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Editado por Harlequin Ibérica.

Una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Núñez de Balboa, 56

28001 Madrid

 

© 2019 Ana María Draghia

© 2020 Harlequin Ibérica, una división de HarperCollins Ibérica, S.A.

Muy lejos de aquí, contigo, n.º 258 - enero 2020

 

Todos los derechos están reservados incluidos los de reproducción, total o parcial.

Esta edición ha sido publicada con autorización de Harlequin Books S.A.

Esta es una obra de ficción. Nombres, caracteres, lugares, y situaciones son producto de la imaginación del autor o son utilizados ficticiamente, y cualquier parecido con personas, vivas o muertas, establecimientos de negocios (comerciales), hechos o situaciones son pura coincidencia.

® Harlequin, HQÑ y logotipo Harlequin son marcas registradas propiedad de Harlequin Enterprises Limited.

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Imagen de cubierta utilizada con permiso de Dreamstime.com.

 

I.S.B.N.: 978-84-1348-327-6

 

Conversión ebook: MT Color & Diseño, S.L.

Índice

 

Créditos

Prólogo

Emma

Juliette

Tom

Juliette

Sam

Juliette

Emma

Tom

Juliette

Emma

Sam

Emma

Juliette

Tom

Juliette

Sam

Tom

Juliette

Emma

Juliette

Tom

Emma

Sam

Juliette

Tom

Emma

Juliette

Sam

Emma

Juliette

Tom

Sam

Emma

Juliette

Tom

Agradecimientos

Si te ha gustado este libro…

 

 

 

 

 

Para mis abuelos, María y Neculai.

 

Para Ana y Silvia.

Escribí esta historia después del caos.

Gracias por hacerme sonreír siempre.

Sois únicas e irremplazables.

 

 

 

 

 

En el desierto, las aguas más amadas,

como el nombre de una amante,

cobran el color azul

en las manos que las recogen,

entran en la garganta.

Tragas ausencia.

 

El paciente inglés, Michael Ondaatje

Prólogo

 

 

 

 

 

Siempre creí que esta historia empezaba con un hombre que se quería ahogar. Un hombre que mintió. Un hombre triste, lleno del dolor de incontables imágenes y pérdidas.

Me equivocaba. Nací mucho antes, a cientos de metros de altura, en el aire.

Ojalá comenzara con una calle llena de luz, del baile de risas de niños y enamorados. Pero no, lo hace con un salto. Uno que tenía de fondo, en un piso muy lejos de París, en Londres, Can’t Help Falling in Love de Elvis Presley, mientras en otra casa de ventanales grandes y luminosos se esparcía el olor entre dulce y amargo del té recién hecho.

Y al fin, el salto. Justo en el momento en el que se acababa la canción y la bebida caliente se derramaba sobre la alfombra persa del salón. Ese fue el instante en el que todo, absolutamente todo, se quebró. Fue un chasquido amortiguado, como cuando te fracturas un hueso y la carne detiene el impacto. Un crac. Todo finaliza. Y después, nada. Solo un tocadiscos que se raya, una taza vacía, un hombre que miente, una mujer que lo cree.

Una canción de los sesenta, una taza de té que se cae, un hombre que salta, una mujer que lo salva.

Canción, taza, salto, hombre, mujer.

Canción, taza, salto, hombre, mujer.

Canción, taza, salto…

Y en medio de todo eso, a la deriva, estaba escrita mi historia. Yo era el crac, era el hueso roto sin posibilidad de poner en orden cómo habían sucedido las cosas.

Tardé bastante en averiguar que esta historia empezó mucho antes de que mi padre saltase desde aquel puente. Las primeras líneas se escribieron cuando los puentes eran bombardeados, como las ciudades donde morían hombres, mujeres y niños. Una pisada sobre cientos, miles de hormigas.

Cuando comprendí eso, supe que esta historia tenía demasiados nombres.

EMMA

 

 

 

 

 

Una ciudad de luces parpadeantes

Londres. Febrero, 2006

Stratford-upon-Avon se encuentra a más de dos horas de distancia de Londres, dos horas y diecisiete minutos en tren, para ser más precisos. Es tiempo suficiente para comerte dos cupcakes, beberte un refresco grande de uva, ir una media de dos veces al aseo —si es que se le puede llamar así a ese cubículo minúsculo en el que nunca sabes cómo se tira de la cadena—, leer por enésima vez tu curriculum e incluso, a veces, puede darte tiempo a enamorarte; pero, como era de esperar, aquella no fue una de esas veces.

Era la primera vez que viajaba a la capital inglesa. Me había criado en Stratford y estudiado en Birmingham, así que no había visto mundo, tal vez esa era la razón principal de que guardara un álbum lleno de recortes con destinos de ensueño.

Quizás porque estaba un poco desorientada en la vida, al bajarme en la estación londinense me sentí incluso más pequeña e insignificante. Iba a pasar una única noche en la ciudad porque a la mañana siguiente tenía una entrevista de trabajo, una demasiado importante: podría hacer que lograra escapar de ese pasado que me acechaba.

«Déjate de tanta filosofía y aclárate, que no sabes ni cómo llegar al hotel».

Salí de la estación como si alguien estuviera apuntándome con una pistola. Estoy convencida de que conocéis esa sensación en que la te obligas a seguir caminando pese a no tener muy claro hacia dónde vas.

«Esta jodida sensación».

Me aferré a mis pensamientos al igual que lo hice con la maleta de mano. No tenía nada de valor en ella; sin embargo, no dejaba de ser lo único conocido que había cerca de mí.

«Pues vaya mierda de situación, ¿no te parece?».

Le regalé un asentimiento a mi subconsciente que era —todo hay que decirlo— bastante más sincero que yo. En cualquier caso, no estaba allí para someterme a un polígrafo, sino para demostrar que merecía ese puesto de trabajo, aunque para eso aún quedasen unas horas.

«Será mejor que cojas un taxi».

Obedecí porque se estaba haciendo de noche.

Me había alojado en un hotel asequible para los pocos ahorros que tenía, se encontraba cerca del río Támesis. Eso era lo más reseñable de todo. Le pedí al taxista que me llevara hasta allí, me cobró riñón y medio, pero al final llegué y pude hacer la entrada al hotel. Llevé las cosas a una pequeña habitación: una para mí sola. Me quedé sentada en el borde de la cama durante media hora, con los dedos entrecruzados y una necesidad incontrolable de echarme a llorar.

«No me jodas, Emma. Ni de coña. Vas a levantarte de esta cama y vas a mover tu culo hasta la calle. Tendrás que comer algo antes de irte a dormir».

Me costó lo mío darme cuenta de que aquello era lo más conveniente en ese instante. No me sobraba el dinero, eso era cierto; no obstante, esperaba que me bastase para comprarme un sándwich en cualquier puesto ambulante. Digamos que no era difícil de contentar.

De nuevo en la calle, me encogí y caminé con la cabeza agachada durante un buen rato. Intentaba esquivar las miradas de la gente, como había hecho siempre. Unos diez minutos después, tras chocar con una farola, consideré que era un buen momento para dejar de preocuparme por lo demás. Ni siquiera tenían tiempo para darse cuenta de mi presencia. Iban frenéticos. Ese ritmo que solo se respira en las grandes ciudades, donde las personas tranquilas como yo no podrían encontrar su lugar ni aunque quisieran porque el ruido, el tráfico y las luces parpadeantes no duermen nunca.

«Bueno, aquí mismo, ¿para qué andar más?».

Se trataba de un pequeño puesto con la cocina al aire libre. A su alrededor había mesas de madera redondas y enjutas, al igual que las sillas, pero era suficiente para mí.

Pedí un bocadillo de pollo y una botella de agua. Busqué una mesa libre. Solo quedaba una. Me senté allí, envuelta en risas, pisadas, cláxones.

Comí en silencio durante unos pocos minutos. Intentaba calcular las posibilidades que tenía de que me cogieran en McEwan&Sons, para algo era contable. Se suponía que mis dotes para los números podrían darme alguna respuesta, pero no sabía qué valor otorgarle al factor humano. Solo tenía veintidós años y la experiencia que me había dado llevar la contabilidad de los negocios de mi ciudad. No era mucho en comparación con los candidatos que aspiraban al puesto, por no hablar de que no se trataba de cualquier empresa.

«Nunca tendrás una maldita oportunidad como esta, así que céntrate. Mañana tienes que venderte bien, empezarás por respirar hondo, porque no puedes volver a casa hecha mierda, imagínate lo que dirán…».

—Disculpa…

Levanté la vista de la botella de agua y me encontré con dos ojos azules; la sonrisa más tímida que había visto hasta ese día. Un chico alto, puede que un poco mayor que yo, se apoyaba en el respaldo de la silla que había libre frente a mí. Llevaba un jersey blanco de cuello, un poco ancho para su cuerpo —o tal vez se llevaban así, no sabía nada de moda— y unos vaqueros oscuros. El pelo rubio despeinado le caía sobre la frente.

«Despierta, idiota, te está hablando».

—Sí —murmuré.

—¿Sí? ¿No te importa?

Fruncí el ceño porque no había escuchado la pregunta anterior, estaba demasiado ocupada trazando las líneas de su cara con la mirada. Estaba afeitado, aunque la sombra rubia de una barba incipiente le salpicaba la palidez del rostro.

«Déjate de poesía, Emma. Atiende».

—Me siento entonces, es que no queda ningún hueco.

«Mierda».

Miré a un lado y a otro. Comprobé si decía la verdad. En efecto, no mentía.

—Es mi sitio favorito de la ciudad. La comida está riquísima, ¿no te parece?

Colocó su bandeja de cartón en el diminuto espacio que liberé.

—Sí —volví a decir.

—Perdona. —Inclinó la cabeza hacia delante, con el gesto contrariado y el bocadillo entre las manos, a punto de morderlo. Me fijé en su boca. ¡Maravillosa!—. ¿Hablas inglés?

«De puta madre, Emma. Ni se te ocurra decir sí otra vez. Serás capaz de encontrar una respuesta más ingeniosa, ¿no?».

—Sí. —Y sonreí.

Se rio tanto que se le achinaron los ojos y se le dibujaron incontables pliegues en las mejillas.

—¿Eres nueva en la ciudad? Por favor, no me digas que sí, soy un conversador nato —dijo antes de darle el primer mordisco a su bocadillo.

Yo había dejado de comer, estaba atónita. Nunca se me acercaba ningún hombre para hablar, ni para ninguna otra cosa, la verdad.

—Solo por una noche y un día. He venido a una entrevista de trabajo.

«Podría ser un psicópata, Emma. ¿Cómo le das tanta información?».

—¿Estás nerviosa?

—¿Cómo quieres que no te conteste con monosílabos si todas las preguntas me obligan a decir sí o no?

«Vaya, eso no ha estado mal del todo».

Se le dibujó en los labios una sonrisa ladeada muy dulce.

Touché. Deduzco entonces que estás nerviosa.

Asentí para no volver a pronunciar un sí.

—¿Y a qué te dedicas?

—Soy contable —contesté sin mucho ánimo, no porque no me gustara lo que hacía, sino porque me sentía como en un interrogatorio.

Él pareció sorprendido.

—¿Y dónde vas a hacer esa entrevista?

Suspiré muy hondo. No estaba acostumbrada a hablar con la gente y menos aún con desconocidos, pero no había tenido una conversación en todo el día, pensé que la compañía me distraería un poco.

—En McEwan&Sons.

El chico masticó y asintió con cara de estar gratamente satisfecho con la respuesta.

—Dicen que es una buena empresa, no sé. ¡Joder, a ver si tienes suerte!

—Creo que necesitaré más que suerte. —Corté un trozo de pollo y me lo llevé a la boca—. Acabo de salir de la universidad, no creo que me cojan. Pero por lo menos lo habré intentado.

Él se quedó mirando un segundo hacia el cielo, hizo una mueca con la boca y después se apoyó contra el respaldo de la silla. Sopló una brisa con olor a chocolate y a coco que le arremolinó el pelo.

—¿Qué puedes aportar tú a esa empresa?

«Inseguridad, sobre todo».

—Si yo te hiciera la entrevista —continuó diciendo—, seguro te preguntaría eso. Piénsalo. Es una buena pregunta —comentó muy satisfecho de lo inteligente de su comentario.

—Es una pregunta muy buena y muy difícil de contestar.

—En eso radica la diferencia.

Me sonó el teléfono en el bolsillo cuando él le dio un trago a su refresco. Saqué muchas cosas del bolso, entre ellas un libro de Bradbury, Crónicas marcianas, un cuaderno, el monedero, unos caramelos y, al final, el móvil.

—Hola, papá —contesté después de ver el número en la diminuta pantalla.

El desconocido cogió el libro después de chuparse los dedos de las manos.

«Ahora dejará su impronta en las cubiertas. Genial».

—Sí, ya estoy instalada en el hotel. He llegado bien. No, ya sabes, un poco nerviosa. Sí, papá. —Hinché las mejillas de aire para no explotar en aquel momento. Él levantó la cabeza de la solapa del ejemplar. Cerró los ojos un instante y sonrió—. Sí, te digo que sí. Sé que Stratford-upon-Avon siempre será mi casa pase lo que pase. Que sí. Sí. Mañana cuando salga de la empresa. Sí. La vuelta está prevista para la tarde. Sí, lo tengo. Sí. No sé, supongo que sí. Vale. Luego hablamos.

Puse fin a la llamada porque no estaba por la labor de aguantar a mi padre diciéndome que la situación económica en casa no estaba como para que yo la jodiera más aún.

—¿Tu palabra favorita es sí? —preguntó.

No me había devuelto el libro.

—No, mi palabra favorita es constelación.

—¿Por qué?

—Ni la más remota idea. Será porque me gustan las estrellas.

Se encogió de hombros y al fin me tendió el libro. Después en su cara apareció una sonrisa apaciguada, como si no hubiera nada que pudiera perturbarla. Envidié esa sonrisa con toda mi alma porque hubiera dado cualquier cosa por sentirme así, aunque fuera durante unos pocos segundos.

—Es uno de mis libros favoritos —explicó al tiempo que señalaba la obra con la barbilla—. Tu ejemplar está desgastado también.

—Bueno, es mi autor de cabecera.

—¿Crees en los marcianos?

—Digamos que no creo que seamos lo único que existe. No puede ser, ¿no?

«Eso, tú háblale de tus conspiraciones. Ya no sé si deberías estar preocupada porque él fuera un loco o él por la posibilidad de que tú estés pirada».

—Creo que existe algo mayor, sí. Llámalo energía, no lo sé —contestó pese a lo extraño de mi pregunta. Por lo menos había sido bastante educado como para no hacerme sentir ridícula.

—Ojalá, la tercera expedición —dijimos los dos a la vez después de permanecer medio minuto en silencio.

La tercera expedición formaba parte de las Crónicas marcianas. Un grupo de expedicionarios llega a Marte y allí encuentran réplicas de las casas, las personas y las vidas de su pasado en la Tierra, los momentos más felices.

—Allí todo sería fácil —susurré yo para no prestar más atención de la debida a lo extraña que había resultado aquella bonita casualidad en la que la literatura había formado un puente entre dos personas que no se conocían de nada.

—Pero lo bueno no puede ser para siempre. Al fin y al cabo, mira cómo acaba todo. —Le dio un trago a su bebida—. Estamos destinados a que nos hagan daño, una y otra vez.

«Este se cree Confucio».

—Pero también a que nos quieran —añadió al darse cuenta de lo pesimista que había sonado su reflexión.

—A algunos más que a otros —siseé yo.

Acababa de darme cuenta de que, a mis veintidós años, todavía no me había querido nadie de la manera en la que reflejaba por ejemplo Diana Gabaldon en Forastera: por encima del tiempo y del espacio, de esa manera sobrehumana que solo puede pertenecer a otra especie, o a otra energía, como había dicho el chico de los ojos azules.

—A los que nos quieren menos —dijo él—, nos hacen descuentos en helados y chocolates en el supermercado.

—Eso será aquí en Londres porque de donde yo soy te cobran el doble, para que se te quede todavía más cara de gilipollas.

El chico, que estaba bebiendo en aquel momento, echó parte del refresco por la nariz y por la boca. Las personas que nos rodeaban nos miraron como si fuésemos dos desconsiderados sin pizca de educación. A mí no me importó. A él, menos.

—De Stratford-upon-Avon, me ha parecido escuchar que eras —habló cuando utilizó la mitad de las servilletas para limpiarse la cara y, después, la mesa.

—Está muy mal escuchar conversaciones ajenas, ¿sabes?

—¿Se puede denunciar a alguien por cotilla?

Levantó las manos en señal de que no podía hacer nada para que dejara de hacer preguntas.

—Sí, soy de allí.

—Nunca he estado.

—Mira, como yo en Londres.

—¿Es tu primera vez? —Puso los ojos como platos.

Yo pensé en otra cosa, como en que aún no me había tocado ningún hombre. Al paso que iba tampoco parecía que fuese a ser algo inminente. Es más, estaba segura de que se dilataría bastante en el tiempo, vistos mis antecedentes. En fin, esa es otra historia.

—Sí.

—¿Y qué te parece?

Cruzó los brazos sobre la mesa y me miró como nunca antes me habían mirado: como si me viera tal y como era. Yo misma, con todos mis defectos, con el pelo pelirrojo sin peinar, tal como me había bajado del tren, sin maquillar, escondida tras las grandes gafas de pasta de color castaño.

—No lo sé. No he querido ver demasiado.

Enarcó una ceja, negó con la cabeza y acompañó ese movimiento con una sonrisa confundida.

—A ver, eso es absurdo. La gente se muere por ver todo lo que puede cuando llega a un sitio nuevo.

—Ya. Pero yo no quiero.

—Si no te gusta Londres, ¿por qué vienes hasta aquí para hacer una entrevista de trabajo?

Agaché un poco la cabeza. Se me escapó una risa sarcástica.

«Él no sabe qué hay en tu cabeza ni en tu corazón, no juzgues su reacción».

—Vengo porque me encanta esta ciudad.

—Perdona, pero no entiendo nada de lo que me dices. —Levantó las manos y mostró las palmas expuestas. Era un gesto de rendición.

—No quiero ver nada porque sé que me encantará y no podré quedarme. —Me rasqué la frente, estaba poniéndome nerviosa—. Tú no lo entiendes. Llevo soñando con este viaje toda mi vida. Cuando entré en la universidad lo hice con el claro propósito de trabajar para McEwan&Sons. Y ahora aquí me tienes. Mañana estaré frente a un montón de gente importante, miraré a esas personas a los ojos y esperaré que sepan en qué estoy pensando.

—¿Y en qué estarás pensando?

Era la primera vez que no sonreía, parecía sereno, solo esperaba mi respuesta.

—En que a lo mejor no soy la persona más decidida del mundo, ni la más extrovertida, no tengo mucha experiencia y casi siempre estoy callada.

—No te vendes muy bien.

—Es que no soy un producto, soy una persona…

Vi cómo tragaba saliva. Cerró las manos sobre la mesa.

— … Y las personas tienen defectos. Pero nunca, jamás, me equivoco en los cálculos. Los números son perfectos. Así que no importa que mi despacho esté en el sótano o que de vez en cuando me tropiece por las escaleras porque… ¿sabes qué puedo aportar a esa empresa y no lo puede hacer nadie más?

«¡Joder, cómo te estás creciendo! Para un poco. Frena».

No le hice caso a mi subconsciente, estaba cogiendo fuerzas para enfrentar el día siguiente. Sería más fácil si practicaba con ese chico que parecía dispuesto a escucharme.

—Tú dirás.

—Verdad —solté—. Si algo sale mal, lo diré. Si me he equivocado, lo diré.

—Si el jefe va hecho un cuadro y es un imbécil, lo dirás.

—Bueno…

Soltó un par de carcajadas que me hicieron reír también.

—A ver, lo que quiero decir es que los números hablan por sí solos y allí estará el reflejo de si las cosas van bien o no en la empresa.

—Entonces das por hecho que los demás candidatos no saben sumar.

«Vaya, no te lo está poniendo fácil. Pensabas que decir una palabra que sonaba tan bien valdría para sacarte las castañas del fuego, pero mira, hubieses jodido bien la entrevista».

—Por supuesto que saben y seguramente se visten mejor que yo, conocen la ciudad, y son unas personas maravillosas.

—¿Pero…?

—Pero yo vengo de un sitio en el que la gente siempre me ha dicho que no podría lograr nada. Que tendría que vivir con mis padres mientras le llevaba las cuentas a Herbert, el frutero del barrio. Que quizás me casaría de penalti con algún hombre de la zona y me dedicaría a cuidar de mi familia y de mi casa. Vengo de un sitio —dije mirándolo directamente a los ojos— en el que ni siquiera la inteligencia me ha valido para huir de las críticas.

Se quedó sopesando, durante un instante, lo que le había dicho.

—Quizás la gente que vaya a esa entrevista haya vivido lo mismo que tú.

—Es posible, pero ni esa gente ni yo diremos nada.

—¿Por qué?

—Porque queremos encajar. Las personas fingen sin parar ser lo que no son.

—¿Y tú vas a fingir?

—No puedo. —Sonreí un poco entristecida.

—¿Y eso? —inquirió él, tan apagado como yo.

—No sé mentir, soy transparente. Voy por ahí contando mi vida a completos desconocidos.

—Verdad. —Sonrió él al fin.

—Verdad, supongo. —Dejé salir el aire que había acumulado en mi pecho.

El chico me observó con detenimiento, era como si estuviera sopesando algo que yo no alcanzaba a imaginar.

—Ha sido un placer —dijo de pronto, mucho menos tenso que antes, de nuevo con los codos apoyados sobre la mesa—. Nos vemos mañana, señorita Jones.

Me eché hacia atrás en el asiento, tanto que me puse rígida de pies a cabeza.

—¿Cómo…?

Negó con la cabeza, sonriendo sin interrupción. Se puso de pie y volvió a apoyarse en el respaldo de la silla, tal y como había hecho pocos minutos antes, al llegar.

—Mira, Emma, ¿me permites un consejo?

Miré hacia todas partes por si aquello era una broma con cámara oculta. ¿Cómo sabía aquel chico mi nombre?

—No te tropieces por ninguna escalera hoy.

—Pero ¿qué…?

Me tendió la mano.

—Sam McEwan. Me disculparás, no sabía que eras tú cuando me he sentado, pero ya he estudiado a los candidatos lo suficiente para saber de dónde venís, quiénes sois.

«Mierda, Emma, ¡mierda! Es el hijo del jefe. Joder, Emma, ¡joder! Estréchale la mano y cierra la bocaza. Literalmente, cierra la boca, boba».

—Mucho gusto —logré decir.

—Igualmente —aseguró—. ¿Me permites otro consejo?

Asentí como una estúpida.

—Pase lo que pase mañana —dijo mientras se me encogía el pecho porque eso solo podía significar una cosa: no tenía ninguna posibilidad—, no te irás de Londres sin verla; y sobre todo, no te casarás de penalti con nadie, a ver si infartan los idiotas de tu ciudad, ¿eh? —Agachó la cabeza al decirlo y me miró a los ojos.

Sonreí porque eso hizo que me sintiera un poco mejor, algo más tranquila.

—Haré lo que pueda.

—Bien.

—Hasta mañana.

—Hasta mañana, Em.

«Ahora vuelve a respirar, por favor».

Pero no pude hacerlo de verdad hasta el día siguiente, cuando no me quedó más remedio que subirme de nuevo en el tren y regresar a Stratford-upon-Avon.

JULIETTE

 

 

 

 

 

Todos nos ahogamos

París. Enero, 2019

Algunos países europeos habían cerrado sus puertos a los migrantes en un momento de inquietud internacional que se palpaba en los silencios y también en la cotidianidad con la que todos seguíamos llevando a cabo nuestras vidas. Sin embargo, cuando tenía que colocarme ante la cámara, grabar, retrasmitir e informar, me molestaba que el resto del mundo hiciera cosas tan banales como la compra o eligiera unas lámparas nuevas para el dormitorio o tuviera citas con desconocidos vía aplicaciones de ligue, porque cuando todo se apagaba era yo la que tenía que continuar con las miradas tristes de todas aquellas decenas de personas que tocaban, al fin, tierra firme. Una, sin el ruido al que estaban acostumbrados, pero que les provocaba el mismo miedo y un similar regusto a hierro, el que deja la sangre en la boca.

Niños llorando. Niños que ya no lloraban porque se habían secado como sus pieles al sol. Esos eran los que más me dolían, pero no podía girarme. Me quedaba muy quieta, viéndolos llevar esas mantas plateadas que parecían aislarles del frío y de los recuerdos. No obstante, todos sabíamos que la guerra no se iría del cuerpo nunca. O, por lo menos, lo intuíamos porque no la habíamos vivido como ellos.

Las personas se morían. Las mataban.

Francia acababa de acoger a unos pocos refugiados y yo había viajado desde Londres para cubrir mi primera noticia internacional. Me había trasladado aquella misma mañana hasta la capital parisina para acudir a la rueda de prensa del presidente Macron. Otras tantas palabras que se llevaba el aire. Me había supuesto la enhorabuena vehemente del productor del noticiero y una llamada de mi abuelo. Poco o nada quería pensar en él. Todo el mundo seguía creyendo que era una cara bonita de la televisión y la nieta enchufada y privilegiada de Michael Samuels.

En todas estas cosas pensaba mientras iba en dirección al puente Alejandro III. Tenía que cruzarlo para llegar al hotel, subir a mi habitación, caerme en la cama y fingir que era feliz.

Estaba a punto de girar a la derecha para atravesar el puente bajo la luz de las farolas y la noche, cuando creí que el juego de sombras y luces me traicionaba. Di tres pasos atrás, aún con las manos en los bolsillos y el abrigo bien apretado alrededor del cuerpo.

Entrecerré los ojos e hice un esfuerzo por enfocar lo que tenía delante. No fueron ni las rocambolescas farolas ni las estatuas doradas que coronaban los pilares las que llamaron mi atención, sino la persona que en un margen del puente se había sentado sobre la barandilla y se estaba desatando los zapatos con calma.

Se me tensó el cuerpo en una clara advertencia. Los músculos lo saben, toda la columna vertebral detecta el peligro, nos agazapamos por dentro como animales, como esos antepasados que corrían con los lobos para sobrevivir. Eso fue lo que hice, dar dos zancadas hacia mi propia línea de paso. Estaba abajo y desde allí el puente parecía encontrarse muy arriba en el cielo, muy lejos de mí.

La sombra, hombre o mujer, no lo supe, se quitó el segundo zapato. No quería ponerme en la peor de las situaciones, pero todo indicaba que iba a saltar al Sena y eso, con la profundidad y el frío, solo desembocaría en una cosa.

—¡Eh! —grité cuando vi que se inclinaba hacia delante. La farola lo enfocó y vi que era un hombre—. Monsieur!

No miró en mi dirección. Eché un vistazo a un lado y a otro. Nadie en la calle. Era tarde. Ojalá hubiese venido conmigo el cámara, mi compañero, pero le gustaban demasiado las mujeres y el restaurante donde habíamos cenado era un buen sitio para ligar, para mi desgracia.

Attendez, s’il vous plaît!

No me oía, o lo hacía pensando que, tal vez, yo era una alucinación.

Apoyó los pies cerca de la barandilla, se agarró con fuerza. Me fijé en su perfil. Miraba a la luna y el reflejo caía en forma de velo sobre su cara.

Yo también estaba agarrotada en la baranda de abajo, con el cuerpo hacia delante.

Volví a gritarle con toda la fuerza:

Monsieur! En bas ici!

«Aquí abajo, gírese. A lo mejor necesito, más que usted, ser salvada».

El teléfono me vibró en el bolsillo del abrigo; sin embargo, mis manos estaban ocupadas en moverse a gran velocidad para que me divisara en la oscuridad. Alguien seguía insistiendo al otro lado de línea. Hubiese arrojado el móvil al río con tal de quitarme esa molesta sensación de encima.

Soltó una mano y yo temblé.

—¡Joder! —grité con rabia. Ese hombre estaba a punto de poner fin a su vida y a mí no me daba la voz ni para agarrarlo en la distancia—. ¡No salte! —grité en inglés sin prestar ya atención ni al idioma.

Entonces se giró hacia un lado. Buscaba el origen del que habían procedido esas palabras. Me vio. Por fin me vio y yo agité los brazos.

—¡No salte, espere! No salte.

Su mirada, que estaba muy cerca pese a lo lejos que nos encontrábamos, me examinó como si supiese exactamente quién era, dónde estábamos y el pánico que sentía en aquel momento. Me di cuenta de que las piernas me fallaban y tuve que aferrarme con mayor ímpetu para no caer al suelo. Él inclinó la cabeza hacia un lado. Juro que sonrió. Después se soltó.

—¡No! —vociferé mientras caía.

Fue el segundo más largo de mi vida, a cámara lenta, lleno de una agitación horrible que era más mía que suya, aunque no entendía por qué.

Sin previo aviso mi cuerpo reaccionó. Eché a correr hacia las escaleras laterales mientras me desabrochaba el abrigo y me sacaba los botines con las puntas de los pies.

—¡Maldita sea!

Siempre que iba a París algo en mí se rompía. Lo que no sabía era que esa vez, sin duda, sería la más dolorosa de todas.

Arrojé el abrigo, el gorro, la bufanda. Bajé las escaleras tan rápido como mis torpes pies me permitieron y, cuando llegué al último peldaño, salté. No había visto al hombre salir a la superficie. Ni siquiera tuve tiempo para darme cuenta de que saltando, tal vez, yo misma moriría.

El agua estaba helada, pero no podía pensar. Nadé hacia donde le había visto caer. Había corriente, aunque no tan fuerte como para no luchar contra ella y aguantar. Miré a todas partes, me sumergí pero no se veía nada. Oscuridad. El agua, además, estaba turbia.

—¡Por favor, por favor, por favor! —rogué mientras me castañeaban los dientes.

Sentí algo cerca de la pierna. En un primer momento me asusté. Volví a darme la vuelta al notar un roce cerca de la cintura, después en el vientre y finalmente algo emergió. Alguien. Cerca de mi cara, a escasos centímetros, los ojos marrones más vivos que había visto nunca.

Dos manos me tenían cogida por la cadera.

—¡Salgamos! —me dijo con un tono fuerte. Ya no sonreía, se le veía serio y preocupado.

Echó a nadar. Se giró un par de veces para comprobar que yo iba detrás. El suicida estaba vivo y yo ya no tenía tan claro cuánto tenía de suicida y cuánto de imprudente.

Nadé confundida y seguí el camino que abría su cuerpo atlético en el agua.

Llegamos a los escalones un minuto después. Él salió de un impulso y se agachó para tenderme sus manos. Me sorprendió lo caliente que estaba su piel pese a la temperatura del agua. Me agarró por los antebrazos, me impulsé hacia delante y me sostuvo por la cintura con una fuerza que no hubiera sospechado. Me pegó a la humedad de su cuerpo hasta que ya no supe si le estaba tocando la piel o la ropa.

Sus labios entreabiertos me llenaban la boca del vaho que desprendían. Tardé unos segundos más en darme cuenta de que no estaba tocando el suelo y que me tenía tan cogida que parecía pertenecerle. Por un momento pensé que habíamos muerto los dos y que esa levedad de silencio, jadeo y ojos turbados, era la prueba de ello. Pero la forma en la que me latía el corazón me hizo recordar que estaba viva y que había puesto en riesgo todo lo que me quedaba por vivir para salvar a ese grandísimo idiota que…

Le di dos golpes en el pecho.

—¡Suéltame!

Cuando me enfadaba no podía hablar en ninguno de los otros tres idiomas que conocía. Tenía que ser inglés.

—Tranquila —me contestó él.

Me soltó poco a poco mientras yo me agitaba como un pescado recién sacado a la superficie.

—¡Casi muero!

—Eso te pasa por tirarte al Sena a las tres de la madrugada.

Corrí a por mi abrigo y el resto de mis prendas y me lo puse todo por encima.

—¿Perdona? Eres tú quien te has lanzado.

—Así es.

Se estaba estrujando el jersey de cuello color camel y los pantalones. Estaba descalzo. Ni siquiera llevaba calcetines.

—¡Estás loco! Podrías haber muerto.

—Corremos ese riesgo todos los días.

Su profundo acento inglés me reveló que no podía ser de otro sitio que no fuera Inglaterra.

—¿Qué hacías allí arriba? —pregunté gesticulando tanto que creí que me dislocaría ambos hombros.

—Saltar. No sé qué hacías tú.

—¿Te estás quedando conmigo o qué?

Estuve a punto de volver a empujarlo.

—No, es como el bungee jumping, pero sin cuerda ni grúa.

Sabía lo que era el bungee jumping, había cubierto una noticia sobre ese deporte de riesgo pero, en este caso, había estado a punto de perder la vida y aún podía coger una hipotermia porque a él le gustaba saltar desde grandes alturas.

—Deberías tener más cuidado.

Me miró con tanta profundidad que tuve que apoyarme en el muro cuando pasó por mi lado escaleras arriba. No tiritaba, caminaba con calma y puso rumbo hacia el puente.

—¿Yo? —me salió la voz tan aguda que me llevé una mano a la garganta—. No irás a saltar otra vez, ¿no?

—Puede. Alguien me ha frustrado el primer salto.

—¿Perdona?

—Perdonada, pero me has distraído y he caído mal. Podría haberme hecho mucho daño.

Era la hostia. Había saltado para salvarlo y encima tenía la desfachatez de hacerme sentir como una imbécil.

Me abrigué bien y comencé a caminar tan rápido que pronto pasé por su lado.

—Debería llamar a la policía —dije mientras me abrazaba a mí misma intentando calmar la tiritona.

—Hazlo. Tú también te has mojado.

—¡Por tu culpa! —Me giré indignada.

—Me suena tu cara. —Me escudriñó con una calma exasperante, así que me di la vuelta de nuevo y seguí andando—. ¿Eres cantante o algo?

—Sí, de folk alemán.

Pasé junto a sus zapatos. Él se detuvo. Allí había más cosas: una mochila, un abrigo, una bufanda enorme como la que una vez había llevado Lenny Kravitz —puede que no tanto— y un gorro.

—¿Estarás bien? —pregunté.

Se estaba vistiendo cuando se lo pregunté.

—Lo estaba hace unos pocos minutos.

Maldito creído. Tenía que irme, llegar al hotel y darme una ducha caliente. No podía aguantar más el frío. Solo me faltaban cinco minutos y pensaba recorrerlos sola.

—Adiós —siseé.

—¿Adónde vas? —añadió él.

—Al hotel. —Seguí caminando y sentí que él me alcanzaba.

—¿A qué hotel?

—Al mío.

Volvió a sonreír como había hecho desde lo alto del puente. Le miré los labios más tiempo del que hubiese deseado.

—Te acompaño. Es tarde.

—¿Para ir al hotel es tarde, pero para tirarse al Sena no?

Me pasó un brazo alrededor de los hombros.

—¿Qué haces?

—Hace frío —explicó con toda la calma del mundo.

—Mira…

—Tom.

—Mira, Tom —dije intentando zafarme de su abrazo—, si eres un exhibicionista o un secuestrador, olvídate de intentarlo. Soy cinturón negro de karate desde que tengo uso de razón.

No apartó el brazo, aunque no me retenía con fuerza, solo me tenía allí, cerca de su pecho, del que emanaba un extraño calor que no había sentido nunca en contacto con ningún otro cuerpo. Era como si me sostuviera el aliento. Mi boca decía que me sentía incómoda en brazos de un extraño chiflado, sin embargo, mi cuerpo era más sincero y albergaba una sensación que quería aferrarse a ese chico llamado Tom o correr a saltar del puente. Otra vez.

—Correré el riesgo. Creo que será mejor que morirnos de frío.

—¿Te funciona esto alguna vez?

De nuevo esos ojos achinados bajo una sonrisa de espectáculo, de esas que te abren la boca del estómago y te hacen gritar hacia dentro. Y allí era todo eco. Puro eco de frenesí y de adrenalina. Yo era adrenalina aquella noche. Tanto que coloqué mi mano alrededor de su muñeca y en menos de lo que dura un parpadeo le hice una llave que lo dejó en el suelo.

Tardó unos segundos en reaccionar. Allí tumbado me miraba incrédulo sobre el asfalto. Se apoyó sobre los codos y echó la cabeza hacia atrás. Se rio tan fuerte y de manera tan sincera que el cuerpo se me relajó un poco. Le tendí una mano.

—No sé si fiarme —razonó al tiempo que contemplaba mis dedos seguros y largos—. ¿Volverás a atacarme?

—No, si no me tocas.

—Vale. —Levantó las manos en señal de paz y, refiriéndose a ellas, dijo—: Las mantendré lejos de ti, pero acepto que me abraces tú, yo tengo frío.

—También tienes una cara que te la pisas.

Aceptó mi mano y tiré de él pero, por cómo se le marcaban los bíceps y el torso bajo el jersey, dudaba que necesitase mi ayuda para ponerse en pie. Aunque no pareció molesto porque se la ofreciese.

Después de que se pusiera en pie, no sé por qué lo hice, pero guardé las manos en los bolsillos tras ver un pequeño destello. Era absurdo.

—No hace falta que me acompañes, Tom.

—No lo hago, mi hotel también está en esa dirección.

—¿A cuál vas?

Los periodistas siempre tenían que comprobar la información que les hacían llegar.

—Al Châtillon.

No era el mío, pero estaba a una calle. No podría librarme de él tan fácilmente.

—¿Cómo te llamas?

—No es importante.

—Ah, vale. —Aceptó con una sonrisa tan divertida que me contagió, pero no podía permitirme sonreír—. Pues te llamaré… Ojos verdes. O la loca del río. Chica karate.

Puse los ojos en blanco, miré hacia otro lado y se me escapó una sonrisa.

Todo aquello era surrealista.

—Juliette. Se detuvo en medio del puente.

—Juliette.

Mi nombre de pronto pareció tierno en su boca. Nadie lo había pronunciado así en toda mi vida. Me rompió las costuras de la piel, porque me estremecí.

—Es bonito. Juliette. —Esta vez puso acento francés—. Juliette —repitió—. Me gusta, te llena la boca.

Volvió a reírse. No sabía si ofenderme, asustarme o sentir, de pronto, ese hormigueo en el vientre que no sabía qué podía significar. Esperaba que me hubiese sentado mal el humus de garbanzos y no fuese deseo. A lo mejor al meterme en el agua me había dado un corte de digestión.

Anduve más rápido después de ese momento.

—Eres muy rara, ¿sabes?

—Y tú eres súper normal, ¿no te jode?

La noche helaba cada parte de mi cuerpo. Ojalá volviera a acercarme a él, pero ya no podía. Lo había aplacado. Lo cual, por otra parte, era más que lícito. ¿A qué venían tantas confianzas?

Ignoró lo que le dije y siguió.

—¿Qué hace una inglesa en París?

—¿Y un inglés?

—Trabajar.

—Lo mismo, me temo.

—¿A qué te dedicas? ¡Espera, no me lo digas! —Ni siquiera me interrumpió, porque no había intentado contestar—. Tienes cara de profesora.

Negué con la cabeza. Ya habíamos dejado el puente atrás y no quedaba mucho para librarme de él y de toda la tensión que había acumulado.

—¿Ingeniera de puentes?

—Sí, y de cerebros para idiotas.

—¡Ala! —Se fingió ofendido, pero en el fondo parecía divertirse—. Qué boquita, Juliette.

—¿Es que una mujer no puede decir nada sin que sea juzgada por ello? No os llevéis las manos a la cabeza tan rápido.

—No, si no lo decía por lo que has dicho, sino más bien porque te estaba mirando la boca.

Me puse roja desde las puntas de los dedos de los pies hasta la frente. Sentí que el pelo me pesaba sobre la cara, así que lo aparté detrás de las orejas.

—Me encanta que las mujeres digan todo lo que piensan y sienten. Ojalá todos escuchásemos más a menudo.

Me gustó la reflexión. Pensé, no obstante, que lo decía porque era lo que yo quería escuchar.

—Entonces solo me queda que seas famosa.

—No lo soy.

—Pues me suena tu cara y tengo una memoria fotográfica inigualable. —Levantó una ceja y me desafió con ella.

Hice una mueca con los labios y fruncí la nariz.

—No debe de ser tan buena si no sabes de qué me conoces.

—Eres dura, ¿eh? —De pronto sus dedos me acariciaron la mejilla y ese simple gesto de complicidad hizo que me parara en medio del paso de peatones como si fuesen a inmortalizar otra foto de los Beatles—. Perdona. No quería asustarte. Pensé que a estas horas no habría nadie en la calle, por eso me tiré. Lo hago siempre que vengo a París. No pensaba saltar cuando te he visto —aclaró con una tranquilidad y ternura desmedida—, pero no calculé bien, me giré y acabé resbalando.

Intenté apartar la mirada. El semáforo parpadeaba en ámbar. Mi corazón parpadeaba también. ¿Qué estaba haciendo? ¿Qué se supone que estaba haciendo?

No me dejó librarme del contacto de sus dedos. Su otra mano se apoderó de la mejilla derecha, desnuda, sonrosada en la oscuridad. Agachó un poco la cabeza y no sé por qué tuve entre miedo y ganas de que sus labios, finos, rosados y un poco húmedos, me besaran como si fuese a extinguirse la humanidad.

No lo hizo. En su lugar apareció la sonrisa más bonita que había visto en toda mi vida. Y no podía pensar eso. No quería hacerlo. Pero todo en mí lo decía.

Me sorprendió dándome un beso en la punta de la nariz y se apartó prematuramente. Me pareció un momento más íntimo que cualquier beso en la boca, aunque no lo comprendí. No llegué a entender que él tuviese la necesidad de hacer eso y yo lo aceptase como normal. Aunque, ¿qué es normal? Eso creo que no. Nos conocíamos desde hacía menos de veinte minutos, contando desde que lo había avistado en el puente.

Veinte minutos y Tom, al que de algún modo no quería ponerle nombre para que no se volviese tan real, parecía haber caminado a mi lado siempre.

—¿Qué? ¿Y esa cara?

—¿Y ese beso?

—Para que me perdones.

—Cuando te lances desde un puente por mí, igual me lo pienso, Tom…

Me tendió la mano, quería un apretón.

—Tom Rogers.

Me sonaba su nombre, pero no logré advertir por qué.

—Pues piénsatelo, Juliette…

—Samuels.

—Piénsatelo, Juliette Samuels, porque si te tengo que volver a besar la nariz… —dijo poniendo cara de circunstancia y de querer echar a correr.

—¿Qué le pasa a mi nariz?

—Que ahora mismo está llena de gérmenes del Sena y han pasado a mi boca… —Se lamió los labios. Tragué saliva—. Y ahora a mi cuerpo y podría morir.

Debió de ser la tensión, pero se me escapó la risa.

—¿Te acabas de reír?

—¿Cómo no hacerlo? Así que mi nariz es un mar de gérmenes y podrías morir, pero toda el agua que has podido tragar no podría matarte.

—Podría —reconoció—, pero no tanto como tu sarcasmo.

Solté un bufido de exasperación. No había conocido a nadie que me pusiera tan nerviosa como lo hizo Tom Rogers aquella noche. Tampoco llegué a saber cómo influiría en mi vida lo que viví con él entonces porque después de él nunca…

—¿Me escuchas?

—¿Qué? —contesté.

—¿En qué trabajas, pues? —inquirió con los hombros encogidos.

—¿Y tú?

Pensé que me contraatacaría con: «Yo he preguntado primero».

—Búscame en Google.

Vi el rótulo de mi hotel. Ya estaba a unos pocos pasos y no me sentí aliviada.

—¿Y bien? —insistió.

—Soy periodista.

Abrió los ojos tanto que creí que también abriría la boca por la sorpresa. Solo era una profesión como cualquier otra.

—Juliette Samuels —susurró mi nombre como si de pronto hubiese caído en quién era—, la reportera.

—Bueno, una reportera de tantas.

—Te he visto en las noticias algunas veces —aseguró. Le había cambiado mucho el semblante. No entendí por qué se había puesto tan serio de pronto.

—De allí te sonaba, creo.

—Sí, no cabe duda. —Apartó los ojos—. ¿Es este tu hotel?

Asentí un poco más tímida por ese silencio incómodo que había surgido entre los dos después de que supiera quién era, aunque ni yo lo sabía. Fue en ese segundo cuando me di cuenta de que su ceja derecha estaba un poco despeinada, levanté la mano sin darme cuenta e intenté colocarle los pelillos en su sitio. Se dejó acariciar.

—No lo intentes. —Sonrió. Adoré un microsegundo las bonitas arrugas que se le dibujaban alrededor de los ojos—. Siempre está así.

Dejé caer la mano.

—Bueno, pues creo que me quedo aquí.

De repente el mundo me pesaba un poco más.

—Ya estás a salvo, J.

—Gracias, ¿T?

Cuando se rio de nuevo se me calmaron los nervios que habían aparecido con la revelación de mi identidad.

—Te veré por la tele —añadió antes de alejarse. «¿Eso sería todo? ¿Ya está?»—. Enhorabuena, por cierto.

Pensé que se refería al reportaje que había hecho hacía un par de semanas o a la información retransmitida esos días. Pero me equivocaba.

—Supongo que estarás muy feliz con el compromiso.

Noté el anillo aferrándose a mi dedo con fuerza. Me sentí impotente y vacía de pronto, justo como estaba antes de lanzarme al Sena, antes de ser libre durante unos minutos.

—Buenas noches, Juliette.

No llegué a darle las buenas noches porque giró la esquina y Tom Rogers desapareció de mi vida igual que apareció en ella: dando un salto al vacío y ese vacío estaba muy lejos de mí. O mucho más cerca de lo que pensaba, justo al doblar la esquina.

Después de él nunca volví a sentirme libre.