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Fundacion SM

Gerencia editorial: Gabriel Brandariz

Coordinación editorial: Paloma Muiña

Coordinación gráfica: Marta Mesa

Cubierta: David Sierra

© del texto: Fátima Embark y M.ª Mercedes Murillo, 2017

© Ediciones SM, 2018

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Digitalización: ab serveis

ISBN: 978-84-675-9607-6

Cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública o transformación de esta obra solo puede ser realizada con la autorización de sus titulares, salvo excepción prevista por la ley. Diríjase a CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos, www.cedro.org) si necesita fotocopiar, escanear o utilizar algún fragmento de esta obra.

CANCIONES CON LETRAS INCLUIDAS EN EL LIBRO

1. Autor(es): A. Lee y T. Balsamo | Título de la canción: Call me when you're sober | Título del disco: The Open Doo | Productor(es): Dave Fortman | Discográfica: Wind-up Records

2. Autor(es): Paul McCartney | Título de la canción: Here Today | Título del disco: Tug of War | Productor(es): George Martin | Discográfica: Parlophone/EMI (Reino Unido), Columbia Records (EE UU), Capitol Records (EE UU, entre 1987 y 2010)

3. Autor(es): Justin Franks, Charlie Puth, Cameron Thomaz | Título de la canción: See you again | Título del disco: Furious 7: Original Motion Picture Soundtrack | Productor(es): DJ Frank E, Charlie Puth, Andrew Cedar | Discográfica: Atlantic Records

4. Autor(es): Tom Fletcher, Danny Jones, Dougie Poynter | Título de la canción: Too close for comfort | Título del disco: Wonderland | Productor(es): Hugh Padgham | Discográfica: Island Records

A los que hemos estado perdidos alguna vez.

A los que hemos perdido a alguien.

A los que en algún momento hemos creído
que siempre sería diciembre en nuestro interior.

A los que lo siguen creyendo.

Y a ti, porque en la siguiente página
esta historia será tuya.

1
Sam
Samantha Flynn

Tengo muchos secretos.

Los secretos me tienen a mí.

Soy un secreto.

La chica de los secretos.

O, para algunos, el chico de los secretos.

Ya no importa.

¿Quieres un secreto? Tengo muchos.

Aquí viene el primero: No soy un chico, aunque lo parezca.

Érase una vez un reino encantado. Érase una vez un rey y una reina. O mejor: una reina y un rey.

El orden importa, claro que importa. Prueba a suicidarte primero y a escribir la nota después.

La reina y el rey tuvieron cuatro hijos y una hija. Al final del cuento, solo eran cuatro hijos y un rey.

1 + 1 = 7

7 – 1 = 0

0 – 1 = –2

Las matemáticas fallan, ¿verdad?

Esta historia empieza por el final. Y no por un final cualquiera: por un final infeliz. Un final en el que nadie come perdices. Un final de esos que nadie quiere recordar, que se convierte en una mancha borrosa que todo el mundo finge no ver. Un final relleno de palabras aplastadas por secretos. Palabras aplastadas por palabras. Y por silencios.

Cuando el cuento acabó, la reina se marchó; sin brujas, ni hechizos, ni maldiciones. Se fue porque sí, se fue sin más. Murió con tierra de por medio en lugar de con tierra sobre ella. Las preposiciones también importan. Los cuatro hijos, la hija y el rey murieron también. Muertos en vida, de por vida, entre vida. Las sombras se cernieron sobre ellos. Estaban desolados.

Se fueron los cuentos.

Se fueron los besos. Y los abrazos. Y las sonrisas.

Se fue el amor.

Se fue una parte de ellos que jamás volvieron a recuperar.

Les robaron, y el seguro no los indemnizó porque solo cubría las paredes de aquella casa.

Nadie restituyó sus corazones en ruinas.

Dicen que no hay mejor defensa que un buen ataque, así que comenzaron a luchar

El rey luchaba contra la ausencia y su batalla se daba bien entrada la medianoche, cuando las excusas se acababan y tenía que regresar al castillo. Para entonces ya no quedaba nadie: solo él y toda esa ausencia que lo empapaba.

El primogénito luchaba entre los besos y las palabras de una princesa que le prometía otro reino y su eterna compañía.

El segundo hijo luchaba con una espada forjada por la indiferencia.

El tercero luchaba tanto que al final olvidó contra qué luchaba.

El pequeño era invisible; la lucha no era su fuerte y prefería actuar como si la batalla no tuviera nada que ver con él.

La hija, al principio, tampoco luchaba; observaba cómo todos batallaban mientras ella permanecía encerrada, jugando con palabras. Ella tenía un secreto. O el secreto la tenía a ella. El orden importa, pero todavía no está claro. Lo tiene o la tiene. Claro que importa, ¿cómo no va a importar?

He aquí el secreto: cuando la reina se marchó en medio de una noche de diciembre, de puntillas, la hija la descubrió. Pudo hacer muchas cosas: gritar, llorar, suplicar. Pero no hizo nada. Se quedó muy quieta, sujetando a su conejito de peluche, con el pija­­ma de ranas y los pies descalzos, y cerró los ojos cuando la reina se llevó el dedo índice a los labios. En ese momento la hija tenía el pelo muy largo y decenas de vestidos muy rosas. Después llegaron el miedo y los cuentos sin final y la hija se cortó el pelo muy corto y tiró los vestidos muy rosas.

Es difícil luchar si llevas vestidos y el pelo largo. Tienes que ser práctica, tienes que ser una más. Así que la hija se volvió hijo, y fue a luchar con el rey y el resto de sus hermanos a esa guerra en la que no hay victoria, en la que el dolor siempre gana, en la que la pérdida es la armadura que pesa y asfixia y vuelve tus movimientos lentos e imprecisos.

Pero el final todavía no ha llegado. El final está en pausa. Es lo que tienen las historias reales: no hay reglas, no hay orden, no hay nadie que te diga dónde empiezan y dónde acaban, ni por qué tienen que acabar. El final puede ser eterno, el final puedes decidirlo tú. Si es que quieres que haya un final, si es que no estás muerto.

0 – 1 = –2, ¿recuerdas?

¿Quieres otro secreto? No existo, aunque lo parezca.

2
Jayden

Intento mantener la cabeza alta cuando me dirijo hacia tu lápida. No hay ni una nube en el cielo y me tambaleo al sentir el peso de las miradas atravesándome mientras avanzo por el camino de tierra. El cuerpo me pesa. El aire es cálido y pegajoso. Respiro hondo y me detengo a observar la masa negruzca de lágrimas alrededor de lo que solías ser tú.

Estoy un poco borracho, he tenido que beberme tus cervezas y las mías. No debería estar en tu entierro, pero aquí estoy. Continúo mirando a todos los que te lloran. Son muchos, tío. Si estuvieras aquí, probablemente te reirías de ellos por llorar por algo que no se puede cambiar. Tú nunca perdías el tiempo; quizá viviste demasiado rápido, quizá lo agotaste todo.

Soy un cobarde, no me atrevo a dar un paso más. «No hay huevos, Waller». La de veces que esa frase nos ha metido en líos. Te oigo pronunciarla en mi cabeza, alargas la o con una sonrisa y mi apellido casi lo escupes. No, Sam, no hay huevos. Esta vez no.

Andy, el pastor, habla de ti como si te hubiese conocido, como si hubieras creído alguna vez en algo. Hace un tour por tus dieciocho años y se encarga de decirnos lo que no debemos olvidar: que eras joven, que te fuiste pronto, que Dios te reclamaba a su lado. Me dan náuseas.

Estoy a punto de irme cuando uno de tus hermanos repara en mí. Es Luke y se acerca tan rápido que, cuando consigo reaccionar, estoy en el suelo y me sangra la nariz. Me río. Me río como un loco, dándoles un motivo más para señalarme, para acusarme, para despreciarme. Luke aprieta los puños y se inclina hacia mí, pero entonces aparece Simon y lo sujeta por los hombros.

Tu padre se acerca seguido del resto de tus hermanos. En cuestión de segundos tengo a toda la familia Flynn mirándome fijamente y al resto de curiosos unos pasos por detrás, cubriéndoles las espaldas. Distingo entre los cotillas a mis padres y me fijo en cómo bajan la cabeza, avergonzados. Pero no se mueven. Nadie lo hace.

–No eres bien recibido aquí, Jayden –me dice tu padre, y las palabras le pesan en la boca. Él también está borracho.

Lo miro fijamente, pero él no me devuelve la mirada. Se mete las manos en los bolsillos y me da la espalda para regresar a tu lápida. Los curiosos se apartan dejándole paso como si fuera Moisés cruzando el mar, y en algún sentido lo es. Aquí estoy yo, Sam, y ahí está tu familia. Estamos cerca, como siempre, pero nunca hemos estado más lejos. Ni siquiera cuando tu familia no era mi familia. Ni siquiera cuando llegué al pueblo y aún no éramos amigos. Ni siquiera cuando Luke se reía de mí porque no hablaba. No soy nada. No tengo derecho a estar aquí. Y es una mierda porque no quiero estar en ningún otro lado.

Tengo la sensación de haber perdido un pedazo de mi vida, aunque solo sea una noche. Una noche que vale por una vida: la tuya.

Estoy tirado en el suelo y el peso de Pashpoire me impide moverme. Poco a poco, todos imitan a tu familia y vuelven a sus posiciones. Me dan la espalda. Mis padres me dedican una mirada rápida y su decepción, la de mi padre, consigue que baje la cabeza. Ellos también me dan la espalda.

Me siento Judas. Y lo soy. La última en condenarme es tu hermana. En sus ojos veo el mismo fuego que había en los tuyos. Se parece tanto a ti que, durante una fracción de segundo, me deja sin aliento.

Pero no eres tú.

Ella también se aleja. Camina arrastrando los pies sobre la hierba y se sitúa junto a Simon, que la abraza.

Un sonido que jamás había escuchado, parecido al maullido de los gatos a los que perseguíamos de niños, lo invade todo y sé que viene de tu hermana cuando la veo llevarse las manos al estómago y empezar a llorar como si vomitase las lágrimas.

He hecho llorar a tu hermana y sé que me darías una paliza por esto. Pero no puedes, porque estás muerto.

Yo te maté.

3
Sam
Samantha Flynn

Estoy muerta. La tierra cae salvaje sobre la madera y no puedo respirar. Tomo bocanadas como un pez intentando inundarme los pulmones de aire, pero la tierra me salpica y me convierte en barro. No soy nada, pero puedo ser cualquier cosa. Dicen que una mentira se convierte en verdad si la repites muchas veces.

Estoy muerta.

Muerta.

Muerta.

Pero no lo estoy.

Cuando eliminas lo imposible, todo lo demás, por improbable que parezca, debe ser la verdad. Es imposible que esté muerta, así que, por improbable que parezca, la realidad es esta: yo, sobre tierra, viva; mi hermano, bajo tierra, muerto.

Muerto.

Muerto.

¿En qué se parece un secreto a una mentira? En nada. Si el secreto fuera mentira, no sería un secreto. Las mentiras son el escudo que protege los secretos. Sin mentiras no hay secretos, sin secretos no hay mentiras. Las mentiras pueden hacerte feliz, pero no pueden hacerte libre. Los secretos tampoco pueden hacerte libre. Al final, resulta que sí se parecen.

Sam es era mi hermano mellizo.

¿Quieres otro secreto? Lo único que pedía cada vez que soplaba una vela de cumpleaños era que él no existiera, que desa­pareciera.

De niña fantaseaba con que se perdía y nunca más lo encontrábamos. Mi historia favorita era aquella en la que él se distraía el último día de clase; cuando salía, ya nos habíamos marchado todos y él no recordaba cómo volver a casa. Me imaginaba que, pasado el verano, regresábamos al colegio y él ya estaba muerto.

Ha tardado dieciocho años en cumplirse mi deseo, pero se ha cumplido. Los deseos son peligrosos. Son como las velas de cumpleaños: pueden quemarte.

Intento pensar en algún momento en el que lo quisiera o, por lo menos, en el que me cayera bien, y no lo consigo. Recuerdo las veces en que me encerraba en el armario, me pegaba chicles en el pelo, destrozaba mis muñecas, me empujaba o me dejaba moratones en los brazos. Pero, sobre todo, recuerdo su sonrisa mientras yo lloraba. Sam siempre sonreía cuando yo lloraba. Imagino que esté donde esté, si es que está en algún lugar, estará sonriendo. Y eso me cabrea. Está muerto, debería tener buenas palabras para él. Incluso Eddy Howard ha hablado bien de Sam.

–Siempre se van los mejores –dijo bajando la mirada.

Y yo no pude evitar decir:

–Eso es una gilipollez. Se muere todo el mundo.

Entonces mi hermano Simon me mandó a callar:

–Para, Sammy.

–Es la verdad –le susurré.

Volví a mirar a Eddy y arrugué el rostro cuando le escuché decir cuánto lo echaría de menos mientras sostenía la mano de April.

Simon asintió. Eddy sonrió al ver las caras de aprobación de los demás. April, la misma April que estaba enamorada de mi hermano, también sonrió. Y yo le di una patada a una piedra. Si hay alguien en el mundo que odie a Sam tanto como yo, ese es Eddy. No estoy enfadada con él, estoy enfadada conmigo misma. Por no poder decir en voz alta que lo echaré de menos, o que lo quería, o que era un buen hermano.

Mi padre dice que la familia es la gente a la que debes querer, que la sangre es la sangre, y que nunca hay que olvidarlo porque al final solo nos queda eso. Puede que esté en shock, que todo esto sea un sueño. Puede que mañana despierte y él esté vivo. Puede que mañana despierte y, de repente, recuerde todas las veces en las que le quise y su ausencia me machaque el alma.

Jayden Waller, el mejor amigo de Sam, me mira y sé que lo sabe. Me cuesta reconocerlo tras esa ropa sucia salpicada de sangre y las ojeras que enmarcan su rostro. No queda nada del Jay alegre e impulsivo que hacía todo lo posible por pertenecer a la familia Flynn, incapaz de comprender que solo somos un apellido lleno de mentiras. Apesta tanto a alcohol que parece que se haya tragado todo el botiquín de su casa intentando curar una herida invisible.

Podría decir algo, pero cuando abro la boca, las palabras se quedan atascadas en mi garganta.

Solo tengo ganas de meterme debajo de las sábanas y desa­parecer. Quiero que todo acabe, abrir los ojos y que hayan pasado cien años. Nunca creí que desearía ser como la Bella Durmiente, pero así están las cosas. Me pregunto qué le pasaría a ella, de qué huiría.

Aquí viene otro secreto: en esta historia no soy la princesa que debe ser rescatada.

Mientras me dirijo de nuevo a la tumba de Sam, siento el peso de la mirada de Jay sobre mis hombros. En cuanto me sitúo junto a mi familia, mi hermano Josh me aprieta la mano tan fuerte que, por unos segundos, me olvido de todo. Solo soy capaz de pensar en su mano aferrándose a la mía, como si estuviera a punto de caer y esa sujeción fuera lo único que lo mantuviera con vida. Lo que no sé es quién sujeta a quién. Puede que todos estemos a punto de caer, puede que todos acabemos cayendo, puede que ya hayamos caído.

Miro a mi padre y me tiemblan las piernas. Le devuelvo el apretón a Josh justo antes de que un dolor en el pecho me paralice. Noto cómo el corazón me palpita y los músculos de mi pecho se contraen. Oigo un sonido que parece provenir de mí, pero no estoy segura. Creo que voy a morirme, lo creo de verdad, y miro la lápida de Sam porque es lo último que quiero ver; es el recuerdo que tiene que acompañarme.

En algún momento, las manos de Simon intentan atraparme, pero soy un pez resbaladizo.

4
Jayden

Un odio visceral me corroe. Noto su sabor en la lengua. Sabe a dolor, a traición, a decepción. Aprieto los puños. No sé qué me pasa. Tengo miedo. Estoy solo, temblando, y no tengo ni idea de por qué.

Trago saliva y el sabor metálico de la sangre me revuelve las tripas. Me llevo una mano a la boca y me doy cuenta de que tengo el labio partido. También me doy cuenta de que a mi alrededor solo hay oscuridad. Una oscuridad densa, impenetrable, infinita, como el océano. ¿Quién está gritando?

No hay nada bajo mis pies. Estoy volando.

No.

Estoy cayendo.

Cierro los ojos y los vuelvo a abrir. El miedo me paraliza y busco algo a lo que aferrarme, pero no hay nada. Si la muerte tuviera for­­ma, si fuera un lugar, sería este. Yo, solo, en medio de ninguna parte. Condenado.

Distingo una luz que viene y va.

Entonces te veo. Apareces de la nada, ante mí, como siempre has hecho, y no me sorprende. El odio es sustituido por una sensación de paz. Estás tan cerca que podría tocarte.

Pero el momento pasa y todo se resquebraja. Desapareces. Regresa la oscuridad, la nada.

Caigo de nuevo, aunque esta vez tú estás a mi lado. Tus ojos están fijos en mí. Sonríes. Estás sonriendo. Todo a tu alrededor es oscuridad, pero sonríes, aunque en tus ojos solo veo miedo. Es absurdo, porque tú nunca tienes miedo. Cuando tu risa se convierte en gritos, algo me golpea en el pecho. Te sigo oyendo. Intento hablarte, pero no tengo voz. Ya no estás. Algo denso me mantiene inmóvil, el cuerpo me pesa, los brazos no me obedecen y, por más que lo intento, no consigo llegar a ti. No veo nada, solo soy capaz de oír tus gritos.

Son los gritos los que me despiertan, pero no son tuyos. Ya nunca serán tuyos.

No sé en qué momento me quedé dormido, ni siquiera recuer­­do cómo llegué a casa. Estoy sudando y el cuerpo todavía me tiembla por la pesadilla. La misma pesadilla otra vez. Intento hacer memoria, intento regresar a aquella noche, descubrir qué pasó. Si es verdad que yo tuve la culpa, si pude haberlo evitado. Pero no hay nada. Solo es un sueño, un maldito sueño al que me aferro cuando consigo salir de la verdadera pesadilla, un sueño que se esfuma en cuanto abro los ojos y vuelvo a la realidad. Una realidad en la que no estás y no quiero estar.

Me pregunto cuánto durará, si alguna vez pasará. En algún sitio leí que, cuando muere alguien cercano, te desorientas tanto que hace que te plantees tu propia vida, pero que siempre debes seguir. No sé cómo cojones se hace eso. Tú sí sabrías. Me dirías que soy una nenaza o alguna chorrada como que la culpa es el alimento de los débiles. Qué fácil, joder. Pero a mí no me lo parece. Soy yo el que sigue aquí cada día, el que no recuerda, el que cayó contigo. Soy el último que te vio aquella noche.

Los gritos de mis padres consiguen que me levante de la cama. Cuando salí del hospital se esforzaban en que no se les notara. Ahora han dejado de disimular.

Me pongo las zapatillas de deporte y salgo de mi habitación. Necesito largarme de aquí. Atravieso el pasillo y bajo las escaleras casi a la carrera, intentando no prestar atención a los alaridos que llegan desde el salón, cuando las palabras de mi padre hacen que me detenga junto a la puerta del recibidor.

–Tenemos que mudarnos.

–¿Mudarnos? –pregunta mi madre–. No me lo puedo creer.

–Claire, es un pueblo pequeño. Los has visto: no van a olvidarlo. Además, él va a marcharse de todas formas, así que solo estaríamos adelantándonos unas semanas. No tenemos por qué pasar por todo esto.

–Mi hijo no mató a nadie.

–¿Qué más da? Ellos ya lo han condenado –dice mi padre.

–¿Que qué más da? ¿Y qué estás haciendo tú?

No quiero seguir escuchando. No quiero que me defienda. No lo necesito, no la necesito, no necesito a nadie. ¿Por qué no se callan? ¿Por qué no puedo moverme? ¿Por qué me duele? Ya estoy acostumbrado, joder. Mi padre siempre ha sido así, ya lo conoces.

–Intento mantener a salvo a mi familia –continúa él.

Mi madre suelta una risotada.

–¿A salvo?

–A salvo, sí. ¿Por qué no intentas entenderme?

–Lo intento. Llevo años intentando entenderte. Lo intenté la primera vez, cuando ese hombre murió y nos tuvimos que ir de Nueva York. Renuncié a todo por ti y no te pregunté nada, jamás te lo eché en cara. Te sentías culpable y lo entiendo. De verdad que lo entiendo, y volvería a hacerlo si me lo pidieras, pero Jayden no tiene la culpa. No vamos a huir.

Se le rompe la voz y yo siento tanta rabia contra mi padre, contra ti y contra mí mismo que le doy un puñetazo al marco de la puerta. El dolor es intenso, pero consigue calmarme al menos durante un instante.

–Claire…

–No, Carl. Esta vez no. En menos de dos meses, Jayden se irá a la Universidad de Columbia y lo único que se llevará de toda esta pesadilla será la muerte de Sam y nuestros errores. No voy a huir, no pienso darles una sola razón. Porque no la tienen. No sé qué pasó esa noche, solo sé que ese chico era como su hermano, y parece que todo el mundo se ha olvidado de que él también lo ha perdido. No vamos a huir. ¿Lo entiendes, Carl? Se acabó el huir.

Nunca se me ha dado bien quedarme quieto, supongo que por eso encajábamos. Recuerdo la vez en la que nos escapamos de clase y nos fuimos a explorar, la bronca que nos echó la directora Francis cuando intenté explicarle que había alguien viviendo dentro de mí, y que si no hacía algo, me robaría el cuerpo. Éramos unos críos, pero nunca se me olvidará tu cara. Te quedaste muy serio y luego me preguntaste cómo se llamaba ese que vivía dentro de mí, como si de verdad te lo creyeras. Fue entonces cuando empezaste a usarlo contra mí. «¿Quién cojones eres hoy, Waller?», me decías cuando no era como tú querías. Y pocas veces lo era. Somos muchas cosas, cambiamos a cada segundo, nos reinventamos. Pero tú no. Siempre fuiste el mismo.

Dudo que llegara a existir alguien en el mundo que realmente te cayera bien, que cumpliera tus expectativas. Siempre me pregunté qué partes de mí te gustaban y cuáles odiabas, y si las partes que te gustaban superaban a las que odiabas. Si de verdad me considerabas tu amigo, si era prescindible. Supongo que nunca lo sabré.

Y te odio por eso. Te he odiado por tantas cosas que he perdido la cuenta, pero esta vez te has pasado, tío. Estoy esperando a que aparezcas y te empieces a partir el culo por lo mal que nos lo has hecho pasar. Porque nada de esto puede ser real. Es una de tus puñeteras bromas de mal gusto. Lo sé, ¿vale? Pero para ya.

Ahora.

Por favor.

Mis padres continúan gritando. Oigo cómo se quiebra lo poco que queda de mi familia y no puedo permanecer quieto. Estoy harto de todo esto. Ese otro que habita dentro de mí se dirige al salón, y sé que me odiarías si me vieras ahora mismo. Estoy lleno de mierda. Tu muerte ha sido mi Metamorfosis, y estoy seguro de que acabaré convirtiéndome en un jodido insecto, arrastrándome por el suelo, deseando que alguien me aplaste. Así sería más fácil, así no tendría que vivir conmigo mismo, así todo acabaría.

Estoy a unos pasos del salón cuando Will me agarra del brazo. Intento desengancharme, pero tira de mí hasta sacarme de casa.

–¡Que me dejes! –le grito cuando bajamos las escaleras del porche.

–Vamos a correr –me dice mi hermano señalando el camino de tierra que bordea la casa.

Me mira, pero no a los ojos. Me pregunto qué estará pensando, si también cree que fui yo. Pero es Will, el de las causas perdidas, el que siempre es capaz de ver el lado bueno de las cosas, así que echo a correr detrás de él y espero a que me diga que no pasa nada, que todo está bien, que esto que siento no será eterno.

Lo odiabas a él y a todo lo que representa, y no te culpo. Yo también lo odiaría si no se tratase de mi hermano. Si no fuera Will. Si no empapase todos mis recuerdos. Si no me sujetase en los momentos en los que tengo la sensación de que la tierra va a desaparecer bajo mis pies. Will es de esas pocas personas que hacen del mundo un lugar mejor, sin esperar nada a cambio, poniendo a los demás por delante de sí mismo. ¿Por qué lo hace? Qué sabré yo, hace mucho que dejé de intentar comprenderlo. Lo único que sé es que preferiría morir antes que hacerle daño, antes que ver la decepción en sus ojos. Puede que no me quede nada, que todos me odien, que el mundo se vaya a la mierda, pero siempre me quedará Will. Tú mejor que nadie deberías entenderme, tienes un millón de hermanos. Tal vez todos piensen que no te importaban, que ni siquiera les diste una oportunidad, pero yo sé la verdad.

Will se detiene en el descampado y se sienta en la vieja tubería de hormigón. Me detengo junto a él y espero a que diga algo mientras los latidos de mi corazón se ralentizan.

Y entonces me suelta. Me suelta. Will. Mi hermano. La última persona que espero que me dé la espalda.

–Nunca te juzgaría –me dice mirándome a los ojos–. No te preocupes por papá y mamá, lo superarán. Ya sabes cómo son.

¿Lo oyes? Es una parte más de mi familia hecha pedazos. Escucha, Sam. Dime que me lo estoy imaginando, que estoy paranoico, que no es verdad.

–Seguro que no fue tu culpa. –Aparta la mirada y se peina con los dedos, como si se hubiese quedado sin palabras. Will sin palabras. Debo de estar volviéndome loco–. Todos sabemos cómo era Sam. Sea lo que sea lo que pasó, estoy convencido de que…

–¿Estás convencido de qué? –le corto, dando un paso hacia él.

–Jayden, lo que quiero decir es que no tienes que fingir conmigo.

¿Lo has escuchado? Si es así, dime qué hago ahora.

–Fingir –repito sin poder creerme que él también lo esté haciendo.

Will respira hondo y se vuelve para mirarme. Parece que ni siquiera él consigue aclararse.

–Mira: si recuerdas algo de lo que pasó aquella noche, puedes contármelo, ¿vale? Solo quería que lo supieras.

–Vaya, gracias. –Me doy la vuelta y empiezo a andar en dirección contraria.

Will trata de sujetarme y lo aparto de un empujón.

–No te estoy culpando de nada, Jayden.

Pero lo hace; lo veo en su mirada, en su cuerpo. Está nervioso, me evita. Joder, Will no es así. Nunca ha sido así. No sé qué hice esa noche, te juro que no lo sé, pero espero que compense todo esto.

–Ah, ¿no? ¿Y qué mierda estás haciendo?

–Ayudarte. Intento que entiendas que estoy aquí.

–No, solo quieres sentirte mejor. Por una vez el bueno de Will no sabe qué hacer, ¿eh?

Tendría que haber aprendido, haberme dado cuenta de que las cosas nunca son como esperamos que sean. Will no debería estar aquí; debería estar en Nueva York, con sus amigos de Columbia que sueltan la misma mierda que él, preparándose para una estúpida maratón o buscando cualquier otra excusa que le impida volver a Pashpoire durante el verano. Mis padres no deberían estar en casa discutiendo; deberían seguir fingiendo que les va bien, que siguen enteros, que el silencio y las mentiras con las que viven no los están aplastando. Tu padre no debería estar en casa, borracho, mirando el nuevo hueco libre de la mesa; debería estar en el bar, permitiendo que los segundos caigan sobre su cabeza, acumulan­­do tiempo para rellenar el vacío que dejó tu madre.

Y en cuanto a mí… no sé dónde se supone que tendría que estar, pero estoy seguro de que no aquí, ahora, tratando en vano de reconocerme y anclarme en los ojos azules de mi hermano. No hay nada. Ya lo has visto: me ha soltado.

Lo cierto es que ninguno de nosotros debería estar donde estamos y, sin embargo, aquí estamos.

Pero tú sí, Sam. Deberías estar aquí y ver lo que has hecho.

Deberías.

«¿Quién cojones eres hoy, Waller?».

Soy Gregorio Samsa y me he convertido en un insecto asqueroso que acabará muerto en la basura, sin que a nadie le importe. Porque soy diferente, porque soy un monstruo, porque estoy condenado.

Las pocas fuerzas que me quedan las empleo en correr, en alejarme de mi hermano, de su mirada, de las palabras que no ha pronunciado y me han sentenciado.

5
Sam
Samantha Flynn

–¿Sam? –me pregunta la voz de mi padre cuando bajo a por agua a la cocina.

Compruebo la hora en el reloj que cuelga en la pared del pasillo y retrocedo sobre mis pasos para dirigirme hacia la voz. Son las dos de la madrugada y el salón está a oscuras.

Enciendo la luz y encuentro a mi padre sentado en el suelo, apoyado contra el sofá, agarrando una botella medio vacía con una mano. Me fijo en el vaso roto que hay junto a sus pies, así como en el rastro de líquido amarillento esparcido por el suelo.

–¿Papá?

Parpadea cinco veces antes de lograr enfocarme. En su rostro veo decepción y vuelvo a apagar la luz.

–Creí que eras él.

–Está muerto.

–Ven a sentarte conmigo –me pide, arrastrando las palabras.

–¿Estás borracho?

–Sí.

No pensé que lo admitiría y me quedo callada, esperando a que pase algo, lo que sea.

–Siéntate –insiste al cabo de unos segundos.

Me siento a su lado; huele tanto a alcohol que tengo que alejarme unos centímetros para poder respirar. No sé qué decirle, no sé qué quiere que le diga. En los últimos años nos hemos comunicado a base de monosílabos. No le culpo, está obligado a quererme. Al principio pensaba que yo le recordaba demasiado a mi madre, por eso me corté el pelo y empecé a usar la ropa heredada de mis hermanos. Por un tiempo, eso bastó. Pero después las diferencias con ellos fueron evidentes. No podía heredar sujetadores ni compresas, y eso volvió a separarnos.

Ahora le recuerdo a mi hermano; debo de ser un bumerán de recuerdos.

–Os parecéis mucho.

No sé si habla de Sam o de Susan.

–Lo siento –digo, porque es lo único que puedo decir.

Noto el peso de su mirada sobre mí, aunque apenas veo nada. Siendo sincera, si estuvieran las luces encendidas, tampoco sería capaz de mirarlo.

–Te has hecho mayor.

–No ha sido difícil.

Suelta una carcajada.

–¿Cómo estás?

No recuerdo ni una sola vez en toda mi vida en la que me lo haya preguntado.

–¿Cómo estoy? –pregunto, como si acabase de preguntarme dónde está la Atlántida. La verdad es que preferiría que me hubiera preguntando por el paradero de la Ciudad Perdida, que al menos no lo está tanto como yo.

–Sí.

–No lo sé.

Y entonces mi padre hace algo que jamás pensé que haría: me abraza. Primero lo hace como si fuera a romperme, pero a los pocos segundos ejerce más presión y creo que sí que me voy a romper. Los brazos me quedan sueltos a los lados y parece que me haya convertido en una estatua de piedra. No sé qué hacer, no sé qué decir. Es todo muy raro. Por un momento creo que lo sabe y que se está despidiendo de mí, y el corazón deja literalmente de latirme, pero después rompe a llorar y balbucea el nombre de Sam una y otra vez.

Mi padre, de repente, se ha convertido en un gigante o yo he encogido porque me siento tan diminuta que sé que sus lágrimas me aplastarán.

Sam.

Sam.

Sam.

Sam.

No para de nombrarlo y yo quiero decirle que no va a volver, que da igual las veces que lo llame, que aunque lo hiciera en la noche de los muertos seguiría sin importar porque él no está y no estará nunca más.

Nunca más.

Recuerdo el tatuaje del cuervo en el hombro derecho de Sam, que siempre me ha hecho pensar en el poema de Poe. Nunca más. Esas dos palabras resuenan en mi mente una y otra vez mientras mi padre sigue aplastándome. Me doy cuenta de que estoy llorando porque mi padre me suelta y me limpia una lágrima con el dedo gordo de su mano derecha y es áspero y tiene un callo y nunca más.

Nunca más.

Sam me daba miedo porque nunca sabía lo que estaba pensando, nunca supe realmente cómo era ni qué había dentro de él. Nunca nos llevamos bien: nos gritábamos todo el tiempo y nunca compartimos más que la fecha de nacimiento, el grupo sanguíneo y ocho meses en el mismo útero. Eso era todo lo que teníamos en común. Pero (y siempre hay un pero) cuando teníamos catorce años, él se fue a un campamento de verano con Jay y yo me quedé en casa fantaseando con la posibilidad de que se perdiera y no volviera (viejas costumbres). Esa misma noche me llamó.

Él dijo: «Ni se te ocurra tocar mis cosas».

Yo dije: «Todo es de todos».

Él dijo: «Sam».

Yo dije: «Sam».

Él se rio, yo me reí y colgó.

Durante la semana que estuvo en el campamento, me llamó todas las noches para decirme que no tocara sus cosas y yo siempre le contestaba igual; repetíamos la misma conversación una y otra vez.

Si no hubiéramos sido Sam y Samantha (un aplauso por la originalidad de mis padres), la conversación habría sido otra.

Alguien que no fuera Sam diría: «Te echo de menos».

Y alguien que no fuera yo contestaría: «Y yo a ti».

Y ese desconocido diría: «Te quiero».

Y esa desconocida respondería: «Te quiero».

Pero nosotros éramos Sam y Samantha. Lo éramos cuando había tormenta por la noche y él siempre buscaba algo en mi habitación que seguro que yo le había robado y se reía de mi miedo a los truenos y relámpagos, continuábamos siendo Sam y Saman­tha cuando se encargaba de que ningún chico se acercase a mí, y lo seguíamos siendo todas las veces en las que me gritaba con rabia que, aunque nos llamaran igual, nunca seríamos iguales.

Ya no seríamos nunca más Sam y Samantha.

Nunca más.

Y, de repente, lo echo tanto de menos que me pesa todo el cuerpo y sé que no son las lágrimas de mi padre gigante; estoy segura de que se trata de la ausencia de Sam que acaba de caer sobre mí como una tormenta invernal.

6
Jayden

Mi madre suele decir que la rabia es como coger cien cuchillos y lanzarlos al aire; al final, siempre acabas herido.

Yo no soy como ella. Si uno solo de los cuchillos logra su objetivo, no me importa que los otros noventa y nueve me hieran, porque habrá valido la pena. En estos momentos mi rabia no va dirigida a Will, ni siquiera a ti. Va dirigida a mí mismo. Tengo la esperanza de que los cien cuchillos se claven en mi interior y me permitan respirar. No hay forma de escapar, ni con todo el alcohol que he bebido y que empieza a hacerme sentir un extraño dentro de mi propio cuerpo, ni con la persona que se encuentra tras las paredes de la casa a la que no me atrevo a entrar. Que el único sitio en el que quiera estar sea el único en el que no debería estar no es ninguna coincidencia.

Suena Bring me to life a todo volumen y me quedo mirando la puerta como un imbécil. Sé lo que hay al otro lado, sé quién hay. Mierda. La música se detiene de golpe y tras unos segundos empieza a sonar Call me when you’re sober. Gina es una maldita bruja, seguramente ya sabe que estoy aquí.

Don’t cry to me.

¿Estoy llorando? Puede que haya llorado, no lo recuerdo. Pero no ha sido por ella, ha sido por ti. Doy asco, lo sé.

If you loved me, you would be here with me.

¿La quiero? No. Sí. Qué más da. Cuando hablan de almas gemelas, yo pienso en imanes. Antiguamente se creía que los imanes tenían alma, por eso eran capaces de atraer o repeler un objeto. Para mí las personas somos imanes, nuestras almas están llenas de propiedades magnéticas que atraen a otros cuerpos con mayor o menor intensidad. Y en algún momento, alguien se te pega de tal forma que es imposible soltarse. Así llegó Gina a mi vida, atrayéndome como un imán. Amor, deseo, eso da lo mismo. Lo que importa es lo que sé, lo que siento, lo que soy cuando estoy con ella. Sé que nadie más podrá dármelo, que es frágil, que es corrosi­­vo, letal, que podría destrozarme y recomponerme y volver a destrozarme, una y otra vez. Que con ella no hay retorno, que es el infierno y el cielo y que es todo lo que nunca podré tener.

«Tíratela y pasa página. Das pena, tío», me decías.

Pero tú no lo entiendes.

You want me, come find me.

Lo que quiero es el olvido.

Make up your mind.

Suelto una carcajada. Tiene razón, tengo que arreglarme la cabeza. Son las tres de la madrugada y estoy frente a una puerta buscando respuestas en una canción que ni siquiera me gusta, hablándole a mi amigo muerto. A veces me gustaría que mi mente fuera como una bombilla que pudiera encenderse y apagarse; no me importaría que alguien la desconectara para siempre.

«¿Quién cojones eres hoy, Waller?».

Qué sabré yo.

Le envío un mensaje. Normalmente llamaría directamente a la puerta o cogería la llave que sé que está debajo de la piedra, junto a la maceta de la entrada, pero Will todavía no ha vuelto a Nueva York y puede que esté con ella. No quiero tener que explicarle qué narices hago a las tres de la madrugada en casa de su novia.

Ni yo mismo me lo explico.

«Estás jodido, tío».

Cállate, ¿quieres? Te has ido, no tienes derecho a estar en mi cabeza.

No puedes entenderlo. Gina es… Gina. El alcohol se ha llevado cualquier rastro de coherencia, pero no hay mejor manera de definirla que pronunciándola. Gina se te mete dentro, se adueña de tu ser sin que te des cuenta.

La primera vez que la vi estaba sentada en la cocina de casa, con una estúpida diadema azul sujetándole la melena rubia y una sonrisa dulce. Parecía un ángel caído del cielo y no se me ocurrió nadie mejor para mi hermano, que en vez de salir de la barriga de nuestra madre salió de un catálogo de Chicos buenos y responsables. No tardé en descubrir las otras caras de Gina, porque tiene muchas. Han pasado dos años y sigo sin saber cuál de ellas es en realidad.

Gina es quien tú quieres que sea. Me di cuenta de eso una tarde en la que salía de la ducha y, cuando me quise dar cuenta, ella estaba ahí de pie, mirándome fijamente. Ni siquiera fue el hecho de que estuviera ahí, sino su voz. Ya no sonaba aguda ni empalagosa ni dulce. Sonaba ronca, atrevida y seductora.

Intento recordar cómo hemos llegado a esto cuando la puerta se abre. No dice nada, a Gina no le hace falta hablar. Se hace a un lado y entro. Cualquier otra persona me preguntaría cómo estoy, para qué me llevaron a la comisaría nada más salir del hospital, si de verdad te maté o qué hago en su casa borracho a las tres de la madrugada. Pero Gina apaga la música, coge su guitarra y se sienta al borde de la cama. Empieza a tocar varios acordes, sin llegar a emitir ninguna melodía. Me tumbo a su lado y la miro durante lo que me parecen horas.

–¿Tú también piensas que lo hice? –le pregunto.

Gina continúa jugueteando con las cuerdas de la guitarra. No puedo apartar los ojos de sus dedos finos. Un cosquilleo me recorre el cuerpo y el corazón empieza a martillearme. Quiero tocarla. Quiero quitarle la guitarra, tocar hasta que me sangren los dedos, hasta que me consuma el olvido, hasta que no exista nada más que la música y yo. Quiero tocarla. Quiero dejar de sentir. Quiero tocarla. Quiero tocarlas.

–¿El qué?

Respiro hondo. Está jugando conmigo. Sabe a qué me refiero tan bien como el motivo por el que estoy aquí. Es consciente de cuánto la deseo y lo culpable que me siento por hacerlo. Varios mechones de pelo rubio se escapan del recogido y me muero por apartárselos de la cara, por recorrer la curva de su cuello, los pechos voluminosos que no puede esconder bajo esa camiseta estrecha, la manera en que se pasa la lengua por el labio inferior.

–¿El qué? –repite. Sus ojos verdes me atraviesan. Me encojo por dentro y el alivio que siento al darme cuenta de que no me juzga, de que nunca lo hará, se mezcla con una oleada de rabia al recordar las palabras de mi hermano.

Escucho tu voz, alta y clara, retándome: «No hay huevos, Waller».

No, Sam. No. Nunca cedí en eso. Por mucho que insistieras, fue lo único en lo que nunca te hice caso.

Pero ahora es distinto. Te diré algo sobre la rabia. Cuando todo desaparece, cuando te lo han quitado todo y no te queda nada a lo que agarrarte, cuando ni siquiera eres capaz de ver el suelo que pisas, la rabia puede salvarte la vida. Tal vez acabe matándote, tal vez te destroce, pero nadie dijo que vivir fuera sencillo; a fin de cuentas, no puedes razonar con la rabia. Y en este momento es lo único que me queda.

–No sé lo que pasó –le digo, acercándome a ella despacio, hasta que mi cuerpo roza su cuerpo y siento su calor como una descarga. Su magnetismo me atrapa y solo quiero olvidar en ella, en sus ojos, en su boca–. He leído los mensajes y se supone que vine a buscarte. ¿Estuve aquí?

–No –contesta. Sus dedos rasgan las cuerdas de la guitarra sin apartar los ojos de mí.

–¿Y dónde estuve?

Se encoge de hombros. Me fijo en cómo su pecho sube y baja con cada respiración, la manera en que los dedos de sus pies me acarician el muslo por encima de la tela del pantalón.

–Solo tengo fragmentos –prosigo, intentando apartar el deseo arrollador que me está volviendo loco–. Dicen que discutimos en la playa, pero apenas me acuerdo.

–Se pudo caer.

–¿Sam? –casi me echo a reír.

–Te tiraste tras él, intentabas salvarlo.

–Yo estoy vivo y él no.

–Hay mucha gente que no está viva.

–Eso no hace que duela menos.

Gina sonríe y deja la guitarra en el suelo antes de acercarse más. Me acaricia la rodilla como segundos antes acariciaba las cuerdas de la guitarra. Trago saliva. Me observa, a la espera. No hay expresión en su rostro, solo está esperando a que naufrague en ella. Es así como funciona. Gina siempre espera. Es como darle una pistola cargada a un suicida, una tentación que difícilmente puede dejar escapar. Tengo en mis manos el poder de elegir, siempre yo. Y eso es lo peor de todo, porque siempre será mi responsabilidad.

Somos dos imanes y sé que si me acerco, si la acepto, todo se desmoronará. Mi hermano, lo que me queda. Sé que si cruzo la línea, yo también estaré muerto. Y entonces recuerdo que ya no me queda nada, ni siquiera Will. A veces no necesitas dejar de respirar para estar muerto.

Lo he perdido todo.

Mi familia, rota.

Tú, bajo tierra.

Mi hermano, en cualquier lugar menos conmigo.

Yo, aquí, con Gina.

«No hay huevos, Waller».

Y esta vez te hago caso cuando la agarro de la nuca y dejo que nuestros labios se acaricien. Somos dos imanes atraídos por una fuerza magnética que ya no intento comprender. Me uno a ella con todo lo que tengo: Deseo. Odio. Desesperación. Culpa. Estamos rotos. Vencidos. La toco como un náufrago que busca encontrar tierra firme en su cuerpo, la beso desesperado por perderme en ella.

Y mientras cedo a todo lo que siempre me he negado, consigo el olvido. No importa lo que pasó aquella noche, no importa el dolor que me recibirá cuando todo termine y salga de la casa de Gina; en este momento, el ahora se mide en cada centímetro de su piel. Tengo tiempo, aún me queda mucho por recorrer. Un segundo, una caricia. La culpa sigue ahí, escondida, se asoma en cada respiración, en cada gemido, en el tacto de su piel.

Y mientras continuamos besándonos sé que lo he jodido todo, que no hay retorno, que he perdido a mi hermano, que me odiará aunque solo sea un estúpido beso que no llega a más porque la aparto, asqueado de la persona en la que me he convertido. Pero tú sabes que hay una persona que me odia más que él. Tú me conoces.

«¿Quién cojones eres hoy, Waller?».

El infierno.