido pasar algo así? Kate mira absorta por la ventanilla del avión, mientras aprieta los dientes.
Es un castigo por permitirse el lujo de sentirse segura. Lleva un tiempo fijándose en la cantidad de mujeres solteras de su edad que parecen infelices, que salen a correr los fines de semana, o que van a clases de yoga-jazz, y, sin querer ser engreída, se sentía aliviada por haber salido al fin de esas aguas peligrosas y estar en tierra firme. ¡Menuda tontería!
Pensar en la vida sin Nick, su sentido del humor, su dulzura y su pollo a la cazadora la estremece. Todas sus amigas están felizmente casadas, algunas no tanto, aunque no lo quieran reconocer; otras están divorciadas y corren medias maratones o tienen citas por Internet. Kate odia correr tanto como odia Tinder, además de que el trabajo no le da ni un respiro. Tendrá que vivir con Melanie toda la vida, encontrarse bolsitas de té y restos de porridge en el fregadero y tener citas con hombres que ni siquiera son capaces de escribir correctamente.
No tiene estómago para empezar de nuevo. La idea de volver a salir, a su edad, la hace sentir lástima de sí misma, hasta el punto en que le entran ganas de vomitar.
Se gira hacia Nick, pero él está sentado a su lado, con los ojos cerrados, los auriculares en las orejas y vocalizando cada palabra de Born to run, de Springsteen.
Están de vuelta en el aeropuerto de Stansted; el tiempo está húmedo y nublado. Kate está empezando a sudar bajo los brazos.
—Entonces, ¿ahora qué? —pregunta con inquietud—. ¿Voy a recoger mis libros mañana?
—Vale, ¿dónde están? —Nick sonríe con amabilidad.
—Pero… ¿Qué estamos haciendo?
—No lo sé.
—Nick, que no quieras vivir conmigo ahora, ¿significa que ya no quieres vivir conmigo nunca?
—No, no significa eso.
—Entonces, ¿qué significa?
—Significa… que me siento confuso.
—¿Hemos terminado?
—No… No lo sé.
—Vale, ¿y cuándo lo sabrás?
—Pues… No lo sé. —Nick se encoge de hombros.
Necesita alejarse de esta locura antes de volverse loca.
—Tengo que irme a casa.
—¿No vas a coger el tren conmigo? —dice él sorprendido, mientras se coloca la bolsa al hombro.
—No, Nick. No lo voy a coger. Me iré en autobús. —Vacila, calculando rápidamente su próximo movimiento. Está claro que él necesita un poco de espacio y de tiempo. La espera se le va a hacer interminable. ¿Cuánto tiempo lo podrá soportar?
Tiene miedo de decir lo que está a punto de soltar, pero es su única esperanza.
—Nick, tienes hasta finales de septiembre para dejar de estar confuso. Y mientras tanto, necesito que me dejes en paz. Tengo que pensar en mis cosas.
—¿Te refieres a no hablar conmigo durante casi dos meses? —dice Nick, cuya sonrisita ha desaparecido de golpe.
—Sí…, eso es lo que quiero decir. Nada de hablar. Es decir… eso es, no hablaremos.
—¿No podemos seguir como antes?
—Estoy casi segura de que no podríamos hacer eso, no.
—De acuerdo —asiente Nick—. Si eso es lo que quieres…
Pues claro que esto no es lo que Kate quiere, ¡no quiere nada de esto!
Nick se acerca para besarla en los labios y se queda quieta, con los ojos bien abiertos. Y cuando se separa, ella se balancea, como si le hubiese dado un golpe de viento.
En el autobús de vuelta a Londres llama a Bailey. Kate se la imagina sentada en su inmaculada cocina blanca, vestida con ropa de lino fresca de color trigo, sorbiendo un trago de Evian. Piensa que, de un modo tranquilo y relajado, Bailey le aclarará lo que acaba de pasar y la ayudará a verlo todo de otro modo.
Pero, en realidad, está vestida con pantalones cortos de correr y una camiseta vieja, y se encuentra en el jardín tonteando con el jardinero, un chico joven y sexy. Se ha dejado el teléfono en el mostrador de la cocina y salta el buzón de voz.
Kate llama entonces a su amiga Cara, en un intento desesperado de que alguien le diga que todo se va a solucionar. Cara no le da muchas esperanzas de que eso suceda. Pero ¿qué sabrá ella? Es la típica que deja a los tíos solo porque no pueden mantener la tableta de chocolate. No sabe ni para qué le pide consejo.
Podría llamar a Pete para que le dé un punto de vista masculino, pero estará en modo preboda y no quiere molestarlo. Así que decide llamar a su vecina Emma, que adora a Nick desde que le arregló el portátil. Emma le dice lo mismo que Cara, y en lugar de arriesgarse a recorrer la agenda de la A a la Z llamando a todos sus amigos para escuchar el mismo pronóstico negativo, mira a la chica que está a su lado y que sabe que la ha estado escuchando mientras disimulaba hojeando una revista… ¿Quién no lo haría?
—Lo siento, pero me parece que es un imbécil —dice la chica.
—Gracias por los ánimos, pero si lo conocieras te caería bien, como a todo el mundo. Es solo que está siempre dándole vueltas a la cabeza, pensando en sí mismo. Por ejemplo, el año pasado se olvidó de mi cumpleaños.
La chica se queda boquiabierta.
—¡No!
—Pero la cosa es que ¡también se olvidó del suyo! Vive en una especie de burbuja donde solo existen su trabajo y los juegos de ordenador. No se le dan bien las emociones, aunque tampoco es el típico al que le gusten los juegos. Quiero decir que juega a juegos de ordenador, sí, pero ya sabes a lo que me refiero…
La chica mira a Kate como si estuviera loca.
—Es muy buen cocinero, me prepara unas comidas maravillosas.
—¿Y tú no sabes cocinar? —inquiere la chica encogiéndose de hombros.
—Sí, claro que sé, pero…
—Entonces qué más te da. No creo que merezca la pena.
«Sí la merece —piensa—. No sabes lo que dices».
Pero si pensaba que las cosas no podían ir a peor, ahora tiene que pedirle perdón a Melanie, lo que supone humillarse ante ella; a su compañera le va a encantar… En este momento, Kate solo quiere meterse en la cama, por lo que lo único que faltaba al volver a su apartamento era descubrir que han desaparecido de su habitación todos sus bolsos y maletas, y que las estanterías, que estaban llenas de libros, lucen ahora una colección de fotos de gente que no conoce de nada.
Está claro que Melanie le ha dicho a una amiga que puede quedarse en su habitación mientras ella está fuera, pero ya tendría que haberse ido. Abre el armario y se queda boquiabierta. Ve más de diez pares de vaqueros y una docena de vestidos, ¡que no son suyos!
Entonces llama a Melanie, que contesta al tercer tono.
—¿Diga?
—¿De quién son las cosas que hay en mi habitación?
—¿Qué tal tus vacaciones románticas, Kate?
—Melanie, ¿quién ha estado durmiendo en mi habitación?
—Tranquila, Ricitos de oro, son de Steph.
—¿Quién?
—Mi compañera de squash. Se ha quedado con tu habitación. La verdad es que el momento no podría haber sido mejor, en su antigua casa de Tulse Hill había ratones.
«¿Squash? ¿Ratones? ¿Tulse Hill? ¿Qué me está queriendo decir?».
—Pero es mi habitación.
—Te vas a ir a vivir con Nick.
—Eso todavía está por ver, y he pagado el alquiler hasta mediados de agosto. Tendrás que decirle a Steph que compre unas trampas para ratones.
—Ha firmado el contrato de alquiler a partir del 1 de agosto, es un documento legal.
—Vale, ya le compro yo las ratoneras, de las legales.