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Dirección editorial: Elsa Aguiar 

Ilustraciones y cubierta: Antonio Tello

© José Luis Olaizola Sarriá, 1983 

© De la presente edición: Ediciones SM, 2013

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Cucho

José Luis Olaizola

Premio El Barco de Vapor 1982 

Premio Planeta 1983


A mi hija Rocío

CUCHO MALUQUER vivía en un piso ático de la calle de la Luna, en Madrid, con su abuela. Iba a la escuela como los demás chicos. No sabía por qué no tenía padres, pero como otros chicos no sabían por qué no tenían abuela, estaban igual.

Su abuela se ganaba la vida trabajando de asistenta, pero cuando cumplió los sesenta años tuvo tan mala suerte que se rompió una pierna. Aunque se la arreglaron, ya no pudo salir a la calle porque su casa era muy vieja, sin ascensor. Y como se quedó un poco coja, no podía subir las escaleras de los cuatro pisos que tenía el edificio.

—Tú no te preocupes —le dijo la abuela—. Yo sé coser y me puedo ganar la vida arreglando ropa.

Aunque la casa de Cucho estaba junto a la Gran Vía, que era la calle más importante de la ciudad, la ocupaba gente muy humilde. A pesar de todo, procuraban ayudar a la abuela, mandándole ropa para coser, pero le podían pagar muy poco dinero.

Además, la verdad era que la abuela cosía regular, y como, encima, tenía muy mala vista, solo podía hacer arreglos de poca importancia. El caso es que empezaron a pasar hambre. Cucho menos, porque en la escuela, durante el recreo, se comía los bocadillos que dejaban a medias sus compañeros. Los había que no los querían ni probar y se los daban enteros. Casi les hacía un favor porque así no tenían que tirarlos a escondidas. En tal caso se los llevaba a la abuela, pero la mujer tenía otro problema: como le faltaban los dientes, le costaba mucho morder el pan y solo se podía comer lo de dentro. Entonces Cucho se puso exigente y solo admitía bocadillos rellenos de cosas blandas como, por ejemplo, queso, mantequilla con mermelada, membrillo y, sobre todo, los de tortilla francesa.

Por tanto, la abuela cada día comía mejor, pero cosía peor porque veía muy mal. Un día se equivocó, y en un traje de caballero que le dieron para arreglar, a la chaqueta le puso, en lugar de las mangas, las perneras del pantalón. Cuando la vecina se vino a quejar, la abuela se disculpó:

—Ya me extrañaba a mí que su marido tuviera los brazos tan largos...

Por eso, aunque los vecinos quisieran ayudarla, resultaba difícil: veía tan mal que nunca sabían cómo iba a quedar lo que le dieran para coser. La mujer suspiraba:

—¡Ay! Si yo tuviera unas gafas...

Cucho —que tenía diez años, pero parecía mayor— se fue a una tienda a ver cuánto valían unas gafas. El dependiente le preguntó:

—¿Para quién son?

—Para mi abuela.

—¿Para qué las quiere?

—Para coser.

—¿Cuántos años tiene?

Esto no lo sabía Cucho y por eso contestó:

—Pues como una abuela, pero de las más viejas.

El dependiente le entendió y le contestó:

—Calcula que unas siete mil pesetas.

El chico se quedó asombrado porque no sabía de nadie que tuviera tanto dinero junto. Volvió a su casa y le dijo a la abuela:

—Oye, abuela, mejor será que dejes de coser. No trae cuenta comprar unas gafas.

La mujer suspiró.

—Y si no coso, ¿qué voy a hacer todo el día en casa?

Cucho no sabía cómo solucionar un problema tan complicado.

En cambio, lo de la comida cada día resultaba más fácil, porque muchos chicos y chicas de la escuela procuraban traer el bocadillo de tamaño doble para repartirlo con él. Es más, procuraban lucirse, porque si Cucho no aceptaba su bocadillo se sentían de menos.

—Mira, Cucho —le decía algún chico—, te lo he traído de jamón, ¿qué te parece?

—Lo siento, pero el jamón es muy duro y mi abuela no lo puede tomar.

—¡Pero si es de jamón de York...! —se disculpaba el chico.

—¡Ah, bueno, entonces sí! —admitía Cucho—. Pero no lo traigas con tanto pan, sobre todo si tiene corteza.

Por eso, algunos se lo traían con pan de molde, como el de los emparedados.


A LA ESCUELA iban juntos chicos y chicas. Una de estas, que se llamaba Celia, era la hija del dueño de la pastelería de la esquina, en la que además de pasteles había toda clase de dulces. Todos los chicos procuraban ser amigos suyos porque, además de ser guapísima, siempre llevaba los bolsillos llenos de caramelos. Por eso era bastante presumida, pero a pesar de todo le preguntó a Cucho:

—¿Le gustan los pasteles a tu abuela?

Cucho se quedó pensativo y condescendió:

—Bueno, pero solamente si son de crema.

Un día, don Anselmo, el director de la escuela, se dio cuenta del tráfico de bocadillos entre la clase y Cucho, y se enfadó muchísimo. Don Anselmo era bizco, llevaba gafas, barbas, y tenía que estar casi siempre enfadado para que los chicos no le tomaran el pelo. Es decir, los nuevos se asustaban nada más conocerle, pero luego, según le trataban, se les pasaba el susto porque a lo más que llegaba era a gritar. En cambio, la señorita Adelaida, que era una de las maestras, hablaba siempre muy suavecito, dándoles muchos consejos de toda especie, pesadísimos, aburridísimos. Y si los alumnos no le hacían caso, con la misma suavidad llamaba a los padres del desobediente, que se la cargaba.

Don Anselmo se enfadó muchísimo con lo del tráfico de bocadillos, emparedados y pasteles, porque se pensó que Cucho se los quitaba a los chicos para venderlos. Por eso le llamó a su despacho y le preguntó:

—¿Para qué les quitas el bocadillo a los otros chicos?

Quizá pensó que se los quitaba porque Cucho era de los más fuertes de la clase y, aunque solo tenía diez años, estaba más alto que muchos niños de once y hasta doce años.

—No se los quito, me los dan —le explicó el niño.

—¿Y por qué te los dan? — insistió el director sin perder su enfado receloso.

—Para que comamos mi abuela y yo. Es que mi abuela ya no puede trabajar. Se ha roto una pierna.

—Vaya, hombre... —empezó a balbucear compungido don Anselmo.

Balbuceó compungido porque se dio cuenta de que el chico llevaba los zapatos muy rotos y la ropa también se la notaba muy vieja. Le llamó mucho la atención que los botones de la camisa, en lugar de ir cosidos en su sitio, estuvieran muy de lado, de modo que al abrochárselos en los ojales le quedaba la camisa como estrujada.

—¿Y por qué llevas los botones en un sitio tan raro?

—Es que me los cose mi abuela. Pero como no tiene gafas y ve muy mal, cada vez quedan en un sitio diferente.

—Vaya por Dios —se condolió don Anselmo. Luego, se puso muy reflexivo, abrió un cajón de la mesa de su despacho y sacó unas gafas de aire antiguo, con uno de los cristales rajado, y se lo estuvo pensando un rato. Por fin se las dio a Cucho.

—Estas son unas gafas viejas que yo uso para leer, pero que no las empleo casi nunca. Igual a tu abuela le sirven. ¿Cuántos años tiene?

Era la misma pregunta que no supo responder al dependiente de la tienda de óptica. Y, como seguía ignorando la edad de su abuela, le respondió poco más o menos lo mismo que al otro:

—Es una abuela de las viejas. Quizá sea mayor que usted.

Don Anselmo se enfadó:

—¡Seguro que es mayor que yo! ¿Pero qué te has creído?

Se enfadó porque era un hombre joven, aunque la bizquera y las barbas lo disimularan. Cucho pensó que ya no le daba las gafas. Pero se las dio.

—Bueno, que pruebe tu abuela a ver si le sirven.

Cucho tenía la mala costumbre de no saber dar las gracias. Por eso cogió las gafas y se salió del despacho sin decir nada. El director pensó que el niño se marchaba enfadado porque le había acusado de quitarles los bocadillos a los otros chicos, y le volvió a llamar:

—¡Cucho..!

El niño ya estaba en la puerta, pero volvió a entrar.

—Oye —le explico don Anselmo—, me parece muy bien que los alumnos te den los bocadillos, ¿sabes?

—Sí, señor —asintió el chico.

—Me hubiera parecido muy mal que les quitaras los bocadillos para venderlos en la calle.

Esto último lo dijo riendo, como quitándole importancia a la cosa. Pero le dio una excelente idea a Cucho.